Largo invierno 6 (P.1)

Mit dir, in die Nacht II: Largo Invierno

Capítulo 6: Noche (P.1)

Bill

Me desperté llorando. Había sentido una sacudida enorme en el pecho y de pronto abrí los ojos sobresaltado, completamente empapado en sudor y con la respiración entrecortada. Me había incorporado con los brazos a ambos lados de mi cuerpo, agarrando las sábanas con fuerza, como si éstas evitaran mi precipitosa caída hacia el vacío.

Estaba completamente desconsolado, y no podía hacerme cargo de mis propios actos. Es como si el control de mi cuerpo no estuviera sobre mí. Sólo sé que estaba hiperventilando y no podía más que llorar y llorar. Es como si alguien le hubiera dado al botón de autodestrucción que se encargaba de dejar a Bill en pedazos, empezando por su cabeza.

Me estaba destrozando.

Tras calmarme mínimamente, mirando a todas partes y cerciorándome que estaba a salvo en mi habitación, me fui encogiendo más y más contra la pared, rodeándome las piernas.

Intentaba serenarme, y me pasaba las manos por la cara para eliminar las lágrimas que se derramaban por mis mejillas, pero pareció un acto en vano, porque no paraban de caer más y más. No tenía límite.

No recordaba haber tenido una pesadilla, ni siquiera tenía la sensación de haber soñado con absolutamente nada ni… nadie. Pero no podía haber otro motivo para estar así, ¿cierto?

Me intenté levantar apartando las sábanas de encima y simplemente me encaminé hacia la mesa de mi habitación. Sorbiéndome la nariz cada dos por tres busqué un clínex y mi paquete de tabaco. Abrí la ventana de mi habitación y de un salto llegué al balcón que daba al jardín, y a la ciudad. Tuve que volver a meter el brazo por la ventana para coger el móvil y mirar la hora, y comprobé que aún tenía casi tres horas para seguir durmiendo. Me entró la risa floja, porque por mucho que fueran aún las once de la noche, ya no iba a poder dormir más…

Me senté en una silla, y acerqué el cenicero que había en la mesa de cristal de al lado. Encendí el cigarro y dejé que el tabaco me intoxicara los pulmones. Me quedé pensativo e intenté recordar lo que había soñado. Intentaba remontarme a algún tipo de sentimiento que hubiera podido sentir nada más despertarme, pero sólo conseguía encontrar desesperación y dolor…

La verdad es que esto ya me había pasado varias veces, y debería dejar de intentar encontrarle una explicación. Simplemente… me pasaba. Y muy probablemente, era mi inconsciente, que necesitaba llorar y yo no le dejo mientras estoy despierto.

No puedo dejar que me afecte lo de Tom, no puedo. Y llevo un mes evitando llorar ni siquiera estando solo. Pero… Me despierto por las noches justo igual que hoy, y siento el agujero del estómago más y más grande. Y no parece que tenga intenciones de menguar.

-¿Y qué quieres que le haga yo…? – le dije al mundo, susurrando con la voz entrecortada. – Yo no he escogido que esto salga mal… ¿Porqué tengo que seguir sufriendo…?  – intenté calmar las ganas de volver a romper a llorar, e intenté respirar todo el humo que me fui capaz de almacenar. Creo que definitivamente esa calada había teñido de negro el tejido de mis pulmones. Pero la verdad, poco me importaba.

Hoy ya estábamos a dos de Noviembre. No podía creer que hubiera pasado todo septiembre y Octubre ya. Por una parte se habían hecho interminables, pero por otro lado ya estábamos aquí. Han sido dos meses muy oscuros. No podía más que pensar en lo que me ocurría, y eso me ensombrecía cada momento medianamente feliz.

Había estado ocupado con las clases por lo menos, y los trabajos y exámenes me tenían algo distraído, pero siempre acababa llegando la noche, dónde me quedaba solo y no tenía manera de escapar de mi mismo.

Es justo ese instante donde cierras el ordenador y los apuntes de la universidad, ese instante dónde decides que ya ha sido bastante faena por hoy, el que me empezaba a dar miedo. Últimamente lo atrasaba tanto que me iba a dormir de madrugada, sabiendo que me quedaban muy pocas horas para dormir, pero es simplemente que no me quería enfrentar a un vacío mental. No quería “no estar ocupado”. Necesitaba distraerme, y finalizar la tarea significaba abrir la mente a cualquier otro pensamiento, y… siempre acababa siendo el mismo.

Últimamente, de tanto reprimirlo, me ha acabado pasando esto. Me despierto llorando como si se hubiera muerto alguien, y no consigo encontrar consuelo por mucho que intente desvanecer el pánico. Éste me rodea, y no me deja respirar.

Ya estaba deseando que fuera por la mañana para poder pensar en otra cosa.

Me levanté de la silla y me asomé al balcón para mirar al cielo y observar la noche que tanto le gustaba a Tom. Podía ver todas las estrellas alzarse ante todos los que vivíamos en la tierra, y me dieron envida de no verse involucradas en la mierda que estaba en nuestras calles. Ojalá yo también fuera una estrella y pudiera simplemente estar en el cielo, absorto de todo lo que estaba mal aquí abajo.

Le pegué la última calada al cigarro y por un instante, la belleza que desprendían, quedó tapada por una manta de humo. Supongo que la comparación más acertada hacia mi persona era exactamente esa; Yo soy el humo, y estropeo todo lo que toco.

Con esa triste idea en la cabeza, arrastré la colilla por el cenicero para que se apagara del todo, y volví a meterme en mi habitación, con la diferencia que salí por la puerta y bajé hasta el comedor, dónde pensaba quedarme hasta que fuera buena hora para irme a la universidad. Con un poco de suerte igual pillaba un canal porno.

.

Tom

Hacía una calor insoportable. No podía creerme que tuviera ganas de quitarme la camiseta cuando a fuera estábamos por debajo de los cero centígrados. Por el amor de dios, que ya es Noviembre y estamos en la puta Alemania.

Supongo que eso me pasaba por aceptar un trabajo de mozo de almacén. Todo el rato levantando cajas, llevándolas de un sitio para el otro. Sobre todo los días que llegaban pedidos nuevos eran lo peor. Como mínimo dos veces a la semana me dejaban una furgoneta para hacer yo mismo de transportista y me pasaba casi toda la mañana con música en la radio, yendo de un lado al otro de la ciudad.

Lo bueno es que estaba aceptando cualquier horario que me dieran, incluso el de noche, que aunque pagaran más, mucha gente no podía afrontarlo teniendo en cuenta el hecho de combinarlo con el resto de su vida, así que al final del mes me pagaban muy generosamente. Este Octubre había cobrado casi 1600 euros. Si todo seguía así igual en medio año podía reunir casi nueve o diez mil pavos, que me iban a ir genial para llegar a Berlín bien descansado.

Decidí cogerme el descanso ahora aunque en realidad me tocaba en una hora, pero sencillamente necesitaba echarme algo de agua en la cara, ya.

Me encaminé hacia el baño bastante rápido y simplemente abrí el grifo, haciendo que las palmas de mis manos, colocadas en forma de cuenco, se llenaran de agua que acabaría rápidamente en mi cara.

-Brrrr… – no pude evitar decir, incluso en voz alta. La verdad es que estaba congelada. ¿Es que las cañerías están en la puta cal e repletas de nieve o que? Qué digo, si aún no ha caído la primera nevada… – Dios, está congelada. Pero lo necesitaba con urgencia.

Me miré en el espejo y pude ver que tenía la cara roja, aunque sólo pueda ver la mitad de esta a causa de la barba. Hacía dos meses que no me afeitaba, y como yo no era demasiado peludo en ese sentido, aún parecía una barba de un par de semanas a lo sumo, y eso era bien, porque ni parecía un oso, ni parecía un crío que no ha llegado aún a la edad del vello corporal.

Me daba un aire más serio y eso me sentaba bien, porque me estaba haciendo sentar la cabeza. Por otro lado, le pelo me había crecido bastante y ya lo podía agarrar casi todo en una coleta baja. Aún habían mechones rebeldes en la frente que me caían hacia delante, pero no me acababan de molestar. Pronto tendría que hacerme incluso un moño para que el pelo no se desperdigue por mi cuello. Es curioso porque el peinado ha llamado mucho la atención, pero a bien. Creo que se me lanzaban más tías que antes, pero… no lo podía calcular.

Antes tenía una media de cinco a la semana. Cuando tenía una mala racha como muy poco dos o tres, y la semana buena caían todos los días, incluso con alguna repetida. Ahora… no lo podía contar porque… no lo hacía.

Suspiré fuertemente, y me vi tentado de pegarle un puñetazo a una de las puertas de los cubículos. Aguanté la respiración y me fui a una sala habilitada para fumadores, con terraza. Me senté en un banco que había justo donde daba el sol y protegerme un poco del frío de Düsseldorf.

Sí, vale, ya vuelvo al tema del sexo… Joder, no había echado un polvo aún desde que lo hice con Bill. Definitivamente, sin contar la época de mi nacimiento a mi primera vez, esto estaba siendo el tiempo máximo que había estado sin follar. Todo Agosto, Septiembre, Octubre… Y dos días de Noviembre. Dios, si no fuera porque me mataba a pajas habría explotado hace tiempo. Y no me quiero acordar de mi último beso… Sí, Andy. Desgraciadamente ese había sido mi último beso con alguien.

Joder, era imposible lo que me estaba pasando. Había tenido a docenas de tías a huevo, y en el último momento, las mandaba a tomar por culo. Simplemente… no podía joder. No podía.

Había una fuerza superior a mi que no me dejaba que ni siquiera, el empalme durara más que el camino hasta el baño. Una vez nos metíamos ahí dentro para follar, la muy puta se ablandaba, y ni con la mejor mamada que me habían hecho en meses, habían conseguido que se mantuviera erguida más de un par de minutos.

Algo me bloqueaba la mente.

Creo que no había hecho tanto sexo oral en mi vida… ¿Qué iba a hacer sino? O les comía el coño y demostraba que era un hombre o perdería mi fama de putero.

Todas y cada una de las veces que una tía se agachaba y se metía mi polla en la boca mi subconsciente me traicionaba y le cambiaba el aspecto a la susodicha. Si era pelirroja le teñía el pelo de negro, si ya lo tenía negro le agregaba las mechas rubias en los mechones de delante… Dios, hasta parecía que les desaparecía el escote… En este último mes apenas había pronunciado su nombre dos veces en voz alta, y todo porque me habían sacado el tema, si no… Yo era incapaz de decir nada al respeto.

Excepto en privado, claro… Como ahora.

Miré el reloj y sorprendido pude ver que se me había acabado el descanso. Si me quedaba más tiempo ahí, seguro que me lo descontaban del salario… Me levanté y me puse en marcha de nuevo.

.

Bill

Para variar había sido un día de mierda. Habíamos tenido historia y esas clases ya no eran lo mismo, por lo menos no para mí. A Dawn la seguían adorando como impresionante mujer que era, pero ya no me enervaba por nada de eso. En cambio, Ashley soltaba chispas cada vez que alguien le hacía demasiadas preguntas y le miraba el escote.

-Bill, yo no entiendo cómo soportabas esto… – dijo estrujando un lápiz tan fuertemente, que casi parecía que lo iba a romper.

-Ya te digo… – dije riéndome un poco. – Como mínimo sabes que no para de mirar hacia a ti, así que es como si te estuviera haciendo la clase sólo a ti… – le guiñé un ojo, intentando darle algo de confianza.

-¿Tú crees que está enamorada? – preguntó en un susurro, enterrando la voz prácticamente, algo avergonzada por lo que estaba diciendo.

-Oh… Bueno, yo sigo viéndole ese brillo en la mirada que tenía conmigo, pero no sé si es porque le apasiona dar esta clase, o por que está enamorada de ti. – Me encogí de hombros, dándole una respuesta muy sincera.

-Lo sé, yo también le veo la pasión cuando está enseñando.

-¿La notas igual cuando está contigo? – me atreví a preguntar.

-Supongo que sí… – empezó a garabatear algo en un folio en el que no tenía ningún apunte. Estaba claro que este tema no le hacía especial ilusión, sobre todo si no sabía más que presunciones de la realidad.

Nos quedamos absortos durante unos instantes en los que sin querer, me quedé mirándole los brazos a un chico de la fila de delante, y de pronto Georg, me despertó.

Mierda Bill, ¿enserio te has distraído con eso? Vale, puede…

-Oye, estoy hablando con Carol de ir este finde a una rave a las afueras de la ciudad, yo me voy a apuntar… ¿Os venís? – dijo lo más bajito posible. Puso los ojitos brillantes y después casi se puso a hacer pucheros. Será cabrón… Sabe cómo jugar sus cartas.

-¿De verdad? Georg, no sé… Ahí hay mucha droga y mucha mierda… – dije algo preocupado. La verdad es que no me gustaba mucho frecuentar sitios así, me daba miedo que me metieran algo en la bebida y no me enterara, y acabara en el hospital o… ¡yo que sé! De todo. Soy algo exagerado para estas cosas, lo sé.

-Oh vamos Bill, no seas tan marica. – dijo Ashley, riéndose. – No te preocupes que entre el grandullón y yo, te protegemos. – la pelirroja guiñó un ojo al castaño, y luego añadió algo más – yo me apunto al bombardeo.

-¡Sí, genial! – intentó alegrarse lo más bajito que pudo. – ¿Oh, y Dawn…? – señaló a la susodicha que seguía apuntando cosas en la pizarra, muy entretenida.

-Le diré que se venga si quiere, pero va a ser bastante violento… Aparte, no creo que quiera venir. – aclaró. Suspiré de alivio. La verdad es que realmente, aunque yo ya había superado lo de Dawn, vernos fuera de los sitios estrictamente obligados, como la universidad, empezaba a ser muy extraño. Sobre todo cuando nos veíamos porque nosotros habíamos quedado con Ash, y ella estaba ya con ella de antes.

La relación con Dawn era pura y estrictamente profesora-alumno, supongo que lo que siempre tuvo que ser, a diferencia de que bueno, ella tenía una historia sentimental con una amiga mía y de vez en cuando nos veíamos.

Solamente nos saludábamos cordialmente, y ya está. A veces creía verle algo de nostalgia en los ojos, pero intentaba convencerme a mi mismo de que no era así, porque mi situación actual podría llevarme a dejarme caer en los brazos de cualquiera, y desde luego los brazos de Dawn estaban prohibidos.

-Va Bill, di que te vienes. – me suplicó el castaño, y esta vez sí, haciendo pucheros.

-Oh mierda, Georg… -le solté, algo abatido.

-Bueno, pero… ¡Conduces tú! Así yo podré beber y distraerme, ¡Y… Si me aburro me llevas a casa! – solté, algo impertinente.

-Desde luego eres una niña mal criada. – sentenciaron los dos, con frases muy parecidas a esta. Me dolió pensar que ambos habían usado el género femenino. Los desintegré con los ojos, y luego volví a mirar a la pizarra, intentando apuntar todo lo que decía Dawn y que no se encontraba en las diapositivas que ya teníamos.

-Psss, Georg. – le llamó la atención la pelirroja, perturbando mi poca duradera paz, ya que yo estaba en el medio. – ¿Te la has tirado ya, o que?- dijo esta, con voz coqueta, alzando las cejas varias veces.

Georg enterró la vista en el folio.

-Miieeerda… – dije yo. – No me lo puedo creer Georg. No hagas como con Ash joder, ponle un par de huevos.

¿Cuántas veces habéis quedado en estos dos meses? – le dije dándole un codazo, como si fuera una especie de castigo.

-Pues unas cuatro…

-¿¡CUATRO?! – de pronto se giró media clase y yo me quedé en el sitio, petrificado sin saber qué hacer. ¿De verdad había chillado eso tan alto? Vi con temor, cómo Dawn se giraba algo alterada, y fijaba su vista en mí. Durante un instante sentí que se estaba poniendo muy incómoda y que intentaba desviar la vista a Ashley, supongo que para buscar algo de confort.

-¿Le… Le pasa algo, señorito Trümper? – preguntó, con la voz algo temblorosa.

-No no… Yo… Lo siento. – dije casi poniéndome a hacer reverencias como los japoneses, pidiendo disculpas.

-Pues haga el favor de callarse, o de salir. – me eché para atrás de la impresión que me habían dado esas palabras y asentí rápidamente. Me sumergí de nuevo en los apuntes, completamente rojo y esperé a que la clase volviera a la normalidad.

-Madre mía Georg. – empezó de nuevo la pelirroja. – ¿Cuatro veces? En la segunda ya suele caer el polvo… Es casi obligado. ¿No te la has llevado a tu casa o qué?

-Sí es que… No sé, me pongo nervioso, me colapso con el a. No es como intentar entrarle a una cualquiera en una discoteca. Es tan guapa… – dijo casi suspirando.

-Y después dicen que yo soy el maricón. Será posible… Menuda nenaza, Georg.- dije negando con la cabeza. – Vale mira, iremos a la rave, pero como no te la tires esa noche, yo no vuelvo. – sentencié. Georg sonrió con todas las mejillas completamente rojas, y después asintió.

&

Eran las once de la mañana y el café olía a recién hecho de la cafetera. Aproximé mi nariz a la taza y noté el embriagante calor que desprendía esta, acompañado de uno de los olores más exquisitos que existían, el del café.

Dejé la taza en la encimera de la cocina, justo al lado del taburete dónde pensaba sentarme y después agarrando una manta, abrí el jardín porque me había dejado el cenicero ahí fuera la noche anterior. Ahora, recién despierto no pensaba salir a la intemperie ni aunque me pagaran. Prefería hacer el café dentro de el calor de un dulce hogar.

Llegué de vuelta a la encimera de la cocina y posicioné el paquete de tabaco, el cenicero, el café y el móvil uno al lado del otro. Pronto, los cuatro objetos iban a tener uso.

El viernes había llegado de forma estrepitosa casi sin darme cuenta. La verdad es que llevaba un mes y medio que vivía en una cuenta atrás constante al viernes. Se podría decir que sentía algo muy parecido a esa sensación que se tiene cuando se está pendiente de una serie de televisión, que se emite un día a la semana. Eres tan fan, que solamente vives pensando en cuando llegará ese día para tener más información de esos personajes que te tienen completamente pendiente de sus vidas y cotilleos. Además es esa serie que nadie más ve, y que por lo tanto no la puedes comentar con nadie, solamente la disfrutas mientras la ves, y sufres en silencio la espera hasta la siguiente entrega.

Miré el móvil de reojo mientras le daba un pequeño sorbito al café, y me precipitaba a desprecintar el paquete nuevo de tabaco. Continué con mi tarea, pendiente de esta y una vibración empezó a repiquetear contra el mármol de la encimera.

Sonreí sabiendo perfectamente que era.

-¿Bill?- no sé porque Jörg siempre tenía la manía de decir mi nombre en voz alta, asegurándose de que era yo quien cogía el móvil. ¿Quién iba a ser si no?

-¡Hola! Buenos días, Jörg – dije lo más alegre que pude.

He de admitir que esta práctica más que ayudarme a superarlo, hacía todo lo contrario. Tener noticias de Tom, aunque estas fueran indirectamente, sólo me hacía tener más ganas de más cosas, y de que llegara el siguiente viernes, y el siguiente… Intentaba alimentar mis días a base de una vida narrada, que ni siquiera era la mía, y que ni siquiera el dueño de esta, quería que yo fuera consciente. Pero… Creo que ese era el motivo por el cual no llegaba a rozar el punto de vagabundear sin rumbo por las paredes de mi casa.

Georg y Ashley no tenían ni idea de que seguía en contacto con Jörg, haciendo así que esto se tratara de una especie de segunda vida, en la que durante una media hora a la semana, yo obtenía escenarios sobre lo que le ocurría a Tom y yo simplemente me colocaba en estos, como si se tratara de una especie de colegiala que está enamorada de él, y lo va persiguiendo sin que éste sea consciente de lo que pasaba.

Oh dios, desde luego que estaba para que me internaran en un psiquiátrico.

Me preguntaba cuantas hostias me darían entre Georg y Ashley si se enteraban que en realidad no lo tenía tan superado como les parecía.

La opinión de ellos es que vivía en una especie de país de la sombra durante determinados momentos del día, sobre todo en medio de las clases dónde al tener que estar callados, podía sucumbir fácilmente a una desviación mental a mi mundo de fantasía, donde ambos sabían que seguía teniendo trocitos de Tom aún enterrados. Según ellos, después simplemente volvía a la normalidad. Lo que ellos no sabían es que yo vivía en ese país de la sombra permanentemente pero intentaba fingir que sólo se trataba de un lugar de paso. Aunque como ya os he comentado, intentaba distraerme con tareas de la universidad el máximo tiempo posible cada vez que me quedaba solo.

Necesito un novio.

Sí, un puñetero novio. Con pene. Con una polla que llene el agujero. Me da igual cual de los dos agujeros rellene primero, si el vacío de mi estómago, o mi puñetero culo, pero ambas empezaban a ser muy urgentes…

Aunque aún no me atrevía a pensar que ese alguien iba a ser alguien que no fuera Tom.

-Buenos días, Bill ¿Qué tal ha ido la semana? – al principio siempre empezábamos hablando de temas bastante banales, recuerdo haberle echado la bronca por tener la página de su empresa aún en construcción, de no tener un Facebook sobre el campamento… En fin, integrarse un poco en las redes sociales para llamar mejor la atención. Después poco a poco yo siempre desviaba el tema, y Jörg simplemente accedía a seguir el hilo que yo iba estirando poco a poco, sabiendo que sus palabras eran el néctar que me dejaba seguir en vida una semana más.

-¿Y… Qué tal le está yendo en el almacén aquel? – supongo que a estas alturas no es de extrañar que me haya explicado absolutamente todo lo que sabía sobre Tom. Lo básico en realidad, porque el chaval no le explicaba mucho, pero sí que sabía dónde estaba trabajando ahora.

-Pues bien supongo, trabaja cada vez que le dicen que vaya. Le deben de estar pagando un montón de horas extra porque está yendo incluso los fin de semanas, las noches, los festivos… Creo que trabajó incluso en la víspera de todos los santos.

Me estaba impresionando todo eso. ¿Cómo era que no paraba de trabajar? ¿No quiere estudiar o hacer algo con su vida ahora que es joven? Joder, estaré sonando como un puñetero viejo carca, pero aparte del trabajo puede combinárselo con algo más, y no gastar ahí todos sus días…

-¿Y no sale? ¿No tiene vida social o qué? – pregunté, algo extrañado.

-Oh, en cada rato libre o está en casa de Mario o Andy, o bueno… Perdido a saber dónde. – me podía imaginar qué es lo que debía de estar haciendo mientras no estaba con sus amigos. Hace tiempo que Jörg me anunció que había terminado con la rubia con la que se había ido de viaje, pero no tardó mucho en incluir un par de morenas más, y una pelirroja con la que ahora parecía que estaba teniendo bastantes roces.

Yo, cada vez que Jörg se encaminaba hacia esa parte, simplemente cogía aire e intentaba contenerlo para que el hecho de estar sufriendo físicamente una falta de aire, me doliera más que las palabras que iba soltando el padre de mi ex. Digamos que quería sentir más dolor físico que psicológico, aunque en la mayoría de veces no lo conseguía.

-¿Y cómo lo notas…? Bueno, dentro de lo que cabe. ¿Crees que está feliz? ¿Que está bien? – vaya pregunta más estúpida. Bill no puede ser que te esté diciendo que va de flor en flor como antaño, y tú sólo te preocupes de su bien estar. Ni siquiera están pensando en el tuyo propio. Hace bastante tiempo que sabes que esto ha acabado y… ni siquiera has intentando enmendar tu vida personal.

-Oh bueno, ha pegado un cambio bastante drástico la verdad. Lo veo más serio que siempre, aunque no sé si es porque no me habla, aunque supongo que sería un factor importante. – los dos nos reímos. Era bastante extraño sacar este tema más de una vez sabiendo ambos que yo sé lo que pasó, y no hayamos querido hablarlo nunca. Digamos que es un tema implícito y tabú al mismo tiempo, pero que ambos podemos sobrellevar. No sé, es raro. Todo en este hombre es raro. – Pero sí, creo que ha crecido un poco. Está durando “más” con las chicas. Creo que jamás le había visto repetir más de dos veces con la misma chica, y en dos meses ya van dos. Supongo que lo has centrado un poco. – sus palabras no me hicieron sentir mejor, de hecho todo lo contrario. Hicieron que hirviera en mi una rabia que empezaba a florecer en forma de lava en el estómago. ¿Por qué cambié yo a Tom y no soy YO quién disfruta de ese cambio…? Tom es mío. Era mío.

Yo merecía esto, no ellas. Vale supéralo Bill, Tom ya no es tuyo. – Bueno Bill, siento que hoy apenas hayamos podido hablar pero tengo que irme a la oficina. Hablamos el viernes que viene. – se despidió.

-Le espero – solté a modo de despido. Y era la verdad. Cada semana esperaba la llamada de este hombre. Cada viernes. Era como el mejor y el peor día de todos al mismo tiempo.

Continúa…

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