«458 Italia» Fic de Shugaresugaru
Capítulo 36: Contratiempo
By Bill
A pesar de las quejas de Andy, de sus amenazas y advertencias y posteriores instrucciones, no di mi brazo a torcer.
Dom contribuyó bastante al insistir en salir a hacer cosas diferentes, lo cual era necesario para ella, nada como distraerse en cosas que no fuera estar encerrada podía ser mejor, y el cambio empezaba a notarse ya demasiado.
Se puso colorada cuando, luego de acomodar mi abandonado deportivo en la entrada de la villa (el ronroneo de su motor aun hacía bullir la emoción en mi estómago) le abrí la portezuela del pasajero, ignorando al rubio pollo que había insistido en llevarla en otro auto grande y de cristales negros, y cerré la puerta tras ella.
—Te seguiré muy de cerca— amenazo Andy, inclinado hacia mí a través de la ventanilla abierta del conductor — y usa esto— me tendió aquel par de gafas de sol que me dio la primera vez que vine, y las cuales tenían un diseño especial; especial para ellos, no para mí, pero me las puse luego de encogerme de hombros.
—Te lucen bien — dijo Dom a mi lado, con una cierta nostalgia escondida en sus palabras.
—La que luce bien eres tú— murmuré, luchando por contener una sonrisa, pero fracasé. Ella lograba desbaratar mi voluntad tan solo con el hecho de respirar. Yo sabía bien lo letal que resultaba su encanto, y poder verla frente a mi luego de tantos meses de extrañarla, era como respirar aire puro, a pesar de las peliagudas circunstancias.
Dom no respondió. Bajó la mirada y se frotó el brazo izquierdo con suavidad. Me perdí contemplando el perfil de su rostro y en como su cabello bajaba en sutiles ondulaciones sobre los resaltados huesos de sus hombros. Hubiera comenzado a salivar.
—¿Tienes frío? — cuestioné al fin, verificando los controles del clima artificial del auto, pero estaban apagados, y el clima no era frío para nada.
—No, no tengo frío, pero ya vayámonos, que Andy me pone de nervios— dijo, y si, había una atmosfera tensa alrededor de nosotros, metidos en el auto, con un puñado de guardias pululando por la entrada, y un auto grande ronroneando detrás de nosotros, donde iban montados y armados Andy y Giovanni.
—Como ordene, jefa— y le di gas al auto, quizá con demasiada fuerza, la fuerza usual que usaba para conducir mi camioneta, y el Ferrari saltó hacia adelante con un rugido del motor — uy, había olvidado la potencia de esta máquina— susurré ante las carcajadas de burla de Dom. El movimiento había agitado su cuerpo, pero al parecer, le había divertido mucho.
—¿A dónde iremos? — cuestionó ella, mirando por la ventana el paisaje que se difuminaba afuera, parecía más emocionada que antes, pero también seguía pareciendo tensa y asustada, desconfiada y no era para menos.
Suspiré y apreté el volante.
—Ya verás — respondí, y unos momentos después entré en la hermosa fuente redonda que servía de glorieta e indicaba la entrada del fabuloso hotel donde estaba Tom.
En cuanto me detuve, los encargados del hotel nos rodearon, esperando solícitos a ver quién diantres iba a bajarse de ese pedazo de auto que tenía yo. Y como no, la escena quedó completita cuando detrás de nosotros, se detuvo el enorme auto que Andy tripulaba, muy del tipo que usan los custodios mafiosos sicilianos ahijados del padrino hijo de perra.
—¿Un hotel? — cuestionó Dom alzando una ceja con incredulidad, pero finalmente dejándolo pasar — admito que me has sorprendido completamente. Le sonreí como respuesta.
—Fabuloso Bill, un hotel — satirizó Andy una vez que se llevaron los autos e íbamos subiendo los tramos de escaleras que separaban la entrada del lobby — te encanta mostrarte ¿no es así? ¿o es que pretendes pasar la noche aquí? Supongo que sabes que lo harías solo ¿no?
—Pues te equivocas en todo — contradije. Dom caminaba entre él y yo, y miraba hacia todos lados con curiosidad y un poco de extrañeza, y yo noté la cantidad de miradas que atraíamos, — aquí nadie me conoce, y tan claro está que mira, nadie me ha molestado — mentí.
—Eso es lo que tú crees, y aun no nos has dicho que demonios hacemos aquí— refunfuñó Andy de mala gana, pero ya no le presté atención. Mis ojos buscaron por donde alcanzaban a ver a mi pasota hermano. Pero no estaba. quizá en la habitación, pero no tenía deseos de usar los ascensores.
—En realidad a mí también me intriga — comentó Dom hacia Andy, que asintió y puso la misma cara de poker que tenía ella.
Decidí echar un último vistazo por el área de la piscina que daba al mar, si Tom estaba en una piscina, era la que tenía vista al mar.
El bar al aire libre que tenía una barra que daba directamente a la piscina, estaba alegremente iluminado. El viento era muy cálido y las contadas personas que estaban diseminadas por ahí a ratos nos dirigían miradas curiosas, pero lo dejaban pasar.
Estaba a punto de darme por vencido y llamar a Tom, cuando lo vi apoltronado en una tumbona cerca de la piscina, con el rostro vuelto hacia el sol que iba a esconderse tras el mar. El paisaje, debo admitir, era absolutamente fabuloso. Tom estaba solo, y su rostro no estaba en paz. Yo, que conocía a Tom como me conocía a mí mismo, adiviné que él estaba preocupado. Y odiaba verlo así.
Suspiré, deseando que esa tarde que pensaba pasar con mis dos personas favoritas no fuera a salir mal.
—Oye Dom— me gire para mirarla — ¿te apetece algo? ¿un helado? ¿café? ¿un coctel? ¿un trago? — cuestioné, tratado de ser lo más caballeroso que podía, tanto que el pobre señor Darcy parecería un vulgar patán a mi lado.
—Eh…— ella se lo pensó un poco, frunciendo el ceño mientras miraba hacia la nada — quisiera algo dulce— respondió al fin, luego de decidir. No pude evitar sonreír, y para mi sorpresa, detrás de nosotros, Andy también sonrió. Quizá dejaba de parecerle del todo mal mi idea.
—Tus deseos son órdenes. Pero primero ven conmigo— le dije, tomándole la mano y caminando hacia donde estaba mi preocupado hermano. Ella se dejó guiar, llena de curiosidad, y sus dos custodios con facha de gorila nos siguieron de cerca.
Bordeamos la piscina color turquesa, caminamos detrás de las tumbonas hasta tener a pocos pasos la figura de mi gemelo, que ni de broma se había percatado de nuestra presencia.
—¿Qué? ¿Acaso te has cansado ya de las masajistas, hermanito? — saludé, sonriendo con ganas cuando Tom se levantó de un salto, una proeza a mi parecer con semejantes ropas tan enormes que amaba llevar.
—Uh, fantástico— se quejó Andy de modo sardónico, poniendo los ojos en blanco — dos nazis en lugar de uno, y para colmo, idénticos.
No le presté atención, me divertía más ver como Tom medio boqueaba. Dom se escondió detrás de mí.
—¡Bill! — casi gritó, su rostro cambiaba tanto de expresión que era imposible describir una — hasta que te apareces, idiota — bufó y me abrazó, ya más decidido a creer que yo era real. Después sus ojos que eran iguales a los míos evaluaron a mi compañía.
—El mismo, tu hermanito por quien llorabas tanto ya está aquí. — sonreí y le devolví un abrazo como el que solía darle siempre, rodeándolo con un brazo para después palmear su espalda.
—¿Y dónde conseguiste más guardaespaldas? Creí que te fastidiaban— cuchicheó Tom al separarse de mí. Le lanzó una mirada un tanto furtiva a Andy, cuyos ojos se endurecieron.
—No sueñes, nazi numero dos — se quejó. Sería idiota, Tom era el numero uno y yo el número dos — ni de coña estamos aquí por tu gilipollas hermano, estamos aquí por ella— señaló, y entonces Tom pareció reparar en Dom. No podía culparlo por no haberla visto. Con su estatura y lo delgada que estaba, quedaba escondida a la perfección detrás de mí.
—Así que trajiste a tu novia Bill, en verdad me alegro ¿viste que no era para tanto? — Tom parecía sincero al hablar y luego saludó a Dom, medio sonriendo — hola, me agrada verte de nuevo, hace mucho que no ¿eh? Allá en Milán.
Ella estaba colorada y Andy estaba casi bufando mientras yo pensaba a toda velocidad. Tom y su estúpida bocota de hipopótamo. ¿Ahora como salía yo de ese lío?
El silencio se hizo sumamente incomodo, hasta que Dom habló.
—Un placer volver a verte Tom, pero no quiero quedarme aquí parada toda la noche. Según recuerdo, me prometiste un helado, Bill — dijo ella, cruzándose de brazos, haciéndome sonreír.
[…]
En efecto, habíamos pasado una tarde muy agradable. Tom, que era el que más tiempo había estado en el hotel nos guio a una terraza elevada, pequeña y romántica con vista a la piscina y a lo lejos, al mar.
Y a la luz de las velas habíamos disfrutado de una bebida exótica italiana, que según nos explicó el camarero, estaba hecha a base de naranja amarga, ruibarbo y otras cosas extrañas que luego se mezclaban con un delicioso vino dulce y espumoso. Tanto Tom, como Dominique y yo nos tomamos varios, junto con dulces y entremeses típicos de ese lugar, y que ni de chiste conocíamos.
Para mi sorpresa, Andy se mantuvo callado y a la distancia incluso cuando nos sirvieron la tercera ronda de aperol. Quizá porque era muy poco el alcohol que contenía el coctel, o porque quería que Dom lo pasara lo mejor posible. Y al parecer lo estábamos logrando. Y esa era mi meta. Estaba más que dispuesto a lograr que para ella, Tom fuera algo así como el hermano que nunca tuvo. Y Tom lo hacía a la perfección.
Después de un rato, Tom sacó su móvil y me pasó el brazo por los hombros al momento que me pedía sonreír. Lo hice por puro acto reflejo, y después me alejé, frunciendo el ceño.
—¿Qué diablos? — le cuestioné, viendo como abría el Instagram de la banda y empezaba a postear la foto — No idiota ¿Qué haces? — traté de arrebatarle el móvil, pero el muy cabrón lo alejó hasta el otro lado.
—¿Te calmas? — me dijo, muy tranquilo — ni te has enterado hermanito, pero tu ausencia ya es comentada por todo el mundo y si no subimos esta foto, será peor, además ya sabes cómo aman este tipo de fotos nuestras fans más… alternativas.
—Serás imbécil— bufé, de mal humor.
—¿Alternativas? — cuestionó Dom, que claramente no entendía nada. Nos miraba divertida desde su silla contigua a la mía.
—Sip— Tom guardó su móvil dentro de su chaqueta luego de hacer la estúpida publicación y se inclinó hacia adelante para hablarle a mi duende — tenemos un montón fans que piensan que Bill y yo…
Pero no tuvo tiempo de terminar. Le propiné una buena patada en la pierna que lo hizo medio quedarse sin voz y seguramente, ver estrellitas de colores por el dolor. Dom lo miró con extrañeza, sonriendo a medias, con confusión, y yo me levanté.
—Pero que tarde se ha hecho — comenté, viendo que la noche ya era cerrada y el cielo estaba tachonado de estrellas — será mejor que nos vayamos ya — tomé mi chaqueta del respaldo de la silla y le di a Tom unas palmaditas en la espalda al pasar detrás de el — la noche es joven hermanito, seguro encontraras algo por ahí que te entretenga hasta el amanecer ¿no? — solté una carcajada ante la cara de mala uva de Tom. Ayudé a Dom a levantarse, sosteniendo su silla.
—Pero espera — mi hermanito se levantó también, tratando de disimular las muecas de dolor, dolor que sentía de la patada que yo le había soltado — ¿Cuándo volverás? ¿debes irte? ¿Por qué no te quedas?
—Nos veremos pronto hermanito — murmuré, sin ganas — tarde o temprano hay que regresar a Alemania.
—La he pasado muy bien — añadió Dom, totalmente relajada y suelta en presencia de Tom, algo que me encantó. Él sonrió también, un poco incómodo y descolocado, abrumado por el encanto de ella, que cuando te hablaba mirándote a los ojos, te dejaba medio idiota — espero que se repita pronto esto— comentó ella, con nostalgia y una extraña certeza de que lo que decía se veía muy lejano.
—Mas pronto de lo que te imaginas — le dijo el, tomando su pequeño mentón y moviéndolo un poquito. Extrañamente, esa acción en lugar de molestarme, me agradó. Y Dominique al parecer también, pues le dirigió una sonrisa completita de emoción y asintió con vigor, y yo vi el futuro que deseaba con desesperación, con ella estando conmigo y mi hermano y mis amigos viviendo lejos de aquel lugar, quizá en la soleada tranquilidad de alguna ciudad dinámica de estados unidos, donde todo era libertad. Sería algo totalmente idílico, y ella sería feliz.
Pero al parpadear, regrese a mi realidad tan negra como la noche que nos rodeaba.
Me despedí de Tom y caminé al lado de Dom hasta la salida, donde la fuente iluminada danzaba en un hipnótico vals de luz y agua. Giovanni estaba pidiendo los autos y Andy caminaba detrás nuestro, y por el sonido de sus pasos, el tipo estaba de mal humor.
—¿Por qué no te quedas aquí con tu hermano? — cuestionó Andy, que estaba ligeramente detrás de nosotros. Su voz era neutra y tranquila, pero me molestó el comentario.
—Bueno…— comenté, y a mi lado, Dom se tensó — eso lo tendría que decidir ella — respondí, cayendo en cuenta que si ella me decía que no deseaba que volviera a su casa, más no podría hacer por acompañarla.
Pero ella no dijo nada. En ese momento llegó mi hermoso Ferrari, y cuando el valet abrió la portezuela, ella se metió en mi auto sin titubear apenas.
—Ahí tienes tu respuesta, pollo — le dije a Andy, con la misma seriedad con la que el me lanzó su pregunta, antes de rodear el auto y cerrar con fuerza.
—Gracias por dejar que me quede contigo— murmuré una vez adentro, en la cálida y oscura intimidad del Ferrari.
Dom me lanzó una mirada tranquila con sus enormes ojos que resaltaban en el ovalo blanco de su cara y suspiró.
—Se que lo mejor es que te quedes aquí Bill… con Tom, donde estarás seguro — murmuró, bajando la mirada, y haciendo que mi corazón dejara de bombear sangre a mi cerebro, porque comencé a sentir pánico y marearme — sé que es peligroso para ti estar conmigo… y según Andy, yo debería odiarte por lo que pasó… — ella hablaba y yo apenas si la escuchaba, me aferré al volante para no desmayarme ahí mismo — pero lo cierto es que no te odio para nada y… quiero que estemos juntos el poco tiempo que nos queda.
Al final, su voz se quebró un poco. Solté el aire que había retenido en mis pulmones y muy lentamente, le tomé la mano izquierda, llevándola a mis labios, donde solo la rocé, respirando sobre su piel.
—Aún no sé cómo…—logré decir al fin — pero te prometo que todo saldrá bien.
Dom no me respondió, me lanzó una mirada de pena y derrota que se me erizó la piel, y un leve bocinazo me hizo reaccionar.
Solté a Dom, me concentré en el camino que tenía delante, y nos fuimos a su hogar.
Las cosas definitivamente estaban fatales, pero al menos, en lo referente a Dominique y su quebradiza salud, iban algo mejor.
Ella mantenía una distancia férrea en cuanto a nuestro contacto físico, ni por error me tocaba o me dejaba tocarla, pero al menos, le gustaba estar conmigo, casi como antes, antes de que yo me encargase de echarlo todo a perder, claro. Pero incluso así, yo estaba más que agradecido de lo poco que había logrado con ella.
Por lo menos, ya no había que obligarla a comer. Lo hacía por cuenta propia, y en cantidades normales ya, a veces hasta comía de más. Su estómago había dejado de estar tan hundido, las ojeras se habían esfumado de su rostro, su cabello brillaba más que nunca y ella sonreía más a menudo. Pero siempre había algo en ella que me causaba desespero. El cambio en sus atuendos, por mencionar un ejemplo, seguía siendo dramático, pero no por el hecho de haber cambiado los vestidos, blusas y faldas por jeans y camisetas de mangas largas, dejaba de verse hermosa.
Después de nuestra extraña visita a Tom, habíamos visitado un majestuoso parque lleno de palmeras y arboles gigantes, que en particular no era de mi gusto, pero a Dom le fascinó. Y eso era suficiente para mí, tan solo el verla mirar fijamente el programa del parque, metida en sus jeans azules, chaqueta de mezclilla y converse de diseño, era suficiente para robarme el aliento.
También pasamos un día alucinante viajando una hora en auto hasta un pequeño lugar de ensueño llamado Partinico, concretamente a una pequeña aldea antigua que parecía una joya brillante hecha de azulejos de colores. Sus paisajes resultaban surrealistas, tan coloridos como encantadores, y en donde la tarde no parecía ponerse nunca, sino alargarse en todos los tonos dorados existentes hasta que el sol volviese a salir por el horizonte. Dom paseó cerca de mí, seguida más de cerca por las sombras que eran Andy y Giovanni, pero no por eso lo pasamos mal. Y luego de comer fetuccine artesanal con langostinos y tomar un poco del vino local que era un moscatel de calabaza, regresamos a Palermo, tomando la ruta más larga, pero también la más bella, la que corría al lado del mar tirreno. Y aquel paisaje de Dom dentro de mi Ferrari negro, sonriendo, recortada contra el fondo de azul del mar, quedaría para siempre incrustado en mi memoria.
Nuestra última tarde antes de la llegada de su padre resultó un poco fría, -previo aviso del clima invernal que se avecinaba y que, según Andy, era bastante intenso- la pasamos sentados en la alfombra del salón, viendo una película que ambos amábamos y comiendo golosinas y comida basura estadounidense, como chocolates, gaseosas, gominolas y papas fritas. Y vaya que habíamos comido demasiado. Las envolturas estaban desperdigadas alrededor de nosotros, sobre la alfombra, donde estábamos apoyados en almohadones, cubiertos por frazadas y con la chimenea ardiendo furiosamente, mientras a lo lejos, el mar salvaje se reventaba en la orilla de rocas.
—¿Estas nerviosa por la llegada de tu papá? — pregunté, mientras los créditos de la película Harry Potter y el prisionero de Azkabán aparecían en la pantalla.
A mi lado, Dom suspiró y su frente se arrugó.
—No… — su voz fue vacilante — en realidad estoy ansiosa, me gustaría que todo acabe ya, y estoy asustada también…
—¿Asustada por qué? — cuestioné, mirándola. Ella se enderezo hasta quedar sentada, con las frazadas cubriéndole las piernas, y su cabello le cayó por los hombros, aturdiéndome con el aroma.
—Por ti.
—Lo que sea que me suceda, me lo merezco.
—Ya para con eso Bill, me está hartando seriamente — me retó, malhumorada, dándome una ojeada fugaz. Su frente estaba arrugada.
—Es la verdad— dije de forma ligera, dando un sorbo a la san pellegrino de mandarina que estaba tomándome. Joder que amaba estas cosas.
Ella suspiró, el tema lo habíamos hablado muchas veces, incontables veces, y tanto Andy como y opinábamos que yo no merecía otra cosa que una muerte dolorosa. Cosa que hacía rabiar a Dom.
—Andy opina que debes irte esta misma noche— murmuró. Pero yo no estaba sorprendido, el mismo Andy me había dicho lo mismo, pero de una forma muy diferente aquella mañana, y como era de esperarse, nos mandamos directo a la mierda.
—No me iré Dom, deja de preocuparte que no va a suceder nada— dije, pero era más como para creérmelo yo. Porque ella no podía pasarle nada y eso era suficiente para tenerme tranquilo. Finalmente era su padre el que venía, por mucho que viniera acompañado por ese maldito bastardo mal nacido. Ella estaría segura con su padre, y realmente no me interesaba que es lo que pudiera suceder conmigo. Probablemente si me topaba a solas con aquel miserable terminaría con una navaja en la garganta o un tiro en el pecho, pero aquello no me preocupaba nada. Pero finalmente, los días se nos terminaban, y yo debía volar de vuelta a Alemania con Tom, ya que la presión por nuestra ausencia apenas si podía ser sobrellevada por los G´s y David estaba deseando matarme lentamente por irme así, sin avisar y sin fecha de regreso. Pero para nuestros fans, Tom y yo nos estábamos dando unas vacaciones de puta madre.
Había pensado por mucho tiempo, y no había decidido nada. Lo único que tenía bien claro es que pronto me marcharía y pensarlo me hacía sentir un dolor atroz. Pero primero tomaría las cosas conforme llegasen, y lo que seguía, era la llegada de ese papanatas de Piero, que venía con la necedad más grande del mundo, como si aun viviera en el siglo dieciocho. Casar a su hija, como si fuera un objeto. Vaya estupidez. Y no quería ponerme a ahondar en el asunto, ya que ese hecho había logrado destruir nuestras vidas de cierta jodida y extraña manera.
Por algunos minutos, reinó el silencio.
—Oye Bill— Dom me dirigió una mirada profunda, de esas que aplicaban descargas eléctricas a mi ajado corazón — ¿no extrañas tu vida?
—¿Extrañar mi vida? — cuestioné, alzando una ceja. ¿Es que éramos fantasmas o algo? — no entiendo ¿me estoy perdiendo de algo?
—No — ella se rio, y la risa llenó de luz el salón — me refiero a tu vida de estrella, la fama, las fiestas, la música, debes pasarlo genial…
—Dime ¿tú que crees que hago yo en mi vida de super estrella mundial? — cuestioné, lanzándole una sonrisa traviesa, a la que ella respondió ruborizándose.
—No lo sé… ¿ir a fiestas?… ¿con chicas?… pasarlo bien con tu hermano, con tus amigos… más fiestas… cantar, subir a los escenarios, posar para fotos…— ella bajó la vista hacia Jockey, que descansaba sobre sus piernas, con los ojos fijos en ella y las orejas alzadas y alerta.
—No, en realidad — me enderecé para poder mirarla de frente — esto no es casi nada diferente a lo que hago en mi día a día.
—¿Casi?
—Si bueno, en realidad tenemos horarios apretados, y pasamos mucho tiempo en el estudio, y otro tanto más de tiempo huyendo de las personas que quieren acosarnos…
—De las chicas que se mueren por ti…
—Eso no importa, lo que importa es por quien muera yo ¿no crees? — ella sonrió apenada, roja como un tomate — además el que disfruta de todo eso es Tom, no yo.
—¿Qué es lo que tu disfrutas?
Lo pensé un poco, mirando las llamas de la chimenea.
—Un buen vino, una buena compañía… últimamente lo que más disfruto es pasar tiempo en un escondido rincón italiano con una hermosa señorita.
—Vamos, sé serio — se rio, abochornada y encantadora — la mitad del tiempo que has pasado aquí lo has pasado mal, y herido…— añadió, y sus ojos se entristecieron en tiempo récord. Su mano acarició nuevamente mi sien, pero mi herida era cosa del pasado, ahora tenía solamente una cicatriz.
Joder, yo no quería eso. Detestaba que se entristeciera.
—No pasa nada, así tengo historias emocionantes para contar— le dije, guiñándole para tratar de volverla a su ánimo juguetón, tomé la mano que me acariciaba y la besé — y retomando el tema, en realidad hay veces en que la pasamos bastante mal. Sobre todo cuando tenemos conciertos — ella frunció el ceño, claramente incrédula — es verdad, no me hagas esa carita — me reí — hay veces en que los backstage son horribles, los baños de terror, los espacios son vacíos y fríos, hemos enfermado porque comemos cosas en mal estado… en una ocasión, el tour bus se quedó sin agua y no nos percatamos hasta que Georg salió del baño, tuvimos que parar y esperar a que hicieran limpieza porque no podíamos con el olor — solo de recordarlo me entraron náuseas.
Dom estaba riendo por lo bajo, entretenida escuchando mis desgracias artísticas.
—Así que en realidad nosotros apreciamos mucho los momentos de calma, sé que, en las redes y en la web, en Instagram y todo eso mostramos una imagen distinta, pero solo es una foto que lo mostramos, un momento y ya, y el día tiene miles de momentos más en los que a veces solo nos relajamos todos juntos a mirar películas, comer pizza y chatarra y adormilarnos, justo como acabamos de hacerlo tú y yo ahora.
—Aun así, ese equilibrio que tienes, de poder hacer lo que desees… es algo que me gustaría tener.
—Y es algo que tendrás — murmuré, poniendo muy suavemente mi mano bajo su barbilla, para hacer que sus ojos estuvieran fijos en mi — solo hay que encontrar la forma…
—Disculpen…— la airada voz de Andy nos llegó desde la entrada del salón. Dom alejó su rostro del toque de mi mano y acarició la cabeza de su perro. Y yo deseé poder arrancarle la cabeza de un tajo a ese imbécil tan inoportuno.
—¿Pasa algo Andy? — cuestionó Dom, más por cortesía que por interés.
—No es nada, solo necesito hablar con Bill.
—Ahora vuelvo— murmuré levantándome y yendo hasta donde estaba aquel invertebrado descolorido.
—¿Se puede saber qué demonios quieres? — medio gruñí en voz baja.
Andy, metido en su eterno traje, me miraba con mal humor y tenía los brazos cruzados sobre el pecho.
—Supongo que estas consciente que mañana llega Piero ¿no? — cuchicheó el de vuelta.
—Claro ¿y que con eso?
—Supongo también que siendo el necio de los cojones que siempre has sido, no hay posibilidad alguna de que te largues ya mismo ¿no?
—Supones bien pollo— deseché, cruzándome de brazos también.
—Te juro que estas como para romperte la cabeza de nuevo — me amenazó, con los dientes apretados.
—No empieces, que apenas y me he curado— me quejé, señalándome la cabeza. Y es que esos golpes tan imbéciles que me había dado aquel rubio ya estaban a más de la mitad del proceso de cicatrización y apenas si molestaban. No me gustaría empezar todo de nuevo.
—Deberías sangrar por dos décadas seguidas para que yo empezara a sentirme satisfecho — gruñó y yo puse los ojos en blanco.
—Bueno… ¿y para eso has venido a fastidiar? Estamos a punto de comenzar a ver Harry Potter y el cáliz de fuego y esa — puse mi dedo índice frente a su rostro — es mi peli favorita de toda la saga.
—No idiota, en realidad he venido a preguntarte que puñetas piensas hacer mañana, cuando Piero y Gioaccino lleguen. No puedes estar como has estado estos días, por toda la casa como si fueras el puto dueño. Entiende que, si te topas con Gioaccino, vas a estar en serios problemas.
—Bien puedo meterle un tiro entre ceja y ceja.
—De poder puedes, pero si no hay un motivo fuerte para que lo hagas, tu terminarás con otro tiro igual.
—¿Cuánto tiempo se piensan quedar? ¿lo sabes?
—Solo el fin de semana— respondió Andy, mirando hacia atrás de mí, donde estaba Dom entretenida con su cachorro.
—Bueno…— me fastidiaba el hecho de tener que aceptar mis derrotas — ¿qué me recomiendas que haga mientras estén aquí? ¿jugar matatena?
—Deberías pirarte con tu hermano, encerrarse en su habitación de hotel, pedir servicio a la habitación y poner un par de guardias armados en la puerta. Si quieres te presto un par de aquí.
—Descartado— casi tartamudeé, sintiendo un extraño escalofrío engancharse a mi espina.
—Segunda y arriesgadísima opción — suspiró, derrotado también — quedarte encerrado y en silencio en tu habitación todo el tiempo que ellos estén aquí, y rezando para que nadie sospeche nada.
—Bueno, tomaré esa opción— ni me la pensé, el domingo tendría que estar regresando a Alemania y aun no estaba preparado para despedirme de Dom, y por mucho que su padre y aquel lamepollas estuviesen ahí, no iba a desperdiciar el poco tiempo que me quedaba.
Andy me dirigió una mirada tan evaluativa que me intrigó.
—¿Qué tanto miras? — me había cohibido.
—Que eres un valiente muy idiota, y yo soy más idiota aún, no solo es tu cabeza está en juego, sino la mía también por permitir que te quedes aquí, pero si no te echado es…
—¿Por qué? — insistí, cuando se quedó callado.
—Porque gracias a ti, Dom esta casi como antes. Tu presencia en ella funcionó de alguna retorcida manera, una muy buena a pesar de tus monstruosos errores. Su padre es un despistado imbécil y ahora no notará apenas un cambio en su hija, porque de haberla encontrado como la encontraste tu… sin exagerar, nos hubiera mandado asesinar a todos. Así que goza de tu buena suerte Bill… no eres del todo malo, solo eres un tarado inmaduro, influenciable y manipulable, pero espero que hayas aprendido un poco de la super cagada que cometiste, para que no la repitas en el futuro — Andy me lanzó una sonrisita casi imperceptible — ahora te dejaré para que vuelvas con ella y terminen su maratón, y antes, pediré que les sirvan aquí la cena. Una gran hamburguesa con patatas ¿te parece? Buenas noches.
Me quedé perplejo. Andy era en verdad raro de narices. Sus cambios de humor eran alucinantes, podía mostrarse amenazador, reflexivo, asesino y amable en cuestión de segundos. Me quedé de pie, un poco descolocado.
—Vale… — musité, aun confuso — gracias…
Y volví sobre mis pasos a disfrutar de los últimos momentos a solas que iba a tener con mi duende.
Continúa.