
Fic slash de Cosette
Capítulo 16
Sin su traje, Georg se veía como un joven cualquiera, inofensivo. En su pose avergonzada, sentado en la cama, parecía un chivo expiatorio. Bill lo observaba sin decir palabra, demacrado y ojeroso. Sus brazos colgaban sin fuerza a sus lados. No se dijeron palabra por varios minutos, solo se observaron a los ojos.
—Traté de detenerme—dijo Georg, cortando el silencio—. Quise enfrentarme a Anis y dejar que me matara, pero si se deshacía de mí habría buscado a alguien más, mucho menos dispuesto a protegerlos.
Bill quería creerlo. Logró darle la espalda cuando Georg se levantó para abrazarlo, y se fue cerrando la puerta con llave. Necesitaba verlo una vez más, comprender lo que estaba dispuesto a hacer por él.
En medio de la escalera se encontró a Tom. Éste lo bloqueó, tomando su rostro entre sus manos. Lo observó como si fuera la última vez que fuera a verlo, haciendo suaves muecas cada vez que encontraba una pista de su creciente depresión ocultas bajo el delicado maquillaje.
—¿Estás seguro que quieres hacer ésto?
—Ya lo comencé, ¿no es cierto?
—Pero el plan era descubrir a la rata… —dijo Tom—. Ya lo sabemos. Esto no es necesario ya.
—Debo descubrir si Anis lo sabe —Bill se aferró a las muñecas de su hermano.
—No quiero que vayas.
Juntando sus frentes, Bill se aproximó y cerró sus ojos. Sentir a su hermano cerca era todo lo que necesitaba en ese mundo. El resto era irrelevante.
—Debo hacer ésto —afirmó Bill, sin dudar—. Después de todo, mi rol es ser una diva y prefiero controlar el mundo como tal a ser una marioneta.
&
Alguien golpeó a su puerta. Anis vio su mano, deslizándose por el borde de la puerta. Unas peligrosas uñas negras se clavaron en ella y empujaron para entrar. Luego su hombro, marcado por una puntiaguda hombrera que entregaba un porte de elegancia extra. Su ojo derecho apareció, observándolo fijamente desde su marco negro.
Entró a la oficina como una muñeca de cera, sin expresión e igual de pálido, y cruzó el lugar hasta llegar al escritorio. Las yemas de sus dedos se posaron en el exacto mismo lugar que la última vez que se vieron, pero no pareció un gesto conciente. Solo rozó la superficie al aproximarse, rodeando el mueble hasta sentarse en éste frente a su trono. Sus piernas flotaban a su lado en el aire y, antes de darse cuenta, Anis ya acariciaba desde el tobillo hasta la rodilla. La tela se enganchaba en sus dedos, alzando el borde hasta mostrar la suave piel que se escondía debajo.
Acercó su asiento al pequeño, a la vez que separaba sus piernas para encajar su cuerpo entre ellas. Con sus pechos pegados, Anis deslizó sus labios por su hombro y los detuvo en la articulación. Allí intercaló suaves mordidas con succiones constantes, prohibiéndole a Bill que se moviera. Iba a dejarle una marca que, aunque no era permanente en la piel, quedaría grabada en su mente.
Ambos recordaban lo que había pasado la noche anterior. Anis no necesitaba decir que su rechazo no le había gustado ni se detendría hasta conseguir lo que quería.
Bill apoyó la mejilla contra su sien, cerrando los ojos. Cruzó los brazos en sus hombros y limpió sus pensamientos. Dejó que lo mordiera, sintiéndose marcado desde hacía ya mucho tiempo. Movía su cabeza de un lado a otro, al ritmo de su respiración y de los besos, hasta que Anis se detuvo para tomarlo de la nuca y obligarlo a mirarse a los ojos. Separaron los labios antes de encontrarse, sintiendo el aliento del otro flotar en el aire. Se besaron sin decir nada ni moverse, indiferentes del mundo exterior y del por qué lo hacían.
&
Durante días, el rumor de la naturaleza de sus encuentros se hacía fuerte. No solo habían aumentado los encuentros en la oficina, en los que se veían solos durante largos períodos de tiempo, sino que ya ningún otro mafioso frecuentaba los barrios bajos. Ría conocía la teoría y quería reírse de ella, pero el silencio de Tom al respecto cuando trataba de bromear le confirmaba más de lo que querría saber. No creía posible que permitiera tal cosa pero recordó que ella era la jefa de las prostitutas y decidió callarse la boca.
El papeleo por el incendio en el restaurante se terminaron de una vez: mucho intercambio de dinero permitió el silencio por parte de las distintas organizaciones legales con respecto a las anormalidades en los títulos de propiedad y fondos de dinero. Tom pensó que su padre estaría orgulloso.
Una peligrosa calma gobernaba sobre la ciudad: no existieron más roces ni peleas, mucho menos amenazas directas o indirectas de ningún otro sector. Incluso los negociantes y clientes más cercanos a los Kaulitz mantenían los encuentros rápidos y limpios, efectivos como debería ser todo evento ilegal. Algo acechaba y atacaría en cualquier momento.
Por su parte, Bill continuaba con su táctica. Se presentaba en la oficina de Anis, se sentaba cerca y, sin una rutina fija, leía alguno de sus libros o se aproximaba para masajear su cuello. La primera vez que lo hizo, Anis lo atrapó y se tensó, creyendo que iba a intentar atacarlo por la espalda, pero con el pasar de los días parecía no notar los sutiles toques que iban transformándose en parte de su vida.
Una vez, Bill fue testigo de un encuentro entre Anis y un pandillero menor, líder de un subgrupo dentro de sus terrenos. Se escondió en el closet y escuchó, viendo las expresiones de Anis desde allí, por la puerta entreabierta. Si algo le recordaba más a su padre, acababa de ser reemplazado por completo: la decisión, el uso de las palabras, el énfasis para amenazar o enviar mensajes subliminales era un arte que creía único de su padre, pero allí estaba Anis, ejerciendo el papel naturalmente. Sin embargo, cuando se enfadaba era el momento que más disfrutaba. Una ira incontrolada lo dominaba, buscando puntos débiles y de presión. Le indicó órdenes precisas, reclamando que se hicieran en un tiempo determinado. Recordaba su reacción luego de que el subjefe se retirara: lo atrapó sacando el brazo del armario, aferrándose a su ropa, y lo hizo entrar a su lado. Le rogó que lo tratara como acababa de comportarse con ese hombre. Bill consiguió lo que quería y se arrodilló frente a él.
Dejaron de resultarles extraños los encuentros en medio de la calle, en las que Bill sonreiría con inocencia para bajar la mirada y continuar con sus asuntos. Eso era suficiente para pensar en él por el resto del día.
Anis lo había atrapado observándolo de manera soñadora varias veces, mientras fingía buscar un libro en la biblioteca o se tomaba su tiempo para beber de la copa de vino. Había días en que no se decían una palabra, y otros en los que Bill no se callaba la boca. Debía aferrarlo de la mandíbula y sacudir hasta que se enojara, comenzando una larga pelea de besos, acabando por completo con su cordura.
Él había notado que Bill solía frotar sus labios de arriba abajo o de adelante hacia atrás. Sus dedos sostenían los cigarrillos como lo haría alguien de la realeza, lugar al que indudablemente creía pertenecer. Su aroma era una mezcla de distintos productos de belleza, algún perfume caro y humo de tabaco. El paraíso.
Una noche, lo atrapó por la cintura, desde la espalda, mientras divagaba por el centro de la habitación. Bill parecía más perdido que nunca.
—Pareces cómodo… —comentó Anis.
—Como hacía mucho no lo estaba con nadie. —Murmuró Bill en respuesta, con la mirada perdida.
—Me pregunto si “ese nadie” sabía cómo cuidar de ti —dijo fríamente—¿Lo mataste?
Bill comprendía a qué se refería. Anis había fingido ignorancia sobre Georg, evitando sacar el tema, pero lo buscaba con desesperación. Su contacto más cercano a la mafia era ahora el mismo jefe, pero él podría inventar historias solo para despistarlo. Necesitaba un informante que le diera más detalles de esas historias para saber si coincidían. De igual forma, Georg estaría ya corrompido y no se atrevería a hacer un solo paso más en contra de su familia. No había mucho más que pudiera perder. Mordía la misma piel que él había besado y eso le parecía suficiente castigo por su desaparición.
—Sí, lo maté.
Repentinamente tomó su brazo, lo hizo girar sobre el lugar como un paso de baile y tiró de él una vez más, contra su pecho. Bill perdió el aliento al encontrarse frente a él de esa forma. Ahí estaba la mirada.
—¿Dolió?
—No tanto como cuando confesó lo que hizo.
—Él murió por ti —agregó cruelmente—. Era su deseo. Ahora no puede protegerte.
—Sí puede…
Una tormenta de disparos hizo eco en las paredes. Anis amagó a sacar su arma, pero no estaba: Bill lo apuntaba con ella, junto a su propia arma en la otra mano.
—¿Qué has hecho?
—Encontré una entrada secreta… —sonrió de lado—. Georg me dijo de dónde sacar la llave.
Anis rio despreciativo por lo bajo, tratando de ocultar su tensión por la idea de que sus hombres estuvieran siendo masacrados a pocas paredes de distancia.
—Creí que yo te estaba seduciendo a vos —comentó—, descifrándote para poder usarlo en tu contra.
—¿Creíste que iba a caer por esta estupidez? —cuestionó Bill—. ¿Eso soy para ti? Una niña soñadora. Me subestimas.
—Puedo verlo.
—No voy a permitirte que me robes nada más —dijo, volviendo a enfrentarse a Anis, desarmado—. Se acabó.
—¿Qué te he robado?
—Mi madre… —Su labio tembló; la única razón por la que no le disparaba era la necesidad de respuestas que había sufrido durante toda su vida—. Mataste a mi madre cuando era un bebé.
—¿Eso te dijeron, ah?
—No jodas con mi cabeza, no vas a poder entrar.
—Por supuesto que no, pero tengo pruebas. Yo estuve encargado, personalmente por mi padre, a investigar al tuyo cuando desapareció luego de su casamiento. Yo era joven, pero era un trabajo simple. Él se fue durante más de un año, ¿cierto? —continuó tras ver que Bill no respondía—. Yo vi… —enfatizó cada palabra, como si le doliera hacerlo, sabiendo que podía recibir un balazo directo a la cabeza como castigo por decirlo— a tu padre y a su consigliere golpear a tu madre hasta dejarla casi inconsciente. Después, le dispararon en la cara.
—¡Es mentira! —Bill se acercó de una solo impulso, asqueado ante tal mentira—. ¿¡Cómo te atreves!? Manchar el nombre de mi padre, usar el nombre de mi madre para salvarte.
—¡Es la verdad! —Su voz sonó como un latigazo—. ¡Ellos la mataron y nos culparon a nosotros!
Se apartó como si hubiera recibido un golpe seco al estómago. Bajó el arma un momento, pero recuperó la compostura.
—¿Por qué? —Las preguntas, creyó, refutarían la teoría—. ¿Por qué harían eso?
—Tu padre estaba enamorado de ese tal Listing.
Bill soltó una carcajada. Era ridículo, vergonzoso, enfermizo que un hombre adulto, reconocido por ser la mano dura del maldito pueblo, inventara una historia tan estúpida como esa, digno de Romeo y Julieta.
—Inventa algo mejor.
—Lo digo en serio —continuó—. Listing no le correspondía, pero su relación era lo suficientemente fuerte como para ayudarlo a matar a tu madre para que no revelara lo que tu padre era. Ella tardó en descubrirlo, pero lo hizo. Eso lo habría destruido como te está destruyendo ahora.
—¿Es lo mejor que se te ocurre?
—Piénsalo… —Dio un paso al frente—. Te permitió toda esta expresión personal aunque la familia fuera misógina y homofóbica, igual sus enemigos ¿Qué tipo de mensaje enviaría el jefe de la mafia si su hijo es una marica? Trataba de exponer un punto. Eras un experimento. Te dio lo que querías solo porque él no podía tenerlo y para demostrar que un homosexual era tan capaz de gobernar como lo es un falso macho que bebe whiskey puro. Te expuso, permitió que te transformaras en esta excusa de mujer. Es la única razón por la que te puso en frente.
—Callate.
—¿Realmente creías que eras digno de ese puesto? —rio Anis—. Tu hermano es el único capaz de enfrentarse a una guerra. Mirate…
—Basta.
—… quebrado solo por descubrir una traición, bueno… —siguió, aproximándose—, acostúmbrate, princesa. Este es el mundo en el que naciste y decidiste seguir en él como superior. No culpes al resto del mundo por tu incompetencia cuando el peso en tus hombros es demasiado.
Dos disparos más, fuera de la oficina lo interrumpieron.
—¿Quieres otra guerra? —gritó Bill, caminando hacia atrás—. Entonces ven a buscarla.
Bill disparó a su hombro. Cuando Anis se encorvó por el dolor, abrió la puerta y corrió fuera de la fábrica, entre los dos pandilleros caídos que resguardaban la entrada. Georg se encontraba en medio del pasillo, revisando que nadie hiriera a Bill al salir. Tom los esperaba allí con su auto, abollado por las piedras que le arrojaron desde el momento en el que entró al barrio.
Continuará…