«458 Italia» Fic de Shugaresugaru

Capítulo 28: Consideración

By Andy

Si antes había albergado alguna duda, ahora se había evaporado completamente.

Después de ver la reacción de pánico irracional de Dominique en cuanto Bill comenzó a quitarle la ropa, tuve bien en claro que, en efecto, él había intentado abusar de ella. Y lo pagaría con su vida.

— ¿Andy…?

—Que pasa Dom

—Tengo frío…

—Normal, estas empapada— su cuerpo tiritaba entre mis brazos. Cargar a Dominique era algo espeluznante, todos sus huesos se podían sentir y además era tan frágil que hasta parecía que un suspiro podía romperla… sin embargo Bill la había tratado con una confianza ciega, sabiendo donde tocarla y donde no, como si se tratase de su propio cuerpo. Algo que yo ni de cerca me atrevería a hacer.

— ¿No tienes frío tú?

—No Dom, yo no estoy mojado — la puse sobre su cama y en el acto ella se envolvió en la enorme toalla como una oruga, temblando— te buscaré ropa seca.

Anduve hasta su ropero y tras buscar un poco, regresé a su lado.

—Gracias — dijo tomando el cambio de ropa que le ofrecí, un conjunto deportivo blanco, se sonrojó adorablemente al tiempo que escondía bajo la almohada la ropa interior.

—Te juro que no la miré.

—Lo sé… —se mordisqueó el labio, pensando— oye Andy, ¿Por qué golpeaste a Bill? — sus ojos acuosos se volvieron acusadores.

—No lo golpeé Dom— mentí

—Mientes— acertó — lo vi bien, está sangrando.

—La sangre es tuya, no de él.

—Yo conozco mi sangre y esa no era mía, es de él, le sangra la cabeza.

— ¿No te había entrado jabón en los ojos?

Se sonrojó inmediatamente, como hacía cuatro meses que no lo hacía.

—Mentí, Andy, estaba muerta de pena.

—Pequeña embustera— le acusé

— ¿Por qué le pegaste? — gimió

¿Qué decirle…? ¿Qué si por mi fuera lo degollaba poco a poco con un cuchillo oxidado y sin filo para después desmembrarlo y llevar los trozos amorfos de su cuerpo a algún rastro para que lo picaran como carne de cerdo?

—Dom, ¿Qué esperabas que hiciera? Se metió como todo un bandido profesional y estaba oscuro, mi primera reacción fue golpearlo. Que agradezca que no lo maté en el acto.

—Pero te has pasado.

—Él también se pasó contigo, merece la muerte…— murmuré muy bajito, pero ella me escuchó.

Su rostro inmediatamente perdió el color, transformándose en la máscara de dolor y desconcierto de siempre, igual que si hubiese recibido un puñetazo y me arrepentí en el acto. El humor de Dominique era tan fluctuante e imprevisible como las olas del mar.

—Yo…

—Oye chica, relájate ¿vale? No es que lo haya matado— pero casi, a decir verdad. Bill era un tipo duro, el golpe que le había asestado en la nuca fue con la fuerza suficiente como para partirle el cuello, pero él ni siquiera había perdido el conocimiento. Negué con la cabeza y le quité el calentador del antebrazo, chorreaba agua y después de secar su brazo con toques leves de una toalla blanca y revisar la cicatrización de su piel, le acomodé otro calentador, blanco esta vez.

—No le pegues más— pidió, observando mis movimientos sin interactuar conmigo.

No respondí porque claro que iba a golpearlo nuevamente, con cada gota de sangre alemana derramada, mi deseo de venganza se veía satisfecho.

—Andy— ella presionaba — por favor.

En su desesperación, Dominique comenzó a picotearse por encima de la tela esponjosa del calentador inconscientemente, con las uñas, la horrible cicatriz rojiza que surcaba por completo su antebrazo. Le lancé una mirada de advertencia, pero me ignoró.

—No lo haré Dom.

—Júralo —la sujeté por la muñeca derecha, impidiendo por poco que se levantara con sus propias uñas la delgada capa de piel que le cubría las curaciones.

—Lo juro ¿vale?

—Gracias Andy— la solté.

—Ni lo menciones— estaba furioso y me sentía humillado. Me enfurecía tener que ceder y perdonarle la vida al cerdo ese con tal de que Dominique no atentara contra la suya propia. Maldito Bill, maldito mil veces — ahora vístete antes de que te resfríes.

Un resfriado no podía ponerla peor de cómo estaba, entonces me atreví a preguntar

— ¿Te encuentras bien? — ella se tensó como resorte.

—Por qué lo preguntas.

—Una persona que vomita su propia sangre removida y espumosa no es algo muy común ¿no te parece?

—Me sangró la nariz, me tragué la sangre y luego la vomité, es todo, ahora me encuentro mejor.

—Tienes náuseas todo el tiempo y…

—Ni empieces Andy — su tono se volvió de fastidio — no volveré al hospital, estoy bien.

—Ya lo veremos— sentencié levantándome. Dom pasaba de mi con una facilidad insultante, pero tal vez al final, Bill si sirviera para algo, al menos para llevarla incluso a rastras al hospital, le urgía un médico.

— ¿A dónde te vas? — preguntó, con ojos curiosos.

Joder Dom, no me pongas esa carita tan inocentona.

—A sacar a Bill de tu baño — aunque probablemente el cobarde ya se habría esfumado por la ventana de cristales opacos y esmerilados que comunicaba el baño con la terraza— no querrás que duerma ahí.

Dominique me miró con cara de circunstancia, no confiaba en mí.

—No lo lastimaré— aseguré y ella asintió, satisfecha.

La miré un momento desde lejos, su cabello empapado ya empezaba a ensortijarse hasta crear los rizos de muñeca, la toalla había descendido un poco, dejando ver uno de sus hombros blancos y huesudos, de aspecto fantasmal por el contraste con la luz de la luna. Parecía terriblemente joven y vulnerable, inocente y aniñada hasta los extremos, esa era la causa principal de que Dominique despertara bajas pasiones hasta en un maldito cura. Su figura encorvada solo transmitía tristeza y pureza.

Deseé que Bill ya se hubiera pirado, que se hubiera escabullido como araña para no tener que soportarme las ganas de asesinarlo. Además, me enfurecía más que al verlo, no podía machacarlo como deseaba, algo en sus ojos me lo impedía, quizá porque sabía que muy en el fondo, él no era más que otra víctima con un disfraz de verdugo muy mal hecho.

Y no se había ido como supuse, ahí seguía en el baño, sentado al borde de la bañera con aspecto cabizbajo. Ni me miró cuando entré. También estaba empapado de los pies a la cabeza, y en el piso ya se había acumulado un simpático charquito de sangre muy roja, la misma que le escurría de la cabeza.

—Vaya Bill, ¿sigues vivo? — no me respondió, y tampoco se movió.

Cuando me acerqué un poco más, pude ver que de su espalda también escurría algo de sangre, misma que ya había tintado los residuos de agua jabonosa de la bañera.

— ¿Bill? — me preocupé, si se moría aquí, perdería a Dominique también, y, además, me daba flojera el pensar en arrastrar su cadáver y buscarle algún sitio para enterrarlo —Hey Bill— le sacudí por el hombro.

— ¿Qué puñetas quieres?

Bueno, al menos seguía vivo el cabrón.

—Estoy hablándote hace rato, idiota, ¿Por qué no respondes?

—¿Para que? ¿no ibas a matarme?

—Por ahora estas a salvo. Mírame. — y me miró. Su atractivo rostro estaba muy pálido y lucía cansado. Considerando la sangre que perdió en el pasillo, en la habitación, y ahora aquí, era demasiada y no tardaría en desmayarse a causa de la hemorragia…a menos que alguien la detuviera y odiaba que ese alguien tuviera que ser yo.

—Pírate, rubio y deja de moverte —dijo con voz enérgica, el mareo estaba haciendo de las suyas en por qué yo estaba quieto como gendarme.

—Cállate, anormal ¿es que te quieres morir aquí?

—Como si te importara —pasé de Bill, quien se sostenía la cabeza con ambas manos y fui al mueble de baño de Dom, después de rebuscar un poco encontré todo el material de curación que necesitaba, hasta sobrado.

— ¿No crees que es demasiado? Parece un puñetero hospital— comentó Bill, que había seguido todos mis movimientos con sus astutos ojos felinos.

—Nos gusta ser precavidos — fingí.

Casi estuve a punto de soltarle en toda la cara que, en parte gracias a él, Domimique se había abierto las venas hacía cuatro meses, en el día exacto de su cumpleaños, intento del cual había conseguido salir de milagro, pero era necesario atenderle la horrorosa cicatriz tres veces por día, para que no terminara por perder el brazo flacucho que tenía, casi se lo dije, pero me callé.

— ¿Qué pretendes hacer?

— ¿No es obvio? —algunas veces era tan listo como otras, idiota.

—No, no lo es, ¿vas a darme antiséptico de nuevo para después volver a romperme la cabeza?

Un gruñido airado nos llegó a ambos desde la habitación, por supuesto que Dominique tenía todos los sentidos puestos en lo que Bill y yo estábamos hablando y ambos nos tensamos.

—No seas infantil, voy a detener el sangrado antes de que te desmayes y tenga que arrastrarte de nuevo, para estar tan flaco pesas demasiado.

— ¡Capullo! ¡No estoy flaco! — gritó, pero no se levantó, su rostro se volvió verde y decidí no esperar más.

—Vamos a ver qué tan machito eres.

—Ni te me acerques— bufó, haciendo amago de alejarse, pero le di tal empujón que se escurrió hasta el suelo, con la espalda apoyada contra la bañera.

—Ahora te jodes y estate quieto— me incliné sobre su cabeza y le eché una ojeada a la herida que yo mismo le había hecho. Era un corte limpio y poco profundo, causado por la fuerza de un impacto fuerte, pero no era muy grande. A pesar de mi renuencia y disgusto la limpié con una compresa hasta que sólo se veía la fina línea del corte entre su corto cabello negro azabache con raíces rubias apenas notorias si se veían muy de cerca.

—Oye Bill, si eres rubio ¿Por qué te tiñes? — le pregunté mientras le colocaba un trío de puntadas que obligaban a la herida a cerrarse, no sangraría más. En cada uno de los seis piquetes de la aguja, Bill no movió ni un músculo.

—No es algo que te importe— seguía enfadado y desconfiado, tanto que daba risa, pero no se quejaba, era valiente.

—Tienes razón, en realidad me la sopla — terminé con su cabeza y lo siguiente era el cuello.

Su espalda sangraba más copiosamente y sacarle la camiseta negra que llevaba sólo iba a lastimarle más, así que usando su propia navaja de empuñadura color marrón sangre, convertí la camiseta en jirones antes de que Bill pudiese siquiera reaccionar. Terminé en dos segundos en los que él se encontraba ya sin camiseta y la navaja resguardada en mi bolsillo.

— ¡¿Qué coño te pasa?!— me gritó furibundo y me entraron ganas de reír, pero me detuve al ver en el quicio de la puerta a una figura medio escondida, protegida por la oscuridad de la habitación, solo se apreciaba la mitad de su rostro, blanco como la superficie lunar y un ojo negro de penetrante mirada, espiando disimuladamente, pero se escabulló como el humo en cuanto la pillé mirándonos.

—Cierra el pico o despertarás a todos— le advertí, y milagrosamente me obedeció, relajando los hombros con cansancio.

—Joder…— murmuré al verle la espalda. Vale, si se me había ido la mano un poco bastante con el golpe del cuello. Tenía una herida bien grande, amorfa y profunda, que sin duda necesitaría sutura interna.

— ¿Andy?

—Rayos, necesitas puntos internos aquí.

— ¿Sabes hacerlo?

—Eh…si— mi madre me había enseñado y además la había visto suturar a muchas personas en sus días de enfermera, pero nunca lo había puesto en práctica; ella siempre se encargaba.

— ¿Y si mejor llamas a tu madre…?

—Está durmiendo a estas horas Bill, son las dos de la mañana.

—Puedo esperar a que despierte

—Esta herida no puede esperar, lo haré yo.

—Ni hablar.

—No tienes opción, tendrás que aguantarte o te mueres aquí.

—Es lo que tu quisieras, admítelo— Bill volteó a verme de reojo, con una triste sonrisa de melancolía —vamos hazlo, me lo merezco.

Me quedé helado completamente, porque las palabras de Bill estaban cargadas de veracidad, deseaba morir, le daba igual, y sin embargo había parecido tan enérgico cuando lo pillé en las escaleras.

Entonces tuve una epifanía, una gran revelación: en cuanto Bill había visto el lamentable estado de Dominique, deseó inmediatamente su propia muerte, siendo presa fácil de la culpabilidad y los remordimientos por las imbecilidades que había hecho, porque en verdad él la amaba, y aquella era la mejor venganza que jamás pude haber imaginado.

No lo mataría, sino todo lo contrario, lo mantendría vivo y retenido aquí, para que pudiese contemplar con sus propios ojos los resultados de su impulsividad y de sus estúpidos arrebatos y, además, porque si lo mataba, esta vez Dom no fallaría y se mataría también, por alguien de tan poca valía.

—Deja las niñerías Bill y sé valiente como cuando te le fuiste encima a Dominique— y sin avisar comencé a limpiar con la compresa empapada en antiséptico su herida. Bill siseó.

— ¡Eso duele!

— ¿Que esperabas? — le dije, medio sonriendo — relájate, usaré anestesia local.

—Está bien.

Mientras esperábamos a que la lidocaína embadurnada en su herida hiciera efecto, Bill jugueteaba nerviosamente con los mil brazaletes y pulseras que llevaba en las muñecas, y yo observaba su anatomía superior. Tenía la espalda ancha y angulosa, muy fuerte y varonil, con algunos músculos marcados en ella, su piel lisa era muy blanca, aunque no tanto como la de Dom, que de tan blanca parecía casi transparente, la de Bill en cambio tenía un suave tono marfileño, bonito y sano. Una cicatriz curada, más blanca que su piel y bastante grande, serpenteaba en la unión del cuello con el hombro, no era muy reciente, pero tampoco muy vieja, menos de medio año calculé.

— ¿Y esta? — pregunté, presionándola con el índice— ¿Qué te pasó?

—Me clavaron un picahielos en una pelea.

—Vaya, está muy bien suturada— me impresioné, y por la ubicación, pudieron haberlo matado — es enorme ¿te dolió?

—Mucho, fue vomitivo, pero valió la pena.

— ¿Por qué? —la historia de su interesante cicatriz me había atrapado.

—Por que gané.

—Le diste una lección ¿eh?

—Eran dos

— ¿Peleaste contra dos y saliste ganador? — aquello si me pareció una exageración.

—No del todo — alzo el hombro con la cicatriz.

—No es eso… ¿es solo que quien querría hacerte daño? Algún fan psico-paranoide quizá.

—No querían hacerme daño a mí exactamente…

— ¿Qué dices? ¿Entonces defendiste a alguien?

—Si, y ha sido lo mejor que he hecho en mi puta vida.

— ¿Y puedo saber a quién? — pregunté demasiado intrigado y Bill vaciló un segundo.

—A Dominique—cuchicheó, en voz muy baja. Mis años de entrenamiento y experiencia me ayudaron a permanecer sentado y sereno, aunque mi estómago había dado un vuelco desagradable.

— ¿A Dom? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué? — le pregunté en la misma baja voz, interesadísimo por ese episodio que me había perdido y que nadie se había molestado en contarme.

—Hace cinco meses, a unos tres kilómetros de la casa, allá en la playa. Habíamos salido a dar un paseo y se hizo de noche cuando veníamos de regreso— Bill hizo una pausa y suspiró tranquilo, al parecer ya estaba haciendo efecto el anestésico, le puse tres inyecciones de anestesia alrededor de la herida y él ni se inmutó —ambos habíamos notado ruidos, nos estaban siguiendo dos tíos, eran maleantes de clase muy baja, ni siquiera tenían pistolas, solo esos estúpidos picahielos.

—Sigue— le animé al momento que le retiraba los restos del gel de lidocaína del cuello. Bill ni lo sintió.

—Yo no quería que la cosa se saliera de control, pero me enfadé como nunca cuando… uno de esos idiotas dijo que se divertirían con Dominique, entonces ni me lo pensé.

— ¿Qué hiciste?

—Le clavé la navaja que me diste a uno en la sien, al que me atravesó el hombro con el picahielos, ni lo dude, se la hundí hasta la empuñadura. Fue extremadamente fácil hacerlo. Al otro le metí una bala en cada rodilla y por último lo maté destrozándole la garganta con una tercera bala, lo único que lamenté ese día fue que Dominique hubiese visto todo eso, ella naturalmente entró en shock y la traje hasta la casa en brazos.

— ¿Mataste a dos tíos a sangre fría por Dominique? — estaba pasmado, incrédulo, y maravillado. De repente Bill había dejado de ser para mí el caprichoso, estúpido chico mimado alemán que solo pensaba en el mismo y en sus glorias personales.

—Si, los mate ¿no habrías hecho tú lo mismo?

—Desde luego, pero antes los hubiera colgado de cabeza y torturado por días antes de matarlos

—Lo haré para la próxima vez— afirmó decidido.

—Oye Bill ¿cargaste con Dom en brazos durante tres kilómetros, con semejante herida en el hombro? — volví a presionar la blanquecina cicatriz.

—Si, tenía que asegurarme que estuviera a salvo, tu madre me atendió después.

—Eso no lo hace cualquiera, me impresionaste— Bill medio sonrió en respuesta y después volvió a su estado de ánimo melancólico y tristón.

Pensé en la dura tarea que Bill había llevado a cabo aquella noche. El dolor de la herida causada, la angustia de saber que Dom había visto esos horrores, el cansancio de llevar cuarenta y cinco kilos en brazos con un hombro desgarrado y sangrante. Pensé también en lo duro que debió resultarle asesinar a dos personas, aunque la razón estaba más que justificada, la primera vez siempre era muy difícil, más aun para él, porque no era un guardaespaldas ni un asesino a sueldo como yo, sólo era un popular cantante de rock, consentido hasta las pelotas y quizá por esa razón fue que me esmeré en tener especial cuidado al cerrarle la herida del cuello, sin jalar demasiado la piel, ni darle tirones bruscos, hasta que quedó perfectamente cerrada y cubierta por esparadrapo y adhesivo. Al final, casi me arrepentí de haberlo lastimado, no volvería a hacerlo, aunque estaba seguro que mi resentimiento duraría un poco de tiempo más.

Continúa.

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

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