IV: Jodida pubertad


Este es un capitulo especial. Como verán, es mucho mas corto que los habituales, ello tiene una razón de ser: Está enteramente dedicado a Tom, veremos que hay en su cabeza… y su corazón.

«Blame it Tom Kaulitz» Fic de Haruxita

IV: Jodida pubertad

Bill – alias “la puta Trümper”- sacaba la lengua, exhibiendo sonriente el piercing en ella.

A Tom el gesto se le antojaba burlesco, insultante.

Apretó la mandíbula y asestó un golpe de puños justo en el centro de la cara.

«Se está riendo de ti».

Tres golpes más.

«Perfecto, no pierdas el ritmo».

La cinta adhesiva que sujetaba la hoja al punching-ball comenzaba a despegarse en los bordes, pero ese no era un problema, Alexa imprimió suficientes fotografías como para empapelar el amplio sótano en que se reunían.

Los verdaderos problemas de Tom eran mucho más serios y no tenían solución posible. Las tres fotografías que robó del montón y ocultó de prisa en su mochila, eran parte de ellos.

—Me pareció ver que tu amigo Georg se ha unido a su grupo.

Alexa era brillante, pero una cabrona implacable. Disparaba exactamente donde más dolía.

—Él ya no es mi amigo. -la respuesta seca, igual que el golpe en el rostro impreso.

La mención era innecesaria, no había dejado de pensar en ello desde que los vio en la cafetería el martes. Geo parecía integrarse en el bullicioso grupo con enojosa naturalidad.

—Jodido traidor. -dos golpes más y un pensamiento en voz alta -¿Cómo mierda se atrevió?

—Te lo dijimos, tu amiguito no era de fiar, a la primera oportunidad se enredó con la puta.

El último puñetazo acabó de rasgar la fotografía y le arrancó un jadeo de dolor. Un punzante recordatorio de que su mano derecha aún no se encontraba en condiciones de ser sometida a tal exigencia.

Escupió en el piso y se sentó en un viejo sillón a quitarse el vendaje de las manos.

—¿Tú crees? Geo no es…

—Los maricones usan siempre la misma técnica. –Terció Bertolt, llegando con las cervezas.- Esa escoria está acostumbrada a conseguirlo todo con favores sexuales. Es algo así como su moneda de cambio.

Tom cogió la botella que le tendían y bebió un trago considerable. La mera idea de que Georg tuviera algo con «la puta» escocía intensamente.

***

Su risa era ruidosa e invasiva, como una bandada de pericos salvajes. Aparecía de pronto -desde donde menos se lo esperaba-, estallando en miles de fragmentos que chocaban con las paredes y continuaban reverberando en sus oídos el resto del día, sin darle descanso.

Risa, carcajada, sonrisa.

Siempre que lo veía estaba sonriendo. Guiñándole uno de esos enormes ojos a ese rubio que parecía su sombra. Haciendo muecas estúpidas, como si aún fueran críos de primaria.

La puta Kaulitz” era un clown, un jodido farsante, porque nadie podía andar feliz 24/7. A menos que carecieras de cerebro, claro.

Tal vez ese era el caso.

Le daban ganas de jalarlo por las solapas de la chaqueta y sacudirlo, a ver si de una vez se le ajustaban las clavijas dentro de esa ridícula cabeza con puntas. «¡Despierta, imbécil, la vida es una mierda, no hay motivos para reír!»

Pero Uwe le prohibió acercarse, hablarle, ponerle un dedo encima siquiera. No debía hacer nada que pudiera, a la larga, estropear el plan. “La puta será de los primeros en obtener su merecido, Tomichu, eso te lo prometo, sólo ten paciencia hermano”.

Uwe hacía eso con frecuencia, llamarlos «hermanos«. Insistía en que ellos cuatro eran una familia. No decía «como una familia», sino «somos una familia». «Somos todo lo que tienes, Tom».

Estaba de acuerdo en que su familia era una mierda y en que antes de conocerlos no había encontrado nadie que viera el mundo de manera semejante a la suya.

Tom no tuvo inconveniente en apartar a su madre, así como ella cerró sus ojos y oídos cuando él la necesitó. Ni a su padre, en quien prefería no pensar. Ni a Alice, quien era su mejor amiga hasta el día en que no lo fue más. Ni siquiera a Georg, quien resultó el peor de los traidores.

Pero algo en su pecho se resistía. Ese algo tenía nombre y una cara muy familiar. Nick.

El que durmió apenas tres horas cada noche, durante la semana de exámenes, para ayudarlo a pasar biología y matemáticas, cuando estaba virtualmente reprobado.

El que le dio una fuerte colleja cuando llegó borracho como cuba a su casa, se rió hasta las lágrimas al verlo vomitar el alma por el retrete, pero luego lo aseó y le dio un brebaje que sabía a rayos, pero que le alivió considerablemente la cruda.

Su corazón se resistía a expulsar a su hermano.

Sin embargo Uwe insistía, con esa voz suave pero convincente, por algo él era el líder.

Nosotros somos tu familia ahora, Tom. No necesitas a nadie, más que a nosotros. Así como te diste cuenta que Listing está del lado del enemigo, tarde o temprano el que se dice tu hermano revelará su verdadera cara. No puedes confiar en ninguno de ellos, Tom, ellos son aliados del enemigo”.

***

Hacía ya tiempo que venía ocurriendo, su cuerpo ya no le pertenecía, no conseguía controlarlo.

No se dio cuenta cómo fue que empezó a suceder.

Tom culpaba a la pubertad y a sus malditos cambios. Algunos crecían desmesuradamente y parecían un experimento genético fallido. A otros se les cubría el rostro de una pelusa que no era barba ni nada, era sólo una jodida pelusa de mierda.

Él no había crecido, no lo suficiente, tenía dieciséis años y era el más bajo de su clase, incluso arrastraba todavía un cuerpo escuálido y cara de niño bueno. Un deplorable conjunto, que bastaba para convertirlo en blanco fácil de cualquiera con ganas de dárselas de gracioso, si no fuera por su reputación de peleonero.

La pubertad fue amable con todos, inclusive con esa pequeña zorra de Amber.

Amber era una chica del montón, ni muy bonita ni muy lista, hasta que a vuelta de vacaciones, ¡Bam! La lotería de la genética le regaló el par de tetas más grande de su clase, luego de eso a nadie le importó que fuera un poco bizca o que aún no consiguiera ubicar Canadá en el mapa.

La pubertad fue traviesa con algunos, generosa con otros, pero en general, a todos los trató bien.

Excepto a él.

Con él se ensañó, y de la peor manera.

Muchas veces se durmió salmodiando entre dientes, con los ojos hinchados y la almohada humedecida, “por favor, por favor, por favor”.

Si lo pensaba bien, ser pequeño no era TAN malo. ¡Para nada! Lo que contaba era saber dónde asestar los golpes.

Y en tanto ese rostro le gustara a las chicas, le valía.

No se quejaba, de verdad que no. “Te lo juro, Diosito”.

Él solo pedía “por favor, por favor, por favor” que le quitaran esa maldición.

No podía más.

Estaba cansado, aquello era un error y ya no sabía qué más hacer para enmendarlo.

Pero la pubertad era una máquina cruel, que no tenía marcha atrás. Tom se despertaba y su cuerpo seguía siendo ese enemigo incontrolable que iba a acabar por enloquecerlo.

Cada mañana sus manos volaban, sin que él pudiera evitarlo, a satisfacer su erección matutina. Tom se resistía a cerrar los ojos, porque sabía muy lo que vería en cuanto lo hiciera.

Pedía clemencia, pero su cuerpo no atendía más ruegos que los de su entrepierna. Mordía las sábanas y se atragantaba con el gemido, con ese nombre que le quemaba la garganta. Tom hubiera preferido ser triturado vivo antes que permitirle saltar de su boca y quedarse flotando en el aire de su cuarto.

Y se felicitaba, porque aun una minúscula victoria importaba en esa guerra constante contra sí mismo.

***

Su mundo acabó de derrumbarse cuando hasta sus manos se volvieron en su contra.

Cogían el lápiz y volaban sobre el papel, pasaban gran parte de la clase de latín cubriendo la hoja con curvas suaves, brillos deslumbrantes y muchas líneas picudas, en aparente caos, pero que en conjunto sólo podían considerarse como «perfección«.

Deseó arrancar la hoja, rasgarla, quemarla. Pero una vez más ese cuerpo que le resultaba ajeno no se lo permitió. Se quedó pasmando observando el papel. Su corazón martillando tan intensamente que tuvo el impulso de arrancárselo, solo para ver si de esa forma el dolor por fin cesaba.

Apenas consiguió emborronar el dibujo con el mismo lápiz que lo perpetró. Se acababa de anotar la segunda mini victoria del día, pero le supo a nada. Iba perdiendo esa guerra y no sabía cuánto más podría aguantar.

Temía que El Plan llegara demasiado tarde para salvarlo.

***

La clase de deporte era una de sus mayores torturas, sólo superada por el horror que debía enfrentar posteriormente en los camerinos.

No sabía que era peor, si el olor a sudor o la mezcolanza de productos de aseo personal que eran transportados gentilmente hasta sus fosas nasales por el vapor de las duchas.

Los toallazos a culo desnudo también eran buenos candidatos.

Pero no tenía que escoger, porque el primer lugar se lo llevaba sin duda la jodida costumbre de sus compañeros de arrojar los bóxers usados por los aires, de preferencia a la cabeza del distraído de turno.

Tom mantenía todo el rato la cabeza baja e intentaba acabar sus asuntos en el menor tiempo posible.

Cosa virtualmente imposible cuando -no muy lejos de su infierno personal y sin enterarse de su existencia-“la puta” se quitaba la ropa mientras los energúmenos que tenía por amigos bromeaban al respecto.

Nuevamente no pudo hacer mucho para ir contra los deseos de ese cuerpo rebelde, que se valió de la visión periférica para no perder detalle del espectáculo.

La puta ”flexionó sus brazos, intentando que se marcaran músculos inexistentes. Por si fuera poco “el traidor” osó pasar sus dedos por esas costillas, asegurando que resaltaban tanto podría tocar la marimba en ellas. Al parecer el “mariconcito” era demasiado sensible en esa zona porque comenzó a chillar y agitar sus brazos en cuanto el chico de pelo castaño lo sometió a un pequeño ataque de cosquillas.

Tom se acabó de vestir de prisa y cogió su bolso de deporte, huyendo tan rápido como los cuerpos mojados que se cruzaban en su camino se lo permitieron.

Lo último que vio antes de cerrar la puerta fue a su otrora “mejor amigo” cuasi montado sobre el moreno, quién chillaba “¡me rindo, me rindo!” entre risas destempladas.

***

Ser testigo de tanta cercanía entre esos dos le estaba llevando más allá de su límite. No había día en que no los viera riendo o cuchicheando como íntimos.

Ese día en la cafetería estuvo a un paso de partirles la cara ambos.

Georg, el mismo que solía ser su “mejor amigo», se puso de pie con una mueca, una que él le conocía muy bien, si tuvieran etiquetas esa diría: «es un idiota, pero qué remedio».

Tom no tuvo que preguntarse por mucho tiempo a qué había accedido porque lo vio con sus propios y sorprendidos ojos.

El chico de melena castaña jaló la chaqueta de cuero del moreno hasta dejarla a media espalda y, luego de tronar teatralmente sus nudillos, se dedicó a masajearle los hombros.

Tom ignoró el-«te lo dije»-de Alexa, porque de lo contrario se hubiera puesto de pie y acabado haciendo lo que su cuerpo estaba deseando y que era precisamente lo que Uwe le prohibió.

De manera que se conformó con apachurrar su lata de Coca-Cola y luego despedazarla en pequeños fragmentos de metal.

Su mirada se mantuvo siempre fija en“la puta”,en la cabeza inclinada que dejaba a la vista su nuca y en el largo mechón que se balanceaba suavemente sobre su rostro, impidiendo ver la expresión de placer que él adivinaba debía traer.

***

Nadie lo sabía, nadie conocía su martirio. No se lo contó a Geo, en el tiempo en que aún se hablaban, no le contó a su hermano Nick y ahora se lo ocultaba a sus hermanos Uwe, Bertolt y Alexa.

Aún conservaba la pequeña esperanza de que algún día él ganaría la guerra y no sería necesario mencionar esa oscura y vergonzosa etapa en su vida.

Continuará…

por Haruxita

Escritora del Fandom

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