Fic slash de Cosette

Capítulo 12

La discusión que siguió al encuentro con Anis en su habitación en el hospital fue larga e intensa. De alguna forma, Tom logró descargar toda la amargura que acumulaba tanto por la muerte de su padre como por el reciente descubrimiento de la mala salud de su hermano en Bill mismo, algo que había intentado hacer yéndose de su presencia. No necesitaba sus insultos pero esa vez se los había ganado con honores.

No había nada que Bill pudiera argumentar en lo que sus acciones tuvieran sentido: ponerse nostálgico sobre su infancia no era algo aceptable por parte del jefe de la mafia, mucho menos con el oponente más peligroso (aunque Faust estaba cerca de superar ese puesto) de la fragmentada familia que quedaba en su lado. Era una movida suicida pero, de alguna forma, el joven iba a hacerlo funcionar.

—Él no tiene descendencia —dijo Bill, observando las sondas que salían de su brazos—. Tal vez cree que comportándose paternal va a conseguir que le entregue todo lo que requiere para conquistarnos. La confianza es lo que yo busco.

—Él no es idiota, Bill: es un profesional.

—Eso no importa, toda mente tiene sus trastornos.

—Sí, puedo verlo —Tom alzó sus cejas con desprecio—. Y un solo error por culpa de esa mente inestable puede derribar todo lo que hemos planeado.

—Por eso hay que conseguir que su mente sea la primera en cometer el error.

—¿Vas a jugar al psicólogo con él? —Cuestionó, dando vueltas por la habitación—. ¿Acaso eso tiene sentido?

—Quizás funcione.

—¿Y si no? ¿Qué va a ocurrir?

—No lo sé, pero tampoco podemos saber qué pasaría si fomentamos la enemistad.

—Sé que papá planeaba una buena relación con ellos, pero esto es demasiado —replicó Tom, sentándose en la silla al lado de su cama, escondiendo su cara en ambas manos—. Es jugar en el límite, es peligroso.

—Este puesto es peligroso, Tom —Bill lo observó con sus enormes ojos teñidos de celeste—. Si preferís huir, dejarles todo a ellos y cambiarte el nombre, entonces…

—No es lo que quiero —dijo velozmente, alzando la cabeza—. No. Pero que el oficio sea peligroso de por sí no implica que arriesgues tu vida de esta manera.

—Son tácticas —dijo, encogiéndose de hombros—. Es mejor que dejarle el trabajo a otro y arriesgar su vida. Yo no puedo encargar mis tareas a nadie más, no lo haría. Él lo hace y sabe que si atrapamos a su rata, no hay tortura suficiente. Si puede dormir en las noches conciente de ello, bien por él. Yo hago mi propio trabajo sucio.

—Y vas a morir por eso.

—Es lo que papá habría hecho.

—¡Papá tenía cientos de espías! —Tom soltó una carcajada—. ¡En todos lados! Algunos no los conocemos y van a aparecer para contarnos sobre asuntos desconocidos que no vamos a poder lidiar.

—¡No puedo dividirme, Tom!

—Pero me tenés a mí —él se incorporó y abalanzó sobre su hermano, apoyando ambas manos en la cama—. Yo soy una parte tuya.

Se encontraban muy cerca, contemplándose el uno al otro, con las narices rozando. No parpadearon ante la idea de lo que el otro podría llegar a decir a continuación. Bill alzó una mano, lo sostuvo de la mandíbula y presionó con las yemas usando la fuerza que le quedaba.

—Nunca, jamás, te pondría en peligro a propósito.

—Lo sé.

Ya calmado, Tom se separó de su hermano y volvió a sentarse, apoyando el tobillo en la rodilla contraria. Sacó un cigarrillo, lo encendió y procedió a fumar en silencio con la mirada perdida. No saldría de esa habitación hasta que pudiera llevarse a Bill con él.

En dos días, Bill fue dado de alta con medicamentos y una lista que incluía lo que debía comer y beber, el orden y más detalles importantes que Bill no se ocupó de recordar. Georg guardó esa lista y trató de memorizarla en secreto, para poder recordarle a su caprichoso jefe qué era lo mejor para determinados horarios del día.

Su condición se había filtrado pero eso era de su conocimiento desde el momento en el que Anis puso un pie en el hospital. Nada había impedido, sin embargo, que los negocios continuaran de igual forma. Se creía que Bill no era el verdadero jefe, así que no les sorprendía que nada hubiera cambiado en lo que respectaba el manejo de la agenda. Sí sorprendía la separación de Faust, ya que las malas voces decían que era el encargado de todas y cada una de las tareas.

Todo tipo de historias circulaban, referidas por supuesto a la sexualidad de Bill, en la que él no era más que una marioneta que disfrutaba de ser dominada por las verdaderas manos duras de la ciudad. Otras teorías incluían su deseo de trabajar para Ría y, la más reciente, cómo anhelaba encontrarse a Anis en un callejón oscuro. Su ego no le permitía prestarle demasiada atención a los rumores. Tenía sus propios problemas y solo se concentraba en cómo evadir su nueva dieta.

Huir al restaurante era suficiente como para lograrlo. Lo único que aceptó hacer fue tomar el suplemento de hierro antes de salir. Recibió una pequeña burla de Georg al respecto, que lo felicitó por ser un niño grande.

La mañana era perfecta. El sol brillaba y el aire fresco llenó sus pulmones. Había una calma plena que pronosticaba un día tranquilo. No iba a admitirlo, pero los pocos días en el hospital le resultaron reconfortantes. Estaba agotado y el cuerpo se lo dijo llanamente.

Su teléfono personal vibraba en su bolsillo. Lo sacó y dudó al ver la pantalla. Era un número desconocido, nadie más que aquellos más cercanos a él tenían ese número. Se debatió entre atender o no, pero le pareció una tontería no hacerlo. Al contestar, miró alerta a su alrededor.

—¿Hola?

—¡Bill, alejate del restaurante! —Alertó una voz.

—¿Quién es? —Se frenó en seco.

—¡Salgan de ahí!

&

Cuando el celular de Tom sonó, este esperaba todo menos una noticia como esa. Bill estaba histérico del otro lado del aparato, gritando incoherentemente mientras el sonido de fondo se mezclaba con gritos. Solo entendió dónde estaba, pero sus presentimientos eran acertados.

Corrió al restaurante pero allí ya no había nada que hacer. Luchó contra la multitud que se amontonaba para ver, hasta que se encontró con el escenario.

Bill se encontraba en la calle, sentado en el suelo como si acabara de caer a unos metros del restaurante, observando las llamas devorar lo que quedaba del lugar que resguardaba algunos de sus más importantes recuerdos infantiles, como las lecciones de su padre, las discusiones que presenciaba desde lejos en las que él se destacaba frente a sus hombres, las cenas familiares de los fines de semana; había llevado sus juguetes allí, había jugado a ser un superhéroe o un ninja con su hermano, un monstruo con sus máscaras de Halloween o un investigador privado con una lupa. Su inocencia estaba allí y se consumía en una enorme hoguera. Su mano descansaba en el suelo, inanimada, apenas sosteniendo el celular. No parecía importarle que el humo lo estuviera ahogando por la cercanía al fuego.

—¿Estas bien? —Gritó Tom, llegando a su lado.

—Sí…

—¿Estaba Andreja adentro? —Tom lo tomó de los brazos y lo sacudió—. Bill, ¿¡estaba ella adentro!?

Bill asintió. Era su horario de trabajo. No había razón para que no lo estuviera.

Los breves segundos que le siguieron a esa respuesta quedaron grabados en su mente. Podría revivir la escena completa si alguien se lo pidiera. Podía verse a sí mismo tirando de Bill sin decir una palabra, tratando de alejarlo del humo, mientras la sirena de los bomberos los aturdía a ambos. Le costó regresar a la escena, porque Bill se aferró a su pierna, rogándole que no volviera. Alguien gritaba, debía asegurarse.

Logró liberarse de su hermano y corrió de vuelta hacia el humo, cubriéndose la boca con el borde de su camiseta. La calle completa estaba escondida detrás de una capa de polvo y cenizas. No sabía por dónde iba, solo se guió por el sonido de una tos que se intensificaba por la ya inhabitada cuadra. Podría asegurar que más de una voz lo llamaba pero decidió seguir a la voz femenina. Siguió avanzando hasta que alguien chocó contra él en ese punto ciego. Lo supo: era ella. Se aferró a su cuerpo como si el suelo fuera a hundirse bajo sus pies y solo se dejó llenar de su calor. No la veía, solo podía sentirla temblando contra él y ese fue el despertar que necesitaba para sacarla de esa bruma. Su pecho se contorsionaba, se ahogaba, necesitaba aire puro.

La arrastró y siguió a Bill, que lo encontró instantáneamente en medio del borroso panorama y lo guió en la dirección contraria. Se dejaron caer al suelo, agotados por el solo esfuerzo de respirar entre las cenizas.

&

Los bomberos se ocuparon de todo. Buscando el origen de la explosión, creyeron al comienzo que se debió a una fuga de gas, pero no era certero. Las ambulancias llegaron e hicieron lo posible, pero no había más que un sobreviviente, Andreas, que había sufrido quemaduras severas por la cercanía a la explosión. Lo encontraron minutos luego de llegar, desmayado a varios metros del restaurante destrozado. Andreja se había salvado, habiendo salido a entregar un pedido a pocas cuadras, pero la enorme nube de escombros la había atrapado. El resto de las víctimas eran clientes, algunos regulares, que murieron al instante. Nadie que fuera verdaderamente clave.

Andreja estaba cubierta de un polvo gris, de pies a cabeza, que llevaba su apariencia hasta la vejez. Temblaba como una hoja, abrazada a sí misma, llorando sin siquiera notarlo. Reaccionaba ante el mínimo ruido, como si esperara una segunda explosión justo detrás de su espalda en cualquier momento dado. Le había costado alejarse de Tom una vez lo encontró. Era lo único que le daba verdadera seguridad. Se dejó abrazar por Bill pero no estaba convencida. Temía por él más que por su propia seguridad, y su jefe sufriendo por lo mismo no era de ayuda.

—¿Crees que Andreas esté bien?

Bill no contestó, solo frotó su espalda con cariño y se levantó repentinamente. Podía imaginar miles de ojos posándose sobre él, detectando sus debilidades. No debía mostrar tal fragilidad en público luego de un evento como ese. Era como la muerte de su padre de nuevo. Ese era su objetivo: explotar sus debilidades y sabía perfectamente que no se detendrían allí.

Se enderezó y tomó a Andreja de la mano, tirando de ella hasta que se puso de pie.

—Nos vamos.

—¿A dónde? —Tartamudeó ella.

—A casa.

—¿Y si hay bombas allí?

—Entonces, explotaremos con ellas.

—¿Estás loco? —Andreja se soltó del agarre: temía que la arrastrara con él a la locura.

—Esto es lo que quieren —Bill observó a su alrededor, tratando de divisar rostros enemigos en las cercanías—, quebrarnos.

—Es jodidamente efectivo.

—Sí, pero si ellos no lo ven, no les sirve.

Quien fuera el culpable, se encontraba allí. Debía confirmar que su plan había surtido efecto. Un objeto tan impredecible como una bomba podía no dar los resultados esperados. Si alguien, probablemente él o Tom, era el blanco y no había resultado, todo ese trauma había sido innecesario. Pero como todo terrorismo tal vez no había un blanco, solo la meta de encontrarlo como era en realidad. Débil.

No hubo más opción que irse de la escena luego de un largo trato con la policía, los bomberos y los enfermeros. Comenzaban a llegar los familiares de las posibles víctimas a medida que se identificaba, mezclados con aquellos que solo se acercaban a observar y dar testimonios falsos solo por hacer su aparición.

—Fue una bomba —aseguró Bill a su hermano, finalmente, en la sala de la mansión.

—¿Quién crees que haya sido?

—Faust.

—¿Por qué?

—Anis es quien me avisó.

—¿Qué? —Tom lo tomó de un brazo, observándolo con seriedad—. ¿Él te dijo que salieras del restaurante?

—No, yo no estaba allí —Negó con la cabeza, mirando al suelo—. Estaba por llegar, en realidad, cuando mi teléfono sonó. Le atendí y empezó a gritar que me alejara del restaurante.

—¿Cómo sabía sobre esto?

—No lo sé —confesó—. Aún no lo discutimos.

—Voy a ir personalmente a hablar de esto con él —dijo, sin saber qué sentir al respecto—. Podría ser una trampa suya. Y, si no lo es, sabe quién la puso ahí y por qué.

—Andreja te necesita —Bill lo sostuvo y miró a su amiga de reojo—. Ve con ella. Olvídate de los negocios por ahora.

—Esto no es aislado, podría volver a ocurrir.

—Exacto —dijo con seriedad—. Ve con ella. Yo iré al hospital con los demás para averiguar sobre Andreas.

Tom sabía que mentía. Iba a protestar, pero era lo que realmente anhelaba hacer. Ella se veía rota por primera vez en años y no podía permitirlo. Podrían haber perdido mucho más esa mañana, en cuestión de unos segundos y unos pocos actos aislados.

Se dirigió al sofá, sobre el que ella descansaba abrazada a un almohadón, y se sentó a su lado. Andreja no le devolvió la mirada, pero tomó su mano y la subió hasta su rostro para aferrarse a ella a la altura de sus labios. Cerró sus ojos y entrelazó sus dedos, sin decir una palabra.

Aun tratando de olvidar la situación y todos los cabos sueltos que le faltaban resolver, le era imposible. Sosteniendo la mano de Andreja entre las suyas, su mente divagaba por las posibilidades que ese ataque ocultaba. Podría haber sido Anis pero Faust era un candidato más probable. Prometieron hacerse valer y ese era un mensaje directo. Aun así, solo Andreas fue afectado. Con el mejor tratamiento posible, podría sobrevivir y mejorar en algunos meses, pero era incierto. Nadie de la mafia llegaba al restaurante temprano o no era usual, al menos. ¿Ese detalle había sido considerado o solo un hecho afortunado para la familia?

&

Inseguro sobre cómo actuar, Anis esperó con el teléfono cerca. Las consecuencias de esa bomba eran inexactas aún. Había sido un acto rápido de terrorismo pero demasiado incongruente para su gusto. Quizás él prefería un estilo más elegante.

Habiéndoles dado a sus hombres el permiso de dejar pasar a los Kaulitz sin seguridad, solo le faltaba esperar. Sabía que vendrían. Él poseía las únicas pistas para resolver las dudas del evento y Tom no se quedaría con ellas. Tarde o temprano, él buscaría respuestas.

Golpearon a la puerta y al abrirla, Bill se encontraba allí, solo. Había sido marcado por la tristeza una vez más y esa vez podía notarlo. Él podría creer que era un gran actor pero las evidencias no engañaban: el camino de una sola lágrima cortaba su mejilla sobre la máscara de ceniza en su rostro.

Continuará…

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