«458 Italia» Fic de Shugaresugaru
Capitulo 4: “458 Italia”
By Bill
Eran exactamente cinco para las nueve y nos encontrábamos los cuatro cerca de la entrada del famoso salón acanto esperando a David. Georg y Gustav hacían esfuerzos sobrehumanos para aguantarse la risa y yo hacía todo por ignorarlos, sin mucho éxito. La razón era por Tom, que se había visto obligado a vestir unos pantalones negros no tan aguados, una camisa blanca y culminó con un suéter color hueso bastante informal, en realidad solo estábamos burlándonos porque Tom lucía jodidamente sensual y guapo y él lo sabía y por eso no se dejaba afectar.
Yo opté por vestirme a mi estilo también con un pantalón ajustado, camiseta negra y chaqueta militar, y elegí cuidadosamente mis accesorios, en plata, caucho negro y un collar cuyo diseño era una carrillera, con adornos en dorado en forma de balas, si señor, solo para joder a David.
Y como siempre, Georg y Gustav decidieron vestirse como Georg y Gustav. Suspiré tranquilo al verlos.
Alexandra me maquilló con sumo cuidado y al parecer me lucía bien, ya que en el camino del quinto piso al segundo tres chicas distintas me dieron sus números de habitación, sonreí, vaya trío de golfas, le pasaría los números a Tom.
—Hola chicos…oooh Tom que bien te ves — alabó David al momento que apurado salía del ascensor.
Tom lo miró ya fastidiado y empezó a refunfuñar y hacer muecas de asco, Georg y Gustav soltaron sendas carcajadas y yo me hice el idiota para no reírme también
—Besa la parte más oscura de mi culo — David se alejó para hablar con los tipos que controlaban las entradas, sin parecer nada afectado por la majadería de Tom.
—Shh Tom cállate — le regañé y caminé tras David haciéndole señas a los demás para que me siguieran, caminamos hasta quedar de pie en la entrada y esperamos a que David nos indicara pasar.
—Chicos, sus boletos —dijo David extendiendo su mano para que le entregáramos nuestros boletos, uno a uno se los dimos y los entregó al de seguridad, este los miró por todos lados y los pasó bajo un aparato con luces moradas.
—Que payasada — murmuré tan bajo que nadie me escuchó y finalmente quitó la cadena dejándonos pasar.
El salón era gigantesco, demasiado lujoso, con alfombras negras grabadas en rojo, los sofás variaban en tonos del blanco, marfil y hueso hasta el marrón oscuro, tinto y negro, las sillas parecían estar mojadas de tanto que relucían y las lámparas eran todas de cristal cortado, cristal que cuando le pegaba la luz enviaba un chisporroteo de arcoíris por todo el lugar y había ya mucha gente caminando hacia todos lados
—Disculpen — nos habló una camarera — ¿desean una sala o prefieren la barra?
—¡¡Barra!! — respondimos los cuatro al unísono y David se carcajeó, la chica sonrió y nos indicó que la siguiéramos hasta llegar a una enorme barra con sillas altas, las repisas estaban tan llenas que parecía una tienda de licores.
—Pero wow— susurré sentándome y los chicos me imitaron — podríamos perdernos el culo en todo este alcohol — me reí al ver las caras de asco de Tom, Gus y Geo
—No quiero saber nada del alcohol— se lamentó Gus arrugando la nariz
—Ni yo— comentó Geo — creo que mejor voy a comer hasta reventar— se palmeó el plano estómago, sonreí y tomé una copa de champaña de la charola que nos ofreció una chica, los demás me imitaron, menudo trío de borrachos.
—Hay demasiadas nenas lindas aquí — Tom me propinó un codazo para llamar mi atención, el realmente estaba babeando a cada chica que pasaba cerca, las miré, aburrido, todas parecían tan iguales…altas, de piernas largas, escotes pronunciados, minifaldas, pantalones ajustados, cabellos rubios y caras pervertidas… ¡que flojera!
Suspiré y me dediqué a mirar el lugar, desde donde estábamos se podía apreciar bastante bien todo, al fondo del salón había una mesa en una especie de tarima alta aterciopelada en negro, la mesa estaba llena de botellas con moños de colores chillantes, adornos con flores, al estilo funeral del rey y esculturas de hielo pijas con el logo de Ferrari y a un lado había un auto rodeado de cadenas doradas cubierto con una manta roja. Sonreí malévolamente, era ese precioso 458 Italia, definitivamente tendría uno algún día, de preferencia negro.
—¡Es el! — gritaron cuatro chicas en mi cara haciéndome pegar un salto en mi banco.
—Mier… ¡hola! — saludé, eran fans, se les veía de lejos, me tendieron la caja de nuestro último disco y se los firmé, tenían la intención de quedarse, pero mi guardaespaldas personal las dispersó con cortesía helada y yo suspiré recargándome en la barra.
—Hey chicos — David se acercó con una copa en la mano —después de la demostración del auto los presentaran ante el dueño y la comitiva, si son buenos chicos quizá hasta les haga un descuento, no cualquiera puede tener un Ferrari aunque tenga el dinero en efectivo eh — repitió y lo miramos boquiabiertos — Si, van a ver al mismísimo dueño de Ferrari así que sean respetuosos, quizá hasta nos patrocine, imagínense — sonrió para desparecer nuevamente… ¿dónde rayos iría todo el tiempo?
Me volví hacia los demás…vi a Geo y Gustav, pero ¿y Tom? Lo busqué con la mirada y lo encontré al otro lado de la barra, con una rubia boba a cada lado, suspiré y decidí dejarlo pasar por ahora.
— Hey Gus que dices, vamos a ver de cerca a los apretados esos — Gus se rio y comenté — le pediré un auto como el que va a presentar, seguro que no me lo niega — me carcajeé ante las caras de flipados de Geo y Gus.
Después de casi dos horas de risas, con cena y degustación de vinos italianos, se llegó la hora de descubrir el auto, en cuanto quitaron la manta estallaron miles de flashes, yo miraba embobado el auto de brillosa carrocería roja, era tan reluciente que parecía estar mojado, un jodido espejo rojo mojado, las líneas eran tímidas y aguerridas a la vez, y se fundían en suaves ondulaciones tan elegantes como un cisne, prometía ser un bólido, volteé a ver a Tom y pude jurar que estaba teniendo un orgasmo mental al igual que Geo y Gus. David nos hizo o colocarnos frente al auto para algunas fotografías y accedimos gustosos, los paparazzi se dieron vuelo haciéndonos fotos y muchas fans pidiéndonos autógrafos.
—Chicos ya es hora — anunció David y resignados lo seguimos hasta estar de pie delante de la mesa de los ejecutivos de Ferrari.
—Estimados señores — comenzó David, muy pagado de sí mismo y siendo también un poquito lameculos, lo cual me molestó — Como ya les había comentado, tengo ahora la fortuna de presentaros a los miembros de Tokio Hotel, la banda de pop rock alemán más famosa del momento, — uff, que presumido, David —los hermanos gemelos Bill y Tom Kaulitz, voz y guitarra, Georg Listing, nuestro bajista y pianista y el baterista Gustav Schäfer.
Conforme dijo nuestros nombres saludamos con una sonrisa completamente fingida y una inclinación de cabeza.
—Muchachos, este es Piero Ferrari y su comitiva, los actuales dueños de la compañía Ferrari — señaló a un tipo cuarentón, delgado y jodidamente blanco, pero con la piel bronceada, tenía el cabello oscuro salpicado de canas y entrecerró con desprecio los ojos azules en cuanto escuchó la palabra “alemán”
Bravo, un jodido racista, aunque bueno, sí que teníamos mala reputación, jodido Hitler, ojalá que estés ardiendo en el averno.
—Jóvenes — se dirigió a nosotros el tal Piero en un extraño inglés salpicado de italiano — Disculpen si no hablo en su… idioma ¿les ha gustado mi nuevo auto? ¿Se comprarían uno? — preguntó amablemente con una voz semejante a miel envenenada.
—Es lindo si — contesté encogiéndome de hombros, hablando en alemán mezclado con italiano, solo para hacerlo cabrear — tal vez compremos uno ¿no Tom? — Mi guapo hermano se encogió de hombros, claramente molesto.
—Tal vez sí, pero me gustan igual los Mercedes Benz — mierda ya tenía ganas de irme, nunca pensé que el dueño de la marca de autos favorita de Tom y mía fuese tan desagradable… un Ferrari siempre envolvía un aura de elegancia y potencia arrebatadoras, aunque con semejante dueño racista, quizá sería tiempo de empezar a admirar más un Porsche.
— ¿Y qué tal está el mundo de la música? — Preguntó aquel hombre, sin poderse contener, sacándome en el acto de mis pensamientos.
—Fabuloso, a decir verdad — tronó Tom, orgulloso como un pavo — tenemos dos discos de platino, y todas las chicas italianas parecen volverse locas por los alemanes —añadió y todos sonreímos con el mismo petulante orgullo.
El tal Piero estaba a punto de replicar cuando uno de sus escoltas, parecido a un cuervo negro, se acercó a susurrarle algo al oído.
Esperamos de pie notablemente incómodos mirando hacia todos lados, deseando ya darnos el piro cuando el dueño de la firma de súper deportivos se quedó estático y medio tenso, con la espalda tiesa como el palo de una escoba. Nos dirigió una mirada cargada de resignación, recelo y desconfianza y asintió. Estuve a punto de decirle a David que era suficiente, que me largaba y a la mierda los Ferrari y toda su estirpe, pero antes de pronunciar palabra se me fue el alma a los pies cuando reconocí en la entrada del salón a aquellos cinco malditos guardaespaldas… y se acercaban.
Pero un momento ¿Qué hacían aquí? Volteé a ver a Tom quien estaba tan petrificado como yo y antes de que pudiéramos reaccionar ya habían rodeado la mesa asumiendo sus posiciones en torno a la pequeña figura con ojos de obsidiana que ni por error nos miraba, se había quedado de pie frente a nosotros con la mirada clavada en sus botas puntiagudas, con las manos descansando a sus costados y los espesos rizos ocultándole la cara.
Continúa.