
«458 Italia» Fic de Shugaresugaru
Capítulo 30: Huellas
By Andy
No podía sacudirme de encima el coraje que sentía. Maldito Bill, ni siquiera podía odiarlo tanto como para matarlo sin miramientos.
Con un suspiro, me dejé caer sobre el sofá blanco que estaba al lado de la cama de Dominique, para esperar a que ella volviera de su sopor. Intenté relajarme para canalizar mis emociones, pero estas bullían en mi pecho con una fuerza desconcertante. Me empezaba a sentir físicamente mal. Todo había estado mal desde el momento en que decidí confiar en aquella basura alemana, desde el momento en que lo ayudé a encontrar a Dom, creyendo que él estaba tan comprometido a cuidarla como yo. Mi única justificación era que jamás pensé que el pudiera llegar a destruirla de aquella manera. Ni se me pasó por la mente.
Y aunque el idiota apenas si podía con su culpa y sus remordimientos, yo estaba lejos de sentirme satisfecho. Quería verlo llorar lágrimas de sangre por lo que había hecho. Ojalá pudiera embutirle por la fuerza en la cabeza las imágenes de cómo había encontrado a Dom el día de su décimo octavo cumpleaños. Aquellas imágenes terroríficas y espeluznantes que me perseguían día y noche, y de las cuales jamás me iba a poder olvidar.
Flashback
Estaba al pie de la piscina, fumando nerviosamente, luego de arrojar todas las porquerías que Bill había dejado dentro de su jodido auto, maldiciéndome por no haberlo hecho antes. Estaba indeciso entre si prenderle fuego, arrojarle una granada o hundirlo en la playa, aunque Dominique se enojara conmigo después. No la había visto en dos días, había tenido que salir a arreglar unos problemas con el nuevo guardaespaldas, que había huido asustado después de la entrevista que tuve que hacerle. Menudo cobarde estaba hecho. La valentía estaba muy escasa hoy en día.
Sentía deseos de ver a Dom, la había extrañado mucho, y mi madre me había informado por teléfono, que ella estaba más triste e inapetente que nunca, y lo más doloroso de todo era verla esforzarse tanto para ocultarnos su pena. Eso era casi insoportable.
Pero este día era especial, era su cumpleaños. Por fin se hacía mayor de edad. Debería haber tenido una enorme fiesta llena de regalos y amigos y hasta payasos, pero no quiso absolutamente nada.
Piero había llamado por la mañana para felicitarla, y las respuestas monosilábicas de Dom lo habían alertado de que algo andaba mal, sin embargo, no tenía planes de regresar muy pronto, por lo que me ordenó hacer que ella lo pasara bien. Seguía siendo un desastre como padre.
Aquel día yo había comprado una gran tarta para Dom, un vestido nuevo y mi regalo especial iba a ser un atrapasueños traído directamente desde México, ya que ella tenía constantes pesadillas, y si se me ocurría regalarle perlas o diamantes, ella probablemente me los arrojaría de vuelta a la cara.
Aplasté el cigarrillo cuando iba por la mitad, listo para irme a felicitarla, cuando los gritos que comenzaron a sonar por toda la casa me alertaron que algo iba verdaderamente mal.
Entré como relámpago a la estancia, donde dos de las muchachas gritaban histéricamente. No había caso en preguntarles que pasaba, no me iban a responder. Giovanni, mi compañero, trataba desesperadamente de comunicarse con la línea de emergencia. Comencé a sudar frío, un zumbido dentro de la cabeza me impedía escuchar bien y un escalofrío de terror me sacudió de los pies a la cabeza cuando vi aparecer en la escalera a mi madre con las manos y la blusa empapados en sangre. ¡¿Quién demonios la había atacado?!
Ella estaba en shock, tenía el rostro tan blanco como la cal y me miraba como si no me conociera. Había dejado hasta de respirar, porque sus labios estaban azules.
—¡¿Qué demonios pasa mamá?! ¡Respira! — le grité, sacudiéndola, pues estaba comenzando a ponerse histérica. Balbuceaba sin sentido alguno, hasta que, a la tercera sacudida, pudo tomar una gran bocanada de aire para articular una palabra que me hizo sentir muerto por dentro.
—¡Es Dominique!
Entonces lo comprendí. Mi madre no estaba herida, nadie la había atacado. Pero aun con la evidencia tan visible, me negaba a creer que ella estuviera cubierta con la sangre de Dom.
Subí como un bólido las escaleras con el terror carcomiéndome las neuronas. Me precipité con la fuerza de un huracán dentro de la habitación de Dom, pero estaba vacía, sin embargo, los gimoteos de Jockey provenientes del baño, donde se escuchaba cierto jaleo, me hicieron acercarme. Me empezaba a faltar el aire por el miedo que sentía, estaba seguro que mi corazón se había ya detenido, pero nada pudo haberme preparado para lo que iba a encontrarme.
El piso del baño estaba encharcado, el agua era del mismo color que el vino tinto, y al fondo del mismo, cerca de la bañera, estaba la chiquilla que yo adoraba locamente, tumbada de espaldas en el piso, empapada, y tan pálida como un cadáver. Debajo de ella, un inmenso charco de sangre crecía con una velocidad aterradora. No tuve más que echar un vistazo a su cuerpo para saber que ella se había cortado las venas, pero de un modo demasiado certero. Se había cortado en línea vertical, desgarrando todo a su paso. Desde la muñeca hasta el codo.
Dos de las sirvientas la miraban mientras lloraban, pero ¡¿Por qué no hacían algo?!
Un sollozo contenido brotó de mi pecho al verla. Casi me derrapé al llegar a su lado. Dom ya estaba inconsciente, no estaba respirando.
—¡Denme una maldita toalla, una venda o algo! — les grité a aquel par de mujeres estúpidas, pero ninguna reaccionó.
Rasgué un jirón de la tela del mismo vestido de Dom y lo até con fuerza arriba de su codo izquierdo, contemplando con pavor el calibre de la herida que se había auto infringido. La vena principal estaba abierta, manando sangre por todo lo largo de su antebrazo. Era demasiada, Dom era una criatura demasiado pequeña para derramar tal cantidad de sangre.
—¡Llamen a emergencias! — vociferé, pero en ese momento escuché un verdadero diluvio de sirenas.
—Vamos Dom— la moví frenéticamente. Su sangre terminó empapando mi ropa y manchando mi cara cuando me incliné sobre su boca para insuflar aire en sus pulmones. No dejaría que ella se fuera, no lo iba a permitir.
Ni siquiera los paramédicos que entraron al segundo siguiente consiguieron separarme bien de ella, hasta que los brazos de Giovanni, fuertes como boas, me sujetaron desde atrás, alejándome. No luché contra él, no quería que el jaleo la lastimase más.
—Necesitamos llevarla al hospital de inmediato o se muere aquí — murmuró uno de los paramédicos, un hombre algo entrado en años, mientras, de manera profesional la revisaba, apretaba el precario torniquete que yo había hecho y examinaba los casi nulos signos vitales de Dom. Después se acomodarla sobre la delgada camilla médica, cubrió su brazo destrozado con una enorme bola de algodón envuelta en gasas.
—Ha perdido casi el cuarenta por cierto de volumen de sangre por lo menos— la mujer que lo acompañaba empezó a gritar instrucciones por el radio que portaba — preparen toda la sangre disponible del banco de sangre… si… paciente femenino de unos quince años… intento de suicidio… ¡está ya en shock hipovolémico! … tengan listo un quirófano… ¡vamos hacia allá!
Lo que siguió fue demasiado rápido. Me encontré a mí mismo en la ambulancia al lado de Dom, mirando como los paramédicos hacían todo lo que podían para mantenerla con vida. Su vestido se convirtió en jirones cuando lo destrozaron con tijeras, le pegaron al pecho varios electrodos, le llenaron el brazo derecho de agujas y el rostro quedó cubierto por una mascarilla de oxígeno.
—¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¡Por qué! — no me di cuenta que iba gritando aquellas palabras hasta que la paramédico me miró con mucha tristeza, poniéndome su mano ensangrentada sobre la manga del traje.
—Nadie sabe porque algunas personas deciden tomar esta salida, chico, pero haremos todo lo que esté en nuestras manos por salvarla.
La ambulancia ululaba plañideramente mientras recorría a velocidad de vértigo las calles de Palermo, sonando la bocina y pasándose todas las luces rojas. No me había dado cuenta de que estaba llorando, hasta que tuve la camisa del traje empapada.
Los paramédicos gritaban sin cesar mientras trabajaban en el estropeado cuerpo, al cual ya no le quedaba más que un hilo de vida. Quise morirme en ese momento, cuando la electricidad de los electrochoques sacudió el frágil corazón de Dominique.
—¡Tenemos un latido! — anunció el paramédico triunfal y en efecto, en el pequeño monitor portátil que Dom tenía conectado, apareció un suave latido, muy suave. Su frecuencia cardíaca parecía una maldita montaña rusa, su saturación de oxígeno estaba demasiado baja.
Cuando la ambulancia llegó al hospital, bajaron a Dom al área de urgencias, la cual estaba extrañamente vacía y donde un ejército de médicos y enfermeras la estaban esperando. Todo era un caos, había demasiados gritos, demasiadas instrucciones dadas al mismo tiempo. Nadie se molestó en sacarme a patadas de ahí, por lo que contemplé todo en primera fila.
—¡No encuentro la vena! — gritaba un médico.
—¡Línea central! — se desgañitaba otro — ¡coloquen una línea central, las venas ya no se pueden utilizar!
—¡Charola de intubación! ¡Rápido!
—¡Fuera del camino! ¡Está fibrilando!
Y el delicado cuerpo volvió a ser recorrido por una descarga eléctrica de 360 joules, una, dos, tres veces, hasta que el caprichoso latido de su corazón volvió.
Finalmente tuvieron un delgado tubo de plástico conectado a alguna vena del cuello de Dom, un tubo que ahora era rojo al trasportar rápidamente la sangre que ella iba perdiendo.
—Es demasiado, pierde sangre más rápido de lo que podemos meterla en su cuerpo — el tono fúnebre de una enfermera me arrancó otro sollozo. En efecto, su brazo no dejaba de chorrear a pesar de los tres kilos de compresas que tenía encima, totalmente rojas ya.
—El quirófano está listo— anunció otra enfermera, y entonces, aquel ejército se marchó con ella.
Me quedé solo y paralizado de miedo, sentado en medio de aquel caos en urgencias, empapado en sangre y lágrimas, en shock, aterrado, viendo el piso perdido de la sangre que había chorreado de su brazo, pensando que quizás esa era la última vez que la vería.
Dom estuvo en cirugía durante cuatro horas en las que sufrió dos paros cardíacos más, de los que lograron traerla de vuelta de milagro, y finalmente, por la noche, pude verla fugazmente a través del cristal que me impedía entrar en el área de cuidados intensivos. Estaba fantasmagóricamente blanca.
Tenía tubos y cables en cada centímetro de su cuerpo. Los cirujanos habían logrado cerrarle las venas, coser los tendones, reparar los músculos y cerrar la piel de su antebrazo. Las transfusiones de sangre iban a continuar, y si pasaba la noche, había bastantes posibilidades de que se salvara. Quizá tendría daño renal, daño hepático, o daño cerebral, o daño a algún otro órgano por la pérdida de sangre y de oxigenación en la misma. Era muy probable que no sobreviviera.
¿Y que tenía Dom para aferrarse? ¿Qué tenía que la hiciera regresar? Todos le habían fallado de una u otra manera. La vida, su madre, su padre, sus guardias, el miserable amor que Bill había jurado profesarle… todos le habíamos fallado. No necesité pensar demasiado para comprender porque ella había querido ponerle fin a su vacía existencia.
Pero yo la quería, yo era egoísta, y recé durante toda la noche para que ella siguiera con vida, y lo hizo…
—Esta despierta— susurró la enfermera encargada de vigilarla al verme con la frente pegada al cristal — puede pasar, pero solo por cinco minutos.
Ni me lo pensé.
El área de cuidados intensivos apestaba a medicamentos y a formol. Me acerqué a la alta cama con temor, pero sacando fuerzas de flaqueza para estar con ella. Se veía tan pequeña que apenas ocupaba espacio debajo de la manta y lo poco que se mostraba de su cuerpo, parecía condenadamente frágil. Su rostro estaba cubierto con una mascarilla de oxígeno y los monitores de signos vitales pitaban cada pocos segundos.
Sentí un dolor infinito al ver que Dom tenía las muñecas atadas con gruesas cintas especiales a los barandales de la cama. Pedí una explicación con la mirada, y la enfermera me lanzó una ojeada llena de pena y dolor.
—Es el protocolo con los pacientes suicidas… así no se pueden volver a lastimar… — murmuró en voz extremadamente baja.
—Eh… Dom…— acaricié su frente y traté de sonreír, pero mi voz estaba totalmente quebrada.
Ella no abrió los ojos, pero desde las comisuras de los mismos descendieron dos gigantescas lágrimas que se perdieron entre su cabello.
No me respondió.
Estuvo internada una semana entera en un piso del hospital que era únicamente para ella. Gioaccino se enteró y trató de visitarla sin éxito, pero por orden de ella, nadie dio aviso a Piero, estábamos demasiado temerosos de lo que podría pasar si él se enteraba, lo más probable es que nos hubiera matado a todos. La visitaban los médicos, el psiquiatra del hospital, el fraile que la bautizó y yo mismo. Ella no quiso ver a nadie más, y no daba señas de reconocer a nadie. Su cuerpo seguía vivo, pero su mente parecía haberse ido a otro lado.
El día siguiente a su cumpleaños, cuando ella estaba durmiendo, regresé rápidamente a la villa para cambiarme. Mi ropa ensangrentada terminó en el horno de leña del jardín. Mi madre había tenido un colapso nervioso tan grande que por poco había terminado en una apoplejía. No volvió a ser la misma, un tic nervioso haría brincar su ojo izquierdo para siempre.
Cuando estuve bañado y metido en un nuevo traje, me acerqué a la habitación de Dom, a la que nadie había querido entrar. Las cosas seguían igual, pero al menos habían arreglado la cama, los muebles y sacado a su perro de ahí. El baño era otro cantar. Después de respirar profundo varias veces, me obligué a entrar. Error. En el acto tuve ganas de volver a llorar.
El agua ya se había secado, ennegreciendo la sangre derramada, que ahora se agrietaba en costras marrones secas por todos lados. Cada intersticio entre los azulejos estaba teñido de sangre, cada baldosa del piso tenía sangre. ¿Cómo era posible? Me senté en un taburete forrado en dorado, cerca de la bañera, sintiéndome tan mareado y apaleado que empezaba a costarme trabajo respirar. El baño apestaba a muerte, a óxido y a sal. Me llevé las manos a la cara, como si necesitara ese tipo de soporte, hasta que algo en el piso me llamó la atención. Cerca de la bañera, un objeto metálico y puntiagudo que centelleaba, me hizo levantarme.
—No puede ser— murmuré, con una mano sobre los ojos, y la otra sosteniendo aquello que Dominique había utilizado para tratar de ponerle fin a su vida. Yo conocía perfectamente bien ese filoso y elegante instrumento, conocía su blanca empuñadura, ahora rojiza al haber absorbido la sangre de Dom.
Conocía su peso, su desmedido filo, su letalidad, su grabado especial. Era la navaja que le había regalado al malnacido de Bill.
Fin flashback.
Dom se removió un poco en la cama, respiró desacompasadamente y tras unos momentos de vacilación, abrió los ojos, que se enfocaron enseguida en mí.
—Hola — saludé con una sonrisa, empujando los demonios fuera de mi mente. Ella no sonrió, pero sus ojos vagaron por la habitación, buscando algo, a alguien, a quien evidentemente, no encontró. Decidí hacerme el loco — ¿Dormiste bien?
—Tuve un sueño— murmuró, estirándose.
—¿Un sueño lindo?
—Un sueño extraño — confesó, mirando hacia la ventana.
—¿Quieres contarme?
—Quizá te enfades…
—¡Que va! No me enfadaré nada.
—Tú también estás en el sueño, enfadado, por cierto — dijo, dándome una fugaz ojeada. Ya me imaginaba por donde iba el dichoso sueño.
—Bueno, pero ahora no me enfadaré, lo prometo.
Ella me evaluó con ojo crítico, indecisa entre si confiarme o no sus sueños. Yo estaba desesperado porque lo hiciera.
—Soñé que… Bill había regresado y me suplicaba un perdón que hace mucho tiempo le otorgué — dijo, haciéndome ponerme de mala uva. Ella se sonrojó un poco, como hacía meses no lo hacía, no de la nada, y solo porque creía que había soñado con ese sinvergüenza — ¿ves? Te has enfadado— dijo ante mi silencio.
—No es eso niña, lo que pasa es que no fue un sueño, ese tarado de Bill estuvo aquí y te ha suplicado perdón, llorando como el cobarde que es — refunfuñé.
Entonces, al escucharme, los recuerdos fueron cayendo sobre ella, uno tras otro. Su cara se puso color escarlata, los ojos relampaguearon con ilusión, haciendo que mis ganas de matar a Bill se incrementaran al máximo.
—¿Bill está aquí? — repitió, enderezándose un poco.
La miré extrañado. ¿En realidad no se acordaba? Ya lo había visto dos veces, en las cuales se había mostrado más catatónica que otra cosa, sí, pero ¿al grado de pensar que solo lo había soñado?
—Bueno, lo más probable es que ya se haya largado, hace un rato lo eché prácticamente a patadas.
Ella me fulminó con la mirada, dejándose caer sobre la cama. Los ojos se le llenaron de lágrimas caóticas. Maldita sea. Maldito Bill.
—Oye Dom, dime algo— pedí, y a regañadientes me miró fugazmente, estaba furiosa — ¿en verdad quieres verlo?
—¿Tiene algún caso que responda? — me retó — de todos modos, lo has corrido, se ha ido, no tendría a qué quedarse aquí— dijo, colocándose de lado, en posición fetal, sin despegar los ojos de la ventana.
—Si en efecto lo corrí, pero ese tío es un necio hijo de perra, seguro que sigue pululando por aquí.
Dom se removió bajo las mantas, suspirando para eliminar las lágrimas que no se habían llegado a derramar de sus ojos.
—No se ha que ha venido— murmuró obstinadamente— creí que me odiaba.
Al escucharla suspiré también, terriblemente conflictuado. Preferiría morir antes que interceder por ese animal que la había arrastrado al estado en el que se encontraba ahora, pero Bill solo era otro mocoso ingenuo e influenciable que había caído redondo en las garras de un viejo perro de presa como Gioaccino, y considerando que él y Piero pronto estarían aquí, no sabía en realidad como iban a ponerse las cosas. No se me antojaba que Piero le diera la noticia a Dom sobre la ridícula unión que el planeaba, generalmente le faltaba tacto para dirigirse a su hija, y ella lo tomaría muy mal.
—No Dom, Bill no te odia— joder, quemaba como ácido tener que defenderlo — todo lo contrario, creo yo.
—Pero él dice que lo engañé— replicó obstinadamente. Puse los ojos en blanco.
—Ay Dom, para ser tan lista, a veces te pasas de boba.
—No soy boba— gruñó, haciéndome sonreír.
—Dime algo Dom, y por favor, dime la verdad…
Ella esperó, en tensión.
—¿Qué fue realmente lo que sucedió aquel día con Bill?
Su reacción fue la de siempre. Juntó los labios en una fina línea, y un escalofrío recorrió su cuerpo. Esa pregunta se la había formulado muchas veces, obteniendo nada como respuesta, pero quizá ahora, con el imbécil ese en la villa, ella por fin me dijera la verdad, necesitaba escucharlo de ella.
—Es mejor que me lo digas a mí, ya que tu padre llegará tan solo en cinco días…
—No creo que se acuerde de mí— susurró, y es que las visitas de Piero eran fugaces, y si Dom decidía encerrarse en su habitación, como había sucedido en tres ocasiones desde la partida de Bill, su padre simplemente se limitaba a dejarla tranquila.
—Te equivocas, viene a hablar contigo de algo importante.
Al parecer le había picado la curiosidad, porque se sentó en la cama, mirándome fijamente.
—¿Cómo sabes eso?
—Me lo dijo Bill.
Su ceño de alabastro se arrugó, estaba tan desconcertada como yo cuando Bill me había comunicado lo que supo de labios de Piero.
—¿Bill? ¿Qué tiene que ver él con mi padre? — su voz estaba temblorosa, asustada.
—Nada malo, el tarado de Bill lo vio en Alemania por error, en la subvención de Mercedes Benz.
—¿Y qué le dijo?
—Primero responde a mi pregunta— dije, sintiéndome igual de canalla que Bill, pero era necesario para poderla ayudar.
—Eso no es caballeroso— me acusó, sus ojos se tornaron ofendidos. Finalmente suspiró, mirando sus manos que estaban unidas en su regazo — de acuerdo… aquel día… Bill había salido a responder una llamada de su hermano, se fue tan feliz… después volvió, hecho una furia — su mandíbula temblequeó penosamente, haciéndome hiperventilar por la rabia que sentía — en realidad no recuerdo las palabras exactas pero dijo que lo había engañado y traicionado… pero no… yo no… — un familiar sollozo sacudió su pecho, y en un segundo me encontré sentado a su lado, abrazándola — no sabía de qué estaba hablando, no pude decir nada, sentí mucho miedo porque él estaba muy enfadado…
—Sigue — supliqué, acariciando el dorso de su mano izquierda, la mejilla apoyada sobre su desordenada cabellera.
—Me dijo que las personas como yo no sabíamos nada del amor.
—Ese jodido bastardo— resoplé, aferrándome a su cuerpo para no ir a descuartizar a Bill utilizando su propia navaja.
—Después me encontré sobre mi cama, la cabeza me dolía y sangraba, aunque no sentí ningún golpe porque él…— un nuevo sollozó le cerró la garganta, y esperé pacientemente a que ella pudiera volver a hablar — él estaba encima de mi…— continuó, sorbiendo la nariz, por lo que saqué el pañuelo de seda clara que asomaba de mi traje y se lo ofrecí.
—Dom — mi voz era un peligroso susurro contenido — ¿abusó de ti? Debes decirme la verdad — pero antes de que terminara mi frase, ella ya estaba negando enérgicamente.
—No… iba a hacerlo, estaba casi segura, pero un segundo después me estaba besando la frente, y sus besos se volvieron tiernos, como los de antes… sus ojos estaban asustados… después se levantó para ir a buscar algo al baño para detener la sangre que no dejaba de salir del golpe de mi frente, pero… le pedí que fuera, que no volviera nunca, y así lo hizo…
—¿Y eso fue todo? — cuestioné, incrédulo. En mis conjeturas, jamás habría imaginado que al final, él se mostraría arrepentido por su estupidez, y que hubiera sido Dom quien lo echara como el perro que era. Eso le daba algo de crédito. Aunque no cambiaba nada, él la había herido, acusado, manchado y yo jamás iba a perdonárselo.
Ella asintió nuevamente, pareciendo mucho más tranquila que antes, y yo odié lo que venía a continuación, odié la noticia que iba a darle.
—Ahora dime de que va todo eso de mi padre y Bill.
Todo se había enredado terriblemente entre las maldades de Gioaccino, la ingenuidad de Bill y el egoísmo de Piero.
—No sé ni por dónde empezar— confesé, simple y sencillamente porque era la verdad.
—¿Tan malo es? — inquirió ella, ya acostumbrada a las malas noticias.
—Me temo que sí, y todo tiene que ver entre sí— le dije, separándome un poco para poder quedar frente a ella.
—Pues, comienza por el principio— sugirió.
—Comenzaremos por el día en que Bill se fue de aquí — dije, mirando como sus ojos se oscurecían un poco, sin embargo, ella quería y necesitaba comprender lo que había pasado y lo que estaba por pasar, así que me miró atentamente — cuando estaba hablando con su gilipollas hermano, allá por la piscina, se topó con Gioaccino.
Sus ojos se abrieron demasiado al escucharme. Por supuesto que ella sabía la clase de animal rastrero que era Gioaccino. Sin darse cuenta, comenzó a frotarse distraídamente el brazo izquierdo.
—¿Qué le hizo a Bill?
—Lo engatusó Dom — confesé — finalmente Bill es un chico joven y estúpido, y cayó en las redes de Gioaccino con suma facilidad, aunque déjame aclarar que esa no es ninguna justificación para lo que te hizo.
—Pero ¿qué le dijo? — insistió con voz temblorosa, frotándose el brazo más vigorosamente. La detuve, apresando su mano derecha entre las mías.
—Aquí es donde la cosa se pone fea, verás… — rayos, que difícil era — tu padre solo conserva el cinco por ciento de las acciones de su marca.
—Eso ya lo sé, pero tú sabes que nunca me han interesado los negocios de papá.
—Lo sé, pero esto te concierne — le dije, mirándola con verdadero dolor — el resto de acciones le pertenecen a Fiat Group.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?
—El hijo del socio mayoritario acaba de volverse heredero universal… es solo cuatro años mayor que tú y… tu padre pretende casarte con el… para volver a unificar la compañía… — en aquel punto, Dom ya se había quedado sin respirar, y el tenue color rosado había desaparecido de sus mejillas — Gioaccino lo sabía y se lo hizo saber a Bill de una forma muy mezquina.
—No… — fue casi un balbuceo.
—Le dijo a Bill que te casarías y que ya estabas enterada… el imbécil se lo creyó todo, demasiado estúpido como para investigar, para averiguar…
Dominique estaba en shock, la mirada perdida en mí, como si no me conociera, y yo apenas si podía vislumbrar lo que estaba sintiendo.
—¡No! — Dom pegó tal alarido que me hizo saltar — ¡fue ese maldito de Gioaccino!
—Me temo que sí, pero oye, no olvides lo que Bill te hizo.
—Vamos Andy, ya para con esa necedad — ella estaba verdaderamente furiosa — todo fue culpa de él, no sé porque me odia tanto— sollozó sin lágrimas.
—No es necedad Dom— le dije, tomando su brazo izquierdo, levantando con cuidado la manga de la chaqueta — no olvides porque hiciste esto.
—No fue solamente culpa de Bill — me respondió, bajando su manga de un tirón — es por todo, estoy cansada, ya no quiero vivir así, como un objeto que se puede manejar, soy un ser humano, tengo sentimientos — lloró — por eso lo hice, porque no hay nada para mí y Bill… es lo más bonito que he tenido, con el fui feliz por primera vez, por fin pude ver algo que en realidad deseaba, porque él me había escogido de entre millones de chicas que sueñan con tenerlo, y yo fui su elección, yo había ganado su corazón — la cara de Dom brillaba cuando hablaba de aquel infeliz bastardo — y Gioaccino lo echó todo a perder.
—Dom, ¿amas a Bill?
—Si… y no creí jamás poder perder así la cabeza por alguien, pero el ya no me quiere, solo está aquí porque siente remordimientos, y ya nada me queda, nada a lo que pueda aferrarme para seguir adelante. Él se fue… ¿y qué queda para mí? Casarme con ese chico al que ni conozco y seguir con mi vacía existencia. Ni siquiera sé si soy capaz de tener hijos, y aunque los tuviera, los odiaría si no fueran de…
—Bueno — interrumpí medio a la desesperada — Deja que te diga un secreto… Bill también te ama, más de lo que puede asimilar yo creo.
—Pero de nada sirve, nunca podré estar con él, nuestros mundos son muy diferentes, él es una estrella internacional, y yo estoy hundida en todo esto, no puedo ni salir a la calle sin que diez personas quieran secuestrarme, no tengo amigos, ni familia, ni nada… debiste dejar que me fuera aquel día, te lo juro, no me dolía, aquí solo estoy para sufrir Andy, deja que me vaya por favor, estoy cansada…
—No, eso nunca. No seas tan fatalista niña, si tienes toda una vida por delante, la primera parte ha sido medio jodida lo admito, pero siempre las cosas pueden cambiar— le dije, tratando de sonar optimista.
Ella me devolvió una mirada para nada convencida, emitió un suspiro que se entrecortó tres veces y se quedó en silencio.
—Oye Andy— al cabo de cinco minutos volvió a hablar — ¿tú vas a dejarme?
—¿Dejarte? — por Dios, ¿Dónde andaba la mente de esa niña? — jamás voy a dejarte Dom.
—Pero algún día tendrás que casarte y hacer tu vida.
—Aunque algún día me case, que lo dudo realmente, pero si es el caso, igual seguiré protegiéndote.
—Pero a tu esposa no le gustará, terminará odiándome.
Puse los ojos en blanco. No había caso.
—¿Y porque estamos discutiendo este sinsentido de una esposa a la cual ni siquiera conozco?
Ella no respondió, pero hizo una carita chistosa, dándose cuenta de lo evidente. Y no, yo jamás iba a dejar de cuidarla, ni aunque tuviera un harén de veinte esposas. Menos aún con el imbécil de Bill pululando por ahí como una infección mortal.
—No pienso casarme con ese chico— murmuró mientras volvía a acostarse — y estoy segura de que él tampoco va a querer casarse con alguien como yo.
—Si quieres hacer una rebelión, yo te apoyo— dije distraídamente, arrancándole una tenue sonrisa de los labios. Iba a ser tremendamente difícil desafiar a Piero, pero, aunque me costara la vida, iba a ponerme del lado de Dom y apoyarla en sus decisiones. Ahora tenía dieciocho años, era diferente, era mayor de edad.
—Me gustaría irme con Bill si no le tuviera tanto miedo — dijo, mirando hacia la nada con estrellitas en los ojos. La miré en shock — sería maravilloso por fin poder vivir de manera diferente, ir con él a sus conciertos, pasear por ahí, pasar el rato con su hermano y sus amigos…
—Ay Dom— me quejé — te juro que no sé qué le ves a ese nazi de cuarta — dije para molestarla, porque era obvio que veía lo atractivo que era el idiota ese con su gran estatura, su llamativo cabello negro y lo fuerte que era su cuerpo, pero dentro de él vivía un monstruo de proporciones destructivas.
—Eso no es de tu incumbencia— refunfuñó haciéndome reír.
—Bueno, mientras piensas en tu apestoso nazi, iré a traerte algo de comer ¿vale?
Ella no respondió, y yo sabía que iba a ser el mismo problema de siempre con cada comida. Si ella seguía rehusándose a comer, tendrían que volver a ponerle suero con vitaminas y nutrientes, y yo no lo deseaba, por lo que un plan empezaba a formarse en mi mente.
Continúa.