«458 Italia» Fic de Shugaresugaru
Capítulo 37: Desenlace
By Andy
Como era de suponerse, no pude pegar el ojo durante toda la noche, y luego de intentarlo por un par de horas sin obtener éxito, me rendí. Tanto Dominique como Bill estaban en sus respectivas habitaciones, durmiendo esperaba yo. Tranquilos y ajenos a mis malos presentimientos. Me vestí y luego deambulé por la casa en completa oscuridad, pensando y tratando de calmar mis sospechas. Pero es que las cosas no estaban tan bien como me gustaría. Gioaccino no confiaba un ápice en mí, deseaba matarme, estaba seguro, y solo estaba buscando el motivo ideal para poder hacerlo. Yo no le temía en absoluto, pero me preocupaba Dom, y estúpida e irónicamente, también Bill.
Mientras más lo rumiaba, más monstruoso me parecía realmente lo que Gioaccino había hecho, de engatusar al tarado de Bill y ponerlo en contra de Dominique sin el más mínimo escrúpulo. Si quería hacerlo a un lado, debió utilizar otra cosa, no aquello que había herido a Dom de tan horrenda forma. Y el horror le llegó cuando le avisé, hacía meses, que ella había atentado contra su vida. Si ahora Gioaccino se topaba con Bill, estando el aquí en la villa, lo mataría sin pensárselo y luego me mataría a mí. Y eso acabaría también con Dom. Y luego, estaba seguro, es estúpido gemelo estrambótico y pasota de Bill causaría un sinfín de problemas, se sabría la verdad, sería todo un puto caos.
Ah… suspiré, pasándome las manos por el cabello.
¿Por qué todo tenía que ser tan complicado?
Y Piero no era ningún seguro. Confiaba en Gioaccino demasiado, y romper esa confianza iba a costar mucho trabajo, porque Gioaccino no cometía errores. Pero tampoco era perfecto, y yo sospechaba ya demasiado de él. Más aun desde nuestro último encuentro, donde le solté en toda la cara el descubrimiento de Bill, algo que lo descolocó a tal punto, que prefirió marcharse. Mas le valía no tener ninguna sucia intención con Dominique, porque en ese caso, yo lo descuartizaría lenta y dolorosamente con un cuchillo caliente y oxidado.
La noche avanzó quizá demasiado rápido, y la primera luz del alba me sorprendió aun cavilando.
A las seis, las muchachas comenzaron a abrir las cortinas, preparar la cocina y los desayunos que iban a servirse. Las llegadas de Piero siempre causaban mucho revuelo. La actividad era incesante una hora después, cuando salí de mi habitación luego de lavarme la cara para despejarme. Lucy, una de las muchachas principales se afanaba en la habitación de Piero, la más alejada y grande de la villa y el aroma del café, del jugo y de la fruta recién cortada ya empezaba a sentirse en el ambiente frío de la mañana.
Me detuve fuera de la puerta de Bill, pensando. Era tan cabezón que no comprendía que corría verdadero peligro. Si algo le pasaba, iba a ser muy jodido de explicar, más que nada por la presencia de su estúpido hermano que sabía bien todo.
Maldita sea.
Me retiré antes de que la idea de cerrar con llave desde fuera fraguara en mi mente. Bill no era un mocoso pequeño, y estaba bien advertido, y yo no podía perder tiempo en cuidarlo. Ojalá los cielos le iluminaran la mente y se quedara encerrado hasta que Piero y compañía se hubieran pirado. Si se dejaba ver y algo le pasaba, sería toda su culpa.
—¿Qué es lo que sucede Andy? — cuestionó mi madre, viéndome pasearme por el salón como un león enjaulado. El lugar estaba impecable. No quedaba ni rastro de la noche de maratón que se habían montado Bill y Dom viendo esas películas aburridísimas de magos y brujas que amaban tanto. Durante su noche, se habían puesto incluso las mantas a modo de túnicas y con los atizadores de la chimenea a modo de varitas, imitaron la película.
Par de bobos. Eran tal para cual. Aunque debo reconocer que me descojoné de risa cuando Dom le grito innombrable a Bill. Le quedaba al pelo.
—Estoy preocupado — confesé, sacando todo de mi mente, necesitaba estar más lúcido y atento que nunca.
—¿Y qué es lo que te preocupa? — volvió a cuestionarme mientras encendía un par de velas aromáticas sobre la mesa al lateral del sofá.
—La llegada de Piero, el hecho de que Bill esté aquí. Me preocupa que vea mal a Dom, además de ciertas noticias que va a darle… me preocupa todo — reconocí, dejando caer los hombros.
Mi madre me evaluó con su mirada, dulce y comprensiva como siempre. Su ojo saltaba al ritmo de mis alocados nervios.
—Yo también estoy un poco preocupada, pero ahora Dom está casi bien, eso es lo más importante ¿sabes? Ella se ve diferente. Algo está cambiando en ella… y en cuanto a Bill… no lo sé Andy, ese chico es extraño, pero ha ayudado a que Dom esté mejor… solo esperemos que Gioaccino no lo vea. Esperemos que haga lo de siempre, venir con Piero y luego irse a atender sus asuntos.
Deseé fervientemente que mi madre tuviera razón, pero algo me decía que aquello no iba a pasar.
Hacia las nueve de la mañana, tanto Giovanni, así como Lamont, Jacopetti, Gianni y yo mismo esperábamos en el porche, pues, puntual como siempre, el auto de Piero estaba entrando en la villa, crujiendo las ruedas sobre el camino de grava. Le lancé una mirada de aprehensión a la casa, y deseé que Bill me hiciera caso y no anduviera exhibiéndose por ahí como acostumbraba hacer. Su auto estaba bien escondido en la parte más oscura del garaje, cubierto por una lona y detrás de un jeep todo terreno, y no había más indicio de su presencia. Pero era inútil, ese estúpido era imposible que pudiese pasar desapercibido. Al menos esperaba que el potente somnífero que le había colado en la cena, y del cual nunca sospechó nada el idiota, durase hasta que pudiera ir a advertirle una vez mas que no era bueno dejarse ver por nadie durante el fin de semana.
Al ver a Piero descender con paso majestuoso del auto, seguido por el ropero que era Gioaccino, pensé en cómo podía el vivir tan bien y feliz en Módena, tan condenadamente lejos de su única hija. Los riesgos, a mi parecer, no eran tantos comparados con la separación. No sabía si yo tendría hijos en algún momento de mi vida, pero estaba seguro que, de tenerlos, no podría vivir separado de ellos. Pero luego recordé lo que me contaran antaño, cuando una Dom más joven vivió en Módena, en la majestuosa mansión del fallecido Enzo, y en como los atentados y los ataques eran tan frecuentes, que su padre tuvo que poner el país entero de por medio para protegerla.
Ahogué un suspiro de tristeza, y por mi bien, mis ojos se mantuvieron fijos en el paisaje.
—No, ya dije que no — Piero como siempre, hablaba por teléfono celular — no me interesa si puede pagar diez autos al mismo tiempo, está en la lista negra, no se le vende un solo Ferrari más, no permitiré que destroce uno solo más — el padre de Dom avanzó hasta la puerta, donde estábamos todos más quietos que estatuas — que tal Andy ¿Cómo va todo por aquí? — saludó, bajando el teléfono.
—Buenos días señor — respondí — todo está en orden — dije, y sentí que aquello era solo una descarada mentira.
—¿Mi hija se ha levantado ya?
—Aun no sale de su habitación señor.
—Bueno — volvió a llevarse el teléfono al oído — desayunaré en la terraza y cuando termine, iré a verla.
—Como ordene — dije, pero no me escuchó, ya que se adentró con paso rápido. En cambio, Gioaccino caminó despacio, mirando hacia todos lados y respirando profundamente, hasta detenerse frente a mí. El penetrante aroma de su loción Armani me hirió las fosas nasales.
—Ah… Andy, Andy, el pequeño Andy ¿Cómo van esas costillas? — suspiró y luego sonrió con malevolencia — vaya que te encanta romper las reglas ¿no es así? — dijo de modo afable, pero yo sabía que detrás de sus gafas, sus ojos estaban ya matándome lentamente — vas a tener muchos, pero muchos problemas.
Sentí que los nervios me carcomían cuando el jodido ese se metió en la casa, dejándome solo y muerto de preocupación. De cierto modo lo supe. Gioaccino sabía que Bill estaba aquí, y me haría pasar un infierno por eso.
By Bill.
La vida en aquella villa italiana comenzaba temprano, si es que sus cuidadores dormían alguna vez.
Al abrir los ojos, una punzada aguda de dolor me atravesó la cabeza. El sol se alzaba ya bastante en el firmamento y entonces me di cuenta que me había dormido profundamente, y me sentía igual que cuando tenía resaca. Algo extraño, porque la noche anterior, no había bebido una sola gota de alcohol.
Era raro de narices.
Me levanté de golpe, y luego de sostenerme sentado sobre la cama mientras se me pasaba un repentino mareo, me duché y me vestí con rapidez. Alistarme el cabello era un engorro, pero disponía de ciertos lujos en aquel lugar, por lo que luego de unos minutos, estuvo tan alucinante como siempre.
Sobre la mesa estaba el desayuno, una bandeja con un vaso de leche, un plato de fruta y pan. No me apetecía en nada, y no lo toqué. A saber, quién y a qué hora, lo habían dejado.
Los nervios me quemaban las manos, y tomé el móvil. No tenía apenas notificaciones, ya que era mi número ultra privado. El móvil con las cuentas que manejaba nuestra banda lo tenía Tom. Y precisamente, las pocas notificaciones en mi móvil eran de Tom, recordándome que, al día siguiente, domingo, teníamos que regresar a Alemania. Pensar en eso me provocaba una verdadera agonía física. Pero decidí no pensar en eso de momento.
Por mera precaución, tomé del cajón al lado de la cama, la enorme pistola negra y la escondí en la parte de atrás de mi pantalón.
Según la hora del despertador del buró, eran las diez y media. Tenía bien en claro las advertencias de Andy, pero Andy podía irse mucho a tomar por culo. Estaba demente si pensaba que iba a quedarme dos días encerrado como imbécil en aquella habitación. Me la soplaban Piero y Gioaccino y toda la mafia junta. Necesitaba ver a Dom.
Salí al pasillo desierto sin hacer apenas ruido, gracias al cielo todo estaba alfombrado, así que mis pasos fueron totalmente inaudibles. Cerré tras de mí y dudé. ¿Debería ir directo a la habitación de Dom? Quizá no fuera lo más sensato del mundo, por si su padre estaba con ella, ¿con que cara iba a presentarme yo? Si eso pasaba, sin duda le ordenaría a ese masca pollas que me llenase la cabeza de plomo. ¿A dónde podría ir? Definitivamente la primera persona a buscar tendría que ser Andy. Seguro que iba a darle mucho gusto verme, pensé con ironía.
Caminé el pasillo iluminado, sin prestar apenas atención a los arcos que formaban el suave y pálido techo abovedado.
Abajo, en el salón vacío, el sol entraba a raudales, tan brillante que me hería los ojos si es que enfocaba la vista en los dorados rayos que se refractaban en el brillante piso de madera pulida. Eché un vistazo por la cocina, pero solo estaban trajinando las chicas que hacían la comida, bajo los ojos vigilantes de Esperanza. Pero no sentí deseos de charlar con ella, sus miradas maternales me indisponían bastante, me hacía sentir incomodo, yo no me las merecía.
En la terraza empedrada y decorada románticamente, Piero charlaba con Andy sobre cosas a las que no les di importancia. Puro tecnicismo. Ante ellos estaba servido un espléndido desayuno consistente en zumo de frutas, pan de centeno, una tarta de nuez, frutos frescos, aceite de oliva con especias y un estofado que olía más a vísceras y cordero que otra cosa. Curiosamente, la comida me hizo sentir un leve despunte de náuseas. ¿Por qué demonios me sentía tan resacoso?
Maldije por lo bajo, no podía hablar con Andy y por su postura, iba a tardarse. Me extrañó no ver por ahí a la víbora ponzoñosa de Gioaccino y el hecho me extrañó tanto, que volví la mirada sobre mi hombro, por si ese hijo de perra estaba detrás de mí, sonriendo como el mismísimo demonio podría hacerlo, pero me encontraba totalmente solo. ¿Dónde estaba entonces ese malnacido?
De repente, me preocupé. Y un escalofrió de anticipación me sacudió la espina dorsal.
Miré hacia todos lados para asegurarme que Dom no estaba por ahí, que no lo estaba, porque de estarlo tanto su padre como Andy estarían pendientes de cada respiro de ella.
No podría contar con Andy al menos por un rato, y si ni Dom ni ese perro sarnoso estaban ahí, entonces estaban juntos, y un latigazo de pánico me hizo congelarme en mi sitio. Irónicamente él era uno de sus custodios, pero yo no confiaba un ápice en él, y por mí, debería permanecer alejado de ella unos diez kilómetros, como mínimo.
Regresé sobre mis pasos, pero no subí por las escaleras alfombradas, sino que salí al jardín frontal, ahí donde la piscina estaba tranquila, con sus turquesas profundidades invitando a un chapuzón. Pasé de largo con una idea en la mente. Si ese maldito estaba con Dom, yo no podría entrar como si nada por la puerta principal. En mi corto tiempo entre tanto jodido custodio, había aprendido a ser cauto y no actuar como un imbécil, habilidad que aprendí demasiado tarde, claro está.
Suspiré mientras me dirigía hacia las escaleras que llevaban cerca de la terraza de Dom, pero de cualquier forma tenía que pegar un buen salto para que mi alta silueta no fuera visible por quien pudiera estar dentro de su habitación.
En mi carrera, noté que ningún custodio se me aparecía, algo raro, pues la casa siempre estaba llena de ellos, mínimo esperé ver a Giovanni, o a los otros nuevos cuyos nombres ya había olvidado.
Cuando llegué al pie de las escaleras, subí tres peldaños, y después me colgué de la balaustrada de piedra del remate de la terraza, y con los pies apoyados en los salientes rocosos de la pared, rodee la terraza sin posibilidades de ser visto, y cuando estuve a salvo, cubierto por la pared y lejos de los enormes ventanales, trepé sin problema, y cuidándome de no hacer el más mínimo ruido me acerqué, y entonces, al pie de las puertas que estaban abiertas, me congelé al escuchar claramente la voz de ese asqueroso desgraciado.
—Vaya, veo que has recuperado peso— le dijo, y su voz me pareció más siniestra que nada.
Con infinito cuidado, asomé apenas la cabeza, encontrándome a Dom sentada sobre su cama en pose de flor de loto, con su portátil sobre las piernas. Estaba completamente vestida con vaqueros de mezclilla clara y un elegante suéter negro de manga larga; sus ojos hostiles estaban abiertos de par en par, en donde relucía la mirada más desconfiada que yo había visto hasta ese momento.
Ella no respondió, tenía la mandíbula apretada, pero la mía estaba mucho más trabada debido al coraje que sentía. Decidí permanecer escondido y escuchar antes de cometer alguna estupidez.
—Imagino que no sabes el motivo de esta visita…— continuó él, tanteando el terreno, temiendo tomarla desprevenida, disfrutándolo.
—Se muy bien porque está mi padre aquí, así que ya puedes ahorrarte la visita — habló ella, y su tono era verdaderamente corrosivo, tanto, que me quedé estático. Nunca había escuchado tanto veneno decantarse en su voz. Sin embargo, el no pareció casi afectado.
—¿Ah sí? — cuestionó con voz peligrosa y divertida. No parecía sorprendido por el hecho de que ella supiera los motivos de su padre al visitarla — no me extraña que lo sepas. Pero si me intriga como te enteraste. Fue ese jodido bocazas de Andreus, seguramente.
—No metas a Andy en esto— gruñó Dom, enfadada por el solo hecho de mencionar a su guardia personal.
—Entonces… si no fue Andy… — ese malnacido estaba atando cabos — no… no creo que ese imbécil haya tenido las agallas para… — diablos, ahí estaba hablando sobre mí, y Dom lo supo, porque su piel palideció — las tuvo ¿a que sí?
Ahora Gioaccino parecía enfadado de verdad.
—Eso no es algo que te importe — respondió Dom totalmente imperturbable, molesta.
—¿Sabes? como veo que estás muy bien enterada de que tu papi piensa ofrecerte como mera mercancía, no tiene caso fingir más — el tipo se acercó un paso hacia ella, acción que hizo que Dom tensara cada músculo de su cuerpo y se echase ligeramente hacia atrás — sabes que siempre he estado loco por ti — soltó sin más y fue tanta la impresión que sentí, que mis pulmones se vaciaron de aire, y mis oídos empezaron a zumbar por el odio que contaminó cada gota de mi sangre. Pero me sentía entumecido, incapaz de mover apenas un músculo.
—Y así te morirás— respondió mi duende, tan indefensa y vulnerable como un gatito bebé ante ese maldito alacrán. Estuve a punto de entrar en ese momento y vaciar toda la carga de mi arma en su cabeza, pero lo que escuché a continuación me dejó en estado de shock.
—No lo creo… porque antes de aceptar que te unas a ese inútil principito consentido heredero de Fiat, te tomaré un poquito en retribución a todos esos años que desperdicié por culpa de tu imbécil padre, después podrás pertenecerle a quien quieras, pero tu primera vez, será totalmente mía.
La cabeza me zumbaba y parecía que el mundo se me nublaba. ¿en verdad ese maldito acaba de decir esa bestialidad? Pero estaba totalmente loco, jamás lograría ponerle un dedo encima a Dom, lo haría quizá, pero sobre mi cadáver, y probablemente si me mataba, mi propio fantasma se lo impediría.
Mi corazón latía tan fuerte, que sus latidos resonaban en mi cabeza dificultándome la audición, pero pude ver como Dom sonreía triunfalmente.
—Me temo que has llegado tarde — dijo con petulancia. No parecía sorprendida por lo que ese cerdo asqueroso acababa de decirle, lo que confirmaba lo que yo siempre había sospechado — porque esa experiencia, se la ha llevado Bill, y hace mucho tiempo.
Joder. ¡Joder! ¿ella de verdad había dicho eso? Sacudí a medias la cabeza para despejarme del aturdimiento de quizá haber escuchado mal.
Pero la actitud de Gioaccino me hizo notar que en realidad ella sí había dicho eso. Y pese a las circunstancias, mi pecho se llenó de orgullo, pero dejé la sensación en el olvido, ya que ese maldito avanzó dos pasos hacia ella, destilando odio y desconcierto por cada poro.
Parecía no ser capaz de creer en lo que ella le había dicho, tanto que le costó encontrar su voz.
—¿Estas…? —se rio de pura y rabiosa incredulidad — ¿me estás diciendo que dejaste que ese asqueroso nazi te follara igual que a un animal? No puedo creer lo bajo que has caído Dominique.
Ella levantó la nariz en una clara actitud desdeñosa.
—No me interesa. Cree lo que quieras, y si haces lo que dices, solo encontrarás las sobras de lo que él ha dejado.
Aquello era demasiado, sentí que mis miembros perdían la fuerza por un momento, pero cuando él se inclinó sobre ella, llevando su inmundo rostro a escasos diez centímetros del de ella, la rabia me poseyó por completo, y llevé la mano a mi pistola, que aguardaba lista en mi espalda para escupir todo el infierno de plomo ardiente y devastador que escondía la pólvora de sus balas. Tuve el buen tino de sacar el móvil de mi bolsillo, teclear el número de Andy a toda velocidad y enviar un simple y escueto mensaje: 911. No hacía falta escribir más, el sabría perfectamente donde se estaba desarrollando la crisis, y yo rogué porque no tardara. Necesitaba que el viniera, para atestiguar el asesinato de aquella alimaña.
—Tantos años esperando no sirvieron para nada. No eres más que una pequeña y vil ramera, ya no sirves para nada, pero obviando eso, te portarás como una niña buena y le dirás a tu papito que quieres ir a dar una vuelta conmigo, será lo más interesante que hayas hecho hasta el momento, creo que tendré que cerciorarme de que lo que dices sea verdad, y si lo es, me temo que sufrirás. De cualquier modo, siempre puedo obtener una muy buena suma de dinero por ti — le dijo, y estaba a punto de irse sobre ella, cuando mi voz lo detuvo.
Ninguno notó como me hice presente, sin apenas hacer ruido al caminar sobre la alfombra pálida de la habitación, como un espectro, con el mismo ánimo que un demonio buscando venganza.
—Qué pena arruinarte los planes, cerdo— conseguí articular, pues la inmensa rabia que sentía aun me tenía levemente trabada la mandíbula. Tenía el brazo estirado hacia él, con la pistola lista y sin el cerrojo — aléjate de ella, o tragarás balas por el trasero.
Dom me dirigió una mirada de verdadero pánico, y su mandíbula temblequeó penosamente. Tan vulnerable que vi todo rojo detrás de mis ojos.
Gioaccino se volvió para mirarme con su típica altanería, y verdaderos deseos asesinos desprendiéndose del metálico azul de sus ojos.
—Ah, pero mira a quien tenemos aquí — clamó con sarcasmo, pero al menos, alejándose de ella un poco — al mismismo nazi de alcantarilla, y jugando con armas, además. Ten cuidado niño, que te puedes lastimar.
—El único que saldrá lastimado aquí serás tú, o, mejor dicho, con más propiedad vaya, con los pies por delante.
—Ah… los niños de ahora, creen que todo es tan fácil. Pero tanto tú como yo sabemos que no tienes los cojones suficientes como para acabar conmigo — se burló, pero algo lo hizo permanecer en su sitio, y se mostraba precavido.
—Piensa lo que quieras, de cualquier manera, no serás el primer malnacido al que mate, contándote a ti, serían tres, no me temblará el pulso ni nada por el estilo, te lo aseguro — respondí, ya harto de tanta palabrería. El tipo no tenía salida ante mí.
—Bueno, creo que tu adorado Führer estará más que orgulloso de ti, y deseando recibirte en el infierno — puse los ojos en blanco. El pobre estaba más traumado con mi deshonroso antepasado que los propios alemanes, aunque yo hubiese estado feliz de ver morir a ese maldito en una cámara de gas, era lo menos que se merecía.
—Ya supéralo— dije, fingiendo estar aburrido — tus argumentos son tediosos y faltos de imaginación, por no mencionar además, que son incultos, vergüenza del propio Mussolini deberías sentir tu — añadí, porque si íbamos a hablar de pasados deshonrosos, el de él era aún peor que el mío.
— ¿Y de qué vas? ¿Qué rayos haces aquí? Niñato pijo de mierda. Te advertí que no pusieras un pie aquí, pero eres un necio hijo de perra —uh, el tipo empezaba a perder la paciencia — deberías estar en tu mundito de colores con tu banda de subnormales haciendo esa música suya que no vale una mierda, no aquí queriendo jugar a ser mafioso, o quizá solo eres un masoca suicida y estúpido, como sea, sabes que no tienes oportunidad alguna ante mí.
Pasé por completo de él. Dirigí mis ojos hacia Dom, que parecía estar petrificada por el pánico, pero no tenía nada que temer. Jamás permitiría que Gioaccino le hiciera daño, aunque yo tuviera que morir para evitarlo.
—Estarás orgulloso de tu obra— me dijo aquel, que había captado mi mirada de adoración hacia la chica que permanecía de piedra sobre su cama — pero me temo que hay un pequeño secretito que un no sabes, una linda sorpresa para ti, confío en que me darás un minuto antes de asesinarme — dijo sonriendo con saña, con una amabilidad tan fingida que causaba verdadero repelús, y fue tan rápido como un parpadeo el tiempo en el que llegó hacia ella, le tomó la mano izquierda con la misma rapidez y subió de un tirón su manga negra, por más que ella forcejeó, tratando de zafarse, mientras a gritos repetía la palabra No.
Mis cejas se juntaron y no lo comprendí de momento. La piel blanca inmaculada del brazo de Dom estaba atravesada de forma vertical por una línea mucho más oscura y siniestra, y esa línea era claramente … una cicatriz. Una profunda cicatriz.
La pistola temblequeó en mi mano.
—No…
—Veo que no lo sabías — dijo en el mismo tono, asesino y burlón. Dom arrancó su brazo de la mano que la apresaba, y bajó la manga, avergonzada — y si, mi querido nazi, resulta que, gracias a ti, ella intentó matarse y de qué manera salvaje, — fingió que contaba un apasionado chisme — lo hubieras visto, y por poco lo consiguió, y después de entregarse a ti, pero que desgracia…que decepción… que arrepentimiento debe sentir.
Dominique sollozó sobre su cama, cubriéndose el delicado rostro con ambas manos. Su frágil silueta no emanaba más que pena y vergüenza,
Trastabillé hacia atrás, en shock, asqueado, anonadado ante lo que veía… ella había intentado… suicidarse… ahora todo tenía sentido, todo encajaba…
Sí, no había duda alguna, se había cortado las venas, por mi culpa. La pistola tembló más en mi mano, y estuvo a punto de irse al suelo, cuando la puerta se abrió violentamente, dándole paso a un furioso Andy, que había tardado escasos cinco minutos en responder a mi llamado.
Alcancé a vislumbrar que, tras Andy, nada menos que la silueta de Piero se recortó contra el umbral de la puerta. Sus ojos lánguidos recorrieron la escena, y al verme, aquellos ojos dejaron de ser lánguidos y me traspasaron con sorpresa, y luego, con furia, pero no le dediqué más que un segundo de mi atención. Me sentía destrozado, con el alma fragmentada, rota, y deseando volver el arma contra mi cabeza, para terminar con la agonía que repentinamente sentí al saber que más que Gioaccino, más que los grupos criminales que la perseguían, más que cualquier otra persona en el mundo, el asesino de Dom, era yo.
Andy tampoco perdió mucho tiempo en mí. Ver a Dom sollozar de manera tan desconsolada lo puso frenético.
—¿Qué demonios está pasando aquí? — rugió, haciendo el paripé de ir hacia Dom, pero Gioaccino lo detuvo con simples palabras. Palabras que iban expresamente dirigidas a Piero.
—Encontré a este tipo aquí señor, queriendo aprovecharse de su hija, más al ser descubierto, me quiso asesinar — dijo con tal descaro, que mi boca se abrió de puro shock. No había palabras en el mundo que pudieran existir para definir a una criatura tan traicionera, rastrera e inmunda como el tipo que tenía frente a mí. Hipócrita, falso, peligroso.
A pesar de su pena, escuche el siseo indignado en el pecho de Dom, mas no abrió la boca para desmentir a Gioaccino.
Piero me lanzó una mirada de puro odio, de odio e incredulidad. No podía, al parecer, procesar el hecho de verme ahí, de pie en la habitación privada de su única hija, claramente afectado y sosteniendo una pistola contra su guardaespaldas de mayor confianza. Yo no tenía ninguna posibilidad de salir bien librado de ahí. El único que parecía no creer una sola de las palabras de Gioaccino, era Andy, que me miraba con enojo y desconcierto, y su mirada era clara, podía incluso leerlo en sus ojos, un: te lo advertí. Y nada podía hacer él que pudiera salvarme. Y no me importó. Mi mente seguía viajando lejos, pensando en lo que todos me habían ocultado con tanto ahínco.
—Pero bueno — Piero aun me observaba con rabia — chico, es que no puedo creerlo, no me atrevo ni a preguntar qué es lo que haces aquí.
Claramente esperaba una respuesta mía, pero yo no era capaz de encontrar mi voz. Me sentía aturdido, eran demasiadas cosas terribles juntas como para poder procesarlas en tan poco tiempo.
—Veo que no dices nada… meterse en la habitación de una chica es bajo hasta para ti, pensé que eras alguien de verdad decente — siguió el tipo, mirándome como cuando se mira a un peligroso animal que es preciso exterminar.
—Si me permite, señor, con gusto me encargaré de suprimirlo — Gioaccino se ofreció hecho unas pascuas a terminar conmigo, y sacó su arma, dirigiéndola hacia mi — he deseado hacer esto desde que lo conocí. Descuida querido Bill, será algo muy rápido y demasiado fácil para ti.
Y quizá sería lo mejor para mí, me encontré deseándolo en verdad. Bajé el brazo que sostenía el arma, y cerré los ojos, esperando por mi muerte. No volví a mirar a Dom, no tenía la valentía para hacerlo, y su silencio era un potenciador para desear mi propia muerte. De cualquier forma, de haberme defendido, nadie se lo hubiera creído. Eso era lo más triste de todo. Quizá solo hubiese tenido la confianza de Andy, y ni a eso aspiraba. Por fin se iba a cumplir lo que el tanto había deseado, ver mi sangre derramándose desde mi cuerpo inerte.
El tiempo pareció congelarse en ese instante, en el silencio reverberó claramente el sonido del seguro del arma al ser liberado, y al segundo siguiente, llegó una voz en sordina, una voz que yo conocía muy bien, y que brotaba de la bocina del portátil de Dom:
“¿Sabes? como veo que estás muy bien enterada de que tu papi piensa ofrecerte como mera mercancía, no tiene caso fingir más”
Era la voz de Gioaccino, grabada segundos antes, por Dom.
“Sabes que siempre he estado loco por ti” Se escuchó a continuación, y volver a escuchar eso, me hizo revolverme de la rabia y sentir un agudo espasmo de náuseas. Mis ojos se abrieron, clavándose en el rostro de Piero.
Tanto Andy, como Piero y Gioaccino se quedaron congelados, estupefactos, y entonces miré a Dom. Su rostro no mostraba emoción alguna, parecía estar cincelado en mármol.
“Y así te morirás” La voz de Dom sonaba más tenue y delgada en la grabación, mucho más joven y frágil.
“No lo creo… porque antes de aceptar que te unas a ese inútil principito consentido heredero de Fiat, te tomaré un poquito en retribución a todos esos años que desperdicié por culpa de tu imbécil padre, después podrás pertenecerle a quien quieras, pero tu primera vez, será totalmente mía.”
Mi garganta estaba seca, tan seca como el desierto del Sahara, y no quería ni imaginar el shock que el pobre ingenuo padre de Dom estaba sintiendo. Le lanzó a su supuestamente confiable guardaespaldas tal mirada de conmoción, que por un momento sentí lástima. Andy en cambio, lo miraba con tanto odio, que incluso yo sentí miedo.
Gioaccino no se lo podía creer. El, que se mofaba de ser tan listo, tan inteligente e invulnerable, había quedado expuesto de una manera en la que no había salvación alguna.
En su desesperación y su furia, arrebató el portátil del regazo de Dom y lo lanzó contra la pared con mucha fuerza. El ordenador se hizo pedazos, los componentes saltaron por todas partes y la pantalla de plasma se hizo añicos, pero incluso con aquel estruendo, nadie se movió, salvo Dom, que se encogió. Temí que a Piero fuera darle ahí mismo un ataque al corazón.
—Esto es una vil mentira — bramó, desesperado — un montaje, un montaje de esta estúpida mocosa.
—Ninguna mentira ¡maldito! Yo lo he presenciado todo. ¡aléjate de ella de una puñetera vez! — reté, sorprendido ante la firmeza de mi voz. Temía que de mi boca solo pudiesen salir murmullos.
—¿Quién va a creerle a un pequeño mierdecilla como tú? — ladró hacia mí.
—Puedes romperme todos los portátiles que desees— la voz de Dom era apenas un murmullo apagado. Lágrimas corrían por su delicado rostro, y su mirada nunca se levantó — pero la grabación la he enviado a Andy, a mi padre, y a todos los custodios de la casa. Nunca se podrá eliminar… todos sabrán tus sucias intenciones y lo falso y traicionero que eres.
Gioaccino se puso pálido, era la primera vez que le veía perder esa fría y claramente ensayada compostura de la que tanto se vanagloriaba. En su conmoción, le dirigió a Dom una mirada asesina, una mirada que todos captamos a la perfección, y al momento en que hicimos el intento de acercarnos a Dom tanto Andy como yo, aquel maldito se abalanzó sobre ella y la arrastró sin cuidado alguno, poniéndola frente a él. No importó cuánto trató ella de evitarlo, fue mucho más rápido que todos nosotros. Tanto el cañón del arma de Andy como el mío propio estaba apuntado en él, pero no nos atreveríamos a disparar cuando ese miserable se escudaba tan cobardemente detrás de Dominique. El coraje burbujeaba en mi sangre tan fuertemente, que en realidad sentí que podía despedazar a ese maldito con mis propias manos. Pero no así, no mientras ella estuviera en medio de todo.
—Atrás, bastardos — amenazó, jadeando. El cañón de su arma presionaba con fuerza la delicada sien de Dominique — atrás, o la mataré frente a todos ustedes.
—¡Suéltala! ¡suéltala maldito! — los gritos enloquecidos de Andy retumbaron en mis oídos. El rubio pollo entró en acción, algo que yo no había visto hasta el momento. Agitó su arma y acortó la distancia, ansioso por disparar y liberó el seguro, acerrojando una bala en el carro del arma. En respuesta, aquel cerdo tensó su arma sobre el cráneo de Dom, que trataba de zafarse sin lograrlo.
—Para atrás, estúpido — Gioaccino se alejó hacia el ventanal, arrastrando a Dom con él.
—Suelta a mi hija— la voz de Piero era sepulcral, y estaba cargada de una autoridad desconocida para mí, pero también, empapada de pánico — suéltala, y prometo que tu muerte será rápida y sin dolor, de lo contrario, haré que sufras hasta tu último aliento, ese que prolongaré por mucho tiempo.
Gioaccino resollaba como un animal acorralado, sus ojos mesiánicos despedían chispas de locura paranoide y peligrosa, mientras caía en la cuenta de que no podría ni salir a la terraza sin morir en el intento. Finalmente, su enloquecida mirada se detuvo en Piero, y su mano aferró con más fuerza a Dom por el cuello. Dios mío, el terror me hizo casi convulsionar. ¡Es que ese maldito podía sin ninguna dificultad romperle el cuello!
—Todo esto es tu culpa — le dijo al que fuera su jefe — es tu asquerosa culpa, jamás debiste poner tus asquerosos ojos en Jadranka — gruñó. Joder ¿y que tenía que ver la madre de Dom en todo aquello? — ella era la mujer que había escogido para mí, y tú me la arrebataste — prosiguió, y de repente su rostro se ensombreció — y ella tuvo su merecido por no haberse decidido por mi… y mira, sin quererlo ha engendrado su propio clon en miniatura, la ha dejado para mí, y esta vez, nada ni nadie podrá quitármela — añadió, apretando más a Dom contra él, ella se revolvió frenéticamente, asqueada y aterrorizada, suplicando por ser salvada, pero estábamos atados de manos, aquel maldito no dudaría en matarla, y podría hacerlo con una facilidad atroz. Los ojos de Andy estaban inyectados en sangre, casi se le salían de las cuencas, jamás había visto a nadie tan encolerizado como él, su coraje se igualaba casi al mío.
La comprensión brilló en mis ojos. De modo que era eso, una añeja herida en el corazón pútrido de aquel ser carente de alma nunca había cicatrizado, y ahora pretendía sanarla, no con la mujer que lo había rechazado, sino con su hija. Sentí verdadera tristeza por la madre de Dom, seguro estaría revolcándose de ira en su tumba.
Dominique estaba en shock, se quedó muy quieta, los ojos dramáticamente abiertos demostraban que comprendía al fin porque aquel cerdo estaba tan obsesionado con ella. Y yo sabía que varios detalles se me escapaban, pero no había tiempo para perderlo pensando en eso.
El siguiente en hablar fue Piero, y su voz siniestra me hizo congelarme en mi sitio.
—No irás a ningún lado, ni tendrás absolutamente nada de mi hija, — dijo, hablando con los dientes apretados al igual que sus puños, cuyos nudillos estaban totalmente blancos — porque antes de que le pongas las manos encima, antes de que le toques un solo cabello con tus asquerosas manos, prefiero matarla yo mismo.
Tanto Andy como yo mismo, y hasta Gioaccino nos quedamos de piedra ante lo que Piero acababa de decir. Pero aquel tipo tan rico y tan poderoso, no parecía aceptar estar en manos de tan nefasto elemento. La lanzó una mirada rara a Andy, como ordenando que se le obedeciera. Piero le ordenaba, sin hablar, que matara a Dom, quien bajó la cabeza, aterrada ante lo que parecía ser su destino. Pero no, Piero estaba demente. Tan demente como ese maldito que la tenía atrapada.
Andy y yo estábamos hiperventilando, y al borde del colapso. Aquel tipo rubio era capaz de volarse la cabeza si Piero se lo ordenaba y si eso aseguraba el bien de Dom, pero el hecho de que le ordenasen que acabara con la vida de quien con tanto celo protegía, iba más allá de cualquier tipo de entendimiento. Andy negó con la cabeza.
—No, no será así…—respondió el mafioso — y dirigió entonces su arma al amplio pecho de Piero — el primero en morir aquí serás tú, y después tu encantadora hija, y después este par de imbéciles, me encargaré de que tengan una bonita cripta familiar.
En ese momento Andy tensó la mano sobre su arma, anticipándose a lo que iba a suceder. Sus ojos se llenaron de certeza y sentí pavor. Me echó una ansiosa ojeada que no comprendí del todo, y casi que actué por puro impulso. Piero me quedaba a escasos cinco pasos, así que de un salto acorté la distancia que me separaba de él justo en el momento en que sonó el disparo. El padre de Dom dio trompicones lejos en cuanto lo empujé con mi propio cuerpo, y un cuarto de segundo después de escuchar el sonido del arma de Gioaccino, un ardor atroz me corrió por brazo.
— ¡No! — el alarido de terror de Dom me dolió como nunca nada me había dolido antes — ¡Bill no!
“Joder, la bala me ha alcanzado” fue lo primero que pensé, pues a parte del dolor que me achicharraba los nervios, sentí un líquido caliente bajarme por el brazo a una velocidad vertiginosa. Sin duda era mi propia sangre. Pero a pesar del dolor, mi mente estaba lúcida y receptiva al máximo.
Tan solo dos segundos después del primero, un segundo tiro resonó con fuerza, y con el pavor burbujeando en mi garganta, me volví, buscando a Dom con la mirada, rezando, porque estuviera a salvo, pero cuando me giré al fin, toda la escena había cambiado.
Andy estaba agazapado en el piso, en una clásica actitud protectora, cubriendo con su cuerpo a Dom, lo adiviné por el cabello de fuego que estaba desordenado sobre la alfombra y junto a ellos, el cuerpo sin vida de Gioaccino se desangraba a una velocidad aterradora desde el agujero que tenía incrustado en la parte trasera del cráneo.
Aquello me pareció tremendamente raro, tuve que parpadear varias veces para convencerme que era verdad, pero entonces, en la terraza vi a Giovanni, estaba de pie con ambas piernas separadas, y aun en posición de tiro.
Giovanni había sido nuestra salvación. Había tirado con una precisión brutal, asestando en el nicho del cerebro de aquel maldito, que ahora, no era nada más que carne muerta.
Tardé un poco en reaccionar del todo. Al parecer Piero estaba bien, solo en shock, mi empujón había logrado mandarlo al suelo, pero el tipo se incorporó en el acto y me miró con cara de espanto.
Andy se aseguró con la vista de que el peligro había pasado y se incorporó, trayendo a Dom con él. Mis ojos ansiosos la buscaron de inmediato y fui hacia ella para asegurarme que estuviera bien.
—¿Dom? — me incliné hacia su silueta, mirándola con más atención que nunca. Ella parecía no tener nada más que la piel del cuello levemente enrojecida — ¿estás bien? — le aparté el cabello con cuidado, dejándolo caer por su espalda. Ella no me respondió, definitivamente también estaba en shock, llevó sus manos a su boca para ocultar un gesto de horror. Después, al mirarme con sus ojos inundados de lágrimas, asintió y se colgó de mi cuello, dejando escapar un sollozo al fin, lo cual me tranquilizó, porque tenía la certeza que antes de eso, ella ni siquiera estaba respirando. Mis brazos la sostuvieron de inmediato, aunque sentía el brazo izquierdo entumecido y algo torpe.
—Bill, sí, sí estoy bien, pero — su voz sonaba de verdad conmocionada, se atoraba y arrastraba las palabras debido a lo rápido que hablaba — tu estas herido. Hay que ir al hospital, hay que hacer algo. Andy….
—No te preocupes— murmuré contra su pelo, estrechándola con más fuerza contra mi cuerpo que parecía haberse vuelto de piedra — no es nada. Ni lo siento siquiera.
Si me dolía, pero muy poco, a decir verdad.
Me separé de ella unos segundos después, pues su padre se había aproximado, y se veía realmente afectado. Decidí darles solo un poco de privacidad, así que luego de besar la mano de Dom, me retiré a la terraza.
—¿Te irás? — su voz estaba llena de pánico y sus dedos se engancharon a la manga de mi chaqueta.
—De ninguna manera, estaré por aquí, no te preocupes — le aseguré, guiñándole.
—Necesitas atención médica Bill— murmuró Andy, viniendo tras de mí. Giovanni nos esperaba en silencio, sin expresión alguna en el rostro, pero yo adiviné ahí cierta satisfacción escondida en su mirada, por haber matado a aquel malnacido, sinceramente lo envidié un poco — necesitamos también que vengan a sacar esa porquería de la casa, y que sea enterrado en el acto. Giovanni, llama al médico y organiza todo para desaparecer el cadáver y un equipo de limpieza para la habitación de Dominique.
El aludido asintió una sola vez.
—Enseguida, y descuida Bill, estarás bien— añadió de buena gana para irse a cumplir sus encargos.
—Si que se ha lucido — silbé.
—Creo que la bala solo te ha rozado — comentó Andy, parecía genuinamente preocupado. Se paró a mi lado y aprovechando que la bala había quemado la chaqueta que llevaba ese día, la rasgó con sus fuertes manos, revelando la zona herida, desde la cual, manaba la sangre, aunque en menos cantidad que antes — sí, solo ha rozado la piel, pero me temo que necesites puntos — dijo, tocando mi piel con su brutalidad habitual, porque sentí aguijonazos de puro dolor viajar directo a mi columna vertebral.
—Parezco ya un jodido muñeco remendado — me quejé por sus modos tan bestias, alejando mi brazo magullado de sus manos — y has estropeado una chaqueta mango ¿lo sabes?
—Calla, anormal, ya estaba estropeada — espetó, pero sonreía — solo tú puedes preocuparte por una imbecilidad como esa teniendo un rozón de bala que debe arder asquerosamente, y si no te duele ahora, es por la adrenalina que tienes corriendo por las venas, pero créeme, te dolerá de modo insufrible en un rato.
—Puede que tengas razón — dije con un encogimiento de hombros que me trajo un fuerte espasmo de dolor — no me importa, porque valió la pena — escupí hacia la carroña que se seguía desangrando sobre la alfombra.
—Fue bastante jodido lo que acaba de pasar, aun no lo asimilo del todo — murmuró, perplejo — pero bastante atinado, debo decir, el que me hayas llamado — añadió. Tenía las cejas casi juntas — ahora dime, ¿cómo es que sabías que ese maldito estaba con ella?
—No lo sabía— repuse de inmediato — solo lo supuse. Nunca confié en esa basura, y no me equivoqué, y algo me decía que él iba a hacerle algo esta vez, sobre todo por el conocimiento de lo que su padre pretende hacer.
No respondió, pero percibí perfectamente el sonido que hacían sus dientes al rechinar por la furia.
—No puedo creerlo, y para Piero, ha sido un golpe fatal, porque estúpidamente, confiaba de modo ciego en él, así que ahora espero que no se deje llevar de nuevo de forma tan idiota y confíe más en sus instintos, en la palabra de su hija, y en las impresiones de quienes le rodean.
—Suena demasiado bello para ser verdad— murmuré. Comenzaba a sentir calambres extraños en el brazo — ahora iré con Dom.
—Primero lo primero— dijo Andy, mirando hacia la entrada, que se apreciaba perfecto desde la terraza — ha llegado el médico.
El rubio me remolcó hacia dentro de la casa. Piero y Dom seguían juntos, sentados sobre la cama, tomados de las manos y con las cabezas muy juntas.
Dom me lanzó una mirada de aprehensión cuando pasé y me planté.
—¿Pero y Dom? — yo no quería dejarla sola ni por un minuto. Piero me lanzó una mirada insondable que ignoré muy bien.
—Créeme, ella estará bien unos momentos sin ti, ahora más que nunca— dijo Andy en mi oído, sonriendo como hace mucho no sonreía. Y solo por eso, me dejé llevar por él, después de dejar un beso en la frente de mi duende.
Continúa.