
Fic slash de Cosette
Capítulo 9
Lo encontraron en una esquina, con una cerveza en la mano. No estaba completamente borracho pero le faltaba poco. La botella estaba hasta la mitad y el hombre planeaba terminarla cuando dos pares de brazos lo aferraron y arrastraron a un auto. Considerando la categoría del vehículo, no tuvo que preguntar demasiado para comprender, aun en su estado, quiénes lo habían atrapado. Vio algunos trajes y, antes de decir una palabra, alguien lo golpeó en la cabeza.
Al recobrar la conciencia, supo con certeza que esa había sido su última cerveza.
Se encontraba en una habitación a oscuras, con persianas bajas y las luces apagadas; lo poco que podía divisar surgía por las rendijas de la ventana, por las luces tan intensas de calle. No era un lugar muy alegre: la decoración era bastante minimalista, solo había una silla y un viejo armario contra el que se reposaban los hombres con traje que lo habían secuestrado.
Estaba desnudo y atado a una silla, frente a alguien que bien reconocía.
—Buenas noches —dijo Tom, golpeando su rostro con una palmada para terminar de despertarlo—. Bienvenido al karma.
—Joder… —Murmuró, al instante en el que abrió sus ojos.
—Sí, sí, entendiste bien —Sacó una daga afilada y brillante—. Problemas.
—Cuando Anis se entere de esto…
—¿De cómo mataste y rompiste el pacto con las chicas de los barrios bajos? —Tom rio—. Créeme, te hago un favor. Si él te encontraba primero, te despellejaría antes de castrarte.
—No me lo creo.
—Por algo estás tan lejos del barrio bajo —explicó, como un terapeuta desenredando su inconsciente—. Estoy seguro de que la vieja tradición de la familia, “no volver si no cumpliste con el trabajo”, regresó a través de los labios de Anis. Creí que había abolido esa idea.
—Evidentemente, le resulta atractiva de vuelta.
—Además él te envió a esto. Fuiste un anzuelo —Tom se inclinó, observándolo directo a los ojos—. No eres nada para él. Lo que no termino de entender es para qué te envió.
—No te interesa.
—A mí sí —dijo una voz desde la entrada—. Pero ya sé por qué lo hizo.
Bill ingresó a la habitación con seriedad. Parecía dispuesto a poner las cosas en su lugar, pero no había nada que solucionar. Tom tenía todo bajo control.
—¿De dónde saliste? —Preguntó Tom con cierto enfado en la voz.
—Andreja estaba muy molesta y el resto fue extorsionar a Georg —dijo sin temor, parándose frente a la víctima—. No lo castigues, es que soy irresistible.
—Maricón… —Murmuró el hombre, con todo el deseo de que lo escucharan.
—¿No le cortaste las cuerdas vocales aun?
—Por supuesto que no —replicó Tom—. Es más divertido cuando creen que hablando como camioneros con actitud van a parecer masculinos. Si no pueden hablar, nos perdemos de muchos creativos insultos.
—Es gracioso, porque hablé con Ría sobre la chica que murió —Bill se aproximó a la silla y soltó el humo de su cigarrillo cerca de su rostro—. Parece ser que la conocías.
—¿Ah, sí?
—Sí. Ella te reconocía—Lo señaló con algo de desprecio—. Parece que te atrapó con la capucha baja en la habitación de Charlotte, requiriendo de sus servicios. En realidad, creo que se llamaba Carlos.
El hombre bajó la vista; iba a negarlo pero no tenía motivo. De todas formas, no iba a dejarlo irse con su cuerpo completo. No podría volver a pisar la calle de las putas y no pensaba aproximarse a ese travesti luego de lo que había hecho. Podía pulverizar sus huesos con una sola mano.
—Por supuesto, dice que no quiere volver a verte pero, sinceramente —desenfundó el arma y la hizo sonar—, no creo que tenga que preocuparse por ello.
—No podría importarme menos. —Tal vez, si lo provocaba, podría matarlo impulsivamente antes de que lo castraran. Eso le ahorraría el dolor.
—Bien, eso significa que no te va a importar… —Tom alzó el cuchillo, haciendo ademanes en los que apuntaba a su entrepierna—. Porque no lo necesitas. Después de todo, no creo que acepten tus preferencias en otro lado, al menos no tan cercano.
Parecía dispuesto a hacerlo pero lo dudó un segundo. Negó con su cabeza, agachado frente al hombre, y soltó un suave quejido.
—No puedo hacerlo, sinceramente —Sonaba descorazonado, casi empático—. No puedo.
Se hizo el silencio por unos segundos, cuando su guardaespaldas se acercó a Tom, estiró la mano y habló con tranquilidad.
—Yo puedo hacerlo.
Tom alzó la mirada, llevó una mano a su pecho y le entregó el cuchillo.
—Que Dios te bendiga. —Ironizó cruelmente.
Aun el más duro de esos hombres se estremeció ante los gritos de dolor. Muchos se encogieron los primeros segundos, pero recordaron que debían mostrarse fuertes y se enderezaron. Fue un corte bastante limpio, pero pareció tardar mucho más.
Bill se estremeció, silbó y se aclaró la garganta. Volvió a apuntarle con el arma.
—¿Crees que Anis comprenda ya?
—Van a destruirte, maricón.—Balbuceó entre quejidos.
—¿En serio? —Bill presionó el gatillo y disparó directo a la cabeza.
Tom se sobresaltó por el sonido tan cercano del disparo. Estuvo sordo del oído derecho unos segundos y se quejó.
—Genial… —murmuró Tom, desaprobando—. ¿Cuál es el puto chiste de que le haya cortado los huevos ahora, Bill? ¡Está muerto!
—¿No ibas a matarlo?
—¡No! —gritó Tom, casi insultado, pero sin dejar a un lado su tono irónico—. ¿Por qué haría sufrir al pobre hombre si fuera a matarlo después? ¿Qué clase de animal crees que soy? Le cortas los huevos y lo dejas seguir con su vida. Si no, lo matas de una vez.
Bill esperó que eso fuera un chiste, porque la frase no terminaba de tener sentido.
—Ellos son enterrados, no cremados. Créeme que es vergonzoso.
—Sí, eres una mente siniestra, Bill —Se levantó, enfadado, y guardó su cuchillo—. Limpien todo esto. Y envíen un mensaje a Anis: puede venir a buscarlo. Anónimo, eso es muy importante.
—¿Cuál era su nombre? —Preguntó el guardaespaldas.
—No lo sé, no recuerdo.
Bill se volteó, atónito, a Tom.
—¿No sabías su nombre? —Se aproximó un paso más ante la negativa de Tom—. ¿No le preguntaste?
—¿Para qué?
—Papá siempre se aprendía los nombres de las personas a quienes mataba—dijo, solemnemente, como si fuera el mayor acto honorable—. Decía que era lo mínimo que podía hacer, recordarlos, no tratarlos como masas de carne.
—La verdad, Bill —comentó Tom, acomodándose la chaqueta de vuelta—, siempre me pareció irrelevante. Escucha, debo hablarte de algo.
Sospechando hacia dónde guiaría la conversación, Bill subió al auto de su hermano. Alguien más conduciría el suyo hasta la casa. Había un largo camino que recorrer, por calles menos habitadas.
Tom subió al auto y no dio vueltas en el asunto.
—Andreja es la rata.
—¿Qué? —Bill se volvió desconcertado—. ¿Por qué?
—Es la única ajena a la familia, de quien no sabemos nada a pesar de que vive en la mansión desde chica —decía, en un tono neutro y frío mientras conducía—. No hay otra opción.
—Tom… —Bill no pudo resistir reír—. No es la única ajena a la familia desde hace tiempo, bien sabes eso. Si hay una rata, créeme, es uno de los hombres cercanos a Faust. Nosotros ni siquiera íbamos a tener este trabajo seis meses atrás. Anis no enviaría a alguien tan joven a infiltrarse en una mafia llena de hombres.
—Papá le dio el trabajo de mesera, ella escucha todo.
—No hay forma de que Anis previera que papá fuera a ofrecerle un trabajo como ese —Buscó un paquete de cigarrillos a su alrededor—. Además, ella no tiene cabida en las verdaderas reuniones.
—Es la jodida mesera, Bill, siempre estaba ahí —replicó, indignado—. A veces nosotros no podíamos entrar y ella estaba escuchando.
—Y ella nos contaba a nosotros, ¿entonces cuál es el problema?
—Ese es el puto problema, ella lo sabe todo.
—No es cierto —Bill comenzaba a fastidiarse—. ¿En serio estamos en tu auto? ¿Dónde demonios están los cigarrillos?
—Esa era la verdadera razón por la que empecé a aparecerme en su habitación de noche.
—Por supuesto, no tenía nada que ver con sus tetas.
—Que no te interesen las tetas no hace que al resto del universo tampoco, Bill.
—Jodete —Alzó el dedo medio—. Y dame un jodido cigarrillo.
Tom buscó en el bolsillo interno de la chaqueta y le arrojó el paquete en el que quedaban solo dos.
—Ella ni siquiera conoce los caminos secretos —comentó Bill, a medida que encendía uno—. No creo que haya puesto un pie jamás en el barrio bajo —Recibió un quejido entre dientes como respuesta—. ¿Qué? ¿Acaso los conoce? ¿Y yo no? Jodete, Tom. —Pateó el piso del auto con fuerza.
—Yo no se los mostré.
—¿Entonces quién?
—Papá…
Bill escuchó la historia del trabajo encubierto de Andreja con Ría y cómo supuestamente su padre lo había organizado. No terminaban de creerle, ninguno de los dos.
—Recuerdo a papá diciéndome que la cuidara —agregó Tom—, porque ella hacía más por la mafia de lo que nadie le daría crédito.
—¿No te dijo Ría que no conocía a nuestra rata?
—Podría haber mentido pero, para hacerlo era más fácil negar la existencia de una.
—Jodida Andreja… —murmuró Bill—. Hace lo que papá no me permitía.
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La historia de Tom usando tiempo y fuerzas para vengar la muerte de una puta se expandió por el aire como un virus a través de las venas de la familia. Llegó a los oídos de todos y cada uno de los integrantes indignados de la mafia Königtum, quienes repudiaban la conexión con tales criaturas de los barrios bajos. Como la gota que derramó el vaso, solo pudieron reunirse una vez más, a los gritos en la puerta de la mansión de Faust. Muchos dijeron lo que pensaban en masa, asesinar sin más a los Kaulitz y a cualquiera que osara seguir sus pasos. ¿Por qué no ocuparse de ellos de una vez, entonces?
No era tan fácil: había muchas familias poderosas aun respetando a Jörg Kaulitz, lo suficiente como para ocuparse de sus enemigos y encargar una venganza hacia los traidores. No servía de nada asesinarlos: ellos caerían y otros tomarían el poder; más específicamente, Vororte, y la historia continuaría igual. Ellos tenían influencia a partir de sus orígenes, así que Faust les dio una sola opción a sus hombres: seguirlo o quedarse con los Kaulitz. Comenzaría una guerra como fuera posible y tomaría la ciudad que le pertenecía.
Continuará…