Citando s Joe Cocker, este capitulo tuvo una ayudita de mis amigas. El título es idea de Ady. Como mi Archange está malita convoqué una beta suplente: Lena. (Mil gracias, cabecita. Salvaste el día).
El capi salió algo extenso, por lo que será subido en dos partes.

«Basorexia» Fic de Haruxita
Capítulo 4: Sexo, pudor y lágrimas (Parte I)
El gafete decía «Tom K.», pero para todos en esa sucursal él era…
—¡»Amorcito», rellena la bandeja de nuggets!
—Se acabaron las pajitas. «Amorcito», ¿puedes traer un paquete de la bodega?
—¡Deja de dibujar a tu novia en los manteles! Esos tomates no se rebanarán solos, «Amorcito».
De nada servían sus furiosos reclamos, ni las caras de mala leche. El tercer día de trabajo fue bautizado con ese mote y, por lo visto, sus compañeros no estaban por la labor de cambiarlo.
Pero el peculiar apelativo no se debía a su tierna cara de niño (de la que TODAVÍA no se conseguía deshacer pese a estar a pocos meses de cumplir diecisiete años), ni a un carácter dulzón que —como sus compañeros de trabajo no tardaron en averiguar— estaba muy lejos de poseer.
La culpa era…
«Del maricón de Trümper, como todo lo malo en mi vida».
En realidad la culpa era sólo suya, no debió responder la llamada de su flamante «novio» —sólo en tu casa, nadie más se puede enterar, ¿me has comprendido?— mientras volteaba las hamburguesas en la parrilla.
Se había cansado de repetirle al otro chico que el apelativo le molestaba, por lo mismo éste no tardó en adoptarlo como saludo. (El que lo llamara al menos cinco veces al día era otro asunto que lo encabronaba y mucho).
Por eso, la tercera vez que su móvil sonó ese día, el exasperado grito —¡No me llames «amorcito»!— le salió de forma espontánea. Dejando a la cocina, el mesón y hasta los clientes que se formaban para cancelar, en completo silencio. Sólo para estallar en risas acá y allá un momento más tarde.
Por ese tonto descuido suyo, estaba condenado a que le recordaran su relación con Trümper cuatro días a la semana, cinco horas al día (seis los domingos).
Él no quería trabajar, mucho menos en el McDonald’s del centro comercial, adonde solía ir con sus amigos —ex amigos—. Pero si no pagaba las multas su preciosa Zorra acabaría en el corral municipal, exponiéndose a rayados y robos.
Lo discutió con Pauline durante al menos tres sesiones, no porque ya confiara en ella sino porque, lastimosamente, no tenía a nadie más con quien hablar del tema. Por diversas circunstancias acabó perdiendo todas sus redes, algo en lo que prefería no pensar en esos momentos, bastantes problemas tenía ya como para ahondar su herida.
La idea de acatar órdenes de un subnormal no le apetecía en lo más mínimo, sin embargo estaba entre la espada y la pared. Las otras alternativas (pedirle dinero a su hermano y aceptar un pago por sus “servicios” de parte del maricón Trümper) estaban fuera de discusión.
A fin de cuentas en algo tuvo razón su psicóloga, al momento de ayudarlo a realizar la consabida lista de pros y contras. Ese insulso trabajo de medio tiempo era lo que necesitaba en ese preciso momento.
Más allá del factor económico, le permitió socializar con gente de su edad (desde que se fue a vivir con su hermano su vida trascurría rodeado de adultos, ya fuera en la clínica o en terapia) y salir de casa.
Ello debería compensar los enormes contras de su lista:
—Madrugar sin tener clases
—Arruinar sus manos lavando trastos
—Perder tiempo precioso que podía ocupar pintando
Y, la peor de todas…
—Que no importaba cuánto las lavara, sus rastas olían a fritura permanentemente.
Su vida había dado un vuelco inverosímil durante las últimas semanas. Demasiadas cosas sucedieron en un periodo muy corto de tiempo, algunas de las cuales aún no conseguía asimilar. El empleo de medio tiempo llegó en el momento indicado para mantener manos y mente ocupadas permitiéndole evadirse de sus pensamientos recurrentes.
~*tres semanas antes*~
Tobías Hofmann era un hombrecito de mediana edad quien perdió a su familia en un accidente aéreo – del cual se salvó gracias a su miedo a volar.
Aunque «salvar» era una palabra generosa en casos como ese.
El hombre nunca se repuso de la pérdida, volcó lo que quedaba de su vida a su pasión por las antigüedades, recluyéndose en sí mismo.
Pese a que él aseguraba no echar en falta el contacto humano, se notaba que lo necesitaba con desesperación. Ello trasuntaba de la avidez con que desgranaba sus aburridas y a veces inverosímiles anécdotas las escasas ocasiones en que tenía visitante.
Hofmann era diferente al resto de los vecinos de la comunidad. El hombre era el único que no lo trataba como si fuera un peligroso delincuente. Quizá se debiera a que su hijo era apenas un adolescente cuando murió, a su actitud entregada con la vida, o simplemente —y esta teoría era aún más inverosímil que sus propias historias—que, por algún ignoto motivo, Tom le caía bien.
No fueron pipas lo que pulieron esa tarde.
Tom se sorprendió al entrar a su casa y encontrar una enorme escultura de una mujer ligera de ropas, tallada en madera, erigiéndose en medio de la sala, junto a la mesa de café
La figura era escala real, tantito más grande inclusive.
Tom quedó boquiabierto, aquello era casi pornográfico, la voluptuosidad del cuerpo tallado, el largo pelo ondeando al viento, los pechos generosos y erguidos.
Tuvo que replantearse un par de cosas con respecto a Hofmann,
Jamás hubiera imaginado que su vecino era un libidinoso.
Luego recordó esas notas de la crónica roja en donde el psicópata sexual era descrito como «amable y buen vecino».
Sacando conclusiones apresuradas, se sobresaltó cuando el hombre apareció de repente a su lado, con su rostro pacífico y le preguntó como si nada: «¿Te gusta mi Calipso?».
Estuvo a punto de salir por pies, no fuera que el predador sexual gustara igualmente de jovencitos con rostro de niña y un largo historial de mal comportamiento.
El hombre le palmeó la espalda y con condescendencia agregó: «¿Nunca habías visto un mascarón de proa?»
A Tom las palabras del hombre le sonaron a chino mandarín, salvo por la última parte.
—¿»Proa»? ¿Qué eso no es el culo de los barcos?
El hombre rio como si Tom de verdad hubiera dicho eso en broma. Cuando se dio cuenta de que el chico de verdad estaba totalmente perdido meneó la cabeza y murmuró para sí con algo de tristeza:»¿qué les enseñan hoy en la escuela?»
Acto seguido sentó a Tom en un sofá, con vista privilegiada a la mujer semidesnuda, cogió un enorme volumen de la biblioteca y regresó con el donde Tom.
Esa tarde Tom no pulió pipas, no hubo viejas historias, se la pasó con Tobías Hofmann aprendiendo sobre barcos y mascarones de proa.
Fue apenas una pincelada de conocimiento, pero suficiente para despertar su interés. Como artista valoraba la belleza y el trabajo tras una pieza de arte.
Ahora, con conocimiento de causa, veía con otros ojos a «Calipso».
Tan bruto no era. Pudo reconocer en la escultura rasgos de belleza clásica, así como el cuerpo voluptuoso y su túnica estilo griego.
Luego de la mañana desastrosa que Tom había tenido en la consulta, pasar la tarde con Tobías fue casi un recreo.
El hombre notó su genuino interés y le propuso que lo ayudara a restaurar a «Calipso».
El mascarón era su última adquisición, lo había comprado recientemente en una subasta. Él consiguió un buen precio por el estado en que se encontraba y planeaba ponerse manos a la obra de inmediato.
A Tom la idea no le fue indiferente, pero no sabía que iba a suceder luego que su hermano llegara a casa. Después de su salida de madre en la consulta era probable que Nick lo encerrara en su cuarto hasta que le creciera barba.
Se marchó a casa algo más tarde de las dos horas que correspondían a su castigo.
Esa tarde no dibujó a Bill, la imagen de Calipso no abandonaba su cabeza.
Tobías le había contado la trágica historia de la ninfa que se enamoró de Ulises, a quien intentó retenerlo a su lado ofreciéndole la inmortalidad, pero éste se rehusó y los dioses la obligaron a dejarlo ir.
La historia de amor no correspondido le llegó, pese a que se negó a reconocerlo.
Las horas pasaron, y la noche cayó sin que hubiera señales de Nick. No respondía sus mensajes y el las llamadas las desviaba a buzón de voz.
Su hermano era muy responsable, si se llegaba a retrasar por algún motivo, llamaba o al menos texteaba.
A las diez en punto, Tom llamó a Natalie, quien le confirmó que Nick salió a la hora acostumbrada de la clínica.
Ya entrando en pánico, llamó a la policía para realizar la denuncia de presunta desgracia en la policía.
Pero la policía no fue de ayuda, partiendo porque le exigieron identificarse y él con un juicio pendiente no sabía si ello lo metería en problemas. Eran asuntos diferentes, pero Blumen era un cabrón y buscaría cualquier excusa para perjudicarlo.
Además antes de 48 horas de la desaparición no se podía hacer nada más que esperar.
Tom estaba desesperado, en 48 horas podían pasar mil cosas.
Le dio mil vueltas a las posibles calamidades que pudieron acabar con la vida de su hermano —la única persona en el mundo a quien le importaba—, cuando por una inverosímil asociación de ideas el rostro de Trümper pasó por su cabeza.
Su hermano pasaba a veces (y por «a veces» quería decir todos los días en que el modelo estaba en Berlín) a visitar a Valentino luego del trabajo.
Pero siempre regresaba a casa… Hasta ahora.
Una escena en que Nick se quejaba del mal hermano que le tocó en suertes tener y el modelo lo «consolaba» se desarrolló en su cabeza.
Sabía que su hermano estaba loco por Val, pero no tenía idea que pasaba con el maricón mayor. Solo sabía lo que «todo mundo sabía» sobre los maricones: que no tenían escrúpulos, que se follaban todo lo que se les cruzaban en su camino y que eran insaciables.
No estaba seguro de si Nick habría follado ya con Valentino Trümper.
Según palabras de Nick eran solo «buenos amigos», pero no sabía si podía confiar en Nick. Porque:» los maricones son manipuladores y mentirosos», quizá el modelo había engatusado a Nick, quien con tal de seguir follándoselo le decía a Tom solo lo que este le ordenaba decir.
Cansado de tantas conjeturas que no lo llevaban a ninguna parte, y lo estaban volviendo loco, decidió hacer lo único que podía para salir de dudas.
Llamar a su «novio»
Después de todo, Trümper le debía una.
No se la iba a cobrar ahora, pero Bill aún andaba en plan «pídeme algo, lo que sea». Podría aprovecharse de eso
No supo por qué lo hizo. Ninguna de las respuestas le agradaría.
Si efectivamente su hermano estaba en casa del maricón y había ignorado deliberadamente sus llamadas significaba que había preferido al modelo por sobre él, o que, peor aún, simplemente no deseaba hablarle.
Por el contrario, si no estaba ahí. Significaba que algo aún peor le pudo pasar y tendría que esperar jodidas 48 horas antes que la inepta policía pudiera hacer algo
Tom —nervioso, tenso y medio enojado de antemano— fue bastante brusco con el moreno.
—¿Nick está en tu casa?
—Er… ¿Buenas noches?
—Trümper. ¡No jodas conmigo! Solo quiero saber si mi hermano está con el tuyo.
—No jodo contigo, eso no es parte del trato —Tom se odió por su desafortunada elección de palabras. Se había entregado en bandeja para que Bill lo fastidiara.
Jugó con su piercing con nerviosismo, tendría que calmar su mal genio si deseaba sacar algo en limpio de esa llamada.
—¿Podrías decirme, POR FAVOR, si mi hermano está en tu casa?
—¿Ves que fácil era? Con la palabra mágica todo es más simple —Tom rodó los ojos, «manipuladores, sin duda, y cabrones”—Si, aquí está.
Al menos no había tenido un accidente, pero no había pasado el peligro.
—¿No sabes si…—no estaba dispuesto a ventilar sus problemas familiares con un casi extraño, aunque este casi extraño fuera su novio de papel/pesadilla húmeda.—se encuentra bien?
—Aún no lo horneamos para la cena, si es lo que te preocupa.—“Jodido maricón con alma de comediante”.—Él está bien, Val se lo llevó a la cama.
—¡¿QUÉÉÉ?!
Lo había imaginado mil veces, pero la confirmación, de los propios labios con sabor a cereza del maricón, lo dejó helado.
Su hiperactivo cerebro se puso en marcha nuevamente, bombardeándolo con imágenes de esos dos follando en las más variopintas posiciones.
Tener una fértil imaginación era un suplicio.
—¿Bob Marley? ¿Sigues ahí? ¿Aló?
—Aquí estoy.
—No pienses cosas raras.
—¿Cómo cuáles? ¿Que mi hermano no llegó a casa porque prefirió follarse al puto de tu hermano?
—Tienes suerte de que estemos al teléfono, o en este preciso momento estarías retorciéndose por la patada que te habría dado en las bolas. NADIE insulta a Val EN MI PRESENCIA. Me importa una mierda que seas mi «novio»—le dio énfasis a la última palabra.
Cabizbajo, regañado y temiendo que efectivamente Nick se hubiera cansado de él y lo cambiara por el maricón iba a colgar, pero el otro chico volvió a hablar.
—No ha pasado nada entre ellos—aseguró Trümper, bajito. —Ni nunca pasará.
—¿Cómo puedes decir eso, después que tú mismo me contaste que lo hicieron?
—No dije que lo hicieron, dije que se fueron a la cama juntos.
—Es lo mismo.
—No es lo mismo. Es dife… ¡Ugh! No me pidas que te explique cómo funciona la relación entre esos dos. Me acabará dando migraña.
—¿Que tanto sabes de la «relación» de Nick con tu hermano?
—Lo bastante para asegurarte que nevará en el infierno antes de que esos dos follen.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Deberías saberlo, tú conoces mejor que yo al inepto de tu hermano
—¡No le digas inepto a Nick!
—¡Y tú no le vuelvas a decir «Puto» a Val! Te puedo apostar que tu hermano en este momento lo está arrullando, o mirando bajo la cama para asegurarse de que no hay fantasmas.
Tom se dio una palmada en la frente, eso sonaba perfectamente a algo que su hermano haría.
—¿Tu gran revelación se basa en que Nick es medio torpe con las chicas… gente que le pone?
—Eso, y que conozco al dedillo a mi hermano. Nada sucederá entre ellos. Te lo doy firmado si quieres.
Suspiró algo más tranquilo, aunque sintió lastima por Nick.
«¿Entonces lo que me dijo es cierto? Ese maricón solo lo ve como un amigo»
—Gracias por la información.
—De nada. ¡Espera!
—¿Qué?
—Por mí, no te enteraste.
—Como si alguien me fuera a creer que ahora hablamos civilizadamente.
—Duérmete, idiota.
—Lo mismo, subnormal. Y… gracias.
—Por nada, lo que «mi amorcito» necesite.
—¿Cómo me…? ¿Colgó? ¡IMBÉCIL! —Gritó, al teléfono
~*~*~*~
Que su hermano descubriera su mariconez no era el peor problema del chico.
Los ojos asustados y suplicantes de Samira lo perseguían donde quiera que fuera.
Una de las primeras infracciones de Zorra se la ganó por subirse a la acera para evitar atropellarla. Tuvo suerte de que a esa hora de la noche no hubiera peatones transitando. Pero las cámaras de transito captaron la maniobra.
Aunque su lado racional se repitiera que aquello fue una ilusión provocada por los nervios, y Pauline le explicara que fue su sentimiento de culpa y resabios del stress post traumático, su corazón estaba convencido de que se trató del fantasma de la chica.
Producto del stress de ese día, cuando por fin se consiguió quedar dormido, fue asaltado nuevamente por sus pesadillas.
No las húmedas… las otras.
El fantasma de su compañera volvió a visitarlo en sueños esa noche.
~*~
Despertó antes de que amaneciera y ya no pudo volver a dormirse.
Aún asustado, bajó a la sala en busca de Scotty.
Desde que comenzó el mural el labrador ya no se asomaba por su habitación. El olor de los oleos y el diluyente era demasiado fuerte para su sensible olfato.
El perro alzó su cabeza de su cama al percibirlo bajar las escaleras, Tom experimentó un gran alivio. Su amigo peludo cuidaría de él y espantaría sus demonios.
Se sentó en su sillón favorito y encendió el televisor (no estaba dispuesto a darle otra oportunidad a las pesadillas de tomarlo por sorpresa). No necesitó llamarlo, Scotty le saltó encima y se acomodó lo mejor que pudo sobre su regazo.
Cuando el perro era sólo un cachorro y Tom un niño llevado de su idea, Nick le advirtió que no lo acostumbrara a acostarse en su regazo, porque los hábitos que los perros adquirían era muy difíciles de quitar una vez se convertían en adultos. Tom, que por ese entonces bordeaba los 10 años, no le vio inconveniente a ello, muy por el contrario.
Aunque su hermano insistió —»Scotty crecerá, mucho»— el chico respondió con un grito entusiasta. —¡¿Lo juras?! ¡Eso será fantástico!
Desde luego, Tom confiaba en que él también crecería. (Y sería tan alto como su hermano).
Pero el chico de rastas mantenía su apariencia aniñada, pese a estar a unos meses de cumplir 17.
Sin embargo, aunque el perro invadiera cada centímetro de su espacio vital no le molestaba. Fungía como un Patronus, un cálido y peludo guardián que lo protegía.
~*~*~*~
Nick no llegó a casa esa mañana, se pasó directo a la clínica.
De antemano sabía que el ambiente sería tenso cuando llegara esa tarde. Por un lado estaba la charla pendiente con Tom sobre lo ocurrido el día anterior en terapia. Por el otro, tenía una idea más o menos acertada de lo que había pasado por la cabeza del adolescente cuando no lo vio llegar a dormir.
De por sí Tom se ponía de muy mal talante cuando mencionaba a Val.
No había manera de que este le creyera que no habían tenido un encuentro sexual la noche anterior. Ello aunque le ocultara el pequeño detalle de la cama compartida.
Y es que…
¿Quién podría creerlo?
Dormir en la misma cama, abrazados estrechamente, compartiendo inocentes caricias y un beso
«No pienses en ese beso, ese beso nunca pasó».
Si hasta Natalie tuvo dificultades para creerlo.
En realidad no tenía planeado contarle lo ocurrido, no quería darle alas a su imaginación, pero no pudo contra las implacables dotes de detective de su amiga.
A la mujer le bastó una mirada para sumar dos más dos y sacar sus propias conclusiones.
Vestía la misma ropa del día anterior —aún en la época que se había descuidado, puso especial cuidado en su presentación personal en el trabajo—, sin contar con que olía a los productos de aseo personal de Val.
Aunque el hecho de que amaneciera algo más alegre y cantarín de lo usual alimentó las sospechas de la mujer, en realidad fue la llamada de Tom la noche anterior lo que la puso sobre aviso.
—¿Seguro? ¿Nada, en absoluto?— Preguntó ella, por tercera vez. Como esperando que recapacitara y le relatara todos los detalles de una ardiente noche de pasión que nunca tuvo lugar.
—Somos amigos, Naty, uno no tiene sexo con los…
—¡Por favor! ¿En qué mundo vives, cariño? Los amigos follan todo el tiempo. Se llama «amigos con derecho a roce».
—Nosotros dos tampoco hemos tenido sexo.
—Eso es porque no me va el incesto, eres como mi hermano menor.
—Aunque la mayor parte del tiempo te comportas como si fueras mi madre.
—Dejaría de hacerlo si actuaras como un adulto. ¿Ese sujeto te mete en su cama y tú sigues empecinado en que no hay nada más que amistad entre ustedes?
—Val estaba cansado… Además le teme a los fantasmas.
—¿Fantasmas? —Nick desvió la mirada ante la expresión suspicaz de la mujer.—Hay que concederle que al menos es ingenioso.
—Sé lo que estás pensando.
—No, no lo sabes. —canturreó, cogiendo su vaso de capuchino, que no pudo ocultar su sonrisa de malicia.
~*~*~*~
Nick se había marchado de prisa luego de levantarse, ni siquiera aceptó su ofrecimiento de quedarse a desayunar.
Val había tenido que llevar una mano sobre su pecho para aplacar su corazón —que empezó a latir alocado—cuando vio al hombre asomarse junto a su reflejo en su tocador, usando tan solo uno de sus batines de baño.
Su ducha de hidromasaje era demasiado sofisticada para el veterinario quien — acostumbrado a la grifería convencional (izquierda/caliente, derecha/frío)— se vio liado con la batería de botones y acabó encendiendo el pequeño sistema de sonido incorporado en la cabina.
Debió recurrir a sus dotes actorales para simular el aplomo que ya no poseía, conducirlo a la ducha con una sonrisa y realizar un tutorial básico de uso, evitando todo contacto visual (no fuera que sus hormonas a flor de piel lo traicionaran y sus ojos se fueran directo al sur).
De pasó descubrió el límite de su autodominio: Nick Kaulitz, desnudo bajo un albornoz.
Llegó tarde al gimnasio ese día. 27 minutos tarde, el mismo tiempo que empleó retozando en la cama deshecha, semi envuelto en el albornoz.
Era enfermo, quizá hasta un poco fetichista.
Y no le podía importar menos.
~*~*~*~
—¿Quién es la chica?
Tom saltó lejos, como un gato sorprendido. No oyó al otro acercarse hasta que lo tuvo junto a él.
«Jodida moqueta».
—No me gusta que miren sobre mi hombro mientras dibujo. —alegó, aún jadeando por el susto, mientras cerraba su croquera y la aseguraba con un par de apretadores.
—¿Por qué no? Dibujas bien. A mí hasta los círculos me salen cuadrados.
—¡Porque no, y punto! Es algo privado. —agregó, en vistas que el moreno no iba a dejarlo en paz hasta obtener una respuesta satisfactoria.
—Te debe gustar mucho.
Tom rodó los ojos al ver al otro sentándose a lo indio junto a él, con intenciones de entablar conversación.
—¿Dibujar? ¿Cómo crees? Sólo lo hago para que la gente idiota se acerque a preguntar tonterías
Maldijo el momento en que aceptó ir a casa de los maricones esa tarde. De no ser porque necesitaba desesperadamente distraerse y dejar de pensar en la discusión pendiente con Nick, nada hubiera conseguido moverlo de su sillón.
El maricón no cayó en su provocación, estaba más ocupado intentando arrancarle su libreta de dibujo de las manos.
—Hablaba de la chica, no has parado de dibujarla desde que llegaste.
Se felicitó por su inusual muestra de criterio. De haber dibujado al maricón estaría en serios aprietos en ese preciso momento.
—Sí, me gusta mucho. —aseguró, jalando la croquera lejos del alcance del moreno.
—¿Cómo se llama?
—Calipso.
La mirada que le dio su «novio» no le gustó en lo absoluto, el tonillo burlesco que empleó mucho menos.
—¿El «player» se ha enamorado finalmente?
Esa charla se estaba tornando peligrosa, no era su intención poner en entredicho la reputación que tanto le costó obtener.
—Es sólo alguien que me tiré, ¿satisfecho? Yo no me enamoro. ¿Por qué me conformaría con una sola chica, pudiendo follarlas a todas?
Era el discurso que soltaba cuando se veía acorralado. Simple y efectivo. Pero tenía que venir el maricón a arruinarlo todo, como siempre.
—¿Que harás cuando ya no te queden chicas por seducir?
—Supongo que tocará repetir. —terció, fastidiado.
—¿De verdad nunca has follado con alguien de quien estuvieras enamorado?
No le agradaba la forma en que el otro chico lo miraba, como si sintiera lástima por él.
—¿Acaso tú sí? —contraatacó.
Fue una revelación, no que la respuesta fuera negativa. —Ello confirmaba su creencia de que Trümper era una puta, como todos los maricones. — Sino la forma en que este reaccionó ante su pregunta.
El semblante del chico, sonriente hasta ese momento, se apagó de improviso. Se incorporó y, sin mediar palabra, se marchó de regreso a su cama.
Tom parpadeó confundido, intentando infructuosamente desentrañar lo que acababa de suceder.
El moreno no parecía molesto —en tal caso estaría insultándolo, o cayéndole a golpes, como hicieran tantas veces en el pasado— Esta vez lucía cabizbajo, de hecho parecía lastimado.
¿Cómo un simple comentario al azar pudo afectarle tanto?
Se pateó mentalmente por lo que estaba a punto de hacer. Lo que sucediera con el maricón no era su asunto, él estaba ahí sólo para hacer acto de presencia.
Sin embargo una fuerza misteriosa lo impelió a mover el culo del puff en que estaba arrellanado y acercarse a la cama.
Una fuerza misteriosa llamada «consciencia» que le enrostró que, menos de 24 horas atrás, él —muriendo de preocupación— había recurrido al maricón y este, pudiendo joderlo, se había comportado de forma decente y le había regresado el alma al cuerpo.
Se sentó en el borde de la cama, sin tener pajolera idea de qué decirle al otro chico.
Cuando la cagaba con Geo simplemente dejaba pasar un rato, esperando que las cosas se enfriaran, luego se dejaba caer haciéndose el idiota, su amigo le daba un par de collejas y problema resuelto. Todo quedaba en el pasado.
Sin embargo los tiempos habían cambiado, Geo y él ya no eran amigos, y dudaba mucho que la vieja técnica funcionara con el maricón.
Si al menos supiera en que la había fregado esta vez…
Tom no tenía como saber que el moreno acababa de sufrir un cubetazo de fría realidad. El chico quería que Tom se marchara. No quería verlo, ni siquiera oírlo.
Sin embargo, y pese a no saber siquiera en que había metido la pata esta vez, Tom intentó disculparse.
Bill insistió una vez más en que lo dejara solo, pero se veía tan miserable que Tom se quedó.
Bill triste lo podía, lo descolocaba por completo, le bajaban unas incomprensibles ganas de protegerlo. (Y de hacer otras cosas totalmente inaceptables, como sentarlo sobre su regazo y abrazarlo hasta que se le pasara la pena).
Pensar nunca fue lo suyo. Hizo el intento de encontrar la forma de sacarlo de ese invisible capullo en que se había aislado. Pero sólo consiguió adquirir un dolor de cabeza, probablemente provocado por su cerebro echando vapor, debido al esfuerzo.
Se dio cuenta de que realmente no conocía al maricón.
Del montón de datos inútiles que había coleccionado de él no había ninguno que le sacara del apuro.
Todo lo que él sabía hacer en la vida era dibujar (y cocinar, por culpa de los castigos tontos de su hermano mayor).
En algún lugar del mundo debía estar ocurriendo un cataclismo en ese preciso momento, porque inopinadamente Tom Kaulitz tuvo una idea.
~*~
El sonido del lápiz sobre el papel atrajo a Bill, al entornar los ojos se encontró con Tom, sentado en la alfombra frente a él, concentrado sobre esa libreta de dibujo que le había visto cargar a todas partes.
Lo ignoró, o al menos lo intentó, porque el de rastas seguía dibujando como si nada, mientras él moría por saber qué rayos era eso tan gracioso que había en el dibujo.
A sabiendas de que luego se iba a arrepentir de haber cedido a sus impulsos, su curiosidad fue más fuerte.
—¿Puedo ver?
—No creo que quieras.
—¿Me dejas decidir por mí mismo? —urgió, estirando la mano para recibir la croquera.
Tom era medio lerdo, pero no estúpido, sabía que no podía entregarle su libreta de dibujo, esa sería su perdición. Por lo que simplemente arrancó la hoja y se la extendió.
Bill alzó una ceja, en señal de sorpresa.
Era una caricatura muy bien lograda para ser hecha de prisa. Le sorprendió el que Tom hubiera conseguido plasmar sus rasgos a la perfección con trazos tan simples.
Desconocía que el chico tuviera ese talento.
Desde luego, ignoraba que tal nivel de detalle fue conseguido con horas de stalkeo, es decir, observación.
El dibujo lo mostraba con un cuerpo delgado y pequeñito, coronado por una enorme cabeza de la cual salía un bocadillo de texto, que pretendía crear la ilusión de que el personaje del dibujo estaba chillando.
No pudo contener una diminuta risa ante la frase escrita con esa letra redonda y algo infantil: «¡Mierda, me rompí una uñaaa!».
Bill dobló el papel en dos. Tom pensó que iba a romperlo pero no lo hizo, sólo lo conservó entre sus manos.
—Ni siquiera me parezco.
El de rastas consideró que ese era, por lejos, su peor dibujo de Bill. Pero no le preocupó, tenía cientos de dibujos suyos.
Al menos había conseguido su objetivo, cambiarle el ánimo.
Le picaban las manos por dibujarlo de verdad. Aprovechar que lo tenía a un metro de distancia, sólo para él.
Pero sabía que esa había sido una oportunidad única, repetirla sería arriesgar demasiado.
Y aunque deseaba preguntar qué pasó recién, intuyó que eso sería meter la pata.
Se puso de pie y guardó sus materiales de dibujo.
Justo cuando se había olvidado del motivo que tenía sus nervios de punta, Bill lo sorprendió con una pregunta.
—¿Que sucedió con tu hermano?
No quería pensar en ello, aún no decidía que decirle, ni siquiera estaba seguro de querer hablarle.
—No lo sé —respondió, encogiéndose de hombros. Su garganta se le secó repentinamente. —aún no me he comunicado con él. Sólo me envió un mensaje esta mañana. «Llego a casa esta noche, tenemos que hablar, cuídate».
—Ufff. Eso suena a que estás en problemas.
Debió morderse la lengua, había hablado de más.
—Son asuntos familiares.
—¿Por eso la cara de culo que traías al llegar?
—¿Te has mirado al espejo? La tuya no es ninguna belleza precisamente. —espetó, a la defensiva.
El moreno hizo una mueca mecánica, sus ojitos almendrados se apagaron nuevamente. —Lo sé.
Por lo visto el maricón tampoco pasaba por un buen día, al igual que él.
—Discúlpame.
—¿Por decir la verdad?
El chico de rastas buscó la ironía en las palabras de Bill, sin encontrarla por ninguna parte.
¡No podía estar hablando en serio!
¿Qué rayos pasaba por la cabeza de Trümper?
—Hey, te estaba jodiendo. —Aseguró, apoyando ambos antebrazos en el borde de la cama—. Es lo que hacemos, ¿recuerdas? Tú me lanzas una, yo te la respondo y tú me devuelves una peor.
—Creo que no estoy de humor para jugar hoy.
Tom fue testigo pasivo de cómo el moreno le dio la espalda y se volvió a esconder en su capullo invisible.
—¿Es por algo que dije? Digo tonterías todo el tiempo, no deberías prestarles atención.
—No, Bob Marley. Aunque te cueste creerlo, no eres el centro de mi universo.
—Hace un rato estabas bien. No me digas que no fue por algo que yo dije.
—¿No vas a dejarlo por la paz, verdad?
—El que persevera alcanza, eso me lo enseñó un conocido. —aseguró con una tímida sonrisa.
—¿Te he dicho que eres odioso?
—Solo unas veinte mil veces.
Bill se giró y medio incorporó en la cama, apoyándose en un codo.
Con el movimiento un mechón cayó sobre su ojo derecho, Tom se cruzó firmemente de brazos, para contener el impulso de llevar el mechón rebelde tras su oreja.
Tom esperaba la confesión de un turbio secreto, pero en cambio obtuvo un comentario inesperado.
—Eres afortunado. Tú y tu filosofía de mierda. Tomas sólo lo que quieres y te marchas sin salir herido.
El peso de las mentiras comprimió el corazón de Tom, mas no dijo palabra alguna.
—Quisiera poder ser un hijo de puta como tú. Tal vez no sería feliz pero definitivamente no sufriría tanto.
¿Estaba completamente perdido o eso significaba lo que él creía?
—¿Estás… enamorado?
La enorme mueca del maricón— que pretendía pasar por sonrisa—no engañaría a nadie.
—¿Quién lo hubiera pensado? No resultaste un completo palurdo después de todo.
—¿Y él qué…? ¿Es un «él», verdad?
—No, Bob Marley, un día me desperté hetero y me enamoré perdidamente de tu madre —Tom y sus preguntas imbéciles, se lo tenía bien merecido.
Entonces era ese el gran misterio: El maricón estaba enamorado y no era correspondido. ¿Cómo alguien podía darse el lujo de rechazar a Trümper?
—¿Por qué…?
—No preguntes, por favor. Aún queda media hora, puedes regresar a dibujar o hacer lo que quieras.
—No. Quiero saber. ¿Por qué tomarse tantas molestias buscando un novio falso, si es mucho más simple seducir a ese sujeto del que estás enamorado? —Su pregunta impertinente recibió un cojín volador como única respuesta.—¡Hey! ¡Te estoy hablando! ¿Dónde están tus modales?
—El burro hablando de orejas. —rezongó el chico, su voz amortiguada por la almohada.
—Trümper…
—¡No le gusto! ¿Satisfecho? Para Markus soy sólo un niño estúpido que no sabe lo que quiere. Hablas de seducirlo como si fuera pan comido para mí. Pues te informo que te equivocas Trümper. Yo no sería capaz de seducir a nadie, aunque la vida me fuera en ello.
¿Estaban hablando de la misma persona?
—Estoy harto de que me comparen con Val y esperen que siga sus pasos. ¡Pues lo siento! Esto es lo todo que hay —el chico extendió sus brazos e hizo un pequeño ademan que abarcó su largo y escuálido cuerpo—. No soy ningún tipo de símbolo sexual, tampoco quiero serlo. Sólo deseaba que el hombre que amo me tomara en serio. Pero, por lo visto, eso era pedir demasiado.
Tom lo miraba desde la alfombra, boquiabierto, sin saber que decir.
Este Bill falible, que hipaba con el rostro húmedo por lágrimas de impotencia, no encajaba con el ser que lo acosaba en sus pesadillas húmedas. Esa suerte de incubo que habitaba en sus noches de calentura y cuya mera presencia nublaba su voluntad y lo orillaba a culposas sesiones de masturbación.
—No sé qué decir—confesó, avergonzado por su futilidad. Deseando poder hacer algo para consolar al maricón.
—No tienes que hacerlo. Te agradecería que no le contaras esto a nadie.
—Y yo que iba mandarle el chisme a todos mis contactos.
Ante el rostro asustado del moreno debió explicar que esa fue una ironía tonta y de mal gusto.
Cuando el de rastas se marchó del pent-house esa tarde seguía sin comprender que rayos pintaba él en todo ese asunto, pero al menos había conseguido que el maricón dejara de llorar.
De alguna forma retorcida, sentía que había conectado con el moreno esa tarde.
~*~*~*~
Él era un adulto, soltero y sin ningún tipo de compromiso, por lo que no le debía rendir cuentas a nadie.
¿Entonces por qué sentía como si hubiera cometido una grave falta?
Teniendo a un meloso Val en sus brazos no podía pensar en nada más
Para ser justos, bastante trabajo tenía poniéndole coto las reacciones naturales de su cuerpo
Si se había acordado de su hermano, sólo que no tuvo un momento sus manos libres para llamarlo o siquiera textearle.
Se ruborizó al recordarlo.
Se iría a la cama con ese recuerdo por mucho tiempo. Aunque realmente nada había sucedido entre ellos, lo atesoró en su memoria. La naturalidad (y la confianza) con que Val lo recibió entre sus sabanas.
¿Él no haría eso con todos, o si?
Espantó ese pensamiento aciago, conocía a Val mejor que eso.
Val, que con infinito recato le dio el espacio necesario para atender su pequeña «urgencia». En realidad, no tan pequeña, la estrecha cercanía del cálido cuerpo de Val lo puso como hacía tiempo no sucedía.
Estacionó su camioneta y apagó el motor, necesitaba un momento para calmarse.
Debía alejar todos los recuerdos de la noche anterior. Aunque nada sexual había sucedido entre ellos, no dejaba de sonreír como bobo al recordarlo. Algo que su hermano bien podría mal interpretar si lo interrogaba por ello (y era más que seguro que lo haría)
No deseaba tener una pelea con Tom. Ambos debían estar calmados para resolver el asunto referente a su terapia
Como ofrenda de paz —y de culpa— llevó pizza
Esperaba que eso volviera a Tom más receptivo a su excusa. No podía, bajo ninguna circunstancia, confesarle la verdad.
Al llegar a casa, su hermano lo sorprendió con un comportamiento ecuánime y maduro.
—Sé que pasaste la noche con tu amiguito el maricón. No fingiré que estoy de acuerdo, sólo te pido que para la próxima avises, estaba preocupado.
Nick se quedó pasmado. ¿Acaso Tom se había golpeado la cabeza? ¿O esa actitud pacífica era producto de la prolongada exposición a los vapores de la trementina?
—¿Cómo te enteraste? —interrogó, reconociendo su falta.
—No estabas con Naty, ¿dónde más podías estar?
El razonamiento de su hermanito era aplastantemente simple, y acertado.
—Entonces… ¿No estás enfadado?
—Feliz no estoy. Pero no quiero hablar, no quiero imaginar siquiera lo que pudo suceder entre ustedes.
—No pasó nada que…
—¡Bro, por favor! ¿Cenamos?
~*~
Tom supuso que semejante afrenta a su psicóloga no sería perdonada tan fácilmente con un par de horas estudiando los mascarones de proa con su vecino, y no se equivocó.
Sentado en su sillón favorito, en «posición de Grouchy Smurff» —como lo tildaba su hermano, cada vez que se cruzaba de brazos y ponía cara de pocos amigos— debió soportar una regañina que duró eternos 48 minutos, según el viejo reloj de la sala.
Tiempo durante el cual sus orejas ardieron y no se atrevió a alzar la cabeza ni una sola ocasión. Temeroso de que el adulto llegara finalmente al meollo (su vergonzante condición de maricón, ahora refrendada por un diagnóstico).
Por ello aceptó de forma pacífica y sin replicar siquiera todas sus imposiciones. «Vamos a regresar con tu psicóloga, te disculparás y cooperarás con la terapia. Ya hablé con Pauline, está dispuesta a que continúes el tratamiento con ella si te comportas, conseguí una cita para el sábado».
Los sábados eran el día que su hermano destinaba para pasear en el parque. En otras palabras, ese día lo dedicaba por completo al maricón mayor.
Luego de que esos dos se reconciliaron pasaban juntos cada vez más tiempo, no se perdían un solo sábado, a menos que el modelo tuviera un inconveniente. Pero este siempre se las arreglaba para pasar los inconvenientes por alto. Que su hermano le dedicara la mañana de uno de sus sábados a él lo hizo sentir aún peor.
Nick siempre entregaba todo de si por él, y él le respondía defraudándolo una y otra vez.
Asintió, con un nudo en la garganta. Podía hacer eso, al menos intentarlo.
—Y con respecto al tratamiento de tu patología…
Al llegar a ese punto ya no pudo seguir ocultándose como las avestruces, su cabeza se alzó como movida por un resorte. La sangre en sus venas se había congelado momentáneamente.
Nick no era un energúmeno como su padre, no lo zurraría con su cinturón, cuya hebilla quedaba marcada durante días. Además su hermano estaba enamorado hasta los huesos del Maricón Mayor, no lo castigaría por eso. Sin embargo odiaba las mentiras, si se creía esa patraña de la «Homofobia Internalizada» no le perdonaría haber mentido sobre su condición.
Nick podía ser muy paciente, pero había cosas que no comprendía. Su dolencia de mariconez era una de ellas. No se trataba de una situación permanente, tan sólo era una fase, una estupidez pasajera de su cuerpo traidor. Pasaría como se le había pasado a muchos otros.
—…muy importante que tomes en serio el tratamiento, Enano—prosiguió el adulto, en su acostumbrado tono pacífico—. Si quieres recuperarte debes cooperar, nosotros haremos nuestra parte.
Apretó la mandíbula. Ya no le quedaban lágrimas luego de todo lo que había llorado los días anteriores, al menos eso era algo bueno ¿no? Al menos no tendría que pasar por la humillación de que sus palabras fueran aderezadas con un diluvio.
—Es mentira, Bro. Todo lo que dijo Pauline… Bueno, no todo. Si, odio a los maricas. ¡Pero porque son contra natura, no porque yo sea un maricón! Eso no tiene ningún sentido. ¿Qué no lo ves? —argumentó, comenzando a desesperar. Si Nick no le creía todo estaba perdido—Soy muy macho. ¿Qué más debo hacer para probártelo?
Su hermano no respondió. Sólo se puso de pie y le pidió que no se moviera de su lugar.
El adulto regresó cargando su laptop. No la usaba mucho, por lo que pasaba casi permanentemente sobre el escritorio.
La puso sobre su regazo, con el explorador de imágenes abierto. Eran viejas fotografías, muchas de las cuales Tom no había visto o no recordaba.
Ignoraba cuál era el objeto de aquello, quizás un nuevo castigo absurdo, «matarlo de aburrimiento».
Sin embargo, esbozó una pequeña sonrisa al reconocerse en una foto. Le faltaban ambos incisivos, pero no parecía importarle. Sonreía ampliamente ante un enorme elefante rosa, dibujado con crayones en la pared de la sala.
—No recuerdo eso. Mamá debió ponerse furiosa.
—Tenías cuatro años, te confiscó todos los lápices y pinturas por un mes. Te compré en secreto tu primera croquera y una caja de rotuladores, te encerrabas durante horas en mi cuarto a dibujar.
La pregunta escapó de sus labios sin procesarla siquiera.
—¿Aún la tienes?
—Si aún existe, cosa que dudo, tendría que estar guardada en una caja en el ático.
Bajó los hombros, decepcionado. Cuando se fue de casa de su padre, Jorg juró que no le permitiría volver a poner un pie en esta en lo que le restaba de vida.
—Pero escanee algunos —agregó su hermano, en un intento por subirle el ánimo— Están mezclados con las demás fotos.
Repasó las fotos familiares rápidamente hasta que se detuvo en una imagen. No era uno de sus dibujos.
Sabía que debía bajar la tapa del portátil y huir a su habitación, luego negaría haber visto aquello. Sin embargo, no podía moverse de su sitio. Estaba petrificado ante la pantalla, mirando esa vieja fotografía.
—Kay—susurró, a pesar suyo.
—¿Lo recuerdas?
No lo recordaba, no había tenido un pensamiento para él en más de diez años. Pero le bastó ver la fotografía para que los recuerdos fluyeran atropelladamente, escapando de la caja hermética en que su memoria los había escondido. Los juegos, las caricias inocentes, su primer beso.
—Esto no prueba nada—declaró ásperamente, cuando sus extremidades por fin le obedecieron y se pudo poner de pie—. No sabía lo que hacía, era tan sólo un niño, papá hizo lo correcto.
—¿Golpeándote?
—¡Pues debió hacerlo más fuerte! ¡Tal vez ya habría conseguido componerme!
Su hermano se pasó la mano por el rostro, en un gesto de impotencia.
—Enano, para empezar, las personas no se «componen» a golpes. Y tú no estás «descompuesto», sólo pasas por una fase normal de la adolescencia, es completamente comprensible que estés confundido.
—¡Hasta que por fin me entiendes! Sólo se trata de eso: una fase de mierda que me tiene confundido. Es cosa de tiempo para que me convierta en un hombre normal.
Su hermano suspiró de nueva cuenta, Tom supuso que estaba contando mentalmente hasta diez antes de responder.
Cuando Nick hacía ese tipo de cosas Tom se cuestionaba la posibilidad de que su hermano (el único miembro mesurado de su familia) realmente fuese adoptado. Sin embargo el asombroso parecido físico entre ambos era prueba irrefutable de su filiación.
—Me refiero a la búsqueda de tu identidad sexual —el chico de rastas hizo una mueca de repulsa ante esas palabras, pero el adulto no se amilanó—. Si papá no te hubiera llenado la cabeza con sus prejuicios durante todos estos años, te lo tomarías con naturalidad, porque lo es. No hay nada de malo en que te sientas atraído por un chico en lugar de una chica, o por ambos. O ninguno, inclusive. Si eso es lo que te hace feliz.
—Ser un hombre normal es lo que me hace feliz— terció, apretando ambas manos en puños a los costados de su cuerpo—. Acariciar tetas, follar coños. ¿Quieres verme «feliz»? Ayúdame a curarme de esta mierda.
Su hermano lo miró con infinita tristeza, pero ya no lo retuvo más.
Tom habría sido un enorme ingenuo —y no lo era— si hubiera creído que el asunto moría allí.
~* ~*~*~
Se estiró con pereza en el sillón, bostezando sonoramente por tercera o cuarta vez en lo que iba de la mañana. El día estaba flojo y no había mucho que hacer luego de la revisión de rutina a los internos.
Era inevitable que, tarde o temprano, sus ojos acabaran posándose sobre el poster de la pared. Aunque las sensaciones que éste le provocaba habían variado un poco con el tiempo. Ya no veía sólo al crush de su juventud, pensaba en Val, en el profundo cariño que sentía por éste, en su hermosa sonrisa, en cómo siempre se las arreglaba para tergiversar sus palabras haciéndolo sonrojar, y en lo placentero que se sentía dormirse con él en sus brazos.
No tenía problemas en reconocer que se había enamorado de pies a cabeza de otro hombre. Más que eso inclusive, no le cabía duda de que sus sentimientos habían escalado hasta consolidarse en algo más profundo e imperecedero.
Según el reloj de su pared, de una conocida marca de alimento para gatos, aún le quedaba algo de tiempo libre antes de que su primer paciente llegara. Con un expresión soñadora sacó su IPad del primer cajón de su escritorio, buscó en su lista de favoritos un video en particular y se arrellanó en su sillón hasta dar con el grado de inclinación perfecto.
El corto —fechado un par de años atrás— poseía una estética art deco y una ambientación sombría, indefectible guiño a la mítica cinta de Fritz Lang, rodada casi un siglo antes.
El video carecía de diálogos, sin embargo no eran necesarios. La andrógina figura protagonista transmitía claramente sus intenciones con apenas una sonrisa maníaca en su rostro, que helaba la sangre pero que tenía completamente cautivado al hombre en su sillón. No por nada había reproducido el mismo video en 58 ocasiones, según el contador de la aplicación.
Cuando él se obsesionó con «la chica» del cartel sólo había visto a una mujer sexy de expresión desvalida, cuya belleza atrapaba su mirada.
Sin embargo, luego de conocer a Val y sus múltiples facetas, se interesó por su trabajo y descubrió con algo de orgullo que el talento del chico iba más allá de su cara bonita y sus…
—¡Madre mía! ¡Esas piernas son larguísimas!
Sonrió ante el comentario tan elocuente de su colega, que apoyaba la mano en su hombro para cotillear su tableta. Pausó el video explicando que era un efecto del tiro de cámara. Prefirió guardarse para sí el hecho de que había tenido ocasiones de sobra para comprobar que —en la vida real, sin trucos de ninguna especie— las piernas de Val eran de por sí bastante largas… y atrayentes.
—¿Necesitas un pañuelo?
—No gracias —replicó, desviando la mirada, adivinando lo que lo que su amiga diría a continuación.
—Para que seques las babas de la pantalla.
Aunque venía soportando ese tipo de bromas por un par de meses, no podía evitar sonrojarse cada vez que las oía.
En vistas que su preciado momento de contemplación fue roto de forma inclemente, regresó la tableta a su lugar y se aprontó para ser blanco de las burlas de Natalie por un rato.
Aunque fuera a costa suya, le alegraba mucho ver que su amiga lentamente iba recobrando su acostumbrado sentido del humor y dejando atrás esa ácida ironía que acarreó durante los primeros meses tras su fracaso matrimonial.
—¿Por qué lo guardaste? Quería seguir viendo —alegó la mujer, con total desparpajo, sentándose en el borde del escritorio.
—Hazlo, sólo debes buscarlo en YouTube.
—Pero es más divertido verlo juntos.
La mujer le devolvió una pequeña sonrisa desfachatada, definitivamente ser expuesto al bochorno valía la pena si podía verla llena de vida de nuevo, aunque fuera por cortos momentos, como ese.
—¿No tienes nada más que hacer que reírte a mi costa?
—¡Qué mal agradecido! Yo que venía a avisarte que Helia Kruck canceló su cita de las diez y te encuentro babeando por tu novio.
—¿Cuántas veces debo repetir que Val no es mí…? —se calló cuando comprendió que había caído redondito en la trampa de su amiga.
—Cariño, deberías resolver este asunto de una buena vez —aconsejó ella, tomándole una mano entre las suyas—. Si esta fuera una caricatura, estarías rodeado de burbujeantes corazones rojos.
El momento de distención se esfumó, no le agradaba tocar ese tema, porque por más que lo intentaba no conseguía que su amiga comprendiera que estaba cerrado.
—Naty, no hay nada que resolver. Lo amo, él me quiere mucho. Él tiene novio, cree que yo tengo novia y es mejor que así se quede —agregó, en una sutil amenaza, no fuera que a la mujer se le ocurriera la disparatada idea de inmiscuirse—. Somos amigos, buenos amigos.
—¿Y eso te basta?
Esa pregunta era nueva, y le supo cómo un dardo envenado.
—Debe hacerlo —repuso, con resolución y un patente dejo de tristeza—. Val me dejó bastante claro que no tengo ninguna oportunidad, aunque él no tuviera novio, aunque fuéramos los últimos dos hombres sobre la tierra, simplemente no soy su tipo. No puedes obligar a alguien a que te corresponda sólo porque tu…
—…lo amas con locura.
—Sí.
Ambos suspiraron con amargura. Sus historias de amor eran tan disímiles, sin embargo acababan en el mismo punto: solos.
—No sé cuál situación es peor —agregó la mujer, frotando la mano de su amigo con el pulgar—, saber qué hace mucho le eras completamente indiferente o ser parte de su vida, pero no en la forma que deseas.
—Entre los dos no completamos uno, ¿verdad?
Ella asintió con una pequeña y triste sonrisa.
Cada vez que la veía derrumbarse —afortunadamente esos episodios se daban con menor frecuencia en el último tiempo— su pecho se oprimía. El golpe de puños que su ex colega y ex amigo se llevó el día que asomó la nariz por la clínica para retirar sus pertenencias, le reportó apenas un alivio pasajero.
Dejó su sillón, la acogió en un estrecho abrazo y tomándola de la barbilla le dio un suave piquito en sus labios. Ella no era muy dada a ese tipo de manifestaciones en el trabajo, por lo que debió estar particularmente afectada ese día como para, no sólo permitirle esa muestra de afecto, sino que plegarse a ella con gusto.
—¿Te han dicho que eres como un osito de felpa?
—¿Por lo blando y peludo? —Bromeó, recibiendo un pellizco en el costado—. Primero insinúas que parezco un vikingo, ahora me comparas con un peluche. Voy de mal en peor.
Las bromas, aunque infantiles, alivianaron un poco la tensión
—¿Debo recordarte lo sexy que te has puesto? —se apresuró en agregar la mujer, toqueteando su abdomen, aprovechando que Nick traía la bata abierta y sólo una delgada camiseta debajo— Desde que seguiste mi consejo has dejado de parecer un salvaje, al menos en las greñas. Estos músculos dejarían en vergüenza al mismísimo Regnar Lothbrok.
—Debes dejar de ver esa serie, ese fetiche por los vikingos me preocu…
Un sobreactuado carraspeo proveniente de la puerta los interrumpió.
~*~
Una de las consecuencias afortunadas que dejó su lesión en el tobillo —aparte de los deliciosos masajes que Nick le daba para aliviar sus dolores— fueron las vistas diarias del veterinario. Las que, para disgusto del más joven de los Trümper, se establecieron rápidamente como costumbre y continuaron una vez la lesión sanó.
Sin embargo, había ciertos asuntos que requerían atención especial y por ello Val se apersonó en la clínica esa mañana.
Él no usaba a Pumba como excusa, claro que no. Era sólo su obsesión por la salud de su bebé de cuatro patas lo que lo llevaba a la clínica un viernes por la mañana, media hora antes de su cita y vestido como si acabara de bajar de la pasarela.
¿A quién intentaba engañar?
Estaba pletórico de entusiasmo por ver a su amado veterinario en su ambiente. Nunca se le veía tan resuelto y seguro de sí mismo como cuando pululaba por la clínica, completamente absorto en sus pacientes. ¡Hasta había tenido el atrevimiento de darle órdenes en un par de ocasiones!
Debía estar realmente enamorado para que una actividad tan poco glamorosa como examinar a un cachorro le pareciera sexy. Pero había algo en esa mirada seria y concentrada que lo cautivaba.
Nick se entregaba por completo a su trabajo, ello era verdadera vocación y Val lo admiraba por eso.
Aunque la cita estaba fijada para las 10:30 a.m. el modelo se dejó caer bordeando las diez. Confiaba tener la suerte de su parte y que el paciente anterior hubiera cancelado.
Era su tercera visita desde que había vuelto a controlar a Pumba con Nick, el recepcionista ya actuaba casi con naturalidad en su presencia. La de su amigo era una mundana clínica de barrio, su clientela la componía principalmente las familias del sector. Distaba mucho de las elegantes clínicas del exclusivo barrio en que vivía, donde el personal está habituado a tratar con celebridades a diario.
Siempre metido en su burbuja, Val olvidaba la mayor parte del tiempo que existían otras realidades aparte de la suya. Aunque, para ser justos, desde que Nick entró en su vida sus contactos con «el mundo de franela y mezclilla», como el veterinario lo llamó una vez, se habían vuelto más frecuentes.
Su sonrisa de portada se amplió, llegando hasta sus ojos cuando el chico le confirmó que Nick, en efecto, disfrutaba de un rato libre.
Se dirigió con seguridad hasta la segunda oficina de la derecha —la correspondiente a su amigo— que tenía la puerta entre abierta.
El buen ánimo con que despertó esa mañana se pinchó de forma abrupta al escuchar una voz femenina proveniente del interior.
Lo que encontró tras asomarse a hurtadillas le enterró una espinita en su corazón. La rubia desabrida que vio junto a Nick aquella vez en la central de policía, estaba sentada sobre el escritorio con el hombre entre sus piernas. Ambos se abrazaban y sólo se separaron lo suficiente para que el hombre la cogiera del rostro con delicadeza y la…
De vuelta en el pasillo respiró hondo un par de veces, aferrando a Pumba en busca de soporte. No estaba preparado psicológicamente para presenciar esa escena tan íntima entre Nick y su novia.
Ellos eran pareja, Val daba por descontado que sus caricias iban más allá de un abrazo y un casto beso. Sin embargo, cada vez que esos pensamientos venían a su mente los rechazaba enérgicamente. Sin embargo, ya no había negación posible, por mucho que cerrara los ojos continuaba viéndolos en su cabeza.
Y dolía, más de lo que se permitía reconocer.
Se sintió un estúpido de clase mundial, tantos años cerrando su corazón para finalmente entregárselo a alguien que no podía corresponderle.
Respiró hondo, esforzándose por regresar a su personaje de Diva fría y superficial.
Verificó el estado de su maquillaje en el precario reflejo que proporcionaba una vidriera informativa. Al menos el delineador a prueba de agua demostró ser de utilidad. No podía decir lo mismo de sus ojos vidriosos, a falta de pañuelos —Nick era su proveedor de Kleenex, a él le parecían “poco glamorosos”— tuvo que esconderlos tras sus estilosos lentes de sol.
Cuando regresó a la oficina de Nick, la novia de este le acariciaba libremente su abdomen, ese que él sólo tenía permitido ver a la distancia.
Se aclaró la garganta para hacer notar su presencia y romper el momento. Ver a Nick complicado, colorado como un tomate e intentando explicarse infructuosamente—entre balbuceos— siempre era un espectáculo digno de verse. Pero esta vez su corazón estaba demasiado sobrecogido como para disfrutarlo.
~*~
Cuando ellos se conocieron lo primero que le llamó la atención —lo segundo, luego de ese dulce rostro aniñado— fue la absoluta transparencia del chico.
Algunos lo consideraban ingenuidad, otros lo tachaban derechamente de estupidez. Ella prefería inclinarse por una tercera alternativa: el chico poseía buen corazón, algo escaso de encontrar en esos días.
Si ella no hubiera estado profundamente enamorada del que más tarde se convertiría en su (ex) esposo probablemente habría reclamado a Nick para sí. Para su desgracia no poseía la capacidad de retroceder en el tiempo y cambiar las decisiones erróneas. Sólo quedaba ser más cauta en las decisiones futuras.
Nick había lanzado una velada advertencia: “no intervengas, Val no debe saber que tú y yo no somos novios”.
Ignoraba las motivaciones de su amigo para sostener esa mentira, pero no lo traicionaría negándola. Sin embargo, si de algo podía ufanarse era de ser perceptiva, al menos bastante más que su socio y amigo.
En cuanto el modelo hizo aparición ella se retiró con una tonta excusa, convencida de que su presencia no sería echada en falta por ninguno de los presentes.
Una cosa alcanzó a sacar en limpio de aquel tirante encuentro, la inteligencia del moreno estaba largamente sobrevalora. Hasta un ciego se daría cuenta de que Nick bebía los vientos por él, no comprendía cómo el maniquí era incapaz de verlo.
Por un instante sopesó que tal vez lo hacía y sólo estaba fingiendo—después de todo, tenía cierta experiencia tras las cámaras—. Esperaba que no fuera así, alguien que jugara de esa manera con los sentimientos de su amigo no los merecía.
~*~
Val estaba muy silencioso esa mañana. Algo muy raro en él, quien solía parlotear sin descanso durante cada minuto que pasaban juntos.
«Quizá esté agotado, últimamente no tiene mucho tiempo libre poniéndose al día con el trabajo acumulado durante el periodo de duelo».
Val no se había quitado la sonrisa de portada desde que entró a su consulta, esa que estiraba sus labios de forma imposible y tensaba sus mejillas. Aquella que le daba a Nick escalofríos.
—¿Te encuentras bien?—inquirió el veterinario, con preocupación
—Divinamente, y estaré aún mejor cuando nos marchemos, tengo una agenda apretadísima. Así que agradecería que te dieras prisa.
Sus sospechas estaban en lo cierto, algo malo le ocurría a su amigo, Val nunca antes le había metido prisa para examinar al cachorro.
—Val, algo te ocurre. Cuando se trata de Pumba siempre te las arreglas para disponer de todo el tiempo que sea necesario.
~*~
Debía verse realmente mal para que Nick se diera cuenta. Estaba perdiendo facultades, y todo era culpa del veterinario. Nick lo ablandaba y lo sacaba de guardia. Era una pésima influencia.
—Estoy bien, —espetó con aspereza. El reciente beso y las caricias de Nick y su novia repitiéndose en bucle en su cabeza lo estaban volviendo loco. ¿Tanto los colmaba el deseo, que no se refrenaban de tocarse ni en su lugar de trabajo?
La imagen que tenía de Nick (siempre tan propio, correcto, y tímido hasta la torpeza) se le hizo añicos.
Esa no era la forma en que imaginó a Nick en la intimidad. En sus fantasías estaban juntos por supuesto, él despertaba un lado volcánico que Nick ignoraba poseer, lo llevaba al límite y le hacía perder el control.
Él, ¡Valentino Trümper! No esa mujercita sin gracia ni sentido de la moda.
Pero esa mujercita sin gracia, que probablemente se vestía en el supermercado, había conseguido lo que él sólo podía soñar con poseer.
—¡Por Dior! ¿Puedes darte prisa? ¡Estamos retrasados!
—Aún tenemos mucho tiempo, en estricto rigor tu cita comienza recién en ocho minutos.
Nick le dio una mirada cálida, pero el maniquí no estaba de humor para amabilidades.
Se cruzó de brazos, apoyándose contra el injuriante escritorio. —»¿Quién sabe cuántas veces lo han hecho sobre él?».
—Mi tiempo es valioso, no lo derroches —argumentó, con voz plana.
—Val, ¿Te ha sucedido algo hoy? ¿Has tenido otra discusión con tu novio? —insistió, colocando al cachorro sobre la balanza, para controlar su peso.
Aquella pregunta desató el infierno.
Era como si Nick le enrostrara que estaba atrapado en un noviazgo de mierda mientras que él vivía una suerte de cuento de hadas para adultos con la mujercita esa.
—Mi vida privada no es tu asunto. —escupió con toda la mala leche que acumulaba, y era mucha.
Supo que había ido demasiado lejos por la mirada dolida que recibió de vuelta, y porque los tartamudeos de Nick hicieron casi imposible que este se diera a entender.
Casi.
—Y-yo solo… Si p-pregunto no es por e-entrometido, sino po-porque eres m-mi amigo, t-te quiero y n-no me gusta verte sufrir.
Se sintió como la ladilla que habitaba en el ombligo de la peor persona del mundo.
Si alguien no merecía su «bitchness» ese era el hombre con carita triste ante él.
¡Y encima había obtenido un «te quiero» de esos balbuceantes labios!
De acuerdo, era un «te quiero como amigo», pero para Val eso valía mucho. Nick era la única persona que conocía capaz de responder mala leche con cariño.
Valentino nunca aprendió a pedir disculpas, pero en cambio había algo que si podía hacer. Algo que solo se permitía ante su hermanito.
Se quitó sus aparatosos lentes de sol y, junto a sus ojos inflamados, expuso su maltrecho corazón ante el veterinario.
—No todos tenemos la suerte de tener un romance perfecto como el tuyo—dijo, y aunque su voz sonaba teñida por la amargura, no había resentimiento en ella, sino más bien dolor.
El veterinario dejó al cachorro sobre la camilla y le hizo una ligera carantoña ante de acercarse al maniquí.
Val sabía lo que venía a continuación, su orgullo le impelía a rechazarlo, pero su espíritu abatido necesitaba con suma urgencia uno de los abrazos reparadores de Nick.
Se dejó acunar por esos fuertes brazos, que lo contenían con cariño y le acariciaban la espalda suavemente.
No le importó que sus ojos se aguaran nuevamente o que su nariz acabara más roja que la de Rudolph. Lloró sobre el hombro de Nick hasta que su cabeza se llenó de ruido blanco y su garganta empezó a doler.
Mantener una careta de frialdad y dureza en todo momento resultaba agotador y él ya no resistía más.
Durante todo ese tiempo su amigo no cesó de prodigarle mimos y cariñosas palabras de aliento.
—Nunca, bajo ninguna circunstancia… —sentenció el veterinario, hablando en susurros— el abuso (aún el abuso psicológico) es alternativa a la soledad.
Nick ignoraba el verdadero motivo de sus lágrimas, sin embargo sus palabras no dejaron de tener sentido. Su relación con Andy no era saludable, el empresario tomaba más de lo que estaba dispuesto a entregar y eso, a la larga, lo estaba desgastando.
Refugiado en brazos de Nick era fácil caer en la ilusión y creer que la felicidad estaba al alcance de su mano.
Pero la ilusión era frágil.
Se desvaneció en cuanto, tras oír un pequeño ruido, alzó su mirada a la puerta y se encontró con el rostro ceñudo de la novia de Nick.
Su amigo no se había percatado de que la mujer los espiaba, no se necesitaba mucho más que un beso para provocar una pelea en la feliz pareja, y quizá dejar caer las palabras adecuadas para asegurar una ruptura.
«¿Y hacer a Nick tan infeliz como lo soy yo?»
Deseaba a Nick sólo para él, pero no a costa de la felicidad de su amigo.
Se apartó con suavidad, recobró sus lentes del escritorio y recompuso su apariencia lo mejor que pudo.
—No sé qué me sucedió, yo no soy un bebé llorón. No tomes esto como un precedente.
—Val, ¿Crees que compro tu fachada fría y sin emociones? —Aseguró, cogiendo un Kleenex de la pañuelera de su escritorio y usándolo para secarle las lágrimas— Tal vez cuando te conocí, pero ya no. Te lo dije una vez, eres una persona amorosa, eso se nota a ojos vista.
«Amoroso».
En su vida nadie ocupó antes ese adjetivo para definirlo, ni siquiera «amable».
Había recibido todo tipo de halagos y epítetos, que abarcaban el espectro completo de calificativos desde «hermoso», «deseable», «sexy», hasta «descerebrado», «bitch», » puta».
Pero jamás «amoroso».
Y se debía, por supuesto, al cristal con el que Nick veía al mundo.
«Ese mundo debe ser un lugar hermoso» pensó. Tratando de imaginar por un momento lo que los ojos de Nick veían cada día.
Nick era capaz de ver la ternura hasta en un ser tan arisco como él.
Tuvo que contenerse de no acariciar esa barbada mejilla. Doblemente inapropiado por la presencia oculta de la mujercita.
—No debes avergonzarte por mostrar tus emociones.
—Soy una Diva sin corazón, ¿lo olvidas? —bromeó, usando su sonrisa de portada nuevamente—Se supone que no tengo emociones, mucho menos sentimientos.
—Eso es para el público, yo soy tu amigo.
«Amigo» ¿cómo una palabra dicha con tanto cariño podía doler tanto?
—Lo sé. Pero has sido mi paño de lágrimas demasiadas veces.
—Para eso están los amigos. —un nuevo dardo hirió su pecho— siempre estaré para ti cuando me necesites, no me molesta. Lo que me fastidia es que sigas derramando lágrimas por hombres que no las merecen. Ni Joop ni tu novio valen tu sufrimiento. Porque si te amaran realmente no te lastimarían.
—¿Podríamos cerrar el tema, por favor?
La novia de Nick se había marchado, no supo en que momento.
—Si es lo que deseas… Pero, piénsalo. Mereces mucho más que una relación que sólo te provee compañía… o sexo.
«Y a veces ni siquiera eso». – suspiró con desazón.
~*~*~*~
La parte menos terrible ese sábado fue disculparse. Pauline se mostró receptiva y creyó en su arrepentimiento.
Los problemas comenzaron al tocar el tema de su compromiso para con el tratamiento. No le ayudó en nada a reprimir su odio contra los gays que el móvil de su hermano fuera bombardeado con mensajes del maricón mayor durante toda la consulta.
Nick no los contestaba, luego de recibir el primero —y ser amonestado por la psicóloga por ello— dejó su teléfono en silencio. Pero sonreía cada vez que el aparato vibraba en el bolsillo de su chaqueta. Intentaba disimularlo, desde luego, cubriéndose la boca con su mano y mostrándose serio. Pero la cara de idiota enamorado no la conseguía ocultar.
—¿Ves a lo que me refiero?—terció el adolescente, dirigiéndose a la mujer, cuando su escasa dosis de paciencia se agotó.
—¿Disculpa? No te comprendo, Tom.
En un rápido movimiento el adolescente se hizo con el móvil de su hermano, lo desbloqueó y exhibió su pantalla a la profesional.
—37 mensajes en menos de 15 minutos.— acusó. Innecesariamente, pues la mujer podía leer claramente las notificaciones.
La psicóloga carraspeó y se removió en su asiento.
—Tom, no estamos aquí para inmiscuirnos en la vida privada de tu hermano. Si su novia es muy demandante, es un asunto que ellos deben resolver como pareja. Por otro lado, Nicholas, te agradecería que apagaras ese teléfono ahora.
El adulto, ruborizado hasta las orejas, acató el regaño en silencio en cuanto su móvil le fue regresado. No abrió la boca para aclarar el malentendido de la mujer, pero Tom no perdió esa oportunidad.
—No es ninguna novia. ¡Es ese maricón que lo trae por las cuerdas!
—¡Tom!
—Disculpa, Bro, olvidé las reglas. —Repuso el de rastas, con la más hipócrita de las sonrisas.
Acto seguido, se dirigió a la mujer usando el tono más calmado que su mal humor le permitió.
—Quién le escribe es su «amiguito gay» —por si el retintín en las dos últimas palabras no fuera suficiente, remarcó la ironía con un par de comillas dibujadas con sus dedos— del que está enamorado.
—Tom. ¿Podríamos dejar en paz mi inexistente vida amorosa y enfocarnos en el tratamiento, por favor?
—Al contrario. Creo que tenemos un punto muy importante aquí. —intervino la psicóloga, apuntando un par de frases rápidas en su block de notas— Tom, sal un momento por favor, necesito hablar con tu hermano, a solas.
La expresión de desconcierto del adolescente fue una cómica réplica de la del adulto.
Salió de la consulta en silencio y si protestar. La certeza de que había cometido un grave error pesaba sobre sus hombros.
«Bien hecho, Tom. Ahora si la cagaste en grande. Lo único que hacía falta: que ahora Pauline salga con el discurso de que «lo puto viene de familia»».
~*~
Nick no pudo evitar sentirse como un niño que ha sido pescado con las manos en el frasco de las galletas. Sin embargo no estaba dispuesto a negar sus sentimientos por Val si la psicóloga le cuestionaba por ellos.
—Debo confesar que esto es sorpresivo —comentó la mujer, en un tono algo más distendido del que había mantenido sólo un momento atrás, antes de que el chico de rastas se marchara. —. Nunca tuve la menor sospecha… Si aún estás lidiando con ello y tu hermano cometió una infidencia pierde cuidado, nadie se enterara por mí.
El hombre sonrió con calma, a pesar de lo embarazoso de la situación.
—Es un asunto relativamente reciente —explicó con sinceridad—, en principio me costó un poco asimilarlo, pero ya está completamente asumido. No es un secreto para nadie, excepto quizá para la contraparte.
La mujer abandonó su impostura profesional y dejó entrever un atisbo de natural curiosidad. Fue hasta la cafetera y sirvió dos espressos.
—Eso me suena a un corazón roto.
—Es la historia de mi vida, apunto demasiado alto.
—Se supone que como profesional debo mantenerme al margen, pero no eres mi paciente y puedo permitirme una opinión completamente personal: Isobel no era buena para ti, no era más que una aprovechada que huyó por pies cuando se dio cuenta de que contigo no tendría la vida de lujos que ambicionaba. En cuanto al señor «contraparte», ignoro de quien se trate pero, a juzgar por la forma en que brillaban tus ojos con sus mensajes, debe ser muy especial.
—Lo es—la boba expresión de enamorado que tanto exasperaba a su hermano regreso a su rostro.
La mujer le dio una sonrisa cálida.
—Ese hombre sería un completo idiota si te dejara ir.
—Lo dices sólo porque eres miembro de mi fans club, junto con Naty y mi abuela.
—Lo lamento, pero debo preguntar. ¿Naty lo sabe?
El lenguaje corporal del veterinario sugirió un: ¿tú qué crees?
—Ya la conoces, usualmente se percata de lo que me sucede antes que yo mismo me dé cuenta.
—¿Y qué opina de todo esto?
—Su faceta de «mamá gallina» ha aflorado. Supongo que ocuparse de mis problemas la distrae de los suyos. Tú eres la psicóloga, sabes más de esto que yo.
—Ella siempre ha tenido una especial debilidad por ti. Y quien habla es la hermana mayor, no la profesional.
Nick acabó su café y dejó el vaso sobre el escritorio. —Y hablando de hermanos… ¿Podemos regresar al tema del tratamiento? El enano debe estar a punto de escalar las paredes de la sala de espera, de puros nervios.
La mujer adoptó nuevamente su porte serio.
—El motivo por el que solicité hablar contigo en privado es porque Tom y tú son un caso de estudio. El cómo dos personas tan estrechamente relacionadas han enfrentado su orientación de manera abismantemente disímil es un gran misterio. Ustedes provienen de un mismo núcleo familiar, crecieron en el mismo entorno, fueron sometidos a los mismos estímulos. Eso fue un detalle que me llamó la atención cuando di con el diagnóstico. Tú careces de los prejuicios y ese odio enquistado que padece tu hermano. ¿Cómo es eso posible? ¡Me derrumbas mi teoría!
Nick suspiró, intuía que tarde o temprano tendría que revivir esa historia. Era una pieza clave para comprender el comportamiento de su hermano pequeño.
—Tom no fue siempre de la forma en que lo ves ahora. Hasta los cinco años era un niño normal, alegre, soñador, dulce. Quizá demasiado para gusto de nuestro padre.
Con parsimonia, el hombre relató el inocente enamoramiento de Tom por su amiguito de infancia, la forma en que quedó al descubierto a los ojos de su padre y las duras medidas que este tomó para «enrielarlo».
—Intenté detenerlo, razonar con él. Pero papá es obstinado (por desgracia Tom heredó esa cualidad), su raison d’etre era convertir a Tom en un «verdadero macho». Esa es una frase recurrente en Tom. Debí darme cuenta antes de que algo más estaba sucediendo con él. En su antigua secundaria había un chico…
De forma algo más sucinta esta vez, puso al tanto a Pauline de las peleas de su hermano con Bill Trümper. Cuidándose de no mencionar a Val, no deseaba mezclar su historia personal en ello.
—Bill es un gay asumido y orgulloso de serlo. Puede que Tom lo envidie y por ese motivo haya enfocado su rabia en contra de él. No lo sé, sólo estoy divagando.
Durante ambos relatos la mujer no cesaba de tomar notas en su libreta.
— Me siento tan… impotente. Debí percatarme de esto mucho antes. Notar las señales. No debí conformarme con las palabras del orientador de la secundaria.
—¿Déficit atencional? —lo interrumpió la mujer.
—»Niño problema». ¡Dios! ¿Cómo pueden colgarle esa horrible etiqueta a un chico de trece años?
—¿Su mal comportamiento comenzó a los trece?
—Se arrastra por mucho más tiempo, pero su rebeldía llegó a un punto, llamémoslo «peligroso» a esa edad.
—¿Te das cuenta de que corresponde a la entrada a la pubertad y toda la explosión hormonal que conlleva?
—Debí prestarle más atención. ¡Todo tiene sentido! Su necesidad casi enfermiza por «demostrar su masculinidad», el lenguaje soez rayando en la misoginia, su interminable lista de conquistas.
—Nick, la patología de Tom es un macabro regalo de tu padre, no debes responsabilizarte por ello. Ahora es cuando puedes ayudarlo.
—No puedo evitarlo. No puedo dejar de pensar en que si lo hubiera escuchado más, si le hubiera prestado la atención debida, él no estaría sufriendo.
Hace un par de días tuvimos quizá la primera conversación honesta en años. Fue muy breve, se dio en medio de una discusión. Yo creía conocer a mi hermanito, pero las cosas que me dijo… Ese día descubrí que no sólo se siente culpable por su orientación, sino que está convencido de que es una persona «defectuosa». ¿Puedes creerlo? ¿Cómo puede un ser humano…? ¡Su propio padre! Convencer a un niño de esa monstruosidad.
Tom era un buen chico, un poco bromista, muy talentoso. Y ahora su vida se ha convertido en un infierno por culpa del desequilibrado de mi padre. Sabía que su influencia era nociva, pero no había cuantificado que tanto.
—Debo ser honesta contigo, Nick. Acá no hacemos milagros, ni actos de magia. El proceso será lento, largo y doloroso. Me consta que estás dispuesto a ayudarlo, pero convencer a Tom será muy difícil. Las ventajas con la que contamos son que aún es joven, y que tú estás dispuesto a ser su soporte.
—Haré lo que sea necesario.
La mujer llamó a su secretaria por el intercomunicador, y le pidió que hiciera reingresar al adolescente.
Confiaba en que la información que había descubierto recientemente sobre el hermano del chico sería clave en la recuperación de este
~*~*~*~
Bill no había dejado de pensar en el motivo por el cual Markus rechazaba a todos sus posibles novios.
Estaba frustrado.
No lo conseguía comprender.
Había hecho todo lo que Markus le pidió, y sin embargo el hombre no parecía satisfecho. Era como si deseara verlo sólo e infeliz.
Porque con él no lo quería, eso se lo había repetido hasta la saciedad.
Esa mañana debía estar haciendo un trabajo grupal en clases, sin embargo Bill estaba ausente, devanándose los sesos pensando en su problema por millonésima vez. Cuando una goma de borrar le impactó de lleno en la frente.
Se sobó la zona adolorida y levantó la cabeza, buscando al agresor. Se encontró con Mandy quien, aún más enojada que él, le informó que si no tenía intenciones de trabajar, lo sacarían del grupo. Se quedó boquiabierto al ver que los demás —incluyendo Geo— la secundaron.
Cabreado y sin ganas de estudiar, Bill cogió sus cosas y se marchó, ante la mirada impávida de la profesora.
Los demás siguieron estudiando, pero Mandy lo notó raro y salió del salón tras él.
Le dio alcance en el patio, donde se había sentado en el pasto y abrazaba sus piernas.
Ahí la chica comprendió que algo anda realmente mal con él.
Salvo sus berrinches habituales y pasajeros por tonterías, él no actúa de esa manera.
—¿Y el trabajo de física? —Preguntó el moreno, sin dignarse a moverse un milímetro.
—Me di cuenta de que hay algo más importante que requería mi atención.
—¿Y que podría ser eso tan importante? —bufó
—Un amigo en problemas.
—Este no es del tipo de problemas que tu IQ de 127 pueda resolver.
—¿Podrías dejar de estar a la defensiva y sólo aceptar mi ayuda?
—No pierdas tu tiempo, regresa con los demás, nadie puede ayudarme con esto.
—Pruébame. —terció, sentándose a su lado.
—Joder, quien te haya puesto «Mione» le acertó completamente.
—Gracias.
—Lo digo por lo molesta.
La chica le perdonó la ofensa, sólo en consideración a lo deprimido que se le veía.
Bill no solía hablar de su vida privada con sus amigos, aparentaba ser un chico despreocupado, hasta superficial. Pero había algo en su mirada, y en esa expresión reconcentrada que ponía cuando creía que nadie lo estaba viendo, que sugería que había algo más.
Bill estaba lleno de misterios, preguntas que jamás respondía y evadía con maestría cada vez que se las formulaban. Como cuándo regresarían sus padres de ese eterno crucero o por qué debía informar a su hermano de cada pequeño cambio en su itinerario.
Ésta bien podía ser una de esas preguntas sin respuesta, pero la miseria que emanaba del chico como miasma era tan espesa que casi se podía palpar.
No podía dejarlo en ese estado sin al menos intentar hacer algo por ayudarlo.
—Dicen que si compartes el problema, tal vez no lo resuelvas, pero habrás aligerado la carga.
—¿Y se supone que eres la más lista del grupo? ¿De dónde sacaste esa mierda? ¿De una galleta de la suerte?
—Lo siento, no soy muy buena en esto.
Nuevo bufido.
—Se nota.
—Deja de gruñir como un anciano amargado y dime de una vez que te sucede. Llevas meses comportándote raro.
Bill se tensó.
—¿Los demás se han dado cuenta?
—Piensan que son secuelas del tiroteo. Pero tú estuviste escondido todo el tiempo. Tus acciones no se condicen con los síntomas del stress post traumático.
Bill recordó sus pesadillas y el rebrote de su codependencia. Pero lo que tenía mal no se relacionaba con ello.
Necesitaba un buen consejo, un consejo de alguien listo. Aunque hablar con Bob Marley sirvió para desahogarse su problema continuaba sin solución.
Sin embargo, contarle la verdad a su amiga estaba fuera de discusión. No era estúpido, si aunque fuera parte de su historia con Markus llegaba a oídos de su hermano, su amado estaría trapeando la cubierta de una plataforma petrolera antes del término del día.
—¿Qué pensarías de alguien que sabotea todas tus relaciones amorosas, pero insiste en que no está interesado en ti de esa manera?
—Que está mintiendo… o que es un tipo malvado y egoísta, que sólo desea hacer tu vida miserable.
¿Sería posible?
Markus era parco y arisco, pero eso formaba parte de su personalidad. No era una mala persona. De haber querido realmente hacerle daño habría tomado lo que Bill ofrecía, jugado con él hasta hartarse para luego abandonarlo.
«Como el desgraciado de Joop hizo con Val».
Se resistía a creer que su Markus pudiera ser capaz de algo tan bajo. Entonces, ¿si no era ese el caso…?
—¿Le gusto? ¿Estás segura?
—Carezco de mayores antecedentes, pero es lo más probable. ¿Has tratado de darle celos?
—No deliberadamente. Pero se ha puesto furioso con cada uno de mis novios. En especial el último. No lo soporta.
—¿Warren? Lo siento cariño, pero a nosotros tampoco nos agrada. Es un completo imbécil.
Bill desvió la mirada, sus uñas parecían sumamente interesantes de pronto.
—¡¿Bill?! ¿No habrás…? ¿Por qué me entero siempre de última de estas cosas?
—Si te sirve de consuelo, nadie más lo sabe. Eres la primera.
—Bill, cambiar de novio como quien cambia de camisa no es la solución a tu problema. Al contrario, lo empeora.
—Pero al menos concordamos en que Warren era un idiota.
—Cariño, alguien tiene que decírtelo, tienes pésimo ojo para escoger a tus novios. Sé lo que intentas hacer, y no es lo más aconsejable.
Bill no tenía muy claro que era lo que estaba haciendo con Bob Marley, pero si su brillante amiga podía darle una pista, bienvenida era.
—Un clavo no saca otro clavo, solo deja otro agujero en tu corazón.
Bill suspiró, si no le contaba a Mandy al menos un cachito de la verdad continuarían dando palos de ciego toda la mañana.
—No es TAN así. No colecciono novios por gusto.
—¿Cómo así? ¿Es por puro masoquismo, cariño? Porque eso explicaría tus deplorables elecciones.
A Bill le encantaría que la chica comprendiera que él no escogía mal aposta, solo eran los candidatos que tenía a su disposición.
Tuvo que contarle una versión censurada y modificada de la historia. Una en que era su hermano quien imponía su noviazgo forzoso. No le agradaba en lo absoluto dejar a Val como el malo del cuento, pero revelar la verdad estaba fuera de discusión.
—Él quiere que tenga alguien a mi lado, alguien que me quiera y me haga feliz. Pero no he tenido suerte encontrándolo.
Era apenas una mentirita blanca. Sólo había cambiado el nombre de Markus por el de Val y torcido tantito los motivos.
—Temo preguntar acerca de tu nuevo novio. Pero a juzgar por tu nefasto historial…
Bill se crispó, no había pensado en que los chicos querrían conocerlo. ¿Por qué rayos no pensó en eso antes de abrir la boca?
—No pueden conocerlo.
—¿Por qué no? ¿Tan desagradable es? ¿O acaso… es feo?
No pudo evitar responder las interrogantes en su cabeza.
¿Desagradable…? Si, Bob Marley lo era. Mejor dicho, lo fue. Desde su reencuentro ese lejano día en el cine su relación con el chico había mejorado notablemente. Aún no llegaba al nivel de considerarla «agradable», pero al menos era » soportable».
En cuanto a lo otro…
—No, no es feo. ¿Crees que saldría con alguien feo?
—Tus estándares dejan bastante que desear, cariño. Si sales con idiotas, bien puedes salir con un Uruk-Hai.
Quizá su percepción podía estar algo dañada, pero en Ellen Key el idiota de Kaulitz tenía a un pequeño séquito de chicas mojando sus bragas por él. Eso debía significar que era atractivo. ¿No?
—Te puedo asegurar que feo no es. Es sólo…
—¿Tímido?
No pudo evitar la risa espontánea.
Recordó la ocasión en que, en la salita de dirección, el de rastas se había cogido el paquete por sobre los pantalones y lo había conminado a…
No, tímido no era una palabra que se pudiera aplicar a Tom Kaulitz
—Está en el clóset —dijo lo primero que se le vino a la cabeza, para salir del paso— De hecho, está en Narnia.
~*~
Aunque él en ocasiones renegara de sus genes, Bill era un Trümper.
Lo que significaba que hacía lo que se le venía en gana, y oía lo que le convenía a sus intereses
Por ello cuando Mandy le dijo «puede que ese sujeto este celoso, o puede que no. No sabría decirlo sin mayor información».
El entendió: “Markus está celoso”.
Cuando su amiga agregó: “Deberías replantear tu relación con ese chico; ¿realmente te gusta o sólo lo estás usando para olvidar al primer sujeto?”
El entendió: “tal vez debería dejar a Bob Marley”.
Y, finalmente, cuando ella dio por terminada la charla con un vago: “No lo sé, de todas maneras sería bueno que hablaras con él y le preguntaras que siente realmente al verte con otra persona”.
Para Bill fue un claro:»dale celos con Bob Marley y así saldrás de dudas».
Continuará…