
Fic slash de Cosette
Capítulo 7
En su propio mundo, Andreja reflexionaba sobre lo que ocurría en su vida desde la muerte de Jörg, su héroe. Nadie parecía recordar la influencia que tuvo en ella ni las decisiones que tomó por él. Le debía lo que era a su suegro. La respetaba y amaba como a una hija, no juzgaba su relación con Tom ni buscaba de ella ser una esposa perfecta, como reclamaban los demás hombres a las mujeres. Veía esposas abusadas, despreciadas y usadas como trofeo, para suspenderlas en una tarima durante las festividades y ponerla a tejer mientras los hombres discutían de economía y política. No tocaban un plato o ropa sucia, pero creían poder hacerlo todo, siendo tan inútiles como un mueble; solo las usaban para apoyarse sobre ellas, desahogarse y volver a salir. Era su pesadilla.
No confiaba en los hombres, pero Jörg le demostró lo contrario; lo mismo sus compañeros de trabajo, su mejor amigo y Tom. Ella lo comprendía a su manera. Era testigo de la presión constante entre su educación abierta y la pasión destructiva que corría por sus venas desde la sangre de sus ancestros. Su bisabuelo había sido un luchador y, sin él, nada de esto estaría ocurriendo. No serían nada. Estarían dispersos por Alemania, desconocidos o reducidos a convivir en orfanatos y burdeles manejados por hombres insensibles.
Una mano tocó su hombro y acarició suavemente de arriba abajo, hasta que alzó la cabeza. Ría esperaba frente a ella con una taza de té en la mano.
—Tu favorito… —dijo, entregándole la bebida—. Con canela.
—Gracias.
—Ahora, dime… —comenzó, sentándose a su lado—. ¿Qué ocurre?
Pensó en hablar de Tom, de lo que acaba de hacerle y todas las contradicciones que le nublaban la mente, pero había cosas más importantes. Podía lidiar con Tom.
—Estamos perdiendo el control en la mafia.
—No me sorprende.
—De alguna forma, van a quitarle el trono a Bill y Tom no va a controlarse —negaba con la cabeza suavemente—. Va a llegar el momento en el que maten a alguien que no deben. No sé qué hacer.
—Las guerras son de ellos, no nuestras… —Ría parecía ofendida por el planteo—. Eres siempre bienvenida con nosotras y, creeme, no tendrías que trabajar. Me has servido suficiente como para reclamarte nada. Además, hay demasiada inocencia en este rostro perfecto —Ella acarició su mejilla con el dorso de la mano—. Es el tipo de rostro por el que un hombre cree enamorarse.
—¿Cree?
—Deben conocerte primero.
—¿Y qué hay del amor a primera vista? —Andreja sonó demasiado soñadora como para ser tomada en serio.
—¡Bah! –Sacudió bruscamente el brazo en el aire—. Tantas de mis chicas me abandonaron por hombres que las rescataron y a los cinco meses regresan, totalmente arrepentidas, con una cicatriz permanente en la piel. A veces vuelven sin un solo moretón pero con el corazón hecho añicos. No creas esas cosas, menos con un rostro como este. La belleza es temporal, la inteligencia te acompaña hasta en los peores momentos.
Andreja no pudo evitar sonreír: se sentía mejor al saber que, aun si las cosas se salían de control, tendría un lugar donde ser bienvenida. No pensaba en la nostalgia ni en las pérdidas si tal situación llegara a ocurrir, pero asegurarse su futuro le era indispensable para sobrevivir.
—Cuando seas reina, no dejes que te traten como ama de casa —La aferró de la mandíbula con una mano—. ¿De acuerdo? Si Tom se quiere poner violento —Su teléfono sonó—, va a requerir de una lección que puedes darle.
Antes de que pudiera responder, desde la ventana se escucharon disparos, constantes, muy cercanos. Ella corrió a la ventana y atendió. Andreja apenas comprendió lo que ocurría. Se levantó y siguió a Ría hacia la ventana, pero ésta ya había cortado.
—No salgas de la casa —La empujó a un lado mientras se abalanzaba a la salida—. Por ninguna razón.
—De acuerdo, ¿pero qué…?
Se fue antes de lo que esperaba; sus gritos hacían eco en las paredes de los corredores, dando órdenes e indicaciones directas. Asomó la cabeza por la ventana y se encontró con la peor escena posible: Bill y Georg, indudablemente, a los tiros con alguien. No llegaba a ver quién, porque una de las columnas de la entrada tapaba al enemigo. Si la hostilidad ocurría contra las chicas, podía predecir la muerte casi instantánea de ambos en cuanto Ría llegara a la calle.
Toda la escena transcurrió frente a sus ojos, de pronto vio caer a alguien por entre las barras de la reja y una larga cabellera lacia se revolvió por el suelo. No la reconoció desde la distancia, pero entre los gritos y las corridas, no había dudas que alguien acababa de morir, una de las chicas. Sentía la irrefrenable necesidad de bajar y evitar que asesinaran a Georg y a Bill, pero no podía. Nadie conocía su conexión con las prostitutas y ser reconocida era una jugada peligrosa.
Suspiró aliviada al ver a ambos irse sin heridas luego de casi una hora de conflicto. El drama no había acabado pero al menos la mafia no había recibido un castigo. Ría no permitiría que el culpable se fuera impune. Su idea de justicia no coincidía del todo con las leyes, pero funcionaba y era extrañamente efectiva.
Se planteó si ir a ayudar o soportar allí sentada hasta que alguien le trajera información. Ese plan se vio roto cuando escuchó a algunas de las chicas entrar llorando, abrazadas entre ellas. A penas pudo comprender algunas palabras entre los sollozos que intentaban explicar lo ocurrido. Cada visión parecía tener algo diferente, sumado a la ira de la situación y a las exageraciones de un momento tan traumático como ese.
Bajó velozmente a la entrada, sin importarle nada ya. Necesitaba información, saber quién era la víctima: no la conocía, pero eso no le quitaba el mal sabor de boca. Estaba acostumbrada a las muertes cercanas, aunque no directas, y alguien desconocido no significaba demasiado. Lo que más temía eran las consecuencias de ese solo acto.
Cuando se acercó, detrás de las rejas, Ría la atacó directamente:
—¿¡Qué hacían ellos en nuestro barrio!? —Su ropa estaba manchada de sangre—. ¿Por qué decidieron venir frente a nuestro hogar a disputar una maldita guerra?
—No lo sé, Ría, no lo sé —dijo nerviosamente, desconcertada—. No fue un plan, no puede ser. Debió ser un error.
—Alguien guió al otro frente a nosotras, ¿quién a quién?
—No lo sé.
—¿¡Quién a quién!?
—¡Ellos! —Gritó—. Ellos. No hay otra opción, porque Bill no planeó esto. No es así.
—Pero se está volviendo impulsivo y esta es una gran forma de volvernos en contra de Vororte.
—Tal vez Anis lo planeó…
Nadie respondió ante eso. Era posible, pero jamás podría confirmarse. Solo podía confiar en la experiencia de Andreja en escuchar y en que no estaban engañándola. Eran tiempos difíciles para las relaciones en un mundo como ese, pero nada más le quedaba.
—Quiero que prestes atención a todo lo que dicen en esa casa desde ahora —ordenó, susurrando a su oído—. Cualquier detalle sospechoso viene directo a mis oídos.
—Por supuesto, Ría.
Presenció cómo ella daba órdenes de deshacerse del cuerpo del pandillero. Muchas de sus chicas no estaban en condiciones de hacer semejante tarea. Estaban en pleno shock por la muerte de su amiga y ella no podía darse el lujo de sufrir en ese momento.
Estaba incomodada, distraída, y cuando Tom bajó del auto frente a la casa, Andreja se congeló en el lugar. No sabía por qué seguía afuera, a la vista de todos, pero toda la confusión había sido abrumadora. Vio en sus ojos el desconcierto, una mezcla de sensaciones. No era ira, era sorpresa y un enorme esfuerzo por comprender la situación y su rol en esa mansión. Retrocedió unos pasos cuando él entró a la casa sin siquiera pedir permiso, un gran error de su parte.
Todas las mujeres se arrojaron a él, evitando que pasara. Habían tenido suficiente de los hombres ese día y más aun de un mafioso. Le costó un gran esfuerzo a Ría el que lo dejaran en paz. No quería más heridos y reconocía lo sensible que era el temperamento del nuevo jefe mafioso. Evitó responder a preguntas como “¿Qué hace ella con ustedes?” y “¿Por qué lo dejas entrar a la casa?”. Le costó varios gritos hacer que todas se callaran y entraran a la casa, incluida Andreja. Le indicó a dos de ellas que esperaran junto a Tom abajo y que él entrara en quince minutos.
Pasados veinte minutos, luego de resolver algunos temas, Ría lo esperaba con la mirada cargada de desprecio. Asumía que deseaba conocer al pequeño consentido de la mafia desde que era joven, pero no esperaba que su primer encuentro fuera acompañado por una tragedia como esa. Su joven Gabrielle, rescatada hacía poco de un padre abusivo, acababa de perder su segunda oportunidad en esta vida. Sus chicas lo eran todo para ella, los pocos chicos también. Era la madre de todos ellos, quien les daba consejos, techo y alimentos. Insistía en que le contaran sus secretos. Era casi obligatorio, pero nunca juzgaba. Era una cuestión de seguridad, tanto de ellas como la propia. Era imposible determinar cuándo sería necesario el uso de chantaje y nada le daba más tranquilidad que eso. La información es un arma.
Lo recibió en su habitación, escoltado por Charlotte y Priscilla, las más grandes de todas las chicas. Él no lastimaría a ninguna de ellas, pero era una buena forma de demostrar autoridad. Ella no ignoraba tales detalles, sin importar la confianza que tuviera en Tom.
No lo dejó hablar.
—Mis chicas están revisando las cámaras de seguridad —Entrelazó sus dedos frente a sus labios—. Pronto vamos a saber qué ocurrió pero antes que nada, quiero que entiendas que las cosas cambiaron entre nosotros. Tanto por esta tragedia como por ver a Andreja con nosotras.
—No sabía que eran amigas. —Acotó con cierto desprecio en la voz.
—Somos muchas cosas. Espero que no la presiones a contar nada de su historia antes de que esté preparada.
Él sabía lo que quería responder, pero debía medir sus palabras frente a Ría. Estaba en una posición frágil que aumentaba y disminuía su fortaleza casi en el mismo nivel. No se molesta a las chicas de Ría, y Andreja parecía ser una de ellas.
—Asumo que mi padre la encontró con vos.
—Repito… —Demarcó—, cuando ella esté lista.
En ese momento, Chantelle regresó con un mensaje escrito en papel amarillo. Ella lo tomó y lo leyó, haciéndole un gesto con la mano para que se retirara de la habitación. Dio algunos pasos alrededor de Tom y alzó la mirada.
—Los dos pandilleros que atacaron son clientes —explicó—. Bueno, uno de ellos está muerto, pero el asesino es uno de esos hombres que intentó rescatar de la miserable vida de prostituta a una de mis chicas. El problema, mi querido amigo, es que a él le gustan los hombres con vestido. No es fácil ocultarlo así que se arrepintió y el cobarde ni siquiera regresó para dar la cara. Tuve que lidiar con una joven destruida durante semanas. Eso me daba excusa suficiente para meterle una bala en la cabeza. Quiero que te ocupes de este hombre.
—¿Eso sería suficiente para que se mantenga la paz entre nosotros?
—Por ahora.
—Entonces, es un trato. —Le estrechó su mano.
Ría se volvió a la puerta y abrió, llamando a Andreja en voz alta. Apareció al cabo de unos segundos, tímidamente encorvada. Podía lidiar con Tom, pero no con Ría enfadada. Ella le tomó el rostro en una mano y la miro a los ojos: vio en ellos una interminable amargura, eclipsada por la necesidad de mantener el control ante todos los corazones rotos en su territorio.
—No voy a permitir que te vayas sola con él.
—Puedo cuidarme —Aseguró Andreja con firmeza.
—Evidentemente… —;Comentó Tom.
—No me provoques —amenazó Ría, apuntándolo con un el índice—. No tuve un día tan malo desde hace meses y sufro la irrefrenable necesidad de dispararle a alguien.
—No voy a herirla —murmuró Tom, volviéndose a ella—. Ya hubo suficiente violencia durante el día de hoy. Solo quiero llevarla a casa y dejarlas tranquilas. Necesitan paz.
—Ustedes necesitan paz —dijo Ría, bruscamente, mientras despedía a Andreja con una caricia en su espalda, de arriba abajo—. Cuídate.
Asintió como respuesta y caminó junto a Tom, sin tocarlo, pero erguida y sin miedo. Tom repitió que lamentaba la pérdida algunas veces más hasta llegar a la salida. El auto les esperaba allí: él le abrió la puerta y ella se ubicó en el asiento del acompañante, respirando profundo. No sabía qué era lo que le esperaba, pero planeaba recibir su castigo con la mayor dignidad posible.
Se mantuvo firme cuando Tom se sentó a su lado, abrochándose el cinturón. Le ordenó que se pusiera el suyo sin mirarla y arrancó el auto. Ella no quiso obedecer, más por capricho que otra cosa, pero Tom no dijo nada al respecto al notarlo. O eso creyó Andreja cuando, a los pocos minutos, él no había dicho palabra al respecto. Tal vez no deseaba pelear más y sinceramente se había hecho respetar. Sin embargo, estaba a punto de ponérselo porque su conductor comenzaba a acelerar: clavó las uñas en el asiento y trató de resistir. No se detuvo allí. Frenó tan repentinamente que Andreja apenas logró poner las manos en el tablero y el cristal. Su cabeza estuvo a pocos centímetros de atravesarlo.
—¿¡Cuál es tu problema, Kaulitz!? —Gritó ella, temblando de nervios—. ¿Quieres matarme?
—Yo te dije que te pusieras el puto cinturón —Arrancó de vuelta, pero a velocidad normal—. Si vas a ser caprichosa, aprende cuáles son las consecuencias. Y, sí, voy a hacerlo de vuelta.
Ella se sentó, aún temblorosa, y se ajustó el cinturón: no tenía dudas de que esa había sido la amenaza que estaba esperando desde la mañana. Si a ella no le molestaba arriesgarse por sus convicciones, entonces él no temería matarla cuando fuera necesario.
No volvieron a dirigirse la palabra hasta llegar a la mansión. Sin mirarla, le comenzó a dar indicaciones.
—Sé que no vas a hablar por las malas —apagó el motor y le hizo gestos a los guardaespaldas, a los lados de las puertas, que se aproximaron para guardar el auto—. Así que vamos a hacerlo a tu manera esta vez. Esta noche, vamos a cenar fuera. Vas a necesitar un vestido formal. Ahí vamos a hablar.
—Tom, no es tan complicado —explicó ella—. Tu padre…
—No —Abrió la puerta y bajó del auto—. Prepara el discurso para la noche.
Continuará…