Fic slash de Cosette

Capítulo 11

El encuentro cercano con la pandilla en su territorio dejó un impacto en todos. Algunos querían festejar, como Tom, Gustav y Georg, mientras que Andreas y Andreja esperaban en un esquina, completamente desligados a lo que estaba ocurriendo. Bill parecía flotar en otro mundo.

Algunas chicas de Ría aceptaron la invitación a la mansión Kaulitz en una simbólica fiesta de unión, aunque fuera una excusa para conseguir más dinero y divertirse a la vez con la música y el alcohol gratis. Se acercaban a cada uno, pero fingían indiferencia cuando eran rechazadas. Sin embargo, se juntaban de a varias cuando uno de ellos aceptaba.

A pesar de la resistencia de Andreja, Tom estaba dispuesto a divertirse. Estaba convencido de que esa salida triunfal del barrio había enviado el mensaje correcto. La influencia del vodka era suficiente como para darle la falsa confianza —por unas horas— de que Anis no se vengaría de tal humillación.

Perdido en sus pensamientos, alguien se le aproximó. Era la nueva integrante de la familia de Ría, y ella no podía diferenciar su trabajo de una novela. Creía que aproximarse al jefe de la mafia (Bill no podía ser jefe de nada según ella), conseguiría ser parte de una historia mayor a lo que estaba preparada.

Tom no se resistió: después de todo, solo quería bailar. Le daba igual con quién, ni siquiera sabía quién le había quitado la botella de cerveza de la mano para arrastrarlo cerca de la improvisada pista de baile.

Con cierto recelo, Andreja trató de resistirse a que esa chica, de no más de dieciocho, se acercara a su Tom como si no hubiera nadie más en la habitación. Ninguna otra persona parecía haberse dado cuenta más que ella; Ría bailaba sola en el centro de la habitación y no la controlaba. Esa niña era nueva. No conocía las reglas y tenía que enseñárselas. Evidentemente, Tom no iba a hacerlo. Cuando su mano se deslizó de la cintura a la cadera, sin detenerse allí, Andreja perdió el control.

En un momento, todas las miradas volvieron a ella, cuando le arrancó un grito de la garganta al tirar de su cabello hacia atrás, alejándola de Tom. Él no hizo nada para detenerla, tampoco cuando esa adolescente le dio una cachetada en respuesta. Ría las vio en ese momento y corrió a separarlas, pero era demasiado tarde: Andreja sabía cómo pelear y no iba a dejar que nadie le pasara por encima. Hizo un puño y con un bien dirigido golpe a su mandíbula, la quitó de su camino. No se iba a comportar como una chiquilla dando manotazos.

—Estaba tocando a mi hombre —replicó a Ría, usando el vocabulario más apropiado para la situación—. Si no le enseñas las reglas, yo voy a hacerlo.

Ella no le contradijo, aunque parecía sorprendida con la acción. Era el tipo de escena que esperaría de cualquiera menos ella, pues solía mantener un perfil bajo con respecto a eso. Levantó a la pequeña metida y la empujó fuera de la habitación, explicándole que era verdad mientras sostenía su cabeza hacia atrás. Su nariz sangraba. Sin embargo, no dejó de sentirse preocupada por Andreja: ella no era violenta, al menos no de forma innecesaria y mucho menos con otra mujer. Tom la estaba cambiando de a poco.

Una vez se hubo alejado, Andreja se volvió a Tom y se apoyó contra su pecho. Este la rodeó de la cintura con un cuidado impensado en él y la besó, alzando su barbilla con el índice. No le interesaba quién miraba, aunque los pocos que quedaban con ellos eran de confianza. Simplemente la sostuvo.

—Tom —Se apartó un segundo para mirarlo a los ojos con advertencia—. O me amas como soy, independiente, o no lo haces en lo absoluto.

Él sonrió de lado, sorprendentemente complacido, y la atrajo más contra su cuerpo. Ella no era una mujer cualquiera. Jamás lo abrumaría con estupideces o cometería errores que pudieran influir negativamente en su trabajo. Ella amaba la mafia tanto como él, nunca lo traicionaría.

Si Bill tenía razón, la rata no se encontraba ya entre ellos. Se habría ido con Faust al no tener otra opción. Además, nadie sabía de la existencia de sus dudas. Solo el tiempo les diría qué creer.

El resto de los invitados trató de ignorarlos, aunque no soportaban esperar a comentarlo fuera: la tensión sexual entre ellos era evidente, sobre todo en los últimos años, pero si era canalizada en secreto o no era una de las más grandes apuestas entre la mayoría.

&

El día comenzó mucho más tarde esa mañana. Era pasado el mediodía y ninguno se había levantado. Tom sufrió un repentino entendimiento del mundo a su alrededor al abrir los ojos. Andreja dormía tranquilamente a su lado, bella a pesar de todo. No podían hacer eso si quería mostrarse profesionales, había sido una cosa estúpida. Vagamente recordaba la música, los bailes y una pelea. No podía diferenciar su participación, pero sabía que en ese momento se sentía asquerosamente mal.

Las chicas se habían ido, pero Georg estaba despeinado en la cocina, preparando café. Por la manera en que lo preparaba, era evidente que el café no era para él, sino para cierta diva exigente que no se dignaría a tocar la taza si no viera desde lejos la perfecta combinación de elementos.

—¿No es suficiente tu resaca como para ocuparte de la de alguien más? —Preguntó Tom al servirse el café restante. 

—No es tanta.

—Eso parece —murmuró, mirando de reojo cómo medía la cantidad correcta de cucharadas de leche—. Sigue dormido, de igual forma. Va a estar de muy mal humor cuando despierte.

—No, el que tiene resaca no es él… —Georg lo observó con cierta burla en la mirada—. Bill no bebió ayer.

—¿En serio?

—No parecía dispuesto.

Georg ubicó la taza (una de las únicas que Bill usaba) sobre su plato, este sobre una bandeja, al lado de uno más, a juego, con algunas galletas. Subió las escaleras, saltando algunas prendas de ropa, botellas y vasos esparcidos por la casa. Cada paso rebotaba en su cabeza, pero podría superarlo.

Entró a la habitación de Bill. Todo estaba oscuro y silencioso. Dejó la bandeja en la mesa del escritorio y se sentó al borde de la cama, donde tanteó hasta llegar a su mano. Tuvo que quitar la mano de la impresión y volver a tocarlo para comprobar que no se había equivocado. Bill estaba helado.

—¿Bill? —Georg buscó su rostro en la almohada y suspiró levemente aliviado al sentir que sus mejillas seguían tibias, pero no lo suficiente—. ¿Bill, estás bien?

Buscó la luz del velador y la encendió. Estaba pálido, aún más blanco de lo que era posible en él.

—Bill, pequeño, despierta —insistió, sacudiéndolo y tratando de levantar su cabeza—. Despierta, ¿qué pasa?

Este comenzó a reaccionar, pero no terminaba de despertar. Sus ojos se encontraron: había una súplica en ellos, un pedido de ayuda silencioso que no se atrevía a salir por orgullo.

—¿Qué ocurre? —Balbuceó.

—No lo sé, ¿cómo te sentís?

—Bien… —mintió, tratando de levantarse—. Solo necesito comer algo.

—Sí, tengo tu desayuno —Georg le acercó velozmente el plato de galletas—. Come esto mientras voy a buscarte algo más de azúcar para el café, ¿de acuerdo?

—No, está bien…

—Insisto.

Se levantó y dirigió a la puerta: lo primero que debía hacer era advertir a Tom y llamar al médico. Sabía que estaba dispuesto a fingir estar bien solo para parecer poderoso, pero el niño frágil que conoció en la intimidad durante toda su vida estaba en esa habitación, de vuelta.

Bajó corriendo las escaleras, en busca de Tom. De alguna forma, él ya sabía que algo iba mal y estaba en camino. Se demoraron en dar y recibir explicaciones, tratando de prepararse ante la escena una vez más. Buscaron el teléfono, pero se congelaron ante una nueva imagen.

En la parte superior de la escalera, como un fantasma errante, estaba Bill en su piyama negro, simulando ser una aparición de él mismo, como si fuera su alma yéndose de la casa. Trató de dar un paso, pero con solo apoyar el pie en el escalón, se derrumbó. Su gemelo lo vio en cámara lenta, pero su cuerpo reaccionó antes de que él mismo supiera lo que ocurría. En un momento se encontraba en la base de la escalera, atónito, y en el siguiente sostenía aterrorizado a Bill desmayado, quince escalones arriba. Si no hubiera estado allí, su pequeño hermano habría rodado hasta el piso inferior, tal vez se habría abierto la cabeza.

—¡Bill, despierta! —Ordenó a los gritos, como si eso sirviera para algo, aferrando su mandíbula y golpeando su mejilla—. ¡Llama a una ambulancia!

—¿Una ambulancia? —vociferó Georg desde abajo, sorprendido—. ¿Por qué no al doctor?

—¿¡Acaso no lo ves!? —El cuerpo de Bill se le escurría por los brazos—. ¡Está blanco! ¡Llama al maldito hospital y asegúrate que tengan la puta habitación preparada!

Lo llevaron al auto mientras Tom le daba instrucciones a Georg: debía despertar a todos, hacerlos revisar la habitación de Bill y que otros dos llegaran al hospital para encontrar cualquier anomalía.

&

Anis entró al hospital unas horas después. El rumor había llegado casi en seguida, pero presentarse en el momento le resultaba demasiado devoto como para mantener el respeto. Preguntó la habitación y, aunque se mostraron reacios a darle la información, podía ser muy persuasivo con las amenazas educadas. 

En la puerta a la habitación, lo revisaron y le quitaron su arma. No había llevado la suya, por razones obvias, pero se sentía desnudo sin una pistola, aunque fuera un repuesto temporal. La única razón por la que lo dejaron pasar fue porque Bill lo permitió.

No sabía qué le había pasado al joven prodigio de la mafia, pero se esperaba a la misma criatura andrógina, fumando aunque la enfermera lo castigara, con una mesa llena de dulces a un lado. Nada más lejos de la realidad.

Bill, blanco como el papel, sin vida hasta en esos labios que tanto había querido arrancar a mordiscos hacía menos de veinticuatro horas atrás, lo observó con curiosidad, recostado en una cama no demasiado diferente a la de otros pacientes con buenos ingresos. De un brazo salía una sonda y tenía una máquina de oxígeno cerca. Parecía a nada de morir. Lo observó a los ojos de cerca y vio un tono azulado alrededor de su iris. Era como una maravillosa muñeca de cera.

Frágil y sin Tom a su lado parecía aún más pequeño. Si no lo hubiera conocido antes y reconociera su ego desproporcionadamente grande, estaría seguro de que ese adolescente no podría valerse por sí mismo. Cuando se vieron, Anis notó en Bill una resignación a la humillación de estar en una camilla, como un cadáver. No entendía por qué lo había dejado pasar.

—Te ves nostálgico.

—Pensaba en mi padre —confesó rápidamente, dejando la mirada clavada en el techo—. De hecho, podría interesarte.

—¿Por qué? —Anis acercó una silla a la cabecera de la cama y se sentó, con el tobillo sobre el muslo izquierdo y las manos entrelazadas sobre el estómago—. ¿Algún papel fuera de orden?

Bill soltó una suave risa, negando con la cabeza.

—Recuerdo su forma de contarnos la historia de nuestro origen.

—¿Se ponía sentimental?

—Sí, le encantaba narrarlo —asintió en respuesta—. Cuando éramos niños, lo hacía casi como una obra de teatro. Cambiaba las voces y usaba muñecos. A medida que crecíamos, se volvía una historia casi religiosa

—¿Qué te contaba?

Con algo de esfuerzo y sin demostrar un solo signo de incomodidad, se enderezó en la camilla y tomó la caja de cigarrillos que su hermano había ocultado en el cajón, al lado de su cama. Su enfermera le había prohibido fumar y su atrevimiento a negarle algo a pesar de saber quién era su paciente le pareció adorable, así que obedeció… por unos minutos. Anis no estaba decepcionado. Bill parecía querer demostrarle que su cuerpo no se interpondría en la ferocidad de su espíritu.

—¿Quieres saber para corregirlo? —Murmuró.

Anis sacó su encendedor y acercó la llama a él. No parecía cómodo usar ambas manos en ese estado. Bill le ofreció el paquete una vez el suyo estuvo encendido en sus labios.

—Solo es curiosidad —Alzó ambas manso en un signo inofensivo. Luego, aceptó el ofrecimiento—. ¿Qué sabes?

Bill dudó unos momentos: era una táctica pero no llegaba a descifrarla. Trató de ser lo más conciso posible, pensativo mientras el humo recorría su cuerpo. Aún no había averiguado qué hacía él ahí ni cómo se había enterado de su condición. Necesitaba hacer tiempo.

—Sé que nuestro origen es exactamente el mismo —comenzó, mirándolo por un momento de reojo—. Dos adolescentes rebelándose frente a las autoridades de un orfanato ilegal. No comían ni dormían si no cumplían con los pedidos de los dueños, trabajos insalubres y una pobre, o más bien inexistente, educación. Mi bisabuelo y creo que el tuyo fueron los rebeldes. Cada uno de ellos se levantó y lograron tomar el control del orfanato, pero en medio de las peleas, tu ancestro decidió matar a cada uno de los implicados, mientras que mi lado de la sangre buscaba solucionarlo todo de manera menos drástica.

—Y así nos dividimos.

—Y así nos dividimos —repitió, estirando las palabras—. Deseaban lo mismo de distintas formas.

—De igual forma, ellos se complementaban —agregó Anis, mientras el humo salía de sus labios e inundaba la habitación con su aroma: la enfermera iba a matarlo—. De la misma forma que tu hermano y su majestad.

Por unos segundos, Bill se mantuvo en silencio. La manipulación iba dirigida a su relación con su gemelo, esa era la clave.

—¿Por qué viniste?

—Estuve pensando en lo que me dijiste ayer —confesó, hablando con seguridad, como si tuviera un discurso preparado—. Y sí creo que podríamos unir fuerzas por esta vez. Curiosamente recordaba esa historia, aunque con muchos más insultos hacia tus ancestros, cuando reflexionaba sobre qué hacer.

—¿Esperas que confíe en que aceptes a las veinticuatro horas de mi propuesta?

—No —afirmó, levantándose—. Por esa misma razón sigo trabajando y me presento. Para tomarte en serio, vos mismo deberías tomarte en serio tu trabajo. Veo que lo haces, a tu manera.

—Hago lo posible.

—¿Qué es entonces? —Anis lo señaló de pies a cabeza con un ademán de la mano.

—¿La enfermedad? —preguntó Bill, entendiendo—. Anemia.

—¿En serio?

—¿Te sorprende?

—Te imaginaba rodeado de manjares—Se encogió de hombros, con un cierto tono burlón—. Uno no creería que le faltara algo a la sangre azul de un niño consentido.

Bill rio suavemente, enfrentándose a la percepción externa que tenían de él: aún era un chiquillo malcriado para la pandilla, tal vez hasta para los miembros de su propia familia, y que parecía no querer comer por capricho, pero él sabía que no lo sería por mucho. De a poco cambiaba esa idea.

—Parece ser que es mucho más complicado que eso.

Volvieron a encontrar sus miradas, esta vez más intensamente. Parecían tener una forma constante de entendimiento en la que las palabras entre líneas flotaban frente a ellos, explicando cada una de las intenciones del otro. Aun de esa forma, les era imposible encontrar la verdadera razón de las acciones del otro, como un filtro negro en la base. Había un vacío en Bill, Anis podía sentirlo, y debía ubicarse en él para manipularlo.

Un golpe en la puerta les hizo perder la conexión. Tom había llegado y parecía contener una furia repleta de miedo.

—¿Qué carajo hace él aquí?

—Vino a traerme flores —dijo Bill, con un fingido tono femenino—. ¿No es una dulzura?

—Te invito a retirarte. —Indicó Tom, en orden directa.

—Me estaba yendo. —Contestó Anis, levantándose sin mirar a nadie. Tomó su arma al salir y desapareció de la vista, a pesar de que Tom hubiera mandado a seguirlo.

Continuará…

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