
Fic slash de Cosette
Capítulo 10
Bill entró con seguridad, solo, al barrio Freiheit, con un traje negro. Sus percepciones se dividían en dos: estaba tranquilo, a pesar del lugar en el que estaba, pero temía la posibilidad de ser asesinado si no jugaba bien sus cartas. No tenía nada que perder si reflexionaba su estado actual.
No se dejó intimidar por las pocas personas que se cruzó o que lo vieron pasar desde la distancia: la mayoría del público eran niños y niñas, algunas mujeres mayores, pero al llegar a la puerta de la antigua fábrica, no se sorprendió de ver a dos enormes hombres armados resguardando la entrada.
—Deseo hablar con Anis —dijo al hombre más cercano, quien lo observaba estupefacto—. Es importante.
—¿Por qué debería permitirle el paso al jefe Königtum? —reflexionó irónicamente, formando una barrera entre él y la puerta junto al compañero, también armado hasta los dientes—. ¿Y si es una trampa?
—Estoy solo, con una inofensiva pistola —aclaró, alzando despacio su chaqueta para que se viera la empuñadura de la Heckler& Koch P2000—. ¿Acaso creen que me arriesgaría si lo que tuviera no fuera verdaderamente valioso para ambas partes?
El hombre pensó en sus opciones, con el pulgar hundido en el cinturón, peligrosamente cerca de su arma.
—Aun así, veo el chaleco antibalas, marica.
—Cualquiera puede quedar atrapado en fuego cruzado.
—Creo que deberías demostrar ser verdaderamente un mafioso.
—Ya tengo a mi familia para eso.
—En este lugar, lo único que se necesita es una buena prueba.
—¿Me pides que asesine a alguien en tu territorio para demostrar mi estatus? —Bill rio, cruzándose de brazos—. Pensé que deseaban ser mafiosos, no seguir con pruebas de pandilla…
—Escúchame bien—Sacó el arma y se aproximó velozmente a Bill, que no retrocedió ni mostró temor—. No voy a permitirte…
—Basta —Una voz conocida se aproximó y observó la imagen con recelo—. Déjalo pasar.
—El niño consentido tiene suerte… —Agregó, mientras se alejaba, pero una vez más fue interrumpido.
—Y sin comentarios —Dijo Anis, autoritario—. Somos más que pandilleros de insultos fáciles.
—Gracias —Agregó Bill cortésmente a ambos guardaespaldas, que lo dejaron pasar sin nada de confianza—. Anis.
—Bill.
Pasando las puertas, se encontraba un pasillo amplio: la primera puerta que encontraron, era la oficina de Anis. Éste entró antes que él y se dirigió a una elegante barra, llena de botellas de distintos licores, vinos y pulcros vasos de tamaños variados—. ¿Una copa?
—No, gracias.
—No voy a envenenarte.
—Son las siete de la mañana.
—En algún lado, ya es de noche —comentó, sirviéndose una copa de lo que parecía ser un buen Whiskey—. ¿Una reunión a esta hora?
—La mayoría de tus hombres duerme… —explicó, caminando distraídamente por la habitación—. Me enteré del… funeral que tuvieron anoche, así que dudo que gran parte de ellos esté despierto o, al menos, sobrio.
—Inteligente —aceptó Anis, acercándose con la copa en su mano, tras disfrutar un corto trago—. Aunque hombres ebrios con armas, en un barrio como este, no es mucho más seguro.
—Por eso el chaleco antibalas.
Bill pareció flotar hacia la enorme silla de escritorio, elegante, con respaldo alto y acolchado, de un marrón que no llegaba a ser anticuado, y se sentó en ella.
—Muy sensato.
Dejando la copa en el escritorio, cubierto de papeles y libros, Anis observó a esa distinguida criatura balanceándose en su silla de trabajo. Era una falta de respeto tan adorable que no podía evitar pensar en clavarle una daga en ese largo cuello y observarlo directo a los ojos mientras la vida de la persona que bloqueaba sus ambiciones se derrochaba como la sangre de su cuerpo. Tal vez podría arrancarle sus labios rojos con los dientes antes de que se perdiera el color en ellos.
—Tal vez sí estás un poco ebrio…
El comentario sacó a Anis de sus fantasías.
—¿Disculpa?
—Vine a esta hora, convencido de que te encontraría completamente despierto y alerta —planteó—. ¿Juzgué mal al pensar que eras mucho más sensato que tus hombres al mantener la compostura?
—Lo hiciste —confesó Anis—. Pero el no querer controlar la cantidad de copas no implica que me falte una buena resistencia al alcohol.
Le sonrió, complacido, como si ese tipo de respuestas le hicieran feliz. La inteligencia y la ironía le eran sumamente gratas, aunque prefiriera los propios comentarios sarcásticos como el buen ególatra que era.
Seguía siendo un enigma para Anis, el cómo esa criatura tan joven y andrógina había llegado a ser lo que era, con solo pocas semanas desde la “terrible” tragedia que aconteció contra su padre. Había sido mejor entrenado de lo que nadie podría esperar, viniendo de un adolescente que no parecía saber lo que era convertirse en hombre. Él cuestionaba, con un solo dedo, todas las bases de una sociedad y familia que había asesinado, robado, destruido para conseguir la supremacía en un imperio escondido a los ojos de la gente común.
No podía soportar a ese niño creído en su trono pero, a la vez, lo llenaba de morbo el deseo de liquidarlo sobre éste después de presionar su mandíbula con violencia, hasta que gimiera con el mismo deseo. Quizá lo menospreciaba al considerarlo el tipo de homosexual que se enamoraba con solo el mínimo indicio de estar imitando una historia de trágico amor, como Romeo y Julieta. Era un insulto, debía admitir, creer que un plan tan básico como seducirlo fuera a conseguirle el logro de su vida, el que perseguía desde que ese maleducado chiquilín estaba en pañales.
Se sentó en el borde del escritorio. Observó al invitado con ojo crítico: estaba pálido, aunque trataba de disimularlo con maquillaje. Las ojeras eran obvias para alguien detallista, a pesar del cuidado de ocultarlas; se notaba cansado bajo la sonrisa presuntuosa. Sacó su arma y apoyó el cañón justo debajo de la barbilla, apuntando hacia arriba, directo a su cerebro. Bill no se movió, ni cambió su expresión. De hecho, parecía disfrutarlo.
—¿Qué me impide volar tu cabeza en pedazos?
—Ya no nos divertiríamos.
—No quiero divertirme.
—Pero no lo quieres fácil tampoco.
Había dado en el clavo: tanto tiempo de dedicación a planes, peleas, muertes, conspiraciones, ¿todo eso para dispararle y acabar con una sola parte del problema? No era su estilo.
—Crees conocerme…
—¿He adivinado?
—Eso parece —Subió la pistola, pegando el cañón en sus labios—. Inteligente para ser hermoso.
—Gracias.
Bill separó los labios y por estos se deslizó el frío metal, entrando en su boca. Observó directo a sus ojos, decidido e incitándolo a continuar, a disparar si se atrevía. No tragó, no le costó respirar ni bajó la mirada: no iba a demostrar debilidad ni miedo. A los pocos segundos, cuando llegó a comprender que Bill era más fuerte de lo que él esperaba de un chico femenino, y que era digno del imperio de su padre como bien había descifrado al verlo en su restaurante por primera vez, retiró la amenaza de la mesa, al menos por el momento.
Algo que nunca había admitido a nadie era el respeto que tenía por Kaulitz, a pesar de todo. Eran enemigos, sí, pero ese hombre hizo todo por su familia, su tierra y su trabajo. Defendió sus creencias, consiguió su lugar en la cima con sus propios dientes y garras. Él aspiraba a lo mismo y, si el choque de machos alfa no fuera tan intenso, tal vez habrían podido aliarse; pero deseaban cosas diferentes y la misma a la vez.
La conexión que los unía de vuelta flotaba por el aire, solo se cortó por el sonido chirriante de una puerta al moverse. Bill se sobresaltó, buscó alerta con la mirada el mínimo indicio de amenaza y esperó. Antes de que pudiera levantarse, Anis lo interrumpió con curiosa rapidez.
—¿A qué le debo el placer de tu sobria compañía?
—Es un tema delicado. —Dijo, ausente.
—Me lo imagino, sino no estarías arriesgando tu vida.
—¿Llegó la noticia a los barrios bajos? —Insinuó, remarcando algunas palabras.
—No sabría decirte, pero asumo que es algo verdaderamente llamativo —Tomó otro sorbo—. Así que, no.
—Faust se llevó a gran parte de la mafia consigo.
Anis se imaginó ahogándose con la bebida al escucharlo, pero logró concentrarse y tragar, manteniendo el semblante tranquilo.
—¿A “su generación”?
—Sí —;Bill entrelazó sus dedos sobre su estómago—;. Algunos hombres, los más fieles a mi padre, se quedaron a nuestro lado, pero los que solo siguen a la voz de la masa se alejaron lo más posible. No sé dónde se reúnen, no sé qué planean, pero no me quedaré con los brazos cruzados.
—Una revolución desde el interior —Asiente, dejando el vaso sobre la mesa—. ¿Te amenazó?
—Siendo honesto, debería estar muerto.
—Tu suerte me es incomprensible, pequeño.
No pudo identificar cuál fue la sensación que invadió su cuerpo en ese momento: no le gustaban los apodos y uno que indicaba inferioridad era desagradable, pero ese poseía un cierto grado de cariño que no se imaginó. Aunque fuera su propia mente confundiéndolo o el alcohol en sangre que Anis debía tener, no podía reaccionar a una cosa como esa.
—No me llames así.
—Lo siento, su majestad. —Se inclinó irónicamente, sacudiendo una mano en el aire hasta que esta llegó a la altura de su estómago.
—Mejor —murmuró, tratando de evitar la burla en sus gestos—. No creo en la suerte.
—Entonces la única explicación posible para tu supervivencia en este tipo de posición es… —pensó unos segundos— que realmente eres el Dios de este universo.
—Prefiero creer en eso.
—¿Quién mató a mi hombre? —dijo Anis, repentinamente, tratando de atraparlo con la guardia baja.
—¿Dónde lo encontraron?
—¿Importa?
—El lugar determina quién pudo haber sido, es una cuestión estadística —respondió, con algo de indignación—. ¿Acaso no ves series de policías?
Niño impertinente.
—De nuevo, ¿quién asesinó a mi hombre?
—¿Quién lo envió a matarme?
—Yo.
—Bueno —Ironizó—. Me siento personalmente atacado. Ofendido.
—¿Por qué Faust se fue?
—Le hablé de esta manera durante veinte años y ahora soy su jefe —alzó una ceja—. ¿No es obvio?
Anis, sin tener réplica alguna ante tal explicación, alzó las palmas y asintió.
—Con respecto a tu hombre… —Bill se aproximó, recargándose en un brazo—, ¿no te parece sospechoso que Faust nos abandone justo el día en el que aparece muerto un pandillero? Me está incriminando. Quiere utilizarte a su manera, manejarte, para que sean dos contra uno.
—¿Por qué debería aliarme con vos? ¿Qué gano con eso?
—Faust va a presentarse ante ustedes, no dudes —Se acomodó en el trono de su enemigo hasta que se hundió en este—. Pero él va a presentar falsos argumentos y, para acompañar, falsas promesas. Solo quiere quitarme del camino y luego a ustedes, pero no de la misma forma que mi padre. Ellos prefieren hacer un impacto físico con sus mensajes, dejarlos grabados en el rostro de sus enemigos con una buena daga. Tu padre sabía eso, ¿cierto?
No pareció reaccionar ante la referencia a la mutilada cara de su padre: habían rasgado su piel formando una gran letra “K” en su mejilla izquierda. Una firma y un recordatorio, hasta un ultimátum en vano. Debieron matarlo, porque esa misma noche sus hombres cruzaron el jardín de la mansión y mataron a todos los que se cruzaron en un repentino plan impulsivo.
—Puedo lidiar con él.
Dos golpes sonaron en la puerta. Anis dio el permiso de pasar y el guardaespaldas ingresó la mitad del cuerpo, muy serio.
—Tenemos una situación aquí, señor.
—¿Qué tipo de situación?
Seguida a esas palabras, el hombre entró por completo, mostrando un arma apuntando a su cabeza. Detrás de él, con toda la calma de un profesional, Tom esperaba, masticando chicle.
—Llegó tú niñera. —Murmuró Anis, volviéndose tranquilamente a Bill. El arma de Tom emitió un ligero sonido metálico.
Este se levantó, acomodó su ropa y se alejó del escritorio. Pasó por delante de la barra y tomó una botella de vino. Observó la etiqueta, la alzó como símbolo de agradecimiento y salió por la puerta.
—No pensaba irme solo. —Murmuró al salir.
—Por supuesto que no.
Anis salió detrás de él, para encontrarse con sus dos guardaespaldas siendo apuntados por miembros de la mafia; además de Ría y dos de sus mujeres, con los brazos cruzados junto a varios autos, frente a la fábrica abandonada.
—Ría.
Ella no respondió. Parecía estar allí para hacer acto de presencia, pero era más que eso. Una advertencia, una amenaza planteada desde la más silenciosa protesta. Su alianza con el más fuerte no dejaba de lado su independencia: ella había elegido ese lugar y no era menos que ninguno de ellos.
Todos se metieron a los vehículos correspondientes, dejando a los mafiosos, sin bajar las armas. Bill saludó alegremente con una mano antes de desaparecer tras los vidrios tintados.
Reteniendo la necesidad de llenarlos a todos de agujeros escupiendo pólvora, se contuvieron sin decir una palabra. Criticaban a Anis por dejarlos entrar a su territorio, pero él veía el lado bueno. El hecho de que Bill se acercara con tal confianza a un lugar inhóspito para su clase era un punto a favor. Lo arrastraría con él hasta que dejara esa actitud defensiva. En algún momento se descuidaría.
Continuará…