
Fic slash de Cosette
Capítulo 14
Los gritos la despertaron. Andreja se incorporó y trató de adaptar sus ojos a la oscuridad. Gustav estaba junto a ella, haciéndole compañía como había prometido tras el conjunto de emociones que habían acarreado su día. Tom no estaba dispuesto a quedarse con ella y, aunque proclamara tener trabajo que hacer, estaba segura de que temía pasar demasiado tiempo a su lado, cuidándola. Había sido suficiente romance para él.
Una discusión ocurría algunas habitaciones atrás y sabían perfectamente que eran los gemelos. Ambos trataban de aislar las palabras y tratar de comprender lo que ocurría, aunque les fuera imposible. Se interrumpían entre sí, se insultaban y arrojaban cosas.
—¿Qué ocurrió? —preguntó Andreja, sentándose en la cama.
—No lo sé, empezaron hace unos minutos.
La pelea era tan intensa que la casa parecía temblar. Pasos, golpes y muebles arrastrándose por el suelo hacían eco en las paredes hasta que una puerta se abrió de golpe. Las voces se aclararon y dos personas salieron al pasillo.
—¡Sospechas y le das una jodida arma! —gritaba Bill—. ¡Y la puta casa! ¿Cuál es tu problema?
—Tengo el derecho de darla, es mi herencia.
—¡La casa es de ambos!
—¿Acaso no la dejarías ir con nosotros si algo ocurriera?
—Me gustaría ser parte de la decisión —Alguien pateó un mueble—. Crees ser el jefe de la organización ¿Sabes qué? ¡Es mi herencia!
—¡Y la mía! —La voz de Tom explotó—. Solo usó tu nombre por una cuestión legal ¡Pero el puesto es de ambos!
—¡También el arma y mira lo que has hecho! La entregaste a alguien más.
—De acuerdo —Un sonido metálico retumbó—. ¿Quieres el arma? Ve a buscarla.
Andreja, que se había levantado para escuchar más de cerca, se estremeció. Discutían por ella. No había cometido ninguna equivocación y, sin embargo, era el centro de un conflicto que acarreaba raíces mucho más largas de lo que podrían controlar. Estarían así toda la noche si no hallaban un punto de paz.
—No la quiero, lo que quiero es que dejes de tratarme como una jodida marioneta.
—Entonces deja de ser una.
El silencio les resultó extraño y repentino. La casa suspiró y esperó por un segundo round. El sonido regresó en forma de pasos y un nuevo portazo, esta vez en la habitación de Andreja. Ella se sobresaltó y retrocedió para esconderse, pero la luz se encendió y se encontró con Bill. Sus labios crispados, sus ojos enrojecidos y el maquillaje corrido eran la imagen de la apatía.
—No confío en ti, Andreja —advirtió—. Solo quiero que lo tengas en cuenta.
—¿Qué? —titubeó—. ¿Qué hice?
—Te fuiste minutos antes de que la bomba estallara, en medio de tu turno.
—¡Debía hacer una entrega! —Ella se aferró al brazo de Tom, que se había interpuesto entre ellos.
—Déjala, Bill.
—Te estoy vigilando. —Amenazó antes de salir de la habitación para irse de la casa.
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No tenía otro lugar al que ir. Descubrió eso cuando un puño llamó a su puerta. No había mayor señal de que se sintiera abandonado como el hecho de que recurriera a él, en su oficina, pasada la medianoche. Bill no lo miró al ingresar como un cohete, yendo directo hacia la barra. Tomó una botella, no reconoció cuál, y bebió directo del pico.
Anis, que no parecía sorprendido, simplemente cerró la puerta y regresó a su escritorio para seguir ocupándose de sus papeles, mostrando indiferencia pero tomando nota de todo lo que le decía. Bill caminaba inquieto de un lado a otro, hablando como si Tom siguiera a su lado, intercalando argumentos con insultos. Su suéter ancho se sacudía a su alrededor y su cabello se enredaba entre sus dedos cuando trataba de peinarlo.
—¡Él le dio el arma de mi padre a Andreja! —vociferaba, golpeando con los puños en la barra, hasta que notó que sus quejas no generaban interés—. No me prestas atención.
—Tengo trabajo.
—¡No me interesa! —Golpeó la pila de papeles con el puño, arrojándolos al suelo—. ¡Nadie me ignora!
—¿Cuál es tu problema? —Gritó Anis—. ¡Diva estúpida!
El ruido de vidrios rotos llenó la oficina. Bill estaba fuera de sí y arrojó todo lo que encontraba cerca al suelo, con los brazos. Era el último empujón que necesitaba. Anis logró atraparlo de las muñecas para detenerlo, furioso. No debió permitir que ese malcriado se acercara a su barrio. No tenía nada que hacer en su mundo y la idea de asesinarlo de una vez, sin importar los resultados, regresó.
Luchando, Bill fue arrastrado arriba del escritorio vacío. No podía liberarse de las fuertes manos de Anis y lo que él planeaba hacerle no sería agradable. Él lo retorció hasta lograr ubicarlo frente a él, a centímetros de distancia. Veía el odio en su rostro y supo que acababa de arruinarlo todo solo por una discusión personal, basada en una emoción tan incontrolable como los celos que lo invadían. Su padre estaría decepcionado, su hermano también. Una mafia entera dudaba de él y esa era la razón. Merecía morir.
Soltó un jadeo cuando Anis lo atrapó del cuello. Lo sacudió de arriba a abajo, haciendo que su cabeza golpeara contra la madera, lo suficiente para desconcertarlo por un momento. Su pulgar presionaba contra la garganta de la víctima mientras observaba sus ojos. Recordó la primera vez que se encontraron solos en esa habitación, en la que deseó llegar a ese momento de gloria. Bill jadeaba por aire entre sus manos, suplicante, retorciéndose cada vez más despacio.
Respiró desesperado cuando Anis lo soltó, pero no tuvo demasiado tiempo para recuperarse. Fue un encuentro breve de sus miradas. Las palabras estaban implícitas, como en cada una de sus conversaciones previas, por cortas que hubieran sido. Intentaban descifrarse el uno al otro y creían hacerlo, pero no era así. Al momento siguiente, estaba respirando en la boca del otro, mordiendo y rasguñándolo lo que se cruzaba en su camino.
Sin resistirse, Bill se dejó llevar por la agradable sensación que recorrió su espalda en cada uno de sus encuentros: mutaba hacia un deseo indispensable en su piel. Lo necesitaba como el hierro faltante en su sangre y como el contacto que negaba a los demás. Recorría por su cuerpo una mezcla de ansia y desprecio en su manera de comportarse con él, tan despectivo y superior. Podría jurar que la violencia de su agarre era minimizado por un fondo de cariño y miedo a herirlo, pero que no descartaba la firmeza en sus actos. Se encontraba frágil y asustado, deprimido, algo que Anis aprovechaba. No había nada que le hiciera olvidar el dolor hasta que él lo apresó.
Tuvo sus manos por encima de su cabeza en poco tiempo y allí las dejó aunque ya no lo obligara. Sentía el pecho chocar contra el suyo, sus manos insistiendo que se moviera contra él, a su propio ritmo. Anis presionó en el muslo interno hasta que su cuerpo reaccionó por sí solo, separando sus piernas en el aire. No se reprimía, no quería frenar, no pensaba detenerlo.
Anis tiró de él, arrastrándolo por el mueble, hasta que sus pies tocaron el suelo una vez más. Lo obligó a girarse, sosteniéndolo por la nuca para que no despegara el rostro de la superficie. Bill observaba de reojo, con los labios separados e hinchados por el brusco contacto. Rasguñó la madera al ser tironeado una vez más mientras le bajaba el pantalón, estremeciéndose ante el chirrido con el que sus uñas se quejaron.
Se enderezó, sosteniéndose con ambas manos, y dos dedos presionaron en sus labios para que los abriera, buscando su camino. Los recibió y succionó cerrando sus ojos, acariciando el brazo con las palmas. Se encontró admirado por su compañero, como si fuera la criatura más fascinante que jamás hubiera visto en su vida. Le dedicó una mordida juguetona cuando él quitó sus dedos y le sonrió con picardía, provocando otro ataque a su boca. Anis le arrancó un gemido cuando esos dedos encontraron su lugar, tratando de penetrar demasiado rápido.
Se contorsionó hacia atrás, recargándose sobre su amante, que lo sostenía como si fuera a derretirse en sus brazos. Las uñas de Bill se clavaron en su carne, buscando un apoyo que no le fallara; al momento sus piernas temblaron. Lejos de desalentarse, insistió hasta que un nuevo gemido brotó de su garganta y su mandíbula se tensó, mostrándole los dientes en un delicioso dolor contenido. Así buscaba tenerlo, disfrutando del dolor y el placer en sus manos.
Atreviéndose, Bill serpenteó con sus dedos por el estómago hasta llegar a su cinto. Desprendió la hebilla, torpe pero deseoso, y Anis lo obligó a meter su mano bajo la prenda. El bulto pedía atención, haciendo que el pequeño sonriera. Presionó y encontró una sonrisa cómplice que no duro demasiado.
Un puño en su nuca, aferrándose de su largo cabello, lo obligó a inclinarse. Estaba completamente expuesto y su sexo friccionaba contra la tela del suéter, entre la madera y su propio estómago. El calor se acumulaba y le costaba respirar, pero clavó las uñas en el pantalón caído de Anis, pidiéndole así que no se separara.
La embestida le robó un fuerte quejido, pero aun así arrugó la tela en su puño, atrayéndolo. Ignoró el dolor lo mejor que pudo, concentrándose en el calor que palpitaba en su interior, descubriendo que era excusa suficiente para tolerar el comienzo. Una mano áspera en su cadera lo guiaba en las direcciones correctas, hasta la profundidad apropiada, llegando al umbral en que sus gemidos se transforman en un jadeo constante.
Los últimos sonidos agitados que luchaban por salir de su garganta chocaban con los golpes de su cuerpo contra la madera, y continuaron luego de que una explosión lo sacudiera de arriba abajo en un perfecto frenesí. Esta crujía al ritmo, acompañándolos hasta la última embestida, en la que un fuerte impacto le dio fin.
Trató de recobrar el aliento con la mejilla pegada a la madera. Tenía el corazón latiendo en sus oídos y el sudor corriendo por su rostro. Anis tiró de su suéter para enderezarlo y Bill recargó su cabeza contra su hombro, aun con rastros del orgasmo en su rostro. En el breve encuentro de sus ojos comprendió lo que había hecho.
De un empujón, Anis lo apartó de su lado, haciendo que Bill cayera al piso. Desorbitado, no pudo hacer más que acomodar su ropa velozmente e irse gateando, antes de poder levantarse cerca de la puerta. No miró hacia atrás.
No quería pensar en lo que acababa de ocurrir, no descifraba sus motivos ni el bien que eso podría haber acarreado. Aunque el viento frío de la noche fuera en dirección contraria, aun percibía su olor en el suéter, sus dedos en la boca y la calidez escurriéndose por su muslo.
Le llevó el doble que antes llegar al límite de su territorio con el de Vororte. Supo que no podría avanzar más, no solo, y se dejó caer dentro de una cabina telefónica. No había tomado su celular al marcharse de la mansión y no tenía cambio. Solía usar esa máquina cuando era muy pequeño, pero no recordaba bien cómo hacerlo. Se levantó, observó al enorme aparato y descolgó, sin idea de lo que debía hacer si no tenía dinero. Buscó con la mirada, allí parado, sosteniendo el tubo por unos segundos, tratando de recordar lo que le había enseñado su padre en caso de una emergencia. Encontró una lista de instrucciones pegada a un costado. Tratando de leer las que correspondían al cobro revertido, se llevó el auricular a la oreja y lo sostuvo con el hombro. Debía marcar a la operadora y, cuando le atendiera, darle el número al que deseaba llamar. Si eso funcionaba, iba a mandar a reparar por completo esa cabina y a llenar de ellas la ciudad.
Los caracteres estaban borroneados, no había forma de reconocer cada tecla, así que trató de recordar los números en su celular, esperando que fuera idéntico.
Cuando la operadora le contestó le pidió destinario. Asumió que era el número al que deseaba llamar, así que dio cada uno de ellos por separado. Al terminar, le dijeron que no podían comunicarlo con un móvil, solo teléfono fijo. Insultó por lo bajo y dio el número de la mansión. Rogó que Tom contestara.
—¿Hola?
Bill no sabía quién era, pero no le importó.
—Llama a Tom —ordenó, recordando de pronto que no necesariamente reconocían su voz—. Soy Bill.
—Sí, señor.
Agotado, Bill apoyó la sien contra la parte superior de la máquina. Cerró sus ojos, tratando de aclarar su cabeza, pero le era imposible. No comprendía qué era lo que había ocurrido allí dentro ni por qué se había dejado llevar de esa manera. No le había sido posible hacía meses con alguien en quien confiaba y conocía sus debilidades.
—¿¡Bill!?
—Ven a buscarme —rogó Bill, dándole luego la dirección de la cabina.
—¿Qué ocurrió?
—Solo ven a buscarme —Y cortó.
Se dejó caer una vez más y cubrió su rostro con los brazos. Temía que lo reconocieran, que alguien se aprovechara una vez más de su condición.
Tuvo que permanecer allí cerca de quince minutos. Tom, solo, bajo del auto y buscó una explicación sin palabras. Se agachó frente a él y acarició el labio hinchado con el pulgar, aborreciendo lo que acababan de hacerle a su hermano. Sostuvo su rostro con ambas manos y tembló.
—Lo mataré.—Prometió en voz baja.
Ya sin fuerzas, Bill se arrojó a los brazos de su alma gemela, reclamándolo como propio ante el mundo, y soltó un sollozo en su hombro. Había salido a buscarlo, luego de una intensa pelea, pasada la madrugada y lo aferraba a su cuerpo como si fuera un amante extraviado. Nadie competiría con él.
Continuará…