«458 Italia» Fic de Shugaresugaru

Capítulo 29: Consecuencias

By Bill

Andy era tan bipolar que daba grima, algunas veces parecía pacífico y tranquilo, y otras, era todo un demente de mirada acusadora y enloquecida. En sus dos facetas era escalofriante, no sabría decir con exactitud cuando me asustó más, si cuando me golpeó hasta casi matarme, o cuando estando en el baño de Dom, me había observado tan intensamente estando yo medio desnudo. Pero dejé de darle importancia en cuanto pude levantarme, sintiéndome algo tieso, pero mejor.

Quería ir a ver a Dominique nuevamente, pero Andy no me dejaba salir del baño.

—Muévete rubio, déjame pasar— le rechisté, furioso. Estaba loco si pensaba retenerme en ese baño más tiempo.

—Aún no Bill, todavía luces algo inestable.

— ¿Qué, ahora eres un puto médico? muévete.

—No fastidies, ella duerme, y si te acercas la despertarás.

—Después volverá a dormir

—He dicho que no ¿acaso la has visto? Necesita un descanso, joder.

En cuanto pronunció esas palabras me callé como un puerco. Claro que la había visto, el cuerpo consumido y delgaducho, su piel que antes tenía un color cremoso como las rosas ahora lucia pálido y transparente y unas profundas ojeras violáceas mantenían sus ojos constantemente hundidos.

—Vale entonces deja que salga de este pedazo de baño al menos.

Andy me miró con una ceja medio alzada.

—Será mejor que duermas y— hundió su índice en mi abdomen —después metas algo de comida en esas tripas, empiezas a verte mal.

—Lo que digas mamá— dije irónico y Andy comenzó a refunfuñar, pero pasé de él, me coloqué la chaqueta que había dejado tirada por ahí haciendo muecas al sentirla sobre mis muy recientes heridas, y salimos sigilosamente del baño. Andy apago la luz al salir. La habitación seguía en penumbras y tuve que hacer un enorme esfuerzo por no acercarme al pequeño bulto de sabanas que respiraba sin compás sobre la cama, ya que Andy venía justo detrás de mí y lo mandé al infierno mentalmente, convencido de que jamás podría volver a estar con Dom a solas.

Una vez de vuelta en el pasillo me llevó directo a la habitación que solía utilizar cuando estaba en esa misma casa cuatro meses atrás. El lugar seguía igual, pulcramente limpio, olía a flores de algún aromatizante escondido y la lámpara de buró estaba encendida, envolviendo la habitación en un cálido resplandor. Los muebles de buró y la cómoda habían sido pulidos concienzudamente. La ropa de cama era blanca con filigranas dorados y en el centro del lecho estaba aquel gatito de peluche que Dom me había obsequiado, en tiempos de más felicidad.

—Nos vemos mañana Bill…— el rubio parecía jodidamente incómodo, lo miré con cansancio— trata de pasar buena noche y ya— dijo rígido y salió sin decir nada más.

—Capullo— escupí hacia la habitación. Mi cabeza punzaba, estaba torturando mis neuronas una a una por el puñetero dolor tan insufrible que sentía, y del cuello ni hablar. Estaba totalmente rígido como si tuviera puesto encima uno de esos cuellos médicos que te ponen cuando te la palmas en el coche contra un árbol. Y aun me cabreaba mas no poder ver a Dom, a eso había venido, a lavar mis culpas, y arrastrarme a sus pies suplicando perdón, ¿y que había conseguido a cambio? Tocarla de manera superficial, haciendo muecas de rabia al percibir el terror que ella sentía estando conmigo y no podía culparla…

—Debo ir— me dije, pero si salía nuevamente, me toparía con Andy, quien me arrastraría de vuelta, ahora extrañamente preocupado por las heridas que el mismo me había causado… yo conocía bien ese sentimiento de culpa.

Con un suspiro cansado me dejé caer sobre el lecho, en el suave abrazo dorado de las mantas. Ni siquiera deshice la cama o me quite la ropa, solo me despojé de la dura chaqueta y después me quede dormido casi en el acto.

Cuando abrí los ojos el sol bañaba a chorros la habitación, pero por el ángulo en el que entraba podría asegurar que aún era bastante temprano. Me estiré, mi cuerpo seguía rígido y al darme la vuelta casi me golpeé la cara con el borde filoso del buró. Comencé a maldecir entre dientes hasta que vi lo que descansaba sobre el mueble, cerré los ojos y volví a abrirlos mirando aquello que consideraba ya perdido. Sobre la pulida superficie de la olorosa madera de caoba (tan popular entre los millonarios) descansaba despreocupadamente una llave plateada y roja, unida por una maciza cadena de plata a un llavero rectangular, de plata también, que lucía en la parte frontal una B mayúscula estilizada, mi inicial, y en el reverso estaba el caballito relinchante de Ferrari. Un tenue rayo de sol muy brillante entraba justamente sobre ellas, haciéndolas titilar, aumentando más su irrealidad. Eran las llaves de mi deportivo negro, el que había dejado olvidado aquí.

Las tomé en el acto, se sentía tan reconfortante sentir su peso de nuevo en las manos, era como si pudiera estar ahora mismo con el pie en el acelerador de esa potente máquina mientras gruñía furiosa, devorando bajo sus ruedas miles de kilómetros de asfalto. Seguramente Andy las había puesto ahí en algún momento de la madrugada, porque la noche anterior no estaban.

Un delicado cordel dorado estaba sujeto al llavero, y de él colgaba un cuadrito pequeño de papel duro, de color marfil, en el cual se podían leer unas palabras escritas con una caligrafía impecable: “Los regalos no se olvidan”.

—Púdrete, maldito rubio— dije y guardé la nota en el cajón del mueble.

Me levanté casi de un salto, sufriendo vértigo repentino por la rapidez, pero me estabilicé y salí atropelladamente de la habitación guardándome las llaves en el bolsillo. Tuve razón, aún era muy temprano. El reloj del descansillo marcaba las ocho de la mañana.

Me dirigí rápidamente a la habitación de Dominique, la puerta estaba cerrada y estuve a punto de abrirla cuando me percaté de que Andy dormitaba intranquilo, despatarrado en el sofá más cercano, en el sofá donde ella y yo solíamos pasar las tardes lluviosas viendo comedias de situación y filmes románticos. Entorné los ojos mirando a Andy con rabia y volví a maldecirlo, pero entonces me miré. Mi aspecto era lamentable, no llevaba camisa, solo la chaqueta puesta sobre la piel y mi pecho estaba cubierto por hilillos de sangre seca, mi cabello estaba enmarañado y apelmazado y el pantalón tan arrugado que parecía cartón mojado. No podía presentarme ante ella con semejantes pintas, sin duda se asustaría, (más si cabía) así que, tras dirigirle una última mirada de anhelo a los ángeles regordetes y burlones de la puerta blanca, me retiré bajando en puntas de pie los escalones de mármol. En el piso de abajo sí que había movimiento ya, de la cocina provenían sonidos metálicos de cacerolas contra las parrillas y el aroma a café y fruta fresca me acarició el rostro, una mujer de mediana edad aspiraba tranquilamente las alfombras de la estancia y por el ruido del aparatejo ni cuenta se dio cuando pase rápidamente a su lado.

En el jardín también había mucho movimiento, los gansos estaban chapoteando al rayo del sol sobre el césped y los aspersores giraban en su vals regando agua sobre el verde campo lleno de macizos de flores de colores que tanto le gustaban a Dom, ella podía pasarse horas hablando con las flores, o llorando al lado de un gorrión muerto.

—Buenos días Bill— saludó Lorenzo, el jardinero, con cordialidad. Estaba agachado sobre una pequeña zanja de tierra recién abierta y acomodaba sobre ella meticulosamente una hilera de semillas. Para mi ofuscada mente, aquello no parecía nada más que una tumba. Tú maldita tumba, Bill.

— ¿Que tal Lorenzo, bonita mañana eh? — le respondí algo inseguro.

—Hermosa mañana— coincidió siguiendo con su labor.

—Lorenzo… ¿sabes de casualidad donde está mi auto? — el susodicho levantó la mirada castaña hacia el horizonte y sonrió, señalando hacia adelante con la cabeza.

—Esta por allá Bill, bajo las palmeras.

“Fabuloso”, pensé haciendo una mueca, seguramente durante todo el tiempo que estuvo ahí, muchos cocos habían caído, estrellándose contra el parabrisas y la carrocería, y ni hablar de la suciedad que desechaban las aves que anidaban en ellas, mi coche sería un asco, pero no le comenté nada al jardinero.

—Gracias— le respondí sin ánimos y caminé en la dirección que había indicado, esperando encontrarme un cacharro viejo y destruido, habitado por ardillas y mapaches.

Pero grande fue mi sorpresa al mirar hacia el fresco bosquecillo de palmeras. Mi auto estaba ahí, orgulloso e impecable, negro como el carbón y reluciente a la sombra de las palmeras, las cuales habían sido cuidadosamente despojadas de los cocos.

Parecía nuevo, sin un rasguño, ni una partícula de polvo, las neumáticos estaban inflados en perfecto estado, los rines relucientes y de tan brillante parecía estar mojado.

— ¿Pero ¿qué… cómo? ¿Es el mismo…?

—Claro que es el mismo, Bill— respondió Lorenzo haciéndome pegar un bote, se había parado a mi lado sin hacer ruido, y miraba con orgullo el auto.

— ¿Pero… cómo? Parece nuevo.

—Cada semana, por petición de la señorita, lo lavan y a veces pulen la carrocería, cortan las ramas de las palmeras, reubican los nidos de los pájaros, y lo encienden, para que la batería no se descargue— respondió tranquilamente — muchas veces lo han guardado en el garaje, pero a ella le gusta tenerlo a la vista— añadió, y noté que desde la posición del auto, se apreciaba perfectamente la terraza de su habitación.

Yo me quedé sin palabras, lo único que pude pensar fue en Dominique con más culpa que antes. Ella cuidaba y vigilaba mi auto, aun después de todas las porquerías que yo le había dicho y hecho. Me sentí peor aún que un gusano de tierra y Lorenzo, con sus años de experiencia lo notó y me dejó sabiamente solo.

Me acerque trastabillando a mi auto, envuelto en una extraña sensación de irrealidad, temeroso incluso de tocarlo. Para mí, justo ahora, el Ferrari negro que aguardaba pacientemente a la sombra representaba en toda su extensión a Dominique. Ambos tan elegantes, tan inalcanzables y a la vez tan vulnerables.

Al toque del llavero los seguros liberaron y abrí la portezuela. El aroma de la piel me arañó la cara. El interior seguía como siempre, impecable, salvo que en el asiento del pasajero alguien había abandonado todas mis cosas sin cuidado. La bolsa de viaje que había traído estaba ahí, medio abierta, con la ropa doblada dentro, saqué unas cuantas prendas, al menos estaba todo limpio y olían a suavizante. El bolso que contenía mis cosas de aseo estaba sobre la consola central, con todo acomodado dentro, los cosméticos, la afeitadora, la laca y agradecí ver ahí mi cepillo de dientes.

Mas escondido, sobre el piso del auto estaba aquella caja plateada que Andy me había obsequiado al iniciar mi viaje hacia Italia. La tomé con las manos temblorosas y tras unos segundos de vacilación la abrí. Ahí dentro estaba mi enorme pistola negra, junto con todos los cartuchos de balas. Sentí un extraño escalofrío de placer, y comencé a sentirme más seguro. Sin embargo, la navaja no estaba por ningún lado, su espacio estaba vacío y debajo de las protecciones de espuma negra no había nada.

—Que extraño— musite, después le peguntaría a Andy.

Acomodé bien la ropa dentro de la maleta más grande, guardando incluso el neceser con las cosas de aseo en ella, y la saque, dejándola sobre el césped. Volví a inclinarme sobre el asiento, saqué la pistola negra de su lecho y algunos cargadores, los cuales guardé en la maleta y la pistola en la cinturilla de mi pantalón

— ¿Esta todo en orden? — preguntó el jardinero, quien al ver que sacaba las cosas del auto se había acercado, esforzándose por hacerse entender en su extraña mezcla de italiano con inglés, y yo asentí, agradecido.

—Iré a darme una ducha, Lorenzo, ni yo me aguanto.

— ¡Dios Santo! — gritó entonces, haciéndome pegar un tremendo salto, pensando que quizá había detrás de mi toda una jauría de perros rabiosos escupiendo espuma por la boca, pero el jardinero sólo me miraba fijamente.

— ¿Qué… que pasa? —balbuceé horrorizado.

— Pero ¿qué te ha pasado Bill? ¿Quién te ha atacado? — respondió mirándome casi descaradamente.

—Ah… esto— encogí los hombros deseando no haberlo hecho— no es nada.

— ¿No es nada eh? Deberías ver las pintas que tienes, y puedo asegurar que fue Andreus quien te hizo esto. Es muy bestia. ¿Por qué no vas a un hospital?

—No importa, el solo hizo su trabajo ¿sabes? No le recomiendo a nadie entrar de madrugada y sin hacer ruido aquí. — le dije en un tonito confidencial y Lorenzo estalló a carcajadas.

—Si es así, entonces me sorprende que estés vivo— continuaba riéndose y yo empezaba a sentir algo de picor en las heridas. Le sonreí condescendiente y tomé el mango de la maleta, me esperaba un largo trecho de jalar, empujar y cargar así que puse manos a la obra.

—No, déjalo, yo la llevaré, tu adelántate que cuando termine tu ducha la maleta estará en su sitio— dijo el demasiado amable jardinero, tomando él mismo la maleta con sus dos manazas, parecía no costarle trabajo alguno y eso la maleta pesaba sus buenos veinte kilos.

—No es necesario Lorenzo, no te molestes— empecé, pero él ya se estaba alejando.

—Ninguna molestia, joven Bill— respondió y terminó por perderse dando la vuelta por la entrada del servicio.

—Bueno, al menos alguien está feliz de verte Bill— me dije a mi mismo entrando a la estancia principal, la que ahora estaba vacía, y ya completamente aspirada y limpia. Me quité las botas, que estaban llenas de tierra y césped y caminé por las pulidas superficies de madera sin hacer ruido alguno, no quería dejar rastros de suciedad donde una pobre mujer había limpiado tan arduamente.

En el piso de arriba, abrí la puerta de la habitación topándome con la cama arreglada perfectamente y las ventanas abiertas.

—Genial— bufé, ya habían empezado y terminado de limpiar la recámara y una cálida brisa suave mecía las cortinas y me alborotaba los cabellos.

No perdí más tiempo y me metí en el baño, cerrando la puerta con pestillo y mientras la bañera se llenaba con agua caliente, me quité todas las prendas frente al espejo, y, por último, muy cuidadosamente levanté las curaciones que el mismo Andy me había colocado. Los puntos de ambas heridas mantenían mi piel apretada y firme, pero dolían muy jodidamente. El lateral de mi cabeza, donde estaba la zona herida se encontraba un poco inflamado, aunque no mucho. El cuello en cambio lo sentía caliente y estirado, y pude contemplar que tenía un extraño tono rojizo, muy irritado.

—No te quejes, te lo mereces por anormal— me reprochó mi reflejo y no le respondí, solo opté por sumergirme completamente en el agua caliente de la bañera, olvidándome por unos momentos de todo y de todos… menos de una pequeña y frágil muchacha que nunca se iba de mi mente.

Cuando salí de la tina, veinte minutos después, completamente limpio, me puse encima una suave bata blanca de baño que estaba colgada tras la puerta, igual a las de los hoteles de lujo.

Afuera en la habitación, otra vista sorpresa me aguardaba. No solo estaba mi maleta sobre la cama, cuidadosamente acomodada, sino que, al lado de la cama, orientada a la ventana abierta, habían colocado una mesa cubierta por un mantel blanco, ocupada por un abundante desayuno casi gourmet.

Olía maravillosamente, tenía enfrente una pequeña taza con una dosis cargada de café expreso, y por el olor parecía venir directamente de las montañas de Kenia o de Sumatra. También había una enorme copa de fino cristal cortado, rebosante de jugo de naranja que parecía recién hecho. Caminé alrededor de la mesa, observando un interesante platillo adornado con caviar negro y rojo, con pequeños panecillos que humeaban sin cesar, así como un trío de mini croissants al lado de un cuenco lleno de mantequilla pura. También había una canasta llena con bollos dulces y otra más allá, llena de fruta fresca, pulcramente picada y, por último, un enorme plato con huevos escalfados en lo que parecía ser salsa de jerez, por el aroma dulzón que despedían.

Y ahí me quedé de pie, mirando sin creer la escena, cuando la puerta se abrió suavemente y Esperanza entró, sonriente como siempre, aunque ahora tenía un pequeño tic nervioso en el ojo izquierdo.

—Qué bueno es verte otra vez Bill— comentó con ese tono maternal de siempre. ¿Cómo es que no me odiaba?

—Gracias— respondí en voz muy baja, tal vez demasiado.

—Andy me dijo que te entregue éstas— se acercó, poniendo en mi mano medio extendida un par de píldoras blancas— te ayudaran con el dolor, pero tómalas después del desayuno.

— ¿El dolor? — levanté las cejas, sorprendido y en ese momento un fogonazo de ardor me atravesó la sien herida— ah sí claro, el dolor… muchas gracias Esperanza.

—Gracias a ti… Bill— respondió y abrió la puerta del dormitorio para salir.

— ¿Gracias a mí? — vale. Ahora si estaba totalmente perdido— ¿Por qué a mí?

—Por estar aquí— respondió como si fuese algo muy obvio— come antes de que se enfríe— y salió cerrando con discreción.

Algo muy malo tenía que estar pasando para que me agradecieran el estar aquí. Y el agradecimiento en los ojos de Esperanza, se parecía mucho a la desesperación que vi en los ojos del fraile.

Me acerqué a la mesa, un tanto inseguro. Había tanta comida que no sabía ni por donde comenzar, así que tomé asiento en la cómoda silla blanca, secándome con cuidado el cuello y la cabeza, sin tocar apenas las áreas donde tenía las suturas o estas se desprenderían y mientras hacía eso, tomé la taza de café, dándole pequeños sorbitos, mientras pensaba en Tom. No tenía hambre, sentía el estómago revuelto. ¿Cómo podría comer después de haber visto el estado de Dom?

Una hora después, ya estaba completamente vestido, presentable como siempre. El café tan cargado me había reavivado, pero mis fuerzas no habían regresado. Me sentía un poco mejor después de haberme lavado los dientes y llevar encima ropa negra y fresca, y me calmaba el aroma a cuero de la chaqueta. Mi cabello estaba elevado, así como me gustaba, y había remarcado mis ojos con sombra negra.

Caminé decidido hasta la puerta de Dominique, dispuesto a mandar a volar a Andy de una patada si se me ponía enfrente, pero no había nadie. La puerta estaba como siempre, cerrada, pero no con el pestillo, ya que se abrió con facilidad en cuanto giré el picaporte.

— ¿Dom? — pregunté en voz muy baja, asomando la nariz dentro de la habitación y un minuto después ya estaba dentro, cerrando la puerta sin hacer ruido alguno.

Jockey se acercó a mi casi en el acto, moviendo el rabo con alegría y levantándose sobre los cuartos traseros, pidiendo ser levantado y sonriendo lo levanté, acercándolo a mi cara.

— ¿Dónde está Dom, eh pequeño? — el pobre perro se deshacía en movimientos, intentando alcanzar mi cara con su lengua rosada— No, ¡eh!, tranquilo, vale ya— me reí mientras me lo acomodaba bajo el brazo.

En ese momento la puerta del baño se abrió, dejándome entrever una cabellera corta y rubia.

— ¿Esperanza? — musité y la aludida volteó a verme.

— ¿Bill?… ¿Qué haces aquí? — su expresión era de shock, o de sorpresa, o de algo parecido y era más que claro que ni esperaba ni quería verme ahí, toda la actitud maternal y cálida había desaparecido y eso me parecía raro de huevos.

—Yo… quería ver a Dom— respondí siendo sincero.

—Ella esta… un poco indispuesta ahora, Bill— respondió cortante, guardándose en las bolsas del delantal una venda blanca y algodón.

— ¿Se encuentra bien? — inquirí acercándome rápidamente hacia ella, a lo que la buena señora dio un par de pasos hacia atrás. Parecía muerta de miedo — ¿Qué sucede?

—No se encuentra bien y te suplico que esperes afuera hasta que ella salga— respondió ella, tajante, mientras buscaba algo en los cajones del ropero. La miré con el ceño arrugado en una mueca de total desconfianza y no me moví, ni siquiera cuando ella pescó dentro del cajón lo que parecía una muñequera deportiva, blanca y esponjosa pero que estaba especialmente diseñada para cubrir todo un brazo, desde el codo a la muñeca.

—¿En verdad piensa hacer ejercicio? — espeté, pensando en su espeluznante delgadez y me llevé como respuesta una mirada de ofendida incredulidad.

—No, ya te dije que esperes — cortó la buena mujer y se metió en el baño cerrando de un sonoro portazo.

Pues sí que la cosa estaba rara de narices, y para completar el cuadro, Andy entró en ese preciso momento, traspasándome con sus pálidos ojos de pescado.

—¿Qué coño haces aquí? — me ladró, furioso, y puse los ojos en blanco. Ahí de nuevo se me venía encima otro de sus alucinantes cambios de humor.

—Buscando un tomate ¿no te jode? — mi tono era igual de sardónico que el suyo — quiero ver a Dominique, dah.

—No vas a verla ¿no te jode? maldito imbécil ¡Fuera de aquí!

—Lo que digas— lo ignoré, sin expresión en el rostro. A Andy se le dilataron las aletas de la nariz.

Sacó su pistola, listo para darme otro potente cachazo que me dejaría ya medio idiota, pero se detuvo a último momento, a dos centímetros de mi cráneo, pareciendo terriblemente atrapado entre lo que parecían unas ganas locas de asesinarme contra algo que se lo impedía.

—Solo lárgate Bill, o tragarás balas, lo juro.

—Harías bien volándome la tapa de los sesos justo aquí, para que ella vea que he recibido mi jodido merecido, es lo único que podría hacerme sentir un poco mejor.

—Hecho — acordó con una sonrisita de lunático mientras soltaba el seguro de su arma, pero en ese momento, un carraspeo airado nos hizo voltear como relámpagos hacia la puerta del baño, que ahora estaba abierta. Dominique estaba ahí de pie, con los brazos cruzados y una mirada furiosa en sus ojos hundidos.

Sus rizos volvían a ser rojizos, pero no estaban ensortijados, y estaban más largos de lo que yo recordaba. Estaba enfundada en un conjunto deportivo blanco que le iba demasiado grande y difuminaba su menuda figura. ¿Dónde habían quedado los vaporosos y lindos vestidos de colores que ella amaba usar, y que yo amaba aún más? Ese conjunto la volvía un borrón blanco, era desfavorecedor. Mi corazón aleteó febrilmente al verla, pero ella no me estaba mirando a mí.

—Por favor Dom — se quejó con cansancio Andy, sacudiendo su pistola en mi dirección — ¿Por qué le tienes tanta consideración a este jodido bastardo alemán?

Esperanza apareció detrás de Dom, estaba mortalmente seria.

—Eso es asunto mío— respondió ella, sin mirarme aún — recuerda nuestro trato.

¿De cuál jodido trato estaban hablando? Me cabreaba no saberlo, pero no podía preguntar.

—Tu fuiste la primera en romperlo— acusó el.

—Tu tuviste la culpa— dijo ella, dejando caer los hombros, se tambaleó levemente y mi cuerpo reaccionó, queriendo ir a sostenerla, pero aquel jodido rubio se movió como un relámpago y tomándola de la cintura, la acercó hasta su cama, donde ella se sentó en posición de flor de loto, con las desordenadas mantas cubriéndola hasta la cintura. Durante todo ese proceso, no me miró ni por error.

Jódete Bill, es tu maldito merecido. Pero cómo me dolía su indiferencia, a pesar de que momentos antes parecía haberme salvado de una muerte inminente, me ignoraba como si yo no estuviera ahí parado con mi cara de anormal.

—Iré por el desayuno— de excusó Esperanza, al salir de prisa de la habitación.

—¿Y tú que esperas para largarte? — espetó Andy de pie frente al lecho rosado, con los brazos cruzados y cara de mala leche.

—Está bien Andy — la voz de Dom resonó muy bajo, ocasionando que el pecho de su guardia se hinchara de puro coraje — déjalo que diga lo que ha venido a decir.

A Andy parecía costarle horrores tener que darle gusto a Dominique, y yo no podía culparlo, a saber con qué se había encontrado aquella vez, cuando como un maldito malnacido yo la había abandonado en este mismo cuarto, herida y humillada, siendo totalmente inocente. Reprimí las arcadas. Coño, definitivamente me merecía el balazo que Andy se moría por darme.

—Estaré en la terraza— le advirtió, volviéndose hacia ella — ni en sueños te vas a quedar sola con él.

Ella asintió, resignada ante el hecho de que no iba a obtener más que eso.

Andy salió a grandes zancadas, luego de dirigirme una mirada de odio mortal, y entonces me quedé parcialmente a solas con el objeto de mi perdición. De repente me picaban las manos. Me sentía como un imbécil. ¿Qué coño le iba a decir? Debía ganarme su perdón a como diera lugar.

Me acerqué lentamente por el piso alfombrado. Mis pisadas eran inaudibles, y Dom no me miraba. Sus ojos contemplaban el horizonte de agua, que se podía ver perfectamente desde su cama. La brisa que entraba por la puerta de la terraza le agitaba levemente los cabellos y ella parecía tan… desdichada.

Toda su figura emanaba pena y tristeza. Hasta las adorables pecas de su rostro parecían destilar pena. Me entraron verdaderos deseos de llorar. Me acerqué hasta quedar arrodillado al pie de su cama, buscando que sus ojos me miraran. De pronto no encontraba mi propia voz.

—Dom… yo… — ella se estremeció al escucharme, sus delgados hombros se hundieron más.

—Creí haberte dicho que no volvieras nunca, Bill…

Listo, ahí iba el primer clavo de mi ataúd.

—¿Qué es lo que quieres? — me preguntó con un hilo de voz, mientras cerraba sus ojos con cansancio.

—Mira, Dom, sé que lo que te hice no tiene perdón, pero estoy dispuesto a hacer lo que sea, lo que sea para conseguirlo.

—¿Mi perdón? — ella torció la boca con amargura, mientras se frotaba distraídamente el brazo izquierdo envuelto en su chaqueta blanca —Te he perdonado desde hace mucho a pesar de que aun hoy no entiendo que fue lo que sucedió.

Espera ¿Qué? ¿Cuándo? Mi corazón latía tan rápido que cada latido me retumbaba en las sienes.

Me quedé callado, mirando como en la parte superior de su pálida frente, una tenue y casi imperceptible línea blanca se perdía hacia el cabello oscuro de su sien. Me puse verde. Era aquel golpe tan imbécil que yo le había causado. ¿De cuantas maneras la había marcado? Quería morirme, ojalá Andy entrara en ese momento y me vaciara encima todo el cargador de su arma.

Levanté la mano derecha para acariciar el recuerdo de aquella espantosa herida, pero ella rehuyó mi contacto.

—Sin tocar Bill— siseó Andy desde la terraza.

Lo ignoré.

—No tengo palabras Dom, no existen palabras en este mundo que describan lo arrepentido que estoy por lo que te hice. Si hubiera una forma, la que fuera, el precio que sea, lo pagarían con gusto porque lo que te hice, no hubiera sucedido jamás, ojalá pudiera abrirme el pecho en este momento y ofrecerte mi corazón, que ya no tiene latidos coherentes desde que me fui de aquí.

Los ojos de Dominique se llenaron de lágrimas, y sorbió la nariz, partiéndome más por dentro. Su carita pálida se coloreó de rosa por los esfuerzos que hacía por no mostrarme su dolor. Ese dolor que emanaba de ella a cada momento. Sin pensar en lo que hacía, la tome de las manos, que estaban heladas. Ella no las retiró, pero sus delgadas manos blancas colgaban de las mías sin vida, era como estar sosteniendo a una figura de hielo. Ella, que siempre había sido tan cálida, ahora estaba tan fría.

—Lo único que ha logrado hacer que me aferre a mi patética vida, es el recuerdo de lo que tuvimos Bill, si tu desapareces, entonces no me quedará ya nada — murmuró, mientras dos lágrimas escapaban de sus ojos.

Desde la terraza nos llegó el bufido airado de Andy, él y yo sabíamos perfectamente que yo no valía para nada la pena. Joder, ojalá nunca me hubiera cruzado en la vida de esta muchacha inocente, no había hecho otra cosa que joderla.

De algún modo, ella supo lo que estaba pensando, porque al fin me dirigió una mirada fulminante y molesta.

—Te he perdonado hace mucho, el mismo día en que te marchaste de aquí, pero la duda me ha comido viva, desde adentro, desde entonces. ¿Podrías, por favor decirme, cuando fue que te engañé? De verdad Bill — su mandíbula temblaba penosamente al hablar, más lágrimas descendieron por su afilado mentón — he repasado en mi mente cada momento en que estuvimos juntos y no… yo no sé… — las lágrimas se volvieron sollozos, el nudo en su garganta hizo que dejara de hablar. En la entrada de la terraza, Andy nos miraba con una furia tal, que se me heló la sangre en las venas.

Me sentía como un insecto putrefacto de alcantarilla, como la peor clase de escoria que había pisado el mundo, y por la expresión del rostro de Andy, estaba totalmente de acuerdo conmigo.

Me levanté para envolver el delicado cuerpo de mi duende entre mis brazos. Ella se tensó, mas no tenía ya fuerzas para rechazarme, y abrazándola, mis lágrimas de arrepentimiento se mezclaron con las suyas. La había cagado de una manera monumental, de una manera que no parecía tener arreglo alguno.

—Anda Bill — Andy había regresado, hablaba destilando veneno en cada palabra, parecía disfrutar el hecho de agregarle hierro al asunto. Las lágrimas de Dom parecían haberlo endurecido aún más — dile a Dominique tus estúpidas excusas, maldita basura, ¡díselo ahora! — me espetó, mientras ella lloraba con desolación, escondida en mi cuello.

—¿Por qué no te largas a la mierda? — le dije de la misma jodida manera, mientras apretaba mis manos en torno a ella.

—Tú no estás en posición aquí de pedir nada, no después de lo que has hecho, y ya suéltala, no mereces ni siquiera verla, menos tocarla, lo único que has logrado es hacerle daño, no permitiré que lo hagas más— gruñó, dejando entrever los dientes cada que hablaba.

Me había acorralado entre la espada y la pared. Si le decía a Dom el por qué yo había actuado como un maldito canalla, las cosas con ella se romperían más allá de cualquier arreglo, y aquel desgraciado gusano rubio no iba a ponérmelo fácil, pero Dom se merecía la verdad, era lo mínimo que podía hacer por ella, no para que me perdonara, ya había perdido las esperanzas en cuanto a eso por mucho que ella dijera que me había otorgado su perdón, pero al menos, para que lo comprendiera. Pero mientras Andy me miraba como un poseído y yo libraba aquella batalla interior por decirle a mi amada la verdad, ella ya se había quedado inconsciente.

—¿¡Dom?! — temblé, separándome un poco de ella, solo para encontrarme con sus húmedos ojos cerrados, y la boca algo entreabierta.

—Te dije que se encontraba débil— dijo Andy, acercándose por el otro lado de la cama, para quitarme el cuerpo inerte de la muchacha que amaba de entre las manos, para acomodarlo bien sobre la cama, echándole las mantas encima. Yo no opuse ninguna clase de resistencia, solo para no dañarla más.

—¡Pues llama a un puto médico, que esto no es normal! — chillé, levantándome y quitándome con rabia las lágrimas de los ojos.

—¿Y tú crees que no hemos llamado a más de un maldito médico? Entiéndelo de una puñetea vez, ella no quiere vivir más.

Al escucharlo trastabillé hacia atrás, como si me hubieran dado un tremendo puñetazo en toda la cara.

—Y ni te creas que esto es solo por ti, estúpido — Andy caminaba hacia mí destilando coraje, mientras yo seguía retrocediendo, demasiado shockeado como para enterarme de nada — tu solo fuiste el verdugo que apretó los clavos del ataúd de esta muchacha. Y ahora lárgate.

No, no iba a irme, no volvería a dejarla sola jamás, aunque aquello me costara la vida. Tras dirigirle una última mirada de desolación, salí de su habitación, recargándome en la puerta cerrada, tratando de jalar aire a jadeos, sentía que me ahogaba. Debía arreglar las cosas, a como diera lugar, aunque tuviera que enfrentarme a Andy, al imbécil de Piero e incluso al malnacido de Gioaccino. Arreglaría las cosas.

Aunque mis necesidades estaban al final de la lista, necesitaba despejarme antes de volver de nuevo con ella, de modo que llegué a la habitación que tenía designada, sin saber si estaría bien o si una bomba me estaría esperando, estaba claro que en Andy ya no podía confiar.

En el buró encontré mi teléfono móvil vibrando. Era una llamada de Tom que no alcancé a responder. En la pantalla había casi sesenta notificaciones de llamadas de mi hermano. Torcí el gesto.

Joder con Tom, me había olvidado por completo de él. Debía estar subiéndose por las paredes a causa de la preocupación. Iba a devolverle la llamada cuando entró un mensaje.

Bill:

Si en cinco minutos no sé nada de ti, alertaré a la Interpol y haré pública tu desaparición en toda Europa, culpando a esos asquerosos italianos que amas tanto.

Me cago en la puta con Tom. Ya sabía yo que traerlo conmigo no iba a ser una decisión acertada, y era capaz el muy cabrón de gritar a los cuatro vientos que la mafia italiana me había secuestrado o algo, y eso me complicaría mucho, muchísimo las cosas.

Pulsé el botón de llamada rápida, llevándome el teléfono al oído. Respondió al primer timbrazo.

—¡Con un demonio Bill! — me gritó tan fuerte que tuve que separar el teléfono de mi oreja antes de que se me reventara el tímpano — ¡¿Por qué rayos no contestas, anormal?!

—Cálmate Tom— pedí con cansancio — todo va bien.

—Bill — de repente, el tono de mi hermano se volvió de pánico apremiante — ¿Estás bien?

Ah sí, seguro mi tono de voz tenía menos vida que el de un cadáver y bueno, conexión entre gemelos…

—No Tom, no estoy nada bien — respondí con voz temblorosa — ella está hecha pedazos por culpa mía.

—Lo siento tanto hermanito— dijo al cabo de cinco segundos, y se quedó callado, tratando de asimilar el sentimiento de culpa que me carcomía — ¿ya pudiste verla?

—Solo por unos minutos, se ha debilitado mucho…

—¿Pero que le ha sucedido?

—No sé, pero lo averiguaré, por favor, físicamente estoy bien, no vayas a hacer ninguna locura, volveré pronto contigo al hotel.

—De acuerdo— parecía reticente — cuídate Bill, y llámame por favor.

—Lo haré Tom, te quiero…— y colgué la llamada antes de que el pudiera responderme, o rompería a llorar en ese momento y Tom se volvería loco tratando de encontrarme.

Continúa.

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

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