
Mit dir, in die Nacht II: Largo Invierno
Capítulo 4: Tan lejos, tan cerca
Bill
Cuarto día. Penúltimo día.
Pero en realidad es como si fuera la última noche tranquila, porque mañana ya tendríamos que estar durmiendo pronto porque nos tendríamos que levantar a primerísima hora, para coger el tren a las 10. Si quería pasar la noche con él tendría que encontrarlo hoy. Me estaba entrando el pánico, y creo que se me estaba bajando la sangre a los pies.
-Eh eh, Bill, estás pálido. – dijo Ashley, frenando el paso de los tres, y poniéndoseme delante. Me cogió la cara con sus manos y me obligó a mirarla de frente. No tenía muchas fuerzas para sujetarle la mirada. – Estás sufriendo una recaída. Sentémonos. – la vi mirar a todas partes, y de pronto señaló un punto detrás de mí. –mirad, ahí hay un banco sin gente. Sentaos y yo voy a comprar un poco de agua fría.
Asentí. Georg y yo nos sentamos con cuidado, mientras recuperaba la respiración. Cerré los ojos y dejé que mi sangre volviera a circular por todas partes.
-A ver, Bill. No te preocupes, ¿vale? Si hace falta retrasamos los billetes, pero sólo quiero que pienses por última vez qué hicisteis aquel día. Pero intenta no centrarte en el restaurante pijo porque ya hemos preguntado varias veces, y no hay mucha gente que lo conozca.
Asentí.
-A ver, aparcamos en su casa, y de ahí fuimos andando hasta el restaurante. No nos sirvieron mucha comida pero sí que nos emborrachamos mucho. Decidimos dormir un poco en su casa para bajar el alcohol y de camino compramos tabaco, y después… llegamos a su casa. – piensa, qué más. – preparó un café también para bajar el alcohol, pero yo estaba tan lleno que apenas podía respirar.
-¿Lleno? ¿No acababas de decir que apenas comisteis? ¿Cómo es posible? – dijo Georg, extrañado. Oh dios, es verdad.
-Porque… ¡Paramos en un KFC! ¡Coño, no lo recordaba! – de pronto, mientras Ashley volvía con el agua en la mano, pude ver perfectamente como la cabeza de Georg empezaba a sacar humo, maquinando algo. Lo veías mirar a la nada, con los ojos yendo de un punto a otro, completamente ensimismado en sus pensamientos.
-Tengo una idea. Y tenemos poco tiempo. Vamos a un locutorio, imprimimos un mapa con todos los KFC de Düsseldorf, que supongo que podremos encontrar en la página oficial, y vamos tachando uno a uno todos los que veamos hasta que encontremos el suyo.
-¿Y por qué hay que imprimirlo? Tenemos móviles. – dijo Ashley, analizándolo.
-Porque así nos aseguramos de tachar con un bolígrafo en los que hemos estado o no. – sentenció. De pronto se me iluminaba el mundo a medida que iba hablando, y yo solo empecé a mirar donde podríamos encontrar un locutorio lo más próximo posible.
Finalmente a base de preguntar lo acabamos encontrando y nos dispusimos a hacer lo que Georg había dicho. Habíamos decidido buscar desde el mismo punto desde dónde estábamos, ya que probablemente si ya habíamos estado en otros barrios y no había reconocido nada, quería decir que el área de búsqueda se había reducido considerablemente.
Amenazaban las ocho de la tarde ya, y sobre todo amenazaba una tormenta inminente. El cielo estaba completamente tapado, y ya no había rastro del sol. Es como si ya fuera de noche una hora antes de lo que debería.
Habíamos tachado apenas cuatro KFC, y había más de veinte. ¿Cómo íbamos a encontrar todo el resto en el poco tiempo que quedaba? De nuevo me estaba entrando el agobio.
-Ouch – Ashley se quejó de algo. – Mierda, me ha caído una gota en un ojo. – dijo ésta, frotándoselo. – Ya está empezando a llover…
Miramos al cielo y efectivamente, poco a poco pero sin pausa, una gota tras otra empezaba a precipitarse contra el suelo, siendo cada vez más y más. Nos intentamos resguardar en una portería para mirar el mapa por última vez antes de guardarlo.
-Mira, en un par de calles hay otro más. Creo que seré capaz de memorizar el camino desde aquí hasta allí, pero siento si tenemos que resguardarnos otra vez para volver a mirar el mapa – dijo el castaño, mientras reseguía con el dedo el camino más fácil para llegar.
A la de tres salimos corriendo con el brazo intentando taparnos la cabeza, y seguimos a Georg a un paso acelerado, ya que de pronto, la lluvia había empezado a apretar tan fuerte, que era mucho más que molesta. Apenas vislumbrábamos un par de metros, y teníamos que ir bajando el ritmo para leer el nombre de las calles. En una ocasión el castaño se vio forzado a sacar el mapa en medio del diluvio porque no había nada cerca donde poder taparnos.
El papel impreso empezaba a empaparse al mismo tiempo que se rompía por los lados, las manos de Georg se impregnaban de la tinta que desaparecía del papel y ya casi era imposible leer algunas cosas. Justo la cabeza de Georg protegía la parte del mapa en la que estábamos y en cuanto revisó lo que tuvo que revisar, arrugó lo poco que quedaba del mapa, y lo tiró al suelo.
Al principio me molestó que hiciera eso, pero realmente ya no había nada que salvar.
Volvió a ponerse en marcha y de nuevo empezamos a seguir sus pasos. Ashley me agarró del brazo y la rodeé como pude para que se sintiera protegida lo máximo por mí. La verdad es que estaba tan nervioso que hasta me daba igual que se me estuviera mojando el pelo o que incluso todo el maquillaje que me había aplicado tan cuidadosamente esta mañana, ahora estuviera derramándose por mi rostro.
-¡Mira Bill! – gritó Georg – Esa luz rojiza de ahí debe ser el local. ¿Reconoces algo? – intenté vislumbrar lo mejor posible con un solo ojo, ya que la lluvia me molestaba tanto que me obligaba a cerrar uno de ellos.
Las luces de la calle me ayudaban a vislumbrar todo el paseo, y entonces reconocí el puente que había para cruzar al otro lado de la ciudad. La parte donde vivía Tom. Con el corazón en un puño me puse a correr y a cruzar el puente, con toda la lluvia cayendo sobre mis espaldas.
La voz de Georg y Ashley sonaba a la lejanía, no sé si porque realmente ya estábamos muy separados o porque el eco de mis pensamientos no me dejaba escuchar mucho más.
Llegué al otro lado del puente con la respiración entrecortada, y me paré para coger más aire. Los pasos de mis dos amigos resonaban en la distancia cada vez aproximándose más a mí. Noté la mano de uno de ellos en la espalda, dándome soporte. No quise esperar más tiempo y continué mirando a pasos acelerados todas las porterías que estaban ahí.
Esa era su calle, seguro que lo era.
Me quedé parado enfrente de una puerta que supe reconocer al instante. Con la respiración entrecortada y sintiendo que ya no me quedaba aire en los pulmones, me quedé parado observándola. Era grande y de cristal. Desde donde estábamos se podía ver el cálido recibidor con todos los buzones, e incluso un sofá para esperar, al lado de una lámpara. Era aquí. Estaba seguro.
Ash y Georg llegaron al minuto, con un paso más tranquilo al verme parado ahí en medio.
-¿Hemos llegado por fin? – dijo el castaño, sin poder contener la emoción. Simplemente asentí, sin saber muy bien qué hacer. Este me abrazó tan fuerte que me obligó a abandonar la posición de estupefacción que tenía.
Casi me puse a llorar en sus brazos.
-¿Cómo entramos? – la pregunta la pronunció Ashley, pero yo ya llevaba unos instantes cavilando en eso. No sabía ni siquiera el piso. No podía darle al interfono porque no sabría a dónde picar.
De pronto, Georg se adelantó a nosotros dos y le dio a uno de los números más altos de todos. Alguien contestó enseguida.
-Perdone, me he dejado las llaves de la portería y está cayendo la de dios. Le importaría abrirme. Vivo en el primer piso. – Georg puso su mejor voz de niño bueno. Daban ganas de adoptarlo y todo.
-Claro encanto, no te resfríes.- dio la casualidad de que era una mujer mayor y bondadosa. Tras dejar de hablar, se oyó el sonido que indicaba que la puerta estaba abierta, y Georg se apresuró rápido a empujar hasta que ésta, efectivamente se abrió. Dejé de respirar. Tenía una parálisis mental y apenas podía pensar.
Avancé paso a paso y el castaño me cogió de la mano y tiró de mí. Supongo que nada más querría que hacerme reaccionar, pero estaba completamente shokeado. Nos quedamos resguardados de la lluvia bajo el techo cálido del recibidor, y nos acercamos poco a poco hasta los buzones.
-Kaulitz, Kaulitz, Kaulitz… – Ash revisaba cartel por cartel dónde indicaban el piso y el apellido de los propietarios. Reseguía con el dedo cada uno, y cuando no veía lo que le interesaba, pasaba al siguiente. –Jörg Kaulitz… – pronunció su nombre como si fuera tabú. Como si tuviera que hacerlo en voz alta por obligación, y no tuviera pensado volver a repetirlo.
-El piso quinto y la segunda puerta. – nada más decir eso nos encaminamos corriendo al ascensor. Sabíamos que si nos pusiéramos a correr íbamos a ir más deprisa por las escaleras, pero lo último que necesitaba era que me diera un ataque al corazón.
Ellos hacían todo por mí. Le daban al botón que llamaba al ascensor, abrían la puerta, le daban al botón del piso, volvían a abrir la puerta… Pero, no picaron al timbre.
En cuanto tuve la puerta de Tom delante de mí, vi en un lateral el interruptor del timbre. Respiré cien veces antes de siquiera ser capaz de mover un músculo hacia el pomo de la puerta. Lo cogí y lo acaricié. ¿Estaría Tom al otro lado de ésta madera? Estábamos en silencio y no escuchaba nada, tan sólo el pitido lejano que parecía provenir de una cafetera. Haber, había alguien.
-Bill, sé que necesitas tu tiempo así que no te preocupes. – la voz de Ashley me tranquilizó, y me hizo pensar un poco en el momento. Tampoco era para tanto, me iba a enfrentar a Tom si o sí, y cuanto antes, mejor.
Volví a alzar la vista hasta el interruptor del timbre y lo observé. Estaba sucio y tenía un círculo brillante, como desgastado. Supongo que era por ser usado tantas veces.
Coloqué mi dedo justo ahí y acaricié sin querer esa parte. Fue una estupidez porque probablemente poca veces habría tocado Tom ese timbre, ya que era su propia casa, él llevaba sus llaves para no tener que hacerlo.
Le di.
Noté mi respiración acelerarse, pero no más que mi corazón que bombeaba como si fuera una máquina vieja que intentaba dar lo mejor de sí, haciéndolo más difícil. Pero la verdad es que ni el rugir de mi estómago chillándome por los nervios, hizo que pudiera mover un puñetero músculo, al mismo tiempo que retumbaban en mis oídos los pasos de alguien aproximándose a la puerta.
Pam, pam, pam, pam.
De pronto pararon, en el punto donde se escucharon lo más próximo a nosotros. Dios, estaba a punto de suceder. No me podía creer que por fin se iba a solucionar todo este problema.
Se escuchó el sonido del pestillo de la puerta, y poco a poco se fue abriendo. Ahora nada más que se oía el chirrío de las bisagras, y el repiqueteo de las gotas de agua que se caían de nuestra ropa y nuestro pelo, precipitándose contra el suelo.
-¿Bill?- un hombre muy sorprendido, apareció de detrás de la puerta. – Oh dios mío, Georg, Ashley. ¡Estáis todos empapados! Pasad, por favor, pasad. – Yo me había quedado con el corazón completamente petrificado, sin hacer ningún tipo de movimiento. No tenía ni la intención de hecho.
Por otra parte, y totalmente contrario a esto, Georg y Ashley se apresuraron a entrar, dejándome a mí, ahí, en la puerta, aún algo consternado.
Había sido Jörg quien había abierto la puerta, y aún seguía mirándome.
-¿Bill…? ¿Estás bien? ¿Por qué no pasas? – noté su mano en mi hombro, intentando darme calor.
-¿E-e-e-está Tom…?- pregunté, con la voz temblorosa. Este suspiró fuertemente.
-No… Lo siento. Ahora te explico. – que me dijera eso me puso más triste casi que saber que Tom no estaba en casa. ¿Qué había pasado?
Con el brazo me fue empujando poco a poco hacia su lado, para continuar el camino por su recibidor, y sentarme junto a mis amigos, en el sofá.
-Gracias por dejarnos entrar, señor Kaulitz. – dijo Ashley, intentando destensar el ambiente.
-No hombre, no hay de qué. De hecho, por favor quitaos las chaquetas, os dejo algo cómodo mientras se seca vuestra ropa o algo. Si no pillaréis un resfriado. – nos hizo darle nuestras chaquetas y mientras nosotros lo observábamos en silencio, este abría el balcón y las colgaba de un perchero, justo en un sitio dónde no daba el agua.
Nosotros nos mirábamos entre los tres, y parecía que ellos dos habían notado el aura negra que se extendía a partir de mi cuerpo.
-¿Estáis alojados en un hotel? ¿Está cerca? Es que es muy tarde, quedaros aquí que está lloviendo mucho… – la cara de preocupación de Jörg casi me hizo olvidar lo despreciable que había sido con su otro hijo. Él era un persona carismática y que creaba empatía, pero de pronto volvías a caer en lo que había hecho, y de nuevo volvía a ser un monstruo sin corazón.
-Pues estamos bastante lejos, pero realmente no nos importa… – la excusa que estaba usando Ashley cada vez se tornó más falsa, ya que el bostezo que soltó por el mismo sitio que se escapa la frase, hacía de esta una con un significado nulo.
-¡Oh por dios, si estáis agotados! Por favor, insisto. Voy a preparar algo de cena.
-Que no, de verdad señor Kaulitz. – esta vez fue Georg el que intentaba no causarle molestias a Jörg. Yo en el fondo no me quería ir. Quería permanecer ahí hasta que el rubio apareciera. Hasta que su padre me explicara lo que tenía que decirme. Quería pasearme por la casa, cerrar los ojos y recrear de nuevo las experiencias vividas. Quería volver a sentirle tan cerca como fuera posible, y esta era la ocasión más cercana que había tenido en un mes.
-Oh por favor, ¿de verdad que no os queréis quedar? No molestáis, de verdad. Quiero que os quedéis. ¿Bill? – eso último lo dijo mirándome directamente a mí. ¿Esperaba mi aprobación?
-Bueno… – empecé, no muy seguro de mis palabras. – No queremos ser una molestia.
-¡Para nada, para nada! – de pronto se puso hiperactivo y se fue a la cocina, que comunicaba con el salón en el que estábamos. La única separación, era la encimera tan larga, con todos los taburetes. – Voy preparando la cena. Por favor, abrid mi armario y poneros unos pijamas, lo que queráis. Poneros cómodos, y os seco el resto de la ropa.
No sé qué mierdas le pasaba a este hombre pero parecía que lo último que quería es que nos fuéramos de ahí. ¿Se sentiría solo? Es que, no llegaba a entender qué diablos le pasaba.
Yo hice caso omiso a esas indicaciones y me puse a ayudarle, pero en cambio Ashley y Georg sí vieron bien esos consejos.
El padre de Tom dio indicaciones de dónde estaba su habitación y estos desaparecieron. En cuanto no estuvieron, me giré y lo miré a los ojos.
-¿Dónde está Tom? – volví a preguntarle, esta vez más impaciente si cabía que la primera vez.
Jörg suspiró fuertemente y se dirigió a un cajón de la cocina de donde sacó un pequeño papel doblado. Me miró directamente a los ojos antes de compartir eso conmigo.
-Sé que la relación con mi hijo no era de sólo amigos, así que no creo que te guste lo que pone ahí. – se me heló la sangre cuando le oí pronunciar esas palabras. Primero por el hecho de que el padre pudiera saber algo así, y evidentemente por la segunda parte de la frase.
Agarré el papel con la mano temblorosa y lo acerqué a mi mientras lo intentaba desdoblar.
Me voy de viaje con la rubia. Ya volveré.
Sentí como el estómago se me encogía. Era como un puñetero vértigo en la boca del estómago que me hacía sentir como si estuviera mirando de un edificio de quinientos metros de altura.
¿Rubia? ¿Qué rubia? Mi cabeza no podía pensar con claridad y simplemente releía una y otra vez esa frase en busca de la razón de la palabra “rubia”.
-Al principio pensé que se trataba de Andy, pero éste no se va a ningún sitio sin Mario. – por un instante también pensé que había sido él, pero de la misma manera, había llegado a esa terrible conclusión. No era Andy. Tom estaba de viaje con una furcia. No se acordaba de mí. Ya la había liado.
-¿Y sabe usted…?
-¡Señor Kaulitz, muchísimas gracias por la ropa! Díganos en qué le podemos ayudar por favor. – la voz de Georg cortó el momento de tal manera que quedó por finalizado.
.
Mientras cenábamos habíamos decidido ver una película, pero a mitad de esta, Ashley había vuelvo a bostezar tantas veces que Jörg paró la película de golpe.
-Chicos, os enseño la habitación de invitados y así ya podréis descansar. ¿Hasta cuando estáis aquí? –preguntó en general.
-El domingo nos vamos a primera hora.
-Buf, pues aprovechad mañana y dormid todo lo que queráis. – ni se imaginaba lo que estaba diciendo. Ya habíamos encontrado nuestro objetivo y ya no había motivo para irse a dormir tarde y levantarse pronto. Estos dos no se iban a despertar hasta la hora de comer por lo menos.
Nos levantamos todos y le seguimos por esa casa que ya me conocía yo. Avanzamos por el pasillo y pasamos de largo la primera puerta a la derecha que era la de Tom. Realmente no me atreví ni a mirar. Nos paramos en la segunda empezando por la izquierda. Éste abrió la puerta y nos enseñó una pequeña sala con dos camas bien arregladas y unas pequeñas mesitas de noche.
-Ésta es la habitación de invitados, al haber sólo dos camas alguien tendrá que dormir en la de mi hijo, pero esa repartición ya la escogeréis vosotros. – esperaba que por ser chico no me tocara a mí la habitación compartida. Ashley debía comprender que en la de Tom tenía que dormir yo.
Y la verdad es que efectivamente, ésta simplemente se sentó en el borde de una y se quitó los zapatos.
Georg la siguió y se puso en la otra cama.
-Buenas noches – dijimos casi todos al unísono. Jörg y yo salimos de ahí enseguida, pero volvimos a la sala.
-Oye, ¿Cómo que no llevas un pijama? No se te secará bien esa ropa- me estaba poniendo enfermo ya con ese tema. No quería ponerme su puñetera ropa joder, estaba de los nervios y aún no había tenido tiempo de exteriorizarlo. Pero ahora iba a pasar, tenía que hablar con Jörg YA.
-Ahora lo haré, gracias. – zanjé ese tema rápido. – ¿Usted sabe con quien puede haberse ido Tom? –pregunté con miedo.
-No me trates de usted, por dios. – dijo entre risas. Yo simplemente asentí pero no hice ningún gesto señalando que pudiera o no hacerme gracia lo que había dicho. – Pues, sí. Me temo que es una chica con la que se ha estado viendo un par de veces. – Jörg tenía un tic nervioso mientras decía eso, se estaba intentando crujir todos los dedos aún habiéndoselos crujido ya con anterioridad – si no recuerdo mal se la ha traído un par de veces, pero no sé quién es. Lo único que sé es que es rubia, por lo tanto… – no me miraba a los ojos, y eso me hizo pensar que le estaba dando pena.
Y no era para menos. Se me pusieron los ojos vidriosos a medida que el hombre avanzaba en su confesión, y los pelos de los brazos se me erizaban a medida que aumentaban las ganas de llorar.
-¿Y sabe dónde está ahora? ¿Ha hablado con él? – las ansias por saber una mínima noticia sobrepasaban las ganas de romper todo el piso esquina por esquina.
-Oh bueno, no sé si sabes que últimamente no estamos teniendo una buena relación, así que como no me coge el teléfono nunca, le envío mensajes y me los responde para contestarme simplemente “sigo vivo” o “estoy bien, déjame”. – puso cara de circunstancias y poco a poco nos fuimos sentando uno enfrente del otro, en el sofá.
-Oiga yo… – tenía millones de preguntas en la cabeza, tantas que no sabía ni por dónde empezar. Finalmente, escogí una para ir barriendo terreno desde lo más abajo y lejano posible. – ¿Cómo sabia uste… sabías que Tom y yo…? – puse la cabeza gacha, no es que fuera algo tan fácil de comentar con el padre de alguien.
-Oh bueno. Él no me lo contó jamás, pero ahora ya veo que definitivamente estaba en lo cierto. – a medida que hablaba iba esbozando una pequeña sonrisa culpable y yo fui abriendo los ojos como puñeteros platos.
¡Qué cabrón! ¡Me había engañado! – No te preocupes, en realidad lo tenía confirmado con sólo veros en el campamento. – continuó. – Perdona por la emboscada.
Tuve ganas de arrancarle la garganta de un mordisco y que se desangrara ahí mismo, pero aún me tenía que ser útil para un par de cosas. Simplemente sonreí, fingiendo que me estaba dando igual lo que acababa de pasar.
-¿Y desde que se acabó el campamento, su hijo… no ha dicho nada de…?
-¿De ti? Hijo, no me habla de nada. Ni de ti, ni de él, ni del tiempo. Lo siento. – susurró. Ya, supongo que había sido una pregunta absurda. – Oye, ¿has venido a buscarlo desde Berlín? ¿Qué ha pasado?
-Bueno, tuve problemas con su número y en fin… No he tenido otra manera de localizarle. Hace un par de horas que he conseguido reconocer esta fachada.
Jörg simplemente se quedó petrificado con lo que le estaba contando. Normal, yo haciendo el puto imbécil y Tom viviendo su vida como si todo lo pasado hace un mes fuera cosa del pasado. ¿Pero ahora eso qué mierdas significaba? ¿Ya no estábamos juntos?
-Vaya – soltó finalmente. De pronto caí en algo fundamental.
-Jörg, ¿me puedes dar su móvil? Si me voy de aquí sin él, me cortaré las venas. – dije entre risas, pero muy en el fondo sabía que no bromeaba. Este sacó del bolsillo el aparato en cuestión y empezó a buscar en la agenda.
-Bill, no sé yo. Igual no lo deberías llamar. – él seguía absorto en la pantalla del teléfono, pero al mismo tiempo me estaba soltando eso. – No sé, piensa que igual él te habría intentado contactar si te hubiera… echado de menos. – no sé si intentó buscar las palabras adecuadas, pero desde luego aquellas no me lo habían parecido.
-¿Qué me quiere decir? – dije algo extrañado.
-Pues que no sé, igual deberías esperarte. Probablemente él no esperará tu llamada a estas alturas, Bill. – me estaba quedando petrificado. ¿Pero qué coño?
-¿Pero qué estás diciendo? ¿Y tú que sabes? No hablas con él – me parecía increíble lo que me estaba diciendo. – ¿Esto es una jugada para que lo deje en paz? ¿Es eso?
-¿Qué? No, de verdad Bill.
-En el fondo le molesta que Tom esté con un chico y se quiere deshacer de mi… – esto le dije para mi mismo, pero lo exterioricé. De pronto lo miré muy serio. – Por favor, dame su teléfono ya.
-Bill, Bill, por favor. Hazme caso. No es eso. Te prometo que no es eso. Pero si jamás en la vida había visto a Tom tan centrado como en este verano. Has cambiado a mi hijo… – dijo muy despacio. Haciendo que cada palabra se clavara en mi interior con fuego – … y eso me gusta. – al final sonrió, dándome confianza.
-¿Entonces…? – las palabras se me aguaron así como los ojos.
-Es que, muchacho, siento lo que te voy a decir, pero Tom ha traído a bastantes chicas a casa desde el campamento. Creo que la primera chica llegó después de la primera semana. – no me dijo esas palabras mirándome, si no que tenía los ojos fijos en el suelo, y lo agradecí. Agradecí que no viera como me derrumbaba. Me puse las manos en la cara y empecé a llorar en silencio. Estuve así poco tiempo ya que la situación estaba siendo de lo más extraña.
-¿Y ahora… qué hago? – dije con la voz temblorosa. Esto no podía estar pasando. De verdad que no podía ser.
-Yo te doy el teléfono igualmente, pero quiero que te esperes a que te llame yo. Le diré que viniste a buscarlo porque no conseguías contactar con él. Te llamaré después de eso, y depende de lo que pase, pues… lo llamas. Igual él mismo te llama a ti, yo le daré tu teléfono, ¿te parece? – dijo todo ese plan en in instante, y la verdad es que no estaba del todo convencido. No quería quedar como un pringado si le explicaba que había ido hasta allí sólo por él. Pero, era una buena manera de saber realmente qué pensaba. Si le llamaba yo mismo igual actuaría de otra forma que por pena o algo así.
-Eesttaa bibibien… – dije algo tembloroso, poco seguro de mis palabras. – Ten, ponga su número y lo guardaré. – le extendí mi teléfono y éste creó un contacto en la agenda con su número de teléfono. Después le di a marcar y el móvil de este empezó a vibrar, haciendo así posible, que él también pudiera registrar mi número.
-Lo siento hijo, ojalá que las cosas fueran de otra manera. – después de eso me tendió el teléfono de Tom y apunté minuciosamente todos y cada uno de los números, revisándolos todo el rato. De nuevo sucedió una escena que no creí posible, y es que tanto tiempo buscando y buscando ese número habían hecho de este acontecimiento, algo impensable.
-¿Y sabes quién puede ser la rubia de la que habla? – intenté sonar más sereno esta vez, aunque en el fondo supe que no podría mentirle a ese hombre. Creo que podía ver a través de mis ojos, y eso me hizo sentir algo extraño e indescriptible. Sentí que no me podía esconder.
-Pues sí, la verdad. Creo que es una chica que se ha traído las dos últimas veces, y que justamente es rubia.
No sé ni cómo se llama sinceramente. – asentí ante esas palabras y después simplemente me quedé callado.
– Seré como una especie de espía, te voy diciendo lo que sepa de él, ¿qué te parece? – el hombre se acercó y me puso una mano en el hombro para darme apoyo. Eso me hizo sonreír la verdad.
-¿Mensaje control?
-Claro, uno diario si te parece. – se irguió un poco y se frotó las manos. – Cada día te enviaré un mensaje con la situación actual. Cuando veas si esa situación te agrada o te molesta, vemos qué hacemos después. – dijo riéndose, pero de verdad. Pensé que era algo extraño, pero esa información ya me venía bien, así que simplemente acepté.
-Bueno, creo que me voy a ir a dormir ya… – dije mirando el reloj. Eran las tres de la mañana.
-Claro. Bueno, creo que no hace falta que te indique dónde está nada, ¿verdad? – no sé si se refería a que ya nos lo había dicho antes o que él sabía que yo ya había estado ahí con anterioridad.
-No no, tranquilo. Buenas noches – y me dirigí al cuarto de mi… ¿ex novio?
.
La habitación estaba igual que la primera vez. Todo seguía en su sitio, cada póster, cada revista, cada escaso libro e incluso parecía que el teclado del ordenador, no se había movido de posición en todo el tiempo que había pasado.
Evidentemente me entraron de nuevo unas inmensas ganas de llorar. No era por la situación actual, que bueno, en parte sí, si no que era por el mero hecho de encontrarme en ese sitio, y recordar todo lo que había pasado.
De pronto caí en que yo no había sido a la primera persona a la que él había traído a su cama, y lo peor de todo era que no había sido la última.
Una semana, eso tardó en olvidarme.
Pasaron los tres días que completaban el plazo máximo y decidió pasar página. Creo que estaba claro que yo ya no le servía y el enfado le sirvió para darme ese espacio que él necesitaba para aclararse. Llegó a la conclusión perjudicial para mí, y después aprovechó mi vacío comunicativo.
Aquellas dudas que surgieron ese último día de campamento habían sido ciertas, y parecía que Tom echaba de menos a un par de tetas que yo no podía ofrecerle.
Puse finalmente un pie dentro de la habitación y cerré fuertemente tras de mí. De pronto me embriagó un ligero aroma demasiado conocido, y que odiaba reconocer en las paredes, sabiendo que había dejado de pertenecerme. Podía oler a mi chico vagamente, me pusiera dónde me pusiera. Me apoyé en la puerta y fui descendiendo poco a poco hasta tocar el suelo.
Lo acaricié con las manos, y empecé a hiperventilar tan fuerte, que creí que me iba a ahogar de la falta de aire. Poco a poco mi respiración fue formando sonidos agudos, como si me hubieran puesto una soga al cuello y mis berridos eran simplemente una forma de conseguir algo de aire.
Realmente no quería ponerme así porque sabía que dentro de poco alguien me acabaría oyendo.
Miré al techo e intenté que las lágrimas que amenazaban con salir se retuvieran ahí hasta que me hubiera calmado, pero evidentemente era algo realmente difícil de conseguir.
Me moría de ganas de abrazar a Tom y de sentir los músculos de sus brazos rodeándome. De poder notar lo dura que estaba su espalda y de poder arañársela como solía hacer cada vez que lo hacíamos. Deseaba estirarme encima suyo y escuchar su respiración, notar el latido de su corazón y ver como su pecho subía y bajaba.
Y es que había tantísimas cosas que no habíamos hecho aún… No recuerdo más que peleas de orgullo por todas partes, y gritos y llantos. No podía recordar más de dos días sin que estuviéramos enfadados. Apenas después de volver de Düsseldorf aguantamos menos de una semana.
Nuestra relación había muerto antes de nacer. Había tantísimas cosas que quería hacer con él. Me moría de ganas de ir a la playa con él, de ir al cine… Mierda ¿Cuándo me había vuelto tan mujer? Pero también es verdad que quería hacer mil cosas juntos, incluso ver películas porno. Salir de fiesta, acampar… ¿Y qué habíamos hecho como mucho? Bañarnos en un lago y salir a cenar. No quería pensar que mi relación con Tom había muerto así.
Pero eso parecía.
Incluso entre esas paredes que eran la prueba máxima de que todo había sucedido, ahora simplemente parecía un sueño a día de hoy.
Me levanté poco a poco y vislumbré una idea de la que probablemente me acabaría arrepintiendo. Como si se tratara de algún mecanógrafo que va escribiendo palabras en mi mente, una pequeña poesía se dibujó en ese lienzo ficticio.
Busqué el primer papel limpio que pudiera encontrar y seguidamente un bolígrafo.
I wonder how your body tastes
Inside of someone else’s place
Pull away your eyes it’s nothing left to heal
I’m alone but I know everything you feel
Estuve tentado de escribir mi nombre a modo de firma pero al final y tras un suspiro lo arrugué entre mis manos y lo lancé a la papelera que había debajo de la mesa del escritorio. Finalmente me levanté de la silla con lentitud, como si me pesaran las piernas docenas de toneladas y me encaminé al armario de Tom.
Abrí uno de los cajones bajos y me encontré con su ropa interior. Me dio vergüenza de verlo y estuve a punto de cerrar inmediatamente con fuerza, pero algo me llamó la atención. Una prenda que no encajaba con el contexto parecía destacar casi con luz propia. Extendía la mano y la separé del resto, mostrándola ante mi.
Era un tanga.
Un tanga de mujer.
Si las palabras de Jörg podían tener un porcentaje de poca veracidad, ahora cobraban la verdad absoluta. Sí, definitivamente Tom se había traído más chicas después de mí. Tuve ganas de romper en mil pedazos aquel trozo de tela llena de encajes. Dios, era increíblemente sexy.
En mi cabeza no paraba de aparecerse la imagen de Tom bajándole el tanga a una chica sin rostro, y besando sus largas piernas.
Crack.
De la rabia lo había deshilachado por uno de los laterales. Me quedé petrificado ante eso, pero después simplemente no puede parar. Imaginaba que estaba desollando a la furcia que había estado con él. No me importó dejar el tanga ahí, destrozado.
Rebusqué en el siguiente cajón y encontré los pijamas. Me quité la ropa que aún estaba un poco húmeda y acartonada, y me puse lo primero que encontré. Intenté no respirar mientras me lo ponía porque sabría que si el ambiente olía un poco a él, el pijama apestaría a su esencia por todas partes, y no quería volver a derrumbarme. Justo antes de dirigirme hacia la cama me frené en seco. Pensé que ya que iba a dormir apestando a él, prefería hacerlo a lo grande. Abrí su armario y fui mirando prenda por prenda. La verdad es que no había mucho en lo que escoger ya que se había llevado casi la mitad. De pronto, la camiseta que llevó el último día que nos vimos, pareció destacar de entre el resto.
La saqué con delicadeza y la miré atentamente. Sí, definitivamente iba a dormir con ella. Devolví al prenda superior del pijama a su sitio y me puse la camiseta de Tom. Me auto-abracé sin querer.
Levanté las sábanas e intentando deshacerme de todos los flashes que me venían a la mente sobre todo lo que había pasado ahí, me fui sumergiendo en la tela. Me acurruqué lo máximo que pude contra la pared y cerré los ojos muy fuerte, como si de esa manera me fuera a dormir más rápido. Pero no, no iba a ser así, de ninguna de las maneras.
Intenté relajar el cuerpo ante esto porque en el fondo supe que esa noche no podría dormir por mucho que lo intentara. En el fondo ni siquiera tenía sueño. Quería ponerme a mirar todas y cada una de las cosas que tenía Tom en esa habitación, intentar conocerlo más a fondo, mirar fotos de pequeño, saber qué discos de música tenía, los libros que leía, si tenía regalos de algún amigo, si tenía trofeos, fotos actuales… Quería beber de recuerdos suyos para intentar sobre vivir lo que iba a ser el resto de mi vida sin él, pero de pronto, al relajarme, inspiré tan profundamente, que un olor tan potente como si él mismo estuviera aquí, me inundó las fosas nasales, haciendo que mis ojos se llenaran de lágrimas… otra vez.
Dios mío, parecía que me hubieran chutado hormonas femeninas sin parar, y es que joder no hacía otra cosa que o llorar, o intentar aguantarme el llanto, pero es que no sentía otra cosa en el pecho que las ganas de liberar toda esa mierda.
Pero lo peor es que no quería liberarme porque eso supondría saber que lo había perdido para siempre, y eso volvía a darme ganas de llorar. Era un puñetero círculo vicioso que me estaba destrozando las puñeteras entrañas.
Cogí la almohada y la abracé, decidí que ya que olía como él, esta noche esa almohada iba a ser Tom. Cerré los ojos con tranquilidad e imaginé que lo estaba agarrando por el brazo y le olía los hombros, acariciándoselos con mi nariz. De nuevo su olor tan impregnado en todas partes, facilitaba esa fantasía hasta el punto de hacerme sonreír.
-Tom, te echaba mucho de menos… – le confesé a ese cuerpo inerte y muerto, sin vida y sin nada. Aunque por un instante creí que me contestaba diciéndome que él también me estaba echando mucho menos. Me sorprendí de mi propia imaginación, porque la voz ficticia de Tom había hablado en presente, y yo le había hablado en pasado porque para mí, él ya estaba ahí.
Igual le estoy leyendo el pensamiento al Tom real, y ha pensado eso él… Ts, Bil , no seas tan iluso.
Finalmente, sin conseguir contenerme el llanto, me dormí entre cientos de pensamientos al menos un par de horas más tarde. Después de dibujar la cara de Tom en mi imaginación cientos de veces, de intentar escuchar su voz en mis recuerdos, y de creer que le estaba tocando a él, me conseguí dormir casi con la luz del amanecer, asomándose por la ventana. ¿Volvería Tom antes de que me fuera? ¿Volvería con esa furcia en brazos esperando poder tirársela en el mismo sitio donde yo estaba durmiendo?
-¿Por qué te has ido con el a, Tom? ¿Por qué no me has esperado…? – mi voz era flojita entre sollozos, o quizás porque ya estaba durmiendo y simplemente estaba hablando en sueños. En pesadillas.
.
Tom
-Tres cafés, por favor. – le pedí a un camarero que justo pasaba por al lado de nuestra mesa.
Estábamos en la estación central de Berlín, y ya eran las tres de la tarde. Habíamos decidido comer aquí para estar seguros de llegar a tiempo y de no perder el tren. Llevábamos en silencio toda la comida, y en realidad prácticamente toda la mañana.
Hoy habían sido nuestras últimas horas en Berlín y evidentemente, no le habíamos encontrado. La misión había fallado estrepitosamente, y los ánimos de tener una conversación entre nosotros se habían ido esfumando en el transcurso de la mañana. Todo lo que tenía, perdido. Me había quedado sin dinero, sin Bill, y prácticamente sin emociones. No tenía ganas absolutamente de nada, ni siquiera tenía ilusión por volver a casa y descansar, porque en ella no me esperaba nadie. O al menos nadie que a mi me interesara. Sólo estaba el que se hacía llamar mi padre.
-Tom, siento decir esto pero… Que le jodan. – dijo Andy en voz alta. En cuanto acabó la frase, recibió un codazo en todo el estómago por parte de Mario. – Ouuch… ¡Joder! ¡Es que es verdad! Que le jodan.
-¿A Bill? – dije, un poco en mi mundo.
-Pues claro. Ya hemos hecho lo que hemos podido, y él sigue sin dar señales de vida. Nos hemos movilizado medio país y no ha servido de nada… Pues que le follen, joder. – al acabar esto hundió la nariz en su taza de café recién traída.
-Pues yo no creo que deba pensar eso… – dijo Mario con voz lastimera.
-¿Ah no? ¿Y porqué no?
-Porque no me creo que Bill haya decidido simplemente desaparecer… – sentenció, con la mirada baja.
-Oh vamos, ¿crees realmente que pudiendo contactar con él haya un motivo de peso como para no hacerlo? ¡Y encima sin dar explicaciones! – los miraba a los dos mientras hacían el papel de ángel y demonio consejeros. Es como si Mario intentara excusar los motivos de Bill para que al menos no lo odiara por lo que estaba pasando, y Andy simplemente hacía que deseara una muerte dolorosa para el susodicho. No sabía qué hacer.
-¡Igual ha tenido algún problema! Igual perdió el número, o yo que sé… Es Bil … – dijo mirándome directamente a los ojos. La manera en que pronunció su nombre hizo que se me enterneciera el corazón. –¿Lo ves capaz de desentenderse de ti tan fácilmente? – el corazón empezó a latirme tan deprisa que no supe ni escuchar mis pensamientos para poder responderle.
-Eh eh, no lo metas en esto y menos con ese tonito de ángel misericordioso. – chilló Andy quitándome las posibilidades de contestar – Si hubiera perdido el número ya habría dado con él. Por el amor de dios, estamos en la era de la tecnología, seguro que habrían encontrado antes a Bin Laden buscando en internet que por tierra. – no pude evitar hacer una pequeña risilla.
-Eh no no, Tom, no te dejes embaucar por sus chistes. Tú conoces a Bill y sabes lo que llegó a enamorarse de ti, tiene que haber un motivo para todo esto.
La cabeza empezó a darme vueltas y vueltas, se paseaban por mi mente miles de frases contradictorias que mostraban una de las dos posiciones de la discusión, pero en ningún momento llegaba a una determinación en concreto. De pronto simplemente intenté frenar todas esas voces, y respiré hondo.
-Mirad, no quiero ni odiar a Bill, ni seguir dependiendo de su recuerdo – les dije a ambos, mirándolos fijamente a los dos, alternando. – A partir de ahora, Bill simplemente no existe. Punto. – creí que se me iba a quebrar la voz al decir eso. – No lo odiaré porque no habrá estado en ningún recuerdo y por consiguiente no lo echaré de menos tampoco.
Ambos suspiraron al unísono, sabiendo que en realidad ninguna de las tres opciones que había sobre la mesa era la correcta, pero no había más, y tenía que buscar la menos desastrosa de todas, y la que me dejara vivir mi vida más allá de esto.
-Pero… – empezó Mario.
-No, de verdad. Déjalo. – le corté. – A partir de ahora simplemente me dedicaré a buscar trabajo, a ahorrar todo el dinero posible para poder volver. Ya he estado fijándome en las fachadas a ver si veía carteles sobre los pisos que se alquilan. – comenté.
-¿Alquilar? ¿Pero cuanto tiempo te piensas quedar?
-Mucho. No quiero a mi padre cerca, y si mi madre también se desentiende de mí, al menos estaré en una ciudad con más posibilidades de futuro que Düsseldorf…
-O sea, que te quedarás a vivir. – sentenció Andy, bien rápido.
-No lo sé, no lo sé… – dije, removiendo el poco café que quedaba en mi taza, sin atreverme a mirarles a la cara, ya que probablemente los dos estarían desilusionados por la noticia.
El tren proveniente de Düsseldorf llegará a la vía diez con quince minutos de retraso, este tren finaliza aquí su recorrido.
-¿Ese es nuestro tren? – dijo Mario, algo alarmado y mirando el reloj. – pero si sólo son las cuatro.
-Qué dices memo, ese tren viene de Düsseldorf, nosotros VAMOS a Düsseldorf. – enfatizó Andy, aparentemente aún un poco enfadado con su novio y por la discusión sufrida.
-Eh eh, vale no hace falta insultar. – dijo Mario sacando la lengua.
-De todos modos nuestras vías son la nueve y diez, y sólo queda media hora para que llegue el tren así que vamos a ir enseñando los billetes y llevando todo el equipaje que quiero pillar un buen sitio.
Nos levantamos inmediatamente y recogimos cada uno nuestras maletas del suelo para ir encaminándonos poco a poco hasta nuestro destino. No hubo más remedio que empezar a despedirse poco a poco de esta ciudad. Aunque yo no lo haría por mucho tiempo.
.
Bill
Nos acababan de anunciar que nuestro tren iba a llegar con un cuarto de hora de retraso, y sinceramente, no me importaba mucho. Me daba igual si llegar o no llegar, la verdad.
Estuvimos el día de ayer entero para recoger las maletas y devolver la llave del hotel para dejarlas en el piso de Jörg y pasar ahí la última noche. Tenía la pequeña esperanza que Tom apareciera en algún momento pero no fue así, haciendo que esta mañana me costara despegarme aún más de las sábanas, sabiendo que con la poca suerte que estaba teniendo, seguro que Tom aparecería por la puerta nada más desaparecer yo…
Pero la verdad es que estaba cansado de sufrir y tenía ganas de ver a mi madre y abrazarla un rato.
Miré a Ashley que se había quedado dormida hacía rato y después puse mi vista en Georg, que éste tenía la suya clavada en las cartas que estaban en sus manos. Llevábamos un buen rato jugando, y yo le estaba ganando casi todas las veces, haciendo así que la partida para mí fuera cada vez más interesante, y para él que poco a poco se convirtiera en un reto.
-Te pienso ganar esta vez… – dijo pasándose la lengua por los dientes, poniendo una sonrisa socarrona. – No vas a poder contra esto.
Pero se equivocó. Gané yo de nuevo, y el cuarto de hora siguiente estuve ganando yo las otras dos partidas.
Alguien debería enseñar a este hombre a jugar a las cartas.
Oímos de nuevo como la voz anunciaba que fuéramos cogiendo nuestras pertenencias ya que el tren estaba deteniéndose, y pude ver como de pronto, toda la gente que estaba sentada, se levantaba al mismo tiempo que nosotros, pareciendo que casi lo habíamos hecho coordinado a posta. Dios santo, sí que había gente en el tren… Con bastante dificultad conseguí bajar las maletas de la estantería de encima nuestro y nos pusimos en cola para esperar a que se abriera la puerta.
El tren se detuvo del todo, y a los pocos segundos, como si de una puerta de una nave espacial se tratara, ésta se fue abriendo dando paso a toda la tripulación. Mis dos amigos y yo, que estábamos bastante retrasados, aún estábamos a mitad del pasillo de las butacas y teníamos que esperar a que todo el mundo se bajara para poder salir.
Desde las ventanas también se podía observar que a fuera estaba abarrotado. ¿Pero qué diablos pasa?
Podías ver a personas con carros llenos de maletas. Madre mía, ¿se iban al puñetero Hogwarts o qué? Entre pensamiento y pensamiento, una voz que provenía de fuera, nos sorprendió.
El tren con destino Düsseldorf llegará a la vía nueve en quince minutos.
-Eh, esa es la vía que hay justo al otro lado de este mismo andén. ¿Volvemos? – dije de broma, mientras avanzábamos por el pasillo de las butacas muy lentamente.
-¿Estás flipando? Quiero besar el suelo de mi casa. Me muero por besar ese suelo – dijo Georg, haciéndonos reír.
-Ya te digo, Bill súbete tú solo que ya sabes dónde tienes que ir, porque nosotros estamos muertos – Ashley acompañó sus palabras con un gesto en el que hacía ficticiamente que se estaba rebanando el cuello. Qué gráfica la niña.
-Que si i… Que era broma, muchachos. – rodé los ojos. No aceptan una bromita de nada. Poco a poco empezamos a ver el andén. – Dios cuanto ruido – había tanta gente hablando que apenas nos oíamos.
-¿Qué? – dijo Ashley, alzando la voz.
-¡Que cuanto…! Da igual. – era tontería repetir en voz alta otra vez ese comentario absurdo. Ashley simplemente encogió sus hombros. Mientras bajábamos las escaleras del tren vimos como justo al otro lado del andén, aparecía el tren que nos devolvería al lugar de donde veníamos.
.
Tom
-Vamos vamos, daos prisa. – estábamos yendo a la máxima velocidad que podíamos por todos los pasillos de la estación ya que a medio camino, Andy había necesitado ir al baño con urgencia y nos habíamos desviado del camino. Acababa de escuchar que nuestro tren estaba llegando a la vía, y si lo perdíamos me iba a dar un ataque al corazón.
Llegamos a las escaleras mecánicas que bajaban al andén nueve y diez y ya desde mi posición vi que había muchísima gente. Mierda, ahora tendré que ir apartando a todo cristo para poder entrar en el tren… Ni conseguir buenos sitios ni nada.
Llegamos y empezamos a apartar a mucha gente que estaba intentando salir del andén.
.
Bill
Intentábamos avanzar entre las personas que se dedicaban a subir al tren que acababa de llegar y la gente que intentaba salir de donde estábamos y la verdad es que se estaba convirtiendo en una tarea muy difícil.
Nosotros avanzando a paso lento conjuntamente con los que habíamos salido de nuestro tren, y después gente que intentaba abrirse paso porque perdían el que acababa de llegar. Dios santo ¿es que la gente no planifica bien sus viajes? ¡Se ha de llegar con tiempo de antelación, joder!
Yo intentaba simplemente respirar para que no me entrara el agobio inminente que parecía que pronto iba a empezar a producirse. Intentaba mirar simplemente a la nada mientras agarraba con fuerza mi maleta y movía mis pies al ritmo al que el resto iba avanzando.
De pronto hubo un gran alboroto. Un par de metros más mi derecha parecía que había alguien se abría paso entre cientos de empujones. Inconscientemente dirigí mi vista hasta ese sitio y el corazón me dio un vuelco cuando creyó reconocer un peinado bastante peculiar.
Unas rastas avanzaban a pasos agigantados hacia el tren dirección a Düsseldorf. No le veía la cara pero podría jurar que era él.
Tom
El corazón empezó a latirme tan deprisa que no dejaba sangre a mi cerebro para pensar. Durante un instante sentí un pitido en mis oídos, como si este intentara aislarme del mundo exterior, pero lo único que consiguió fue aturdirme.
Mientras veía como se alejaba sentí casi como el mundo me daba una bofetada en la cara para espabilarme.
Dejé la maleta en el suelo sin importarme siquiera si pudiera cogérmela alguien y directamente salí escopeteado. Me sentí fatal mientras empujaba a esa pobre gente a la que a manotazos, apartaba de mi camino casi sin miramiento, pero sinceramente, ahora había algo más importante encima de la mesa.
Si Ashley y Georg dijeron algo en cuanto me vieron salir corriendo, no lo pude llegar a oír jamás, ya que el alboroto que estaba originando tanto yo, como el chico de las rastas que estaba corriendo, había hecho que apenas pudiera oír mis propios pensamientos.
Fui corriendo y corriendo y de pronto me caí al suelo. Se formó un estruendo al tirar por tierra todas las maletas que llevaba una pobre señora en un carro. Escuché desde el suelo, tapándome el golpe que me había hecho en la frente, como la vieja empezaba a gritarme y a pegarme en la cara con un paraguas. Yo intenté cubrirme la cabeza al mismo tiempo que parecía que intentaban a ayudarme a levantarme del suelo.
-Disculpe señora, ahora mismo vuelvo y le ayudo con las maletas, yo… – no sabía si dejarla ahí y volver más tarde, si ayudarla ahora, si subirme a ese tren y perderme para siempre…
.
Tom
Un golpe hizo que me frenara en seco. Me giré sobresaltado pensando que les había pasado algo a mis dos amigos y los busqué con la mirada. Parecía que no estaban detrás de mi. Tenía el corazón a mil por hora porque sentía que íbamos a perder el tren y estos dos no estaban por ninguna parte.
A más de diez pasos de mí, pude ver como tres o cuatro personas se arremolinaban para ayudar a alguien que estaba en el suelo. Me preocupé al instante, y escuché como una señora le estaba chillando algo alguien sobre que le había tirado las maletas. ¡Me cago en la puta, seguro que ha sido uno de estos dos!
Me dispuse a dar media vuelta e ir hacia allí cuando de pronto empecé a oír el sonido de las puertas.
-¡Mierda mierda mierda mierda! – empezó a temblarme el cuerpo y casi ni veía por dónde iba. Me dispuse abrirme paso cuando de pronto me agarraron del brazo.
-¿Pero a dónde vas? ¡Que perdemos el tren! – la voz llena de pánico de Mario hizo que los niveles de preocupación bajaran una buena zancada. Oh dios, gracias al cielo.
-Sí, vamos joder. ¡Subid subid! – hice señas como si empujara el aire hacia el tren, intentando así mover a los maricas hasta dentro de éste.
.
Bill
Como si fuera una jarra de agua fría, el sonido de las puertas amenazantes de un cierre, inundó el andén de las vías nueve y diez. Los gritos de la señora se quedaron ensordecidos a mi espalda, ya que ni siquiera tuve la decencia de levantar al menos una de las maletas que había tirado al suelo, y había salido disparado como si la vida me fuera en ello.
Seguí apartando a todo aquel que estuvo en mi camino y me desesperé al no encontrar las rastas que había divisado hacía un par de minutos.
Miré a todas partes y cuando me acerqué al tren vi a un muchacho con el mismo peinado que había visto, subiendo al tren.
-¡Tom! – chillé justo cuando estuve a medio metro de él. Cuando estuve encima tiré de su camiseta para captar su atención. El pobre muchacho, se giró muy sobresaltado.
.
Tom
Nos metimos apresuradamente en el tren y me tuve que girar porque alguien me había tirado de la camiseta.
Me sobresalté y miré extrañado hacia detrás. Me encontré con un muchacho con el pelo negro que me miraba con algo en las manos.
-¡Tom! – Mario sujetaba su maleta y me pedía ayuda para meterla dentro delo tren. – ¡Que no puedo con todo! – dijo entre pucheros.
-Será posible, ¿cómo estás tan blandengue? – dije mientras le agarraba el objeto en cuestión y tiraba de él para meternos en el tren. El pelinegro me miró algo azorado y se rascó la cabeza.
-Ya, perdona… – Una vez que dejé su maleta dentro, le tendí al mano y este la agarró. Finalmente tiré de él y pudimos respirar tranquilos, con todos los miembros del grupo dentro del tren, y todo el equipaje también a bordo.
.
Bill
No sé quién era ese pobre muchacho, pero no era Tom. Tampoco supe qué cara adopté en ese instante, pero desde luego no reflejaba demasiada emoción. Me quedé un poco parado y con la respiración entrecortada.
-Yo… Perdona, lo siento. Me he equivocado de persona… – creo que jamás en la vida había notado como la voz me sonaba a tal decepción. Ni siquiera cuando me enfadé tanto con Tom el último día del campamento.
La sombra que parecía cernirse sobre mi en esos instantes, oscurecía todas mis palabras.
El pobre muchacho puso cara de enfado y me pegó un manotazo a la mano que aún seguía alzada, y que lo había agarrado por la espalda. Finalmente la puerta, se empezó a cerrar delante de mí, haciendo que el chico entrara por los pelos. Me quedé mirando el metal frío y cómo éste se alejaba de mí a medida que el tren, iba abandonado la estación.
Por un instante pensé que el chico al que acababa de asaltar, no era el mismo que había visto correr entre la gente. Por un momento, de verdad que supe que había visto a Tom. Sí, lo había visto y estaba seguro de ello.
A mi espalda aparecieron a un paso acelerado mis dos amigos. Pude sentir su presencia de lo fuerte que respiraban al haber venido corriendo entre la gente.
-Bill… – dijo el grandullón, poniéndome una mano en el hombro, haciéndome sentir una mierda simplemente por tener su apoyo. – ¿Qué ha pasado? – en realidad por su tono de voz, pude saber que me había visto hacer el ridículo de mala manera.
Me giré poco a poco y hundí la cabeza en las manos. No quería ni contestar. Ashley dejó las maletas en el suelo y me dio un abrazo. La rodeé y apoyé mi mejilla en su pelo.
-Os juro, que lo he visto… Era él. – sentencié. Tenía que decirles que no habían sido imaginaciones. Pero en el fondo yo ya sabía que no me iban a creer por nada del mundo.
Yo sabía que ahora me miraban con pena, pensando algo como “pobre, está empezando a verlo por todas partes”. He de admitir que puede ser verdad, pero porque tengo ganas de encontrármelo en cada esquina, pero esta vez ha sido verdad. No podía ser otro más que él.
Ashley se limitó a asentir a mi comentario, al mismo tiempo que Georg simplemente suspiraba para acabar asintiendo de la misma forma, apretando un poco la mano que aún seguía en mi hombro.
¿Había estado realmente Tom en Berlín todo este tiempo? ¿Y dónde estaba la rubia? No había visto a nadie más con él. La cabeza me daba vueltas y empezaba a ver la teoría cojear más y más. Ahora las preguntas en mi cabeza eran simplemente saber si realmente mi mente no me estaba jugando una puñetera mala pasada, haciéndome ver a Tom cuando realmente no había sido así.
-Vamos Bill, volvamos a casa. Hoy necesitamos dormir en casa todo el mundo. – Ashley me dio un par de palmadas en la espalda antes de deshacerse del abrazo y simplemente me indicó que tiráramos hacia delante. – Eh, pero antes de nada, coge tu puñetera mochila, que llevo cargándola todo el rato yo. – en realidad sonreía mientras decía eso, intentando distraerme.
Pero en vez de eso, simplemente intenté sonreír.
.
Tom
El sonido de las puertas al cerrarse sentenció el no retorno a Berlín, por lo menos en varios meses. Miramos hacia ambos lados del vagón y en la derecha encontramos justamente cuatro asientos libres. Nos encaminamos a ellos y de pronto Mario se acercó a mi oreja, y me susurró algo.
-Pss… Tom. Mira ése. – me hizo pequeñas señas con los dedos y mi vista se posó en un individuo que se había subido por la puerta contigua a la que nosotros. Me entró la vergüenza ajena de pronto, porque creí estar viéndome a mi mismo. – El colega este se ha copiado de tu peinado… – dijo entre risitas.
-Dios mio, tienes toda la razón. – me quedé algo parado. El chico había decidido quedarse de pie justo enfrente de la puerta. En realidad de cara no se parecía en nada a mí, pero llevaba una gorra con las rastas sujetas como las mías. – Joder, está claro que necesito un cambio de look con urgencia.
Sin esperar a nada más, nos sentamos en los asientos, que se miraban entre ellos, con una mesa justo en medio y yo saqué cartas para jugar. Mario se fue quedando dormido poco a poco y Andy se iba quejando cada vez más por todas las palizas que le estaba dando.
Continúa…
Gracias por leer.