«458 Italia» Fic de Shugaresugaru
Capítulo 33: fiesta de playa
By Bill
La playa resultó ser un paraíso dorado y tranquilo. Después de caminar un poco desde la salida por la parte de atrás de la villa, llegamos a un sitio solitario y hermoso. Me la había pasado pendiente de Dom, por si le fallaban las fuerzas o por si caminábamos mucho, pero ella no dio señal alguna de debilidad. Sus ojos oscuros que reflejaban destellos dorados cuando el sol se reflejaba en ellos, parecían absorber aquel paisaje como si nunca lo hubiera visto. De repente alargaba la mano, pareciendo a punto de tocarme, pero la retiraba luego de un momento, temerosa ¡y yo quería que me tocara!
Yo no podía hacerlo, Andy me vigilaba como un halcón, y no solo él, otros tres guardias nos rodeaban, conocía a uno, a Giovanni, pero los otros dos eran completos desconocidos.
—¿Quiénes son? — cuchicheé hacia Dom. Nos habíamos sentado sobre un montículo de arena, mirando hacia las olas. Flexioné las piernas, apoyando los brazos sobre mis rodillas, y perdí mi vista en el mar. A mi lado, el cabello de Dom revoloteaba enloquecido, acariciándome a ratos el antebrazo, y la sensación resultaba emocionante.
—El más alto se llama Lamont — murmuró y yo miré al susodicho. Vaya nombre más feo y raro, pero iba con su personalidad de robot — y el otro se llama Jacopetti, son nuevos— agregó, encogiendo los hombros — no he hablado con ellos.
—¿Pero más guardias? — cuestioné, dándole una ojeada al otro guardaespaldas, que, a diferencia del primero, me miraba de modo afable.
—Locuras de mi padre
—No son locuras Dom— murmuró Andy y lo fulminé con la mirada.
—¿Tú que te metes pollo? — lo reté, y el tipo me hizo un corte de manga — lleva a estos pingüinos a otro lado que aquí estorban.
—Si, lo que digas— murmuró satíricamente, enviándome a la mierda, pero no lo decía por mí, era Dom quien a leguas se sentía incomoda hasta las narices.
—Ella se siente incomoda— bufé, y el capullo ese me dedico una mirada mordaz, pero se llevó a los otros guardias lo suficientemente lejos como para que ella estuviera más tranquila.
Apenas se alejaron, Dom suspiró, dirigiéndome una mirada tranquila y un tanto soñolienta. En el acto llevé mis manos a la arena, juntando un montoncito tras ella, en el cual, se dejó caer suavemente dos segundos después. Estiró las manos más arriba de su cabeza, movimiento que descubrió su plano abdomen, y encogió las piernas, suspirando, y haciéndome delirar por el deseo durante el proceso.
—¿En qué piensas? — murmuré, mirándola de reojo, me sentía idiotizado, pero fingí un poco de desinterés. Había notado que se ponía nerviosa si la miraba demasiado. Y es que aun después de perder tanto peso y del hecho de que su abdomen se hundía hacia su columna, ella seguía siendo absolutamente hermosa.
Recordé vagamente a Kim y lo genérica que ella era, no tenía el encanto y el misterio de Dom y no llegaría a tenerlos nunca.
—En que es bonito sentir el aire, el sol, y poder estirarme en la arena, hace mucho que no venía, y hacerlo contigo es… — no terminó, me miró fugazmente y después miró de nuevo hacia el mar.
—¿Horrible? — reí sin alegría. Para ella, todo lo que yo era y representaba no podía recordarle nada más que dolor. Yo la había lastimado, y aunque ella me había perdonado, no se sentía como tal. Me tenía miedo, y eso quemaba como sal en una herida abierta.
—¿Cómo va a ser horrible? — me contradijo, mirándome con una ceja alzada — estoy con el vocalista de Tokio hotel, eso es como para morirse — dijo como si tal cosa, sin embargo, su tono escondía cierta amargura.
—Tampoco soy la gran cosa— deseche, ahora más que nunca me sentía como una piltrafa. Un tarado cualquiera.
Si, un idiota.
No me respondió, una ola grande reventó en la orilla cercana a nosotros provocando un gran estruendo y una lluvia de brisa que nos alcanzó levemente. Ella cerró los ojos y sonrió, y a mí no me importó que mi cabello se mojase. En otra circunstancia habría huido del mar para evitar mojarme, pero mis prioridades habían cambiado de forma dramática, tanto como mi forma de ver el mundo.
A unos cien metros de nuestra posición, en línea con el mar, un grupo de chicos y chicas llegaron entre risas y bromas, acercaron unos troncos que de por si estaban ya en la playa, utilizados en alguna otra reunión, y tras dos intentos, encendieron una fogata. Le di una ojeada a Dom, que los miraba casi sin parpadear, mientras el sol se metía debajo del mar para descansar, y a pesar del inminente crepúsculo, el clima era caluroso y húmedo. Me gustaba estar con ella de noche y en el mar, me sentía más temerario en la oscuridad, quizá porque estaba acostumbrado a hacer casi de todo por las noches.
—Debe ser entretenido— murmuró ella aun mirando al grupo de la pequeña fiesta.
—¿Nunca has hecho una fogata? — y ella estaba ya negando suavemente.
—No creo que las chimeneas cuenten…
Joder. Cuantas cosas se había perdido ella. Tom y yo hicimos innumerables fiestas y reuniones, incluyendo una borrachera épica que terminó hasta el amanecer en el mar de baja California en México, con mi hermano, los G’s y yo mismo, ahogados en alcohol.
—¿Ni has hecho algún picnic, o fogata en el mar?
Ella negó
—¿Campamento?
Me dirigió una mirada que daba a entender que era obvio que no.
Rayos.
Andy seguía al acecho, vigilando a la distancia. Sus ojos azules parecían resplandecer en el ocaso, pero al menos no se había acercado para joder.
De repente, el grupo de la fiesta se dispersó. Algunas parejas se acercaron al mar que estaba agitado, y en un visto y no visto, teníamos a dos chicas frente a nosotros. Parecían muy jóvenes, y también muy amigables, de rostros sanos y sonrientes.
Escondí un poco mi rostro y me acerqué más a Dom, que las miraba límpidamente desde su posición, sus ojos sin parpadeos.
—¡Hola! — saludó una de ellas —¿quieren venir a la fiesta?
Miré a Dom, y su vez, ella me lanzó una mirada interrogante.
—¿Quieres ir? — pregunté luego de determinar que aquellos solo eran chicos normales que estaban pasando un buen rato y no una panda de secuestradores de la peor calaña.
Dom parecía indecisa, a lo lejos vi que Andy se acercaba deprisa, pero Dom necesitaba una distracción con urgencia, no irse a encerrar a aquella enorme y solitaria casa. Finalmente asintió una vez, quizá convencida por las risitas bobas del par de muchachas que nos habían invitado. Me puse de pie y ayudé a Dom a incorporarse tendiéndole mis manos, lo que provocó que los ruidos de aquellas niñas se intensificaran.
—Ahora las alcanzamos— les informé. Andy llegó en el momento en que ellas se iban hacia donde estaba la fogata. El rubio me increpó en el acto, acercándose hasta invadir mi espacio personal.
—¿Qué querían?
—Invitarnos a una fiesta de playa— informé, esbozando una amplia sonrisa de gilipollas.
—A la que dijiste que no— afirmó, pero yo ya estaba negando.
—Claro que no, acepté y vamos a ir a esa fiesta, es de mala educación no aceptar las invitaciones— le dije en toda la cara, y sabiamente tiré de Dom hasta medio ponerla detrás de mí.
—Pero… — Andy parpadeo en shock, esperando que le dijera que estaba bromeando, pero al verme serio y sosteniéndole la mirada, su color cambio del blanco al rojo — ¿pero tú eres idiota? — bramó — sí, si lo eres definitivamente, estas chalado, imbécil — trató de alcanzar a Dom que estaba detrás de mí, pero ella lo esquivó, riendo por lo bajo, por lo que también me reí. Los otros guardias permanecían unos pasos alejados y en silencio, intentando comprender lo que sucedía.
—Si soy idiota ¿no te jode?
—Eso lo tengo super claro, mira desde que te conocí supe que eres un gilipollas de talla mundial, y si quieres ir a esa puñetera fiesta de subnormales de tu tipo, ve tu solo.
—Vale ya Andy — di un paso hacia el frente, alejando así a la ladilla de Andy de Dom, me jodía que se moviera tanto esperando pillarla, me mareaba — ella quiere ir, entonces ¿cuál es el maldito problema? Déjala hacer cosas diferentes, joder, dale un maldito respiro. Estamos aquí tu, Gio y yo y ese par de bestias buenos para nada, — los nuevos guardias me fulminaron con la mirada, y Giovanni sonrió, sabiendo que el insulto no iba en su contra — pero tú y yo sabemos que esos chicos son todo, menos peligrosos, el único raro aquí eres tú, tarado, llamas la atención con tus ademanes de loco. Ahora si me permites, hazte a un lado.
—Eh, pringado — se me puso de frente de nuevo, haciéndome detener — ¿ya te viste en un espejo?
—¿De qué puñetas hablas? — cuestioné, mosqueado. Dom me lanzo una mirada de desconcierto.
—¿Tú crees que esa bola de pijos imbéciles no se van a dar cuenta de quien rayos eres? — mierda, no había pensado en eso — y para joderla más, te encanta hacerte notar ¿no Billy? Tu cabello de punk llama tanto la atención que te cagas, ni hablar tu estatura de jirafa y por si fuera poco tu jodido acento alemán que cualquier perro envidiaría.
—¿Y que tiene eso de malo? — murmuré, ofendido, ya quisiera el idiota ese verse como yo. Dom había caído en cuenta de lo mismo, de la razón que el idiota ese de Andy tenía y parecía un poco desanimada.
—Tiene todo de malo, las mocosas esas se te echarán encima, te perseguirán, no sé lo que sea que hacen las fans locas por tipos tan bobos como tú, pero Dom no puede verse involucrada en eso ¿ya lo cachas?
—Mira, ¿sabes qué? Que te den. Mejor diles a esos pingüinos que tienes pegados al culo que traigan un auto, así que si empiezan a acosarme corremos y nos tiramos de cabeza al auto ¿te parece Dom?
Ella asintió luego de esbozar una sonrisita traviesa.
—¿Es que quieres presumir que el imbécil este está contigo? — preguntó Andy pasando de mí y Dom no respondió, pero se puso colorada hasta la raíz del pelo.
¿Ella quería mostrar que estaba conmigo? Mi corazón aleteó con orgullo, hasta que caí en cuenta de que eso es lo último que ella querría. Mostrarse con alguien que la lastimó profundamente. Ilógico. Pero no me importaban mis sentimientos, lo único que me movía era hacer algo diferente con ella, que tuviera una distracción, un cambio de su aburrida rutina.
—Bueno entonces sirve de algo y haz lo que te dije.
No esperé respuesta del idiota ese. Tome a mi duende de la mano y caminamos los cincuenta metros de que nos separaban de la fiesta. Estaba seguro que Andy no diría ni haría nada, menos con Dom presente, después me haría pagar caro mi atrevimiento, pero no me importaba, si el premio era que ella se divirtiera e hiciera algo diferente, con gusto yo pagaría el precio.
—Eh, pensamos que nunca iban a venir— a la luz de la fogata, pude ver mucho mejor a una de nuestras anfitrionas. Una muchacha muy italiana de piel blanca, cabello negro y rostro relleno y amigable. La otra chica, de rubios cabellos asintió y nos hizo ademanes de acercarnos. Dom estaba medio oculta detrás de mí, y no hacía ningún intento por soltarse de mi agarre.
—Estábamos arreglando ciertos problemas— respondí en italiano, un italiano muy golpeado gracias a mi acento alemán. Las dos chicas compartieron una mirada cómplice y entonces sentí una presión en la mano, Dom había reforzado la unión de su mano en la mía.
Había más chicos y chicas alrededor, y nos miraban con expresiones que variaban entre la sorpresa y la curiosidad. Me senté con Dom al lado sobre un tronco cerca de la fogata y le dediqué mi total atención.
—Yo me llamo Jessica, y ella es Dafne — la chica del principio era muy agradable y abierta y uno a uno nos fue presentando a sus amigos, hasta que llego a nosotros — ¿y ustedes tienen nombre?
Como siete pares de ojos nos miraron con atención.
—Dominique — respondió la voz a mi costado — y él es Bill.
Me sentí casi como idiota. O quizá ya era un idiota. Me encantó que ella respondiera, ya que claramente eso de socializar no lo hacía muy a menudo.
—Tomen lo que quieran — una de las chicas abrió una hielera azul claro, llena de hielos, gaseosas y cervezas — también hay salchichas y botanas y esas cosas — nos informó para después volver su atención a un chico de profundo cabello negro y enigmáticos ojos azules.
—Gracias — respondí y me volví hacia Dom — ¿Qué quieres tomar?
—Una soda — ella se inclinó hacia las bebidas y pescó una soda de frambuesa. La imité, mirando la botella, era una marca italiana, jamás vi sodas de aquel sabor a pesar de haber viajado por muchos lugares. Me intrigaba su sabor.
Me desconecté de todos los demás chicos que estaban ahí, mi atención se volcó totalmente en Dom, que había abierto su lata y la bebía a sorbitos ante la mirada anonadada de Andy. Rogué a los cielos que no le cayera pesado o algo o le hiciera doler el estómago. Y cuando pensaba en eso, mi estómago rugió. Apenas si le había dado comida medio decente desde mi llegada a la villa. Clavé el ojo en un paquete de salchichas especiales para asar que me quedaba a tiro y que casualmente eran una de las favoritas mías y de mi banda, y rápidamente ensarté un par en las espadas especiales para fuego que había por ahí recargadas en los troncos y le tendí una Dom.
Ella me miró con las cejas casi juntas y tomó el pincho, sin saber bien que hacer.
—Asumo que nunca has comido una salchicha asada…
—Asumes bien— respondió, mirando su pincho con atención.
—Bueno entonces solo haz lo que yo— murmuré, llevando el pincho hacia las lenguas de fuego de la hoguera. Dom me imitó y casi enseguida la piel de las salchichas se llenó de ampollas y el aroma nos llegó en leves oleadas. Mi estómago gruñó como si tuviera vida propia.
—¿Y esto es todo? — inquirió ella, fascinada. Una sonrisa descubría sus dientes y yo me sentía explotar de alegría. Le lance una miradita de suficiencia a Andy, que, a lo lejos, no nos quitaba el ojo de encima.
—No tiene ciencia alguna— dije, retirando mi pincho del fuego, ella hizo lo mismo. Las pobres salchichas calcinadas humeaban sin cesar. Soplé un poco de aire en la mía, y cuando el humo casi estaba extinto, le clavé los dientes. Sabía a gloria pura. Tanta comida gourmet que me ofrecían a diario y una simple salchicha asada me llenaba el alma. Vi por el rabillo del ojo como Dom se comía la suya en tres bocados y entonces la miré, impactado.
—Me ha encantado— susurró y sin pérdida de tiempo, ensarté otra salchicha en su pincho, y ella la llevó al fuego.
Tras diez minutos, entre ella y yo liquidamos diez salchichas comiendo la misma cantidad. Andy apenas daba crédito a lo que veía y yo estaba atento como halcón a cualquier signo que me indicara que ella estaba mal, pero su rostro estaba en calma.
—Oye Bill…— la miré a los ojos, esperando sus palabras — aún tengo hambre.
Casi me fui de boca al piso.
—¿Mas salchichas? — ella negó y yo rebusqué con la mirada en las cajas donde esos mocosos llevaban su comida y me topé con una gran bolsa de malvaviscos. Tomé su pincho y ensarté un esponjoso bombón rosado en la punta — ¿has probado estos?
Ella me miraba con atención, y tenía una mueca extraña, pensaba que me había vuelto loco.
—En realidad no, ¿lo vas a quemar también?
Asentí y llevé el malvavisco al fuego. Se incendió de inmediato, las llamas azules le achicharraban la piel dejándola negra. Lo retiré antes de que se jodiera por competo y después de apagarlo a soplidos, se lo pase a Dom.
—Anda, pruébalo — la animé y me perdí viendo como le daba un pequeño bocado. El viscoso malvavisco le manchó los labios y me reí de sus intentos de limpiarlo con su lengua. Y era mejor reírme porque si me concentraba en esa lengua me iría encima de ella y Andy me vaciaría encima su pistola sin pensárselo siquiera.
—Es delicioso, no puedo creer que nunca lo había probado— cuchicheó en voz baja, riendo y llevando con sus dedos lo que quedaba del bombón a su boca. Se acercó tanto a mí para hablarme cerca que su aroma ahora dulzón saturado por el aroma del malvavisco y el de la soda me nubló los sentidos.
Dom remató cuatro malvaviscos más y una soda de limón antes de que una pareja de chicas se sentara cerca de nosotros. Entonces me di cuenta que los dos habíamos estado tan metidos en nuestra propia burbuja que ni cuenta nos habíamos dado de los demás.
—¿Entonces…?
—Dom— mi duende le recordó su nombre a la primera chica que nos habló, la que respondía al nombre de Jessica.
—Si, Dom — se rio como boba — ¿puedo preguntarte algo? — le susurró cerca, mientras me lanzaba una miradita medio rara. Dom asintió, agitando su pelo y con él, mi corazón.
—¿Él es tu novio? — le lanzó a quemarropa la pregunta, y en la cara de Dom se desplegó un hermoso poema de expresiones. Me hice el idiota porque estaba muy interesado en conocer la respuesta.
—¿Por qué lo quieres saber? — respondió al cabo de un minuto. Joder que había sido hábil, y por la mirada que centellaba en sus ojos, empezaba a sospechar el motivo por el que habíamos sido invitados a la famosa fiesta más aburrida del siglo.
—Es que nos parece conocido.
Oh no, estaba llegando el momento de despedirnos.
—¿Ah sí? — trinó Dom con la voz más aguda que yo había escuchado hasta el momento.
—Si, sé que lo he visto en algún lado — la otra chica que acompañaba a la tal Jessica apenas si podía con la emoción — además también el nombre me suena. Roberta debe saber ¿Dónde está Roberta?
Mierda, mierda. Don me lanzó una mirada un tanto graciosa. Desee que la tal Roberta se hubiera pirado ya.
—Fue a caminar con Damián, pero ya vuelven.
Uy, por la madre que nos pario a todos. Definitivamente era hora de irnos ya. A mi lado, Dom se estremeció cuando una corriente de aire más bien frío proveniente del mar le alborotó los cabellos.
Me deshice de mi chaqueta y se la puse sobre los hombros, movimiento que no pasó desapercibido por las dos chicas que nos miraban con una atención que ya rayaba en el morbo.
—Gracias— susurró Dom en voz baja, mientras se envolvía en la chaqueta.
—¡Qué lindo! Yo quiero un novio así — medio chilló la niña rara de cabellos rubios. Pobre, no sabía lo que decía, un novio como yo era lo último que alguien pudiera querer — y dinos Bill ¿a qué te dedicas?
Alcé una ceja. Obviaban por completo a Dom ¿de verdad no podían apreciar su suave perfección?
¿Ahora que hostia se supone que debía responder?
—Estudio diseño— respondí medio a la desesperada. Ja, yo no sabía una mierda de diseño, pero de no haberme dedicado a la música, me habría gustado estudiar diseño, de modas.
—¿En qué universidad?
Joder, querían información a toda costa. Me hice el idiota.
—Bueno chicas, agradecemos mucho la invitación, nos encantaría quedarnos a charlar, pero ya es un poco tarde — saqué un billete de mi bolsillo trasero y lo puse sobre la tapa de la hielera, era de cien euros — tómenlo como una cooperación para su fiesta, nosotros debemos irnos, ya está muy oscuro— y era verdad, además del círculo en donde brillaba la alegre fogata, todo lo demás se veía totalmente oscuro y un poco lúgubre.
Dom se puso de pie en cuanto le tendí la mano, y nos alejamos en dirección a Andy que estaba con cara de mala hostia al lado de una camioneta que yo en mi puta vida había visto.
—¡Pero si ese es Bill Kaulitz! — escuchamos claramente un chillido emocionado.
—Seguro que la tal Roberta acaba de regresar— se burló Dom y apretó más mi mano.
—Creo que es hora de correr — le dije, medio riendo y en menos de dos minutos ya nos habíamos metido al jeep que se alejaba a toda velocidad en dirección a la villa.
Continúa.