«458 Italia» Fic de Shugaresugaru
Capítulo 7: Jockey
By Bill
Busqué a Tom, Gustav y Georg solo para enterarme de que ya se habían pirado a sus habitaciones, y maldiciéndolos conseguí arrastrarme hacia la mía; entré encendiendo la luz y me dirigí directamente al baño, cuando estuve desnudo me metí en la ducha con intenciones de apresurarme pero me quedé más tiempo del debido bajo el agua caliente que me relajaba el pulso y masajeaba los tensos músculos de mis hombros, el hotel proveía de agua caliente por tiempo infinito así que me demoré lo que quise.
Después de salir nuevamente rápido y envuelto en una toalla me vestí con una camiseta negra ligera y unos pantalones negros de algodón, me cepillé el cabello lentamente o de lo contrario sería una causa perdida por la mañana y me demoré más de lo necesario cepillando mis dientes y preparando mi ropa y accesorios para nuestro último concierto hasta que ya no pude retrasarlo más y resignado tuve que meterme en la cama con la vana esperanza de un sueño tranquilo, pero en cuanto conseguí quedarme dormido mi subconsciente atacó sin piedad alguna.
Abrí los ojos en un lugar conocido a pesar de que nunca había estado ahí. Reconocí el ambiente de celebración que reinaba en el lugar, los globos que se mecían al compás del suave viento; se escuchaban ecos de risas y música en algún lugar que yo no podía ver ya que la luz del sol daba directo en mis ojos y me vi obligado a levantar una mano para protegerlos de la luz.
Pude ver a lo lejos una gran mesa blanca llena de regalos de envolturas coloridas y brillantes, y a un lado estaba ella. Una pequeña criatura casi etérea, con nívea piel cremosa, una cascada de suaves rizos color bronce descansaba sobre su espalda, tan brillosos que cada uno parecía tener luz propia, sonreía y sus facciones estaban más suavizadas de lo que yo recordaba. Los oscuros ojos brillaban alegremente chispeando un brillo similar al de las estrellas, mi respiración estaba acelerada. Era una imagen que podría haber salido del corazón del mismísimo Olimpo.
Quise acercarme a ella, pero ni siquiera había dado un paso cuando todo se torció horriblemente, ya no se podían escuchar las alegres risas, se habían transformado en espeluznantes alaridos de terror; en lugar de la suave música ahora había detonaciones ensordecedoras y gritos furiosos. Me lancé como bólido hacia el lugar donde recordaba haberla visto, aunque ya había desaparecido A mis pies iban cayendo los invitados ahogados en charcos de su propia sangre, pero no tuve tiempo para mirar sus rostros, necesitaba encontrarla a ella. Más detonaciones, más muertes, más sangre, pero de ella…nada.
Miré hacia todos lados, desesperado y entonces la encontré, estaba en el suelo hecha un ovillo tapándose los oídos con sus manos, encima de ella se encontraba una oscura silueta que recibía disparo tras disparo, los disparos que iban dirigidos a ella.
Aceleré el paso, pero no conseguía acercarme, al contrario, parecía alejarme, todo parecía en cámara lenta, su expresión ya no reflejaba alegría ni emoción alguna, sus ojos se habían vaciado volviéndose opacos, profundos y solo se podía apreciar en ellos miedo, dolor, tristeza y decepción. Su broncínea melena ya no refulgía con la luz del sol, ahora estaba sucia y empapada de la sangre que cubría el piso.
Sentí que mi corazón se detenía cuando vi claramente como una bala le pintaba de rojo el antebrazo, exponiendo la suave carne de su hombro, haciendo brotar un chorro de sangre roja reluciente y arrancando de sus labios un sonoro grito de dolor.
— ¡No! — grité, levantando de un jalón la sábana. —Mierda— me senté en la orilla de la cama y desorientado miré el reloj que estaba sobre el buró, eran las ocho de la mañana. Entrecerré los ojos con fastidio. Noté que algo había cambiado. Era la luz, definitivamente no había sol, pero el calor era opresivo. Me estiré y desperecé levantándome de la cama, pero, cómo no, se me enredaron las piernas en las sabanas y aterricé en el suelo de costado. Maldije y me puse de pie apartándolas a patadas y me dirigí al baño para satisfacer algunas necesidades.
Me miré en el espejo las profundas ojeras y le hablé al reflejo que me miraba con lástima. De fábula Bill, solo a ti se te ocurre tener una pesadilla el día del último concierto, Alexandra tendrá que usar todo el corrector en tu cara.
Estaba tan sudado que decidí darme una ducha, quizá eso me haría sentir mejor.
Cuarenta minutos después, bañado y con maquillaje suave, estaba sentado solo en la terraza de la piscina con un café hirviente en mi mano, era lo único que me calmaba a pesar de que la atmosfera se sentía calurosa y húmeda, realmente asquerosa, maldije a las nubes.
Probé quitarme las costosas gafas que había comprado hace dos días, pero, aunque estaba nublado había mucha luz y una punzada de dolor me atravesó la sien. Gruñí, volviéndomelas a colocar.
El hotel estaba casi totalmente vacío, después del evento de la noche anterior se había vaciado. Al menos estaría solo, me sentí agradecido por eso porque no quería ver a nadie.
No sé porque me sentía de tan mal humor, bueno si sé, el relato de Andy no había dejado de rondar en mi cabeza y para empeorarlo todo estaba la pesadilla que me había despertado.
Jamás me habría podido imaginar que la vida de aquella chica extraña estuviese tan de cabeza, pero al mismo tiempo no me sorprendía. La mayoría de las personas piensan que a nosotros los “famosos” como nos sobra el dinero nos sobran razones para ser felices, pero es una tremenda equivocación.
Tan seguro estoy de eso que apostaría mi vida y la de mi banda a que Dominique daría todo lo que tiene a cambio de tener a sus padres y a sus hermanos con ella, a cambio de una vida normal en donde las personas no tuvieran que correr a morir para salvarle la vida, donde no tuvieran que vigilarla día y noche para impedir que se la llevaran para chantajear a su padre a causa del maldito dinero, por un poco de libertad.
Además, tenía unas ganas enormes de verla, quería asegurarme de que estuviera bien y no cubierta de sangre como la vi en mis sueños. Quería levantarme y subir al pent house para asegurarme que estuviera bien, pero sabía de sobra que eso era imposible, si me atrevía a subir me iban a volar la tapa de los sesos, y ni siquiera sabía si aún estaba hospedada en el hotel ¿Cómo poder subir a averiguar sin perder la cabeza en el proceso? Me incliné hacia adelante apoyando el mentón sobre la mesa, mis brazos colgaban a los lados de mi cuerpo y fastidiado, traté de dejar de pensar. De pronto a lo lejos, cerca de las flores que se encontraban a un lado de la piscina algo se movió, bien por ti Bill, ya empezaste a alucinar.
Cerré los ojos cansado, tal vez lo mejor sería volver a la habitación a dormir, pero deseché la idea ante el pensamiento de volver a tener un mal sueño. Las flores volvieron a moverse así que me levanté decidido a ver que era, si me seguía quedando ahí sentado me iba a derretir.
Caminé aburrido hasta llegar a los coloridos maceteros donde pude apreciar que una pequeña criatura mordisqueaba un manojo de flores blancas. Era un pequeño cachorro de orejas puntiagudas y brillante pelaje marrón, era igual a un venado en miniatura. Yo tenía mis propios perros en casa, y tanto Tom como yo los adorábamos. Eran nuestros bebés.
—Ven aquí perrito — susurré. Pensé que iba a salir corriendo y tendría que ponerme a perseguirlo como un idiota por toda la terraza, pero el pequeño caminó confiado hacia mí, se levantó en sus patitas traseras y estiró sobre mí las delanteras, mierda no me llegaba ni a la rodilla. Lo levanté con cuidado, sonriendo cada que intentaba alcanzar mi nariz con su rosada lengua y se revolvía inquieto. —Calma, tranquilo chico— hablé sin dejar de sonreír, este perrito sí que era amigable, con trabajo conseguí atrapar el delicado relicario que colgaba de su collar. Era un hueso plano dorado, su nombre estaba conformado con pequeñas piedritas brillantes que relucían aun sin haber sol. —Así que te llamas Jockey— le dije con una sonrisa y el perrito solo sacudió su colita por respuesta.
—Bien Jockey, pues hay que regresarte con tus dueños, seguro que te extrañarán— le dije acariciando su diminuta cabeza con la punta de mis dedos.
Le di la vuelta al relicario para ver si tenía algún nombre o número para llamar y entregarlo.
Un despliegue de emociones me traspasó en cuanto leí el nombre grabado en la placa, empezando por la sorpresa. Miré nuevamente al perro y después el relicario para convencerme que era verdad.
La parte trasera de la placa rezaba simplemente:
Dominique Ferrari L.
Planta Ferrari, Maranello I.
Continúa.