
Fic slash de Cosette
Capítulo 18
Arrastrado a otra habitación, Tom se sostuvo contra la pared. Tenía problemas para respirar y no parecía reaccionar ante lo que acababa de hacer. Aferrado a su espalda, con la mejilla pegada entre sus omóplatos, Bill se abrazaba a su hermano. Debía contenerlo y no había tiempo suficiente para que se recuperara. Su cuerpo estaba tenso.
—¿Por qué lo hiciste, Tom?
Él vaciló antes de contestar. No tenía una respuesta concreta, pero ella sabía la razón. Lo conocía casi tanto como Bill y su lado impulsivo era extrañamente predecible.
—No vamos a sobrevivir hoy —dijo—. No puedo continuar sabiendo que podrían herirla una vez que yo no esté para protegerla.
—No debió volver para salvar a Georg.
—Estabas en lo correcto —agregó—. No debíamos confiar en ella.
—No, estaba equivocado —negó, cubriendo su rostro contra la espalda de su hermano—. Ella guardó confidencias, hizo trabajos sin ningún reconocimiento. Fue tan fiel a papá que se enfrentó a este terrible secreto por sí sola.
Tom cerró el puño con fuerza, sintiendo la seda del pañuelo contra su piel. Aún percibía el aroma de su perfume cítrico.
—¿Qué vamos a hacer, Tom?
—Lo mismo que papá… —aseguró, separándose de la pared—. Vamos a suicidarnos y que parezca un asesinato.
Bill cerró sus ojos, respiró profundo y no dijo una palabra. Morirían en la mansión, donde habían crecido. Su destino era cerrar el círculo bajo las mismas paredes en las que todo comenzó. El entrenamiento y las historias contadas, los secretos y las lágrimas ocultas llegarían a su fin allí mismo.
—Este ataque fue desprolijo —dijo Bill, separándose—. Es una distracción, juego la vida a que alguien clave entró por otro lado.
—Debemos encontrarlo, entonces.
—¿Crees que conozcan alguna entrada secreta?
—No lo sé… —Tom volvió al comedor, tratando de no mirar—. ¿Georg?
Lo encontraron arrodillado frente a Andreja, cubierta con lo que parecía ser un mantel. Un mechón rubio se había escapado y sobresalía por debajo del borde de la tela, tan cerca de una mancha de sangre que se esparcía por el suelo que terminaría tiñéndolo de rojo. Bill sintió nauseas.
—¿Sí? —Georg no alzó la cabeza al responder, ocultando sus ojos enrojecidos.
—¿Los pandilleros saben de las entradas secretas?
—No que yo sepa… —aclaró su garganta, se levantó y rodeó el cuerpo cubierto—. Al menos yo no lo mencioné ni me preguntaron al respecto. Creen que hay una habitación del pánico, pero no lo saben con certeza. Si soy sincero, no sé si existe.
—Existe, pero no vamos a usarla —Tom se retiró al pasillo una vez más, subiendo la escalera—. Hay que alertar a todos de que posiblemente haya más enemigos en la casa.
—No hay nadie en este piso —dijo Georg—. Ya verifiqué.
Empuñando el arma, Tom subió las escaleras con cautela. Les hizo un gesto con la cabeza para que subieran mientras Georg miraba por la ventana. Miraban a su alrededor, preparándose para atacar en caso de que alguien apareciera. Bill siguió a su hermano, pero redujo la velocidad al notar que Georg no lo seguía. Cuando se aproximó para subir, llevó su mano libre hacia atrás y sostuvo sus dedos entre los suyos con fuerza.
Deteniéndose en la parte superior de la escalera, Tom se encontró con uno de sus hombres en el suelo. Se estiró a tomarle el pulso en la muñeca, pero no había nada. Maldijo por lo bajo y advirtió a sus seguidores: había alguien arriba.
Buscaron en las habitaciones cercanas, pero no había más que cadáveres. Comenzaron a escucharse ruidos una vez más en el piso de abajo, distrayéndolos a los tres. Aprovechando la confusión del momento, Anis se arriesgó a atrapar a Bill saliendo de su escondite: al hacerlo, pudo aferrarlo del brazo y voltearlo, tomándolo como rehén. Ni Tom ni Georg llegaron a reaccionar. Bill aún tenía su arma, la alzó a la cabeza de Anis y tiró el gatillo.
Nada. Estaba vacía.
—Conozco tu puntería pero… —Pegó su mejilla a la de Bill, hablándole a ambos—, ¿vas a arriesgar perder a ambos hoy? —hizo un gesto hacia abajo, refiriéndose evidentemente a Andreja—. Tengo gente a quien defender, como vos a tu hermano —escupió, caminando algunos pasos hacia adelante, empujando a Bill y torciendo su brazo en su espalda a la vez.
—Déjalo ir. —Ordenó temblando.
—Déjame, Ferchichi —Gruñó Bill, sacudiéndose—. Vas a arrepentirte.
Anis presionó la punta del cañón en su sien.
—¿Qué quieres? —Dijo Tom, finalmente.
—Me alegra que podamos negociar —alzó una ceja—. Quiero el control de la ciudad, por supuesto.
—Ya estás trabajando junto a Faust, ¿para qué pedírnoslo?
—Pero él aún no gana —Se aferró más fuerte a Bill, que se sacudía incómodo—. Si me la entregas, entonces es mía. Si no, la guerra continúa entre nosotros y ellos. Es fácil, aclaramos todo frente a Faust y ustedes se van. De lo contrario —presionó el arma una vez más contra Bill—, el pequeño se vuelve irreconocible.
—De acuerdo…
—No, Tom. —Rogó Bill, pero Anis lo calló torciéndole más el brazo—. No lo hagas.
—Tu decisión —gritó Anis, arrastrando a Bill consigo hacia atrás, entrando a la primera habitación libre que pudo encontrar.
Congelado en el lugar, Tom trató de descifrar la mirada de su hermano a medida que se alejaba. Había determinación en ella, un “Te amo” implícito que le daba el permiso de hacer lo que creyera correcto. Estaba histérico, impulsado por la ira y la adrenalina. Dos pandilleros subían por la escalera y les disparó directo en la nuca, sin importarle los códigos, la decencia o la maldita idea de paz que su padre había profesado.
—Georg… —murmuró Tom, lentamente—. Quiero que busques a quienes queden vivos y se vayan de la mansión. Nunca regreses.
—¿Cómo podría…?
—¡Hazlo! —Tom lo empujó con una mano—. No va a quedar nada.
Él se negaba a escuchar. No iba a alejarse un solo paso.
—No.
—De acuerdo, ¿quieres morir por esta familia? —Tom se enfrentó a él—. Hazlo abajo. Quiero una bala en medio delos ojos de Faust.
Ya sin más que hacer que obedecer le dedicó una última mirada y bajó.
.
Mientras esperaba, Bill dejó de forcejear una vez más en brazos de Anis. La casa, como la recordaba de esa noche de su infancia en que cambió su vida, se llenó con los ecos de los disparos y gritos. Cerró sus ojos, llevó la cabeza hacia atrás, y escuchó lo mejor que pudo. Pasos acelerados, empujones, peleas: todo lo que había temido desde que vio a ese extraño hombre entrando al patio de su casa con una enorme ametralladora y un grupo de enormes acompañantes, armados hasta los dientes. Había presenciado, en ese hombre, su futuro: ser él o enfrentarse para destruirlo. No iba a caer ante nadie.
Sin poder moverse, trató de moderar la respiración, pero no podía. Los nervios, el miedo en su interior eran suficientes para incapacitarlo. Solo podía ver lo que sus acciones habían causado, sufrir lentamente la caída del imperio, de su hermano, de sus amigos.
—Quien entre por esa puerta, es el ganador… —dijo Anis repentinamente, a su oído—. Ese otro decidirá quién vive y quién muere. Tu hermano va a volarme los sesos en el segundo en que me vea, no hay duda. Y cualquiera de mis hombres disfrutaría asesinándote.
—Eso no resolvería nada… —Estaba pálido y delgado, consumido, como el más fascinante vampiro—. Faust nos odia a ambos.
—No, esto es entre tú y yo.
—No te importa un carajo lo que me ocurra —Bill soltó lo que intentó ser una risa—. Si mi gente te encuentra vivo, van a clavarte por el culo del mástil de la mansión. Tu lealtad se va con el dolor, ¿ah?
Alzó su arma vacía hasta apuntar a su propia cabeza. Su pulso le fallaba.
—Bang.
Alguien abrió la puerta de una patada. Era Tom. Alzó el arma y apuntó justo al corazón de su hermano. Anis, sin creer que su táctica fuera posible, le disparó pero no lo suficientemente rápido. La bala atravesó a Bill limpiamente, matando a Anis junto a él. Para el momento en el que los tres tocaron el piso, Faust había ganado.
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