Fic slash de Cosette

Capítulo 4

Lo esperaba en la entrada del Kaffee und Zigaretten, a plena vista del enemigo: eso demostraba confianza o una increíble estupidez de un amateur.

Los rumores eran ciertos: cuando su hombre encubierto, al día siguiente de la muerte de Jörg, le comunicó en un breve encuentro que el hijo homosexual del jefe de la mafia enemiga había tomado su cargo, no pudo resistir el deseo de reír, ya más tranquilo que antes, y quiso comunicarle a su familia (porque cada uno de sus seguidores era familia) que la ciudad llegaría pronto a sus manos. Como el hombre correcto que era, y aunque confiara en su fuente, debía aproximarse, ofrecer sus respetos por la muerte de Mr. Kaulitz y ver con sus propios ojos al bien llamado “Andrógino”, la posible caída del imperio, de una vez por todas. Parecía un complot interno, como si el mismo Kaulitz hubiera planeado cederle por completo el poder después de su muerte.

No podía presentarse en su funeral: podían ser capaces de dispararle y terminar la noche con una horrible herida de bala. No valía la pena. No sabía de qué forma presentar sus respetos y, a la vez, quitar la culpa de sus hombros. Solo envió un regalo simbólico, esperando a comprender más de ellos dependiendo su reacción ante el mensaje.

Se detuvo unos segundos al doblar la esquina: había decidido ir solo y analizó los alrededores antes de acercarse demasiado. Vio allí a Bill y Tom Kaulitz. La mesa era redonda, elegante y simple, para no más de dos personas, con un pie en el centro que se dividía en tres bucles de hierro, manteniendo el equilibrio igual que el resto. El hijo menor de Jörg, a quien no veía hacía años, había crecido para convertirse en una sublime criatura: su cabello negro entornaba su rostro femenino y enmarcaba sus ojos, que destacaban su agresividad por un negro maquillaje (pintura de guerra, tal vez); unos largos dedos tamborileaban arbitrariamente sobre la mesa, al lado de lo que parecía una buena taza de café, presumiendo unas pulcras uñas negras. ¿Era una demostración de miedo, nervios, distracción, aburrimiento? Quizás una manifestación de la fragilidad que su delgada complexión dejaba al descubierto. Llegaba el momento de descubrirlo. Juzgando al único guardaespaldas a la vista, su hermano gemelo, quería mostrarse seguro y amenazante, hasta desinteresado.

Tom tocó su hombro izquierdo al verlo, advirtiendo la presencia de su invitado, y Bill alzó su mirada. No era un niño, mucho menos un incompetente, lo supo con solo verlo a los ojos. Parecía totalmente concentrado, preparado y feliz de cumplir su rol: fue educado para estar allí sentado, en ese momento, esperando por él con una taza de café y decir sin una sombra de duda “No vas a quitarme mi imperio”. Él no iba a ser fácil de derrocar.

Al acercarse, una extraña ola de sentimientos lo azotó: eran compartidos, unidos por el aire a través de un recuerdo en común que Anis no podía ubicar. Ese rostro, esa expresión inocente interrumpida para transformarse en el más profundo desprecio. Lo odiaba y lo usaría para destruirlo: el odio era mutuo.

—Anis —No se levantó, pero sí le estiró su mano, con una sonrisa—. Un gusto conocerlo oficialmente.

—Igualmente —confesó, sorprendido por la firmeza de su sacudida—. Quería ofrecer mi más sincero pésame.

—Oh, estoy seguro —ironizó, muy sutilmente.

Estrechó la mano de Tom, para nada decepcionante en comparación con su hermano menor.

—Le aseguro que dispararle a un hombre respetado por la espalda no me resulta digno, en lo absoluto —Aclaró, respondiendo a la leve insinuación de haber sido culpado por aquel delito—. Los problemas políticos y territoriales, o como prefieras llamarlos, iban a parte de su nivel como hombre.

Bill esperó, sin poder contener su asombro, pero corrigió la distracción y alzó la mirada a Tom: este logró disimularlo mejor, pero fue suficiente para ambos. No confiaban en él, pero al menos accedía a comportarse respetuosamente y eso era altamente apreciado. Además, habían escuchado a su padre hablar de él.

Volvió la mirada hacia dentro, donde esperaba uno de los mozos r13;Andreja se había ido indignada, porque no le permitieron tomar la mesar13;, y le hizo una seña con los dedos para que saliera: este, correctamente vestido y con un adecuado servicio, se situó al lado de Anis, esperando una orden.

—Por favor… —Bill arrastró, por la madera de la mesa, el menú encuadernado en tapas rojas y letras doradas—. Cualquier cosa que desee.

—Solo un Scotch. —Respondió, sin tocar el menú.

La seguridad al dar la orden, sin mirar al mozo, era un indicador de control. Era más efectivo que el gesto amable de pedir lo que el otro bebía o comía. Estaba ahí para demostrar quién era, cómo quería y conseguía las cosas, y que él mandaba. El mozo observó a Bill, esperando que este le pidiera otra cosa, pero solo asintió.

—Trae la mejor botella y tres vasos.

Una vez que el mozo desapareció por la puerta, Bill se enfocó en su invitado.

—No sabía cómo iba a tomar mi invitación —comentó, dejando el café a un lado—, considerando los recientes eventos y la historia de nuestras familias.

Él se preguntó, en ese momento, cómo era la relación con sus colegas y familia: solía ser el consentido, eso lo sabía. El mundo giraba alrededor de esos gemelos, pero Bill llevaba la tendencia de ser malcriado y el rey del mundo. No le sorprendía ese narcisismo que se evidenciaba bajo la sonrisa creída. Él esperaba controlarlo todo con un simple chasqueo de los dedos, como mucho, si alzar su ceja no alcanzaba.

—No me equivoqué al presentarme solo –comentó, acomodándose en la silla frente a él—. Pensé que iba a haber todo un ejército defendiéndote.

—No creo que sea necesario, ¿cierto?

—Ahora ves que no –Anis juntó sus manos sobre la mesa— ¿Qué vamos a discutir?

—Quiero una tregua. –Su sonrisa se reemplazó por una seriedad inesperada.

—Eso es directo —De todas las cosas que fuera a pedirle, era la que menos esperaba; hasta una alianza le hubiera resultado posible—. ¿Una tregua con qué condiciones? ¿Seguir rigiendo todo el trabajo y el lugar? ¿Retirarnos o extinguirnos?

—No lo tomes así –interrumpió Tom, con un seco tono de voz—. Solo pedimos mantener la paz.

—Sus ancestros y los míos pasaron por años de enfrentamientos y todo lo que se les ocurre es invitarme un whiskey para solucionarlo –El mozo salió de vuelta, con una bandeja en su mano—. ¿Acaso saben lo que fue? Ni juntando sus edades suman los años que tiene este problema y de pronto intentan resolverlo con una botella de alcohol y una sonrisa. 

—No es lo que dije –Bill parecía ofendido—. Soy consciente de nuestra historia desde mis siete años, cuando su gente entró al patio de nuestra casa para dispararle a todo lo que se cruzaba con ustedes. Perdí amigos, familiares, perros. Le dispararon a mi primo directo a la cabeza: tenía seis jodidos años. Tu edad no implica mayor dolor, solo más experiencia y por eso te pido ayuda para evitar que vuelva a ocurrir.

Se hizo un corto silencio: se podía ver la electricidad flotando en el aire, conectando a ambos por encima de la mesa como una cadena. En cualquier momento podía explotar.

El mozo trataba de evitar el contacto visual y solo recogió lo que fuera innecesario en la mesa: la taza y el plato, servilletas arrugadas y demás.

—Están asustados –Anis rio, sin poder creer su descubrimiento—. Te falta confianza, nadie cree en ustedes, ni siquiera los más cercanos.

Aunque ambos gemelos fueran los legítimos herederos del puesto, algo atraía la atención a Bill. Tal vez su determinación, su seguridad o la habilidad con las palabras y en las respuestas rápidas. Tom era demasiado impulsivo, directo y brusco como para equilibrar los negocios con los encuentros en la calle: quizás, su hermano pequeño pudiera manejar el mundo desde ese asiento, con una buena taza de café, pero en una pelea mano a mano, caería de un solo golpe. Eran una unidad, se complementaban de una forma inimaginable para todo otro ser humano incompleto. Si uno caía, el otro le seguiría, por fuertes que parecieran. Esa era la clave.

—No voy a gastar mis recursos en protegernos de ustedes –continuó Bill—. Tenemos suficientes problemas y tener que lidiar con pandilleros se vuelve tedioso. ¿Por qué continuar con el odio cuando ya no pueden sacarnos de nuestro lugar? Aunque nos mataran a ambos, alguien más surgirá para defender el trono. Cortaron una cabeza, la de nuestro padre, y ahora se enfrentan a dos.

La analogía no podía ser más perfecta: debía enfrentarse a dos enormes cabezas infladas de ego, entrenadas para defender y matar. Dada la situación, esas cuatro manos serían invencibles en acción. Todos estaban familiarizados con el ojo de Jörg. Era peligroso. Ellos poseían el espíritu de su padre, mezclado con lo malcriado avivado por la educación llena de caramelos y juguetes dispuestos en bandejas de plata.

Entonces recordó: ellos no debían tener más de cinco años, pero él se cruzó con los gemelos en una de las invasiones a la mansión Kaulitz. Él era un adolescente, apenas comenzando a salir con sus colegas a las misiones que su padre planeaba. Le dijeron que se dividieran y él siguió por un pasillo, empuñando su pistola con un poco más de fuerza que en su barrio. La adrenalina, el miedo, la excitación, todo se expresaba con un ritmo cardíaco acelerado. Al llegar a una de las puertas, escuchó algo detrás de ella. La manija se estaba moviendo y lo único que pudo hacer fue alejarse un paso y apuntar. No disparó cuando una cabecita se asomó, porque la expresión inocente en ese niño lo impactó: no tenía idea de lo que ocurría, no le importaba, pero a la vez, no temía al hombre extraño con un arma. Su orden era matar, no importaba a quién, había que deshacerse de la mayor cantidad de herederos y descendientes. Era una táctica estúpida que le llegó a su padre con la desesperación: comentarlo lo llevó a estar ahí, arriesgando su vida, junto a un grupo de hombres que no representaban lo mejor de la fuerza. Los envió allí con un solo destino, sacrificarlos para iniciar una guerra. Si él volvía vivo, sería una lección; si no pasaba la prueba y lo atrapaban, no era digno de la pandilla, por lo que su muerte le sería indiferente.

No disparó. No podía. Sus enormes ojos marrones, aun tan ajenos al mundo real, no merecían cerrarse para siempre de esa forma. Había pasión y futuro en ellos, sería un desperdicio. Bajó el arma y alzó su índice a los labios, indicándole que hiciera silencio. En ese momento, un arma se disparó cerca, iniciando una cadena de gritos y descontrol. El pequeño, que ahora reconocía como uno de los gemelos, cerró la puerta de un golpe y no volvió a salir.

La retirada del lugar fue una carnicería, pero logró quedar vivo, a diferencia del resto de su grupo. Regresó, contó lo ocurrido (omitiendo el detalle de no haber asesinado a los herederos del trono), y fue tratado por su padre como un cobarde: la única explicación para él de haber sobrevivido era el haber huido antes de tiempo.

—Sabía que te reconocía. —Se le escapó a Anis, mirando a los mismos intensos ojos marrones que esa noche.

—¿Por qué no disparaste? —Preguntó, como si estuvieran evocando lo mismo. Anis consideró increíble que lo recordara y la pregunta lo atrapó desprevenido.

—Creí que eras una niña. —Mintió, diciendo lo primero que se le vino a la mente.

—Entonces, ¿no puedes lidiar con una niña? —Bill bajó la mirada a la mesa, como si esta fuera invisible y pudiera ver su “falta de pantalones” a través de la madera.

—Esa actitud no va a servirte afuera, niño consentido —admitió—. Las calles no son para divas.

—Puedo cubrirla de una jodida pasarela si es necesario —Apoyó los antebrazos en la mesa para inclinarse al hablar—. Y si tú o tu gente no son lo suficientemente hombres como para caminarlas con la frente en alto, entonces quedarán fuera de mi ciudad.

—Eres más fácil de apuntar sobre un pedestal, Kaulitz.

—Entonces no te mezcles con la multitud cuando llegue el momento —murmuró con desafío—, y trata de mirarme a la cara.

—No es la última vez que escuchas de mí —Anis bebió su whiskey de un trago y se levantó.

—Llámame. —Exageró una voz femenina y sacudió los hombros con coqueteo. Observó su espalda alejarse, con un pesado caminar reprimiendo ira. Le sorprendió que no se volteara luego de terminar de cruzar la calle para dispararle con una ametralladora.

—¿Te das cuenta que iniciaste otra guerra, cierto? —Advirtió su hermano; no podía estar enojado, porque el resultado obtenido era inevitable.

—Sí.

Andreja salió, luego de observar la escena desde un costado, detrás de la ventana. Tomó la botella y la puso sobre su bandeja, igual los vasos. Se detuvo en el que acababa de usar Anis y lo observó atentamente entre sus delicados dedos.

—Va a matarnos a todos.

Continuará…

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