Fic slash de Cosette

Capítulo 8

El vestido rojo caía delicadamente sobre sus suaves curvas, perfectamente entallado en la cintura y las caderas. Desde la mitad de los muslos, se abría hasta el suelo. El corte sirena era su preferido pero, al verse al espejo de arriba abajo, sospechó que no era esa la razón por la que Tom había elegido la prenda: el escote casi llegaba al cuello y cubría gran parte de su cuerpo. Lo único que se podía apreciar de su piel era su cuello y hombros. El paquete había aparecido junto con un par de guantes hasta por encima de codo, así que menos aún podría mostrar. Su novio no solía regalarle prendas como esas: simplemente buscaba algo que le quedara como un guante, elegante pero natural. Era otra forma de utilizarla como objeto, pero al menos le daba más libertad.

No terminaba de comprender qué quería su novio para esa noche, cuál era el verdadero plan. Los mensajes eran confusos.

Nunca dejaba de sorprenderse de cómo parecía reconocer sus medidas. Sin embargo, dudaba que él fuera quien se ocupara de buscar percha por percha en un Chanel, llamando a algún empleado para recomendarle cortes de vestido y escote. A Bill sí podía ponerlo en ese escenario y con una gran sonrisa, podría agregar.

Esto no le quedaría bien, ¡dije escote princesa!”.

En ese ambiente tan peligroso era incierta su libertad: estaba convencida de que estaría en problemas ante los ojos de toda la familia (del lado que la aceptaba en ella, al menos). Con lo poco que sabían y la desconfianza, ella estaría en la mira de ser desterrada. En ningún lugar había quedado escrito que su colaboración con los negocios de la familia eran verdaderos y una mujer ocupándose de un contacto era considerado como trabajo de secretaria, sin importar que uno de los heredero se ocupara de lo mismo. Esa era la razón principal de la revolución de Ría: ella no trabajaba para nadie. Decidía por sí misma su aporte a las mafias y pandillas locales y no explicaría jamás el porqué de sus decisiones.

Ya con un peinado recogido que dejaba algunos mechones sueltos alrededor de su rostro y un maquillaje ligero para no contrastar demasiado con el color del vestido, se sentía lista. No agregó accesorios. No había demasiado espacio para ellos de igual forma.

Andreja se observó al espejo y deslizó los dedos por el rostro de su copia. No se había detenido lo suficiente a observarse a sí misma con atención por mucho tiempo. No se había dejado estar, no, porque la presencia era elemental en ese ámbito, pero había perdido la conciencia de la madurez en su mirada. Era una mujer joven y hermosa, pero algo nublaba su vista. Sufría nostalgia por la niña que fue, por la adolescencia que pareció desaparecer hacía pocos días y por el nuevo futuro que se armaba para ella, corrompiendo sus planes. Solía tener ambiciones y la certeza de que alcanzaría el mundo. En ese momento temía convertirse en una de esas damas vacías debajo de los metros innecesarios de ropa, solo para evitar que otros hombres les clavaran la vista.

Al entrar a la habitación, Georg se encontró con su amiga perdida en su reflejo. Si no la conociera mejor, podría afirmar que el ego se la estaba carcomiendo de a poco, pero había algo más allá, una búsqueda de respuestas en sus propios ojos.

—Tom te está esperando —Se atrevió a decir, pero ella no se movió—. Dejas todo a la imaginación, ¿ah?

—Él lo eligió.

—Realmente lo hiciste enfadar.

—¿Acaso él te dijo algo? —Ella volvió la mirada al reflejo de Georg en el espejo.

—No con palabras, pero su actitud era suficiente explicación.

—Tom descubrió mi amistad con Ría —Confesó—. Me atrapó en la mansión.

Él pareció preocupado, pero solo entró a la habitación y cerró la puerta tras de sí. Nadie debía escucharlos hablar sobre esos temas. Pensó en reprocharle, ya que había advertido que sería una de las primeras cosas que saldrían a flote si no era cuidadosa, pero evidentemente ella lo sabía.

—¿Cómo reaccionó?

Andreja ni siquiera se planteó la idea de que Tom fuera a matarla cuando la encontró en pie frente al burdel, pero comenzaba a pensar diferente desde el evidente deseo de lastimarla en el auto hacía pocas horas. No le habría importado si salía volando de los cristales, no si ella representaba un peligro para sus operaciones.

El silencio le respondió.

—Bueno, debes ser cuidadosa.

Asintiendo, bajó por fin la mano del espejo. Había preguntas que rondaban su cabeza: una de ellas era a largo plazo y no se atrevía a exteriorizar ante nadie, pero con Georg era diferente. Trataba de mostrar la menor cantidad de debilidad posible, pero podía contar con él.

—¿Crees que pueda huir? —Volvió la mirada por encima de su hombro. Necesitaba ver la expresión de su amigo frente a frente.

—Sinceramente —Se aproximó, peinando su cabello hacia atrás con los dedos—, él te encontraría, sin importar dónde te escondas

La segunda era más complicada: no podía esperar que él fuera a contestarle de forma sincera. Encontraría la forma de proporcionarle una frase encriptada que no lograría descifrar o evadiría responder.

—¿Debería estar preocupada sobre esta noche?

—Probablemente, sí —confesó, sin siquiera pensar en una forma de alentarla—. Una “noche romántica” con Tom no es usual.

—¿Cita romántica? —repitió ella, extrañada—. No, no, él quiere hablar sobre… cosas.

—¿Y te envía un vestido de noche? —Cuestionó Georg, cruzándose de brazos—. Vamos, puedes deducir mejor que eso. Es momento de irnos.

—¿Sabes a dónde me lleva?

—Sí, pero no voy a decirte.

Intentó sonsacarle información mientras tomaba sus cosas pero no logró nada en todo el viaje. Solo pudo deducir que era lejos de la ciudad. No comprendía por qué Georg tardaba el doble yendo por calles alternativas y desiertas. Alguna de las paranoias de Tom, tal vez, aunque temió por algunos segundos que fueran a ejecutarla en un muelle.

Las luces y la gente en las calles comenzó a aumentar progresivamente y notó el cambio en la arquitectura y el diseño: era una zona extremadamente cara, rodeada de teatros, cines y bares de categoría, además de restaurantes elegantes en los que podrían llamar a la policía con solo ver a alguien sin corbata o zapatos de tacón.

De la misma forma en la que observaba a las mujeres cubiertas de pieles y vestidos de seda, ella se imaginó la cantidad de ojos que la juzgarían por su apariencia y pasado, como si fuera a ser reconocida de ese mundo subestimado que era el de la prostitución. Era algo que no se planteaba en su ámbito debido a su autoestima, pero esas personas intimidaban solo por su habilidad de chisme y desprecio. Tom odiaba esos lugares. Para huir de los ojos de conocidos, solían encontrarse en lugares menos transitados. ¿Qué planeaba entonces?

Ella clavó las uñas en su pequeño bolso a juego con el vestido, en el que solo llevaba el celular y algo de dinero. Tenía suficiente como para vivir sola, porque su trabajo estaba muy bien remunerado. Hasta había intentado comprar un departamento o una casa para vivir sola, pero Tom le hizo olvidar la idea en una sola noche entre velas y chocolates, además de secretos roces y ruegos disfrazados de órdenes.

Estacionaron frente a un restaurante cubierto por luces tenues, colores dorados y rojos en la decoración exuberante pero elegante en las columnas. Podía divisar desde afuera las luces de las velas de los centros de mesa, rodeadas de rosas recién cortadas.

Alguien le abrió la puerta del auto y Georg le guiñó el ojo antes de que bajara. Vio la mano de Tom frente a ella y la tomó, antes siquiera de enfrentarlo. Allí estaba, en un elegante traje a medida, con una camisa blanca sin corbata. Notó ese detalle solo por haber pensado en lo imposible que era verlo usar una. No la decepcionaba, rebelándose de forma tan caprichosa, en una forma que parecía mínima pero que decía mucho. Era un desafío a que lo detuvieran.

Su expresión severa era una de las cosas que más temía encontrarse, pero no estaba. La reemplazaba una mirada cálida y cercana, una que reservaba para la intimidad. Llegó a sentirse incómoda en público con la idea de que alguien fuera de su círculo de confianza los descubriera. Se habían ocultado por tanto tiempo que el miedo se acumuló en su garganta.

Sus largas rastas negras estaban recogidas, atadas por una de ellas en dos vueltas. Contrastaba de una manera increíble con los cortos peinados de los hombres a su alrededor. Un indicio de barba rasgaba su piel y ella solo podía pensar en la sensación rasposa que causaría escalofríos si deslizaba el rostro por su pecho. Respiró profundo en ese momento y Tom lo interpretó correctamente. Él alzó su mano a la altura del rostro y besó el dorso, sin bajar la mirada. La atrajo con el brazo libre y sintió su cuerpo firme contra ella. Le parecía más alto, elegante y extremadamente maduro, como si varios años hubieran transcurrido para él en esas pocas horas separados.

Cualquiera fuera de su tensión podría comprender su cercanía como la de una pareja enamorada, dispuesta a perderlo todo por el amor del otro, un estilo de pasión que todas esas viejas reprimidas deseaba en su vida mientras observaban al jardinero podar en los patios que sus maridos millonarios habían pagado. Estaban equivocadas. Andreja había visto la amabilidad y calma de Tom a medida que buscaba un camino a la confianza de sus víctimas antes de meterles una bala en la frente sin parpadear. Era un animal al asecho, el ojo de la tormenta. Estaba aterrada. Él no llevaba a cabo ningún movimiento sin un trasfondo de oportunidad, planeando hasta el último detalle. Esa cita, romántica o no, era clave para su futuro.

La tomó de la barbilla con el índice y el pulgar, atrayéndola para unir sus labios pero Andreja se alejó como si temiera un beso envenenado.

—Tom, estamos en público. —Murmuró, avergonzada, tratando de disimular sus verdaderos miedos.

—¿Y? —Mantuvo la calma, pero su sonrisa disminuyó levemente—. Ya hemos salido juntos antes.

—Pero además de irnos lejos de la casa cuando estaba llena, no entrábamos juntos a los hoteles —Miró a su alrededor, esperando a alguien apuntándolos—. Y esto es un restaurante…

—No seas ridícula.

Georg bajó del auto también y le entregó una corbata con el nudo ya hecho. Él se la puso en el momento, pero no la ajustó ni acomodó. Cierto dejo de decepción invadió a Andreja, pero no duró mucho: verdaderamente le quedaba bien.

La tomó del brazo y caminó con ella, llevándola a la entrada del lugar. No pudo ver el nombre, pero debía ser una palabra francesa que justificara el comer una porción mínima de arroz con una salsa extraña por un precio inflado.

No frenaron ante nadie; pasaron directamente a su mesa, como si les fuera innecesario presentarse o pedir por un asiento. Tom debía haber enviado a alguien a arreglar su llegada. La mesa se encontraba frente a una ventana amplia que daba a un parque lleno de árboles, lejos de la mirada. Era un sector evidentemente privado y caro. No podía esperar menos de él.

Movió una silla para que ella se sentara y la arrimó una vez lo hubiera hecho. Tom se sentó frente a ella y entrelazó los dedos sobre la mesa. La luz de las velas iluminaba su rostro tranquilo y concentrado. Georg, por su parte, esperaba a unos pocos pasos, parado como el buen guardaespaldas que era. Recordó en ese momento lo atractivo que era también.

No pudo siquiera pensar en qué pediría para comer porque dejaron un plato de ensalada frente a ella. Se veía bien, no podía negarlo, pero no comprendía cómo ya tenían su comida lista. Su compañero también recibió el suyo, pero era lo que parecía ser una base de hojaldre con pedazos de carne y una salsa que olía como los dioses. Había al menos dos camareros a su alrededor: uno dejó los platos y otro servía el vino tinto.

—¿Pediste antes de llegar? —Preguntó extrañada.

—No tengo demasiado tiempo.

—¿No consideraste que podía querer comer otra cosa? —Reprochó, mirando su ensalada con algo de desprecio por la comparación con el plato de su pareja.

—Sí, pero no había tiempo —Comenzó a comer, cortando la carne junto con el hojaldre—. ¿Preferías que yo pidiera y te quedaras esperando sin comer mientras yo lo hacía?

—No —Las palabras se le agolpaban en los labios: quería decir todo de una vez—. Preferiría que entráramos, nos sentáramos, discutiéramos sobre el menú y eligiéramos para comer juntos después de una charla civilizada.

—No tengo tiempo para eso.

—Nos hubiéramos encontrado antes —Estaba convencida de que nada había sido organizado en realidad, o lo había sido especialmente para fastidiarla—. Pareciera que estamos en McDonalds, comiendo una hamburguesa a las corridas.

—No puedo creer que te quejes —Clavó la punta del cuchillo en la mesa y luego lo dejó a un lado del plato, tomando la copa—. Estoy cuidándote. Es una maldita ensalada.

—¿Qué? ¿Temes que engorde?

—Deberías, es sano estar delgado.

Por unos momentos se hizo el silencio. Tom no podía decidirse a si había ganado la discusión o si ella estaba organizando su ira para que explotara gradualmente durante los siguientes minutos. Con ella, la segunda opción era la más probable.

—Estás intentando convertirme en una idiota.

—¿Qué te hace pensar eso? —Cuestionó calmado, mirando a su plato.

—Una ensalada para que no engorde, tratarme como objeto —Comenzó a ordenar lo que estaba ocurriendo—. Este jodido vestido.

Ella tenía razón: estaba intentando transformarla en una inútil ama de casa, su mayor pesadilla. Una imbécil que solo se preocupaba por su peso y por serle fiel a su pareja, encerrada con la criada en una mansión.

—No sé de qué hablas.

—¿Acaso amenaza tu hombría que haga una parte de tu trabajo?

—No, pero no vas a seguir haciéndolo.

—¿Qué harías? —Preguntó, a punto de arrojarse sobre él para arrancarle esas malditas rastas—. ¿Tapar los caminos para que no pueda ir?

—No creo que te atrevas a ir después de lo que ocurrió hoy.

—No me conoces.

—Evidentemente, no —Dejó de comer, pero el cuchillo seguía en su puño, amenazadoramente apuntando hacia ella—. ¿Cómo puedo saber que decías la verdad? Dudo que mi padre hubiera puesto a alguien a controlar que yo hiciera bien uno de los trabajos de la familia. No eres parte de ella y nadie conoce tu origen. Voy a suponer que él temía mi relación con Ría, asumamos eso. Ahora él no está y puedo controlarlo perfectamente. No quiero que vuelvas a verla y voy a ignorar la traición.

—¿Traición? ¿Qué traición?

—Nunca mencionaste lo que hacías cuando esta relación comenzó.

—Era un jodido secreto —acotó, con frialdad—. Tampoco lo mencionaste.

—Es una cuestión familiar.

—Yo soy parte de esta familia, hijo de puta —Ella clavó la mirada en su rostro, tratando de no temblar—. Más de lo que crees. Me debes más de lo que puedes darme y toda esta mierda de macho alfa se está yendo de control. No me interesa la imagen que quieras dar ahora que NO eres jefe de la mafia. Ese ego debe disminuir porque no voy a inclinarme. Tu padre me quería por mi completa dedicación a mis derechos. No vas a pasarme por encima, Kaulitz.

—Vas a aprender tu lugar, créeme —dijo Tom, amenazante, y siguió comiendo.

Andreja no sabía qué más decir, tantos reproches le hacían imposible comenzar a hilar los insultos. Lo observó con odio por un minuto y luego se quitó un guante. Era largo y la tela le hacía cosquillas en la piel. Al caer inerte de su mano, se lo arrojó a la cara. Él se detuvo un segundo, respiró profundo y no la miró. Ella hizo lo mismo con el otro, pero con algo más de fuerza, haciendo una pelota con la tela. Tom golpeo los dedos nerviosamente contra la superficie de la mesa, devolviéndole la mirada. Como respuesta, Andreja alejó la silla, tomó el cuchillo y clavó la punta con algo de esfuerzo en la tela, cerca del borde del vestido. Rasgó este y, tirando en lados opuestos, le hizo un tajo desprolijo desde abajo hasta el muslo para poder sacar la pierna estilizada y pálida.

—¿Cuál es tu problema? —Preguntó él, sin saber qué sentir ante esa protesta.

—No voy a ceder mis convicciones —aseguró, levantándose—. Cuando recuperes las tuyas y rompas esa maldita corbata, vas a comprender el por qué no necesito un vestido que me tape como si fuera una viuda en la antigüedad.

—Georg, siéntala —Ordenó, como si estuviera esperando una reacción así.

Éste dudó por unos segundos: estaba su jefe y su amiga, pero no tenía demasiadas opciones. Se acercó a ella y trató de calmarla al tomarla de los brazos por detrás, pero ella se resistió.

—Déjalo por hoy, Andreja… —Rogó por lo bajo.

Algo debió convencerla porque sus forcejeos disminuyeron. Se dejó sentar, pero su expresión no cambió.

—Bien —comenzó Tom, sacando una caja de cigarrillos y encendiendo uno antes de continuar—. Las cosas van a cambiar. Por supuesto, no puedo decirte con seguridad cómo, pero va a ser todo muy diferente. Bill pondrá la cara pero el que maneja todo, el que nos saca de los problemas y mantiene los contactos verdaderamente importantes soy yo. No me interesa que Bill sea más controlado, de a poco está perdiendo la cabeza y ambos compartimos esa idea —notó cómo Andreja casi asiente—. Vos me pediste que controlara la mafia, entonces voy a hacerlo pero tendrás que tolerar las jodidas consecuencias y adoptar tu lugar.

Se levantó repentinamente, dejando a Andreja con demasiadas emociones que procesar: ese no era el hombre del que se había enamorado y él ya no quería a la mujer que amó.

—Ahora, tengo un trabajo que hacer cerca —Comentó casualmente, acomodándose la chaqueta—. Georg va a llevarte a casa cuando termines.

—¿Por eso me trajiste? —dijo Andreja, comprendiéndolo todo—. Necesitabas darme una lección pero dentro de tu jodida agenda. Ni siquiera puedes hacerte un tiempo digno para hablarme. ¿O me estás usando de excusa para estar en esta ciudad?

—No empieces con las deducciones —Él la tomó con una mano de la mandíbula y tapó sus labios con el índice—. Empiezan a molestarme.

—No voy a ceder.

—Veremos.

Trató de besarla pero ella se apartó una vez más. Por un momento, tuvo la certeza de que iba a golpearla, pero solo presionó más fuerte su mandíbula y la soltó con brusquedad. Le dolió por unos minutos.

Andreja le dio un último vistazo antes de que se fuera. Notó que los pantalones no eran los adecuados: en realidad eran jeans oscuros. Tom seguía ahí pero no sabía si estaba intentando salir o si esa nueva fase de macho alfa trataba de disfrazarlo. De alguna forma, debía encontrarlo bajo esa corbata.

Continuará…

por administrador

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