Fic slash de Cosette

Capítulo 13

Al entrar, Bill se enfrentó a su imagen reflejada en un espejo detrás de la barra. Su rostro aún estaba sucio y el rastro de una lágrima lo delataba. Frotó la zona para hacerlo desaparecer y volvió a enfrentarse a Anis.

—¿Cómo supiste?

—Faust estuvo aquí —Se interrumpió para beber de su Whiskey—, como estaba previsto. Habló en contra tuyo, usó palabras elegantes con la evidente idea de intimidarme y, cuando le dije que no creía que fuera a tomarse la revolución en serio, insinuó que en los siguientes cinco minutos el restaurante pasaría a la historia.

—¿Habló sobre la bomba?

—No dio su plan—Anis se aproximó—. Pensé que llegarían con ametralladoras pero supongo que ese es mi estilo, no el suyo.

—¿Eso significa que tomas nuestro lado?

—Significa que no me uno a Faust, nada más —aclaró—. Ustedes tienen potencial, mientras que Faust consumió el suyo en el deseo de venganza. No hay demasiadas posibilidades de que persevere. El ejército no sirve sin un buen hombre dando las órdenes adecuadas.

Asintiendo, Bill vagó por la oficina. El sonido de la explosión aún rebotaba en su cabeza y se sentía abrumado. Observó la oficina con mayor detalle. La barra no era únicamente un lugar donde guardar botellas de vino, sino que era parte de una enorme biblioteca, llena de libros que parecían antiguos, de distintos colores y tamaños. Repasó los títulos, inclinando la cabeza a un lado mientras caminaba a lo largo de los estantes. Hacía que sus yemas marcharan por los lomos de los libros a medida que avanzaba, deteniéndose en aquellos que reconocía. Estaba lleno de clásicos pero al llegar a “Romeo y Julieta” soltó una pequeña risa y continuó. Había novelas, libros que recopilaban cuentos según distintos temas y autores, hasta manuales de variadas ciencias. Se detuvo por completo frente a un título.

—El guardián en el centeno—leyó, sacándolo del estante con cuidado y admirando la edición—. Estaba obsesionado con este libro cuando era joven.

—¿Joven? —Rio Anis.

—Más joven —Bill rodó los ojos y volvió a observar el libro.

Era una edición de tapa dura en color bordó, sin nada en la portada más que el borde esculpido de un caballo abstracto, el mismo que decoraba la portada de su copia, solo que con menor detalle.

—¿Por qué obsesionado?

Pasando las hojas, leyendo entre líneas, Bill pensó la respuesta a esa pregunta.

—Holden parecía estar aburrido —murmuró—, desesperado por encontrar algo que tuviera sentido, que le diera emoción a su vida. Tanto que resultaba forzoso. Temía convertirme en él.

—¿En alguien aburrido?

—Sí—confesó, deteniéndose en algunas frases—. Estaba confundido con mis sentimientos por la gente en general. No sabía si odiarlas o tratar de amar a la humanidad. Me comprometí a ignorarla y por ahora me funciona.

—Y así el mundo comenzó a girar a tu alrededor, ¿cierto? 

—¿Me llamas ególatra?

—Por supuesto —dijo Anis, sin reservas—. Estoy convencido de que divides a la gente en dos. Quienes te sirven y quienes te odian.

—Algunos se encuentran en ambas categorías.

—¿Dónde me encuentro yo?

Lo observó de reojo con una sonrisa divertida y evitó responder. Releyó una frase varias veces: “lo bien que puede bailar una chica estúpida”. Recordó haberle dicho a Andreja, a sus diez años, que ella no sabía bailar y nunca intentó mejorar. No le interesaba lo mismo que a las demás chicas de su edad.

Finalmente, lo cerró y volvió a ubicarlo en su lugar. Deambuló un poco más, mientras Anis terminaba el trago en su escritorio, frente a una pila de papeles, tan tranquilo como si estuviera solo. Bill se topó con una fotografía, la cual levantó para observar más de cerca. Era antigua y estaba deteriorada por el tiempo. A pesar de ello, reconocía a algunas personas. La mayoría eran niños de distintas edades, desde dos bebés a una mujer con mirada severa, pero el resto podían ser catalogados como adolescentes.

—Esos son los huérfanos que fueron parte de la revolución de nuestro origen —explicó Anis, como si leyera su mente—. Deberías reconocer a algunas personas si tu padre los respetaba lo suficiente.

Ahí estaba su tatarabuelo, entre niños infelices, vestido en ropas viejas que no correspondían a su talla. Le sorprendía no haberlo notado antes, pero comparó su traje entallado de marca exclusiva con esas prendas sin propietario. Vororte estaba más cerca de eso que su familia.

Dejó la fotografía y continuó con su investigación. Deseaba conocer a Anis con más detalles, encontrar pistas de una vida desconocida al ojo público, escándalos, algún papel importante descuidado. Pero el solo hecho de que él ni siquiera lo vigilara mientras sacudía sus cosas le quitaba el ánimo de hacerlo. SI hubiera algo importante, lo detendría.

Se topó con una maceta que contenía dos cactus pequeños. Ambos poseían una enorme armadura de espinas largas y afiladas que los protegían de arriba abajo. La tentación era enorme. Alzó el dedo índice y tocó una de sus puntas: no pinchaba. Sería incómodo tomarlo en una mano, pero de a una no eran peligrosas. Lo hizo de vuelta con otra, un poco más larga, pero el resultado fue el mismo. Encontraba al cactus adorable y resistente: después de todo, sobrevivían en el desierto con poca agua. Eran resilientes y eso era admirable. Parecía más violento de lo que era en realidad. Toco una punta de la parte superior, con más confianza.

Una risa se burló de él cuando el investigador soltó un quejido de sorpresa por el dolor. Bill no había notado que estaba siendo observado y se llevó el dedo a los labios. Ofendido, le frunció el ceño a su espectador.

—No deberías confiar en un cactus solo porque las primeras espinas no duelan tanto.

Bill fingió ignorar el comentario, pero trató de memorizarlo. Olvidó que su dedo seguía descansando entre sus labios cuando se encontró con los ojos de Anis. Podría jurar que vio deseo en ellos y se perdió en esa idea.

Anis solo buscaba analizar su comportamiento. Bill le resultaba un misterio y su insistencia en encontrar una verdadera espina le revelaba un leve deseo masoquista, tal vez inconciente. Creyó también en la posibilidad de que buscara los puntos débiles para comprobar que él era más fuerte, para aseverar sus inseguridades. ¿Acaso era valiente o un niño curioso? Probablemente ambas.

Desde un lugar desconocido para él, la sensualidad en la frágil determinación de Bill lo golpeó en el lugar equivocado.

En un repentino pánico, Bill se forzó a cortar el contacto visual que se había formado una vez más entre ellos. Cada vez que se encontraban sentía esa electricidad por el cuerpo y no comprendía el por qué le resultaba agradable.

—¿Estos son todos tus libros?—Preguntó, tratando de disipar el ambiente.

—No son los únicos, no —negó, separándose de su escritorio con mayor velocidad de la necesaria—. Hay una enorme biblioteca en una de las habitaciones de la fábrica.

—Nunca entré a este lugar antes, por razones obvias.

—Vamos, te daré un tour —dijo Anis, abriendo la puerta y haciéndole un gesto con la cabeza—. No hay nadie.

—¿Por qué no?

—Todos fueron a ver tu restaurante quemarse.

Bill tomó eso último con gracia, pero le parecía una desagradable ofensa. Titubeó pero, tras pensarlo rápidamente, dio unos pasos hacia adelante, siguiéndolo. Él no había pasado de la enorme oficina de Anis, pero el interior de la fábrica previamente abandonada resultaba un fascinante escenario. Era una mezcla de épocas superpuestas, unas sobre otras, contando una historia indescifrable. Las raíces de los grafitis se habían colado dentro de la fábrica, cubriendo las frías paredes de cemento con colores, dibujos y frases.

—Luego de que mis ancestros se separaran de los tuyos, se instalaron en esta fábrica abandonada —relató, caminando junto a Bill con la barbilla en alto—. Estaba muy degradada, pero lo convirtieron en un lugar habitable a medida que pasaba el tiempo. En varios años lograron acaparar terreno en los alrededores y por eso poseemos una gran parte de la zona.

—Pero aún viven en la fábrica, ¿cierto? —Comentó Bill, notando evidentes señales de convivencia, como mesas y sillas cubiertas con telas y almohadones, pilas de revistas y demás. En el piso superior, podría jurar que se veían habitaciones.

—Somos más de los que parecemos —respondió Anis, deteniéndose para contemplar a su alrededor—. Y no todos tienen dónde vivir o familiares de sangre, pero no le damos la espalda a nadie.

—Así que es como un orfanato, en cierta forma —dijo Bill, sorprendido—. Es poético.

Del mismo modo que recorrió el estudio, deambuló por la fábrica, sin ir demasiado lejos. Estaba fascinado por el arte en las paredes, en el que el mundo se mostraba tan ajeno al propio que le costaba seguirlo. No lo creía real pero allí estaba, lleno de belleza e insultos por igual, sin quitarle un grado de prestigio a ninguno de los estilos allí plasmados. Los dibujos caricaturescos llenaban grandes espacios, rodeados de frases escritas en aerosol desprolijamente. Los trazos se chocaban y entretejían como una selva.

Se vio impactado por una evidente representación suya arrodillado, con la boca abierta, rodeado de símbolos fálicos. Inclinó su cabeza con sus ojos entrecerrados, de la misma forma que analizaría una obra de arte cualquiera y se acercó.

—Sé que me veo feliz en la obra pero —titubeó un segundo—, no me siento amado en este lugar.

Una carcajada inesperada hizo eco en el vacío de la fábrica y Bill no pudo hacer más que acompañarla. Había olvidado qué lo llevó a ese lugar y se reía honestamente junto a él, como buenos amigos. La influencia del otro a lo largo de sus vidas había sido indirecta, pero intensa. Cada hecho había sido manipulado de tal forma que los llevara a ese encuentro. Año tras año de desprecio, todo para ser fundido con esas risas.

—Es bueno tener sentido del humor —Agregó Anis, negando con la cabeza—. Van a decepcionarse si se enteran de tu reacción.

—No quiero estar presente cuando eso ocurra, así que me retiro —Se apresuró a decir, volviendo hacia la puerta de salida—. Y aclarale al artista que tolero todo tipo de humillaciones, pero que mi nariz no es así y no voy a permitir ese tipo de difamación.

La ironía flotó en el aire mientras se retiraba solo de la fábrica. Anis no lo acompañó. Resultaba cierto que gran cantidad de pandilleros estuvieran en su restaurante, tal vez bailando alrededor de los restos, porque su regreso a casa fue solitario.

&

Temblando en el sofá, Andreja se retorcía por las náuseas. La bomba, el miedo, la muerte y la ansiedad la estaban afectando seriamente. En esas horas no había logrado descansar, a pesar de estar recostada contra Tom, porque su mente aun maquinaba las millones de posibilidades de un futuro incierto y comprometido. Aun percibía el olor a ceniza en su cuerpo y las piernas le fallaban.

—Tom, ya no puedo hacer esto… —murmuró, con sus ojos llorosos—. No puedo tolerar este mundo, este estilo de vida. No puedo vivir con miedo.

—No siempre es así.

—Pero cuando lo es, todo puede perderse.

—Son las reglas del juego —Tom se encogió de hombros, observándola la pantalla del teléfono apagado, esperando otra llamada con malas noticias—. Lo que tenemos no viene solo y por eso hay que defenderlo.

—Quiero irme.

En silencio, Tom la observó inexpresivo. Algo reaccionó en él cuando creyó haberla perdido. Temía por ella y por su hermano más que nada en el mundo. Su deber era protegerlos y en ese momento lo recordó, viéndola allí, devastada y sin fuerzas.

—Andreja… —murmuró contra su oído—. Ven conmigo.

Ella tomó su mano, se levantó lentamente y lo siguió, preocupada. Sonaba serio y melancólico, de una forma que no recordaba haberlo escuchado nunca. Él la hizo subir por las escaleras, revisando que nadie los siguiera. Creyó que la llevaba a su habitación, el lugar en el que habían compartido parte de su vida, pero se equivocó. Siguió su camino y Tom sacó una llave para abrir la puerta del ya abandonado estudio de su padre.

Ingresaron y Tom cerró la puerta detrás de él, encendiendo la luz. Ella había estado pocas veces en ese lugar, pero tenía lindos recuerdos compartidos con Jörg, que había sido como su padre. La elegancia en la elección de los muebles, la organización de cada papel, los montones de llaves y cerraduras que protegían las cosas importantes.

Se aproximaron al enorme escritorio y apartó el asiento para que ella se sentara.

—Voy a entregarte cuatro cosas —comenzó Tom—. Una, es la llave a esta habitación —Procedió a darle la llave que acababa de utilizar—. La segunda es esta —sacó una más pequeña de su bolsillo, con la que abrió el cajón superior del escritorio, del lado derecho—. Y lo tercero…

Metió la mano dentro del cajón y sacó el arma de Jörg, una Walther cromada. Andreja lo observó atónita y la tomó entre sus dedos, observándola con atención. El peso, la apariencia, el brillo. La recordaba perfectamente.

—Confío que sabes usarlas…

Andreja asintió, sin agregar nada.

—Bien —Tom la tomó de vuelta con cuidado y la encerró en su escondite una vez más, entregándole la llave—. Quiero que recuerdes dónde está y la tomes cuando estés en peligro. Si cualquier cosa ocurre, una emergencia o un ataque, vas a entrar sin que nadie te vea y vas a sacarla. ¿De acuerdo? Pero solo por algo serio, sino ni te atrevas a tocarla.

Asintió, con una cálida pero temerosa sensación en el estómago. No podría imaginarse qué sería tan terrible como para poder recurrir a ella y cómo se daría cuenta a tiempo si la necesitaba o no.

—Por último —Sacó un sobre grueso y se lo entregó—, esto. Dentro hay un mapa con direcciones e indicaciones de cómo entrar a la vieja cabaña de papá, ¿la recuerdas?

—¿Donde tu madre murió?

—Sí —afirmó—. No ignoro el estilo de vida que tenemos. Si algún día debemos huir o nos separamos, ese es el lugar donde debemos encontrarnos. Nadie más conoce su ubicación a pesar de que no es ningún secreto para algunos indeseables.

Andreja volvió a asentir con una sonrisa. Sin embargo, se sobresaltó cuando Tom golpeó la mesa con el puño, frete a ella. Su voz se volvió amenazante y se inclinó sobre ella, acorralándola.

—Ahora, escucha bien —dijo—. Nadie deja a la familia. Si debemos desaparecer, es cuando yo lo digo por las razones que yo considere. No antes. ¿De acuerdo? Solo porque las cosas salgan mal no te da el derecho de darnos la espalda luego de todos estos años. Te dimos un hogar, un trabajo, una familia, y si escapar cuando surge un problema te parece justo, entonces vamos a tener un problema.

Una vez más, ella asintió, pero mucho más tensa que antes. Había buscado la forma más romántica de amenazarla y no le sorprendía. Le habían explicado, años atrás, que uno no abandona a la mafia, sino que la mafia te abandona en un pozo común, a las afueras de la ciudad.

Continuará…

por administrador

Publico con autorización del autor

Un comentario en «Lágrima 13»
  1. No sé si leí está historia antes, no recuerdo… De cualquier manera, GRACIAS por subirla. AMO EL BILLSHIDO y extraño mucho leer buenos autores. Espero con ansias los próximos capítulos 🙂

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