Largo Invierno 2 (P.2)

Mit dir, in die Nacht II: Largo Invierno

Capítulo 2: No estás en ninguna de estas putas (P.2)

Tom

Estaba sonando una música horrible. Era esa mierda comercial que no hace más que salir en la radio de mi coche nada más encenderlo, o en cualquier cadena de la tele en la que echaran “música”. Lo peor de todo es que sabría tararearlas prácticamente todas.

La luz apenas daba para ver nítidamente algo a un par de metros de ti, porque el resto estaba oscuro, o apenas iluminado con luces de colores parpadeantes.

No sabía muy bien qué me estaba diciendo la rubia que tenía delante, porque realmente no la estaba escuchando mucho. Lo único que hacía era pensar en que otra vez se me había acabado el cubata, y en cómo se le movían los pechos cada vez que gesticulaba algo con los brazos. La pobre muchacha era bastante tonta, por eso había desconectado.

Miré a mi alrededor y no vi ni rastro de las mariconas. Apuesto a que estaban echando un polvo en el baño… Joder tío, yo también quería un puñetero polvo. Pero no lo quería con la gilipollas de delate, lo quería con Bill, joder… Sólo con Bill.

No podía evitar acordarme de aquella vez que lo hicimos en los baños del comedor, oh dios… Me empalmaba de sólo recordarlo.

Ya estábamos a día 22. Un puñetero sábado día 22. Hacía más de veinte días que no sabía nada de él. Empezaba a no poder soportarlo. Sobre todo en estos momentos en que sin querer empiezo a beber demasiado, y mis amigos se van para pasar un buen rato.

Me asfixiaba. El alcohol me hacía pensar en Bill, y ellos me hacían pensar en sexo, lo cual me llevaba de nuevo a él.

Pero el muy hijo de puta no se merecía que estuviera pensando en él todo el rato. Él había decidido separar su camino del mío, y yo no podía hacer más que aceptarlo, y cagarme en todos sus muertos. Pero la rabia, no la podía aguantar, y el enfado tampoco.

-¿Y emm… a qué te dedicas? – la pregunta de la rubia me devolvió de pronto a la tierra.

-Trabajo con mi viejo de monitor en un campamento. – dije, bastante seco. Le hice una señal a la camarera que justo estaba pasando por al lado para que me trajera otra bebida igual que la que ya había pedido antes.

-Oh… Qué tierno. Entonces debes de estar acostumbrado a los niños… Es bueno oír eso – esa afirmación me dio repelús. ¿Qué mierdas me estaba intentando decir con eso? Que nos acabábamos de conocer por el amor de dios. Puñeteras locas.

-Sí bueno, no tengo más remedio… – intenté sonreírle un poco, aunque en el fondo me estaban dando ganas de salir corriendo.

-Vaya, que mono. – dijo, pegándole un sorbo a su bebida, lamiendo un poco la pajita. Ese gesto hizo que me diera un pequeño calambre en la entrepierna. ¡Pero será posible! Dios mío, llevo tanto tiempo sin echar un polvo que empiezo a encontrar atractivo una pequeña insinuación.

Joder Tom, que tú tenías más aguante. Es que joder, 22 días sin follar. Creo que ni con Bill estuve tanto tiempo sin hacerlo. No no no, joder Tom. Deja de pensar en Bill. – Y dime, ¿tienes novia? – preguntó, paseándose la lengua por los labios.

Esa era una buena pregunta. ¿Tenía novia? Bueno, está claro que novia realmente, no tenía. Pero, ¿tenía novio? Supongo que ya… tampoco. Si Bill hubiera querido arreglar las cosas ya me habría llamado hace mucho tiempo. Probablemente pensara que esto de vivir tan lejos era un gran problema. O quizás se había dado cuenta que sí seguía queriendo a Dawn, y había vuelto con ella.

Ese pensamiento hizo que el estómago me empezara a dar volteretas y me estaban entrando náuseas y vértigo de sólo pensarlo.

Bill no me necesitaba. Por eso no me llama.

No me necesita.

-No, no tengo. – dije, tan serio, que creo que supo que si realmente no tenía, es porque lo acabábamos de dejar, y la rabia aún me consumía.

En cuanto tuve el nuevo cubata delante, le pegué un trago tan largo que creí que lo vomitaría enseguida.

-Vaya, suenas a corazón roto. – la sonrisa de lado mostraba una actitud de autosuficiencia, como si se pensara que soy una presa fácil. A ver a ver, yo soy el depredador ¿vale?

-Ni hablar. – y de nuevo me volví a sumergir en el vaso.

-Dime Tom ¿tú eres de esos chicos que va cada día con una distinta? –alzó una ceja mientras decía eso.

-Pues sí, la verdad. – puede que haya tenía un desliz este verano, pero no mentía. – ¿Te supone algún problema?

-No no, para nada… – noté como poco a poco se iba levantando un ligeramente del taburete y dejaba de apoyarse en la barra. Me miró directamente. – Oye, ¿no prefieres sentarte en ese sofá para estar más cómodos? – miré hacia donde me decía, y vi un sofá que debía de ser más o menos rojo o de algún color parecido, que estaba prácticamente vacío. Apenas había una pareja en uno de los dos extremos. Me encogí de hombros y asentí.

Primero me senté yo, y luego se sentó ella justo a mi lado, con una pierna cruzada encima de la otra, que se apoyaba encima de una de mis dos piernas. Después recostó un poco el cuerpo sobre mi hombro. No me sentí muy cómodo la verdad. Bill habría sido un poco más reacio, y tendría que haberlo acabado buscando yo, y ese tipo de juegos son los que me gustan, no estar sentado con una tía que me follaría ahí en medio si le diera de beber un poco más.

Oh mierda, has vuelto a pensar en Bill. Joder.

-Háblame de ti Tom, siempre estoy hablando yo todo el rato. –arrastraba un poco las palabras pero eso no le impedía seguir siendo una pesada.

¿Qué quería que le explicara? ¿Qué tenía un debate mental sobre qué hacer? ¿No sé si follarte porque no sé siquiera si tengo un compromiso con alguien? Créeme que mi polla está deseando meterse en caliente después de tanto tiempo. Sinceramente no eres lo mejor que podría conseguir, pero estoy algo confuso como para currarme demasiado la cacería y después me tire atrás en un momento.

-¿Qué quieres saber?

-Mmm… No sé. ¿Cómo te gustan las chicas?

-Depende del uso. – dije cínico. – Si es de una noche, no han detener demasiadas cualidades, igual como mucho una cara bonita. – la verdad es que no tenía demasiado filtro. – Por lo tanto, con esa información creo que te basta. – no me molesté en suavizar el tono porque parecía que ella aguantaba todo lo que le decía.

-¿Ni siquiera un color de pelo en especial? – preguntó, con una ceja alzada. ¿Esperaba que le dijera que el ser rubia era un punto a su favor? Oh vamos, vaya pregunta tan estúpida.

-En principio eso no es ningún problema. – contesté, casi a desgana. No quise sujetarle la mirada, pero yo sabía que ella me estaba repasando entero. La pregunta era, ¿Tom, serías capaz de hacerlo? Era la primera vez que me preguntaba eso, siempre he sido capaz de hacer lo que quisiera con quien quisiera, sin ningún tipo de ataduras ni remordimientos. No importaba si estaba saliendo con alguna chica porque al final me acababa tirando a tres en la misma semana que habíamos empezado a salir, pero… Ahora era distinto, lo que sentía era real, y me… dolía tener siquiera en mente, la posibilidad de engañar a Bill.

Pero él no me llamaba, él pasaba de mí. ¿Por qué tenía yo que aguantarme? ¿Porque no podía desfogarme un poco? Ni que sea tirándome a una puta por detrás, sólo para acordarme de él.

Tenía derecho, ¿no?

Supongo que sí tenía el corazón roto. La gente hace cosas de esas por despecho.

.

No recuerdo cuanto tiempo estuvimos hablando pero lo siguiente más o menos claro en mi memoria fue cuando estábamos en el baño y los dos nos metimos juntos en uno de los cubículos. No sé cómo coño se dejó convencer, pero la muy zorra aceptó una mamada sin besos. ¿Os podéis creer? Le dije que no la quería besar y aún así aceptó chupármela. Qué puta.

Me apoyé en la puerta para que nadie pudiera abrir y empezó a desabrocharme el cinturón, ya puesta de rodillas y todo. No la tenía demasiado dura, pero imaginármela morena y más plana hacía que poco a poco empezara a cobrar vida.

Me la agarró con las manos y fuertemente empezó a masajearme. No lo hacía demasiado mal, y eso me hizo pensar que no era la primera polla que chupaba en esa semana incluso. Qué asco.

Noté su aliento acercándose peligrosamente y decidí simplemente cerrar los ojos y dejarme llevar. Desahógate Tom, desahógate.

De pronto, se alejó un poco.

-Oye, me imagino que jamás lo has hecho sin condón, ¿no? Me refiero, no me vas a pasar ninguna mierda, ¿verdad? – me la quedé mirando un instante y lo primero que pensé es que probablemente la que podría joderme la vida con alguna venérea era ella, pero de pronto, recordé algo que me hizo estremecer.

.

Noté que algo me zarandeaba con fuerza. Me incorporé de golpe y miré a todas partes. Me encontré con la cara de Bill a dos centímetros de la mía, mirándome radiante. ¿Pero a este qué le pasa? ¿Por qué me hace esto?

-¿Bill? ¿Qué diablos pasa? – me puse a mirar la hora. Eran las seis de la mañana. Recién salía el sol y empezaba a asomarse por las ventanas.

El pelo de Bill, tenía ciertos brillos dorados, que venían del fondo.

-Nada, que quiero pasar tiempo contigo antes de que te tengas que ir y he decidido despertarte antes. – dijo como si nada.

-¿Pero qué dices? ¿No ves que si ahora no me dejas dormir no podré rendir en todo el día? – dije tapándome la cara. No escuché ninguna respuesta y abrí un poco los dedos para poder ver. Me encontré con un Bill haciendo pucheros, con cara triste, como si fuera un perro abandonado. – ¿Esto es chantaje emocional? – siguió sin cambiar su cara, con los ojos abiertos y vidriosos. – Oh vamos, Bill… – me tapé la cara con la almohada.

De pronto sentí todo su peso encima mío, y no pude evitar doblarme un poco de dolor. Me rodeó con los brazos y después sentí cientos de besos recorrerme el cuello y las mejillas. ¿Qué le pasaba a este? ¿Porqué está tan radiante? Bueno, me encanta que esté radiante.

-Va hombre, y después dormimos una siesta los dos juntos o algo.

-No tengo tiempo para siestas, Bill… – le dije, un poco serio, intentando que no pusiera demasiada cara triste, porque me partía el corazón.

Al final, Bill me miró fijamente durante unos instantes, y acabó alzando una ceja, como diciendo “pues nada”. Se levantó y se dirigió hacia la puerta del baño. Cuando se le separaron finalmente las sábanas del cuerpo, me di cuenta que no llevaba pantalones. Dios, casi se me cae la mandíbula al suelo… Y para colmo, parecía que se iba a desprender de su camiseta también.

-Bueno, supongo que me tendré que quitar el calentón yo solo… Y pensar que me ibas a alegrar la mañana un poco en la ducha… – dijo, apoyando la mano en el marco de la puerta, y mirándome de refilón. Alzó los hombros y se metió en el baño, desapareciendo de mi vista.

Me quedé petrificado un instante, y luego boté de la cama quitándomelo todo a la velocidad de la luz. Me adentré en el baño y lo vi agachado, dándole al agua para que esta se fuera calentando un poco. Lo agarré por la espalda y lo alcé un poco.

-¡AAAAHHHH TOOOOOM! – gritaba entre carcajadas por las cosquillas que empezaba a hacerle por todas partes. – ¡JAJJAAJAJJAJA! ¡Por diooos, paaaaraaa! – decía dando patadas al aire.

-¿Que pare? ¡Pero si eres tú el que no para de pedirme que te dé! – de pronto le cambié el tema radicalmente y este no hizo más que reír. Lo bajé poco a poco aún teniéndolo bien cogido y, dándole un fuerte lametón en el cuello hasta llegar a su oído, le acabé susurrando. – Si que le has pillado gusto ¿eh? Dos veces antes de irnos a dormir, y encima me despiertas entes de tiempo para lo mismo… – noté como retorcía el cuello de puro gusto. No sé si por el lametón y mis palabras sensuales, o por que le estaba rozando con todo lo mío.

Sin previo aviso noté como uno de sus brazos se escabullía de mi opresión, y se metía sin previo aviso dentro de mis bóxers, que era lo único que llevaba encima. Me la agarró con fuerza, y empezó a moverla en unos movimientos que casi me paralizan. Se fue girando poco a poco y me besó mientras no dejaba de masajearme la polla.

-¿Cómo no quieres que le haya pillado gusto a esto? – repitió prácticamente las mismas palabras que le había dicho yo, y justo en el final de la frase, me apretó más, haciendo que me saliera un gemido involuntario.

-Oh dios Bill, métete en el agua, y ponte YA contra la pared – dije separándolo rápido y quitándome la última prenda que me faltaba.

Nos metimos en el agua y ferozmente empezamos a devorarnos mientras que con las manos que no teníamos, intentábamos cerrar la mampara para no dejar todo el suelo del baño lleno de agua. Él me restregaba las manos por la espalda y el trasero, y yo subía y bajaba las mías por su cintura.

Bill pegó un salto de golpe y yo lo cogí rápidamente mientras este me rodeaba las caderas con las piernas, apretando nuestras abultaciones. Dios, alguien está desenando que se la meta, pero ya… 

Sin previo aviso lo bajé de nuevo al suelo y lo giré pegándole la mejilla en los fríos azulejos de la pared haciendo que el moreno emitiera un gemido que no sabría catalogar del todo. Le besé los hombros y el cuello y este me acariciaba las rastas con fuerza, casi tirándome la cabeza hacia atrás.

Me la agarré y la empecé a mover, notando que estaba completamente dura, y con la otra mano empecé a acariciarle el trasero.

-Dios, esta preciosidad que tienes, me vuelve loco… – le susurré mientras me encaminaba mi polla hacia la entrada. Creo que notó la presión de una manera muy violenta, porque de pronto se encogió un poco.

-¿De espaldas…? – dijo algo temeroso. Alcé la ceja un instante, y recordé que jamás lo habíamos hecho de otra manera que no fuera pecho con pecho. Siempre podíamos mirarnos a los ojos, estuviera él encima o lo estuviera yo.

-¿Te supone algún problema? – dije volviendo a apretar un poco, sin importarme del todo. Imaginaba que al final acabaría diciéndome que sí, ¿no?

-No sé, Tom… ¿Me dolerá más? Igual en esta postura no entra tan bien… Aparte que no sé, no me siento muy cómodo…

-Shh… – le susurré lentamente, lamiéndole una oreja después. –Déjame intentarlo – le agarré de la cintura y le hice sobresalir un poco, para que fuera más fácil la entrada.

Volví a apretar poco a poco y noté como Bill cada vez se erguía un poco más, pero sacaba más el culo para fuera, facilitándome la tarea. Cada vez estaba más de puntillas. Parecía que Bill si se dejaba intentar, y eso me estaba pareciendo increíble. Vi cómo este apoyaba las manos en la pared y cómo intentaba apretar los azulejos en el caso de que le hiciera daño, pero sólo conseguía arañar el frío material.

Mis movimientos eran lentos y el moreno cada vez se separaba y sacaba más el culo para que fuera más fácil. Cada vez se parecía más al perrito, y puft… Esa es mi postura favorita.

Conseguí meterla entera y casi me corro del gusto. En esta postura estaba más apretado si cabía y me estaba llevando a la locura. Bill emitió un gemido en cuanto la notó completamente dentro y no dudé en empezar con el baile.

-Madre mía Bill, estás tan prieto que me voy a correr en dos minutos…-dije riéndome. No era verdad, pero podía notar que no había milímetro de mi polla que no estuviera completamente apretada. Se me pelaba que daba gusto.

Bill no decía nada pero lo noté más fogoso que otras veces, al cavo de un rato me di cuenta que él también se estaba moviendo, dándome envestidas que coordinaban perfectamente con las mías, haciendo que cuando entrara, ésta tocara prácticamente al final, y eso provocaba unos gemidos en Bill que jamás había llegado a escuchar.

De pronto mi moreno se paró, y me dejó desconcertado. Aún no estaba llegando pero no me quedaba mucho. No nos separamos en ningún momento y no llegaba a verle la cara porque la tenía con todo el pelo en la cara, pegado a esta de lo empapado que estaba.

-Tom, el condón… – murmuró, casi con pánico ahogado. Abrí los ojos de par en par pero no me separé. De golpe empecé a notar todo el calor directo de Bill, y eso no hizo más que encenderme. Por un instante quise continuar y ser consciente de lo que era follarme a Bill sin nada entre nosotros, pero notaba un pequeño sentimiento atacándome la sensatez y la razón.

Aún así, seguí sin separarme.

-Te prometo, que todas las veces que lo he hecho, ha sido siempre con condón. Con todo el mundo Bill, es imposible que yo tenga algo… – dije, intentando serenarme. Me apoyé encima de su espalda, haciendo que estuviera dentro completamente. – ¿Tú estás limpio, no? – no sé si notó el tono de preocupación, pero creo que era más que evidente que era necesario.

-Sí, sí… Jamás lo he hecho sin… Excepto ahora. – enfatizó. Le suspiré prácticamente encima del hombro. No quería separarme. No quería dejar de hacerlo.

-Me correré fuera. – afirmé. No era una pregunta, ni siquiera estaba esperando una aprobación por lo que acababa de decir. La mente voló a algún sitio donde mi cordura no conseguía alcanzarla y volví a envestir a Bill con todas mis fuerzas. Quería sentirle.

La respuesta a lo que yo dije fue un “vale…” entre gemidos de placer.

Parece que alguien también deseaba ser consciente de tenerme dentro sin gomita. Yo todo entero, para él.

-Dios… – no paraba de gemir y gemir y me estaba poniendo cada vez más a cien. De hecho, ya estaba prácticamente por mil.

-¿Me sientes? – le gruñía, sacando los dientes.

-Te siento joder, te siento… – tiró la cabeza para atrás y volvió a apretarme las rastas con fuerza, sabiendo que se estaba muriendo del gusto.

-¿Me quieres sentir siempre? – esas palabras no sé de dónde salieron, pero era como una especie de declaración. Nadie más se lo folla. Sólo yo.

-Siempre Tom, siempre – le había conseguido entender a la perfección, pero sus gemidos habrían hecho bastante cuestionable las palabras.

-¿Me dejas que te monte cuando quiera? – cada vez estaba yendo más y más de prisa, y le daba con más y con más fuerza. Bill sacó más el culo y apoyó los brazos en la pared para impulsarse y volver a hacer los movimientos conjuntos. – DIOOS… – lo estaba notando todo. Le agarré fuerte de las caderas y lo impulsaba con fuerza hacia mí para que el impacto fuera mayor. – Esto es la polla joder… Maaadre mía.

Me estiré encima de él y le agarré la polla fuertemente haciendo que él sintiera un poco lo que yo, estrujándola. Noté un grito por parte de Bill y después un gruñido. Continué masajeándole y de pronto lo empecé a notar.

-Bill, voy a llegar… – anuncié. Los dos sabíamos que eso era un anuncio de separación inminente.

-Córrete dentro, córrete dentro. – al oír eso fue como si de pronto le diera en el botón de detonación, y yo empezara a embestirle con una brutalidad que en la vida creí que podría haber sacado. Prácticamente estaba como poseído, como si quisiera darle todo lo que tenía, y más. Quería que casi sangrara por mi fuerza. – No pares, no pares… Jodeeeeer – la voz suplicante de Bill hizo que llegara al clímax casi automáticamente. Lo acabé envistiendo hasta que noté que todo estaba fuera, embadurnando las paredes de Bill, y me estiré en su espalda, sin salir de él. Mi mano no bajó la velocidad y continué masturbándole hasta que la respiración de Bill se paró y noté cómo se me llenaba la mano de su semen.

Nos quedamos los dos respirando fuertemente, agotados y con el puso disparado.

Cuando recuperé aire, salí de dentro, y me senté en el suelo, apoyando la espalda en la pared. Bill reguló el agua y empezó a salir congelada. Buffttt… Lo necesitaba.

Observé como mi chico se acababa de duchar bajo mi atenta mirada, devolviéndome alguna sonrisa de vez en cuando mientras yo aún recuperaba el aliento. Se lavó por dentro metiéndose los dedos, consciente de que lo estaba mirando, y eso volvió a encender un poco la mecha.

-¿Es que… no tienes… límite? – dije, riéndome.

Este se agachó entre carcajadas y me dio un beso.

-¿De ti? Es imposible que me canse de ti… – dijo besándome con pasión. Mierda, Tom, no puedes no estar a la altura. Aunque de pronto se separó. – pero lamentablemente, tengo un límite físico, y necesito descansar un poco. – suspiré aliviado. Pero se me cambió la cara al ver lo serio que se había puesto el moreno. – Esto no puede volver a pasar, Tom. No es seguro hacerlo sin condón.

-Lo sé. – asentía mientras le decía eso. Finalmente me acabé incorporando a su lado, algo más descansado, y acabamos de ducharnos juntos.

Cuando salimos del agua aun eran las siete de la mañana y nos quedaban un par de horas juntos. Pensamos en volver a estirarnos en la cama, pero primero Bill tenía que arreglándose el maquillaje y cepillarse un poco el pelo. Yo lo observaba atento y cogía sus pinturas, examinándolas. Él se reía de mí y yo simplemente me encogía de hombros.

-Es raro. – dije de pronto. – Pero me gusta. – lo miré directamente y noté como la sangre se le había subido a las mejillas, dejándolas sonrojadas.

Entonces me separé de él un poco, y lo observé con el pelo goteando un poco por las puntas, con los ojos a medio pintar, con el torso desnudo y una toalla blanca recubriéndole la cintura. Este alzó una ceja, intentando descifrar lo que yo estaba haciendo.

Reparé en su cara y vi lo precioso que era. Las fracciones tan finas, una nariz que me recordó a la mía por un instante pero que después no hizo más que recordarme al de una modelo pasada por cientos de horas de Photoshop. Pero la suya era natural. Tenía una cara perfecta. Y me miraba con unos ojos abiertos, expectantes y vidriosos. Después de que no le contestara a sus señales y yo siguiera embobado, mirándole, esbozó una sonrisa increíble, achinando los ojos y dándole un aire angelical.

Por un instante sentí como que el agujero que siempre había sentido, se desvanecía. Me sentí jodidamente completo. Como si la felicidad que siempre he estado buscando, estuviera delante de mí. Y no quería otra cosa que pasar juntos todo el tiempo posible. Me daba igual si sólo jugábamos al parchís o si volvíamos a repetir la escena de la ducha una y otra vez. Mirándole mientras se reía, me llenaba.

-Me llenas, Bill. – apenas alcancé a ver la cara de sorpresa que puso de golpe, aguantando la respiración, porque me tiré encima suyo y lo abracé con fuerza. Unos instantes después el moreno me apretó fuerte en la espalda, casi clavándome las uñas.

-Tom yo… Te prometo que he pensado lo mismo. – su tono de voz estaba entre la risa y el llanto. – muchas veces he pensado que me faltaba algo, y últimamente, no lo he vuelto a sentir.

Los dos notábamos que esta situación estaba empezando a tomar un tono demasiado rosa, pero no podíamos más que aceptarlo, porque los dos estábamos pecando de cursis. Nos quedamos un instante así y después nos volvimos a separar, como si nada hubiera sucedido nunca. Bill volvió a seguir maquillándose, y yo me tumbé en la cama, a esperar que volviera para dormir un poco más con él.

.

Volví una vez más al jodido presente, y vi como la rubia estaba apunto de meterse mi polla por la boca. La agarré de la cabeza y la separé de golpe. Me di la vuelta y me la guardé en su sitio, sin mirarla a la cara. No sé qué expresión tendría, pero la verdad es que me importaba más bien poco. Fui a abrir la puerta y me quedé parado un instante.

-Oye… – no sabía muy bien qué decirle porque no me había demostrado sentir respeto por ella misma, y no sabía como hacerlo yo. – Vete a casa. – sentencié. 

Me largué directo hacia la puerta y dejé que el frío de la calle me llenara los pulmones. Para estar en agosto refrescaba demasiado. Busqué mi coche y vi que todo estaba empapado. Vaya, acababa de llover, y ni me había enterado.

Intenté llenar los pensamientos de cosas banales, pero poco a poco distintos flashes me asaltaban. Bill riéndose, Bill vistiéndose, Bill maquillándose, Bill mirándome, Bill besándome… Bill.

Empecé a notar que los ojos se me llevaban de lágrimas y me vi necesitado de sacar un cigarro para tranquilizarme. La verdad es que no hizo ese efecto, si no el contrario. Por muchas caladas que le diera, no había manera de hacer que se me bajara el pulso, que dejara de temblarme el cuerpo, que la respiración se tranquilizara, que los ojos dejaran de llenarse de lágrimas y que mis lamentos disminuyeran hasta la extinción.

Empecé a llorar como un desesperado, agradeciendo que no hubiera nadie en el parking justo a mi lado, y me dejé vencer por los sentimientos. Quería ver a Bill, no soportaba más que estuviera lejos, no soportaba no tener una explicación, y no soportaba no verlo siquiera.

Quería tenerlo delante de mí, y tocarle las manos y la cara. Quería que me besara. 

Lloré mucho rato y me sentí la mierda más marica de este planeta, pero no me importó, porque yo me sentía así. Tenía ganas de chillar y estampar el Cadillac contra la discoteca y matar a todas la zorras que intentaran ser mejores que él, a todas esas putas que se piensan que por un bailecito van a conseguir que nos olvidemos de quienes queremos. No, es imposible.

Quería matar a todas las personas del planeta una a una hasta llegar a él. 

Quiero a Bill, y lo quiero ya. 

¿Porqué has tenido que desaparecer?

Me acabé sentando en el suelo, mojándome los pantalones, apoyado en una de las ruedas del coche e intenté sacar otro cigarro más. Me tapaba la cara con una mano y con la otra intentaba volver a calmarme de la misma manera con la que ya había fallado antes. Y efectivamente, nada más que salían aullidos cada vez más ensordecedores por mi garganta.

-¿¡Tom?! ¿¡TOM?! – noté el brazo de alguien zarandeándome a mi lado, y miré hasta donde estaba. Una figura agachada, con el pelo negro y maquillado, me miraba con pánico. Pero mis lágrimas no me dejaban alcanzar a ver quién era.

-¿Bill…? – no sé si es porque creí reconocerle ahí, si porque mi mente nada más que quería verle, o porque ya no sabía pronunciar otra palabra.

El muchacho no me contestó, pero si noté como suspiraba fuertemente. Después otra figura se agachó delante de mí.

-Tom, somos nosotros… – la voz de Andy retumbó en mi cabeza.

-Cariño, soy Mario… – y noté como me abrazaba fuertemente. Yo no pronuncié palabra y me dejé abrazar por él durante un rato que no supe ni calcular. Dejé que me vieran en ese estado porque no había otra manera de la que pudiera estar ahora mismo, me había dejado ser yo mismo, y ahora ya no lo podía controlar.

Pasó media hora y yo ya dejé de hiperventilar, y de llorar. Simplemente temblaba como un puñetero poseído. Esta vez, el tabaco sí me dejó más tranquilo.

-Tom, ¿estás mejor? – me preguntó Mario, limpiándome algunas lágrimas de las mejillas. No quise contestarle y simplemente asentí. – Cielo, ¿estabas echando de menos a Bill? – de nuevo oír su nombre en voz alta por alguien que no era yo, me recorría la espina dorsal, dejándome una mala sensación. Casi tenía ganas de volver a llorar. Me serené finalmente, y volví a asentir.

-Empiezo a no soportarlo. – pronuncié, con una voz tan ronca, que parecía que me había hidratado a base de whisky los últimos veinte años. – Sé que dije que si no me llamaba en una semana, me olvidaría de él, pero… No puedo. No puedo. – confesé.

-Vámonos a Berlín, Tom. – Andy habló, y en cuanto pronunció esas palabras lo miré fijamente. Fruncí el ceño, dando clara señal de que no había entendido lo que acababa de decir. Más bien, estaba flipando con lo que sugería el rubio. – Sí Tom, nosotros empezaremos la universidad en poco menos de un mes, pero si lo planeamos bien, podemos ir la primera semana de Septiembre a Berlín. Vamos a buscarle.

Lo miré extrañado, y casi se me escapa la primera risa en días. 

-¿Estás tonto? Yo no sé dónde vive.

-Por eso te digo de ir una semana. Igual podemos encontrárnoslo, Tom. – volvió el rubio.

-Eso es imposible, marica… – me entraba la risa, y eso era bueno.

-Será posible. Encima que te intentamos ayudar. Tom, ¿qué más te da? Vamos a intentarlo.

Lo miré fijamente y por un instante pensé que se me quebraría el mundo de nuevo, pero intenté respirar lo más profundamente que pude. Me mordí el labio inferior y recapacité. Yo tenía dinero de este verano, podría usarlo para estar ahí una semana.

-Habría que frecuentar los barrios pijos, seguro que vive en alguno de esos. E ir a las fiestas en plan “VIP”, y seguro que nos dejamos el pastón para poder entrar en una sola.

-Tom, deja de poner excusas.

-¿Quieres ir?

Me sorbí la nariz mientras que los miraba a los dos. Yo probablemente tendría una pinta espantosa con la nariz roja y los ojos hinchados, pero no me importó porque por lo que estaba oyendo, estos dos se iban al fin del mundo por mí.

Dos instantes después, asentía sin acabármelo de creer.

-Sois la hostia.

.

Bill

Volví a tener aquellas sensaciones. Me pasaban muy a menudo durante mi vida en si, pero ya hacía tiempo que no me ocurría. De hecho, durante el campamento sólo me pasó una vez, cuando Tom se fue a buscar a Mario y Andy. Pero el sábado en la madrugada había decidido volver. Era otra vez aquella sensación de estar pasando por el dolor de algo que no comprendía.

Yo estaba muy mal por mi propio problema personal, pero yo sabía que mi pecho no se me oprimía por ello. Era simplemente una mala sensación que no desaparecía y que estaba ahí. Yo sabía diferenciar mi propio dolor de ese. Era como si ese dolor no fuera mío.

Había estado todo el domingo cerrando los ojos e intentando concentrarme en ello para descubrir qué era, o cualquier pista de porqué me sucedía eso, pero no conseguía nada más que oscuridad y unas terribles ganas de ponerme a llorar.

De hecho, el sábado me había levantado en medio de la noche y no conseguía pegar ojo. Esta estaba siendo la peor vez que me ocurría esto, y se me había llegado a alargar el domingo entero.

Hoy lunes, todo volvía a ser medianamente normal, pero aún notaba resquicios de dolor.

Me llegué a preguntar si mis propios sentimientos habían creado una especie de tumor psíquico o mental, haciendo que siempre me acordara de que tenía que sufrir por lo que me pasaba, y al final el dolor era parte de mi cuerpo, totalmente ajeno al hecho de que me pusiera a recordar en lo que me pasaba. Simplemente estaba ahí, estuviera o no estuviera pensando en ello.

.

Aún era temprano pero me dirigí a la cocina y me preparé un café para iniciar ya el día. Estaba ansioso porque fuera hoy en realidad, y dejé que pasara la mañana en silencio mientras sentía aquel dolor desaparecer del todo, esperando a que fuera una hora decente para poder llamar a una oficina.

Y eso me llevaba a mi problema personal.

Bajé la mirada a la mesa, donde se encontraba mi móvil. Lo cogí con la mano temblorosa y lo estuve mirando fijamente durante unos instantes. No podía más. Tenía que hacerlo. Miré mi reloj y misteriosamente, casi sin proponérmelo eran ya las diez de la mañana de un lunes. Día laboral.

Piqué a la puerta que tantas veces había sido abierta sólo para mí. La única diferencia es que esta vez, la chica que iba a abrirla, se tiraba a mi amiga, que estaba justo a mi lado.

Dawn no se sorprendió de verme porque básicamente habíamos concertado esta reunión el mismo día que estuve hablando con Ashley, y el momento había llegado. Su casa estaba igual que siempre, recogida y limpia como una patena. El sofá y las paredes rojas igual de atrapantes que siempre, y la increíble pantalla de plasma seguía imponiendo respeto. Recuerdo cuando fuimos juntos a comprarla. Estábamos muy nerviosos por si nos veía alguien, y ya teníamos pensada la excusa en el caso de que nos reconociera algún alumno o personal de la universidad.

Dawn nos indicó que nos sentáramos y así lo hicimos. No me quise fijar en si se saludaban con un beso o qué hacían, simplemente bajé la mirada al suelo y encaminé mis pasos hasta el sitio indicado. Cuántas cosas habíamos hecho ahí… Bill, deja de ser así de capullo, joder.

Finalmente tuve que mirarla a la cara, y empezar a hablar.

No sabía decir exactamente cuanto duró aquella conversación, pero hubo un momento en que cuando miré hacia el balcón, ya era de noche. Todo lo que podía decir es que lo sentía en el alma, que me había comportado como un capullo, y que nada más que quería estar bien con ellas dos.

Hubo muchos llantos y muchos silencios en los que nadie decía nada, pero las lágrimas hablaban por si solas. Por un mínimo instante, en la que la vi llorar, deseé tirarme encima y decirle que volviera conmigo, que ella todo lo que necesitaba, pero entonces recordaba no sólo que eso no era verdad, si no que yo era el puñetero causante de sus males, y que aunque en el hipotético caso de que yo la necesitara a ella, esta no me necesitaba a mí. De hecho, ni siquiera le convenía, porque no hacía más que traerle problemas y desgracias. Yo la hacía sufrir. Yo. 

Finalmente el acuerdo que Dawn me hizo establecer entre ambos era que por muchas amistades que compartiéramos (supongo que se refería a la reciente relación con Ash), nosotros seguíamos siendo exs, y que quería una relación de distancia y respeto. Nos saludábamos, intentábamos tener en cuenta al otro, pero poco más. Dawn quería un poco de separación y yo no podía más que aceptarlo, me gustara o no. La verdad es que tampoco me parecía adecuado que una vez lo dejáramos con convirtiéramos en grandes amigos. No, estaba bien este pacto, nos vemos y nos respetamos, pero cada uno a su aire.

El problema fue cuando nos quedamos en silencio una vez esta conversación hubo llegado a un punto muerto. ¿Ahora qué hacía? ¿Me iba? Estuve mirando las paredes durante un instante, y luego nos preguntó que si queríamos algo de beber. Tanto Ashley como yo pedimos un refresco y eso hizo que se calmara un poco el ambiente.

Cuando Dawn se fue a la cocina, decidí empezar a hablar con Ashley, y si Dawn se unía a la conversación, sería puro formalismo, ¿no? ¿No estaba haciendo nada malo, ¿verdad? Ah mierda, no entiendo las cláusulas de este contrato verbal. Hay demasiados espacios blancos sin definir.

-Bueno qué, ¿habéis establecido algún formalismo en vuestra relación? – le dije, mirándola, intentando que la tensión del momento fuera desapareciendo poco a poco.

La pelirroja me miró con cara desafiante, pero no iba dirigida a mí, si no al mundo, como si el tema que le acabara de sacar fuera tabú, o algo prohibido.

-Más quisiera yo… – se quejó. – Con vosotros dos, ¿Quién le pidió salir a quién? – preguntó de golpe.

-Yo se lo pedí a ella. Así que igual deberías plantearte sacar tú el tema… – sugerí.

-En realidad hablaba de ti y de Tom porque es lo más reciente, pero bueno, supongo que hablar de la propia protagonista tiene más sentido. – de pronto oír el nombre de Tom en la boca de alguien que no fuera yo me hizo una pequeña brecha en el corazón. Era como hacer real el problema que tenía. Era como darme cuenta que realmente Tom existía, y no sólo estaba en mi cabeza, sin dejarme dormir. Creo que Ashley notó mi cara.

-Oh bueno… Fue todo bastante común. Los dos llegamos a la conclusión de que queríamos una “exclusividad” y nos dimos cuenta de que queríamos empezar algo juntos… – casi se me pusieron los ojos vidriosos, pero lo que no pude evitar fue que la voz me temblara al final de todo.

-¿Bill? ¿Qué pasa? ¿Porqué te estás poniendo así? – dijo Ash. Justo en ese momento apareció Dawn con las bebidas, y se sentó al lado de la pelirroja, que parecía no haberse dado ni cuenta.

-Pues… – me entró la risa momentáneamente pero por la vergüenza que me daba explicar lo realmente patética que estaba siendo mi situación con Tom en estos instantes. – perdí su número y no sé cómo encontrarle. – Enterré la cabeza entre las manos, y suspiré con fuerza.

-¿Que lo perdiste? ¿Se te borró del móvil o cómo? – se extrañó.

-No no… Me lo apuntó en una hoja el último día y no sé qué diablos pasó con ella pero cuando llegué aquí… Ya no estaba. – me entró la desesperación otra vez, no quería ni pensar en cómo estaría Tom de enfadado conmigo. Cada vez me daba más miedo.

-¿Mario y Andy? ¿Gustav? ¿No tienes sus teléfonos? ¿Georg no los tiene? – preguntó extrañada. Dawn parecía estar alejada de la conversación y se encendió un cigarro. ¿Desde cuando fumaba? ¿Y desde cuando fumaba dentro de su casa? A mí siempre me hacía irme al balcón.

-No, nadie tiene nada de nada. ¿Tú no tienes sus teléfonos, verdad? –pregunté, sin ningún tipo de esperanza en la voz. Si los tuviera, ya me los habría dicho.

-Pues no…

-Ya me imaginaba. He intentado buscar el teléfono del campamento a ver si así consigo el de su padre o algo, pero la página web está en construcción y no tienen redes sociales ni nada.

-Yo tengo el teléfono del campamento. Seguro que ha de estar entre el papeleo de la universidad, espérate. – Dawn pronunció esas palabras, y por un segundo me parecieron las palabras más dulces que jamás había pronunciado hacia mi persona. Ni el más bonito “te quiero” se comparaba a lo que eso me estaba haciendo sentir. La verdad es que fue un poco amargo pensar eso.

La morena tardó más de un cuarto de hora en volver con un papel en las manos, que colocó delante de mí. Lo cogí como si se tratara de el material más delicado del mundo y lo empecé a leer. Ponía el nombre del campamento, las fechas de entrada y salida, y un montón de información a cerca de la reserva y todos los trámites. Abajo del todo, ponía toda la información de la empresa, el teléfono, el fax, un email, y una dirección física de la oficina.

El pulso empezó a temblarme desesperadamente y casi se me cayó el folio de entre las manos. Ashley tuvo que darme unos golpecitos en la espalda para hacerme volver al mundo y después me sonrió. Yo la sonreí a ella y luego miré a Dawn al tiempo que sacaba el móvil.

-¿Puedo…? – con el aparato señalé el balcón.

-Claro.

Abrí la puerta con lentitud, como si tuviera miedo a que el momento deseado llegara de mala manera, todo a prisas y sin dedicarle el tiempo necesario. Quizás también es que tenía miedo de qué descubrir. ¿Y si no me pueden facilitar el teléfono del jefe tan fácilmente? ¿Y si lo coge él? ¿Él quién? ¿Tom? ¿Jörg? ¿Cómo reaccionaré ante cualquiera de las posibilidades? Bill, sobre todo no te preocupes ni te pongas nervioso. ¿¡Y si es Erika?! Oh dios mío, odio a esa zorra, igual no me deja ni seguir hablando. Quizás no debería decir quién era yo realmente, e inventarme un nombre cualquiera. Oh, aunque ¿cómo pido un teléfono si esa persona no sabe quién soy?

Salí y me apoyé en la barandilla. Me encendí un cigarro, y mientras sacaba el móvil sujetaba el papel en la mano como si fuera mi vida. Tenía miedo que una ventada de aire se lo llevara y se esfumara todo de un plumazo.

Marqué y empezaron los tonos. Noté cómo el corazón aumentaba desmesuradamente su movimiento, y no me dejaba pensar con claridad.

Pero de pronto, colgué.

No, aquí no. No puedo hacerlo aquí, necesito la tranquilidad de mi casa, necesitaba no estar tan ansioso, necesitaba destensarme de toda la conversación que estaba teniendo, necesitaba…

…Una hostia bien dada. Por el amor de dios, cuando me di cuenta de que venía todo el fin de semana por delante, cuyos días no eran óptimos para llamar porque las oficinas estaban cerradas, deseé estrangular al Bill del pasado, que decidió colgar cuando el teléfono estaba empezando a dar tono. Desde luego hay que ser imbécil.

Ahora volvía a estar delante de ese número de teléfono. Me quedé mirándolo durante un instante un tanto prolongado y finalmente cogí aire. Con el corazón en un puño le di a la tecla de marcar, y me quedé de piedra.

El número no había llegado a dar tono y una voz resonó en mi oído, arrancándome el corazón con un mensaje fúnebre.

-Lo sentimos, el campamento permanecerá cerrado el mes de Agosto por nuevas reformas. Para más información consulte nuestra página web. Este servicio se reabrirá el 15 de septiembre, y desde ese momento se podrán efectuar las reservas para la siguiente temporada. Muchas gracias y disculpen las molestias. 

Tanto sufrimiento para nada.

Me quedé con cara de estúpido un buen rato mientras asimilaba lo que estaba pasando. No podría volver a tener oportunidad de contactar con absolutamente nadie hasta el día 15 de septiembre. Casi un puñetero mes.

Estaba claro que el primer plan había fallado estrepitosamente y tenía que ponerme a preparar la opción B, que aunque era muy drástica, tenía que ser efectiva al cien por cien.

Con el móvil que aún seguía en mi mano, tecleé el mismo mensaje a dos personas distintas.

Mañana a las 10 en la cafetería

No obtuve contestación por ninguna de las dos personas, pero yo sabía que eso era una buena señal, si no contestaban era que no tenían problemas en asistir.

.

-¿Qué pasa Bill? – en el momento en que la preciosa Caroline nos había dejado todas las cosas que habíamos pedido encima de la mesa, y hubo desaparecido les expliqué porqué los tenía reunidos ahí casi.

-El teléfono que me dio Dawn es el del campamento, pero hasta el 15 de Septiembre no dan paso a las llamadas por no sé qué obras o algo así. – dije algo triste.

Noté la mirada de Ash con algo de pena, y esta me pasó la mano por hombro de arriba abajo, intentando consolarme. Se lo agradecí con la mirada.

-¿Y qué plan tienes? – me dijo mientras alzaba una ceja, sabiendo que yo no me iba a quedar de brazos cruzados.

-Pues a ver… Es una locura, pero ya no sé qué más hacer, la verdad. –los miré seriamente y pude observar como se les transformaba la cara mientras decía en voz alta mi absurda locura, en la que había decidido involucrarles sin pedir permiso. – Acompañadme a Düsseldorf.

-¿¡Qué?! – dijeron al unísono. Bueno, Georg no acabó de pronunciar bien esa exclamación porque casi se atraganta con la birra.

-No os lo pediría si no supiera que me cuesta mucho desenvolverme bien en un sitio nuevo… Tengo intención de ir una semana, e ir preguntando e inspeccionando barrios uno a uno hasta encontrar el suyo. Ya no sé qué más hacer.

-¿Pero estás tonto? ¿Vas a ir con Rayos X en cada edificio y decir “Em sí, aquí vive mi novio, estoy seguro”? ¿O acaso crees que el poder del amor tiene GPS incluido? – Ashley no entendía una mierda, y yo al principio no sabía del todo porqué me decía eso. Georg y yo nos empezamos a reír de buena gana.

-¡Que no mujer! Un día nos escapamos por la noche, estuvimos por Düsseldorf, y pasamos la noche en su casa. Recuerdo la portería y la calle, pero no el nombre de esta ni mucho menos el número de puerta.

Ashley se puso roja como un tomate y después se unió a nosotros con la risa.

-¡Y yo que sé! ¡A mi ya no me explicabas nada! Menos mal que os pillamos en el lago, si no a saber cuándo me lo habrías contado… – soltó, un poco molesta, aunque en una medida justa. Después simplemente rodó los ojos y puso cara extraña, como de pensarse mucho algún pensamiento que tendría estancado en su cabeza. – La verdad es que no llevamos ni un mes en Berlín y ya me he aburrido de él. A mi no me importaría acompañarte. – miró a Georg después de acabar su discurso, como cediéndole la palabra a él. Este resopló fuertemente y le volvió a pegar un buen trago a esa cerveza que hasta hacía poco se le había encallado en la garganta del susto.

-Bueh, si os vais los dos, tendré que ir yo también… ¿De qué fechas hablamos? Imagino que desde que nos enviaste el mensaje hasta que has salido de casa esta mañana has estado mirando trenes, vuelos, hoteles… – dijo el castaño, riéndose porque sabía que estaba adivinando todas las palabras que le había dicho.

-Pues ahora que los dos habéis aceptado…

Saqué del bolso que apenas usaba para ocasiones especiales, un portafolios lleno de información sobre posibles reservas en buenos y céntricos hoteles, y también alguna información sobre los trenes que nos dejaban a mejor hora y a mejor precio. Yo preferiría avión, pero sabía que Ashley les tenía algo de miedo y había pasado directamente a mirar información sobre el vehículo ferroviario.

De pronto, tres cervezas que se pusieron delante nuestro, nos interrumpieron el debate.

-Estas van por cuenta de la casa. – Esta frase se la dijo directamente a nuestro amigo moreno, e incluso le había guiñado un ojo. Oh, Carol intentándolo de nuevo. Era un puñetero encanto, y si Georg no iba a por ella, acabaría yendo yo. ¡Miradla, es increíble! No para de intentar llamar la atención del castaño, por dios.

-¡Hostias, gracias! – dijo Georg sin más, sin levantar la vista apenas de la brillante y fresquita cerveza. ¿Ni un simple tartamudeo? ¿Ni siquiera desviar la mirada de los nervios? Bueh, qué coño va a desviar su mirada, si apenas se fijaba en ella…

-Ui, parce que organizáis un viaje. ¿Os vais? – preguntó con la voz lastimera.

-Sí, a Düsseldorf. – contesté enseguida.

-Oh, os echaré de menos… – en realidad lo dijo de una manera mucho más sensual que lastimera, y de nuevo se dirigía hacia Georg, que parecía no tener el router encendido.

-No te preocupes, yo te meto en la maleta para que no te separes de… ¡oucch! – Ashley sintió la pequeña patada que le estaba dando por debajo de la mesa. ¿Pero qué diablos le pasa? ¿Se la está intentando ligar? Que se la deje a Georg, por dios. – Oh, perdón… me he dado con algo.

La “pin up” se rió del comentario de la pelirroja y después se alejó, con la cabeza un poco cabizbaja, sabiendo que otra vez, el intento de llamar la atención de Georg, se estaba yendo por el garete. ¿Tendré que intervenir yo de verdad? ¿Es tan ciego este hombre como para no ver todo esto?

-Georg, ¿qué coño te pasa? – se me adelantó Ashley. – la pedazo de morena te está tirando la caña, y tú ni puñetero caso. – dijo esta, rodando los ojos.

-¿Que qué? – dijo casi riéndose. – Oh vamos, me habría dado cuenta.

Ashley y yo nos empezamos a reír desmesuradamente y al cavo de un rato tuve que intervenir para volver a centrarnos en el tema principal.

-No chaval, pero de todas formas, cuando vayamos a pagar le pides el teléfono o algo. Ahora, volvamos a organizar el viaje.

Continúa…

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