Mit dir, in die Nacht II: Largo Invierno

Capítulo 1: Bajo los tilos (P.2)

Bill

Hoy era el tercer día. Hoy podía llamarle por fin de una vez por todas. Hoy podía volver a escuchar su voz y hablar normal. Bueno, después de una bronca probablemente, pero lo más seguro es que después de dos horas al teléfono, acabáramos diciendo que nos echábamos de menos. O al menos, eso me gustaría.

En realidad al llevar tantos días sin salir de casa y estirado todo el día en el sofá o en la cama, con el ordenador encima, esta última noche no había podido pegar ojo, y básicamente porque ya no tenía sueño, ni estaba cansado.

La luz del tercer día empezaba a asomar en rayos de luz por mi habitación, y me pregunté si llamar a las 6 de la mañana iba a ser demasiado pronto…

Vale, quizás sí.

Bajé y me preparé tostadas con un vaso de leche chocolatada y finalmente me senté en el sofá y encendí la tele. ¿Había algo a estas horas? Por primera vez desde que me bajé del autobús no me sentía tan mal. Hoy por fin se podría volver a solucionar todo y eso era lo único que importaba. No sé porqué, pero tenía una sensación muy buena de cómo iba a salir las cosas, y eso me alegraba enormemente. Oh Tom, ¡me muero de ganas de hablar contigo!

Para matar el tiempo decidí ir a buscar el número y ni que fuera registrarlo ya en los contactos, y en cuanto acabé de desayunar y mirar las noticias 24h, me volví a subir escaleras arriba hasta que llegué a mi puerta. Abrí la puerta y me fui directamente a mi armario. Sabía perfectamente en qué pantalón había guardado ese papel, así que lo busqué bien rápido. Como no estaba sucio no lo había puesto a la lavar así que seguía por aquí.

Lo encontré a la primera y lo saqué, lo extendí con los brazos un poco y me puse a buscar en el bolsillo derecho de la parte de atrás de pantalón. Siempre que tengo que guardar algo, mi auto reflejo no se porqué, me pone a guardar cosas en ese sitio, siempre.

Metí los dedos con ansias pero se me heló el cuerpo cuando no pude encontrar nada ahí. Me quedé petrificado un instante, y de pronto el latido tan acelerado de mi corazón, empezó a ir tan deprisa que acabó devolviéndome a la realidad.

Me fui enseguida al otro bolsillo, y escarbé en él sin encontrar nada. Me estaba poniendo cada vez más nervioso y me dirigí a los bolsillos de delante.

Nada.

Volví de nuevo a tras, volví a mirar una y otra vez, con tijeras rompí el bolsillo y los separé sólo por cerciorarme al cien por cien de que no se había quedado enganchado en la tela y no pudiera notarlo con los dedos.

Evidentemente, no encontré nada.

Estaba empezando a faltarme la respiración y empecé a mirar en todos y cada uno de los pantalones que me había llevado al campamento, tirando al suelo todas las prendas una vez las comprobaba.

Esto no podía estar pasando.

Bajé a bajo, a la sala de la lavadora y miré en todas las cestas de ropa limpia. Era imposible que el numero estuviera en unos pantalones que justo había puesto a lavar, porque NO eran esos los que estaba usando aquel día, pero tenía que cerciorarme del todo.

Nada de nada.

Me puse a llorar desconsoladamente al lado de un montón de máquinas de limpieza, y me tiré en el suelo sin saber qué hacer. La desesperación se estaba apoderando de mí y ya no sabía qué era y qué no era real. Desde luego, lo que yo deseaba que no lo fuera, era justo lo que estaba ocurriendo en mi vida.

Estaba hiperventilando y no podía ni llorar en voz alta aunque estuviera completamente solo en la casa. Tenía ganas de chillar pero todo lo que me salía de la garganta eran sonidos ahogados por una desesperación enorme.

¿Qué coño había pasado con aquel número de teléfono? ¿Cómo es posible que no estuviera? ¿Se salió volando por las buenas o algo así? ¿Se me caería sin querer de sentarme en el autobús y cambiar tanto de postura intentando dormir? ¿Había llegado a estar en el bolsillo en algún momento…?

Intenté recordar alguno de los números que había. Pero las lágrimas me nublaban incluso los recuerdos. Apenas recordaba el número tres, el número cinco… Poco más.

Ni siquiera podría recordar cual de esos dos números iba antes.

Oh dios mío, ¿Y ahora qué mierdas hacía? ¿Cómo podía conseguir su número? ¿Georg? ¿Georg tendría el número de Tom? Igual por cosas del grupo se lo había intercambiado con él… ¡Quizás tenía el de Gustav! ¡Y Gustav seguro que tenía el de Tom!

Miré la hora, eran las siete de la mañana…

Vale, hoy era lunes, pero seguía siendo verano, y por mucho que Georg decidiera tener un día productivo y levantarse pronto, seguro que las 7 de la mañana no iba a ser su elección.

Intenté pensar en más maneras en las que buscar su teléfono pero el estrés me estaba matando, y tenía tan fija la idea de que Georg me iba ayudar que no podía pensar con claridad en otra cosa más. Me tumbé de nuevo en el sofá e intenté concentrarme en los anuncios que estaban dando, en la programación entera, en cada uno de los canales en los que me ponía a curiosear. Intentaba mantener mi mente alejada de la realidad el máximo tiempo hasta que fuera una hora prudente para poder llamar.

Jamás en la vida el tiempo había pasado tan lentamente. Me había mordido las uñas y ya no quedaba nada más que meterme en la boca. Los pellejos de los lados estaban también destrozados y cuando me fui a echar agua en la cara, vi que tenía los dientes llenos de pintura negra que se había separado de las uñas al morderlas.

Decidí en arreglarme las uñas ni que fuera con un tono negro encima. Tardé años porque quería ir lento, quería alargar el momento para cuando mirara la hora, fuera la idónea para poder despertar a Georg. Y finalmente, ocurrió. Eran las 10. Me daba igual si era pronto para él, pero para el resto del mundo, ya era una hora respetable.

Marqué su número de memoria y me maldije a mi mismo por no haberme obligado a aprenderme el de Tom en cuanto lo tuve delante. Intenté tranquilizarme pero cada vez que sonaba un timbre y Georg no contestaba, el sentimiento de desesperación volvía a apoderarse de mí. Notaba las ganas de volver a llorar y sin poderlo evitar, los ojos se me inundaron de lágrimas y una de ellas se resbaló por mis mejillas sin pedir permiso.

-Georg… Contéstame… – dije en voz alta, apunto de volver a morderme las uñas. El olor a acetona me paró los pies, pero no las ganas.

Me saltó el contestador.

Ahogado un grito de frustración volví a marcar el número y esta vez, mientras sonaba los tonos no pude evitar llorar otra vez. Esto no podía ser verdad…

– ¿…Hola? – la voz del grandullón hizo que el corazón se me parara un instante. – ¿Bill qué diablos pasa…? Son las diez de la mañana, por el amor de dios…- durante un instante intenté contestarle pero me di cuenta que la voz no me salía.

-…snif. – creo que era el único sonido que llegaba a reproducir.

– ¿Bill? ¿Bill estas llorando? – esta vez si que llegué a sollozar ante el aparato, sin ser capaz de pronunciar palabra. Que Georg se preocupara por mi hacía que me entraran más ganas de llorar. – Bill, respóndeme por favor. ¿Qué pasa?

-Georg… Georg… – me puse a temblar como loco y el teléfono casi se me cae de las manos. Intenté serenarme mientras la voz del castaño sonaba más fuerte en mi oído, pidiéndome que me calmara. – oye yo… Perdona, me he puesto nervioso… – aún se me entrecortaban las palabras y me costaba pensar, pero finalmente conseguí poner los pies en la tierra. – Es que… No encuentro el teléfono de Tom, y me ha entrado una taquicardia…

– ¿Cómo? A ver espera Bill, ¿quieres que quedemos en tu casa y vamos a hacer un café y me lo explicas bien? No estoy entendiendo nada. Así de paso te saco de ahí, que tengo entendido que no has salido ni a coger aire limpio. – medité un poco sus palabras pero finalmente acabé aceptando.

-Sí, está bien… ¿Cuánto tardas en venir?

– Pues entre que me despejo y me visto un cuarto de hora, y otro cuarto de hora hasta llegar a tu casa. ¿Te da tiempo? – en realidad no me daba tiempo, porque para salir a la calle necesitaba alrededor de una hora, pero hoy no me sentía con ganas de querer estar demasiado deslumbrante.

-Sí, en media hora en mi puerta.

En media hora justas, Georg estaba pitando desde la calle, esperando a que saliera de mi habitación y me metiera en su coche. Apenas recogí la cartera, el móvil y las llaves y salí de ahí. No me había maquillado absolutamente nada más que un poco de base de mi color, para que no pareciera un zombie que no había dormido nada y que encima se había pasado la mañana llorando. También usaba unas gafas de sol que llevaba en el pelo sólo por si me encontraba a alguien en la calle y no quisiera que me reconociera y se diera cuenta de lo espantoso que iba.

Me metí en el coche y saludé a Georg con una sonrisa, que me miraba con una ceja alzada, algo preocupado. Suspiró y luego me tendió la mano para que se la estrechara.

Condujo hasta el centro y ahí aparcó en un parquin después de no encontrar ni un solo sitio donde poder dejar el puñetero coche a luz del día. Nos fuimos a mi cafetería favorita, una de las más caras de Berlín, pero es que esta estaba justo en la avenida de Unter den Liden, que es prácticamente la más famosa de la ciudad. Era bonito ver a los transeúntes pasear de arriba abajo haciendo fotos a los preciosos tilos, a las bonitas cafeterías y a la bonita perspectiva de la puerta de Brandemburgo. Desde luego, un sitio precioso que visitar si vienes a esta ciudad. Pero bastante caro, por supuesto.

Antes de sentarnos en una de las mesas del boulevard, compré tabaco porque me había quedado sin, y hoy necesitaba fumarme unos cuantos para calmar los nervios.

Seguro que Georg me ayudaba en este aprieto, segurísimo.

Nos acabamos sentando y bien pronto teníamos los dos delante una cerveza para Georg y yo un café con hielo bien bueno. La chica que nos atendió fue la de siempre.

Una preciosa morena que iba bastante tatuada, llamada Caroline. Esta fue muy amable y como ya nos conocía, nos puso dos pastas completamente gratis. Aunque creo que le había guiñado un ojo a Georg, y este sin haberse dado cuenta. ¿Esto había pasado antes? ¿Estaría Carol interesada en él? ¿Desde cuando? Maldito enamorado, tiene un pivón de la hostia en sus narices, y ni se ha dado cuenta.

-Vale, desembucha marica. – dijo, robándome el paquete de tabaco bien rápido, y sacándonos uno a cada uno. Me quedé atónito por primero, cómo me había llamado y segundo, por el robo descarado de nicotina. Él simplemente sonrió y después me lanzó un beso seguido de un guiño. No pude más que reírme.

-Bueno, que sepas que esto se podía solucionar por teléfono, pero ya me venía bien salir un rato. Necesitaba realmente estirar las piernas e intoxicarme un poco con el humo de los coches.

-Qué poético, Bill.

-Ya bueno, estoy depresivo.

-Bueno, lo dicho antes, desembucha colega. –le pegó un buen trago a su cerveza fría, que brillaba bajo el sol alemán, diciéndonos que aún estábamos en verano. – Grrr ¡Qué buena está la cerveza, joder!

-Bueno, es simplemente que el día que nos despedimos Tom y yo él me dio su teléfono en un trozo de papel porque ninguno teníamos el móvil encima y bueno… Creo que se me calló o algo así. El caso es que no lo encuentro por ningún sitio y esta mañana me ha dado un ataque al corazón por siquiera pensar que no sabía cómo contactar con él.

-¿Hoy? ¿De eso te has dado cuenta hoy? Pero si hace ya un par de días que volvimos del campamento… ¿Cómo es que el primer día no lo llamaste nada más llegar? – Georg me miraba confuso, y no era para menos.

-Pues porque Tom me dijo que esperara tres o cuatro días para poder llamarlo.

Digamos que quería un tiempo o algo así. – el tono triste afloró en cada una de mis palabras.

-¿Y? ¿Porqué mierdas le ibas a hacer caso? Ni que sea un mensaje de “He llegado bien, estoy en casa, te llamo de aquí unos días”. Una tontería Bill, algo que demuestre que sigues pensando en él pase lo que pase. – me quedé pensativo con todo lo que me había dicho y la verdad es que era cierto. Hasta que caí en un detalle.

-Es que ese día yo también estaba bastante enfadado porque me empujó y me hice mucho daño y ni me pidió perdón… En fin, ya conoces mi orgullo. – suspiré fuertemente y me froté la frente mientras reflexionaba en lo estúpido que podía llegar a ser. – Aunque de todas formas… no sé si quiera si pudiera haberle dicho “eh, ya estoy en el autobús”. Porque no sé si llegué a guardar el número o se me cayó al suelo sin querer… – de pronto, se me heló la sangre. – ¡OH DIOS MIO GEORG! ¡NOOOO!

-¿¡Qué?! ¿¡Qué pasa?!

-¿¡Y SI TOM VIÓ EL NÚMERO EN EL SUELO Y SE PENSÓ QUE LO TIRÉ APOSTA?! ¡¡AAAAHHH!!

-¿Pero qué dices? ¡No enloquezcas!

-¡¡AAAAHHH!! ¡¡Me muerooo!! – tenía ganas de arrancarme la piel a tiras.

De golpe Georg me pegó un bofetón en toda la cara que hizo que se girara media calle.

-¡Es un hombre, ¿vale?! ¡Tranquilidad! ¡Se puede defender de mis golpes y aún me podría hacer bastante daño!– Georg se puso a frenar los murmullos que había causado él mismo al haberme pegado.

-Juju… ahora se piensan que eres un maltratador.

-Cállate, ¿tú no estabas en una crisis? – dijo de reojo, mientras miraba desafiante a toda la gente que aún se iba murmurando alguna cosa.

-¡Oh dios mío, SIIII! ¡Me voy a morir! – volví, pero esta vez sobreactuando un poco, intentando volver al punto inicial.

-A ver Bill, si hubiera llegado a ver el número se las habría ingeniado para llegar hasta el tuyo y avisarte de que se te HA CAIDO. ¿Cómo mierdas va a pensar que lo has querido tirar? ¡Es imposible! No te preocupes por eso…

Intenté coger aire y finalmente me vi más o menos calmado. Saqué otro cigarro y seguí fumando una vez me acabé el anterior.

-Bueno, supongo que a estas alturas si hubieras tenido tú el teléfono de Tom me lo habrías dicho ya, ¿no? – dije con una voz triste. Este se encogió de hombros y me puso cara triste. – Me lo temía… ¿Y no tienes el de Gustav o alguien del campamento que me pudiera llevar a él? – negó con la cabeza. – ¿Enserio? ¿El de nadie? ¿Absolutamente nadie? ¿Mario? ¿Andy?

-Que no Bill, yo no hablaba casi con ellos dos. Y con Gustav me llevaba bien pero quedábamos simplemente en su cabaña a tal hora para ensayar y ya está. No hablábamos después ni nada. A más, ¿cómo es posible que me estés recriminando esto? Tú te acostabas con Tom y no tienes su teléfono. – puse cara de “vale, me callo”.

-Sí, lo sé, tienes toda la razón… Es sólo que yo que sé, con él no sabía ni de la existencia de las tecnologías. Es como que siempre estábamos juntos o nos encontrábamos mágicamente sin quererlo. Después ya casi “vivía conmigo”, y no nos separábamos ni cuando hacía clases… ¡Ay Georg, lo echo de menos! – casi tiré todo lo que había en la mesa del golpe que pegué al enterrar mi cabeza entre mis brazos, doblados encima de la mesa. Tenía ganas de no salir de ese “agujero” tan improvisado que acababa de hacer.

-A ver, ¿hasta cuando le puedes llamar?

-Me dijo tres o cuatro días. Y hoy es el día que hace tres.

-Vale, pues probablemente él querría que lo llamaras mañana, así que eso nos da un día de margen para encontrarlo, e incluso dos, porque quizás intentó ser amable contigo y quizás él querría que tardaras un poco más en llamar, para asegurarse de que se aclara del todo las cosas.

-Sí, tienes razón.

-Habría que pensar en dónde podemos conseguir su número de teléfono.

-Es que yo que sé. Vive en la otra puñetera punta de Alemania, Georg. ¿Cómo podemos siquiera pensar en encontrarlo? Si los números fueran tan fáciles de encontrar, había llamado a Leonardo DiCaprio hace años.

-Joder Bill, sólo hay que pensar un poco.

-Estoy pensando que sé dónde vive.

-¡Eso es genial! Podemos buscar en las páginas amarillas, y así encontramos su número de teléfono. Incluso con el nombre de su padre nos va mejor para buscarlo ahí. ¿Sabes como se llama él?

-Em, creo que se llama Jörg… Pero no sé cómo se llama la calle. – me acordé de pronto. Sabía perfectamente cómo era físicamente, y cerca de dónde estaba, pero nada más. – Es que estuve ahí una noche que Tom me llevó a cenar de extranjis, pero no sé ni el nombre de la calle ni de al lado.

-¿Y si te enseño un mapa? – sugirió este.

-¿Un mapa? Tardaríamos días en encontrarla, es una puñetera ciudad Georg. Además, como no sea desde Google Street view o lo que sea… ¡Y así seguro que estamos años!

-Bueno Bill, tranquilízate. Si tardas un poco más en llamarlo, no va a pasar nada, ¿vale?

Asentí, aunque cada vez que recordaba la situación, se me formaba un vacío en el estómago que me hacía un daño horroroso. Como si sintiera vértigo.

.

Tom

Hacía cinco días desde que amanecí por primera vez en Düsseldorf y Bill aún no había llamado. Me estaba empezando a mosquear. ¿Cómo diablos estaba tardando tanto en llamarme? Ni un triste mensajito “oye, sigo enfadado, llamaré más tarde”. ¡Nada! Dije tres o cuatro días colega, al tercer día ya debería trasnochar esperando a llamarme, ¿no? Dios mío Bill, me muero de ganas de hablar contigo.

No hemos estado ni dos días seguidos sin hablarnos, ¡ni siquiera sin vernos de lejos! Esto estaba siendo demasiado para mí.

Mario y Andy se quedaron bastante trastornados con la noticia de mi hermano gemelo, pero después de un rato, la noticia simplemente acabó derivando en “yo quiero tirarme a tu hermano gemelo”. Algo así como lo que dijo Bill… Tsk. Otra vez pensando en él. ¡Parezco yo al principio del campamento! Que no podía pensar en nada más.

Estábamos en casa de Mario, en un precioso ático de lujo que tenían sus padres, pero los cuales no estaban nunca. Su habitación era enorme y parecía un loft porque había como diferentes departamentos, sin estar separados realmente. Lo único que tenía paredes, era el baño, y la habitación en sí. Era como de madera y mármol todo, muy amplio y con mucha luz. Siempre que podíamos nos acoplábamos los tres ahí mientras que dejábamos que las horas pasaran como quisieran. Esta vez, yo estaba en la enorme cama de matrimonio, estirado y tragando techo como un subnormal, pensando en el moreno.

Mi guitarra reposaba a mi lado, que hacía ya más de media hora que había abandonado completamente. He de admitir que no me apetecía ponerme a tocar música ahora, y mucho menos nuestra música propia, porque aunque decidiera no tocar las canciones de Bill, si me ponía con las que eran mías, me pasaría lo mismo porque el moreno había cambiado todas las letras adaptándolas a su estilo, y aunque ahora estuvieran mil veces mejor, me acaban trayendo recuerdos de él, y nada más me falta intentar distraerme con música, y que esta fuera suya.

-Oye, tócanos música de Tokio Hotel – dijo Mario de golpe, que estaba sumergido en su ordenador de mesa. Andy que estaba en el balcón fumando, asomó la cabeza por la ventana más próxima a nosotros y también me dijo que tocara algo.

Malditos maricones, me han leído la puñetera mente.

-Paso… – dije, levantándome de golpe y rascándome el cuello. – ¡Pero qué calor hace! Y encima las puñeteras rastas hace que haga mil veces más calor… – me quejé, con ganas de estampar la guitarra en el suelo.

-Pues córtatelas ya, tío. Has estado con ellas demasiado tiempo diría yo. Deberías dar paso a otra etapa. –me sugirió el rubio. Lo miré un instante y luego me agarré la primera rasta que tuve a mano. La acaricié con los dedos.

-No sé si sería capaz… A ver, supongo que en algún momento tendría que hacerlo, pero… ¿ya? No sé, me va a costar mucho esto.

Nos quedamos en silencio y yo me volví a sumergir en un mundo propio. Aunque esta vez pensaba en mi pelo. ¿Debería cortarme ya las rastas? Llevaba un buen tiempo que no me dedicaba a repasármelas, así que igual ya tenía unas buenas raíces como para cortármelo sin necesidad de raparlo al cero. Incluso aún podría tener el pelo un poco rollo adolescente rebelde. Dónde vas Tom, que ya vas a hacer los veinte tacos, por dios.

-Chicos chicos chicos, ¡mirad esto! – la voz de máxima sorpresa de Mario y su mano frenética indicándonos que nos acercáramos de inmediato hizo que al instante, me pusiera a su lado para ver qué pasaba.

-Oh dios mío… – mis ojos se abrieron tanto que me dolían. -¿Qué coño…?

-¿Qué qué? – el rezagado de Andy que había tenido que tirar lo que le quedaba de cigarro, entró corriendo en la habitación, teniendo que soltar la mitad del humo, irremediablemente aquí dentro. El rubio no pudo articular palabra hasta después de unos instantes. – ¡Eeeeh! No me lo puedo creer, qué guay tíos! ¡Dale volumen!

En la pantalla del ordenador de Mario, estaba sonando Durch den Monsun de Tokio Hotel. O sea, de nosotros. Y era un live. O sea, en el campamento.

-¡Alguien se dedicó a grabar todas las canciones y a publicarlas, qué genial! – en vídeos relacionados podías ver toda una lista de canciones con el artista llamado Tokio Hotel, aunque el canal era de un tal David Jost. – ¡Fíjate, está realmente todo el puñetero concierto!

De pronto se me paró el corazón cuando pude distinguir un video más azulado que el resto, con sólo dos pequeñas personas sentadas en el escenario.

-Dale a ese. – le señalé. Mario me miró tierno y simplemente me asintió con la mirada algo triste finalmente. Me senté en el filo de la cama, y Mario giró un poco la pantalla hasta donde yo estaba y se reclinó cómodamente en la silla.

Puse la mandíbula muy tensa y volví a meterme en aquel momento. Otra vez éramos Bill y yo solos en el escenario, y este me miraba tiernamente mientras me recitaba todas la letra que habíamos compuesto.

Cogí mucho aire, y en ese mismo instante empecé a notar como se me ponían los ojos vidriosos y empezaba a no poder ver. Mierda Tom, ni se te ocurra ponerte a llorar.

-Eh eeeh, tio. ¿Qué haces? Tranquilo. – la mano de Andy en la espalda me reconfortó un poco, pero la voz me siguió sonando igual de destrozada.

-No me ha llamado aún. – tenía ganas de acercarme más a la pantalla, como si de esa manera llamara la atención del Bill que había ahí, y me mirara para acabar sonriéndome y saludándome con la mano. – Dios mío, estoy de los nervios…

-¿Tú no tienes su teléfono? – preguntó Mario, parando la canción antes de que me pusiera peor.

-No joder… No sabéis la de veces que he pensado en lo estúpido que fui al entregarle sólo mi número. ¿Cómo no se me ocurrió pedirle el suyo? ¿Es que soy imbécil o qué?

-Un poco, pero él te quiere igual… – Andy me dio un pequeño golpe pero me sonreía.

-Pues no lo parece… ¿Cómo es posible que no me haya ni enviado un mensaje? ¿Está tonto? Oye… el autobús llegaría bien, ¿no? – de pronto el corazón me empezó a latir tan fuerte que creí que me estaba dando un ataque al corazón. Una catástrofe ocurría en forma de fotogramas difusos en mi mente, y sólo podía ver a Bill cayéndose al vacío junto con todos sus compañeros, al haber tomado mal una curva rocosa, que desembocaba en la nada.

-A ver a ver, flipado. Si hubiera pasado algo, el primero en haberse enterado habría sido tu viejo, y luego toda Alemania. ¡Habría salido en las noticias, tío! Tranquilízate.

Hace cinco días de eso, así que definitivamente, no, no ha pasado nada de nada. – las palabras de Andy me hicieron volver a la realidad. Está claro que bajo presión, yo no trabajo bien.

-Oye, ¿quieres que lo busquemos en Facebook? Igual tenemos suerte y lo encontramos. – propuso Mario.

-Emm… Vale, pero yo no sé cómo funciona esa mierda. No tengo. – dije, alzando los hombros.

-Bueno, pues lo buscamos desde mi Facebook, y le envío un mensaje. – alzó las cejas como preguntándome ¿te parece bien? y simplemente asentí enérgicamente mientras me ponía aún más al filo de la cama, acercándome al máximo pero lo que hizo después me descolocó un poco.

Apagó la pantalla del ordenador de mesa, y sacó otro ordenador portátil de uno de los cajones. Lo abrió y mientras dejaba que este se encendiera se puso a mi lado en la cama, pero justo en el centro de esta, apoyando la espalda en las almohadas y en la pared, estirando las piernas. Nos hizo gestos para que nos pusiéramos cada uno a un lado suyo, y así cumplimos.

El moreno se puso a abrir rápidamente el navegador y puso la palabra de la famosa red social.

-¿Mario K. Rowling? ¿Pero qué coño? – Miré atónito el nombre que Mario se había agenciado para mostrarse en internet. – ¿Qué mierda de friki eres, colega?

-Eeeeh eeh, sin faltar, amigo. Todo el mundo le debe un riñón a esa mujer. – dijo, alzando un dedo, mostrando su indignación. – A más, no me gusta poner mi nombre real en internet.

-A mi tampoco me gusta poner mi nombre. – intervino Andy, dándole soporte a su amigo.

-¿Y tú como te llamas Andy Weasley? – ironicé.

-Andy Tolkien… – se sonrojó.

-¡Maaaaaadre mía! ¿Vosotros os imagináis a Frodo y Harry montándoselo, no? – dije con cara de asco. El moreno simplemente se dedicó a sacarme la lengua.

-A ver, volvamos al tema importante. ¿Cómo se llama Bill? – me dijo de pronto.

Me quedé pensativo durante unos instantes, e intenté recordar todas las cosas que me había dicho de él durante todo el campamento, pero no conseguía recordar esa en concreto. Yo estaba segurísimo que había visto o oído su apellido en alguna parte, pero ahora no acababa de caer.

-¿Tom?- la voz de impaciencia de Andy, resonó en medio de mis cálculos mentales.

-Si ya voy, es que… ¡No lo recuerdo! – de pronto, en un flash mental, la imagen del primer día de campamento me apareció en la mente. ¡La lista de las cabañas! En esa lista está el nombre de todos los alumnos. – Mario, métete en mi correo electrónico.

Me envié la lista de alumnos a mi mismo para poder imprimirla desde donde quisiera. – el moreno me hizo caso y en menos de dos minutos, mi corazón empezó a palpitar con emoción. Un documento se abrió ante nosotros y me puse como loco a buscar la cabaña 45, la última de todas, ese sitio donde habían pasado tantísimas cosas.

-¡Bill Trümper! – Andy, más rápido que ninguno, señaló en la pantalla el nombre de mi novio y Mario cambió rápido de pestaña para ponerse a buscar. Sentía que el corazón se me iba a salir del pecho de los nervios que tenía.

.

Bill

Me voy a morir, han pasado ya cinco días y nada de nada. Tenía ojeras de buscar su dirección en Google maps, Street view. Ni siquiera me acordaba del nombre de aquel restaurante para buscarlo más rápido. A demás, si con el nombre del padre no habíamos encontrado nada en las páginas amarillas, ¿qué coño iba a encontrar con la dirección?

Estaba malgastando el tiempo de mala manera, pero no sabía qué diablos hacer. De pronto, se me vino una iluminación que casi me dejó ciego, pero por el golpe que me estaba apunto de dar.

-¡Georg! ¡¿Cómo mierdas no se me ha ocurrido mirar en redes sociales?! – desde luego, si eso llega a ser un tiburón, hace días que me habría tragado.

Estábamos en su casa, disfrutando un poco de sol veraniego, tumbados en el balcón.

Bueno, él estaba tumbado, yo tenía las piernas encogidas y no dejaba que me tocara el sol. Llevaba demasiados días deprimido como para siquiera ponerme a disfrutar del calor del verano. Me sentía culpable, y lo último que quería era estar pasándomelo bien cuando yo ya tendría que estar hablando con Tom a todas horas y concretando una cita inminente.

Esto se estaba haciendo difícil de cojones.

Georg se sobresaltó de golpe, y me miró atónito. Alzó una mano y me indicó con esta que no me moviera del sitio, y me quedé ahí petrificado.

Al cavo de un par de minutos, Georg sacaba un par de sillas para la mesa de madera que tenían fuera y un cenicero con un paquete de tabaco. ¿Pero este no me escucha?

¡Facebook, hola! Volvió a meterse rápidamente dentro de casa, y sacó el portátil, que abrió mientras se dedicaba a quitarle el plástico al paquete de tabaco completamente nuevo.

-Bill, eres un genio, y yo un imbécil por no haber caído en eso antes. – dijo dándome una golpe en los hombros. Me miró y durante un instante se me quedó con los ojos fijos en mí. – Oye, ¿has hablado ya con Ash? – no le aparté la mirada, pero tenía ganas de hacerlo.

-No, la verdad… – dije algo triste. – No hemos hablado absolutamente nada desde que salí de aquella habitación. Y no sé ni cómo mirarla a los ojos… Sé que lo hice fatal, y no sé cómo decírselo. ¿Tú has hablado con ella de esto? – el sonido del ordenador iniciándose me distrajo un instante.

-Bueno, de esto precisamente no, pero si es verdad que cuando tu nombre sale en la conversación ella se pone bastante triste. Creo que está deseando que le pidas perdón.

Simplemente asentí, absorbiendo esa información, y sin saber muy bien cómo podía llegar a llevarlo a cavo, pero que de alguna de las maneras, tenía que ser así.

Georg abrió el explorador de internet y bien rápido se puso a abrir la red social más famosa del mundo. Su perfil apareció en grande ante nuestros ojos.

-¡Eeehh, tú también sigues teniendo el apellido de la asignatura de creatividad!

-Tss, yo y toda la clase Bill. Cómo se nota que casi no entras en internet… – Y es bien cierto, como mucho miro películas o series.

Lo de los apellidos viene de hace un par de meses en esa asignatura. El profesor nos hizo hacer un ejercicio bastante interesante en donde todos los de la clase nos cambiábamos el apellido en Facebook por algo que nos gustara o nos caracterizara.

Tenía que ser lo suficientemente creativo como para que después, entre todos lo adivináramos. El profesor proyectaba la pantalla del ordenador y se ponía en su propia cuenta de manera que si buscaba a algún alumno sólo por su nombre de pila, este no saliera automáticamente. Fue gracioso porque a veces no eran demasiado evidentes, pero se conseguían adivinar igual. Fue tan guay e interesante, que por lo visto casi nadie se ha cambiado el nombre. Ashley se apellidaba Strawberry, muy original ella, Georg también había estado tres horas para ponerse el apellido por lo que parecía porque se había puesto Bassist Mann, y yo de los pocos de la clase que nadie consiguió adivinar el apellido (ni siquiera ellos dos), después se sintieron estúpidos al darse cuenta que me llamaba Bill Freiheit. ¡Mi puñetero tattoo, por dios!

-Bueno qué más da, búscalo. – me miró por encima del hombro y luego se rió. Enfiló los dedos hasta el teclado y puso el nombre de Tom.

-¿Supongo que es Tom Kaulitz, no? – preguntó, algo inseguro. – Si el campamento se llama Kaulitz, será por su padre, digo yo. – puse cara de circunstancias pero luego asentí enérgicamente.

-Claro que sí, no tiene otro sentido más que sea su apellido. – acabó de teclear el nombre y nos llevamos una sorpresa horrible cuando nos salieron cientos de resultados.

Estuvimos más de media hora mirando perfil por perfil aunque aún teniendo la foto en pequeño supiéramos que no era él. ¡Nunca se sabe! Pero evidentemente, todos nuestros intentos eran en vano, y cada vez que íbamos bajando más las posibilidades de encontrarlo se hacían cada vez más grandes. ¡Cómo era posible que hubieran tantísimos Tom Kaulitz! Ni que fuera un nombre tan tan común, por el amor de dios.

El sol empezaba a desaparecer y yo notaba como Georg cada vez estaba más estresado, pero yo no quería abandonar tan “rápido”. De pronto se me ocurrió algo.

-Georg, ¿y su buscamos al padre? O al campamento, igual tienen una página con el teléfono del padre o la empresa…

-Eh sí, bien pensado.

El buscado dejó de tener el nombre del hijo para pasar al de Jörg, sin cambiar el apellido. De nuevo nos llevamos la gran desilusión de encontrar demasiados resultados para lo que esperábamos.

-Da igual Georg, busca directamente el campamento y yo ya me dedicaré esta noche a lo del padre… – le puse cara de “lo sé tío, estas hasta los huevos”. Este asintió, agradeciéndomelo.

-Campamento Kaulitz… – dijo en voz alta, mientras lo escribía.

No resultados.

-Jooooooooder, ¿pero qué mierdas pasa? – dije, casi subiéndome por las paredes.

Hoy era el puñetero “fin de plazo”, si no lo llamo hoy, pasamos al sexto día, y se pensará que no lo quiero llamar, que sigo enfadado y vete tú a saber qué más. JODER.

-A ver, voy a probar a buscar en internet directamente la página web de ellos. No puede ser que no tengan página web… – Georg también parecía que estaba apunto de suicidarse. Con todas las tecnologías que hay en el mundo, ¿y no hay manera de encontrarlos? Esto parecía una broma.

De nuevo escribió el apellido de mi novio por enésima vez acompañado de la palabra Campamento, y apareció un resultado. En él aparecía el nombre de la empresa y justo de bajo, en letras más claras, una descripción de la página. Düsseldorf, mes de estancia, lago…

-¡Sí, sí! ¡Tiene que ser es página, dale! – dije emocionado. El castaño no se lo pensó ni un instante que ya se estaba cargando la página. Esperamos unos instantes y luego de que estos se me hicieran eternos, las palabras “lo sentimos, estamos en construcción, volveremos lo más rápido posible”, ensombrecieron nuestros rostros. –Mierda, aún está en construcción. Lleva así un tiempo, porque en casa de Tom ya lo vi… Joder, Jörg es imbécil. ¡Tiene un negocio incomunicado! Ni Facebook, ni una página web a la que poder consultar.

Me supo mal insultar a aquel hombre porque aunque sabía que había tomado una mala decisión con su hijo, a veces le podías notar el aura de pena y tristeza que le envolvía constantemente. Está claro que él tampoco estaba demasiado contento con lo que hizo, y se arrepentía. Es más, creo que jamás dejaba de pensar en ello. Oh por lo menos cuando yo lo miraba, porque siempre estaba igual.

.

Tom

Nada. ¡Nada de nada!

-¿Pero qué coño está ocurriendo? ¿Hay un vacío tecnológico en la clase de Bill o qué mierdas pasa? – tenía ganas de arrancarme cada rasta una por una de los nervios que estaba adquiriendo. – ¿¡Ni un puñetero alumno aparece en Facebook o que?! ¡Es imposible! – al haber perdido la esperanza con Bill, Georg y Ashley no nos quedaba otro remedio que intentar contactar con alguno de su clase para que este nos diera su teléfono, pero parecía que nadie tenía Facebook.

-Ya lo creo que es imposible. Por el amor de dios, son universitarios, hoy en día nada más que se usan las redes sociales para poder comunicarte con tus compañeros.

¡Tráfico de apuntes! ¡Ya nadie usa fotocopiadoras! ¡Foto con el móvil, y pa’l Face! – la voz de indignación de Mario resonó. – Bueno, por lo menos lo hacemos así en mi facultad.

Resoplé fuerte y miré de nuevo el móvil por enésima vez, con la estúpida ilusión de encontrar alguna llamada de la que no me había enterado, de un numero que no tuviera guardado en la agenda, y de la que magistralmente no me había dado cuenta aunque no parara de comprobar que el móvil no estaba en silencio.

-Esto es el colmo… No me puedo creer que aún no me haya llamado. Es imposible.

-A ver, tranquilidad. Igual se enfadó mucho por el golpe, y ahora está alargando más la llamada para que ¿sufras? O algo así. A ver, no conozco mucho a Bill, pero por enfados he llegado a ver de todo… – no sé si Andy intentaba tranquilizarme, pero desde luego que no estaba sirviendo de mucho.

-Vuelve a buscar su nombre… – dije, como por décima vez en toda la tarde.

-¿De nuevo? Tom, ¡lo hemos comprobado tropecientas mil veces!

-¡¡Ya lo sé!! – me salió casi un suspiro ahogado de fondo, como si intentara aguantarme el llanto. Sabía perfectamente que estaba llevando esta búsqueda demasiado lejos porque no avanzábamos y yo seguía insistiendo en el más que escarbado primer punto. – Ya lo sé, joder… Lo siento. – me tapé la cara con las manos.

-Oye, no lo sientas. Perdóname tú a mí… No quiero ni imaginarme tu situación. Ahora mismo lo vuelvo a buscar. – Mario cambió el tono de voz y me hizo sentir culpable.

-Gracias… Es sólo, igual nos hemos saltado alguno de los nombres de la lista, y uno de ellos es él… – en realidad lo decía por decir. Lo habíamos mirado tantas veces que me sabía incluso las fotos de cada perfil. Esto era una puñetera mierda.

Volvimos a comprobar todos los nombres de personas que se llamaran “Bill Trümper”, y nos dedicamos a meternos en los perfiles de todo el mundo. Esta vez, la búsqueda estaba siendo más que intensiva, y si no lo encontraba así, ya si que no habría manera.

Una hora más tarde Mario se levantaba de ahí, suspirando sonoramente, y apartando el ordenador con cuidado. Se dirigió hacia la entrada del balcón y vimos como sacaba el tabaco. Nosotros dos lo seguimos. Estaba claro que necesitaba un poco de aire puro… y algo de nicotina. Andy apareció en un segundo al lado de Mario, pero yo tardé bastante más, arrastrando los pies como si me pesaran dos cadenas perpetuas en cada uno. Nada más salir, pude ver que estaba anocheciendo, y el Sol se escondía de nosotros dejando una mancha rojiza por todo el cielo. Algo me decía que era la sangre que salía a borbotones de mi corazón.

Diablos Bill… Llámame.

.

Bill

-Oye, ¿no crees que deberías poner tu nombre real en Facebook? – sugirió Georg de pronto.

Yo llevaba un buen rato que miraba al horizonte desde mi silla. Tenía una sensación horrible en el estómago que no había manera de librarme de ella. No hacía otra cosa más que respirar, y mirar como el sol empezaba a escabullirse.

Durante un instante, sentí un escalofrío muy extraño, y no se porqué, pensé que Tom estaba mirando el mismo sol, en este mismo instante.

Buah Bill, creo que esto te está afectando a la cabeza… Aunque ciertamente, algo en mi interior me decía que era así. Seguro que Tom estaba muy contento de que si hiciera de noche, es la parte del día que más le gusta. Suspiré, y negué con la cabeza.

Volví a la realidad.

-¿Por qué? – lo miré un tanto extrañado. No sólo por lo que me acababa de decir, si no porque llevábamos un buen rato, sin hablar, sin decir nada. Yo metido en mis pensamientos, y Georg… Supongo que metido en los suyos.

-Pues… ¿Y si te intenta buscar él? – dijo, como si fuera la cosa más obvia. Me incorporé al instante.

-¿Crees que Tom me intentaría buscar por internet?

-Hombre, no sé si ya mismo, pero probablemente en un tiempo, si aún no lo has conseguido llamar, intentará ponerse en contacto contigo. Y si tienes un nombre raro en Facebook, no va a tener cojones de encontrarte… – sus palabras silbaban una melodía preciosa. ¡Claro, necesito que él tenga todas las posibilidades de poder encontrarme!

Abrí el portátil y sin pensármelo dos veces me adentré en mi perfil para cambiar mi identidad y mostrarle al mundo mi verdadero apellido.

.

Tom

Para cuando todos los cigarros se hubieron consumido, ya no había resquicios del sol y el precioso manto de estrellas, se cernía sobre toda la ciudad, encima de nosotros.

¿Qué estaría haciendo Bill ahora? ¿También estaría mirando las estrellas? Oh vamos Tom, deja de pensar en él. Está claro que el chaval está demasiado ocupado como para ni siquiera llamarte. No le dediques tanto especio en tu mente si sabes que no te lo está devolviendo. Por muy imposible que te parezca… Volvimos a meternos en la habitación y fui directo a por mi chaqueta y mi guitarra.

-Oye, ¿quieres volver a comprobar el nombre de Bill por última vez? – dijo Mario, lastimero, sabiendo que llevaba la peor cara del mundo, pintada en la cara.

-No… Déjalo, gracias. – me coloqué bien la chaqueta antes de añadir algo más. – Bill es quién tiene que contactar conmigo. Si llega a hacer una semana desde que nos separamos y no me ha llamado, se estará buscando un problema conmigo. No quiero que lo busques por tu cuenta Mario, ya aparecerá tarde o temprano.

Lo vi cerrar el ordenador, supongo que aliviado después de la agotadora sesión de esta tarde. Los dos se pusieron la chaqueta y me acompañaron a la salida.

-Nos vemos en el bar en una hora. – dije, y ambos asintieron antes de separarse de mí.

Hoy tenía ganas de beberme todo el alcohol de la barra.

Continúa…

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