Fic slash de Cosette

Capítulo 3

No pasaría desapercibido en aquellas calles, pero las prostitutas lo veían todo y tenían su forma de llegar con su informante. Solo él y su padre sabían quién erar13;Bill lo sospechabar13;, pero no se acercaba a los barrios pobres, mucho menos a los centros de prostitución. Era demasiado particular y llamativo como para ser ignorado. Nadie creería que solo desea gastar en una mujer. Él podía pagar lo suficiente como para que se presentaran en su habitación sin nada más que una bata.

La clientela que entraba a esa enorme mansión solía ir disfrazada: nadie iba a arriesgarse a ser reconocido. Esa misma táctica le daba un gran poder a las prostitutas, tal vez más que el de los más grandes jefes de la ciudad. Si no tuvieran cosas más importantes que hacer, probablemente reinarían sobre el maldito lugar.

La mayoría de ellas eran mujeres abandonadas de jóvenes, abusadas y maltratadas por maridos, padres y hermanos. Resguardadas por el ala de Ría, su informante y cabeza de todas, la consideraban como una madre para cada una, responsable de regular los clientes y el dinero. Su contacto era completamente secreto ya que se manejaban independientemente de la pandilla de Anis o de la mafia pero, como el gran hermano de la ciudad, ella lo oía todo.

Cada habitación de la enorme mansión, llena de variaciones en la decoración dependiendo quién vivía en cada una, tenía una cámara de seguridad: nadie lo sabía, solo ella y Tom, lo que le había hecho ganar su confianza. La información recolectada iba directamente a él, luego a su padre. Ahora que estaba solo, tendría que manejarlo todo por sí mismo: pronto tendría que involucrar a Bill.

No debería ocuparse de un tema tan delicado de forma repentina, menos con ese humor, pero debía canalizar esa ira en algo productivo. Sacarle la cabeza a su hermano no funcionaría, así que investigaría su nueva teoría antes de que fuera demasiado tarde.

Era temprano en la mañana. Los pocos clientes que quedaban eran hombres negociando con las putas para les disculparan las horas extras en las que cayeron dormidos, o que las sumaran a sus cuentas para huir antes que alguien los descubrieran.

Las chicas ocupadas de la seguridad lo reconocían debajo de su disfraz y lo dejaban pasar sin hacer preguntas, como uno más, mientras las demás lo ignoraban: él sabía dónde ir. Golpeó en código la puerta blanca al final del pasillo, en el piso superior, y esperó. Los pasos de unos tacones se aproximaron y la puerta se abrió.

—Hey, tú… —Lo recibió Ría, con su esponjoso cabello rojo cayendo en ondas sobre sus hombros—. No te esperaba.

Miró a su alrededor y lo dejó pasar, alzando y exagerando la voz como toda una dama de compañía. Al cerrar la puerta, se transformó en ella misma. Estaba cubierta por una bata de baño negra, larga hasta los tobillos. Su rostro aun retenía restos de un maquillaje exagerado, evidentemente de escenario: no era normal verla así, así que debió tener algún trabajo que incluía juego de rol.

—No tengo que preguntarte si fuiste precavido.

—¿Acaso dudas de mí? —Tom no podía descargar sus emociones en ella, no lo merecía.

Por su recibimiento, era evidente que aún no sabía nada de lo ocurrido la noche anterior. Si el burdel no lo sabía, el secreto estaba bien resguardado por el momento.

—Creí que los Schäffer iban a venir, pero no lo hicieron.

—¿En serio? —Eso explicaba todo.

—¿Qué ocurrió? —Preguntó con alto interés.

—Vas a enterarte por otro en cualquier momento, paciencia.

Comenzó a despeinarse un poco el cabello y se quitó la bata: ella tenía un procedimiento para disimular diez minutos de soportar a un hombre caliente. Debajo tenía medias de red negras, que se quitó velozmente, y una elegante lencería de cuerpo entero con encaje. El cambio de vestuario era una de las primeras cosas, pero se ocupó de desordenar algunas otras también. Sus chicas había heredado el don de la observación y el chisme, y cualquier cosa sospechosa las haría dudar. Ellas comprendían lo que ocurría, al menos las más inteligentes, pero mientras más pudieran ocultar sus encuentros, mejor.

—Entonces, ¿qué necesitas?

—Información.

—Ellos me tratan bastante bien, ¿por qué debería venderme? —preguntó ella, fingiendo voz de tonta como siempre lo hacía, subiéndose otro par de medias de red rojas; Tom sacó un buen fajo de billetes y los arrojó a sus pies—. Uh, ¿y vas a tratarme mejor?

—Pensé que eras de las que le gusta duro.

—Me atrapaste —Se agachó a recoger el dinero, riendo—. ¿Qué tipo de información?

—¿Hay un rata?

—¡Aleluya! —Alzó ambas manos al cielo, llenas de billetes—. Les tomó una década, pero al fin cayeron las fichas. Tal vez los pandilleros se equivocan y ustedes son más inteligentes de lo que ellos creen.

—¿Quién es? —Su corazón aceleró.

—Querido, si supiera estaría cubierta de diamantes.

—O en un pozo común, con todos los agujeros llenos de pólvora —Se inclinó, apoyando los codos en sus rodillas y uniendo ambas manos en el aire—. ¿Qué sabés?

—Es alguien muy cercano a Anis, eso puedo asegurártelo —Guardó una parte del dinero en su corpiño y el resto bajo una tabla suelta del suelo—. Pero no tengo descripción. Nadie lo conoce, en realidad. Muchos creen que es una mentira, para mantenerlos ocupados, pero nadie de los suyos sugirió nada y las historias seguían corriendo: “Es el hijo bastardo”, “Es el hermano perdido”. Joder, hasta un idiota sugirió que era su amante. Anis le cortó la oreja al pobre bastardo para enseñarle al resto que si van a usarlas para escuchar chismes en vez de aprender algo, se las cortaría a todos, uno por uno. No es el tipo romántico: no tolera los compromisos, mucho menos que lo emparejen con un hombre. Lo encuentran denigrante, ¿sabes? Aunque algunas de mis chicas nacidas bajo el sexo opuesto pueden desacreditar a varios…

—No me interesa eso ahora —aclaró, suspirando—. No puedo creer que nadie lo haya matado aun…

—Ellos piensan lo mismo de ustedes dos —Se abrazó las piernas, sentada en la cama—. Más de la mitad de ellos no usó un arma más que para hacer chistes de penes y asustar a alguna puta en un juego de rol, en las que son el futuro jefe de la ciudad. Básicamente, fantasean con ser tu hermano.

Tom rio, pero pronto se detuvo: entendía la ironía del problema. Su pequeño hermano, al que vio armar una rabieta porque su helado se derritió cuando tenía ocho años, estaba a la cabeza del crimen organizado de la ciudad. Era una simple broma, pero Ría no sabía que la profecía acababa de hacerse realidad.

—Entonces… —Alzó la mirada y se levantó, dispuesto a irse—. No sabes quién es.

—No.

—Pero, existe…

—Puedo asegurártelo.

—¿Cuánto me costaría que mantuvieras los ojos y los oídos al tanto de lo que ocurre en los barrios bajos?

—Tú lo sabés bien…

—Sí, lo sé —Le guiñó el ojo como despedida—. Cuídate, pequeña.

—¿No te quedarás para fingir ser una máquina sexual? —Ella se apoyó contra el marco de la puerta de forma juguetona antes de abrirla.

—¿¡Fingir!? —Rio y tiró de su brazo para alejarla de la puerta—. No necesito fingir. 

—Confío en vos… —Se aclaró la garganta y alzó de vuelta la voz en un agudo tono—. ¡Espero que regreses, cariño!

&

La casa se había transformado en una pesadilla: nadie confiaba en nadie. En la mansión Kaulitz, sede principal de reuniones, la teoría de la rata no era difícil de abordar: solo se podía unir algunos puntos y los que caerían primero eran los jóvenes integrantes de la mafia, fuera de la familia, pero todos sabían que Faust y sus allegados podían ser los verdaderos culpables. Ellos odiaban el testamento de su jefe, sus decisiones y podían destruirlo todo aunque cayera la vergüenza sobre ellos. La tradición no los volvía necesariamente creyentes, mucho menos supersticiosos.

En su laboratorio, en la misma cuadra que la mansión Kaulitz, Gustav organizaba los instrumentos utilizados el día anterior. Había terminado un trabajo y debía cobrar esa misma mañana pero, con el terrible suceso, se había perdido el dinero por culpa de su familia. Él era un Schäffer, avergonzado y resentido: su relación con esa familia era muy distante ya. Odiaba a su padre, un hombre abusivo e ignorante, que lo echaba a la calle como castigo por verlo estudiar. Jörg no podía aceptar eso y, cuando lo encontró vagando por su vecindario, desorbitado y sin conocer la verdad de su mundo, lo acogió. A pesar de haberlo hecho como un acto de caridad, la inteligencia de Gustav fue impagable. Se convirtió en el químico de la familia luego de algunos años de educación, ocupándose de la calidad de su mercadería: él era el responsable de todo kilo de droga que se comercializara, siendo el hombre más valioso para los ingresos.

Acababa de presenciar, hacía al menos una hora, cómo su nuevo jefe y amigo se iba de la casa con expresión asesina. Cruzó la calle y desapareció. Georg quiso seguirlo pero el ataque de ira posterior de Bill era demasiado peligroso como para dejarlo solo. Tom podía cuidarse, pero Bill era otra historia. Su aspecto de diva no venía solo y, cada vez que un capricho le llenaba la cabeza, debían controlarlo o los miembros de la mafia lo bajarían de un solo tiro. Él creía ser amenazador por sí mismo, pero no siempre era así. Simplemente, era la persona con mayor seguridad de la ciudad, porque todos lo sobreprotegían. Bill confundía eso con devoción. Desde su infancia creía ser el centro del universo y, mientras así se mantuviera, más tranquilo gobernaría.

Habiendo regresado, Tom ingresó a su pequeño laboratorio escondido, con Georg a su lado: este acababa de encontrarlo en el camino de regreso a casa. No había tenido oportunidad de hablar con él desde el accidente.

—Hombre… —comenzó Gustav—. Lo siento tanto.

Tom no respondió, pero asintió con sincera gratitud; sabía aceptarlo de las personas más cercanas, quienes realmente lamentaban la muerte de su padre. Sacó un fajo de billetes, lo que le quedaba del encuentro con Ría, y se lo extendió a Gustav.

—¿Qué es eso? —Preguntó, sorprendido—. ¿Ellos pagaron la droga?

—No, no está todo —dijo—, pero pronto van a pagarnos y voy a poder dártelo completo.

—No es necesario ahora.

—Lo es —insistió—. Hiciste tu trabajo, tu parte tiene que ser remunerada. Es todo lo que tengo conmigo ahora pero si necesitás más, puedo ir a buscarlo.

—No, no —negó, tomando el fajo de billetes—. ¿Lo contaste?

—No, pero debe ser aproximadamente la mitad —dijo con desinterés, volviéndose a la puerta—. Tu familia nos debe dinero, no tú.

La confianza ciega y la indiferencia hacia el dinero eran cualidades heredadas de su padre: Gustav estaba con ellos hacía años y el odio hacia su familia biológica era tan intenso que no podía ser fingido. Si recibía dinero de más esa vez, no iba a ser considerado como un robo o una traición. La familia tenía tanto dinero que sin ayuda de Georg, su contador, sería imposible de manejar.

—Si necesitas algo…

—Gracias.

Fue directo a la mansión por el camino de piedras en el jardín: estaba rodeado de árboles, plantas y estatuas de mármol, hasta una fuente y asientos a su alrededor. El pasto no era constantemente prolijo, porque los perros, Capone y Leviatán, corrían por todos los sectores. Estaban educados, entrenados y podían atacar, incluso matar, pero sin las órdenes adecuadas, eran dos perros adorables. Capone, su perro, era un Pointer Ingles y Leviatán, de Bill, un Pastor belga groenendael. Ambos eran obedientes y vigilantes, muy protectores, justo lo que necesitaban.

Ambos aparecieron corriendo a recibirlo, moviendo sus colas frenéticamente y saltando a su pecho. Él se agachó y los recibió, sonriendo genuinamente desde el día anterior. Parecían tan alegres de verlo, como si hubiera desaparecido durante semanas: eso era amor y lealtad.

No quería estar demasiado expuesto, así que se enderezó y siguió su camino, dándoles la orden a sus perros de que se quedaran. Evitó contacto visual con nadie: los “adultos”, como no podía dejar de nombrarlos por una mala costumbre infantil, seguían en una reunión no tan evidente, fumando y bebiendo, en la sala. Todos se volvieron a él, callándose repentinamente. No pudo evitar dirigirse a ellos.

—Ya pueden retirarse —dijo firmemente—. Diríjanse a sus hogares. Es día de luto, olvídense del trabajo por unas horas. Menos usted, Faust.

Subió las escaleras, pensando en lo agradable que era la sensación de darles órdenes como hacía su padre. Quería hablar con su hermano y no a la vez. Quería estar solo y acompañado, comer y morir de hambre, embriagarse y seguir enfocado en su futuro. No podía decidirse.

—¿Dónde estabas? —Andreja lo interceptó en el pasillo, al final de las escaleras, demasiado cerca de oídos curiosos.

—No te interesa. —Trató de evadirla.

—Sí me interesa.

—De acuerdo… —aceptó, volviéndose a ella—. No es de tu incumbencia.

—No debes desaparecer así ahora, no aún.

—Estoy seguro de que puedo manejarme solo —Apoyó una mano en la pared, acorralándola—. Al menos eso dijiste ayer, metiéndote en mis asuntos.

—Intentaba ayudar.

—No —corrigió, acercándose un paso—. Solo buscas influir en el nivel más alto posible para salir de tu situación.

—¿Cuál es mi situación? —Preguntó con desdén.

—Esa carita inocente de víctima de las calles, con la que conseguiste entrar a esta casa, no es solo para comer.

—Tu padre me aceptó—replicó con frialdad—. Estaría avergonzado de su hijo, yéndose con putas luego de su muerte.

Ese comentario le valió una cachetada en la mejilla derecha, que hizo eco en las estrechas paredes. Tom la tomó del brazo y la sostuvo contra la pared. Ella alzó la frente, encarándolo, controlando el temblor en su labio inferior a pesar de sentir la cabeza vibrarle.

—Una vez más que me levantes de la mano, voy a tener que morder cuando te la chupe.

—Te reto —Le advirtió—. La que vino a acostarse conmigo a las pocas horas de su muerte fuiste tú.

—¡Fui a apoyarte! —reclamó, furiosa, tratando de controlar la voz—. Necesitabas descargarte y elegiste la forma.

—No lo pensaste antes, estoy seguro.

—Jodete.

Logró soltarse y se fue, dándole la espalda una vez más, en menos de veinticuatro horas. No fue detrás de ella, pero eso no evitaba que fantaseara al respecto. Allí se encontraba, de vuelta, encerrada en su habitación, sola y a oscuras.

Unas horas después, golpearon la puerta con su código secreto: abrió instantáneamente, pero solo encontró una bolsa Chanel en el suelo que contenía un vestido negro y una nota con la fecha y hora del funeral.

&

El evento estaba a pocos minutos de comenzar. Las mesas estaban dispuestas, también los mozos, los arreglos florales en su lugar (aunque nadie supiera el significado de cada uno de los especímenes), la música de Jazz sonaba por los parlantes. El ataúd abierto esperaba: ninguno de los gemelos se le acercó.

Los Schäffer habían confirmado asistencia, seguramente por miedo a ser asesinados en su hogar si no lo hacían. Ya al segundo día de la muerte de Jörg, todas las cabezas importantes de la ciudad estaban al tanto. Muchos se presentaron sin invitación, por lo que la salida de la casa funeraria estaba repleta. Nadie se atrevía a irse sin presentar los respetos correspondientes, para darle un vistazo a los herederos y, en caso de ser necesario, demostrar lealtad. Habían aprendido lo suficiente como para ser cautos con los Kaulitz, sin importar su lugar en el árbol genealógico o su edad.

Faust mantuvo su dignidad en las invitaciones, afirmando que ocuparse de todo era una forma personal de enfrentar el luto, haciéndose cargo de dar la noticia. Bill pensó unos momentos en reclamarle por mentir, pero Tom se encargó de evitarlo con una sola advertencia de la mirada.

Los miembros de la familia con invitación ingresaron a la funeraria primero. Con trajes y vestidos oscuros, elegantes, pero diferentes de los mozos r13;Dios prohibiera que se los confundiera con el servicior13;; tacones altos, dramáticos velos y bolsos. Todo lo que indicara estatus era desplegado en las esposas, una forma de demostrar categoría y una buena alianza. Nada fue abandonado al azar.

De nuevo tuvieron que enfrentarse a las palabras de aliento y las palmadas en el hombro: Tom asentía con la cabeza y trataba de alejarse lo más rápido posible, a lo que Bill debía enfrentar la peor parte de las falsas condolencias. De a poco, los invitados se dispersaron, comentando anécdotas entre ellos, reclamando cocteles a los cantineros o riendo de alguna estupidez que sus esposas les pedían.

La pareja Schäfer llegó última, como había sido planeado: Gustav desapareció en ese momento, casi instantáneamente. Las miradas pasaron de uno a otro hasta que Tom fue advertido: divisó a la pareja, de negro como correspondía a la tradición, ingresando cautelosamente. No había duda de que esperaban una bala cada uno, al menos. Su ropa, curiosamente descuidada, contrastaba por su apariencia barata. Era bien conocido que la familia Schäffer no poseía demasiado dinero, pero tampoco se presentaría a una reunión como esa con prendas de mala calidad. Nada era al azar.

Se encontraron primero con Bill, que fingió distracción, aunque esperaba con una cuenta regresiva en su cabeza.

—Señor Kaulitz —comenzó el Sr. Schäffer—. Lamento mucho lo ocurrido.

—Lo imagino —estrechó su mano—. Gracias por venir. A ambos.

—El placer es nuestro.

—Por supuesto que lo es —Se acercó un paso, rodeando sus hombros con un brazo, separándolo de su mujer; no iba a posponerlo—. Lamento tener que comentar este tema tan repentinamente, pero creo entender que reconoce el problema que surgió, además de las obvias consecuencias—apuntó al ataúd con la mirada—, la última noche en que nos encontramos.

—Ah, sí… —tartamudeó—. El señor Faust me explicó la situación y lamento mucho el malentendido. Nosotros no recibimos el dinero. Tal vez el responsable de esta tragedia lo tomó. Pensaba presentarme a explicar ese error, pero no quise irrumpir en el momento a causa de la tragedia, pero planeaba enviar a…

—No tenía ninguna duda de su inocencia—interrumpió, comprensivamente—. Eso mismo le dije a Faust, que puede resultar algo amenazador. Pero, ¿sabe una cosa? No podemos permitir que se nos robe dinero. Alguien debe pagar. Ahora mismo algunos de mis hombres van a acompañarlo a su hogar, donde su hija, Gabrielle, duerme tranquila, junto a su niñera, Theresa. Veo que no trajo su auto, a pesar de haber comprado uno nuevo, de lujo, justo anteayer. Ellos van a llevarlo a la casa, donde ya hay uno de mis mensajeros esperando. Trate de no entretenerlos porque, verá, ellos realmente quieren estar presentes hoy.

El hombre se puso pálido: asintió suavemente y caminó unos pasos hacia los dos gigantes mafiosos que lo escoltaron fuera. Su mujer quiso seguirlo, pero Tom puso una mano en su estómago, con firmeza pero respetuoso. Aun así, parecía disgustada y asustada. Era la idea, pero tampoco podían matarla de un infarto. Bill hizo un gesto a uno de los camareros, quien se acercó elegantemente con una bandeja llena de copas.

—Usted quédese, junto al resto de la familia —murmuró—. ¿Champagne? —Ella negó y se quedó petrificada en su lugar—. Cuando reciba confirmación de que todo se solucionó, le asignaremos un chofer. Disfrute.

Ambos se alejaron, escapando del resto de los invitados. Al ser Bill menos amenazador, se quedó en la recepción, mientras que Tom se ocupaba del problema con los Schäffer. Llamó al chofer y le comunicó dónde se dirigían, con expresas órdenes de no herir a nadie, pero no bajar la guardia.

La situación era emocionalmente agotadora para los gemelos, pero no podían perder la cordura. Andreja no se había presentado aún y, en cualquier momento, Tom llevaría a alguien a buscarla de los pelos si era necesario.

—Debe estar amargada —Trató de alentarlo Bill—. Ella lo amaba también y yo no vendría si no fuera necesario. Créeme, la envidio.

—Prefiero que llore en una esquina que faltarle el respeto así a nuestro padre —farfulló—. Después de todo lo que…

—¿En serio? —insistió—. ¿Preferís a todos estos hipócritas que quieren hacer negocios a Andreja, que se hizo un nombre de la nada como una camarera?

—Ese no es el jodido punto, Bill —enfrentó, empujándolo repentinamente con el antebrazo contra la pared—. Ella tiene que…

—Ahí está.

Se quitó el brazo de su hermano de encima, acomodó su chaqueta y caminó hacia la recién llegada Andreja: con un vestido negro hasta la rodilla, manga larga y cuello corte emir de encaje, entró temblorosa a la recepción. Sostenía un pañuelo de papel arrugado, su rostro estaba manchado y enrojecido, y un mechón caía desprolijamente de su peinado recogido. Se tambaleó y trató de sostenerse de algo, pero estaba aislada, casi en el centro de la atención. Georg llegó primero, para sostenerla, y esta retomó el equilibrio: pero al verlo, dio un tirón y trató de alejarse, cayendo contra Bill.

—¿Qué ocurre?

—Es todo esto, toda esta mentira… —farfullaba, sacudiendo un brazo en el aire—. Es falso. A nadie le importa un carajo lo que hago, mis esfuerzos. Doy mi alma por la familia y no le interesa. Me falta el respeto.

—¿Quién lo hace?

—No le hagas preguntas –interrumpió repentinamente Georg, tratando de ocultarla de la vista—. Va a hacer un escándalo, está borracha. Hay que llevársela.

—Está amargada también, y creo que golpeada —gruñó Bill, volviendo la mirada a Tom, que acababa de llegar—. Espero estés feliz…

—No la embriagué —replicó bruscamente, conteniendo la frustración—. No me culpes.

—Casi se pueden ver tus huellas en su mejilla.

—Tenemos que sacarla de la recepción —insistió Georg, tirando de su brazo—. Podría ponerse a gritar cualquier cosa… —se inclinó a Tom, murmurando—. No te gustaría, Tom, que ella empezara a revelar situaciones personales o secretos, ¿no te parece?

Esas fueron las palabras de alerta: Tom arrancó violentamente a Andreja de los brazos de su hermano, ignorando su queja de dolor, y la recargó contra Georg.

—No quiero verla de vuelta hasta que pueda disculparse arrodillada—ordenó—. Si tenés que ahogarla para que caiga dormida, por favor, date el gusto.

Rodeó sus hombros y trató de que agachara la cabeza, aprovechando que lloraba, sofocada. La sacó velozmente, o lo más que podía considerando que cojeaba en sus tacones, y cerró la puerta de una habitación apartada: nadie estaba permitido allí, más que los anfitriones. La música de Jazz acalló los sollozos.

Tom pensó en seguirlos, pero su teléfono sonó: al atender, descubrió que ya la deuda estaba saldada y que, en parte de pago, tenían un auto nuevo. Volvió a dar indicaciones desde lejos a que sus hombres lleven a la aterrorizada mujer de vuelta a su casa.

De cierta forma, Bill estaba aliviado que ese primer problema hubiera sido solucionado rápida y efectivamente, sin una caída. Antes de que pudiera comenzar una silenciosa pelea con su hermano por Andreja, Gustav regresó de su escondite.

—El portero me envía a buscarlos —Hizo un gesto con la cabeza, indicando la entrada—. Hay un envío que requiere su atención.

Al llegar al pequeño pasillo de entrada, vieron a un grupo de sus hombres inspeccionando el paquete como si contuviera una bomba: era una caja cuadrada de no más de cinco centímetros cada lado. Lo abrieron al considerarlo seguro y dentro encontraron dos cosas: una bala y una nota que decía “Mis respetos al hombre que mantuvo la ciudad en orden. Fue un digno enemigo. Les entrego la bala que no pude descargar en él. Anis”.

Podrían entenderlo como un insulto, una burla o un intento de redención. Anis estaba convencido que sería apuntado como el culpable y, lo haya sido o no, intentaba establecer contacto de manera respetuosa y pacífica. Bill no podía negar que era un toque elegante. Tom no parecía estar de acuerdo: algo no le daba confianza de ese tipo de ofrenda.

—¿Sigue con nosotros el hombre que lo entregó?

—Sí, señor.

—Bien —Dejó la ofrenda de vuelta en la mesa—. Díganle que me gustaría hablar con Anis, mañana en nuestro café, antes del mediodía.

Continuará…

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