«Basorexia» Fic de Haruxita
Capítulo 4: Sexo, pudor y lágrimas (Parte II)
La rutina era un asunto peligroso, hacía que la gente se acostumbrara a las situaciones más reprobables y las aceptara como normales, sólo en virtud de la repetición constante.
Como sus besos con el maricón.
En estricto rigor, no eran besos propiamente tales, sino un astuto truco ideado por el moreno, ante su absoluta reticencia a besarlo otra vez.
“¿Por qué querría besarte? ¡Ni que lo fuera a disfrutar!”
En cuanto salía por la puerta del ascensor el maricón le rodeaba el cuello con sus brazos —sus brazos desnudos, jodida primavera con ínfulas de verano. — y le rosaba la comisura de la boca con sus labios, lo que para alguien menos avezado que Tom podían parecer besos de mariposa, pero él era un besador con experiencia y distinguía la diferencia a la perfección.
Tom indefectiblemente cerraba los ojos cada vez, no porque se perdiera en el momento, desde luego. ¡Vaya tontería! Sino por repulsa, desde luego, era su forma de hacerle frente al indeseado contacto y evadirse.
Sin embargo lo que no tenía forma de combatir era el insultante perfume del maricón, que se colaba por sus fosas nasales y lo envolvía como una pesada niebla. Tom era incapaz de dejar de oler ese aroma aún horas más tarde, en su habitación, donde se imponía al olor de las pinturas y diluyentes.
Al menos el suplicio sólo duraba un par de minutos, los suficientes para que «el gorila» —como Tom no tardó en bautizar al sicario/niñera que, cual película de mafiosos, cuidaba al maricón— se creyera el cuento.
El día que Tom suspiró aliviado por no encontrarlo espiándolos también fue el día en que se enteró de la paranoia del mayor de los Trümper.
—¿»Cuarto de vigilancia»? ¿Qué demonios…?
—Val pasa la mayor parte del tiempo fuera de casa, muchas veces fuera del país, mandó instalar cámaras en todas las habitaciones…
—¿O sea que ni siquiera puedes pajearte sin que él lo sepa? Tu hermano está demente.
Recibió una dura mirada del moreno, que no tardó en defender a su hermano.
—Sólo se preocupa por mi seguridad. Y por supuesto que no hay cámaras en las habitaciones ni en los servicios. ¿Qué tipo de pervertidos crees que somos?
—Bueno…
Aquello le había mucho en que pensar…
Si el «gorila» estaba al tanto de todos los movimientos que ocurrían en los espacios comunes, ello explicaba la insistencia del maricón por llevarlo a su habitación. Aunque si el otro le hubiera explicado ese asunto desde el primer momento él no se habría resistido con tanto ahínco.
~*~
Bill sabía de antemano que Markus no estaría en casa ese día. Val precisaba del staff de seguridad completo, su promesa de no moverse de casa lo acabó de convencer de llevar al ruso con él.
El asunto que debía abordar con Bob Marley era delicado, cabía la gran posibilidad de que el de rastas no tomara de buen modo su propuesta y acabaran discutiendo a gritos. Por lo que Bill prefirió tomar todas las previsiones necesarias para evitar que el guardaespaldas se diera cuenta de lo que estaba tramando.
Había planeado su argumento cuidadosamente. Nada podía salir mal en ese plan, porque dudaba que tuviera otra oportunidad de intentarlo.
Por supuesto, las cosas nunca salían exactamente como el esperaba.
El chico comenzó a sospechar en cuanto puso un pie en el recibidor y no vio la silueta de Markus espiándolos desde el ventanal del estudio.
Tuvo que torcer un poco la verdad e improvisar sobre la marcha. No fue una de sus mejores ideas, tuvo que reconocer, pero al menos consiguió convencerlo de acompañarlo a su cuarto.
En efecto, si existía un pequeño cuarto junto a las habitaciones de servicio, que albergaba el servidor y desde dónde se monitoreaban todas las cámaras del piso.
Pero todo el proceso —incluyendo los respaldos diarios— se realizaba de forma automatizada. Nadie iba allí a cotillear, tanto su hermano como Markus tenían acceso a la información en tiempo real, en línea.
Estaba nervioso y, como era de esperarse, el otro lo notó. ¿Cómo evitarlo? Con esa risita sosa se le escapaba involuntariamente, Bob Marley debió pensar que había perdido un tornillo.
El otro simplemente se apegó a la que se había convertido en rutina: echarse en el puff que había en un rincón de su habitación, sacar su IPod, su libreta de dibujo e ignorarlo la siguiente hora.
Pero su comportamiento inusual aparentemente desconcentró a su «novio», quien se lo hizo saber, de no muy buena manera.
—¿A ti que mierda te pasa? ¿Me creció una trompa en la frente que me miras tanto?
Esa imagen mental no hizo empeorar las cosas, fue cosa de imaginar a Bob Marley con una larga trompa gesticulando en medio de su frente para estallar en una carcajada explosiva.
—¿Seguro que no has vuelto a robarle la yerba a tu abuela?
Se obligó a controlarse —cosa nada fácil con la idea de la trompa aún dando vueltas en su cabeza— si el de rastas se cabreaba podía irse despidiendo de las escasas posibilidades de que accediera a su nuevo plan descabellado.
Tuvo que recurrir al plan «B» aún sin haber echado a andar siquiera el «A».
De lo poco que había alcanzado a conocer a Bob Marley, debió adivinar que resultaría contraproducente. El chico era paranoico y reaccionaba de mala manera ante cosas tan simples: como un regalo.
—¿Qué mierda es esto? —era una pregunta retórica, Bill rodó los ojos ante la sobre reacción del de rastas. «y luego yo soy la drama queen».
—Pensé que te gustaban las gorras.
—¿Por qué?
—Qué sé yo, eso lo debes saber tú.
—No, idiota. ¿Por qué me compraste una gorra? —el moreno abrió la boca, pero el otro no le dejo explicarse—. No soy un jodido puto, no quiero que me compres cosas, ni que me «pagues» por ser tu novio.
—¡Es sólo una maldita gor…!
—Ya me oíste, no quiero pagos de ninguna especie. —renegó, arrojándole el presente de regreso.
Bill, con la cola entre las piernas, cogió la gorra de regreso.
Habiendo quemado su arma secreta ya no le quedaba más que el plan inicial. Su exiguo y poco convincente plan original.
Tras darle mil vueltas en su cabeza a la conversación que tuvo más temprano ese día con Mandy fue descartando una a una sus ideas.
Ahora más que nunca necesitaba de la cooperación de Bob Marley. Si quería averiguar cuáles eran realmente los sentimientos de Markus por él debía llevar esa farsa un nivel más allá.
Todo sería mucho más sencillo si le hubiera contado la verdad al idiota de Kaulitz desde el principio.
Pero claro, ello habría requerido que ambos confiaran en el otro, para empezar. Y que al otro chico no le provocara repulsa la sola idea de tocarlo.
¿Cómo demonios esperaba convencer a su Markus de que Bob Marley estaba locamente enamorado de él si este se crispaba ante el menor roce?
Mandy estaba en lo cierto, su criterio dejaba bastante que desear. Pero ante la situación desesperada en que se encontraba en ese momento, no se detuvo a analizar la tontería que estaba cometiendo
Se sentó en el borde de la cama, jugando con la gorra entre sus manos, cabizbajo.
—No debí obligarte. Será mejor que nos olvidemos de esta tontería.
—¿Qué clase de truco es este? ¿Esperas que me dé lastima y acepte la gorra?
—Eres un idiota.
El moreno dejó caer la gorra a la alfombra y regresó a su cama, al invisible capullo de aislamiento.
El otro chico se jaló una rasta, cada vez comprendía menos al maricón. Parecía deprimido ¿y todo por una maldita gorra?
Debía haber algo más. Todo ese asunto olía raro desde el principio.
Pues bien, esta vez no se iría sin obtener respuestas.
—Dijiste que podía pedir lo que quisiera a cambio de fingir ser tu novio.
El otro respondió con voz monocorde, sin moverse del colchón.
—Siempre que no me dejes en la ruina, como pretendía Geo.
—Ya te lo dije, no soy un puto, no quiero dinero, ni que me compres regalos. Quiero la verdad: Ese es mi precio.
Bill pasó saliva, ese era un precio que no podía pagar.
—No hay trato.
—Entonces no tengo nada más que hacer aquí.
Antes de que el de rasta llegara a la puerta Bill recapacitó. La verdad tenía muchos niveles, no era necesario profundizar en todos. Podía tan sólo mostrarle los superficiales, apenas lo suficiente para saciar la curiosidad de Kaulitz.
Se incorporó en la cama e hizo un ademán al otro chico, conminándolo a sentarse cerca de él
Le contaría la verdad, al menos todo lo que pudiera dar de ella sin comprometer al guardaespaldas, ni a él mismo.
—Hace mucho tiempo conocí a un chico…
—¿El tal «Markus» que mencionaste el otro día?
Bill se congeló, sorprendido, ¿En qué momento se le escapó el nombre de su amado?
Siempre era muy cuidadoso al referirse a él, las pocas veces que lo mencionaba lo hacía en tercera persona.
Intentó calmarse, era tan sólo un tonto desliz, si Bob Marley supiera la verdadera identidad de Markus no actuaría tan calmado.
—Sí, ese chico—respondió finalmente. Dispuesto a continuar con su relato como si su corazón no se hubiera paralizado de terror por un segundo—. Él fue mi primer… mi único amor. He estado enamorado de él desde que me di cuenta de que lo mío eran los chicos. Él me dio mi primer beso.
Bob Marley carraspeó al oír eso último, Bill supuso que la mera idea de dos chicos besándole se le hacía asqueroso. Bajó la mirada y trató de no pensar en ello. Para él ese era uno de sus recuerdos más preciados.
Suspiró profundamente, repitiéndose que sólo hacía eso para que el idiota de Kaulitz lo ayudara a recuperar a Markus.
—Él siempre fue muy sobre protector conmigo—prosiguió— por esa época asistía a otra secundaria, fue antes de cambiarme a Ellen Key. Yo era muy diferente a lo que soy ahora. Sufría bullying a diario pero estaba demasiado atemorizado para hacer algo. Él me cuidaba, curaba mis heridas para que mi hermano no se enterara. Cuando ya no pude ocultárselo más a Val, dejé de ir a clases. Markus me enseñó a defenderme. Solía decir que mi rostro era demasiado hermoso para arruinarlo con un ojo en tinta.
Rememoró, con una sonrisa triste en sus labios.
—Desde que puedo recordar él siempre ha estado junto a mí.
—¿Él lo sabe?
El moreno asintió
—Me declaré. ¡Joder, se lo dije mil veces! Intenté seducirlo otras tantas y él me rechazó. TODAS LAS MALDITAS VECES—hizo una mueca sarcástica—. Como ves, no soy el devora hombres que tú crees.
—¿Y te diste por vencido? ¿Por eso buscabas novio?
Bill se secó el rastro de lágrimas oscuras con la mano enguantada. Había llegado el momento de ser creativos con la verdad
—Val se enteró, me pidió que lo olvidara, que buscara a alguien y que intentara ser feliz.
Aquello era parcialmente la verdad, apenas calificaba como una mentira blanca.
—¿Por eso el gorila nos vigila?
Bill asintió, después de todo no era completamente una falsedad.
—Pero no consigo olvidarlo. ¿Cómo se supone que arrancas a alguien de tu corazón?
Esperó algún comentario soez de Bob Marley, pero este parecía más interesado en el diseño de la colcha.
—Es que no lo comprendo. Dice que no me quiere de esa manera, pero les hace la guerra a todos mis novios. Cuando se enteró que estoy saliendo contigo se puso…
—Espera. ¿Qué? ¿Le dijiste que… estoy saliendo… contigo?
El de rastas comenzó a hiperventilar.
«Ups»
¿Y ahora como rayos arreglaba ese lapsus?
—Y-yo… le dije lo que a todos, que mí último novio está en Narnia.
—¿Cómo?
Bill rodó los ojos nuevamente, esta vez con un punto de diversión. A veces olvidaba que Kaulitz era un poco lento.
—¡Dios, necesito un traductor para hablar contigo! En las profundidades del armario. Gay no asumido. —Resopló frustrado— Es que no comprendo, dice que me quiere sólo como amigos, pero se comporta como si estuviera celoso. Me confunde. Quiero salir de la duda de una vez por todas. Quiero que se defina de una maldita vez, que si realmente me quiere se decida a que estemos juntos.
—¿Y si no son celos? ¿Si solo se mete en tus noviazgos por joder?
Bill bajo sus hombros, derrotado.
—Entonces me daré por vencido. Pero no pienso rendirme sin dar una última pelea.
—¿Y qué monos pinto yo en todo esto?
—Eres mi novio actual, quiero darle celos, los suficientes para obligarlo a reaccionar.
—No.
—Pero…
—Dijiste que nadie se enteraría, y por si no bastara con el gorila y tu ama de llaves sordomuda ahora quieres que tu amor platónico nos vea.
—¡Hitomi no es sordomuda! Solo es un poco reservada. Y no es preciso que Markus nos vea.
Eso sonó muy extraño a sus oídos, toda la idea de su noviazgo con Bob Marley se basaba en que el ruso los viera juntos.
—No te entiendo. ¿Cómo pretendes que le demos celos si no nos ve juntos?
Dado que el falso faje fue pura incomodidad, simular caricias no era el camino. Esta vez Markus requería de pruebas contundentes.
—Mañana hay una fiesta en la terraza, he conseguido que Val descubra la piscina un poco antes este año.
La cara de interrogante del de rastas sugería que no le seguía la idea.
—Él va a estar presente. Quiero que no le queden dudas de mi novio, (a.k.a. tú) está locamente enamorado de mí.
—¿Y cómo conseguirás eso si yo no pretendo ir?—el de rastas se cruzó de brazos, desafiante. Bill sabía que esa era una batalla perdida, Bob Marley se desharía las rastas antes de hacer cualquier acto en público que pudiera considerarse «marica».
Por suerte Bill había pensado en eso.
—Con marcas de propiedad
—¿Eh?
Rodar los ojos se estaba volviendo una constante. Tendría que empezar a explicarle su plan con peras y manzanas.
~*~
Lo que fuera que Trümper tuviera en mente, él se negaría, no estaba dispuesto a actuar como una loca ante los amigos del maricón para que…
Su línea de pensamientos se detuvo en cuanto el moreno se quitó su grueso collar de cuero y trazó con su índice una línea diagonal cruzando el lado izquierdo de su cuello y pidió:
—Necesito un chupetón justo aquí, que sea convincente.
No pasó desapercibido para Tom que la mirada del maricón se mostraba esquiva, ni que su mano libre estuviera en un apretado puño agarrándose de la colcha.
La punta de su lengua asomó entre sus labios, jugando con su piercing. Aquello había dejado de ser una simulación.
No podía hacerlo. Él no era un maricón, a él le gustaban las chicas, tetas, coños eso era lo su…
Sin embargo, al igual que cada noche de los últimos meses, sus hormonas tomaron control de ese cuerpo traidor y, yendo contra su voluntad de macho, acarició el cuello ofrecido con una mano algo temblorosa.
—¿Estás nervioso? —no supo qué rayos pasó por su cabeza para preguntar semejante tontería. Sonaba como el galán de una mala película romántica, de esas que le encantaban a su madre.
Para su suerte, mala suerte, el otro chico malentendió sus intenciones.
—Tú estás igual de tenso, pero yo tuve la decencia de no burlarme. Y las ganas no eran pocas.
Abrió la boca para rebatirle, pero hacerlo sólo los metería en una espiral sin fin de «no lo estoy», «sí, sí lo estás».
Que el maricón también estuviera nervioso le ayudó a no sentirse tan patético.
Bajó su mano y acercó su rostro despacito, con la impresión de que al menos Trümper no lo apresuraría, y no se equivocó.
Inhaló profundamente antes de realizar el primer roce de sus labios sobre la piel expuesta.
Decir que estaba nervioso era poco. De todos sus acercamientos anteriores con el maricón ninguno fue tan íntimo como el que estaba a punto de acometer.
Su piel era en extremo suave y pálida.
El batallón de mariposas que se mudó a vivir en su estómago el día que conoció al maricón, entró en pie de guerra en el momento exacto en que este dejó escapar un diminuto jadeo.
Cada vello del cuerpo de Tom se erizó ante ese sonido. Tragó grueso y se repitió mentalmente que aquello era sólo parte del «trato», un hecho puntual que no se repetiría.
—Debes chupar —se quejó el moreno, con la voz algo insegura— no dejarás una marca de esa manera.
Rozó su nariz contra la zona en conflicto, inhalando el aroma que emanaba del cuerpo del maricón. No reconoció el olor, pero le desagradó. Era un aroma masculino. El maricón no debía oler a hombre, tampoco estar nervioso. Sería más sencillo si se comportara como una puta.
Era más fácil odiarlo cuando se estaban peleando y no tenía tiempo para notar lo agradable que era la textura de su piel, lo cálido que era su cuerpo.
Dio una pequeña probada en la piel, que provocó otro gemidito ahogado y el consiguiente tirón en sus bolas.
No debía ser así, eso estaba mal. No debía haber delicadeza, aunque Trümper pareciera una chica, no lo era.
Lo cogió del lado contrario del cuello con una mano y dio una fuerte mordida. La que fue respondida con un grito de protesta.
Fue apartado en el acto. Los ojos del otro destellaban con furia, mientras se toqueteaba el área lastimada.
—¡Idiota! ¡¿Que no puedes hacer nada bien?!
—Pensé que quería huellas de pasión. —repuso, con sarcasmo.
—No era necesario arrancarme un pedazo en el proceso. —alegó, resentido, camino al baño.
Estuvo de regreso casi de inmediato. Lucía más calmado, satisfecho inclusive.
—¿Quién diría que tu ineptitud serviría de algo? —comentó, casi para sí mismo.
Tom abrió desmesuradamente los ojos cuando el moreno se quitó sin más ceremonia su camiseta y la arrojó descuidadamente sobre la alfombra, exponiendo su pecho.
No era la primera vez que el de rastas veía ese torso desnudo. Empero, la situación distaba bastante de cuando compartían camerinos durante la clase de deportes en Ellen Key.
—Quiero una mordida aquí, aquí y aquí. —ordenó el moreno, con algo más de seguridad. Tom sudaba frío, uno de los lugares que apuntó el dedo de Trümper era su pezón derecho. —Y agradecería no tener que recurrir al kit de primeros auxilios cuando acabes.
Ignoraba si el otro usó deliberadamente doble sentido para enloquecerlo, o si su elección de palabras fue casual.
No era fácil controlarse cuando sus más delirantes fantasías cobraban vida. Él ya no poseía voluntad, lo único que lo refrenaba de no actuar como un animal cegado por sus instintos era su temor. Al que se aferró para no colapsar.
Posó su diestra sobre la espalda baja del moreno y lo acercó a su cuerpo con un movimiento seco. Pero apenas alcanzó a dar la primera lamida sobre el sonrosado pezón cuando el condenado maricón, —mil veces maldito por obligarlo a ello— lo apartó jalándolo de las rastas.
—Quítate la gorra, es incómodo y me raspa la piel.
Tom obedeció, sin replicar, internamente agradecido de que el desatino del otro le cortara el rollo.
Pero su suplicio no hizo sino comenzar. En cuanto retomó su labor, los dedos de Trümper se hundieron en sus rastas.
—¿Quieres dejar de hacer eso?—masculló, con sus dientes aún sosteniendo el pequeño y ahora endurecido botón.
—Necesito un punto de apoyo.
El tono vacilante en la voz del maricón fue un magro consuelo para Tom, quien estaba dolorosamente consciente de como su virilidad respondía a cada nueva lamida sobre esa cada vez más caliente piel.
Los sonidos que emitía el maricón lo tenían al límite.
—¿Es necesario que gimas como gata en celo?
Recibió una dura mirada y un jalón nada suave en su coleta. El chico estaba ruborizado y respiraba por la boca entreabierta.
—Mierda, Bob Marley —alegó, tragando saliva—.Concéntrate, ambos queremos que esto termine cuanto antes.
Intentó ignorar las distracciones, los gemidos, la apetitosa piel bajo sus manos, y el olor del maricón, que lo estaba volviendo loco
~*~
Bill estaba avergonzado de reaccionar con tanta facilidad a las caricias del de rastas. No dudaba que el otro se burlaría de lo lindo mas tarde.
Sin embargo, no pudo evitarlo, habían transcurrido cerca de dos meses desde la última vez que estuvo con alguien y la abstinencia le pasó factura.
Pese a que aquello era movido por un interés superior que nada tenía que ver con el sexo, Bill no pudo abstraerse del placer que las caricias del de rastas le provocaban. No contaba con que, pese a lo bruto que aparentaba ser, Bob Marley lo trataría con delicadeza.
Quizá Mandy tenía razón cuando aseguraba que sólo salía con patanes. Ello explicaría que, al lado de ellos, hasta el tarado de Tom Kaulitz parecía alguien gentil. Y eso era tan penoso
Como con cada una de sus esporádicas parejas sexuales, lo invadió la culpa. En un lugar muy profundo de su corazón sentía que le estaba siendo “infiel” a su amado Markus.
Deberían ser sus manos las que recorriera su piel, no las del de rastas. Su lengua la que descendiera en línea recta hasta su ombligo y…
—¡Es suficiente! —Gritó, apartándolo, abrumado por sus remordimientos.
El otro chico se incorporó en el acto, las rastas de su coleta estaban revueltas, tenía los ojos oscurecidos y los labios hinchados.
Verlo en un estado tan calamitoso como el propio mitigó en algo su vergüenza, al menos no fue el único que se dejó llevar por esa farsa.
—Con esto basta—aseguró, bajando de la cama para recuperar su camiseta.
—¿Qué hay de la estrella?
La áspera voz del otro chico lo sorprendió.
El tatuaje de su cadera era el tercer punto que había señalado, todos sus amantes eventuales se iban directo a besarla. Los otros chupetones no tendrían sentido sin ese último.
Regresó con resignación a la cama, sin embargo Bob Marley le ordenó tenderse en ella.
No comprendió su insistencia hasta que este le hizo ver, algo abochornado, que no deseaba tener su polla erecta tan cerca de su rostro.
Ya recostado, se cubrió el rostro con un cojín. Estaba convencido de que el idiota de Kaulitz no permitiría que olvidara el día en que le provocó una enorme erección.
Mentalmente rogaba porque el chico se diera prisa en crear la marca, deseaba ponerle fin a esa situación lo más pronto posible. Cuando esa idea descabellada cruzó por su cabeza no imaginó que se sentiría tan erróneo. Para más inri había arrastrado a Bob Marley a ello.
Ahora debía encontrar la forma de compensarle por las molestias, cosa nada sencilla, considerando que el otro chico no aceptaba ningún tipo de retribuciones.
Tendría que conformarse con un:»gracias».
—Es hermoso —creyó oír, en un murmullo.
Apartó el cojín de su rostro y lo miró con cara interrogante.
—¡El chupetón! —chilló el otro, alejándose, como si le hubiera dado un toque eléctrico.
—¿Ya terminamos? —consultó, aliviado.
—Eso depende… ¿Realmente quieres enloquecerlo de celos?
Bill asintió con energía. Completamente ajeno a lo que el otro tenía en mente.
Bob Marley le ayudó a incorporarse y le dio un extraño abrazo.
—¿Qué se supone que haces?
—Rasguños en tu espalda. Una vez se los hice a una chica y su novio la dejó cuando los descubrió. Los vuelve locos de celos: Efectividad comprobada.
Bill estaba cansado y sus bolas ya iban para moradas. Sin embargo estaba dispuesto a jugarse el todo por el todo.
—Está bien, hazlas. Pero debes recostarte en la cama, estando ambos sentados no resultará.
Si esperaba que el otro se resistiera se llevó una gran sorpresa. Sin una sola réplica se tendió sobre su espalda y le extendió una mano en una muda invitación.
Bill se repitió por milésima vez esa tarde: «Esto es por ti, mi amor». Pensando en Markus, antes de montarse a horcajadas sobre las caderas del de rastas.
Continuando con las sorpresas… Al sentarse sobre las caderas del otro chico su trasero rosó con algo rígido en los pantalones del chico.
¿Bob Marley tenía una erección?
Aquello sí que era inaudito. Ya no se sentía tan mal por la propia.
—Creo que has crecido, Bob Marley, aunque no en estatura. ¿No que lo hombres no te ponían?—chinchó, envalentonado
—Luces como chica, te vistes y maquillas como chica. Para mí, eres como si fueras una chica sin culo ni tetas.
Pudo responder con una pulla, sin embargo tenía los medios al alcance de la mano.
Se apoyó con ambas manos en sus pectorales y se frotó un par de veces contra la erección del de rastas.
En menos de un parpadeo Bob Marley invirtió las posiciones azotando su espalda contra el colchón con rudeza, la misma con la que aprisionó sus brazos sobre su pecho. La furia que Bill encontró en sus ojos lo asustó, había creído que algunas actitudes del «viejo Tom» no volvería a verlas, por lo visto se equivocó.
—Otro más de tus mariconeos y el trato se acaba aquí y ahora —gruñó de forma amenazante, a la que Bill respondió asintiendo doblemente asustado. No sólo por el temor de que «Bob Marley» rompiera el trato, sino de que este lo agrediera a guisa de «despedida».
Acatando las directrices de su «novio» con sumisión, se montó nuevamente sobre sus caderas una vez el chico de rastas se recostó, de mala gana, sobre su cama. Con sumo cuidado de no generar roce extra sobre el pequeño promontorio que se erguía justo en la entrepierna del otro chico.
A un gesto suyo, el otro chico situó sus manos a sus espaldas, y le rasguñó suavemente.
—Esa marca se quitará en unos minutos, debe ser más realista —pidió, con cautela, el otro aún estaba enfadado.—Tienes que arañarme con ganas, como si me… —Bill dudó antes de continuar, deseó que hubiera otra manera de pedirlo, pero no la había— como si me desearas —agregó con desazón— como si fuera una de esas chica de tetas grandes que tanto te gustan.
Bob Marley pasó saliva.
Bill ignoró a quien tendría en mente el chico, pero quien fuera, funcionó. Dos arañazos firmes y dolorosos decoraban ahora su espalda.
Esperaba que fuera suficiente, tras separarse ambos estaban incómodos y evitaban sostenerse la mirada.
Dispuesto a resarcirse con el chico de rastas por haberlo molestado, le ofreció su baño para que «se deshiciera de su problema».
Este, aún avergonzado, aceptó sin mayores inconvenientes.
Salvo una pregunta
—¿Y tú, que harás?
~*~
El alivio conseguido tras la ducha de agua fría no duró mucho.
Ya en el ascensor su erección regresó en gloria y majestad, nada más le bastó recordar que el moreno estaría en esos momentos «ocupándose de su problema» para que sus hormonas hicieran acto de presencia nuevamente.
~*~*~*~
Ese sábado Tom no consiguió concentrarse en el mural. Su mente muy lejos, en el penthouse de los Trümper.
El maricón había quedado de avisar si su plan descabellado había tenido éxito. De ser así, sus servicios como «novio de papel» ya no serían requeridos.
El mensaje llegó finalmente cerca de las once de la noche.
Presa de la ansiedad, Tom no decidía si leer el mensaje o no.
Finalmente ganó su lado práctico. Si el maricón conseguía conquistar al tal Markus, nunca más lo volvería a ver y parte de sus problemas se esfumarían.
Cuando por fin abrió el mensaje se encontró con una breve y concisa nota que para Tom fue bastante elocuente.
«Nuestro trato sigue en pie.»
Continuará…