«458 Italia» Fic de Shugaresugaru

Capítulo 41: Los Ángeles

By Bill

Nuestro hogar nos esperaba como siempre, soleado y caluroso, pero fue reconfortante bajar del tourbus, aunque fuera directo al house of blues y no a casa.

La tarde pasó volando mientras en el autobús nos preparábamos para nuestro último concierto de la gira, y tendría que ser épico. En lo personal escogí ropa negra y bastante sencilla pero incluso pese a eso, se asemejaba mucho a mi moda pasada, ya que la chaqueta era de cuero y las botas también. Cuero falso, claro está. Tom eligió el negro también, mientras Geo se decidió por algo más desenfadado. «Te vas a cocinar vivo con eso» se había burlado el tarado al verme, recibiendo como respuesta un corte de manga. Y Gustav siguió siendo Gustav. Optaba por ropa ligera y fresca porque era el que más sudaba al llevar el ritmo de toda la música.

El lugar estaba lleno. Había sido un lleno total y eso nos llenaba de alegría. El ruido que hacían nuestros fans era igual a las olas del mar, e iba creciendo. En verdad sonaba espeluznante.

—Debe haber un millón de gente ahí afuera— comentó Gus, golpeando sus baquetas una contra la otra. Se le notaba emocionado, como siempre que empezábamos un concierto, pese a que lo habíamos hecho más de mil veces.

—Al menos no parece que nos odien por tardar tanto en volver— comentó Geo entre risas.

—Pues esperemos que los gritos no se vuelvan tomatazos.

—Ya basta idiotas— me reí, aunque quería sonar serio. Tom alzó una ceja, estaba levemente ofendido por los chistes, pero lo dejó pasar — somos Tokio Hotel, así vayamos a hacer lo que mejor sabemos hacer.

Cuando salimos al escenario, el ruido fue verdaderamente ensordecedor, lo que hizo que sonriera, como siempre. Mis ojos apenas podían abarcar a todos los asistentes y donde quiera que mirara, había gritos y llantos y emoción sin medida. Era realmente fabuloso.

Agradecí con voz bien fuerte por la asistencia de todos y hablé de la emoción que nos embargaba el poder cerrar nuestra gira en un lugar tan especial como Los Ángeles. Aquel lugar que nos había acogido y donde por primera vez, pudimos tener un hogar lindo y tranquilo.

Y realmente fue alucinante. Todas las canciones fueron coreadas a la perfección, y decidimos cerrar con aquel tema que me costó lágrimas de sangre crear, y al que Tom había decidido hacer unos cambios con el sintetizador que en lo personal me encantaron.

El silencio se tornó absoluto cuando mi voz en conjunto con los dedos de Tom en el sintetizador se mezcló melancólicamente con las primeras estrofas de la canción. Temblé al comenzar, y no supe por qué, pero sentí en piel de gallina todo el cuerpo.

I can´t forget all off the memories babe… I´m wondering… do you still want me maybe…

Mis ojos cerrados veían detrás de mis párpados flashes de lo vivido hacía cuatro años como en cámara rápida, todo salpicado de color. Las luces del lugar me encandilaban a pesar de tener los ojos cerrados, mareándome como si estuviera en pleno viaje de ácido, pero el viaje era solo a mis recuerdos. Y era la última vez que dedicaría mi canción a mi amor perdido, lo había decidido, así que tal vez por eso, canté con el alma en vez de cantar con la cordura o la mente.

Abrí los ojos dos segundos antes de que Gus y Geo se unieran a la canción. Se les notaba concentrados al máximo y tenían como yo, los ojos cerrados mientras Tom movía su cuerpo al ritmo de sus dedos, que volaban por el sintetizador.

Cuando el acompañamiento entró de golpe a hacer conjunto con mi voz rasposa e impregnada de dolor, los gritos casi nos ahogaron por un momento, pero no por eso me detuve. Y no era el único que estaba sintiendo la música hasta en la médula. Nunca nos habíamos compenetrado de aquella fantástica manera en una canción. Es como si ellos sintieran la intensidad de la letra y lo que llevaba implícita en ella.

I´m not over you…

Repetía una y otra vez, porque esa era la verdad más jodida de todas las verdades.

Me encantaba el movimiento de cabeza de Tom al mover el sintetizador, y en como la batería llevaba el ritmo a la perfección, tanto como la expresión de concentración absoluta del rostro de Georg.

Fuck here I am, burning for love again… I’m lost somehow… can not come home to you…

Continué cantando, moviéndome, ahogándome en mis recuerdos al ritmo de las ondas electrónicas que salían de los dedos de mi hermano, del golpeteo de la batería de Gus, del melancólico sonido del bajo y de sus coros, porque sus voces graves volvieron esa melodía en algo verdaderamente estremecedor, tanto, que tenía la piel erizada en todo el cuerpo, y los escalofríos sacudían mi columna a pesar del sudor que bajaba en gotitas por mi cuello.

No supe si de mis ojos salían lágrimas verdaderas, o era solo por el ambiente, el calor, el cansancio, mi dolor, o todo junto, pero poco me importó. Era el mejor puto cierre de concierto que habíamos tenido hasta el momento, y mi voz, ya cansada y rasposa como una calle empedrada empapaba aún más de nostalgia mi canción.

Sacrificing this, no, I’m not okay, here I am surrendering.

La canción terminó de la misma forma abrupta que tenía su comienzo, y el rugido de gritos y aplausos nos tomó desprevenidos. Los cuatro estábamos jadeantes y cansados, pero satisfechos con lo que habíamos hecho. Las voces de los presentes se unieron en un solo grito que pedía por más, pero yo no podría ya dar más. Sentía demasiado dolor y presión en el pecho. Realmente lo había dado todo en la última canción, así que disculpándonos con sonrisas e inclinaciones hacia los flashes que nos cegaban, abandonamos el escenario.

&

Los acordes de la última canción del grupo resonaban en cada superficie del lugar, retumbando en cualquier sitio y ser. No lo sabían, pero a pesar de que eran observados atentamente por una multitud enardecida que gritaba, aullaba y se empujaba para estar más cerca de ellos, entre esa multitud, en una esquina poco iluminada y bastante tranquila, dos personas los miraban fijamente. Una figura muy menuda temblaba al ritmo de los acordes provenientes de la voz del cantante y contenía el aliento.

—En realidad son jodidamente buenos.

No hubo respuesta ante eso, solo un estremecimiento, y unos ojos llenos de lágrimas.

—Sabes que eso es por ti ¿no? Esta canción que sé que te sacude hasta el alma.

La pequeña figura tembló nuevamente, mientras suspiraba. Sus ojos oscuros, dramáticamente abiertos miraban sin parpadear al cantante, que estaba como en trance, sumergido en la letra de su canción, que sonaba a un grito desesperado de ayuda y dolor.

—No estoy tan segura…— respondió la voz en cuanto la canción terminó y los aullidos de los fanáticos se volvieron de protesta, pues el grupo se preparaba para abandonar el escenario.

—Oh vamos…— unos ojos tan azules como el cielo se tornaron escépticos — Dom, sabes perfectamente que eso es para ti.

—Oh Andy, está tan cambiado…

—Tú también has cambiado — susurró el custodio muy cerca para poder ser escuchado.

—Tengo miedo…

—¿De qué? ¿de no gustarle? — la chica asintió, formando una línea con sus carnosos labios rosados — por Dios Dom, tú eres más adorable que las estrellas — el custodio suspiró, preocupado — ¿o es acaso que no te sientes lista aun?

—Estoy lista— respondió ella de inmediato — es solo que no sé cuánto lo he lastimado… o si ya tiene otro amor…

El gesto del guardia se tornó preocupado.

—Vayamos entonces a averiguarlo.

&

—¡Demonios Bill! — la voz emocionada de Geo me hizo sonreír, mi amigo me sacudió por los hombros. A su lado, Gus asentía — te has lucido enserio.

—¡Y vaya que sí! — coreó Tom, eufórico, lanzándose hacia mí, y colgado de mis hombros me hizo caminar entre tambaleos — ha salido a la jodida perfección.

—Claro que si canguros, ustedes también lo hicieron como para cagarse, esa improvisación de Tom con el sintetizador me llegó como una iluminación del cielo — grazné, la garganta me ardía levemente y moría por un sorbo de agua tibia con limón. Mi hermano y mis colegas opinaban que eso era una cochinada, pero me ayudaba en verdad, y, además, a veces solía complementar mi extrañan bebida con un terrón de azúcar luego de mandarlos a los tres a tomar por culo.

Los pasillos traseros del house of blues eran amplios y estaban poco iluminados, acorde con el tono en penumbras del emblemático lugar, y en lo personal me gustaban mucho más que los fríos pasillos pálidamente iluminados de los estadios y auditorios donde nos presentábamos. Era como estar en casa. Los pasillos también eran como los de los teatros de antaño, de madera y con aroma a madera, algo en verdad agradable.

Caminábamos sin prisa, a ratos nos cruzábamos con los técnicos de sonido o algún ayudante que nos saludaba o felicitaba, pero de no ser por eso, íbamos totalmente solos.

Me froté la nuca con una especie de cansancio mezclado con asco, ya que estaba sudando un poco y anhelaba, aunque sea llegar al tourbus para darme una ducha rápida de camino a casa.

—En verdad que siento las piernas como de gelatina — me quejé, mirando hacia el piso, pero me extrañó no recibir respuesta alguna. Por lo general, solíamos quejarnos mucho después de cada presentación, o ellos solían burlarse de mis quejas a diestra y siniestra, por lo que el prologando silencio me extrañó demasiado.

Levanté la vista dispuesto a lamentarme hacia Tom, que era el más próximo a mi derecha y un paso delante, pero mi hermano estaba detenido, al igual que Georg y Gustav. Tenía a los tres plantados de espalda frente a mí, y no se movían, pero se miraban entre ellos. Tom descaminó el paso que lo separaba de mí y literalmente, se puso enfrente de mi cuerpo, pero yo era un poco más alto que el, de modo que lancé mi vista hacia el frente para averiguar qué jodido bicho les había picado. Quizá habían visto una rata o una cucaracha y se habían asustado o que se yo, y entonces, me quedé tan de piedra como el resto de la banda.

El corazón se me detuvo dentro del pecho cuando vi, como a cinco metros de distancia a alguien que yo conocía a la perfección. Desde el costoso traje negro, hasta los azules ojos y el platinado cabello. Sabía que dentro de la parte superior de aquel traje se escondía una enorme pistola negra y que sus puños eran tan duros como las rocas. Andy al parecer, también tenía solo ojos para mí, porque cuando nuestras miradas se encontraron, el tipo sonrió igual que se sonríe a un viejo amigo. Su pose era bastante relajada, y estaba exactamente igual a la última vez que nos habíamos visto, hacía cuatro años.

Yo no sonreí, estaba demasiado aturdido por su presencia. Parpadeé un par de veces para ver si solo era un producto de mi fatigada mente, pero no, por mucho que abriera y cerrara los ojos, la figura no se iba, y de haber sido una alucinación mía, sería solo mía y no de los demás, que seguían de piedra frente a mí. ¿Quizá los había contagiado y ahora todos alucinábamos?

—Respira de una vez, mi queridísimo nazi — se burló, y entonces, cuando la sonrisa de Andy se hizo más pronunciada y un poco socarrona, mi mente reanudó la marcha a toda prisa, y mis ojos revolotearon alrededor, gesto que hizo a Andy ensanchar aún más la sonrisa, ya que adivinó que era lo que andaba yo buscando. Pero quizá, y solo quizá, Andy se había dejado caer por el concierto con la noticia que yo más me temía, la que me haría perder por fin toda esperanza.

El corazón me latió furiosamente cuando Andy se giró levemente hacia atrás, hacia un parche de sombras que había detrás de unos reflectores de colores, estirando la mano hacia alguien.

Me quedé paralizado en mi sitio en cuanto la vi, y me sentí igual que si hubiera metido los dedos en el tomacorriente. Un latigazo de electricidad me recorrió el cuerpo dolorosamente, sacudiendo mi alma apenas cicatrizada. Pero era real, totalmente real. Tenía como tres millones de preguntas en la mente, pero la más apremiante de todas ¿Qué está haciendo ella aquí?

La miré con los ojos abiertos de par en par hasta que se me secaron. Entonces, como siempre le sucedía al sostenerme la mirada, la sangre se le subió al rostro de un modo adorable. Sin darme cuenta, di un paso al frente, hecho que pareció revivir a las estatuas en las que se habían convertido mi hermano y los chicos.

—¿Cómo es que siempre logran evadir nuestra seguridad? — se quejó Gustav, cerrando filas junto a Tom y Geo frente a mí, haciéndome desesperar en el acto. Tenía demasiado frente a mí. Ellos lo sabían, joder ¡Era Dominique! Ellos sabían… la chica por la que me revolcaba a diario de anhelo y de dolor.

—Su seguridad es como para niños— se mofó Andy en voz baja y con los ojos en blanco, y fulminó con la mirada a Tom, Geo y Gus, pero no les dediqué ni un segundo de mi atención, pues mis ojos se habían quedado enganchados en la figura de Dom, que lucía más hermosa que nunca. Su cabello aun caía en alocadas ondulaciones broncíneas por delante de sus hombros, sus ojos oscuros brillaban como las estrellas, rebosantes de vida y de secretos, y su cuerpo parecía haberse estilizado de una forma muy armoniosa. Tenía unas proporciones perfectas y no había ni rastro de enfermedad en el hermoso tono pálido de su piel. Su estilo me encantó. Llevaba una chaqueta sobrepuesta encima de una ajustada blusa negra y larga, pantalones negros y unas altas botas se ajustaban a sus piernas. La imagen casi me hizo delirar.

—¿Siiii? Pues entonces abre una puta academia de guardaespaldas y réntanos unos — el tono corrosivo de Tom me hizo fruncir el ceño — ¿y para que rayos han venido? — gruñó y yo me enfadé.

¿Qué le pasaba?

Andy también se enfadó al ver a Dom bajar la mirada. Todo era confuso y mi cansada mente no cooperaba.

—Pues a ver sus caras de anormales — respondió Andy de mala hostia — sobre todo la del ex pelo negro que está ahí detrás.

Me entró la risa floja al escucharlo, gesto que al parecer hizo enojar más a mi banda, pero poco me importó. El humor punzante de Andy me hacía rememorar las interesantes batallas verbales que sostuvimos tantas veces antaño y las que había extrañado en verdad.

—¿Ah sí? — Geo se cruzó de brazos, remarcando así lo musculoso que era. Menudo presumido — ¿o es que han venido a joder de nuevo a Bill? Porque eso no lo pensamos permitir más. No es nada contra la chica, pero ya se pueden ir por donde llegaron.

—Bueno, ya basta— me quejé, alzando un poco la voz. Tom se volvió a mí con una mala hostia palpable, tanto, que una vena se había levantado en su frente.

—¿Basta qué? ¿es que no recuerdas tu aspecto cuando te bajaste del avión hace cuatro años? Porque nosotros lo recordamos a la perfección y no permitiremos que eso suceda de nuevo.

Hice una mueca mental de dolor al recordar eso.

—Y no sucederá de nuevo— añadió una voz que nos hizo callarnos como muertos y voltear a mirarla sin parpadear. Dom nos miraba y sus ojos parecían llamear, algo que nos dejó acojonados con cara de imbéciles y que hizo a Andy sonreír de puro orgullo.

—Pues sí que ha cambiado la mocosa— susurró Gus y yo reprimí las ganas de darle una buena hostia.

—Anda Tommy — le reté, alzando las cejas repetidamente — responde vamos.

Y el tarado de Tom tuvo la audacia de evaluarla con la mirada hasta que suspiró, pero seguía desconfiado como un gato.

—No me confío, no permitiré que mi hermano vuelva a salir lastimado, así sea la peor basura que haya pisado el planeta.

—Gracias Tom— repliqué ofendido, inflando las mejillas y dándole luego un empujón que ni lo movió de su sitio.

Andy se carcajeó casi involuntariamente y por el rostro de Dom cruzó un relámpago de furia.

Nuestro único guardaespaldas contratado solo para el concierto llegó en ese momento, alertado por nuestra tardanza, y sus ojos se volvieron rendijas al reconocer a quienes nos habían retrasado. Supuse que les había prohibido la entrada o algo y se molestó al ver que lo habían burlado.

Y junto a él llegó otra persona, pero por el lado opuesto, del lado donde estaban Andy y Dom, y ella le dedicó una mirada extraña, una mirada que no me gustó en absoluto porque era un gesto de reconocimiento.

—¿Esta todo bien? — le preguntó el recién llegado en un educado italiano, acercándose a ella, y entonces me vi empujando a los tres tarados que tenía frente a mí y acercándome en tiempo récord, y todo por puro acto reflejo. Ni les di tiempo de protestar y aunque escuché unos gruñidos airados, me dejaron en paz.

Dom sonrió al reconocer mis formas bruscas y bestias de antaño. Sonrió como si se lo hubiera esperado, y no se alejó como pensé que lo haría. No le dediqué ni un segundo de atención al idiota que se había unido a ella. Estaba demasiado extasiado viviendo una fantasía y debía aprovecharla antes de que volviera a esfumarse.

Sentí que revivía cuando tomé sus manos y me perdí en la profundidad de sus ojos oscuros, valiéndome una mierda la extensa compañía que me estaba observando.

—Dom— susurré, inclinándome hacía ella — ¿en verdad eres tú?

—Hola Bill— me dijo, sonriendo extrañamente, casi con el mismo anhelo que solía dejarme siempre aturdido.

—He de reconocer que tenías razón— cuchicheó el tipo que había llegado con ellos, y de mala gana, le lancé una mirada de suspicacia.

Dom parpadeó, como saliendo también de un extraño trance, y educadamente hizo la presentación.

—Lo siento… Bill, él es Phillip Elkann— murmuró — Phillip, él es Bill y… — se sonrojó al ver al resto de la banda — Tom, Georg y Gustav — añadió apenada, y un latigazo de pánico me estremeció desde la espina. Yo conocía bien ese nombre y aunque me había preparado por largos años para este momento, me sorprendió un poco el hecho de que Dom hiciese algo tan mezquino como el traerlo a mi concierto y ponérmelo enfrente de la cara. Los trozos puntiagudos de mi roto corazón se agitaron, haciéndome verdadero daño.

Gracias a un titánico esfuerzo conseguí permanecer imperturbable al mirar y conocer por fin al tipo que me había ganado el amor de mi duende.

—Es un placer Bill— añadió el tipo, sonriente y educado. Hizo una inclinación de cabeza, pero no me ofreció la mano, ni yo a él.

Era un tipo joven, quizá unos tres años mayor que yo, y era de apariencia común y corriente, si es que se puede llamar corriente al atuendo que portaba, desenfadado pero elegante y claramente costoso. Tenía la piel blanca, el cabello castaño claro, rizado y ralo, por lo alto de la frente se apreciaban ya unas buenas entradas. Sus ojos eran grandes y expresivos, casi del mismo tono de su cabello y la sonrisa era franca y educada. No me pareció el tipo de Dom para nada, menos aun viéndola a ella, que estaba más hermosa que afrodita, pero no dije nada al respecto. Tom llegó a mi lado en ese momento, y me sentí un poco más seguro que antes.

—Que tal — saludé vagamente, dando un paso hacia atrás, hecho que trajo a Dom un poco hacía mí. Algo en verdad raro si tomábamos en cuenta con quien estaba ella. Su mirada se tornó desconcertada por un momento, pero se recompuso con facilidad al escuchar el desenfadado saludo que me dirigió Andy.

—Eh Bill — el rubio pollo me sonrió con camaradería y un poquito de burla — hay que reconocer que te queda el rubio ¿no Dom?

Ella asintió y yo me tragué la ingeniosa replica que iba a darle, como que a mí me quedaba mucho mejor el cabello rubio que a él. No podía responderle con alguna bordería si el involucraba a Dom en la pregunta, por mucho que ella ya no me quisiera, yo iba a venerarla hasta el día en que muriera.

De pronto, recordé mis modales y decidí ser educado, y no obviar el lazo que ahora unía mi duende con el tipo que tenía al lado.

—¿Y qué tal les va juntos? — cuestioné, con el mismo tono que tendría si hablara con alguien por pura cortesía.

Para mi sorpresa, el tal Philipp y Dom se echaron a reír, y mis ojos se volvieron rendijas.

—¿Estoy perdiéndome algo?

—Mira Bill— la confianza con la que me hablaba se me antojó hasta irrespetuosa, pero me quedé bien calladito, a ver con que me salía ahora — sé lo que piensas, pero esta señorita de aquí — remarcó, mirándola y haciéndola sonreír levemente. Joder, es que estaba preciosa. Me revolví, inquieto, y me obligué a ser paciente — es solamente mi socia y mi amiga, y quería realmente comprobar lo que ella me ha dicho desde que la conocí.

—¿Y qué te ha dicho? — preguntó Tom, haciéndose eco de mis pensamientos.

—Que conoce al cantante de Tokio Hotel…

—Vaya que si se conocen, hasta las babas han compartido— sopló Tom con malicia, y le di un leve pisotón. Dom enrojeció adorablemente y Phillip se rio.

—Entonces ustedes no son…

—Para nada— saltó Dom en el acto, sonriendo entre divertida y aliviada. Mi corazón aleteó con esperanza — en realidad, Phillip ha venido a conocerte y a presentarte a alguien…

Me quedé embobado viéndola hablar con tanta confianza y tanta soltura y tuve que sacudir un poco la cabeza para procesar sus palabras. ¿Qué me iban a presentar a quién?

—Estas que te cagas ¿eh? — bisbiseó Andy casi en mi oído y como respuesta se llevó una linda panorámica de mi dedo medio.

—Es la verdad — acotó Tom — Cierra la boca Bill, estás que te babeas cada que ella abre la boca— susurró Tom también en mi oído y agité la mano para alejarlo igual que si espantara una mosca.

Otro chico llegó entonces dando saltitos emocionados, llevaba encima una playera con el estampado de nuestra banda, una banderita negra también con el logo de la banda y una sonrisa que casi que desaparecía el resto de la cara. Era un chico agradable, joven y apuesto, con penetrantes ojos azules y denso cabello negro.

—Él es Alucard, y se muere por conocerte— dijo Dom, riendo bajito. Tuve que volver a esforzarme por concentrarme en lo que me decía y dejar de babear, como dijo Tom.

—Espera un segundo — Georg también se había acercado, y como al parecer, no había peligro ni nada por el estilo, Gus se puso a fumar y a mandar mensajes de texto — ¿Alucard? — cuestionó Geo, frunciendo los labios con desconfianza — ¿realmente ese es tu nombre?

—Es que mis padres son muy fanáticos de Ann Rice y Bram Stoker y todo eso — respondió, claramente acostumbrado a que le cuestionaran el tema.

—Pero que genial nombre— aprobó mi amigo, y entonces caí en cuenta que el nombre del chico pronunciado al revés era Drácula, y mirándolo con atención, desde los fuertes contrastes de la blanca piel y los negros cabellos, el nombre le iba bien. El tal Phillip sonrió con petulancia y le tomó la mano, haciéndome poner cara de idiota. Dom me dedicó una sonrisa traviesa que hizo aletear mi corazón igual de rápido que las alas de un colibrí.

—Ay… Bill…— el chico no podía con la emoción y se agitaba y apretaba la mano Phillip con ansias — en verdad que no pensé que iba a tenerte así de cerca. He sido tu fan desde hace sus inicios. Cuando Domi nos platicó que te conocía apenas si le pude creer y le hice prometer que me haría conocerte.

—¿Domi? — cuestioné, alzando una ceja.

—Si bueno, Dom, Dominique, este saltamontes chiquito — remarcó, pasándole el brazo por los hombros y casi subiéndose en ella con euforia. Dom se rio y jadeó un poco por el peso y el movimiento repentinos.

—Si, si vale, pero no hagas eso— recomendé entre risas nerviosas, para no soltarle un puñetazo a un fanático en toda la cara, y pasándome de audaz, tomé a Dom de la mano y la jalé hacia mí, casi derritiéndome de emoción al sentir su cálido cuerpo acoplarse a mi costado izquierdo como si hubiera sido hecha solo para mí.

—Te dije que también era muy celoso y bien posesivo— se burló Andy, al parecer nada afectado por como actué. Pero ni le hice caso, porque Dom había llevado sus brazos alrededor de mi cintura y se había apretujado a mi lado, como poco dispuesta a alejarse de mí. Entre risas escondió su rostro en mi chaqueta y mi brazo la sujetó con fuerza.

Ambos chicos, Phillip y Alucard sonrieron y Andy me lanzó un guiño travieso, igual a aquel que me había dedicado al dejar mi Ferrari en el garaje de Alemania. Tom se había relajado en el acto al igual que Geo.

—Se que es mucho pedir, pero…— el emocionado Alucard se trababa con sus palabras de lo rápido que hablaba — ¿me podrías dar tu autógrafo?

—Desde luego — canturreé — pero que les parece si mejor vamos a comer algo.

—Si por favor — imploró Tom — me muero de hambre.

—¿Vendrás? — le pregunté a Dom, que seguía prendada de mi cuerpo. Levantó la mirada y me lanzó un gesto tan coqueto que casi me desmayé. Luego asintió con vigor, agitando su maravillosa cabellera.

—Bueno pues están todos invitados — Geo al parecer también tenía hambre, porque siempre se portaba como un ogro cuando estaba hambriento — vayamos entonces a la casa y comamos ahí.

—Fantástico, que Mike pida la comida— soltó Tom.

—¿En verdad nos van a invitar? — el chico del nombre raro estaba casi flipando, no se lo podía creer. A mí me daba igual, como si cenábamos con el presidente de estados unidos o en el mismísimo infierno, a nadie más le habría puesto atención, más que a Dom.

Seguro — silbó Tom.

Continúa.

por Shugaresugaru

Escritora del Fandom

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