Capítulo 3. Perdiendo a mi hermano pequeño
Caminó todo lo deprisa que pudo, sintiendo hervir la sangre. ¿Cómo había podio hacerle eso? ¡Dejar embarazada a su madre!
Se mordió los labios para no gritar frustrado y echó a correr. Necesitaba llegar cuanto antes a casa de Andreas, le necesitaba con urgencia en esos mismos momentos.
Cruzó la calle y llegó a la puerta, parándose antes de llamar para recuperar el aliento. Levantó una mano y llamó con suavidad, esbozando una sonrisa forzada cuando fue la madre quien abrió la puerta.
— ¡Bill! Andreas ya me contó que habíais llegado—le saludó besándole en la mejilla.
— ¿Está Andreas?—preguntó todo directo.
—Sí, en su habitación—le explicó cogiendo su abrigo y dejándole entrar—Sube a hacerle compañía, he quedado con mi marido para cenar con unos amigos y me he retrasado,
— ¿Regresarán tarde?—no pudo evitar preguntar Bill.
—Ya sabes cómo se alargan esas cenas—contestó resoplando.
Le dijo adiós con la mano y Bill cerró la puerta dejándola bien candada. Echó a correr escaleras arriba y entró en la habitación de Andreas sin molestarse en llamar primero.
Le vio tumbado de espaldas en la cama, ojeando una revista con una expresión aburrida en la cara. Sin mediar palabra, se comenzó a desnudar. Cogió el borde de su camiseta y se la sacó por la cabeza ante la extrañada mirada de Andreas.
— ¿Qué haces?—preguntó Andreas dejando a un lado la revista.
Pero no le contestó. Se descalzó con los pies y desabrochó los pantalones, bajándoselos y echándolos a un lado de una patada. Caminó descalzo y se subió a la cama de rodillas quedándose mirando a Andreas jadeando.
Andreas carraspeó nervioso y se incorporó. Pensaba que lo suyo solo serían un par de besos, pero ver como se le quería entregar, verle medio desnudo con esa expresión en la cara, una mezcla de lujuria y tristeza…verle así no se podía resistir.
Solo asintió con la cabeza, y antes de que se diera cuenta ya le tenía a horcajadas sobre su regazo, apoderándose de sus labios y desabrochándole los pantalones con temblorosas manos.
Trató de relajarse y disfrutar del beso, pero algo le decía que Bill no estaba pasando por un buen momento, más al asentirle sollozar contra sus labios.
Levantó las manos y las puso en su agitado pecho, separándole con esfuerzo.
— ¿Estás bien?—preguntó cuándo consiguió que le dejase de besar.
—No, pero lo estaré—contestó Bill con voz ronca.
Iba a preguntarle el porqué de su estado, pero no pudo pronunciar palabra. Sus dedos se habían colado en sus boxers y le estaba acariciando con suavidad. Le miraba fijamente a los ojos mientras le masturba, poniéndose más duro cada vez, bajando una mano para imitarle.
La metió por sus boxers, bajándoselos de su estrecha cintura, tocándole de la misma manera que él le tocaba.
Pasados unos minutos y tras “olvidar” el estado de Bill, animado por sus caricias le cogió con fuerza por la cintura y le hizo rodar por la cama, quedando él encima y apoderándose de sus labios mientras se acomodaba entre sus piernas, que Bill separó y elevó.
Sin despegar sus cuerpos y menos aún los labios, comenzó a bajarle los boxers con su ayuda, quien elevó las caderas en busca de su contacto… hambriento….desesperado…
Se los quitó con esfuerzo y los lanzó bien lejos. Se bajó su pijama y también los boxers e hizo que sus miembros conectasen y se frotasen.
Cesó el beso, y apoyándose en el colchón con los codos le observó atentamente. Tenía los ojos cerrados y se mordía los labios para que no se le escaparan los sollozos. Pero sus lágrimas le delataban. Bajaban por sus mejillas dejándoselas bañadas.
Dejó de frotarse contra él, levantando una mano para secar esas lágrimas. No lo podían hacer de esa manera.
— ¿Qué ha pasado en casa?—preguntó en voz baja.
Aún recordaba cómo había comenzado todo. Un buen día se presentó en su casa en el mismo estado que en esos momentos. Estaba llorando y él solo quería consolarle. Le abrazó con fuerza, y siguiendo un impulso le besó en la mejilla. Pero Bill alzó la cara en esos momentos y el besó fue a parar a sus labios.
Se quedaron mirando sin decir nada, y al momento siguiente hacían más profundo ese beso. Cuando terminaron y pudieron hablar, le explicó que había tenido una movida en casa, pero que no se sentía con fuerzas para contársela.
Y eso era lo que sospechaba que había pasado esa noche. Había vuelto a discutir con su madre o su padrastro, de Tom no se lo esperaba, aunque tras haberlos descubierto y poner el grito en el cielo, tal vez hubieran hablado y él le hubiera dicho cosas horribles.
Por eso corrió a su lado, necesitaba consuelo, y un gran abrazo.
Esperó su respuesta, pero le vio negar con la cabeza y alzar por instinto las caderas. Pero sabía que así no podía ser, con él llorando mientras le hacía el amor por primera vez.
Se levantó de la cama y se acomodó la ropa, haciendo caso omiso de su erección. Recogió los boxers de Bill que localizó colgados del respaldo de una silla y se los tendió para que se los pusiera.
—Vístete, Bill—le pidió casi en una súplica.
Bill suspiró y tras secarse él mismo las lágrimas se incorporó y comenzó a vestirse avergonzado de sus actos, por haber insistido cuando Andreas se interesó por su estado.
Se puso los boxers y se tumbó en la cama de costado, encogiéndose todo lo que pudo sollozando. No tenía fuerzas para volver a casa, sobre todo tras lo que le dijo a Tom. No podía regresar tan pronto y menos aún con los ojos enrojecidos por haber llorado.
Viendo el estado en el que se encontraba, Andreas se dio por vencido. Esa noche no le iba a sonsacar nada. Cogió una manta que tenía a los pies de la cama y tras tumbarse a su lado le tapó y abrazó por la espalda.
Pero Bill se dio la vuelta y se refugió en su pecho, rompiendo a llorar cada vez más alto. Le abrazó con más fuerza mientras le frotaba la desnuda espalda con suavidad, cerrando los ojos con dolor mientras le consolaba hasta que sintió que caía dormido con un ligero hipo, rendido por el llanto, quedándose él también dormido sin poderlo evitar.
&
Paseaba nerviosa por la habitación de su hijo pequeño. Hacía casi 3 horas que se había marchado enfadado tras comunicarle la buena noticia y se estaba comenzando a preocupar cada vez más.
Se paró ante la ventana mientras se frotaba el vientre donde creía ese hijo tan deseado. Siempre quiso tener un hijo con su segundo marido, darle un hermanito a sus gemelos, deseando poder retenerle a su lado más que a sus hermanos, que la dejaron sola para alcanzar su sueño, olvidando que solo eran unos niños pequeños.
Los echaba mucho de menos. Se fueron muy pronto de casa, por motivos de trabajo, eran muy pequeños y aún no sabía cómo lo había permitido.
Educaría mejor al siguiente hijo, no dejándole abandonar el hogar hasta los 30 si era posible,
— ¿Mamá?
Se giró con rapidez, viendo al mayor de sus hijos parado en la puerta.
— ¿No viene Bill contigo?—preguntó Simone buscándole con la mirada.
Tom negó con la cabeza y entró del todo en la habitación de Bill. Tras verle irse en dirección a casa del mejor amigo de ambos, aunque después de esa noche no lo volvería a ser de él, no podía regresar a casa y actuar como si no hubiera pasado nada.
Se fue a dar una vuelta, necesitaba tomar el aire y que le despejara las ideas, dejar de pensar que mientras él lo estaba pasando mal, Bill disfrutaba en ese mismo momento.
Entró en la primera tienda que encontró abierta y se compró un par de cervezas que se tomó llorando de rabia sentado en un columpio del parque cercano a su casa, al mismo al que él y Bill iban de pequeños, y al que llevarían a su nuevo hermano cada vez que volvieran a casa a tomarse un descanso.
Lloraba porque había perdido a Bill. No lo entendía, era suyo, él le vio primero…
— ¿Te encuentras bien?—preguntó Simone al ver su gesto de dolor.
Lo cambió con esfuerzo y logró esbozar una sonrisa acercándose a su madre.
— ¿Y tú? Se te ve cansada—dijo Tom besando su mejilla.
—Estoy muy preocupada por tu hermano. Aún no ha vuelto, y esas cosas que dijo en la cena… ¿sabes qué le pasa?—preguntó Simone muy preocupada.
Sabía que su hijo pequeño debía estar pasando por un mal momento. Siempre había sido muy dulce y cariñoso, pero de la noche a la mañana le cambió el carácter, llegando incluso a parecer odiar a su padrastro.
Siempre pensó que lo había aceptado de buen grado, los primeros años de casados se comportaron como una gran familia unida, viendo con orgullo como su segundo marido había conectado tan bien con sus hijos.
—No sé nada—contestó Tom en un susurro.
¿Qué le podía decir? ¿Qué su querido hermano se estaba tirando en eso momentos a su ex mejor amigo? No quería disgustarla, y menos en su estado.
— ¿Qué planes habéis hecho?—cambió de tema señalando el vientre de su madre— ¿Con qué habitación os quedaréis?
Simone miró a su hijo preocupada. Podía que eso también hubiera hecho enfadar a su hijo pequeño. Ya no era la llegada de un nuevo hermano sino el hecho de que las cosas iban a cambiar en la casa.
No contaban con otra habitación, y como ellos se pasaban casi todo el tiempo viajando y viviendo en el apartamento con sus compañeros de grupo, era lógico pensar que se iban a quedar con una de sus habitaciones para el futuro bebé, y ellos tendrían que compartir la otra cuando estuvieran en casa de visita.
—Me mudaré a la de Bill—contestó Tom sonriendo—Así le pondremos más fácil las cosas, no ver que nuestro hermanito le echa de su propia habitación tras haberle destronado como el rey de la casa.
—Tom, no digas eso—se apresuró a decir Simone—Sabes que os quiero a los dos por igual, y que el bebé no cambiará lo que siento por vosotros.
—Lo sé, pero es la única respuesta que encuentro al estúpido comportamiento de Bill—dijo Tom con dureza.
Simone suspiró dándole la razón a su hijo mayor. Tenía que ser eso, celos por el hermanito nuevo.
—No te preocupes mamá, cuando nazca cambiará de opinión—le animó Tom sin muchas esperanzas.
Sabía que Bill era muy cabezota, cuando se le metía algo entre ceja y ceja no lo abandonaba con facilidad.
—Vamos a dormir, ya hablaremos mañana con él—suspiró Simone dándose por vencida,
Salieron de la habitación de su hijo pequeño y apagaron la luz. Se despidió del mayor en la puerta de la suya y entró en la que compartía con su marido.
— ¿Ya ha vuelto?—preguntó Gordon dejando a un lado el libro que hacía como si lo leyera.
¿Cómo hacerlo tras haber escuchado las palabras de su hijastro pequeño? ¿Cómo hacerlo sin ver que seguía empeñado en él?
—No, era Tom—contestó Simone metiéndose en la cama.
Se acostó de lado gimiendo mientras se frotaba el dolorido estómago. Gordon la escuchó y acudió a abrazarla, apoyando la cara en su cuello.
— ¿Te sigue doliendo?—preguntó tras dejar un beso.
—Sí, llevo así toda la tarde. Y además, creo que la cena me ha sentado mal, me siento revuelta, y luego está…
Dejó la frase sin terminar. Ambos sabían que las duras palabras del hijo pequeño habían hecho mucho daño. Apagaron la luz y se dispusieron a dormir.
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Al igual que Tom. Con el pijama ya puesto miraba el techo tumbado de espaldas en su cama, fumando sin parar un cigarrillo tras otro. Sabía que a su madre no le gustaba que fumasen en la casa, y ahora más en su estado y estando en la futura habitación de su hermano pequeño.
Pero los nervios le consumían y no podía dejarlo. Tras terminarse el cuarto, eso si no había perdido la cuenta, se levantó y bajó a la cocina a por un vaso de agua. Por el camino cogió el móvil, viendo que ya eran las 2 de la mañana.
Pasó por la habitación de Bill y se asomó a ella, comprobando que aún no había regresado. Lo maldijo por lo bajo y fue a por ese vaso de agua con el que tragar todo el odio que sentía hacia Andreas en ese momento, y las lágrimas que le provocaba todo el daño que Bill le hacía.
Se estaba sirviendo el agua cuando oyó que le llamaban a gritos. Se le escurrió el vaso, que se hizo añicos contra el borde de la pila y echó a correr escaleras arriba hacia donde procedían los gritos.
Entró en la habitación de sus padres, quedándose paralizado por lo que allí ocurría. Su padrastro lloraba suplicándole que llamara una ambulancia mientras sujetaba la mano de su madre y le pedía que se calmara.
Se fijó más en ella, en el gesto de dolor que le recorría la cara y la sangre que se extendía por las sábanas de la cama.
Continuará…