«458 Italia» Fic de Shugaresugaru
Capítulo 27: Miedo
By Bill
El salón estaba completamente en penumbras y no se escuchaba ni un suspiro, salvo el tic tac del gran reloj de piso a techo que adornaba la estancia. Siempre me había preguntado, que es lo que las personas veían en semejantes relojes tan viejos, no molaban nada.
Atravesé a toda leche el salón, aprovechándome de los mullidos tapetes decorativos para no hacer ruido alguno con las botas sobre el suelo de parquet.
La distribución del mobiliario estaba igual que siempre, nada había cambiado y lo agradecí, porque tan oscuro jodido como estaba todo, si lo hubiesen cambiado, me habría ya medio matado a tropezones.
Cuando llegué al pie de la escalera de mármol, estaba ya hiperventilando. Me pregunté cuanto aguantaría mi corazón con semejantes ritmos antes de sufrir una dolorosa parada cardiaca que me dejaría fuera del juego definitivamente. Tenía el pulso tan acelerado que cada latido me dolía y hacía eco en mi cabeza.
Maldije mentalmente a mis antepasados con rabia, acordándome de que, en mi huida, me había dejado atrás la pistola y la navaja que me habían servido de armas, sin duda no vendrían ahora nada mal, únicamente para hacerme sentir más seguro, pero a saber dónde coño estarían ahora.
Recordé vagamente la noche en la que me había transformado en un sádico asesino, pero es que se había sentido tan bien hundir el filo de mi preciosa navaja en el cerebro de aquel malnacido, que quería hacerlo de nuevo, claro si la tuviera conmigo.
Mientras subía a paso lento, se me pasó por la cabeza que todo me estaba saliendo demasiado bien, demasiado fácil, y dicen que cuando todo parece tan sencillo es porque algo anda verdaderamente mal, y de repente me sentí como un patito de goma, esperando al centro de una galería, rodeado de tiradores listos para jugar. Miré a mi alrededor entrecerrando los ojos, buscando algún peligro, pero no había nadie, aun no se escuchaba nada, y todo estaba apagado y silencioso, igual a un cementerio.
En el descansillo del piso superior la cosa era distinta, los elegantes pasillos estaban alumbrados por los juegos de lamparitas que adornaban los laterales de las puertas cerradas, pero estaban regulados para dar, en lugar de luz, apenas un tenue resplandor.
<<Bah, como si ayudara en algo>> pensé y me encaminé por el pasillo que llevaba a la habitación de Dom, estaba tan decidido que nadie podría detenerme en estos momentos… nadie salvo un desgarbado chico de cabellos platinados y helados ojos azules.
No vi exactamente el sitio del cual había emergido Andy, pero en un visto y no visto, lo tenía frente a mí, a tres palmos de mi cara.
Coño.
Me detuve en el acto y nos miramos, tanteándonos.
Andy me miró con una expresión que variaba entre la sorpresa, el enfado, la rabia y la decepción.
Iba metido en su imperioso traje negro y elegante y llevaba el cabello suelto, el cual por ser tan rubio resaltaba mucho en las solapas negras de su atuendo.
Sus claros ojos, los que yo recordaba alegres y calmados, maliciosos a veces, se habían vuelto de hielo, peligrosos, parecidos a los de Gioaccino. Su mirada me acojonó, pero no se lo demostré. Ambos mediamos casi lo mismo, pero a diferencia de Andy, yo era solo un chico famoso y consentido, y él era todo un matón especializado y fogueado en una de las ciudades más peligrosas de Europa. Yo tenía todas las de perder.
Por sobre la cabeza de Andy podía ver muy bien la puerta blanca del dormitorio de Dominique y me exasperé, ni siquiera en Alemania me había sentido tan lejos de ella como ahora, con Andy mirándome con esos ojos suyos tan endemoniados y sádicos.
—No pensé que volvería a verte, maldito… que alegría al fin— comentó con una voz maligna y perversa, digna de un asesino en serie.
Pensé algo cínico para responderle y quitarlo del medio con un buen empujón, pero entonces Andy avanzó dos pasos hacia mí y sin piedad alguna, estampó la empuñadura brillante de su pistola en la parte trasera de mi cuello. El golpe fue tan fuerte que instantáneamente sentí como un líquido pringoso y caliente descendía por mi espalda a una velocidad de vértigo, seguido de un dolor agudo. Me mareé en el acto y terminé en el piso, medio aturdido, pero consciente.
Mierda que era fuerte el chaval.
Supuse que, de haber querido, Andy me habría matado con un buen tiro en la cabeza, en lugar de pegarme un golpe tan burro, pero era obvio, antes quería torturarme, y pensé acertadamente, cuando un segundo culatazo rebotó en mi sien, pringándome la cara de sangre y haciéndome perder el sentido inmediatamente.
Y ahí estaba… muriendo a unos cuantos pasos de la puerta que me devolvería al paraíso… sip, definitivamente me lo merecía.
&
En mi inconsciencia fui vagamente consciente de que alguien me tenía bien sujeto por el tobillo derecho y tiraba de mí, arrastrándome sin cuidado alguno por el duro suelo. Después, el suelo se desvaneció en cuanto fui levantado por un par de fuertes manos que me arrojaron con fuerza hacia una superficie más cómoda y mullida, como si fuesen nubes de algodón y ahí sí que me dejé llevar.
Mientras flotaba, soñé. Estaba seguro que era un sueño, porque una parte de mí, una muy profunda, seguía alerta, anunciando que estaba en problemas, pero simplemente no podía despertar porque estaba muy cansado y, además, en mi sueño, me dolía la cabeza y el cuello.
Una extraña sensación de vértigo me atacó y traté de recordar el porqué, y fue entonces cuando me di cuenta de que iba en un tren. El enorme bicho de metal iba a toda pastilla, y ululaba de repente, de una manera jodidamente molesta, obligándome a taparme los oídos con las manos. Por las ventanillas además de aire fresco y helado entraba muchísima luz y a lo lejos se veía un resplandor verde, así que supuse que serían árboles o alguna colina.
Lo más extraño de aquel tren, era que además de mí, no iba nadie, estaba vacío de cabo a rabo. Había tardado lo mío en investigar todos los vagones y no había un alma, y el cuarto de máquinas estaba bien cerrado.
— ¡Hola! — Grité — ¿hay alguien? — me llevé las dos manos a la boca, semejando un megáfono para hacerme oír más, y en ese momento, el tren dio un bandazo y yo caí al suelo, maldije y tras varios intentos pude ponerme en pie, me sentía extrañamente torpe y pesado.
— ¡Joder! Ya podrían manejar mejor, capullos— me quejé con la cabeza vuelta hacia la puerta del cuarto de máquinas, y como respuesta a mis quejas, el tren comenzó a sacudirse violentamente, anunciando que se descarrilaría sin remedio, ¡y yo seguía adentro!
Corrí por el pasillo, pero las ventanas estaban cerradas y tenían barrotes de fierro, imposible salir, las puertas estaban bloqueadas y las salidas del techo… no había salidas al techo, en conclusión, iba a morir ahí.
—¡No! — grité a todo pulmón, y en ese momento desperté a mi realidad.
Una oscuridad densa y fresca me envolvió en cuanto abrí los ojos, llevándose la luminosidad de mi sueño con ella y entregándome a cambio mis recuerdos. El molesto ruido del silbato del tren era realmente un zumbido sordo en mis oídos, un rugido grave y profundo.
Había llegado a Italia con Tom, quien estaba seguro y a salvo en aquel hotel tan pijo, ajeno a todo lo que estaba yo viviendo, después me había pasado por el monasterio, donde sostuve una plática de lo más interesante con el fraile y con una niñita muerta hacia casi cien años ¿interesante noche eh, Bill?
Después de todo aquello me había enterado de algunos sucesos gracias a la bocaza del taxista cotilla de cuarta, y después había entrado en la casa de Dom y me había topado con…
— ¡Andy! — medio de nuevo y miré a mi alrededor, esperando encontrarme rodeado de fríos y mojados muros de piedra, con cadenas en manos y pies, y medio muerto a golpes. Pero me sentía extrañamente cómodo para estar en un calabozo.
—Hasta que despiertas— me contestó, hosco. No le respondí.
Con algo de esfuerzo, pude vislumbrarlo en la oscuridad de… ¿una habitación?
Tenía que serlo, en el extremo norte había una ventana, cubierta por cortinas blancas, donde se colaban algunos rayos de luz de luna, el piso se veía mullido, alfombrado sin duda, y había un mueble pequeño, parecido a una cómoda o ropero.
Andy estaba sentado en un sofá oscuro, vuelto hacia la cama donde yo estaba medio tirado.
Una punzada de dolor me atravesó la sien y arrugué el rostro, molesto.
— ¿Cómo querías que despertara con semejantes porrazos? — le chisté en voz baja, el dolor de cabeza me estaba matando.
—Lo tienes bien merecido— fue su única respuesta, y después de pensarlo, decidí darle la razón, callándome.
Me arrastré sobre la cama hasta quedar sentado, presa de un mareo muy particular y jodido, parecido a la sensación de asomarse demasiado por un precipicio, y con cuidado, me toqueteé el cuello.
—Mierda— murmuré muy bajo, solo para mí, pero Andy bufó, molesto.
Con los dedos en la nuca, podía sentir perfectamente como mi carne estaba húmeda y abierta, palpitante, pero al menos ya no sangraba y, aunque sentía la espalda rígida y pegajosa por la sangre derramada, no dolía de momento.
La herida de la sien era harina de otro costal, el dolor era insufrible y aun continuaba manando delgados hilitos de sangre, que se me escurrían por la barbilla, los cuales me limpiaba constantemente con la palma y el dorso de la mano, siempre cuidando de no tocarme la herida.
— ¿Qué? — Andy se inclinó hacia adelante, su voz era burlona— ¿acaso te duele? — Preguntó, con una preocupación irónica y fingida —agradéceme que no te la abrí en la frente, cabrón.
Vale, Andy estaba cabreadísimo, y por el tono de sus palabras, diría que llevaba un buen tiempo reprimiéndose, y por fin había llegado yo, el candidato perfecto para descargar su coraje.
—Andy, ¿Por qué no te limitaste a matarme en lugar de romperme la cabeza a golpes? Lo estas deseando ¿no? pues hazlo ya, joder— troné, molesto.
—Claro que te mataré Bill, pero no creíste que sería tan fácil ¿no? —jodido sádico estaba hecho el rubio— un tiro y ya, ¿nunca se te ocurrió que, si te parabas por aquí, ibas a tener que sangrar?
Oh, claro que se me había ocurrido…
—Me da enteramente igual, Andreus— Andy levantó una ceja, confuso, no sabría si por mis palabras o por haberle llamado por su nombre de pila, pero lo ignoré, mientras él seguía con su cabreo yo terminaría desangrándome en ese sitio.
— ¡Eres un maldito capullo hijo de puta! — tronó el rubio, pero extrañamente parecía más triste que molesto y en sus ojos claros, por un momento, relució un sentimiento que me acompañaba a mí todo el tiempo: la culpa.
Y quizá fue esa misma culpa la que hizo que se levantara a rebuscar en los cajones de la cómoda, y momentos después, me arrojara dos gruesas bolas de algodón, una seca, y la otra completamente empapada en antiséptico.
¿Pero cómo? ¿Es que no iba a matarme?
—Límpiate, me estas poniendo de los nervios con toda esa sangre— volvió a su lugar en el sofá, pero no me miró mientras yo me llevaba inmediatamente el algodón mojado a la cabeza.
—Gracias— siseé apretando los dientes, maldiciendo, al sentir como los componentes del líquido me hacían arder la carne mientras removían varios coágulos de sangre corroída.
Después de limpiarme no muy bien, gracias a la oscuridad, me apreté el algodón seco contra la sien y por fin, la herida dejo de sangrar.
—Ahora Bill, ¿sabes algo? Mirándote, he recordado una escena algo similar, aunque solo un poco— se supone que yo debía responder, pero ¿Qué? —claro, fue hace unos… cuatro meses, en la habitación que esta al otro lado del descansillo ¿te suena?
—Andy… yo.
—Cállate — me ordenó— ver la cama totalmente pérdida de sangre, la habitación desordenada, el olor a óxido… me están entrando ganas de romperte bien la cabeza — palidecí — pero por ahora, solo quiero saber algo… créeme, llevo algunos meses picado de una curiosidad que solo tú puedes saciar… ¿Qué mierda te dijo o te hizo Dominique para que la trataras de una manera tan jodidamente bestia? Tuvo que haber sido algo muy gordo.
— ¿Esta ella bien? — pregunté medio histérico, la mención de su nombre me había dolido diez veces más que el par de heridas que tenía en el cuerpo en estos momentos.
—Eso no te importa. Respóndeme
—Si me importa
— ¡No te importa!
—¡¡Coño, que si me importa!!
—¡Que no! ¡Responde de una puñetera vez! — me amenazó, apuntándome a la cabeza, agitando el cañón cromado de su pistola.
Cabrón jodido, si tuviera yo la mía ya le enseñaba.
—Fue ese imbécil de Gioaccino ¿vale? El muy jodido me engañó.
Andy se quedó tieso, se puso blanco, y la pistola tembló en sus manos.
— ¿Andy?
—Vaya, eso no me lo esperaba— comentó, bajando el arma y mirándome de una manera muy jodida y maliciosa.
— ¿Por qué no? el tipo es un verdadero gilipollas.
— ¿Qué te dijo?
—¿Para qué quieres saber?
—No me hagas perder la paciencia
—Ah ¿es que no la habías perdido antes? —le acusé, señalándome la sien rota.
—De haberla perdido estarías ya muerto, idiota. ¿Qué te dijo?
—No te lo diré.
—Entonces te rompo la otra sien— y levantó el arma.
Me lo pensé por un segundo, el dolor de la herida abierta seguía palpitante y era vomitivo, pero yo no me iba a dejar amedrentar por un acto tan bajo y abusivo.
Cerré los ojos, esperando sentir la puntada del próximo golpe, pero ésta no llegó. Abrí los ojos, buscando respuestas y vi a Andy, quien se había vuelto a sentar y me miraba enigmáticamente
— ¿Sabes Bill?, no sé si eres un valiente hijo de puta o un completo imbécil, pero hasta ahora, nadie había hecho lo que tú acabas de hacer y por eso es que mejor te voy a ofrecer un trato.
Anda, así que mi valentía se merecía un premio.
— ¿Qué ofreces?
—Me dices lo que te dijo… la verdad… y entonces… te platicaré sobre Dominique— ni me lo pensé.
—Hecho
—Bien, empieza.
— ¿Y cómo sé que después de decírtelo, me dirás tu algo sobre ella?
—Es tu problema si decides o no confiar en mí, si te decides negativamente…—un suave sonido metálico me distrajo un momento, Andy estaba enroscando en el cañón de su pistola un silenciador —morirás sin haber sabido nada acerca de ella, así que tú decides.
La decisión era obvia.
—Vale, confiaré en ti.
—Sabia elección— dijo sonriendo, el muy cerdo lo estaba disfrutando.
—Me topé con Gioaccino el mismo día que llegó, yo había salido a atender una llamada y entonces el me vio y me dijo… que Dominique… que ella desde hace mucho tiempo está comprometida… que se va a casar.
La sonrisa de suficiencia de Andy desapareció y se quedó a cuadros. Vale, él tampoco lo sabía. Me sentí todavía peor, ojalá pronto me metiera una bala entre ceja y ceja, me lo merecía.
— ¡¿Qué se va a casar?!—Casi gritó — ¿con quién jodidos?
—Con un tal Philip Elkann… es el nuevo dueño o algo así de la Fiat Group, el heredero…
—Y se casará con una heredera— me interrumpió Andy. Asentí efusivamente y me arrepentí porque el dolor de mi herida flameó.
—Si, dijo que el padre de Dom y el del otro tío lo habían arreglado así porque los Ferrari tienen únicamente el 5% de las acciones, y el capullo de Fiat tiene el resto y con la boda… la compañía se volverá a unir.
—Que putada… malditos bastardos, decidir así por ella… pero Bill, entiendo, y ahora, ¿es por eso que actuaste así con ella?
—Yo… esto…
—Recuerda nuestro trato
—Gioaccino me dijo… que ella lo sabía… que estaba enterada…
— ¿Y tú se lo creíste?
—Yo… — mierda, era el sí que más trabajo me estaba costando pronunciar en veintiún años— sí…
—¡¡¿¿Pero tú eres imbécil??!!— Gritó a todo pulmón — ¿Cómo pudiste ser capaz de creer en semejante basura??
—¡Pues él lo aseguró! — me defendí, a gritos también.
— ¿Y no tienes una puñetera boca y sentido común para averiguar si era verdad o no? claro, como buen machito que eres, tenías que creerle a él y desconfiar de ella, y de paso darle su merecido por traicionera ¿no? Me das asco, Bill. Debería masacrarte con mis propias manos en este mismo instante.
Andy ahora si me había acojonado, su expresión cambió de cabreo total a cabreo lunático. Lo miré con pesar, hundiéndome más en el infierno que estaba viviendo y el monstruo que vivía en mi interior se retorcía lastimeramente.
—Andy… yo, me confundí.
—Ya veo, pero me ofende personalmente que hayas podido desconfiar de ella, no hay persona más auténtica y leal sobre la faz de la tierra, y tú la manchaste y abusaste de su inocencia, eres de la peor clase de escoria que ha pisado este jodido mundo.
Las palabras de Andy me atravesaron como dagas, él tenía toda la razón, yo no merecía nada, absolutamente nada, más que una muerte lenta y muy dolorosa.
—Aunque, si hago un esfuerzo enorme, tremendamente gigante, reconozco que tú no tienes toda la culpa, Bill, solo eres un tarado que no ha vivido lo suficiente entre toda esta mierda — lo miré sorprendido, a través de las molestas lágrimas de rabia que amenazaban con salir de mis ojos —Gioaccino siempre ha sido un perro traidor y un manipulador de mierda, y a ti en especial te odia demasiado, aunque nunca pensé que para hacerte a un lado, pasara por encima de Dominique, por encima de alguien a quien todos hemos jurado proteger, eso me parece monstruoso.
—Pareciera como si el tuviera algún motivo específico para actuar así.
—Algo hay, algo no huele bien… y respecto a lo de la boda…
—Piero vendrá dentro de una semana para darle la noticia a Dom.
—No lo soportará… ella está muy débil.
— ¡¿Qué?! —me descoloqué y entre tambaleos pude levantarme de la cama, para volver a caer en ella un segundo después, totalmente mareado.
—No te muevas así Bill, mira que eres bruto, hace un rato te rompí la cabeza y tardarás un poco en estabilizarte.
—No puedo esperar cruzado de brazos a estabilizarme con lo que acabas de soltar, desgraciado.
—Aunque quieras no podrás caminar por ahora, así que mejor te estas quietecito.
—Oye, tenemos un trato, es tu turno de cumplir con tu parte— le dije, fulminándolo con la mirada.
—Claro, que tonto soy —comento riéndose suavemente — pues bien… veamos… a Dominique le asustan los saltamontes, las ranas, todo lo que se arrastre y sea pegajoso, y le gustan las mariposas, los algodones de azúcar y las zapatillas deportivas Lacoste, en especial las de color verde.
Lo miré en blanco.
— ¿Qué? — espetó.
—Es una broma ¿no?
—Claro que no, cuando te dije que te contaría algo sobre ella, tu aceptaste sin pensártelo siquiera, sin pensar realmente que es lo que quieres saber, así que yo simplemente te comparto las cosas que quiero, las que yo elegí— Andy sonrió como todo el gilipollas que era— deberías verla cuando le asusta un saltamontes, está más linda…
Claro que podía imaginármela, su carita desfigurada por el horror mientras huía de una criatura del tamaño de su dedo meñique. Tendría que verse hermosa, pero ahora me apremiaba saber otras cosas muy distintas.
—Hace un momento dijiste que estaba muy débil…
Andy se lo pensó, parecía muy renuente a hablar y yo estaba cada vez más nervioso.
— ¿Qué esperabas Bill? ¿Encontrarla saltando de aquí para allá entre mariposas y cantos de pájaros?
—Yo…— no sabía que contestarle porque en realidad no había pensado como la encontraría, simplemente pensé en encontrarla, como fuera. Antes de saber la verdad, siempre que pensaba en ella era con amargura, me la imaginaba bailoteando de aquí para allá, midiéndose sin parar una infinidad de vestidos blancos y vaporosos y probando tartas y dulces todo el día. —No se Andy, solo quiero saber si ella está bien.
—Creo que lo mejor será que te largues Bill, yo me encargo de suavizar las cosas con Piero cuando regrese y también Gioaccino va a escucharme, pero si te quedas, morirás sin remedio. Probablemente acabe matándote yo.
— ¿Qué? No, ni hablar— Andy estaba como una puta cabra— yo de aquí no me voy ni, aunque me arrastres.
—Joder Bill, es que no te ent…— ambos callamos como muertos cuando un leve quejido llegó desde la habitación de Dom, un jadeo bajo, semi ahogado, como de dolor y como respuesta Andy salió disparado como la flecha de un arco, dejándome solo en medio de la oscuridad.
Me apoyé en las palmas de las manos mientras lo veía salir como un bólido y desaparecer por la puerta, sin molestarse en amenazarme, dispararme o mirarme al menos, simplemente se olvidó por completo de mí.
—Dom…— gemí y me senté en el borde de la cama, con los pies bien apoyados en el suelo.
El mareo se me despejó poco a poco y por fin pude sostenerme en pie sin tambalearme. Escuché un repentino movimiento de cuerpos y entonces la adrenalina me saturó las células, haciéndome olvidar los mareos y el dolor. Me encaminé con paso firme hacia el descanso y pude apreciar que la puerta de la habitación de Dom estaba semiabierta y sin dudarlo me precipité hacia adentro de su dormitorio.
La habitación estaba en penumbras como el resto de la casa, pero los rayos de luna que se colaban por la ventana creaban extraños dibujos de sombras que me permitían ver un poco. Lo primero que noté extraño fue el olor, ya no olía a caramelos y golosinas de vainilla con azúcar, como yo recordaba, ahora olía a mil hierbas, sobre todo el mentol, era un olor extraño, que hería la nariz.
— ¿Dom? — silencio.
La sala estaba vacía, salvo por Jockey, el diminuto perro de Dom, que dormitaba en el sofá sobre una sábana color pálido. Ni se inmutó por mi presencia. Quise saludar al pequeño, acariciarle detrás de las orejas o frotarle el lomo, pero no podía perder tiempo.
La mesa cuadrada al centro de la sala estaba vacía, ya no había adornos sobre ella, y las mariposas de plata que adornaban la pared parecían haber escapado por la ventana.
<<Que extraño>> pensé, a Dominique le encantaba ese trío de figurillas de cristal azul traídas desde un lugar lejano del que nunca podía recordar el nombre. Y aún más el grupo de mariposas de luna.
— ¿Dom…? — volví a preguntar, esta vez con un timbre de voz más alto, pero solo encontré más silencio como respuesta.
Di un par de pasos más hasta llegar a los pies de su cama. Las sabanas estaban desordenadas y revueltas y la cama…vacía.
—¡¡Dom!! — grité, empezando a ponerme histérico. ¿Dónde rayos estaba? ¿Y Andy?
La puerta de la terraza estaba bien cerrada y la del cuarto de baño…por la puerta del cuarto de baño se filtraba un rayo de luz así que fui hacia ella y después de abrirla de un tirón me quedé completamente estático.
Dentro del baño encontré por fin lo que buscaba, aquello de lo que había huido tan asqueado, y después había buscado con tanta desesperación y miedo.
Ahí estaba por fin mi pequeño duendecillo, rota, cayéndose a pedazos en los brazos de Andy, que la sostenían con mucha torpeza en sus intentos por ser delicado, su cuerpo se sacudía ferozmente, presa de unas arcadas terribles y de repente, de su boca brotó toda una marea de líquido espumoso, de un espeso color verde amarillento. Bilis.
—Lárgate, Bill— la voz de Andy era tan fría como sus ojos de hielo, pero para mí se escuchó como un zumbido. Mis ojos estaban clavados en ella, ni siquiera podía parpadear.
Sólo se distrajo un segundo para echarme y eso fue suficiente para que el escurridizo cuerpo de Dominique medio resbalara de entre sus brazos y se golpeara con fuerza las rodillas contra el suelo. Sus facciones crispadas se desfiguraron aún más, seguramente por el dolor, pero ningún sonido brotó de entre sus labios, porque volvió a arquearse y el líquido verdoso que salía de su interior a borbotones se convirtió en una verdadera bajamar sanguinolenta y entonces me precipité hacia ellos y aparté a Andy de un empujón para sostenerla yo mismo.
—Tranquila… ya estoy aquí — le susurré al oído, mientras le intentaba apartar torpemente el cabello mojado en sudor de su frente. Ella apretó aún más los ojos cerrados y un segundo borbotón de sangre espumosa emanó de su boca. La escena era espeluznante y sobraba decir que estaba cagándome del miedo y la preocupación.
—Fuera de aquí— rugió Andy, furibundo, asesinándome con la mirada. Le regresé una más desafiante.
—Lárgate tú, pollo, eres un inútil— le gruñí y su rostro se contorsiono de cólera. Estaba claro que Andy era jodidamente bueno en establecer perímetros de seguridad y vigilar entornos, pero era un negado en cuanto a cuidados físicos.
Sentí el cañón frío de la pistola de Andy presionando dolorosamente contra mi sien herida pero no desvié mi atención de Dominique. Sabía que Andy solo trataba de amedrentarme para que me largara, porque él nunca dispararía en presencia de Dom y el contacto desapareció.
—Vas a estar bien Dom, lo prometo, estarás bien… lo siento…lo siento tanto… perdóname. — Le aparté con cuidado el cabello húmedo y pegajoso de la cara nuevamente y observé como las arcadas disminuían y ella por fin descansaba un poco, con las manos apoyadas en torno a la taza del baño. De sus labios se escurrían hilillos de baba manchados de rojo, sus mejillas estaban empapadas de lágrimas y observándola, me percaté de su demacrado aspecto. Sentí un escalofrío. Por eso decía Andy que ella estaba tan débil…
Lo que antes fueron suaves curvas, mínimas, pero existentes, ahora eran huesos puntiagudos que se me clavaron en el cuerpo. Los perennes rizos, solo unos centímetros más largos que antes, se enredaron en torno a mis brazos y entonces pude apreciar que aquel hermoso tono color bronce rosado, que emitía extraños matices a la luz del sol, había desaparecido. Los rizos ahora eran color negro medianoche y su tacto era extraño, como si estuviesen cubiertos por una pegajosa capa de alquitrán.
— ¿Pero qué demonios…? — siseé indignado al darme cuenta de la situación — ¿Por qué esta así? — grité, mirando fijamente a Andy, quien parecía más avergonzado que furioso, pero no tanto como yo.
—Por tu maldita culpa, asqueroso perro alemán, además sabes que no podemos obligarla a nada que ella no quiera — y ese era su jodido pretexto. Si no hubiese estado sosteniendo el liviano cuerpo de Dominique le hubiera arreado a Andy unas hostias bárbaras. La situación era bastante clara, Dom había dejado de cuidarse, estaba enferma, débil, vulnerable y su cuerpo se había consumido a sí mismo. Además, no se necesitaba ser un genio para notar que ella estaba sumida en una depresión de proporciones aterradoras.
” Que buen trabajo hiciste Bill” me reprochó mi conciencia.
Miré mis manos, las que la sostenían con firmeza, eran blancas y fuertes, surcadas de venas abultadas y sanas, y las comparé con sus brazos envueltos en una camiseta negra, se apreciaban delgados como palillos, hasta extremos nada sanos y me sentí la peor basura del mundo.
—Tal vez ustedes no, pero yo si— le dije a Andy y me levanté, decidido, con los brazos enredados en la cintura de Dominique, sosteniéndola sin esfuerzo alguno y estiré la mano para abrir el grifo de la bañera. Ella no se inmutó, se puso de pie, y no luchó, ni se resistió, prefirió abandonarse a su suerte, como si no tuviese voluntad para sobrevivir y su cuerpo desfallecido quedo medio colgando en mis brazos. La apreté con más fuerza.
—Vale ya Bill, lo que sea que estés pensando, olvídalo y lárgate.
—Sabes que no voy a hacerlo, pírate tú, rubio, además esto es privado— le respondí con voz lúgubre y Andy se quedó callado, evaluándome, y al final se dio la vuelta. No iba a mirar, pero tampoco se marcharía. Poco me importó.
La ducha del cuarto de baño de Dom era moderna y sofisticada, las gotitas de agua salían desde el techo y las paredes, creando un verdadero diluvio y la regulé hasta que estuvo entre tibia y caliente, más próximo a caliente, pues la piel de Dom estaba pegajosa y helada.
Sin más ceremonia le arranqué los pantalones deportivos negros que llevaba, (y que yo sabía que odiaba) y después, alternando su peso en mis brazos me deshice de su camiseta. Afortundamente vestía debajo un corto top deportivo.
Y entonces ella reaccionó con un vigor que no creí que tuviera.
— ¡No me toques! ¡Suéltame! — Chillaba Dom a voz en grito, retorciéndose entre mis brazos muy débilmente, tanto que tardé en notarlo — ¡lárgate!
El sonido de su llanto aterrorizado me dejo estático, clavado en el suelo, con los músculos agarrotados.
Andy volteó y le dio una mirada tranquilizadora.
—Tranquila Dom, estoy aquí ¿de acuerdo? Él no te hará nada, lo vigilaré, solo va a limpiarte un poco, si se pasa de listo, le vuelo la cabeza — la tranquilizaba Andy, tomándola de las dos manos y dándole fuertes apretones.
—Andy, yo mejor…
—Cállate Bill y hazlo de una buena vez, lo querías y ahora te aguantas, además… —se acercó a mi oído— me divierte mucho esa cara de “Oh mierda” que estas poniendo. Quiero verte gozar de lo que has hecho.
Jodido rubio.
—Andy… tengo miedo…— insistió ella, tratando de alejarme con sus pequeños puños blancos.
—No te preocupes, vigilaré cada movimiento y si hace algo que no te guste, le corto las manos ¿vale?
— ¡No! Eso no…
—No hará nada, lo prometes ¿No Billy? — su voz irónica destilaba veneno. Asentí y Dom, al fin se relajó.
Aquel era el resultado de mis estúpidos actos de gilipollas rematado, y tendría que cargar con ellos por toda la eternidad, aunque me sorprendía un poco el sadismo de Andy y su oscura satisfacción.
No había absolutamente nada sexual en mis movimientos, solo preocupación y desesperación.
Cuando estuvo casi totalmente desnuda, salvo por unos diminutos bóxer negros y su pequeño top, me metí con ella tras la mampara transparente de la ducha. Nos empapamos al instante.
Uno de sus brazos, el izquierdo concretamente, estaba protegido por una especie calentador negro deportivo, de esos que sirven para absorber el sudor, y le cubría desde el codo hasta la muñeca y cuando intente quitárselo, ella apartó el brazo de un tirón, casi inconscientemente.
—No toques eso— me advirtió Andy, mirándome amenazadoramente, como un verdadero demente, y se volteó de nuevo, cuando aparte las manos de su brazo. No quería caldear más las cosas y lo dejé pasar de momento.
Gracias a la enorme cantidad de agua que brotaba de todos lados, la bañera se llenó rápidamente, sobrepasando la mitad y decidí sentarme para tener mayor libertad de movimientos.
Sostener a Dom era casi lo mismo que sostener un peso inerte, su cuerpo se amoldaba perfectamente a mis movimientos y la senté delante de mí, apoyando su espalda en mi pecho y yo decidí mantenerme erguido, pues si recargaba la espalda contra la tina, el dolor de mi cuello herido me haría berrear, ya comenzaba incluso a escocer por el agua.
Lo primero que hice fue lavar a conciencia el cabello de Dom, frotando insistentemente hasta que una enorme nube de espuma blanca con olor a almendras cubrió cada cabello.
Mientras su pelo se enjuagaba con el agua que caía desde el techo, me pregunte que tan mal estaría. No había dado trazas de reconocerme salvo para echarme de ahí. No me miraba y tampoco me hablaba, no sabría decir si sería por su aparente falta de energía o porque simplemente no se le daba la gana, y normal, con las mil y un putadas que yo le había dicho y hecho. Pero aun así quería que me hablara, aunque fuera para insultarme.
—Dom…— lo intenté una vez más, mientras utilizaba una esponja color rosa en sus hombros puntiagudos, frotando con infinito cuidado los huesos expuestos de las cervicales de su cuello y columna.
—Bill…—murmuro bajito— ¿en verdad eres tú?
¿A qué coño venía eso, es que pensaba que yo era una alucinación o algo así?
—Si…soy yo, tranquila, ya estoy aquí.
—Estoy tranquila— respondió y efectivamente, se escuchaba tranquila —no puedo creer que estés aquí.
—Créelo Dom, porque estoy aquí, contigo y no me voy a ir— le respondí en voz tan baja como la de ella, y pude escuchar el bufido indignado de Andy, pero me hice el tonto.
—No lo creo… pero si… es tu voz…y tus manos…— pasó sus delgados dedos sobre mi mano derecha, y luego se apartó
— ¿Por qué no lo crees Dom? Abre los ojos y mírame— ya me había terminado de desesperar con toda esa cháchara de si era yo o no.
—No… puedo abrirlos
— ¿Por qué? — pregunté en un tono demandante y Andy hizo sonar ruidosamente su pistola, amenazante.
—Modera tus tonitos Bill…—advirtió.
—No puedo… es que me ha entrado jabón a los ojos… y escuece.
Mierda.
— ¿Por qué no me lo dijiste? —Le pregunté, me había mosqueado. Ella no respondió, simplemente encogió los huesudos hombros, como restándole importancia.
Tomé su rostro con una mano y lo levanté hacia el techo para que las gotas que de ahí caían, aliviaran el molesto escozor de sus ojos. Los abrí un poco con los dedos y frote suavemente, obligando a que el agua los limpiara, hasta que, por fin tras varios parpadeos, Dom entreabrió los ojos y pude notar que estaban rojizos, irritados, a saber, si sería por el jabón o por el llanto. Un segundo después los cerró.
—Si, si eres tú… Bill…
—Ya te lo había dicho Dom
Me sentía ansioso, no entendía porque Dominique se negaba a creer que en realidad fuese yo quien estuviese ahí, pensé que me insultaría, que me clavaría las uñas en la piel y le daría carta blanca a Andy para que me rematara de una buena vez, pero contra todo pronóstico, se dejaba hacer por mí, sin luchar, quejarse o resistirse y aquello no era nada normal.
Además, estaba la escena del espeluznante vómito saturado de sangre y bilis, su insano cuerpo desnutrido y lo apagado de sus ojos. ¿Por qué rayos no la habían ingresado en alguna clínica? Oh sí, porque como ella se negaba, morirían si se atrevían a obligarla.
Su estado era grave, daba grima solo de ver su delgadez y apatía, aunque al menos ahora, lucía un poco mejor, después del buen baño tibio que la había obligado a tomar. Tenía las mejillas incluso un poco coloreadas. Muy poco. Su cabello mojado volvía a ser rojizo, y emitía brillantes destellos metálicos.
—Mierda… y ahora necesito…
—Toma— volteé a ver a Andy. Estaba a dos pasos del borde de la bañera, con el cuerpo girado hacia la puerta, mirando hacia otro lado, pero una toalla blanca colgaba de su mano.
—Gracias— respondí mientras la cogía. Se la pasé a Dom por encima y la frote vigorosamente contra su cuerpo. Ahora estaba temblando de frío.
—Descuida Dom… unos momentos y entrarás en calor.
—B-Bi-Bill— tartamudeaba, castañeando los dientes.
—No se va a secar nunca si la sigues mojando tú, animal— intervino Andy, mirándome con desaprobación —déjame a mí— y sin esperar mi respuesta tomó a Dom en brazos y la saco del baño, sin esfuerzo alguno.
<<Jodido estúpido>> me quejé mentalmente, mientras miraba mis ropas empapadas y mis manos vacías. Yo no me había quitado ni una sola prenda, salvo la cazadora de cuero, y ahora estaba chorreante, y, por si fuera poco, las heridas de la sien y del cuello me estaban picando de un modo muy incómodo.
—Mierda, mierda y más mierda— me quejé, al momento que salía de la bañera. Mis botas negras escurrieron como fregonas empapadas en agua, la cual estaba comenzando a teñirse de rosa. Genial, volvía a sangrar, lo último que me faltaba.
—Dame un segundito, Bill querido, y regreso contigo.
Joder, el tono irónico y burlón de Andy, lleno de rabia contenida, me puso el pelo de punta y comencé a temerme realmente lo peor.
Continúa.