«458 Italia» Fic de Shugaresugaru

Capítulo 38: El dolor de la verdad

By Bill

—¿Entonces realmente sucedió?

Andy asintió. La tarde había caído al fin, y todo parecía haberse calmado un poco. Gioaccino había sido arrojado a un profundo hoyo cavado en lo más alejado y solo de la playa, y el equipo de limpieza se afanaba en la casa.

El mar estaba jugueteando tranquilo en la orilla, y justo en la orilla estaba Dom, sentada en una silla, un pedido extraño que fue cumplido en el acto, aunque nos sorprendió por un momento, pero ella parecía disfrutarlo y eso era suficiente. Tenía los ojos cerrados, al parecer gozando del sol que le acariciaba el rostro. Y se abrazaba a sí misma, frotando de forma distraída su brazo izquierdo, cubierto por la manga de un suéter color arena. Y ahora, yo también sabía porque hacía eso. Y era algo verdaderamente lacerante y doloroso conocer la verdad al fin.

—Sé a lo que te refieres— respondió mi acompañante, mirando al frente. Dom había subido los pies calzados con zapatillas deportivas para evitar que el agua la mojara. El movimiento le robó una sonrisa a mi corazón.

—¿Y cómo fue? — inquirí sin realmente querer saber la respuesta.

—¿Para qué quieres saberlo? Tener ese conocimiento es torturarte de más. Y ya no tiene caso. Por mi parte, has ganado también mi perdón y mi agradecimiento.

—Porque necesito saberlo— dije con un hilo de voz. En otras circunstancias me habría emocionado lo que me dijo, pero no ahora, no después de saber lo que ahora sabía — debe haber sido terrible…

—Fue verdaderamente espeluznante— respondió al cabo de cinco segundos mientras yo reflexionaba en ello. Y entonces entendí ese odio mortal de Andy al verme regresar, y a la vez, no entendí como es que no me mató. Eso era lo mínimo que yo me merecía. Si los papeles se hubieran invertido, yo si lo mataba sin pensarlo siquiera — En verdad Bill — dijo, con los ojos cerrados — no es algo que necesites saber.

En ese momento exacto, una puntada de dolor me atravesó el brazo ya curado, haciéndome torcer el gesto. Necesité solo cuatro puntos, una buena limpieza y tres vueltas apretadas de una venda, pero no permití que el medico cotilla ese me pusiera un solo miligramo de analgésicos. No los quería.

Andy y yo estábamos de pie sobre la arena seca, con las manos en los bolsillos y pendientes de Dom, que ni por error nos miraba.

—Debes decírmelo— le dije, sabiendo que la orden implícita en mi pedido iba a cabrearlo.

—Allá tú, no eres un bebé y si eso es lo que quieres, eso es lo que tendrás— gruñó y yo sonreí por haberlo logrado, pero entonces, Andy parecía haber perdido su voz— … ella estaba… realmente destrozada Bill, habían sido semanas enteras llenas de depresión, de llanto e inapetencia, y de una inmovilidad casi absoluta… — consiguió decir luego de tragarse el nudo que se le formó en la garganta tres veces. Mi piel se erizó en respuesta. Todos los poros del cuerpo me picaban — lo hizo el día de su cumpleaños…— murmuró muy bajito, tuve que agudizar el oído para escuchar sus palabras por sobre el rugido de las olas — el trece de octubre pasado… supuse que debí verlo venir, pero nunca sospeché nada. Y no sé cómo no lo vi, porque ella estaba más deprimida que nunca. Y como un imbécil, la dejé sola.

—¿La dejaste sola? — repliqué medio jadeando, porque era imposible que me tragara el nudo de astillas que tenía en la garganta.

—Si— me lanzó una mirada demasiado efímera, y después sus ojos azules reflejaron lo azul del mar — y es gracioso sabes — se rio, pero la risa no tenía una pizca de alegría, de hecho, su risa estaba cargada de amargura — fui a arreglar algunos asuntos con el personal, y ella pensó que había ido a matarte.

Me clavé las uñas en las palmas.

—Así que ella intentó matarse también, porque te diré una cosa Bill…— Andy enseñaba mucho los dientes al hablar, lo que demostraba cuanto le jodía todo aquello— cuando saqué a Dom del mar aquel día en que te fuiste, en verdad estuve a nada, pero a nada de ir tras de ti. Encontrarte hubiera sido tan fácil para mí como respirar, y te habría asesinado lenta y dolorosamente, pero ella me dijo, bueno en realidad me advirtió, que, si yo te ponía un solo dedo encima, ella se mataría y mira… casi lo cumplió, así que ahora ya sabes porque seguiste respirando… siempre estuviste a salvo, porque ella me tenía atado de manos.

Aquello era demasiado, yo no me merecía tanto, es más, no me merecía nada. Y a pesar de los monstruosos errores que había cometido con Dominique, ella me deseaba vivo, incluso pese a su propia vida. Y yo no me lo merecía. No merecía ni siquiera estar cerca de la perfección de aquella frágil muchacha que yo mismo me había encargado de destruir.

Quise mirarla, pero me fue imposible, la vergüenza era demasiado corrosiva y no me atreví a levantar la mirada.

—Regresé a tiempo a casa — prosiguió Andy, porque ya no había modo de detenerlo — y mientras pensaba en si prenderle fuego a tu auto o llevarlo a la playa para hundirlo en el mar… — los escalofríos me hacían temblar tanto que parecía que estaba convulsionando — fue cuando escuché una conmoción en la casa.

Andy cerró los ojos e inspiró varias veces, lo cual me indicaba que la parte horrenda de la historia estaba a punto de comenzar.

—Era un caos Bill… vi a mi madre bajar, bañada en sangre, pensé que la habían atacado. Estaba histérica, y solo logró articular el nombre de Dom para que yo supiera que algo iba verdaderamente mal con ella. Y en efecto… — Andy suspiró — cuando llegué con ella, ya no estaba respirando…

Sentí un mareo profundo, las náuseas me hacían lagrimear por el subidón de culpa y remordimientos que me aturdió y la vista se me nubló, pero me obligué a permanecer de pie a su lado, escuchando, enterándome de lo que yo solito había provocado.

—Se había cortado el brazo, de una manera demasiado salvaje, y se desangraba a una velocidad espeluznante. Giovanni llamó a emergencias y me apartó de ella a la fuerza porque ni los paramédicos podían hacerme a un lado, — otra vez Giovanni. Joder, cuanto le debíamos a Giovanni en realidad — después me vi en la ambulancia con ella, y frente a mis ojos destrozaron su ropa, le llenaron el cuerpo de cables y tubos, y los electrochoques sacudieron su corazón, todo a medio metro de mis ojos… y no había forma alguna en que dejara de sangrar, no la había… — la voz de Andy fue un murmullo quebrado, y vi claramente como descendía una lágrima desde sus ojos perdidos en el horizonte — todo su sistema fallaba muy rápido y su corazón no podía recuperarse del colapso por la monstruosa hemorragia… en el hospital le pusieron un tubo grueso que iba directamente a una vena de su cuello, pero perdía sangre más rápido de lo que se la ponían de vuelta…hasta que entró al quirófano… y sinceramente — tragó saliva al fin, dejando escapar un gran suspiro — su equipo médico fue una maravilla. No permitieron que ella muriera. La intervinieron por horas, sorteando y superando cada obstáculo que hubo y la trajeron de vuelta de la misma muerte. Y algo encontró Dom para aferrarse de nuevo a la vida, porque había muy pocas posibilidades de recuperación y mírala ahora— suspiró de vuelta. Yo también lograba verla de forma borrosa, pero apreciaba el intenso brillo cobrizo de su cabello y el tono cremoso de rosas de su piel contrastando de una forma preciosa con sus negras pestañas, pero mi mente viajaba en un vórtice de caos y de sangre. Me había puesto verde… todo lo que había sucedido… el peor de mis peores terrores se había vuelto realidad, y yo, tan ciego, tan estúpido, tan imbécil, tan en mi mundo, desdeñándola mientras ella se moría…

Limpié con rabia las lágrimas de dolor y de culpa que se desbordaron de mis ojos, era imposible contenerlas al pensar en lo que ella había tenido que pasar tan injustamente, tan triste, tan sola, tan asustada. Apenas si podía pensar en el miedo, en la soledad tan inmensa que le envolvía, en ese vacío tan enorme y perturbador que ella había sentido, en esa tristeza sin fronteras, en donde la única salida que encontró fue perderse en la oscuridad de la muerte. Y todo era mi culpa.

—No es culpa tuya — añadió Andy velozmente, parecía saber exactamente por donde andaba mi mente, que precisamente, ante tanto dolor se volvía hermética y pensaba que el que debería estar muerto en aquellos momentos era yo — no es tu culpa — remarcó Andy con fiereza, separando las palabras con claridad — Dominique llevaba arrastrando su pena desde hacía muchos años.

—En realidad sabes que ha sido mi culpa, por eso sientes tantos deseos de matarme, los mismos que siento yo porque lo hagas— repliqué.

—Mira Bill… — Andy se frotó una ceja, se le veía un poco exasperado — tu solo fuiste el empujón final que ella necesitaba para tomar esa atroz decisión, pero al mismo tiempo, estoy seguro que es tu recuerdo el que ella utilizó para aferrarse durante su regreso.

—Vaya un recuerdo de porquería. No creo que haya utilizado eso como incentivo para luchar por su vida. Solo he conseguido dañarla de todas las maneras posibles…

—Eres un tarado muy necio. ¿ah? Sabes que no. Digo, antes de que echaras todo a perder, se divertían y ella se enamoró de ti, o eso me han contado. Giovanni ya se sentía el padrino de la boda.

Y eso es lo que la convenció. Y de no ser por ti, hoy ella habría sufrido y habría muerto de la peor de las formas a manos de un ser carente de alma y de bondad. En manos de una porquería que la habría mancillado de la peor de las formas, la más cobarde, vil y repulsiva… — “la que yo intenté” pensé, totalmente asqueado de mí mismo — sé que has aprendido de tus errores Bill, lo sé porque ya no siento deseos de acabar contigo.

—Por favor — me quejé, totalmente incrédulo — Eso no repara el daño que le he causado. No entiendo cómo puedes decir que no ha sido mi culpa— resollé con la voz ahogada. A pesar de no haber estado en la etapa más oscura de la vida de Dom, podía imaginármelo a la perfección, y el dolor que me provocaba era atroz, el sufrimiento me impedía respirar — ojalá se pudiera regresar el tiempo…

—Ojalá, pero lo cierto es que no se puede, y todo lo que podemos hacer es seguir con lo que nos queda. Lo que ha pasado es algo terrible, si, lo sabes y lo sabemos todos, pero a pesar de todo, ella sigue y nosotros debemos seguir con ella.

En ese momento, Dom abrió los ojos y me lanzó una ojeada rápida. Su mirada se enganchó con la mía por un segundo, después no pude sostenerla más. Me sentía demasiado avergonzado para hacerlo. A mi lado, Andy endureció su mandíbula y suspiró, haciendo ruidos extraños.

Volví a levantar la mirada. Ella ya no me veía, y yo me preguntaba si es que alguna vez me atrevería a tocarla de nuevo. Pero lo dudaba. Es más, dudaba que pudiera volver a verla una vez más, y lamenté que se quedara enterrada para siempre la aventura de perderme entre sus brazos. El deseo que sentía por ella era demoledor, las ganas de amarla seguían corriendo por mis venas con la misma fuerza que la lava de un volcán, me quemaba el anhelo de poder contemplar para siempre la perfección de su pequeño rostro, de contar las pecas diseminadas por su nariz, de probar una y otra vez esa boca que me había llevado a rozar los límites de la cordura, de seguir con mi aliento el borde suave de su mandíbula que tan bien encajaba con mis labios, de sentir su suave cuerpo estremecerse en mis manos. Joder, como la había desperdiciado, de que estúpida manera arruiné todo…

—Hey, Bill… ¿estás bien? — Andy puso la mano sobre mi brazo recién curado y dolor llameó de forma salvaje. Ahogué un siseo — eres un estúpido masoquista ¿lo sabías?

—Lo sé.

—Haciéndote sufrir a ti mismo no arreglas nada, solamente consigues pasarlo todavía peor. ¿Por qué demonios no dejaste que te aliviaran en dolor?

—Nunca lo pasaré tan mal como lo pasó ella…

—En verdad que tu no aprendes, idiota. A pesar de todo, ella siempre quiso que tu estuvieses bien y a salvo. Y que lo sepas, cuando te ve sufrir, también sufre ella.

—Cállate, eso es lo peor que puedes decirme. Créeme, me sentiría mejor sabiendo que ella me odió con todas sus fuerzas.

Andy volvió a ahogar un gran suspiro de exasperación y se llevó las manos a su rubio cabello, alisándolo hacia atrás para no arrancárselo de raíz.

—Mira, tarado, a ver si te enteras — gruñó— Se llama amor, y el amor desea el bien sobre todas las cosas, el amor crea amor, y créeme, yo te odié lo suficiente como por diez vidas enteras, pero no podemos estar perdiendo el tiempo en eso. Aprovecha lo que tienes, joder. Dominique está ahí, a diez pasos de ti, disfruta el regalo que es su existencia. La parte más difícil ya ha pasado, y chico… se te acaba el tiempo.

Andy sacó la mano de su bolsillo, y me entregó un objeto que yo había perdido.

—Es momento de devolverte esto— musitó, y yo parpadeé varias veces. En mi palma estaba una navaja, muy parecida a la que él me había regalado, pero era diferente, la empuñadura era color marrón y no blanca.

Marrón y no blanca…

Apreté el pequeño botón que sobresalía de la empuñadura y la hoja se levantó en el acto. Afilada, brillante, letal, brillando con su exquisito grabado que resplandecía en el sol. Angustiado, la cerré de inmediato.

—Es…

—Es lo que ella utilizó… y te la devuelvo, porque es tuya en primer lugar, y porque sé que no cometerás una estupidez con ella. Considéralo un recordatorio, uno feroz y cruel quizá, pero que te servirá, de alguna forma lo hará, estoy seguro.

Entonces, mirando el objeto alojado en mi mano lo comprendí. La empuñadura de mi navaja se había embebido de la sangre de Dom cuando ella la hundió en su piel para matarse. Me quedé sin aliento. Mi mano se cerró en torno a la navaja. No estaba listo para procesar el hecho porque si lo hacía, me la clavaría directo en la garganta, así que opté por guardarla. Andy tenía razón, me serviría como recordatorio del peor error que había cometido en mi vida, pero lo arreglaría, de algún modo lo haría.

La noche había caído en la villa, y con ella, se me terminaba el tiempo.

Dom y yo estábamos solos en la enorme habitación de su padre, que estaba tenuemente iluminada. Ella no quiso regresar a la suya por motivos más que aparentes, y su padre le cedió la suya. Nunca antes la había visitado. Era elegante y sobria. La alfombra era color marfil, la cama cuadrada era enorme, había una gran pantalla empotrada en la pared y una pequeña sala frente al ventanal.

Dom estaba sentada frente a mí sobre la cama, sus manos descansando en su regazo y su serpenteante cabello cayendo por su espalda. Un ligero atuendo blanco para dormir la vestía, dejando a la vista sus brazos descubiertos, que ya no se molestaba en ocultarme. No opuso resistencia alguna cuando le tomé la mano izquierda y subí lentamente mis dedos a lo largo de aquella espantosa cicatriz, estaba abultada y sensible a juzgar por las reacciones de su cuerpo ante mi toque. Hasta podía adivinar que aún le dolía. Se estremeció ante mi caricia, pero no me apartó. Estudié de cerca esa espantosa marca, incrédulo ante ella, arrepentido hasta más allá de lo que podría algún día llegar a procesar.

Y no encontraba mi voz, parecía haberse perdido en el nudo de mis entrañas.

Sin contenerme en absoluto, acerqué mis labios a su brazo y la llené de besos suaves como el vuelo de una mariposa, exactamente ahí donde mi navaja estuvo a punto de arrebatarle el aliento. Su piel era suave y olía maravillosamente.

Mi corazón resopló con fuerza cuando su otra mano se perdió en mi cabello, regalándome caricias que yo no merecía.

— Daría mi vida porque esto no hubiese pasado nunca — murmuré contra su piel.

—Se que fue una grave equivocación haberlo hecho— murmuró — pero en verdad, no vi otra salida… pensé… que ya no me querías… y de ese modo ya nada me quedaba…

—Perdóname…— supliqué, envolviendo su cuerpo entre mis brazos — perdóname mil veces, me arrepentiré toda la vida por haberte fallado como lo hice…

—No ha sido culpa tuya — dijo ella, sollozando, hecho que me hizo estrecharla con más fuerza. Mi brazo herido llameó, pero no le hice caso — ha sido todo… pero ahora, con… ese, muerto, creo que todo va a mejorar…

Se escuchaba tan vacilante. Su voz estaba cargada de incredulidad, y de fragilidad, pero también había determinación y un destello de valentía.

Me separé de ella para mirar el espejo de sus ojos, los cuales eran tan hermosos que jamás iba a cansarme de mirarlos. Retuve sus manos entre las mías, no quería dejar de tocarla nunca más.

—No es culpa de nadie más que mía — susurré, y ella ya estaba negando. Sus ojos se volvieron suplicantes. ¿Por qué nadie podía gritarme, matarme, insultarme o algo? Estaba hasta las narices que dijeran que el desastre pasado no era culpa mía. ¡Pues claro que lo era!

—¿Podemos dejar de hablar de eso? — me pidió, derribando todas mis defensas como cuando alguien sopla un castillo de naipes. La miré, indeciso por un momento, y después medio sonreí, derrotado. Era increíble la facilidad con la que lograba envenenar mi voluntad.

—Gracias por salvarme, de ese cerdo… — dijo de pronto, bajando la mirada hacia nuestras manos.

—Ojalá lo hubiera hecho mucho antes… ese maldito malnacido solo logró echar a perder todo — gruñí, maldiciendo la memoria de ese imbécil que ahora se pudría bajo la arena. Gracias a él y sus embustes es que todo se había torcido de aquella espantosa manera.

—Creo que fue en el momento justo… — dijo ella, sacudiendo un poco la cabeza.

—No estoy de acuerdo contigo en eso — conseguí decir — fue demasiado tarde— añadí, viendo la gruesa cicatriz afeando su delicado brazo. Un segundo después, volví a acariciarla ahí mismo. Ojalá pudiera borrarla, regresar el tiempo y amarla tanto, que la idea de planear su muerte jamás se le hubiera cruzado por la mente.

—Quizá, pero ahora me portaré bien — murmuró, con un tono más desenfadado que antes, lo que me hizo fruncir el ceño y pensar en lo que no quería pensar y que era inevitable que pasara.

—No quiero dejarte— susurré, mirando su rostro inclinado. Me exasperaba no poder ver sus ojos para leer en ellos lo que no me decía con palabras. Con cuidado, solté una de sus manos y la llevé a su mentón, levantando así su cara para ver sus ojos al fin, descubriendo calidez y desconcierto en ellos, también una profunda tristeza, y algo de determinación. Y eso me hizo replantear mis pensamientos. Ok, no quería dejarla, pero, ¿Qué pasaría entonces? Mi corazón albergaba muchas ilusiones, vanas desde luego, pero ilusiones, a fin de cuentas. Supuse que seguiríamos en contacto y trataríamos de vernos lo más posible, aunque se me antojaba muy difícil… por un momento odié mi vida llena de actividades que me impedirían verla… a menos que se viniera conmigo… Dios mío, mis fans enloquecerían.

No, imposible. Sacudí la cabeza y fijé mi vista en su carita descompuesta.

—Hay muchas cosas que debemos arreglar en nuestras vidas, no podemos volar con las alas rotas — su voz parecía forzada, y su frente crispada se me antojó de mal augurio— tengo planes, y sueños. Tú tienes tu vida, tu hermano, tu banda, tu familia — murmuró — y ahora, gracias a ti, tendré el coraje para hacer lo que quiero hacer, pero primero debo sanar… sola…

Asentí, mi corazón ya estaba hecho tantos pedazos que esa nueva rotura no dolió demasiado. En términos generales, ella me estaba echando. Y era lo que debía hacer, marcharme y dejar de fastidiarle la vida. Mis ilusiones se fueron al caño y temblé ante el vacío que tendría en mi vida en cuanto me separase de Dom.

—Se que lo harás — conseguí decir tras un minuto de silencio, y mi voz sonó con un tono convincente, uno que ocultaba a la perfección que me moría de pena por dentro — sabes que te amaré por siempre…

Ella permaneció callada, luchando claramente con sus emociones, con el miedo que aún me tenía, con la pena, la incertidumbre y las inmensas ganas que tenía de vivir su vida.

—Bill… no puedo amarte hasta haberme curado a mí misma… — murmuró, pasando sus dedos de forma inconsciente por los relieves de su cicatriz — y darte el amor que nos merecemos.

Las lágrimas corrieron por su mentón al decir eso, pero yo sonreí para tranquilizarla, porque mis sentimientos no contaban en este momento. Ni siquiera pensaba en ellos.

—Sabes que te esperaré por siempre — murmuré, besando sus lágrimas, borrando el camino transparente que dejaban sobre su piel. Odiaba verla llorar — por siempre— susurré sobre sus labios cerrados, rozándolos de forma muy lenta, para después, dejar el más suave de los besos sobre ellos. Su calidez me tomó desprevenido como siempre, y su aroma me aturdía, pero no pensaba ir más allá. Ya era suficiente que ella me dejase estar tan cerca.

Su mano se posó sobre mi mejilla y después estiró el cuello hasta que su boca estuvo pegada a mi oído.

—Sabes que te quiero — susurró. Mis labios dejaron un casto beso sobre su cuello, ahí donde era claramente notorio el correr de su sangre por debajo de la fina capa de piel blanca que la envolvía.

—Lo sé — musité, acariciando su cabello — y me encantaría que fuera suficiente.

—Será suficiente — prometió, apoyando su mejilla caliente en la curva de mi cuello.

La estreché fuertemente, por mucho rato, en el cual, el tiempo volaba, terminándose.

—Debo irme ahora Dom — murmuré contra su pelo, y en respuesta, su cuerpo se envaró — seguramente Andy o tu papá no tardan en venir para echarme a patadas — traté de fingir buen ánimo, pero no funcionó. Rompimos con pesar nuestro apretado abrazo, y mi cuerpo enseguida añoró el calor del suyo, y como no quería presionarla de más, me puse de pie y dejé un largo beso en su frente — recuérdalo, te esperaré por siempre.

Dom asintió, haciendo un gran esfuerzo por no derramar más lágrimas, y yo me obligué a alejarme de ella en dirección a la puerta, pese a que todo mi cuerpo protestaba en contra. Maldición, solo quería volver y abrazarla, y nunca soltarla, pero debía irme.

Sin dejar de mirarla, abrí la puerta, le lancé un beso, y ella me observó salir de su vida con una expresión indescifrable en sus ojos negros.

Sentía que me moría por dentro, pero también sentía que era lo correcto apartarme de su vida, porque ella me lo había pedido consciente e inconscientemente, y era lo que debía hacer, y comportarme como un chico bueno. Además, algo me decía que ahora, ella iba a estar bien. Al menos en esta ocasión no debía salir huyendo después de hacer algo demasiado nefasto.

Afuera, en el pasillo estaba Andy tumbado en un sofá, seguramente me esperaba, ya que se levantó en cuanto me vio.

—Tengo que irme — mascullé, evasivo y el asintió. De pronto, sentí muchísima prisa por salir de ahí, donde aparentemente ya nadie me quería.

—Piero quiere hablar contigo primero — dijo, y yo fruncí el ceño. Desde lo ocurrido con ese maldito en donde le di un buen empujón al dueño de toda la escudería Ferrari, el tipo desapareció. Asentí una sola vez y seguí a Andy unos pasos hasta que entramos en un enorme estudio, que yo jamás había visitado tampoco. Que putada.

El padre de Dom estaba de pie frente a la ventana, fumando un puro que apestaba a pura mierda y con la vista fija en algún lejano punto del horizonte. Mas en cuanto entramos, se volvió, apagó el canuto apestoso ese, e inusitadamente, me sonrió.

—Disculpa Bill, no había tenido oportunidad de hablarte antes, tuve que arreglar varios asuntos un tanto desagradables, como bien sabes ahora… — de repente, me sentí nervioso y me envaré — ahora se todo lo que ha pasado, y sé que he sido un total fracaso como padre, pero estoy dispuesto a remediar todo eso, y gracias a ti, tendré esa oportunidad, porque si no hubieses estado, no lo sé, en estos momentos en donde estaríamos todos.

—Tres metros bajo tierra— susurró Andy en mi oído.

—No tiene que agradecer nada — cuchicheé, incómodo, pensando en si sabría absolutamente todo. Por lo menos sabía que yo le había hecho guarrada y media a su única hija, y pensar en el hecho me hizo ponerme tan rojo como un tomate. El tío aquel levantó una ceja, adivinando por donde estaba yo vagando, ya que hizo una mueca un tanto socarrona y Andy ahogó una risa seca a mis espaldas, la cual trató de disfrazar de tos. Gilipollas.

—Debería molerte a golpes por haber puesto las manos encima de mi niñita, pero no lo haré. Se que has sido valiente, Andy me ha contado las veces que has tenido que sufrir y sangrar solo por querer estar cerca de ella, y si no fueras cantante, y famoso, además, sin duda te contrato como otro guardia.

Pero que poco estaba enterado el pobre.

Puf, me sentí incomodo hasta los cojones, el dolor seguía burbujeando lento en mi sangre, y necesitaba irme de ahí o terminaría arrastrándome como un gusano de alcantarilla pidiendo que me dejen quedarme y Dom había sido muy clara, me necesitaba lejos, de lo contrario, no podría sanarse a sí misma y yo estaba dispuesto a darle cualquier cosa que ella me pidiera, porque la amaba. Y si me quería lejos de ella, si eso le haría bien y la haría feliz, me iría al otro extremo del planeta solo por complacerla.

—No he sufrido ni un diez por ciento de lo que ha tenido que pasar ella — murmuré mirando mis botas…

—Si, también me ha contado que eres un poco masoquista — dijo como si nada y yo volteé para lanzarle a ese jodido bocaza una mirada asesina. ¿Qué tanto había estado contando de mí? — no te preocupes Bill, de ahora en adelante, la vida de mi hija será muy diferente. He cometido un sinfín de errores con ella, pero creo que aún tengo tiempo y oportunidad de cambiar un poco las cosas, y esa oportunidad es por ti, de verdad chico, muchas gracias por salvarla a ella y salvarme a mí — volvió a repetir mientras estiraba la mano derecha hacia mí. Algo que ni de cerca habría yo esperado. Parpadeé, confuso por un segundo, y luego estreché su mano. Sentía mucha incomodidad estando ahí con ese sujeto que pasó de odiarme, a agradecerme con tanta vehemencia — es una pena que debas irte.

—En verdad no tiene nada que agradecerme, solo cuide mucho de ella por favor — y en verdad ese era uno de mis más grandes deseos.

—Lo haré. No lo dudes ni por un momento. Hasta pronto, Bill.

Y salí del estudio rápidamente, seguido por Andy. Mi mente era un torbellino de caos, dolor, incertidumbre y pena. Debía irme y no tenía ni idea de cómo empezar a hacerlo.

—Eso estuvo bastante bien — comentó con cierto aire de admiración, pero no le hice caso. La agonía que sentía estaba aumentando rápidamente. Lancé una mirada anhelante al pasillo que me llevaría a donde estaba Dom, pero ella no me quería cerca, y debía respetarlo. Andy siguió mi mirada — descuida, Esperanza esta con ella, y yo no la dejaré sola ni un solo segundo.

—Cuídala bien, rubio pollo — añadí con tristeza — hazlo por mí.

—No te preocupes chaval, ella estará bien — Andy me miraba de modo afable, sonriendo de lado, no quedaba ni rastro de hostilidad en sus ojos azules — he traído algo para ti — comentó, adelantándose por el pasillo hasta el primer escalón de las enormes escaleras de caracol que serpenteaban hacia abajo. Y abajo, en la estancia, con cara de profunda incomodidad, cruzado de brazos y bien plantado, como solo él sabía hacerlo, estaba Tom. Sentí que me descomponía en el acto, como cuando éramos niños y Tom estaba conmigo y me defendía, me cuidaba, y daba la cara por mi ante todos. Casi estuve a punto de correr hacia él y echarme a llorar en su hombro. Casi. Mi hermano miró hacia arriba, y al verme, su frente crispada se relajó, y pude sentir el mismo alivio que yo sentía extendiéndose por mi mente como frescas lenguas de menta. Nuestra conexión estaba trabajando.

Cuando llegué abajo por fin, lo abracé torpemente solo con el brazo derecho, mientras el me daba uno de sus clásicos abrazos de oso. Se sentía condenadamente bien estar de nuevo con él.

—Pero en que líos te metes hermanito — murmuró en mi oído, viéndome después con ojo crítico — tengo que matar a este imbécil rubio lame bolas supongo. Mira cómo te ha dejado.

Detrás de mí, Andy exhaló con fuerza, casi gruñendo.

—Vamos Tom, no empieces — murmuré, y quizá si estaba demasiado echo polvo, porque Tom parecía en verdad preocupado — debemos salir de aquí — entonces caí en cuenta de algo — ¿Cómo es que llegaste aquí?

—Fácil, llegaron al hotel dos pingüinos iguales al que está detrás de ti, dijeron que me llevarían contigo, y vine.

—Y solo así te fuiste con ellos? — pregunté, incrédulo y rabioso ¿Cómo se atrevería a hacer una estupidez de ese calibre? — y si hubiera sido un embuste ¿Qué?

—No soy tan idiota Bill, reconocí a uno de ellos, de cuando llevaste a tu chica al hotel — dijo como si nada, y un latigazo de dolor sacudió los bordes en carne viva de mi alma — por cierto ¿Dónde está ella?

—Hay que irnos Tom — dije por toda respuesta y al verme, entendió que ni iba a verla, ni debía seguir hablando de ella por ahora.

—Vale— dijo, cortado y un poco exasperado — pues pidamos un taxi o algo.

—De ninguna manera — nos llegó una voz desde las escaleras. Piero bajaba con paso rápido y se detuvo al lado de Andy para hablarle — has que Giovanni los lleve al aeropuerto, el jet los llevará hasta donde necesiten ir.

—Pero que mier… — le di a Tom un pisotón antes de que su bocaza nos metiera en más problemas — …eh… muchas gracias — refunfuñó.

—Nos vemos entonces mis jóvenes amigos — Piero se despidió de mi por segunda ocasión y continuaba con su facha amistosa e inexperta, y debo añadir que era mucho más agradable que su actitud repelente de las veces anteriores.

Nos estrechamos la mano con él y salimos rápidamente al porche de la casa. Giovanni estaba al volante de una enorme y formidable camioneta color vino tinto que prometía ser un bólido. Pero ni siquiera eso pudo distraerme.

—¿Pero qué pedazo de máquina es esta? — casi aulló mi hermano, los ojos por poco le saltaron de las cuencas mientras se subía primero.

—Es un prototipo— murmuró Andy sin darle mucha importancia — es un Ferrari Purosangue.* El auto personal de Piero. Ya sabes, lo está probando.

Vaya, así que incluso Ferrari estaba incursionando en el terreno de los SUV. Increíble pero cierto.

—Pues definitivamente quiero uno — añadió Tom, ya sentado y admirando el vehículo. Cuando estuviésemos en Alemania le machacaría las pelotingas hasta el cansancio, ya que él se había burlado sin compasión de mi por tener una camioneta y ahora él también estaba colado por una.

—No te preocupes Bill — se adelantó Andy al ver mi expresión atribulada — ella estará bien.

Quizá lo repetía tanto porque anhelaba creérselo.

—Lo sé — musité, resistiendo el impulso de voltear hacia arriba — adiós Andy…

El susodicho sonrió y me palmeó la espalda.

—Hasta pronto — rectificó, sonriendo con tristeza — y cuídate — señaló mi brazo, pero ni me acordaba de la herida, no me acordaba de nada, me sentía como entumecido, como si tuviera la cabeza desconectada del cuerpo.

—Seguro— afirmé, metiéndome al auto y haciendo esfuerzos sobrehumanos por no pensar. Giovanni condujo deprisa, quizá presumiendo la potencia del vehículo que manejaba, pero en lo único en lo que yo podía pensar es que me alejaba a toda velocidad del gran y único amor que tendría en mi vida.

Continúa.

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

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