Fic slash de Cosette

Capítulo 6

En el auto, con un jefe enfurruñado en el asiento trasero, Georg buscaba una salida de las calles de la ciudad para evitar encuentros inesperados. No temía únicamente a Vororte o mafias ajenas, sino a los miembros de la propia, con sus dedos acusadores y destructores en busca de errores para quebrar los pilares de la organización. Un testigo ocular podría pulverizarlos. No había nada extraño en la escena: estaba en el rol de chofer de su jefe y nada más.

Por el momento, Bill parecía un niño en medio de una rabieta. Se encontraba totalmente hundido en el asiento, cruzado de brazos y con el ceño fruncido. Georg estuvo a punto de ofrecerle un helado o un videojuego si no cambiaba la expresión, pero este se le adelantó al enderezarse para mirar por la ventana.

—¿A dónde vamos, entonces?

—Fuera de la ciudad, por el momento —comentó, pensando bien sus palabras—. Luego, a donde quiera su majestad.

Lejos de entenderlo como un sarcasmo, Bill alzó la barbilla, suspiró e hizo una lista de lugares posibles a los que ir en su cabeza. No iba a caer en la trampa, no se acercaría a la casa de playa. Estaba llena de historias que le eran completamente ajenas y, sin embargo, habían guiado su vida hasta ese momento. Una sola cosa que pudiera hacerle entender la historia de su madre y su nacimiento podría acabar con su vida. Todas las anécdotas que su padre les había contado, sumada a los de aquellos que estuvieron involucrados, eran suficientes para entender el odio contra Vororte.

—No creo que un hotel sea seguro, así que vamos a tener que alquilar una cabaña —dijo Georg, sacándolo de sus pensamientos—. Creo que conozco a alguien que tiene contactos. Así no se hacen problemas con el papeleo y demás.

—Nos siguen.

—¿Qué?

Observó a su jefe por el retrovisor: se encontraba alerta, erguido, observando disimuladamente por el espejo derecho, desde adentro. Había notado un auto viejo por las calles de la ciudad. Aunque había bastantes, reconocían un auto Kaulitz y salían de su camino. No era fácil olvidar lo que Faust le hizo a un auto que frenó frente al suyo. Solo se había descompuesto, sin ningún tipo de intensión de parte del conductor. Además de poseer mil agujeros de bala, el carnet de conducir del hombre quedó igual y el hombre fue encerrado por los policías por estar “ebrio” (aunque el alcoholímetro opinara lo contrario). Y ese había sido un buen día para Faust: cualquier otro, habría que encubrir un asesinato y pagar (o amenazar) a testigos.

—Lo vi y pensé que era el color más horrendo que podría existir para chatarra —Bill desfundó el arma mientras hablaba—. Eso fue hace quince minutos, al menos. No es coincidencia.

—Estás exagerando, varios autos salen de la ciudad.

—No por este camino, es peligroso para un pandillero —Sacando el celular, no le quitó la vista de encima al coche, que cada vez se aproximaba más—. No es una coincidencia.

El semáforo frente a ellos se puso en rojo: Georg se detuvo lentamente, pero el otro no. El impacto fue directo y fuerte. Si el coche a contramano hubiera arrancado, no habrían tenido tiempo de reaccionar.

—¡Te lo dije! —gritó Bill entre la alarma y los gritos de la gente—. ¡Arranca! ¡Arranca!

Obedeció y salió disparado a toda velocidad: no era un escape, era una táctica de distracción, una búsqueda de un mejor territorio. Había demasiados testigos allí, hasta posibles muertes colaterales. Matar no era un privilegio, sino una habilidad y las caídas innecesarias no le hacían bien a nadie.

El coche los persiguió: los golpeó por atrás y, de a poco, fue adelantándose por el lado izquierdo, empujando este desde el costado. Los estaban guiando a gusto. Georg no tuvo más opción que ceder, pero ese viraje le permitió ganar terreno y frenar, estacionando el auto en una calle desierta. Cortaban la calle de esa manera, lo que les permitió bajar por el lado derecho y usar el vehículo como escudo. El pandillero se detuvo frente a ellos, a algunos metros, pero no los suficientes para perder un blanco.

—Joder, acabo de descubrir dónde estamos. —Murmuró Georg. 

—¿Es ese el burdel? —Preguntó Bill con la curiosidad repentinamente golpeando su pecho.

A un lado, justo en el medio de ambos autos, se erguía una enorme mansión: el tamaño era lo más llamativo, ya que una mitad de la fachada parecía de la realeza, otra parecía abandonada, algunas eran demasiado rosadas o llenas de flores. Ese era el lugar al que su padre y Tom se refugiaban juntos: sufría celos por no poder ir, por no recibir información al respecto, por ser el único secreto que su hermano no compartía con él.

—Sí. No dispares a menos que sea necesario —advirtió Georg, mirando de reojo entre el burdel y su blanco—. A las chicas no les gustan las armas, aunque saben usarlas muy bien.

—¿Acaso él sabe dónde estamos?

—Tal vez el plan era guiarnos hacia ellas…

—¿Y ponerlas en nuestra contra? —Agregó.

—Es una posibilidad.

—Entonces, no les demos la satisfacción —Mantuvo la mirada firme en el auto—. ¿Hay forma de comunicarnos con ellas? Mientras antes les advirtamos el peligro, más van a creer que no fue nuestra idea quedar atrapados en su territorio.

—¿Les pido refuerzos?

—No, ellas no trabajan para nosotros —Bill frunció el ceño cuando su compañero rio, divertido por la falsedad relativa de la frase—. No me refiero a eso, hablo en serio. No puedo arriesgar a que alguna salga herida, seríamos los culpables directos. Creo que merecen una presentación formal al encontrarnos frente a su casa y esta no lo es.

—De acuerdo…

Tomando el celular de la mano de su jefe, Georg marcó un número velozmente y se lo llevó al oído. Bill escuchaba el tono de marcado. Con la máxima cautela, ayudándose por los espejos, trató de divisar al enemigo. No parecía una buena táctica el seguirlos de manera desorganizada, no podía ser un plan de Anis. A pesar de manejar a un grupo de brutos impulsivos, con cero estrategias y disposición a negociar, el jefe de Vororte deseaba un cambio. Por eso el deseo irrefrenable de tomar el poder de la ciudad y, a la vez, de no herir de manera innecesaria. Estaba en la búsqueda de organizar los crímenes que cometían.

El silencio reinaba. El tiempo parecía haberse detenido. Ambos esperaban el ataque del otro: parecía una guerra de paciencia, pero los pandilleros eran reconocidos por no poseer ni una gota de ella. Los disparos comenzaron desde ese lado cuando Bill se asomó, honrando a las tradiciones. Con los autos como único escudo, trataron de divisarse por las ventanillas y los agujeros de bala. Los cristales explotaban en pequeños fragmentos filosos, amenazando con cortar la piel y la carne si no se protegían. Bill se arrojó al suelo mientras Georg montaba guardia en su lugar: disparó desde debajo del auto y logró clavarle una bala en el tobillo. Un grito y el cese de disparos fue indicador de éxito. Sin embargo, la última bala disparada por alguno de sus enemigos se desvió y alcanzó a alguien.

Algunas chicas del burdel habían salido armadas para alejar a los intrusos, con Ría al frente. Estaban protegidas por un paredón que dividía su jardín de la calle, pero una de las chicas, completamente distraída al llegar a su hogar, fue alcanzada por la bala perdida.

Cada bando sabía lo que ocurriría desde que Ría gritó. No fue de temor ni tristeza: era venganza. El hombre herido se arrastró hacia el auto, pero su compañero sano arrancó, alejándose ruidosamente de allí. No era idiota, sabía dónde estaba y las consecuencias. No le interesaba su compañero.

El arma estaba lejos del alcance de sus dedos y no tenía forma de defenderse ante nadie. Trató de alcanzarlo pero, para cuando rozó el mango, Bill se encontraba frente a él, apuntándole. Antes que pudiera cerrar los dedos y alzar la pistola, Bill le había volado los dedos de un balazo.

—¿Acaso Anis te envió? —Gritó por encima de la conmoción—. Me sorprendería, porque esto fue una táctica inútil.

—No vas a matarme… —tartamudeó de dolor el hombre—. Los huevos te faltan.

Como si eso fuera una confesión, todo cobró sentido en esa frase. Las medallas de honor (o, mejor dicho, los asesinatos) lo eran todo para ellos. No se le otorgaba el mismo respeto a un mafioso con diez medallas que alguien como él, sin una sola muerte reconocida. A su vez, matar a un pandillero herido no tenía el mismo valor que defendiéndose o sonsacando información. El rango de la víctima lo decía todo. Anis trataba de averiguar qué tipo de hombre era: misericordioso, impulsivo, calculador, frío. Necesitaba la garantía de que era capaz de matar a un hombre.

Bill disparó a la cabeza.

Luego de eso, reacciono tan veloz como su padre le había enseñado desde joven. Pensar rápido era la razón por la que estaba en esa posición y no iba a perder una oportunidad como aquella. Cuando la amenaza desapareció y el asesino se encontraba suficientemente lejos, guardó el arma y se aproximó hasta caer arrodillado frente a la víctima. Como a su padre, habían alcanzado su corazón, como un golpe de suerte más que un accidente.

—Llama a nuestro médico. —Ordenó a Georg.

Al enfrentarse a Ría, que trataba de detener la hemorragia con su bata arrugada, la tomó de una muñeca y procuró hablar con ella. Una sola palabra equivocada y se enfrentaría a otra amenaza, igual de peligrosa que Anis.

—Yo me ocupo de esto. —Murmuró firme, mirándola a los ojos.

Ella no habló. El médico no llegó a tiempo y, aun así, no había nada que hacer. Bill trató de evitar pensar en la similitud en ambas muertes dentro de pocos días. No podía ser coincidencia pero se negaba a creer que uno de esos hombres vulgares, descuidados y ridículos hubiera sido el culpable de un golpe como tal a su padre. Había sido una bala perdida y lo que mató a su padre fue buena puntería, ¿cierto?

—¿Qué hacían en nuestro territorio, Kaulitz? —Murmuró Ría luego de que se llevaran el cuerpo.

—Ellos nos guiaron —afirmó Bill rápidamente—. Creo que querían tendernos una trampa contra ustedes. No les des la satisfacción, querían usarte.

—¿Acaso tengo que confiar en tu palabra? —Dijo con desprecio.

—Confías en la de mi hermano —aclaró—, y ambos somos iguales.

—Ustedes no son iguales —afirmó con brusquedad, frunciendo la nariz con asco—. Tu hermano los habría asesinado a ambos.

—No tuve tiempo…

—¡Lo tuviste! —interrumpió Ría—. Pero no tuviste el valor de usar esa chaqueta antibalas para dejar de esconderte. Él se habría enfrentado frente a frente y lo habría liquidado con una sola bala a la cabeza.

De nuevo, alguien lo culpaba de algo ajeno a él. No fue suficientemente rápido ni valiente, mucho menos calculador. Cada uno de los hechos trágicos ocurridos hasta el momento caía sobre sus hombros, todo por estar en el momento y lugar equivocados. Ser el rey no venía solo.

—Lo encontraré.

—No te preocupes, voy a ocuparme yo misma —Se levantó e ingresó al burdel, seguido de un grupo silencioso de mujeres. Las miradas furtivas de odio no faltaron.

 .

Gustav los recibió en la entrada. Buscaba a Andreja, que había desaparecido. Tom sufría un ataque de celos oculto que trataba de disimular a través de frases como “La puta oculta algo”. Nadie sabía lo que había ocurrido, pero un murmullo y alarma surgieron con la aparición de Bill con la chaqueta cubierta de sangre.

—¿Qué te ocurrió? —Vociferó Tom, aproximándose con preocupación—. ¿Estás bien?

—Estoy bien… —volteó a Georg—. Ambos estamos bien.

—¿Qué ocurrió? —Interrumpió Gustav.

—¿Fue Anis? ¿Tan rápido? —Se apresuró a decir Tom.

—Creo que sí, pero envió a alguien.

—Tanto jodido respeto para nada—farfullaba su hermano—, enviándote a pandilleros sin dar la puta cara. Es un jodido cobarde.

—Asesiné a uno de ellos.

El ambiente cambió con esas palabras: cada uno de los presentes pasó por una línea de pensamiento similar, desde la ingenuidad hasta la aceptación de su inevitabilidad. Poco tiempo había pasado de luto y las emociones se canalizaban a través de las armas y los puños.

—¡Estoy tan orgulloso de mi hermanito menor! —Tomó del brazo a Bill y lo sacudió, como a un campeón—. ¡Eso les va a enseñar a meterse con la diva de Königtum! Necesitamos un buen vino para celebrar.

—Tom, bebiste suficiente —acotó Andreas, apareciendo desde atrás—. Deberías ir a recostarte.

—¿Creés que no tengo resistencia al alcohol? —Tom se giró sobre sus talones, verdaderamente ofendido—. Trae una botella de una vez, brinda con la familia y largate a buscar a Andreja.

No era la mejor opción enfrentarlo en un momento como ese, incluso tras recibir la noticia de que su hermano “ya no era virgen”. Era lo que más necesitaban en ese momento, acabar con los mitos, con los obstáculos y las falsas impresiones para mantener el reino en su lugar. El trono estaría corrompido, pero no por inocencia.

Un corto brindis se llevó a cabo, con el elogiado en silencio. Nadie parecía tan emocionado como Tom pero, desde el contexto en el que habían sido educados, era como una fiesta de graduación. Algunas tímidas sonrisas surgieron de Bill mientras lo palmeaban sus amigos. Su hermano mayor lo apartó entonces, sin soltar la botella, a hablarle en privado.

—¿Cómo se siente el bebé? —bromeó, rodeando sus hombros con un brazo—. ¿Acaso te estás arrepintiendo? Anis va a vengarse pero, creeme, no va a pasar por la puerta sin estar en peligro.

—No es eso —negó Bill, bajando la voz—. No lo envió para asesinarme, lo envió para poner a prueba el mito.

—Y lo desmentiste.

—Quiere que me quiebre.

—Algo que no va a ocurrir —Tom sirvió más vino en la copa de su gemelo—. Si era una táctica para comprobar qué tan dispuesto estás a comprometerte con el trabajo, ya conoce la respuesta. Si quiere quebrarte, no vamos a permitirlo y si lo hizo para sacarse al jodido pandillero de sus líneas sin ser apuntado por su propia gente, entonces ¡misión cumplida!

—Los envió como anzuelos.

—Y como tales murieron.

—Solo uno de ellos murió, el otro está vivo, aunque no por mucho.

—Se acabó —ordenó firmemente—. No entiendo cómo no narraste toda la situación aún —Continuó hablando, antes de que Bill replicara—. Quiero la historia completa ¿Dónde ocurrió?

Con la menor cantidad de palabras posibles, Bill relató la experiencia, interrumpido por su hermano cuando mencionó el barrio en el que todo ocurrió.

—¿Asesinaron a una de las putas? —Dijo Tom, alarmado.

—Sí, fue una víctima colateral —aclaró—. Uno de los hombres le disparó, no sé quién.

—¿Ría lo vio? ¿Ella estaba ahí?

—Sí, no estaba muy feliz con nosotros allí…

—¡Por supuesto que no! —Gritó Tom, saliendo de sí—. ¡Mataron a una de las chicas, en la puerta de su casa! No pueden involucrarse en estas cosas, ¡ellas están de nuestro lado! Creeme, no las querés como enemigas, ¿cómo carajo voy a arreglar esta situación ahora?

—Lo intenté, llamé a nuestro médico.

—¿A NUESTRO médico? —Se señaló a sí mismo, como si los médicos fueran de su propiedad—. ¿Nuestro médico estuvo en el barrio de las putas, atendiendo a una de ellas, en la jodida calle?

—Sí, ¿qué esperabas que hiciera? —Se defendió Bill—. Fue una forma de demostrar que nos interesaba. Indicaba que quería remediar la situación y le avisamos que no salieran. Ría salió con una jodida ametralladora ¿Acaso eso es normal?

—Tom, yo le dejé saber que no fue nuestra culpa —Georg se adelantó firmemente, con los puños cerrados, en apariencia de estar por recibir una golpiza—. Les llegó mi mensaje, por eso salieron.

—Estabas frente al volante, conoces las calles como si fueras un puto mapa —Tom se volvió a él—. ¿Cómo llegaste a esa zona, a ese lugar, justo frente al burdel?

—Fue una trampa, me guiaron allí —Georg estaba dispuesto a pelear—. No estaba pensando en las calles, sino en escapar y poner a salvo a Bill.

Brevemente, Tom reflexionó lo que acababa de escuchar. Bill bajó la cabeza con disimulo, sin saber cómo reaccionar a esa confesión. Fue une mezcla de gratitud y ternura con vergüenza y enojo por creer que no podía defenderse solo. A pesar de la ola de sensaciones, no contuvo una sola palabra de lo que pensaba luego de escuchar lo que su hermano dijo a continuación.

—No quiero verte solo con mi gemelo de nuevo.

—¡Eso solo depende de mí! —Bill empujó al mayor con ambas manos, en forma de reto—. Él intentó solucionar las cosas sin herir a nadie, a diferencia de cierto asesino que habría salido a disparar después del choque.

—¿Cómo les resultó el plan, ah? —Ironizó Tom—. ¿Cómo está esa chica ahora mismo? ¿Muerta? Podría haber evitado la tragedia deshaciéndome de ambos anzuelos en vez ponernos en esta situación. ¡Ellas son las que nos pasan información!

—¡Casi no sé nada sobre eso! —Reprochó el joven, sacudiendo sus brazos con violencia—. Pareciera que todos saben cómo manejarse con ellas, hasta Georg. Ella me reconoce y yo ni siquiera sé cómo llegan a hablar en privado.

—Es mejor así porque, creeme, no vas a acercarte a ese barrio de vuelta —Tom apuntó con su dedo acusador—. Voy a salir a arreglar otro de tus errores y cuando vuelva quiero a Andreja esperándome ahí sentada —Señaló a un sillón de una pieza que se encontraba en el living—, con una buena explicación de su ausencia.

Sin razón alguna, sacó su arma frente a todos, comprobó que estuviera cargada y observó a Bill por última vez. Así salió de la casa.

Continuará…

por administrador

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