No podía dejar de llorar, que Tom le soltara que sabía su secreto era lo peor que le podía pasar. Que lo supiera Georg, Gustav o medio instituto le daba igual. Pero Tom no, ni su familia. Sabía que nadie se iría de la lengua si querían seguir disfrutando de sus servicios pero Tom era distinto, porque en ese tiempo que llevaban conviviendo juntos empezaba a verle como un amigo.
Pero ya no había vuelta atrás, ese odio con el que le había mirado era el mismo con el que tantas veces se habían mirado entre ellos cada vez que se cruzaban en el instituto. Las cosas volvían a ser como antes, y a partir de entonces tendría que volver a comportarse con esa dureza y frialdad que usaba de fachada para que nadie descubriera lo frágil que era.
Respiró hondo y se levantó del suelo donde había quedado tras que Tom le soltara de golpe. Se miró en el espejo y se lavó con decisión la cara. A un lado estaba su neceser con todo su maquillaje dentro y lo abrió. Empezó a arreglarse en silencio, era viernes por la noche y pensaba salir a trabajar, y a tratar de no pensar más en Tom.
Terminado de maquillarse se retocó el pelo y respirando hondo de nuevo salió del baño. No quería volver a ver a Tom en esos momentos, pero se había dejado la cazadora sobre la cama y dentro de un bolsillo estaba parte del poco dinero del que disponía. Había apartado un poco para no llevárselo todo, dejándolo bien guardado detrás de la foto de su madre, sabiendo que a nadie se le ocurriría coger algo tan personal para él y ponerse a husmear.
Se dirigió a la habitación y entró en ella con la cabeza bien alta. Tom estaba tumbado en la cama mirando al techo, desviando la mirada cuando interrumpió sus pensamientos. Se quedaron mirando en silencio, ninguno de los dos quiso decir nada. Tom volvió a clavar la mirada en el techo y Bill fue al armario abriéndolo de par en par.
Empezó a rebuscar entre su ropa hasta dar con la camisa adecuada para esa noche. Era de manga larga, toda de rejilla, transparente, y sin importarle que Tom estuviera a escaso metros se quitó la que llevaba y se puso la otra. Cogió también un chaleco negro y se lo puso, ignorando a Tom cuando habló.
— ¿Vas a salir?—preguntó Tom sin poderse contener.
Dio media vuelta y cerró el armario dando un ligero portazo. Recogió su cazadora de cuero negra y salió de la habitación poniéndosela por el camino.
—Mis padres no saben que vas a salir—dijo Tom yendo tras él—No les has pedido permiso.
—No tengo por qué hacerlo, no son mis padres—murmuró Bill bajando ya por las escaleras.
—No puedes…—siguió diciendo Tom.
— ¿No puedo, qué?—estalló Bill encarándosele— ¿No puedo irme a trabajar sin que me des el coñazo?
Tom se paró en seco al escucharlo, se le veía realmente enfadado y ya no quedaba nada de esas lágrimas derramadas.
—Entérate de una vez, mi vida no es asunto tuyo—siseó Bill con rabia—Los viernes por la noche es cuando tengo más clientes y no pienso quedarme encerrado en casa. No soy como tú, no tengo a nadie para que me compre caprichos, ni me mime ni me haga la cama.
Y diciendo eso se giró de nuevo y siguió su camino, saliendo de la casa tras dar otro portazo. Tom se quedó sin habla, al pie de las escaleras sin saber qué hacer. No pensaba ir tras él para tratar de que regresara, allá él, ya sabía lo que iban a decir sus padres cuando volvieran y vieran que no estaba.
Y así fue, Simone y Gordon pusieron el grito en el cielo al ver que Bill había salido. Por más que interrogaron a Tom no pudieron saber donde se había metido, pues a Tom no se le ocurría donde podía estar. Seguro que no frecuentaban los mismos lugares, si en esos momentos hubiera podido salir estaría en casa de Andreas jugando a la play hasta que se aburrieran y decidieran irse a beber a escondidas al parque. Y no se imaginaba a Bill bebiendo con ellos y ni mucho menos jugando una partida tras otra tirado en el sofá.
No sabiendo donde buscar, Simone y Gordon empezaron a preparar la cena en silencio mientras que Tom ponía la mesa. Eran casi las 8 y viendo que Bill no iba a cenar tampoco empezaron sin esperarle.
—Vete a la cama Tom—ordenó Simone una vez terminaron—Hablaremos con Bill cuando regrese, ya me he cansado de su actitud.
Gordon contuvo el aliento al escuchar a su mujer, esperaba que Bill se comportara mejor a partir de entonces, no podían echarle de casa porque no tenía donde ir. Y no se encontraba aún preparado para contarle todo lo que había pasado.
Eran las 12 cuando Bill regresó a casa, y no venía en buen estado. Había estado bebiendo tras pasar una buena tarde yendo de “compras” y luego al ver la hora que era se fue a “trabajar”. Nada más entrar por la puerta del primer bar que vio se le acercaron dos chicos a los que conocía de vista. Iban dos cursos por delante suyo en el instituto y sabían a qué se dedicaba. Y no eran los únicos, muchos compañeros de instituto lo sabían y callaban, porque aunque nunca lo admitirían en público, les gustaba mucho y era muy bueno en lo suyo.
Sonrió a los dos chicos que corriendo se le acercaron y dejando a un lado su malestar de esa tarde se concentró en pasar un buen rato. Primero le invitaron a una copa y luego a otra, hasta que tuvieron las agallas necesarias para pedirle de sus servicios.
Bill sonrió y tras tomarse la bebida de un trago les pidió que le acompañasen al baño. Y lo hicieron encantados, allí se encerró en una de las cabinas con uno y luego después con el otro. Cogió el dinero que le ofrecían y salió a por otra copa que le quitase ese amargor que sentía en la boca.
Luego se dedicó a disfrutar un poco, fue a la pista de baile y se dejó llevar por la música, lo que atrajo la atención de su tercer cliente. Con él disfrutó más que con los anteriores, primero bailaron demasiado juntos un par de canciones y se tomaron otras tantas copas, hasta que sintiéndose los dos muy calientes salieron a un oscuro callejón para dar rienda suelta a su pasión.
Y tras ese trabajo decidió que era hora de regresar, el alcohol había ayudado a que olvidase lo mal que le había hecho sentirse Tom. Claro, que no contaba con abrir la puerta y encontrarse a los padres, que en esos momentos le miraban con los brazos cruzados y una enfadada expresión en sus caras.
— ¿De dónde vienes?—preguntó Simone tomando la iniciativa.
No hacía falta ser un genio, Bill caminaba con cierta dificultad y la ropa le apestaba a tabaco.
—Te he hecho una pregunta—insistió Simone.
—De dar un paseo—contestó Bill, arrastrando las palabras.
—Has bebido—señaló Simone, como si no fuera obvio—Eres menor de edad, no deberías…
—Mi madre me deja beber—saltó Bill sin poderse contener—Y fumar también, de hecho, ella fue la que me enseñó.
—Estando en mi casa seguirás mis órdenes—saltó también Simone.
—Cariño….Bill no está en condiciones y no sabe lo que está diciendo—intervino Gordon—Es mejor que lo dejemos para mañana.
Simone asintió con la cabeza, no había podido evitar saltar de esa manera, pero le dolía ver que Bill no era tan buen chico como ella pensaba.
—Vete a la cama—dijo Gordon mirando fijamente a Bill—Ya hablaremos mañana con más calma.
—Sí, papá—se burló Bill.
Gordon abrió los ojos como platos al escucharlo, por suerte su mujer pensó que lo decía en broma a causa del alcohol ingerido y no se lo tuvo en cuenta. Bill rompió a reír al ver la cara que ponía Gordon, sacudió la cabeza y se dirigió a las escaleras. Subió a trompicones y se fue directamente a la cama sin pasar antes por el baño, no tenía ganas de lavarse la cara en esos momentos.
Tom estaba ya dormido, o fingía estarlo. No lo sabía y no le importaba. Se dejó caer en la cama y cerrando los ojos se quedó profundamente dormido…
A la mañana siguiente la resaca era de campeonato. Nada más despertarse sintió una arcada que le hizo volar al baño, donde vació su revuelto estómago. Se miró al espejo y arrugó la frente al ver su aspecto. Tenía mala cara, muy pálido y con todo el maquillaje corrido. Se sentía algo mareado y la cabeza le iba a estallar de un momento a otro.
Regresó a trompicones a la habitación, Tom se levantaba en esos momentos y quedó impactado al verlo. Pero Bill le ignoró y se metió en la cama de nuevo, gruñendo por la claridad que le molestaba.
Tom decidió dejar que descansara, bajó a la cocina y notó a sus padres muy distantes.
— ¿Se ha despertado ya?—preguntó Simone nada más verlo.
—No—contestó Tom carraspeando.
—Estará con resaca—murmuró Simone resoplando—Dejaremos que descanse, pero tras comer me va a oír.
—Simone, no seas dura con él—pidió Gordon.
—Pues entonces habla tú con él—dijo Simone mirando fijamente a su marido—Explícale que se tiene que portar mejor de lo que lo está haciendo.
Gordon asintió, no sabía cómo iba a hacer que Bill entendiera que si no seguía ciertas normas mucho se temía que no podía seguir en esa casa, y la única opción que quedaba era un centro de acogida. Seguro que tras esa “amenaza”, Bill cambiaría de parecer.
Llegó la hora de comer y Bill seguía metido en la cama. Simone no subió a por él ni Gordon tampoco, se miraban entre ellos y en silencio lo decían todo: Bill les estaba echando un pulso. Tom comió también en silencio, sabía que se venía una buena. Su madre era muy buena, pero cuando se la cabreaba sacaba las garras.
Se dio prisa en comer y tras lavar los platos se fue al salón a ver la tele. Se tumbó en el sofá y empezó a hacer zapping hasta dar con una película. Aunque no presto mucha atención, sobre su cabeza escuchó la voz de su padre llamando a la puerta de su habitación. Agudizó el oído, pero por lo visto su padre había entrado y dejado de nuevo la puerta cerrada. No se escuchaba nada, seguramente estaría hablando con Bill en voz muy baja…
Así era. Gordon se armó de valor y dejando a su mujer en el jardín regando los nuevos rosales plantados con ayuda de Tom subió a hablar con su otro hijo. Llamó a la puerta pero no obtuvo ninguna respuesta. Suspiró y abriendo la puerta se asomó a la habitación.
— ¿Bill?—llamó en voz alta.
La habitación estaba en penumbras y despedía un desagradable olor, una mezcla de alcohol y humo. Arrugó la frente y entró del todo en la habitación. Ya era hora de que se levantase y se dirigió a la ventana, subiendo de golpe la persiana y abriéndola de par en par para que la habitación de ventilara.
Escuchó un gruñido a su espalda seguido de una maldición. Bill al fin había despertado y no estaba de humor en esos momentos para hablar. Pero Gordon sabía que no podía retrasar más esa conversación pendiente.
—Bill, tenemos que hablar—dijo con voz firme.
Un nuevo gruñido le indicó que Bill no estaba por la labor. Pero Gordon insistió y acercándose al borde de la cama tiró de las sábanas hacia atrás. Bill llevaba la ropa del día anterior aún puesta y el pelo revuelto, por no hablar de cómo había dejado la almohada con todo ese maquillaje que se aplicaba.
Gordon resopló al verlo, su mujer iba a poner el grito en el cielo.
— ¿Qué hora es?—preguntó Bill con voz ronca.
—Las 4—contestó Gordon—Hora de levantarse.
—Los sábados no salgo de la cama en todo el día—murmuró Bill tapándose la cabeza con la almohada.
— ¿Y tu madre te deja?—preguntó Gordon sin poder contenerse.
Bill pasó de contestarle, no pensaba decirle que los fines de semanas no solía ver a su madre de lo ocupada que estaba. Mejor, así ella no se enteraba de lo que hacía a su espalda…
—Bill, venga. Levántate—pidió Gordon son suavidad—Baja y pídele perdón a mi mujer.
— ¿Cómo?—preguntó Bill descubriéndose un poco la cara.
—Ayer la disgustaste y ahora…bueno, me ha pedido que te diga que no te portes de esta manera si quieres…seguir viviendo aquí—explicó Gordon con torpeza.
— ¿Y por qué no le dices que me han obligado a vivir aquí?—estalló Bill—Díselo, a ver qué opina.
Le estaba desafiando. Gordon aún no había encontrado el momento ni las palabras adecuadas para contarle toda la verdad a su mujer. Y Bill no le ponía las cosas fáciles.
—Sabes que si no quieres vivir aquí te puedes ir, nadie te retiene—dijo Gordon procurando mantener la calma—Claro, que entonces tendré que avisar al agente Jensen y él te buscaría otro lugar.
Bill le fulminó con la mirada, sabía que ese otro lugar no era otro que un reformatorio donde tendría que vivir bajo otras normas mucho más estrictas. Y ya se podía despedir de sus trabajitos eventuales.
—Sabía que cambiarías de opinión—dijo Gordon con ironía—Ahora ve a ducharte, baja a comer algo y dile a mi mujer que a partir de ahora te portarás mejor.
Salió de la habitación y dejó a Bill a solas para que recapacitara, si no empezaba a portarse mejor mucho se temía que se tendría que ir de casa…