«458 Italia» Fic de Shugaresugaru

Capítulo 34: Quiero sanar

By Dominique

Como cada mañana, abrí los ojos al mismo lacerante sopor, llamado vida. La luz entraba a chorros por los ventanales de cristal a pesar de estar cubiertos por cortinas.

Un nuevo dolor extraño me carcomía la boca del estómago, pero las constantes náuseas que me agobiaban de día y de noche habían desaparecido.

Qué raro.

Entonces recordé algo, algo venía a mi memoria. Al pie de la cama estaba una chaqueta de cuero negro. Y yo no usaba cuero negro para nada.

Permanecí un minuto más inmóvil, presa de la desorientación hasta que recordé…

Bill estaba aquí… Si…

Una involuntaria sonrisa que me sorprendió en verdad me estiró los labios hacia arriba.

Si, Bill estaba aquí, habían pasado cosas muy extrañas desde su llegada y algunas un poco hilarantes, como ponerme medio catatónica y no recordar su regreso, o sus constantes duelos de palabras con Andy, aunque la hilaridad terminaba cuando se amenazaban de verdad, cosa que me llegaba a estresar, ya que debía recordarle a Andy nuestro trato, y, por lo tanto, seguir haciéndole daño a mi único amigo.

Mirando la chaqueta de Bill ahogué un suspiro y me levanté. Me sentía con fuerzas y energía, pero la melancolía no se iba del todo. La melancolía y la angustia que me atenazaba el pecho y me impedía sentirme satisfecha con nada. Odiaba la sensación. ¿Algún día se iría?

Agradecía las intenciones de Bill de volver para decirme los planes ridículos que mi padre tenía en mente, y creía de verdad en su arrepentimiento por haberme juzgado hace meses. Juzgado y sentenciado al mismo tiempo, pero me había vuelto experta en bloquear ese doloroso recuerdo.

Mi perdón estaba otorgado, siempre fue así, pero mi confianza en él estaba muy dañada, quizá ya en un punto en el que no había remedio alguno. Por más que quisiera dejarme llevar por mis sentimientos por él y por lo encantador que resultaba, el temor y el recelo no me abandonaban nunca. Suponía que era un extraño mecanismo de defensa, por si el volvía a perder así los estribos conmigo. No lo soportaría por segunda ocasión, por lo tanto, mi mundo continuaría encerrado en mi interior.

Y no es que pudiésemos tener un futuro él y yo de cualquier forma, nuestros mundos eran demasiado diferentes y sólo habíamos conseguido sufrir al intentar estar juntos. Aun así, amaba el hecho de que estuviese aquí. ¿Qué me pasaba? Andy afirmaba con mucha vehemencia que debería odiarlo, pero no podía…

Temí estarme volviendo una masoquista. No podía negar lo locamente enamorada que estaba de él. Me fascinaba entero, de la cabeza a los pies y mi cuerpo y mi subconsciente, y quizá hasta el mismo consciente, lo deseaban. Me volvía medio idiota estando a su lado y apenas podía hilar dos palabras coherentes una tras otra. Y en casi la misma proporción en la que me encantaba, me asustaba. Temía que fuera a enloquecer de nuevo, como aquella espantosa ocasión.

Di un par de vueltas sobre mi alfombra, suspiré de nuevo y me metí al baño, debía ducharme ya que mi cabello seguramente estaría peor que un nido de pájaros, a pesar que hace unos días, tomar una ducha estaba al final de mi lista de prioridades, no porque no me gustara asearme y estar limpia, sino porque cada rincón de mi baño me recordaba el día en el que mi vida había estado a punto de extinguirse.

Ya no quedaba ni rastro de aquel episodio, el lugar había sido limpiado a conciencia para mi eterna vergüenza, tanto, que supe que Andy se pasó varias horas iluminando con una lamparita de luminol en busca de los fantasmas rojizos de mi sangre y no estuvo satisfecho hasta que el más ínfimo de los rastros desapareció, al igual que la navaja de Bill y cualquier otro objeto filoso de mi habitación. Daba igual, no me molestaba, mataría por olvidar el pasado y ya casi no sentía deseos de volver a intentarlo, había resultado tan inútil como doloroso. Pero mi fallido intento nunca desaparecería de nuestras memorias, eso era lo malo, y me provocaba el recuerdo constantes escalofríos por más caliente que saliera el agua de los aspersores.

Sin embargo, comprobé con alivio que, al entrar, la sensación que más me dominaba era la emoción, si, la emoción de ver a Bill. ¿Quién no se emocionaría con semejante chico? Y mi emoción era más intensa ahora que teníamos el tiempo cronometrado. Quería aprovechar al máximo los momentos que tuviera con el antes de volver a verlo salir de mi vida. No recordé ni la sangre, ni los gritos, ni el dolor. Lo único que predominaba en mi baño era un dulce aroma a vainilla proveniente del ambientador conectado al enchufe de luz.

El enorme espejo me devolvió un reflejo que me costó reconocer, así que lo estudie atentamente. Si, definitivamente era yo, pero… ¿y esos ojos tan brillantes? ¡Y las mejillas coloradas! El pelo era un desastre definitivamente, pero incluso las ojeras se habían difuminado gracias a que tuve una noche de sueño seguido, algo que no había logrado en meses.

Me desnudé de espalda al espejo, me repugnaba mi cuerpo consumido y débil y no quería verlo. El calentador especial que cubría mi brazo izquierdo se empapó cuando entré a la bañera y al quitármela, observé mi cicatriz con atención. Parecía estar mucho mejor, ahora era una gruesa línea de un feo color rosado, pero apenas si la sentía. Si la tocaba solo me atacaba un leve cosquilleo incómodo. Me encantaba que ya no doliera.

Vaya que era asombrosa la capacidad del cuerpo de regenerarse a pesar de todo, y yo estaba más decidida que nunca a ser como antes. Quizá el ver a Bill tan entero y tan sano, tan dueño de sí mismo y tan fuerte, fue un aliciente para mi decisión. Recuperaría mi vida y mi salud, y volvería a estar en armonía conmigo misma. Debía intentarlo, y debía lograrlo.

Quince minutos después, en bata, observaba toda mi ropa de pie dentro del enorme armario, que era un apéndice del baño, indecisa ante lo que debía usar. Vestidos descartados. Faldas, pantalones cortos y cosas parecidas, descartados también. Me decidí por unos jeans negros que no me quedaban tan flojos, y una blusa negra de manga larga que dejaba mis hombros al descubierto. Los huesos remarcados de los hombros eran los que menos me desagradaban. Recordé el papelón que protagonicé el día anterior con Bill dentro de mi habitación y el médico con sus revisiones y exámenes bobos. Y después las muestras de orina. ¡Qué horror! Quise tener de vuelta la navaja, pero para rebanarme la garganta por la pena.

En fin, suspiré y me vestí en tiempo récord y sentada frente al espejo con bombillas que estaba dentro del enorme vestidor, terminé conmigo misma trazando una fina línea negra sobre mis parpados. Me gustaba hacerlo, me gustaban mis ojos así, y del cabello no me molesté más que en cepillarlo un poco. Curiosamente, mis rizos se definían más y más cada día.

Cuando salí del baño, de nuevo el extraño dolor me carcomía el estómago y pude jurar que algo se movía dentro, como si tuviera un alíen en él. Dios mío ¿y su la prueba había salido con un falso negativo?

Pero no… no era eso, podría jurarlo…

Mi vientre volvió a gruñir lastimeramente, haciéndome pensar. La sensación no me resultaba del todo desconocida, pero no lograba recordarla del todo.

—Se llama hambre, niña.

Casi salté del susto y mi corazón se aceleró, pensando en Bill, pero solo era Andy quien me miraba de forma acusadora desde su posición, recargado en la pared cercana a las puertas de la terraza. Sin poder contenerme, le sonreí.

—¿Fue tan audible? — pregunté, haciéndome la desinformada.

—Totalmente— respondió y reparé en que llevaba encima la chaqueta de Bill. Alcé una ceja.

—¿Desde cuándo te va el cuero Andy?

—No me va para nada, pero esta me luce bien ¿no crees? — respondió, mirándose un poco y luego volviendo sus ojos hacia mí.

—Ah… si — si se veía bien, pero ni de cerca tan bien como Bill. Además, Andy me gustaba mucho más en traje.

—Ya sé que no me veo como el nazi de pacotilla — resopló, levantando la nariz hacia arriba, consciente de haber adivinado mis pensamientos — yo me veo mejor, aunque no lo quieras admitir.

—Quizá deberías comenzar a usar cuero entonces —No lo admitiría nunca, pero Andy si se veía muy lindo.

Hizo un gesto de molestia hacia mi comentario y se despojó de la chaqueta.

—No en esta vida — gruñó — yo no soy tan fachoso como esa sabandija alemana que tanto amas, pero bueno, no he venido a hablar de ese papanatas. Si he de ser sincero, esperaba encontrarte aun en cama — habló con una ceja alzada nuevamente, mientras yo recogía a Jock del piso, me encantaba mi perro, era tan pequeño aun siendo ya un adulto que podía ir conmigo a cualquier lado. De igual modo también amaba a Prometeo, el perro guardián que mi padre me obsequió el día que llegue a Palermo, pero por su tamaño, Prometeo era imposible de llevar a ningún lado.

—Me siento bien como para estar en la cama todo el día — le informé, pasando a su lado.

—Y tienes hambre— esa fue afirmación y no pregunta

—Si, creo que si— comenté, yendo a la terraza.

—Y te has arreglado

—¿Bueno y a que viene tanto cuestionamiento? —medio gruñí ¿Qué le importaba? Comenzaba a irritarme un poco — ¿es que preferirías verme tirada en la cama todo el día?

—Desde luego que no — soltó de inmediato, su rostro yendo al pánico —y aunque odio la razón por la que lo haces — ajá odiaba a Bill, eso ya lo tenía más que claro — me encanta que lo hagas.

—Pues no lo hago por él — soplé con indignación y él puso una cara que daba a entender que no me creía absolutamente nada — bueno, digamos que Bill ha sido como un catalizador, nada más.

En la terraza, el aire otoñal seguía siendo cálido y dorado, y al sentirlo peinándome el cabello hacia atrás, me relajé un poco. Andy me miró en blanco.

—¿Cómo un catalizador? ¿de qué hablas niña?

—Que quiero estar bien, y sentirme bien… y olvidarme de esto — miré mi brazo izquierdo metido en la manga larga de la blusa, Andy sabía muy bien a que me refería — pero no por Bill, sino por mi…

—Me parece más que excelente — alabó, levantando las manos — pero ¿Y ese idiota que tiene que ver en todo eso?

—Tu viste ayer lo que sucedió — dije en voz baja, aun dolía el recuerdo.

—Yo estaba allá, lejos— me recordó con voz repentinamente dulce.

—Oh vamos — me quejé, viendo hacia el mar — tu viste a esas dos chicas tontear entre ellas… solo estaban interesadas en él, por eso nos invitaron…

—Pues yo creo que estaban ciegas.

Le lancé una mirada de molestia antes de poner los ojos en blanco.

—Además — siguió hablando — creo que tu estabas muy ocupada saqueando su comida, lo cual me encantó también. Ni las estrellas estaban tan adorables como tú.

—No sé qué me sucedió — dije, repentinamente colorada.

—Aunque no lo sepas procura que eso te suceda todos los días, varias veces al día de preferencia — añadió en tono despreocupado mientras apoyaba los codos en el borde de piedra de la terraza y lanzaba hacia el mar los ojos azules.

—Lo intentaré— le dije, nada convencida de mis palabras. El recuerdo de aquel par de chicas tan embobadas con Bill amenazaba con hacer volver las náuseas, pero no lo permití. Ahora sí, estaba enferma y débil, pero no lo estaría por mucho más, y sería tan deslumbrante como él, para no desentonar a su lado… aunque no tuviera ni de chiste un futuro a su lado. Qué tristeza. Hubiera podido deprimirme de verdad en ese momento, pero Esperanza acababa de dejar mi almuerzo en la mesa de la terraza antes de lanzarme una dulce sonrisa. El aroma de las salchichas me abrió enseguida el apetito, y mi estómago volvió a gruñir.

Andy se fue después de que me senté a la mesa. Le advertí que se fuera con cuidado con Bill, y me dediqué a comer mi sencillo almuerzo de huevos revueltos, salchichas asadas y zumo de naranja. No dejé apenas una migaja. Si por mi fuera, comería eso cada día de mi vida y no me cansaría jamás.

Quizá si debí ver al médico antes, reflexioné con la mano en la barbilla y los ojos perdidos en el mar. Y no esperar a que Bill me aplicara un chantaje tan bobo.

—¿Disfrutaste tu almuerzo querida? — Esperanza entró en ese momento con su sonrisa de siempre, más amplia de lo acostumbrado al ver mis platos vacíos. Detrás de ella entró Lucy, que enseguida se puso con la cama.

Aun después de tantos años, me cohibía el hecho de que ellas se encargasen de todo, sentía que no me lo merecía, pero, de cualquier forma, nunca me dejaban ayudarlas.

—Si, me gustó mucho nana — me mordí el labio, pensando en que nunca me había servido salchichas para desayunar — ¿Por qué me enviaste algo tan nuevo?

—Bill me lo sugirió— respondió ella con toda la naturalidad del mundo, y mi corazón resopló de hiperactividad, elevando mi temperatura. Sentí las mejillas arder.

—¿Bill? — fue todo lo que atine a responder. Fije la mirada en sus manos, que levantaban todo lo del desayuno para ponerlo sobre una charolita cromada.

—Si, por la mañana estuvo en la cocina y me dijo que te enviase algo sencillo. Al principio lo dudé mi niña. ¿Salchichas para desayunar? Me dije. Es algo muy ordinario, pero el insistió. Algo sencillo y sin demasiados condimentos, dijo. Y tendré que darle la razón. No sabes cuánto me alegra saber que te ha gustado y que lo has comido todo. Incluso el mismo lo probó. Nos dejó sorprendidos a todos.

Esperanza continuó con su cháchara mientras limpiaba la mesa y yo traté de procesar toda la información. Bill había estado interesado en algo tan trivial como mi desayuno, y había hecho cambiar a Esperanza de decisión, y yo lo agradecía en verdad. De nueva cuenta, Bill había acertado.

—¿Dónde está él? — pregunté casi conteniendo el aliento. No pude evitar que mis ojos revolotearan por los jardines, pero no estaba por ahí. Me dolía el hecho de que todos parecían ya haberlo visto ese día, menos yo.

—Se levantó temprano. Estuvo aquí tu médico — alcé una ceja. ¿El médico? — pensé que vendría por ti, pero vino a revisar la herida de Bill, le pregunté si él lo había llamado, pero el pobre estaba tan sorprendido como yo, o quizá más. Después fue a la cocina y tenía intenciones de venir a verte, pero Andy lo desvió.

Sentí que la furia ardía en mi pecho. Definitivamente tendría unas cuantas palabritas con Andy. Sabía que el pretendía cuidarme, pero estaba pasándose de la raya al hacer las cosas sin consultarme y me sorprendí de la rabia que sentí.

—Pero ¿qué le pasa a Andy? — refunfuñé de mal humor.

—Intuyó que estabas ocupada, así que el desayunó con Bill. Creo que charlaron en paz porque Andy no lo amenazó con su arma ni nada por el estilo — dijo riendo, y me sentí mejor. Al menos habían almorzado juntos y al parecer sin quererse matar mutuamente en el proceso — él quiere verte Dom. Creo que ese chico está muy enamorado de ti…

—No lo creo nana — dije, sin muchos ánimos ¿Bill enamorado de mí? Si claro —y yo también deseo verlo.

Y era cierto. Apenas podía contener mis ganas de ver a Bill. Me sentía tontamente enamorada de alguien que nunca podría tener. Patético.

—Pero niña, no pongas esa carita— Esperanza se sentó a mi lado y tomó mi mano derecha entre las suyas. Le di una mirada fugaz, me sentía apenada cada que veía los saltitos de su ojo izquierdo — anímate un poquito.

Sonreí a medias, pensando en que es lo que podría animarme. Y luego ya no pude pensar nada. Lucy abrió la puerta en respuesta al llamado que se escuchó y Andy entró, seguido por el motivo de mis anhelos.

Sentí que me mareaba un poco, y que los colores se me empezaban a subir. Esperanza me dio una ojeada divertida y permaneció a mi lado.

—Hola de nuevo chicos— saludó mi nana, animando así a todos, ya que Andy estaba muy taciturno y Bill me miraba con gran expectación. Le fruncí el ceño a Lucy, que no dejaba de mirar a Bill con cara de boba y luego me concentré en él y en lo apuesto que lucía — Bill, he de reconocer que tenías razón.

—¿Razón en qué? — preguntó el, y yo ya estaba roja como un tomate. Bajé la vista, sintiéndome abochornada.

—En que a Dom le encantó ese desayuno tan vulgar que propusiste— soltó Andy de mala gana, lo que le valió una mirada asesina de Bill. El hecho me hizo sonreír.

—Ah ¿De modo que entonces ella es vulgar por que le ha encantado? — le cuestionó, envolviéndolo en un juego de palabras. Andy se puso lívido y luego colorado por el enojo.

—Cretino. No es lo que quise decir — gruñó Andy y yo, siguiéndole el juego a Bill, adopté un aire de dignidad ofendida — argg te odio.

—Bueno ya basta — Esperanza se levantó y ellos detuvieron lo que prometía ser una larga batalla verbal — ¿tú que haces aquí Andy? Dale privacidad a Dominique.

—No sin antes saber qué planes tiene.

Los tres fijaron sus ojos en mí, y yo no tenía pensamientos coherentes en ese momento. Los miré a los tres, pero mis ojos se quedaron enganchados en la irresistible figura de Bill, que me guiñó un ojo.

—Eh, no se — medio balbuceé. Ansiaba salir de la casa, sentir el viento y hacer cosas distintas — quisiera salir.

—Pues ya está — soltó Bill muy animado — ya sé a dónde vamos a ir.

Continúa.

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

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