«458 Italia» Fic de Shugaresugaru
Capítulo 8: El concierto (Parte I)
By Bill
— ¡Santa Madre de Dios! — casi grité. Mi mente viajó al pasado, no fue un viaje tan largo en realidad, solo dos días atrás, dos puñeteros días en los que mi vida había cambiado, recordé la escena en el parque cuando el duende había perdido su oportunidad de protegerse por proteger a su perro, el cual tenía yo ahora en mis manos.
— Pero ¿cómo demonios llegaste aquí? — ¡ja! Como si fuera a responder. Caí en la cuenta de que estaba parado como un estúpido en medio de la terraza hablándole a un perro, así que decidí esfumarme rápidamente antes de que alguien me incrustara un tiro entre ceja y ceja, además tenía que pensar. Me acomodé al perro entre el brazo y el pecho y me dirigí hacia adentro del hotel. Miré la hora en un enorme reloj que había en un descansillo, eran las nueve treinta.
Seguramente los chicos ya se habrán levantado, iré a buscar a Tom.
Como supuse, los encontré en el restaurante en el área de la terraza, no me habían visto hasta que me senté al lado de Tom con una sonrisa de oreja a oreja. Tres pares de ojos me miraron sorprendidos.
— ¿Bill? — dijeron los tres al unísono.
—No idiotas, soy santa Claus ¿no les jode? — dije medio ahogado en risas.
— ¿Qué es eso? — pregunto Geo mirando extrañado al perro.
—Es un alíen— dije sarcástico, Geo me miró de vuelta con irritación —es un perro so tonto ¿Qué no ves?
—Pues parece una ardilla— agregó Gus sin mala intención, mirando curioso al perrito.
— ¿De quién es? — preguntó Tom mirándolo curioso también.
—No te lo vas a creer Tomi— dije irónico —es de la heredera de la fábrica de los coches esos que tanto te gustan—. Los ojos de Tom se abrieron como platos y después empezó a doblarse de risa.
— ¿De qué te ríes animal? — pregunté un poco molesto.
—Yo hago que se caiga del susto y tú le robas el perro…jaja… ahora si estamos muertos — Tom le ofreció un trozo de tocino al perro y este se lo arrebató de los dedos —al menos pide un buen rescate—. Tom sonrió y me sacó al perro de las manos y lo acunó en su pecho hablándole estupidez y media.
— ¡Oye que haces! — le dije fulminándolo con la mirada.
—No fastidies Bill, tú vas a comer— dijo Tom.
—Rayos contigo y no me lo robé, me lo encontré— le dije mientras miraba la carta — además este perro no es nuestro, vamos a devolverlo —me giré en la silla hacia el mesero y le ordené.
—Eres un tipo agradable— añadió Geo acercándole los dedos al perro quien se los lameteó contento.
—Es mío, si Bill se lo encontró no es de nadie— dijo Tom sonriendo.
Suspiré y me concentré en mi comida para no terminar golpeando a Tom, mientras observaba a los chicos jugar con Jockey como si fueran niños con juguete nuevo, a todos nos fascinaban los perros. En verdad que no tenía ganas de devolver al perro, si no fuera de Dom me lo quedaría. Me encantaba, aunque yo era más de gatos, pero Tom tiene debilidad por los perros y se estaba encariñando peligrosamente con este.
Después de terminar mi desayuno me levanté y me estiré bostezando. Me volví hacia Tom extendiendo las manos para que me devolviera al cachorro que ahora dormía cómodamente en uno de los pliegues de su chaqueta. Tom me miró frunciendo el ceño adorablemente y a regañadientes me lo entregó diciendo:
—Bill creo que iré contigo a devolverlo.
— ¿Estás seguro? — pregunté dudoso. La verdad me tranquilizaba un poco ir en compañía de Tom y a la vez no.
—Seguro, seguro— decía mientras se estiraba con esos ademanes tan suyos —nos vemos más tarde chicos— nos despedimos de los G’s al mismo tiempo.
—Oye Bill ¿crees que crean que te lo encontraste? — preguntaba un preocupado Tom mientras caminábamos hacia los ascensores.
—No lo sé, pero lo vamos a averiguar— le respondí sonriendo para ocultar mi nerviosismo. Tenía más miedo que antes de que ya se hubieran marchado, pero no ella no dejaría abandonado a su cachorro ¿o sí?
—Espera aquí un minuto Bill— dijo Tom volviendo al restaurante casi a la carrera.
—Vale— bufé molesto por la interrupción, pero en menos de cinco minutos ya había regresado acompañado de dos de nuestros propios guardaespaldas, Sakí y Dirk.
—Buena idea— sonreí ahora mucho más tranquilo. ¿Cómo no se me había ocurrido?
Llegamos hasta el ascensor que parecía tardar una eternidad en bajar desde el piso dieciocho, hasta que la campana avisó que estaba listo. Presionando el último botón comenzamos a subir, nos detuvimos en cinco pisos pero nadie más entró. Dentro del ascensor solo se podían escuchar las pesadas respiraciones de Tom y los guardaespaldas, por eso no había notado que estaba conteniendo el aliento y lo solté de golpe mareándome de momento.
Ya empezaba a hiperventilar cuando nos detuvimos en el piso del pent house. Llevaba al dichoso perro bien apretado en el brazo y éste ajeno a toda la situación, iba de lo más tranquilo el sinvergüenza. Quise dar media vuelta y regresar de inmediato en cuanto al doblar en una esquina vimos a dos tipos, sin duda guardaespaldas, a cada lado de una ornamentada puerta blanca, uno de ellos llevó la mano a su cinturón, cerca de su arma y esperó. Tom y yo nos quedamos de piedra y Sakí y Dirk se tensaron imitando sus movimientos, pero aquel mono al ver lo que yo tenía en el brazo dejo de apuntar y sonrió. Parecía aliviado.
—Qué tipos más raros— murmuró Tom.
—Tom mejor cállate— le respondí murmurando bajo.
El más alto de los escoltas nos indicó que nos detuviéramos y obedecimos. Llamó discretamente a la puerta y yo agudicé mi oído, pero no escuché nada y cuando me di cuenta ya nos había indicado que pasáramos.
Entramos en una enorme sala blanca, alfombras, paredes y muebles eran blancos, estaba decorada con cómodos sofás y una mesa pequeña con lámparas de cristal, el viento se colaba suave por un balcón y entre sus cortinas pude divisar a otro guardaespaldas con un arma enorme pegada al pecho, me sentí triste. Mas a lo lejos se veía claramente el cielo azul, al menos las nubes se habían esfumado.
—Solo puede pasar él— el tipo que nos abrió la puerta me señaló groseramente con su audaz dedo índice, en el acto miré aterrorizado a Tom quien se encogió de hombros, parecía estar muy a gusto, o fingir se le daba muy bien.
—Adelante Bill, yo te espero aquí— y sonrió para darme ánimos. El guarro aquel me indicó con un dedo que lo siguiera, di un paso con Sakí pegado a mis talones, pero el hombre volvió a hablar —dije que solo puede pasar el— dijo mirando con molestia a Sakí. Gemí para mis adentros, se empezaba a sentir la tensión.
—De eso ni hablar— respondió Sakí de modo impávido, tomándome del brazo con intención de marcharnos, pero yo no iba a marcharme.
—No te preocupes— dije mirando a mi propio guardaespaldas mientras liberaba mi brazo de su apretón —no me tardaré, solo entrego esto y nos vamos— le dije señalando a la criatura peluda que tenía en el brazo.
No me esperé a ver la reacción de Sakí, simplemente me giré y caminé detrás del escolta quien esperaba de pie con la puerta abierta sin ninguna expresión en el rostro.
En cuanto me adentré en la siguiente recamara toda la tensión se esfumó. Era grande, estaba ordenada y limpia y todo era totalmente blanco, quizá demasiado blanco, me empezaban a lagrimear los ojos.
Había sofás regados estratégicamente por todos lados, algunos frente a la chimenea, otros con vista al enorme balcón, además había sillas, una mesa con fruta y un jarrón de cristal lleno de agua y en el centro de la habitación había una colosal cama blanca con dosel, parecía salida de alguna novela romántica del siglo XVIII. Y al pie de la cama se encontraban dos personas que se giraron a verme en cuanto entre.
—Hola Bill— saludó Andy amablemente, con una sonrisa enorme.
—Hola Andy— respondí sonriendo también. El otro guardaespaldas se cruzó de brazos mirándome con arrogancia. Ugg, Gioaccino.
—¿Dónde lo encontraste? — dijo Andy mirando al perrito. — Dominique ha llorado tanto que se quedó dormida— explicó de modo tranquilo.
—Estaba intentando darse un chapuzón en la piscina— sonreí acariciando la pequeña cabeza peluda, el perro ya estaba inquieto y se revolvía en mis manos.
—Pequeño escapista, le dije a Dom que debió llamarlo Copperfield.
Andy se movió acercándose a un costado de la cama y se inclinó sobre la pequeña figura que dormitaba intranquila, todavía brillaban restos de lágrimas en sus mejillas.
—Dom, vamos despierta— le susurro Andy cerca del oído, ella se removió y abrió los ojos mirándolo sin parpadear.
—¿Ya lo han encontrado? — preguntó con voz rota. Me encogí.
—Si, mira— me señaló y ella dirigió sus enormes ojos hacia mi —Bill se lo encontró allá en la terraza. Que gran casualidad ¿o no?
Ella se levantó de un salto sobre la cama y se acercó al extremo de ésta sonriendo y extendiendo hacia mí las manos. Me acerqué en el acto y le entregué al perro, que se removía como si tuviese convulsiones. Sonreí feliz mirando como ambos amigos se reencontraban, ella sonreía y el perro se revolvía feliz en sus brazos dándole mordidas de cariño en los dedos y lametones amistosos en el rostro.
—Te extrañaba “Jocky”— le decía ella una y otra vez y yo no podía apartar la vista. Me sentí un mirón entrometido, pero era imposible no mirar, estaba preciosa.
Llevaba un ligero vestido de seda azul pálido que contrastaba a con su blanca piel haciéndola lucir casi irreal, no llevaba calzado alguno, igual que un duende, una venda apenas más blanca que su piel le envolvía el tobillo lastimado. Aparté la vista inmediatamente y me concentré en la pared como si fuera lo más interesante del mundo, empezaba a ponerme incómodo.
—No sé cómo agradecerte Bill…yo…yo… gracias—. Era la primera vez que me hablaba directamente a mí, le había entregado su perro a Andy y sin previo aviso se acercó caminando sobre la cama y me abrazó. Yo le abrí automáticamente los brazos y los cerré con fuerza a su alrededor.
No tengo palabras para describir ese momento, el hotel bien podía haber estado en llamas y yo no lo habría notado, todo lo que sabía era que tenerla entre mis brazos me hacía sentir tan bien, como respirar después de estar sumergido por tres horas. Su cuerpo era extremadamente delgado y cálido y su piel desprendía un delicado aroma a vainilla, iba a volverme loco. Dom descansó su mejilla en mi hombro y su aliento en mi cuello me hacía estremecer.
—Bueno ya es suficiente— tronó el tal Gioaccino con los brazos cruzados.
Irritado, le lancé una mirada con mala intención.
—Bueno, cuál es tu problema— le exigí saber y jalé a Dominique más hacia mí, el dio un paso hacia adelante con la mano ya sobre su arma cuando Andy lo frenó.
—Calma Gioaccino, no le arruines el momento a Dom— me sentí agradecido con Andy.
A regañadientes dejé de abrazarla, pero retuve sus manos —yo sé cómo puedes agradecerme— le sonreí y ella me miro con la curiosidad reflejada en el espejo de sus ojos.
— ¿Cómo?
—Ven esta noche a nuestro concierto— le solté, ella parpadeo y una sonrisa se dibujó en su cara al momento de asentir.
—Me encantaría ir, pero no tengo boleto— bajó la mirada frunciendo los labios, ese gesto me hizo sentir acalorado.
—Ese no es impedimento alguno, vas a ir conmigo y yo tengo facilidades, ser el cantante me otorga algunas ventajas— conteste guiñándole un ojo, ella se sonrojó, Dios, lucia tan linda.
—Está bien Bill— contestó con un hilo de voz.
— ¿Te veo en el lobby a las ocho de la noche? — le pregunté inseguro, todo parecía tan irreal.
—Siiii— contestó canturreando y alejándose en busca de su cachorro —nos vemos Bill.
Me dirigí a la salida sonriendo sin despedirme de Andy y sin mirar ni por error al otro vomito con patas, me sentía en las nubes. Cuando salí, vi a Tom quien estaba sentado en uno de los sofás blancos escuchando música en su iPod y tocando una guitarra imaginara, pero se levantó en cuanto me vio.
—¿Todo bien? — me preguntó suspicaz.
—Mas que bien Tomy, vámonos y te cuento— le sonreí mientras salíamos de la habitación con Sakí y Dirk siguiéndonos como sombras.
Mientras tanto en el pent house
Los ánimos de los protectores estaban caldeados.
—Oye Dominique no me parece buena idea…— empezó el más grande pero la chica lo interrumpió.
— ¿Sabes que Gioaccino? No te pedí tu opinión, ya no soy una niña y tú no eres mi papa para decirme lo que tengo que hacer o no y además no quiero que vengas tu hoy, solo quiero a Andy y a Giovanni — contestó ella de modo audaz y se introdujo en el baño cerrando de un portazo.
—Esta mocosa me va a matar de corajes— se quejaba Gioaccino ante la sonrisa del rubio Andreus.
—Hoy no vas, estas castigado— le decía el rubio burlándose.
—Cállate, ese estúpido nazi se arrepentirá—mascullo el más grande. <<y esa gatita engreída también>> pensó, retirándose de la habitación blanca con la mente llena de oscuros pensamientos de venganza.
Continúa.