
Fic slash de Cosette
Capítulo 15
Estaba completamente seguro de que su vida, a través de los ojos de Tom, no era la misma. Por mucho que fueran gemelos, supieran lo que el otro piensa, necesita y anhela, los prejuicios y la lógica de las situaciones pesaba de maneras diferentes. Su mentalidad cambiaba con el pasar de los años. En este caso, su relación con Anis no tenía ningún fundamento y era un riesgo innecesario. No servía de nada que afirmara ser un plan maligno para conquistarlo y adjudicarse la victoria debido a que era imposible que Anis cediera ante tal idea.
Esa noche en la cabina, Tom le insistió que se detuviera. No podría soportar la idea de que él se enfrentara a Anis luego de una cosa como esa, pero Bill no quiso hablar del tema. Se debatía internamente con cada roce y su hermano lo sabía, percibiendo imágenes en su cabeza.
Durante los días siguientes, Tom continuó en su plan de disuadirlo. Bill estaba decidido e iba a continuar con sus métodos a pesar de que no había vuelto a acercarse a los barrios bajos. No encontraba agradable la idea de salir a la calle tampoco, pero no podía permitírselo tras lo que había ocurrido. Utilizaba como excusa las cantidades de trámites y sobornos que el incendio había dejado atrás para que lo consideraran ocupado.
Su imagen elegante había regresado. Su cabello recuperó brillo y forma, sus chaquetas entalladas caían elegantes de sus hombros y un prolijo maquillaje se adaptó a los rasgos de su rostro. Se veía renovado y seguro como siempre lo fue.
—¿Qué tipo de plan es este? ¿Enamorarlo? —Ironizó Tom, viéndolo arreglarse frente al espejo de su habitación.
—No sé por qué te cuesta confiar en mí.
—Bill —comenzó, tomándolo del brazo para observarlo de frente, con seriedad—. Ambos sabemos que esto no es un plan y, si lo es, no tiene pies ni cabeza. Vas a arruinarnos por completo con un solo pie más allá de tu límite. Él está esperando a que pierdas el equilibrio para empujarte al vacío.
—Puedo lidiar con Anis.
—Lo sé —rio Tom—. Eso no significa que debas hacerlo.
—¿Acaso prefieres una guerra con Faust y él, a la vez?
Con un suspiro, Tom tomó sus manos y las sostuvo frente a ellos, a la altura de sus pechos.
—Si es para evitar que te lastimen, sí.
—No tenemos suficientes razones para ir a una guerra ahora —dijo Bill, luego de unos segundos de silencio—. No somos fuertes para eso.
—Entonces nos iremos y se acabó.
—Uno no abandona la mafia. —Aseguró con tristeza y se fue de la mansión, acomodándose su abrigo, a pie.
No había razones para discutir: Bill estaba completamente cegado por algún trastorno, no cabía duda. Parecía ser un trauma o algún tipo de síndrome extraño. Lo último que necesitaba era tener que meterlo en un manicomio. Primero la anemia y ahora este desorden mental que parecía estar fundiéndole el cerebro.
Bill merodeó sin rumbo por la ciudad. Una capucha negra cubría su cabeza, pero de alguna forma sabía que aquellos que se cruzaba por su camino no se atrevían a mirarlo. Lo reconocían y su disfraz era casi un motivo de burla. Tal vez llegaran a creer que era un mero simbolismo para que lo dejaran tranquilo porque se aproximaba un conflicto.
Las luces fallaban cada pocos metros y la multitud disminuía con cada paso. Se encontró caminando hacia el límite de la ciudad. Los edificios más próximos a ese límite se encontraban abandonados y decadentes, con pocas ventanas en condiciones, a juego con las paredes que caían a pedazos. De algunas de ellas se notaba el fulgor de un fuego en el interior. El auto corroído, cubierto de grafitis apareció ante él, a media cuadra de distancia.
Sabía que no era un lugar para él cerca de la madrugada, pero experimentaba una atracción, como una mano que tiraba de su muñeca. Encontraba más confianza que nunca al acercarse por esas calles mal iluminadas y cubiertas de arte callejero. No era su estilo, pero ciertamente le encontraba un atractivo inexplicable.
Le era imposible negar que el miedo fuera irracional cuando se aproximaba a pie por las calles silenciosas, pero era su trabajo, su plan y se mantendría apegado a él aunque le costara la vida. Era lo único que le producía un cosquilleo en el estómago. La adrenalina que corría por sus venas era como una droga. Enfrentando ese peligro se imaginaba en la cima de todo, no por herencia sino por propia voluntad y mérito. Una lucha por su trono. Debía dejar atrás la imagen de niño rico mimado y enfrentarse a aquellos que querían su lugar. Iba a morir por su trono.
Una risa lo alertó, haciéndole frenar en seco ante un callejón sin salida. Era áspera, denigrante, y pudo entender toda una historia con ella. Era Anis y estaba con una mujer. Podía escuchar sus gemidos y el reflejo de la luz le permitía ver un par de piernas aferradas a su cintura con firmeza, yendo y viniendo en un ritmo brusco. Si era una prostituta o una amante, no había forma de saberlo. Sin embargo, las chicas de Ría cobraban el doble por salir de su habitación. Anis era más poderoso que el resto pero la gran jefa no arriesgaba a sus chicas por nada menos que el doble de lo que se merecían, más aun si se trataba de alguien como él. Su estómago se retorció, tal vez de asco ante la idea de semejante encuentro en los barrios bajos, en medio de la oscuridad. Aunque…
Caminó despacio hacia atrás, hasta alejarse al menos unos metros. Creyó que lo espiaban en la oscuridad, por poco tiempo, pero fue más del que debería. Sacó un cigarrillo de su caja y lo encendió justo debajo de una luz rota. El chasquido del encendedor hizo eco en las paredes de los edificios abandonados y el vacío que siguió le pareció aún más profundo que el anterior. Incluso en el silencio, no puedo escuchar que alguien se acercaba.
Creyó haberse alejado lo suficiente. Un abrupto gemido de sorpresa escapó de sus labios al sentir un par de brazos que lo acorralaban contra la pared. Su pecho chocó contra esta y algo se apoyó en su espalda, con intensidad y un inusual deseo. Uno de sus brazos lo rodeaba y sentía el contorno de una pistola entre su estómago y el cemento. Eso era más que una amenaza.
—¡Te tengo! —dijo Anis, entre dientes, contra su oído—. No escaparás ahora.
—Pareciera que siempre nos cruzamos —murmuró, tratando de observar por encima del hombro si estaba solo y su expresión—. ¿Me estás persiguiendo? ¿Ya te enamoraste de mí?
—Chaleco antibalas… —dijo—. Pensé que no jugarías a hacerte el listo sin tu gorila a tu lado.
—Con gorilas o sin ellos, tú tienes el arma.
—¿Tu no? —dijo, sorprendido—. Veamos.
Lo soltó, pero apoyó el largo del brazo, desde el codo hasta la muñeca, usando la mano libre para sostener la pistola. Sintió la punta deslizándose por dentro de su muslo, haciendo que se estremeciera y sufriera el impulso de separar las piernas. Las yemas de sus dedos jugaban en su nuca, hasta que cerró los dedos en las raíces de su cabello y tiró hacia atrás, aprovechando para clavar el cañón de la pistola en su trasero.
—¿Es esa en tu cintura?
—Sí…
Ya no se encontraba acorralado, pero Anis acababa de quitarle su arma. La vació y el sonido de las balas cayendo al suelo llenó el callejón oscuro. Se volteó, esperando que algo pasara, tratando de distinguir su figura de la lejana luz de calle que apenas llegaba a ese sector del callejón sin salida. Solo le llegó el hedor de su aliento.
—Así que mentiste.
—Y tú estás borracho.
—No eres el primero en decírmelo hoy —comentó, casi divertido—. Es gracioso que lo menciones, porque hablaba sobre nuestra relación con esa misma persona.
—¿Qué relación es esa?
—Ambigua.
—Ni siquiera puedes recordar qué significa esa palabra, ¿cierto?
—Sé que te gusta hablar mientras te tocan, pero déjate llevar por una vez en tu vida.
Estaba tentando a preguntarle cómo sabía eso, pero se resistió: solo quería provocarlo, no significaba nada. Solo había sido o una oportuna selección de palabras o una deducción.
—Necesito encontrar… —Sintió sus dedos por su espalda, yendo hacia arriba.
—¿Qué?
—¡Ahí!
Presionó en su cuello y, repentinamente, lo atrajo contra él, curvando su espalda para enterrar los labios en el hueco bajo su oreja. Parecía a punto de ahogarlo pero sin la fuerza necesaria. La brusquedad le causó un escalofrío y un gemido se escapó de sus labios. No podía saber…
Se recargó contra su pecho, dejando caer la cabeza hacia atrás. Su nuca cayó contra su hombro mientras se estremecía con cada contacto de sus dedos bajando por su estómago.
En ese segundo, el recuerdo lo chocó como un tren. La revelación fue demasiado impactante. Solo una persona conocía cada reacción de su cuerpo, entendía sus detonadores, se aprovechaba de ellos cuando no podía tolerar las negativas. Se quebró frente a él, se dejó caer.
Forcejeó, insultando a los gritos, hasta que logró soltarse del agarre de Anis y correr. Podría jurar que lo escuchó reír antes de perderlo de vista. Se tropezó con su arma en el camino a su auto, la cual guardó en su lugar antes de subirse al vehículo. Ni siquiera comprobó si lo seguían cuando arrancó, no le importaba. La velocidad era todo lo que necesitaba, olvidarlo todo, pelear contra el tiempo y el espacio. Olvidar.
Se encontró frente a la mansión y se detuvo a pocos centímetros de tirar la reja abajo. Tom estaba afuera ya, preocupado, y corrió al auto. Bill comenzó a golpear el volante con los puños, mientras un guardaespaldas le abría el portón para que saliera. Al llegar contra el auto, Tom golpeó la ventana con insistencia, usando las palmas.
—¡Bill! ¿Bill? —Trató de abrir la puerta—. ¿Qué ocurre? ¿Estás bien?
Se tomó unos segundos para responder, agitado, ahogando el dolor de los cuchillos que cortaban desde su garganta hasta el pecho. Empujó la puerta, golpeando a Tom en el estómago, y bajó del vehículo sin decir una palabra. Desfundó el arma. Su hermano se recuperó del golpe y lo siguió, tirando de su brazo, insistente.
—¿Bill, qué…?
—¡No me toques! —Gritó, volviéndose y apuntando a su gemelo con el arma unos segundos. Tom se detuvo, estupefacto, intercalando la mirada entre el cañón y los ojos de su hermano menor.
Bill volvió a su camino e irrumpió en la mansión, manteniendo la actitud descontrolada. Tom corrió detrás de él, mirando a su alrededor y ordenó que cerraran las puertas. Nadie entraba, nadie salía: su hermano sabía quién era la rata.
Buscó desde la entrada al traidor, al maldito que había asesinado a su padre y se atrevía a seguir viviendo a su lado, bajo su techo, a aproximarse con falsa ternura y susurrar en su oído palabras de apoyo. Aprendió tanto de él, compartió su vida, sus pasiones, todo para ser traicionado durante todos esos años.
Al cruzar miradas, ambos supieron. Georg se levantó de un salto y caminó hacia atrás cuando su amante se abalanzó contra él y le clavó la punta de la pistola en la garganta. Acorralado contra la pared, estático, respiró profundo y trató de mantener la calma. Sabía que ese día llegaría.
—¡Hijo de puta! —Bill presionó el arma con firmeza—. Debí saberlo…
—Tranquilo, Bill…
—¿¡Qué haces? —Gritó Andreja, aproximándose—. ¡Déjalo!
—Pero ahora lo sé y nunca quise asesinar tanto a alguien como a ti en este momento.
Su voz temblaba, quizás su pulso se perdía en segundos, pero estaba decidido. Debía pensar fríamente y aun así no podía disparar. Necesitaba saberlo todo, entender, porque ya nada tenía sentido para él. Se había perdido una gran parte de la historia y los detalles parecían contradecirlo. Podía ser una trampa, una puesta en escena demasiado inteligente de Anis.
La escena se esparcía por la casa: Andreja no podía controlar los reclamos con desesperación; Tom trataba de calmarla e interrogar a su hermano; Gustav llegó corriendo por los gritos, desconcertado.
—No cometas una locura —Le advirtió Georg, tratando de serenarlo antes de revelar nada.
—Esto no va a funcionar —Tom se aproximó, con ambas manos alzadas—. Si vamos a sacar conclusiones, que sea de forma pacífica.
—¿¡De forma pacífica!? —vociferó Bill, volviéndose a su hermano como si hubiera cometido una injusticia—. ¿Tú?
Georg se veía aliviado de tener el arma lejos, pero estaba convencido de que no duraría. Estaba muerto, no cabían dudas, pero tal vez pudiera lograr que su muerte fuera más rápida. Había visto a Tom matando de maneras muy crueles. La empatía podría cruzar su mente cuando recordara todo lo que habían hecho juntos… a pesar de todo.
Tratando de aportar algo de calma, Andreja se dirigió a Bill con precaución.
—No sabes…
—¡LO SÉ! —Bill no podía contener la ira—. ¡Es la rata! La más asquerosa y, joder, duele más de lo que te tengo planeado, ¡que no es poco!
—No maté a su padre, no maté a Jörg —dijo Georg, alzando las manos en señal inofensiva—. Puedo jurarlo.
—No te creo.
—Es la verdad.
—¿Realmente fingiste todos estos años una jodida relación solo para sacarme información?
—¿Una relación? —preguntó Georg, honestamente sorprendido—. ¿Eso era una relación para ti? ¿Ser tu puto asistente? Creo que voy a irme con Ría, porque soy una de sus putas. Y lo siento, pero además de todo te estuve engañando con la mitad de ellas.
—¿Estás haciéndote el gracioso? —Bill volvió a su hermano, estupefacto—. ¡Está haciéndose el gracioso!
—Al menos no dijo “Yo debería pagarte a vos”.
—Tom, por Dios, ¡toma el problema en serio! —chilló Andreja, aprovechando la distracción para saltar delante de Georg—. Tiene que haber un error, ¡él no podría!
—Anis prácticamente me lo entregó.
—¿Él te lo dijo? —cuestionó Andreja, sin dejar de sostener a Georg con ambas manos, detrás de su espalda—. ¿En serio?
—Lo dijo entre líneas.
—Tal vez solo quiere inculparlo, para…
—¡Él ya confesó, idiota!
—¿¡Por qué entregaría a su rata ahora, Bill!?
—¡Estaba borracho!
—¿En serio? —discutió—. ¿Anis? Jamás lo vi siquiera tambalearse.
—Siempre hay una primera vez.
—Esto arruina todo para él —comentó Tom, uniéndose con seriedad a la conversación. Se negaba a creerlo aún—. Lo que sea que planea, estaba buscando esta reacción, Bill. Está buscando una excusa.
—¿Para qué?
—Para una guerra.
Respirando profundo, Bill dejó caer su cabeza hacia atrás. Estaba emocionalmente agotado una vez más y podía notar los pedazos de su corazón rasgando el pecho para salir de su cuerpo. Necesitaba a su padre.
—Bill —comenzó Georg, muy lento, seleccionando las palabras—. ¿Realmente crees que Anis consideró que serías el jefe de la mafia tras la muerte de tu padre? Él creía que Tom lo sería y no inmediatamente, sino cuando Faust muriera. Todo lo que ocurrió entre nosotros fue antes de que esto siquiera se planteara.
—¿Eso es una excusa?
—No, es la verdad.
—No cambia nada —Alzó el arma una vez más—. Andreja, muévete.
—¡No!
—¡Es una rata, todo era una mentira! —Bill comenzaba a perder la paciencia.
—No me interesa.
Ella cerró sus puños, aferrándose a la ropa de su amigo. Tuvo la repentina necesidad de voltearse y refugiarse tras Georg cuando vio la expresión de Tom. Creyó que eran celos, pero en realidad era una extraña mezcla de comprensión y desprecio que podría haberla asesinado solo con la mirada.
—¿Acaso sabías, Andreja? —Tom avanzó hacia ella, ignorando el arma de su hermano—. ¿Es otro de los detalles que olvidaste mencionar?
—¿Qué? ¡No!
—¿Por qué lo proteges entonces?
—¡Es mi amigo! —vociferó, convencida de que no llegaría viva al día siguiente—. ¡Nunca hirió a nadie de esta familia!
—Es una rata —argumentó con su usual calma terrorífica—. Él perjudicó a toda la familia. Ni siquiera sé desde cuándo.
—Era joven y estúpido, ¿de acuerdo? —Georg apartó a su amiga un paso. No se atrevía a descubrirse por completo—. Necesitaban a alguien dentro pero no había forma de entrar a la familia en ese momento sin desconfiar. No podían meter a alguien externo, así que investigaron a toda la familia para encontrar escándalos y debilidades.
—¿Por qué te eligieron? —Interrumpió Tom, cruzándose de brazos.
—Bill.
—¿Sabían sobre nosotros? —Bill mantuvo el arma arriba. Su mano temblaba. Podía disparar por equivocación en cualquier momento.
—Lo asumieron —continuó—. Y no fui el único. ¿Recuerdan a Johann? Nos enfrentaron y dijeron que debíamos ser espías. Nos negamos y, al azar, lo mataron frente a mí. Me dijeron que sufriría lo mismo si me negaba. Era demasiado joven como para saber qué hacer. Acepté.
—Sabía que ellos habían matado a Johann —dijo Gustav, que había contemplado la escena desde una distancia prudencial—. Lo sabía.
Johann era su amigo desde la infancia. Cuando pasaban por los primeros años de adolescencia, él desapareció durante semanas, hasta que su cuerpo regresó flotando en el río, a kilómetros de distancia. Toda huella había sido borrada y fue imposible resolver el caso. Sin embargo, las flechas apuntaban a Vororte.
—No me pedían información siempre, no se arriesgaban a cansarme pero sabían cómo apretarme. Amenazaban a alguien como mi hermana o mi madre, a veces a alguno de ustedes. No puedo ni enumerar la cantidad de veces que los que aquí reunidos habéis estado en peligro por un francotirador, solo para presionarme —Se detuvo unos segundos, amargado repentinamente por algo—. Hasta que me negué a darles información.
—¿Ellos mataron a Jörg?
—No, a mi padre.
—¿Ellos mataron a tu padre? —Bill bajó el arma repentinamente—. ¿No fue Faust?
—Por supuesto que no —negó Georg—. Pero le fue de mucha ayuda, definitivamente. Nada ocurrió como él deseaba. Creía ser el sucesor, pero no se enteró que el testamento de Jörg cambió poco tiempo después de que mi padre muriera.
—¿Quién mató a nuestro padre? —Tom se acercó más. Si estiraba el brazo, le arrancaría a Andreja de adelante y le dispararían.
—No lo sé, pero no fue Anis —Alzó las manos, en señal de paz—. Al menos no me lo dijo. De hecho, estaba muy enfadado por lo que había ocurrido. Podía estar actuando pero no lo creo.
—¿Qué estuvo preguntando estas semanas?
—Solo cómo su comportamiento ante la presión—Se encogió de hombros—. Nada verdaderamente.
—¿Le dijiste que entendiste el mensaje? —Tom se enfrentó a Bill, dándole la espalda a los demás—. ¿Él estaba conciente como para recordar lo que te dijo?
—No lo sé.
—Georg va a desaparecer —Se interrumpió cuando los gritos de Andreja llenaron la habitación. Ya habiendo aguantado lo suficiente, la tomó de la muñeca y tiró de ella tan fuerte que la arrojó al sofá—. ¡No vamos a matarlo, joder! ¡Deja de estar en el medio!
Ella no parecía convencida, menos Georg, pero creer era lo único que les quedaba.
—Va a quedar encerrado con vigilancia, las veinticuatro horas del día, toda la puta semana y más si es necesario—indicó a Bill—. Si Anis sabe lo que hizo, pensará que lo matamos, y si no va a perder los estribos buscándolo. Si necesitamos saber algo lo enviamos de vuelta.
—¿Un doble agente? —Bill rio—. Él no es estúpido.
—Te deja entrar a su casa, ¿correcto? —apuntó Tom—. ¿Te confía cosas?
—Ninguna que se incluya en sus planes.
—Bill, todo es parte de un plan —Alzó sus manos en el aire, como si marcara un enorme arcoíris sarcástico en el aire—. Te está usando y confío en que estás al tanto de eso. Dudo que le hayas confesado alguna clave de la jodida familia porque podría…
—Por supuesto que no —replicó el joven con frialdad—. ¿Parezco imbécil?
—¿Es retórico?
—Jodete.
Con una sonrisa burlona, Tom se dirigió a los custodios fuera y les indicó que encerraran a Georg en una habitación, la más segura de la casa, y que por ningún motivo saliera. Encargó a Andreja llevarle la comida y nadie más —a menos que fuera por orden de él— podría entrar a esa habitación. No se le permitía ningún tipo de contacto: su celular fue a parar a su bolsillo.
Bill no habló con nadie desde ese momento, en toda la noche. No comió aunque le insistieron. Solo observó su arma, sentado en su balcón, pensativo. Se preguntó si hubiera sido capaz de dispararle, pero luego recordó el sonido de las balas cayendo al suelo en el callejón. No habría apuntado con su mano temblorosa por tanto tiempo a menos que supiera, muy dentro, que el arma estaba completamente vacía.
Continuará…