
Fic slash de Cosette
Capítulo 17
Se preparaban para un enfrentamiento. Sabrían que éste llegaría tarde o temprano y temían los resultados. Ellos eran menos, por eso el necesario ataque sorpresa a la pandilla. Les era indispensable herir a la mayor cantidad de personas para poder salvarse. Sería difícil, pero no se rendirían sin pelear.
Si Anis aguardaba para recuperarse del hombro herido, les daba algunos días más para vigilarlos y tratar de adelantar sus movimientos. Ya eran conocidos por sus masacres a sangre fría y, si era esa su decisión, así responderían.
Pocos en la mafia comprendían el movimiento. Perderían y eso era ineludible. Llegaron a creer que los Kaulitz no soportaban más la presión y someterse a un suicidio sería le mejor forma de escapar. No podían irse, porque los buscarían para asesinaros de igual forma, y quedarse sin luchar los reduciría a meros esclavos de la nueva organización que se proclamara ganadora. Luego, entre Vororte y Faust se destrozarían. Cada logro de Jörg se perdería.
No era fácil para todos aceptar a lo que se enfrentaban. Andreja, que había perdido el rumbo por completo y el sentido de su existencia en la mafia, tomó una decisión muy importante. Podía morir si no lograba ejecutar cada paso a la perfección, pero moriría allí, sin hacer nada, de igual forma.
Le entregó su desayuno a Georg y logró salir de la mansión sin llamar la atención. Años de práctica le permitían ser invisible ante quien le resultara un obstáculo. Ría no la esperaba y, convencida de que le traía un mensaje de la mafia, no quiso dejarla entrar.
—Esta es su guerra, no la mía —dijo, en la puerta—. Dile a los Kaulitz que no pienso arriesgar a una sola de mis chicas por esta farsa. Eso te incluye, si es que tomás la decisión correcta de mantenerte a salvo.
—No es tan fácil.
—Sí lo es —aclaró, alzando su ceja—. Yo lo estoy haciendo ahora mismo.
—¿Te has retirado? ¿No vas a ayudarlos, Ría?
Ella negó como respuesta, muy seria, reafirmando cada una de sus convicciones en un solo fruncir de cejas.
—¿Para esto viniste?
—No —dijo, bajando la cabeza—. Necesito un favor.
—¿Para ti?
—Sí, solo para mí.
La determinación de Ría la había convencido por completo.
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El día estaba terminando. El sol descendía en el horizonte y la luna aparecía llena y brillante. La calma, una vez más, caía como un manto de inseguridad en la ciudad. La mansión estaba silenciosa a pesar de la gran cantidad de gente que pasaba las noches allí desde la amenaza. Podría comenzar en cualquier momento y mejor estar preparados.
En la oscuridad, Tom divisó movimiento en la calle. Más del usual, al menos, ya que la mansión no se encontraba en una zona transitada. No podía reconocer a nadie pero la silueta de las ametralladoras en cada figura fue advertencia suficiente.
Trotó por las escaleras en busca de cualquiera, sacando el teléfono para alertar a la casa lo más silenciosamente posible. Atraparlos por sorpresa era una movida que quería implementar, ya que ellos conocían la casa mejor que nadie.
Tom frenó en seco al encontrarse con Andreja en el pasillo. Ella se volteó alarmada y lo apuntó con el arma de su padre.
Con su mano temblorosa, Andreja se alejó, caminando hacia atrás. Se veía seria y perturbada, como alguien que aguantaba un secreto por demasiado tiempo. Chocó contra la pared y comenzó a buscar una salida por otro lado, pero estaba acorralada. Notó que sostenía una valija en la mano libre y, por su forma de caminar, parecía llevar un gran peso. Una mochila colgaba de su hombro.
—¿Qué haces?
—Me voy, estoy cansada de todo esto —confesó, con dificultades para respirar—. Si no lo hago, estaré muerta hoy.
—¿Por qué? —Tom se acercó rápidamente, atrapándola para que ya no huyera—. ¿Alguien te amenaza? No permitiré que te lastimen, lo sabes.
—No podrías garantizarme protección de ti mismo.
La observó aturdido unos segundos, tratando de descifrar sus palabras en una explicación lógica. Se acercó velozmente, antes de que Andreja siquiera pudiera reaccionar.
—Me temes —repitió, apretando el puño en su muñeca—. Eso es culpa ¿Qué has hecho?
—Por favor —rogó ella, bajando la mirada—. Por favor, Tom.
—¿¡Qué has hecho!? —Gritó, zarandeándola por los brazos, ignorando el arma por completo—. ¿Qué puede ser tan terrible que debas huir de mí de esta manera?
La maleta y el bolso cayeron, igual el arma, haciendo un ruido sordo. Andreja se aferró suplicante a sus brazos, clavando las uñas en su ropa. Había una parte en él que la dejaría ir sin preguntas para salvarla y otra que la mataría sin dudar por la sola duda de que traicionara su confianza.
—Tom, escuchame —pidió, sin luchar, buscando su mirada—. Por favor.
—No me dejes.—Ordenó, pero con súplica en su mirada.
Algo tembló dentro de ella con esas palabras, llegando a cuestionar su plan por completo. No podía irse, mucho menos dejarlo. Nunca había considerado que Tom la necesitara de esa forma e incluso aceptaba la idea de morir por él. Ese mismo pensamiento la arrancó de ahogarse en su debilidad: ella podría morir por Tom, incluso bajo su propia mano, pero él no haría lo mismo. Debía irse, no iba a prestarse a un suicidio.
—Dejame ir.
—No.
—Confía en mí —dijo, estirando su mano para rozar su mejilla con las yemas—. Estarás mejor si me dejas ir. Sálvanos a ambos. De otra manera, acabarás matándome.
—No, no podría.
—Lo harás de igual forma.
—Nada puede ser tan importante como para que te vayas así.
—Pero lo hay —ella no pudo evitar una sonrisa—. Hay algo mucho más precioso que debo proteger. Debo irme, solo tienes que confiar en mí.
Cuestionando todo lo que profesaba, Tom la observó directamente a los ojos. Una enorme carga pesaba en su corazón y, aunque se propusiera a aliviarla, ella no confiaba en que pudiera hacerlo. Esa desconfianza estaba justificada. Ambos sabían que, si el secreto era verdaderamente peligroso, él perdería la voluntad y haría lo que debía hacer.
La aferró del cabello con un puño a la altura de la nuca y tiró de su cabeza hacia atrás. Andreja soltó un quejido y tembló en sus brazos, pero no luchó ni se soltó. Antes de arrepentirse, Tom a la acercó bruscamente para besarla. Ella correspondió, sintiéndose desvanecer en la intensidad de la despedida. Él la dejaría ir, y nada le daba más pánico que eso. Toda una relación resumida en ese beso, con toda la violencia y la devoción que la había formado, se consumía.
Al separarse, Tom se forzó a regresar a su frialdad calculadora.
—Usa una de las salidas secretas.
Apresurándose, Andreja se agachó a tomar el arma. La maleta solo contenía ropa y otros caprichos, pero solo la atrasaría. La mochila le era indispensable: dinero, documentos falsos, recuerdos y elementos preciados. No se podía permitir pensar un segundo más lo que hacía, porque las lágrimas se le agolpaban en los ojos. Si Tom lo veía, jamás la dejaría ir y ella no discutiría. Estaba a un solo paso de quebrarse y abandonar la decisión. Moriría a su lado.
—¡Vete! —Ordenó él, sin mirarla.
Aferrándose a su mochila, corrió.
Golpeando en la puerta con los puños, Tom recordó repentinamente lo que ocurría fuera de la casa. Se dispuso a irse pero se detuvo ante la maleta abandonada. La abrió velozmente, miró dentro y sacudió algunas prendas, hasta encontrar un pañuelo de seda blanca. Lo ató a su mano, protegiendo sus nudillos, y cerró la maleta. La apartó del camino como una reliquia, protegiéndola, y trató de llamar una vez más.
El celular se le adelantó: una llamada de Bill entró.
—¿Qué ocurre?
—Dejaron un paquete en la puerta, Tom.
—No lo toquen.
—Ya lo abrimos —aclaró Bill —. Debes ver esto. Baja.
Esperando lo peor, Tom bajó las escaleras velozmente hasta que llegó al comedor. En la enorme mesa rectangular se encontraban Bill, Gustav y Andreas, observando una caja desenvuelta y abierta. Su hermano, frente a ella, con los brazos apoyados en la superficie y la cabeza caída, se veía tenso y devastado.
—¿Qué es?
—Esta arma —dijo, dando vuelta la caja para que una pistola cayera, junto a una bala—, es la que asesinó a papá. El calibre coincide.
—¿De dónde salió?
—No lo sé, pero sí sé de quién es —el labio de Bill tembló—. Porque yo se la regalé.
—¿Acaso es…?
—Sí, es la misma que yo le regalé a Georg —La apuntó con el índice, en gesto acusador—. Noté que no la tenía ya, pero creí que estaba guardada. No.
—¿Y el arma que le quitamos?
—Es otra, ya revisé —Bill se derrumbó en su silla—. Una nueva. No sé de dónde la sacó.
Un cajón abierto de par en par mostraba el arma confiscada hacía poco a Georg. También había notado algo extraña en ella, pero nada elevó sus sospechas.
—Tal vez solo la perdió, Bill —Trató de ayudar Gustav.
—¿Y por qué lo ocultó, entonces? —golpeó la mesa con un puño y se levantó, aferrándose como si fuera a caer—. Bájenlo. No puedo tolerarlo más.
—Piensa en lo que quieres hacer.
—¡Sé lo que quiero hacer! —gritó Bill, completamente fuera de sí—. ¡Lo quiero muerto! ¡Por todo lo que me hizo, por lo que le hizo a esta familia y todo lo que sigue haciendo, aun encerrado en esa puta habitación! ¡Anis sabe que está vivo! ¡Si no lo estuviera, él no habría entregado el arma y lo habría podido asesinar creyendo que era el culpable! ¡Ahora no puedo recuperar lo que perdí con él por culpa de esto así que lo quiero muerto de una vez! Deja de tratarme como a un niño porque soy tu jodido jefe ¡Traeme a Georg y quédate con tus opiniones!
Bill se dejó caer nuevamente a la silla y observó el arma fijamente, imaginando que mágicamente el modelo cambiaba y dejaba de ser la que mostraba a Georg como culpable. Tom no se movió un centímetro, aun escuchando los gritos de su hermano. En su mente, Bill seguía gritando y destruyendo la habitación, pero su autocontrol lo mantenía desmoronado. Luego de unos segundos, indeciso pero convencido de que Bill obtendría lo que quería, dio media vuelta y se dirigió lentamente a las escaleras.
Tomó su tiempo. Con suerte, si Bill se calmaba lograría entrar en razón. Deseaba vengar a su padre tanto como él, pero sabía que podía ser una trampa. No iba a perder hombres solo por un capricho. Probablemente todos morirían de igual forma.
Los custodios encargados de proteger a Georg ya no se encontraban allí. Había cosas más importantes que hacer y en ese momento todo hombre era indispensable. Abrió la puerta y Georg lo observó preocupado.
—Hay pandilleros ahí fuera, deben proteger…
—Lo sé —dijo Tom, cerrando la puerta tras de sí—. ¿Dónde está tu arma?
—Ustedes la tienen.
—La que Bill te regaló.
—Oh… —sacudió su mano en el aire, suspirando—. La perdí. Alguien la robó.
—¿Por qué no dijiste nada?
—¿Acaso conociste a Bill? —Hizo un gesto con la cabeza hacia un costado—. Me habría matado por perderla.
No habiendo mejor argumento que ese, frotó su sien con dos dedos.
—Alguien nos envió tu arma… —comenzó—, y coincide con la que asesinó a nuestro padre.
Georg palideció.
—Pero no fui yo… —suspiró, resignado—. ¿Vas a matarme?
El sonido de vidrios rotos les llegó desde el piso inferior: luego otros le siguieron, uniéndose golpes en la puerta. Trataban de derribarla.
—No ahora —Tom sacó un arma y se la entregó—. Ve por balas. Alejate de Bill, por tu propio bien. Mata a cualquiera que haya entrado a la casa.
En el piso de abajo, con las armas desfundadas, esperaban a que alguien ingresara por las ventanas rotas, pero tomaron su tiempo. La ansiedad crecía, igual la desesperación. Como si el mundo corriera en cámara lenta, las balas empezaron a irrumpir por las ventanas. Se dispersaron para refugiarse, sin perder las posibles entradas de vista.
Entre disparos, la puerta cayó al suelo. Un grupo de pandilleros entró, fuera de cualquier táctica, y simplemente atacaron. Cayeron de a uno, sin pasar más allá de la entrada. Fue rápido e ineficiente. Indudablemente, era una distracción para algo más.
La mansión se volvió muda. El fuego cesó, los cadáveres dejaron de caer y los sobrevivientes se escondieron. Bill se había separado, no tenía idea de quién estaba vivo. Solo sentía a su gemelo, respirando agitado en una esquina, esperando al siguiente ataque. Esa había sido una jugada repentina para asustarlos, la verdadera batalla vendría luego.
Iba a atreverse a salir de debajo de la mesa, pero alguien entró velozmente. Iba a disparar pero reconoció quién era. Se levantó despacio, observándolo fijamente y lo apuntó.
—Ahí estás… —Bill lo enfrentó.
—No lo hagas —rogó Georg, pidiendo que fuera lo suficientemente sensato como para escucharlo—. No es lo que crees.
—Nunca lo es, ¿cierto?
—No maté a tu padre —repitió, alzando la mano libre, con el arma apuntando al piso—. No es momento para esto, hay cosas más importantes.
—Todos vamos a morir de igual forma.
—Déjalo, Bill. —Una voz familiar, seguida por el amenazante sonido de un arma, lo dejó perplejo. Salió de detrás suyo, probablemente desde una de las salidas secretas.
—¿Qué hacés, Andreja?
Ella sostenía un arma que bien reconocía.
—Bájala —Su voz temblaba y podía imaginar su mano haciendo lo mismo—. No voy a permitirte…
—¿Qué carajo estás haciendo, Andreja? —Repitió, aún más enfadado.
—¡Baja el arma, Bill! ¡No voy a decirlo de vuelta!
—¿Por qué estás de su lado?
—Anis miente —tartamudeó, dando un paso más y deteniéndose por completo—. Él no sabe quién mató a tu padre. Trata de culpar a Georg para que lo asesines y te quiebres.
—¿Cómo lo sabes?
Su labio tembló en un sollozo, su arma decayó unos centímetros, pero volvió a alzarla, haciendo lo posible por controlarse.
—Yo maté a Jörg.—Tartamudeó.
Con una risa despectiva, Bill bajo el arma.
—¿Disculpa?
—Él me lo pidió.
—¿Quién? ¿Anis?
—No… Jörg me lo pidió.
Otra carcajada salió de Bill y se volvió a ella, desconcertado pero entretenido. Todo esto debía ser una broma de mal gusto, una forma de divertirlo antes de toda la tensión que un enfrentamiento traía.
—De acuerdo —apoyó una mano sobre otra contra su estómago, aun sosteniendo el arma—. ¿Por qué?
—Ya no soportaba la vida —negó con la cabeza—. Estaba muy deprimido y su corazón estaba roto…
—Por favor, te ruego —interrumpió Bill—, no me des la historia del romance.
—No era un romance —negó ella, mordiendo la parte interna de su labio inferior—. A pesar de no ser correspondido, la amistad existía. Era un amor platónico. Iba más allá de una relación, no necesitaban palabras que los calificaran. Era un amor devoto, como Georg por ti.
—¿Mataste a mi padre solo porque él te lo pidió? —se adelantó, aun sin apuntarle, pero con el deseo de volar su cabeza—. Podríamos haberlo ayudado, matarlo no era la opción más sencilla.
—Lo era para él —discutió Andreja—. No comprendes el amor, Bill. No es fácil continuar sin alguien.
—Y aun así, tratas de huir.
—Anis me encontró —explicó—, y me dijo que tenía el arma de Georg, la que usé. La había escondido en el restaurante, y cuando explotó creí que la evidencia estaba perdida, pero Anis le dijo a Faust dónde estaba. La sacaron antes de poner la bomba y la guardaron como evidencia. Solo quieren jugar con ustedes, ponerlos en contra.
—¿Anis sabía que eras la asesina?
—Eso parece.
—¿Volviste por la familia o por Georg? —Preguntó Bill, desafiándola.
—Por Georg… —dijo, sin titubear—. No podría vivir con la idea de que lo mataras por mi culpa.
—¿Y sí con el haber abandonado a mi hermano cuando las cosas se ponen difíciles?
—Me voy, Bill —dijo con firmeza, caminando hacia atrás, sin despegar la mirada de ellos—. Antes de que…
Un disparo hizo eco en toda la habitación. Por un segundo, cada uno de los presentes pensó que acababa de ser atacado, pero solo uno de ellos cayó. Bill, con los ojos llorosos por primera vez desde la muerte de su padre, vio a Andreja caer al suelo arrodillada y luego hacia atrás. Detrás, demacrado pero firme se encontraba Tom, viendo cómo su amante, el amor de su vida, se retorcía por su propia bala clavada en el corazón. Ella no necesitaba volver la mirada en esos segundos finales para saber quién le había disparado. Llevó ambas manos a su vientre y no volvió a moverse.
Por primera vez en su vida, el arma cayó de los dedos temblorosos de Tom. Había sido una decisión rápida, impulsiva, pero llena de egoísmo. No toleraba su vida sin ella, y no podía permitirle existir si no era a su lado.
—Oh, Tom… —murmuró Bill.
Todo lo que sentían se transportaba a su gemelo, y esa era su forma de expresar el dolor. Sin importar nada, Bill corrió hacia su hermano y lo abrazó, empujándolo con su cuerpo para que dejara de contemplar a Andreja en el suelo.
Continuará…