«My Guitar Teacher» Fic de LadyScriptois
After Lesson 5
Definitivamente no sabía que pensaba cuando se le ocurrió aceptar aquella proposición.
Bueno, realmente no lo hacía. ¿Cómo pensar con aquella porrista suplicando de esa forma y con tu mejor amigo revoloteando por todos lados buscando la ropa que ponerte?
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— ¿Dónde está Bill? – preguntó Tom, cuando vio volver a Andreas sin el pelinegro.
—Dice que espera que traigas dinero.− dijo rápidamente el platinado.
— ¡¿Qué?! – No podía estar hablando en serio. El veía como salía la mercancía, casi sin ropa
—Fue por una buena causa. Necesitaban a alguien.
— ¿Y tenía que ser Bill? – preguntó airado.
—Las porristas lo eligieron y bueno, el no pudo decir que no. – fue el argumento de Andreas ante la mirada asesina de Tom, la que se intensificó ante la mención de las porristas.
La subasta comenzó y cuando iban por la séptima ronda Tom empezó a lamentar el estar sentado tan cerca. Quería creer que estaba alucinando, pero la forma en que se le estaban insinuando era demasiada clara como para que fuera solo su imaginación.
Varios subastados más y por suerte a Andreas le alcanzó el dinero para comparar a Adam. Ya estaban cerca del final. Lo supo cuando comenzaron a ofrecer a las porritas.
“Lo último es lo mejor”, era el lema de años de Sara.
Lo más raro de todo era que aún no salía Bill.
El momento estaba cerca. Loan, Alice, Claudia. Solo faltaban Sara y Bill.
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Al enterarse la líder de las porritas de que el pelinegro participaría, no dudó, mandó a la mierda el eslogan que la caracterizaba, y decidió salir antes que Bill. Pensaba que Tom la compraría a ella por un alto precio y así humillaría al pelinegro. Si, el plan era perfecto.
Cuando Sara salió a la pasarela, Tom comenzó a dudar, y la fiera mirada de la porrista sobre él le generó un mal presentimiento.
De pronto las luces se apagaron y la única luz en el lugar enfocaba a Sara quien se quitó la chaqueta que traía dejándola en un diminuto vestido.
Los silbidos y aplausos no se cortaron en sonar y la líder sonreía inconforme cuando vio a Tom sonreírle para luego ignorarla.
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— Claudia, no estoy seguro.− dijo tímido Bill, intentando bajar lo que más podía esa corta túnica griega color blanco.
— ¿Bill, no has visto cómo van los demás? Hubo chicos que salieron en boxers.− apuntó como si fuera lógico. — Tú vas muy tapadito.− dijo riendo. Los comentarios eran ciertos, Bill era adorable.
— Es muy corto.− dijo sonrojado.
— ¿Quieres el traje del chico de la selva? – le preguntó y le mostró la pequeña prenda.
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Sara bajó de la pasarela enojada, fue vendida por seiscientos euros y no a Tom. Lo bueno, es que Bill tendría que hacer mucho si quería superar ese valor.
Se sentó al lado de su comprador, que al menos era miembro del equipo de natación y esperó a que saliera Bill.
Juró que mataría a Claudia cuando escuchó lo eufórico de los presentes y notó por quien el escándalo.
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Caminaba tímido y aunque su sonrisa era hermosa la estaba forzando, sus ojos se veían sumamente brillantes debido a la luz y sobresalientes gracias al perfecto maquillaje negro con dorado, acompañado por un hermoso brillo en sus labios. Vestía con una túnica de un solo tirante, que le llegaba hasta unos cuantos dedos sobre la rodilla y era decorada con una delgada soga dorada en su pequeña cintura, dejaba ver sus pálidos hombros y brazos níveos, al igual que sus lindas y delgadas piernas, su cabellera negra estaba absolutamente suelta y lisa cayendo por su espalda y moviéndose a compás de sus caderas, resaltada por una corona de flores.
— Este hermoso chico tiene dieciséis años.− anunciaba sonriendo Claudia. — Le gusta el arte y no es bueno en los deportes.− enfatizó haciéndolo sonrojar.
Bill se detuvo en la punta de la pasarela y le sonrió tímido a Tom, haciéndolo estremecer.
El mayor no podía despegar sus ojos de Bill. No podía creer que alguien tan hermoso fuese su novio y lo amara, que lo escogiera a él pudiendo tener a cualquiera.
— Comenzaremos con trecientos euros.− dijo Claudia.
Recordó las instrucciones que le dio Claudia y supo que en ese momento debía agitar su cabellera y darle una nueva pasada a la pasarela. Armándose de valor lo hizo con naturalidad, batiendo sus pestañas sobre el hombro, mirando a Tom y ganando más aplausos de ser posible.
— ¡Cuatrocientos cincuenta! – ofrecieron.
— ¿Tom…? – le llamó Andreas.
— ¿Ah? – dijo despegando su vista de Bill.
— Necesitas comprarlo, ¿Cuánto tienes?
— ¿Qué? ¿Cuánto? − decía aun atontado.
— Nos ofrecen cuatrocientos cincuenta, ¿Quién da más? – prestó atención al nivel en el que iba la oferta.
Revisó rápidamente sus bolsillos nerviosos porque no tomó mucho dinero al salir y puteó mentalmente. Miró a Bill quien le sonreía y sintió mucho estrés.
— Toma aquí hay trescientos.− le dio los billetes a Andreas y revisó su otro bolsillo, sacando más billetes los cuales se los dio al platinado que iba contando rápidamente.
La venta subió a seiscientos y se preguntó en que momento metió en sus pantalones dinero.
En su cartera tenia cuatrocientos euros y también los sacó.
— ¿Cuánto hay? – le preguntó desesperado.
— ¿Vendido por ochocientos euros? Sé que tienen más amigos, esta preciosura vale la pena. – animaba Claudia y Tom se preguntó si realmente la sub capitana de las porristas era su amiga.
— Ochocientos cincuenta. – ofreció uno del equipo de basketball.
— Maldición, Andreas, ¿Cuánto hay?
— Novecientos euros. – respondió el platinado.
—Novecientos. – dijo un chico de la tercera fila.
— ¿Ahora? – le preguntó a Andreas tendiéndole su reloj.
— Un ¿Dior? ¡Tom!, ¡¿Estás loco?! ¡Es un jodido Dior!
Tom se encogió de hombro y solo se preguntó a qué sabría el brillo labial que traía Bill.
— ¡Novecientos euros y un reloj de diseñador! – anunció rogando porque fuera suficiente.
— Vendido al capitán del equipo de futbol.− dijo Claudia de inmediato, haciendo caso omiso a las demás ofertas. — Ve por tu compra.
Sara estaba furiosa.
— ¿Tu qué tipo de reloj usas? – le preguntó a su comprador.
— No uso.− le dijo.
— Ah… ¡Estúpido! − le insultó.
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Claudia no dejaría que Bill entrara a los vestidores, no con Sara capaz de arrastrarlo por todo el instituto, así que tomó la ropa del pelinegro y se las dio a su amigo platinado.
Y a diferencia de lo planeado, Adam y Andreas se perdieron, así que no podrían tener la cita los cuatro.
— Más nunca vuelvas a hacer eso.− le pidió besando su mano, encaminándose a su Audi.
Casi se le salió el corazón al pensar que no podría comprar a su noviecito.
— Lo siento.− se disculpó. — Te devolveré el dinero.
— ¿Qué dices? − se detuvo sonriendo y abriéndole la puerta.
— Es que Claudia… Tenía que ayudarla.− alegó nervioso.
— No me devolverás nada.− lo besó suavemente haciendo suspirar a Bill cuando se alejó. — ¿Crees que podrías llamar a tu madre y decirle que te quedaras con Andreas? – preguntó antes de cerrar su puerta y dirigirse a su asiento.
Bill se coloró violentamente.
— Andreas se llevó mi ropa.− le informó apenado, apenas el mayor se subió al asiento de piloto.
— Esa te queda bien.− le halagó.
— No es eso a lo que me refiero.− se sonrojó.
— ¿Y a qué?
— Me iba a quedar con Andreas y allá está mi ropa, y sería muy extraño que llegara a mi casa o a su casa con esto puesto.− explicó y Tom se emocionó al saber que Bill había aceptado. — Tendrás que prestarme algo.− murmuró sonrojado. — Y tengo hambre.
— ¿Quieres ir a comer?
— ¡No! Tom… No me puedo pasear con esta túnica por toda la ciudad.
— A mí me gustas como te ves, pero si te miraran raro.− rio.
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El servicio en casa de Tom salía de vacaciones los viernes en la noche así que el rastudo había pedido una pizza para él y su novio.
— Llegará dentro de poco.− le informó cuando entró a su habitación.
Bill estaba acostado en su cama, con la libertad que le daba el venir haciéndolo desde hace mucho tiempo que iba a la casa de Tom, mientras le enviaba un mensaje a Andreas pidiéndole que cuando pudiera le llevara su equipaje a la residencia Kaulitz.
— Gracias.− sonrió y el mayor se acostó a su lado boca abajo, apoyándose en sus codos para poder ver a su novio.
Los cabellos negros de su pequeño estaban dispersos por toda la sabana y aun vestía esa corta túnica.
Por primera vez, deseó en serio a Bill.
— ¿Tom…? – le llamó y a cambio recibió un suave beso que lo hizo suspirar.
Nunca había sentido los labios del mayor tan contenidos y tan hambrientos a la vez, pero aun así besándolo con suavidad, como si temiera romperlo.
— Algo me decía que ese labial sabía bien.− rio contra los labios del otro y volvió a besarlo sintiendo los brazos de Bill enredarse en su cuello.
Inquieto y nervioso sin saber por qué, colocó una mano en la cintura del menor como solía hacerlo, pero esta vez no estaba el común trozo de piel desnuda que se exponía ante los movimientos del pelinegro, solo una suave tela. Sus manos instintivamente bajaron necesitando ese roce y lo encontraron en las suaves y blancas piernas de Bill. Y esa nueva piel explorada tampoco le desagradó al rastudo, quien no recordaba en sus diecisiete años haber tocado algo tan suave.
Bill se entretuvo jugando con los cabellos lisos de la nuca de Tom cuando este bajo por su mentón y se perdió en su cuello.
— Tom…– le llamó al escuchar el timbre de la casa, pero más que parecer un llamado, parecía un suspiro tembloroso.
El rastudo nunca le había besado en esa área tan sensible y se sentía muy bien y, antes de poder ser consciente, ya ladeaba su cabeza para darle más espacio a Tom.
Tom acarició un poco la piel de la zona donde tenía por primera vez su mano, haciendo suspirar a Bill. Casi por instinto, el menor flexionó su pierna acariciada, Tom se acomodó mejor sobre su cuerpo y la pierna del menor se apretó contra su cintura, y el rastudo se sintió despertar al sentir los estremecimientos del cuerpo de Bill bajo él.
— Tom…Tom… creo que llego la pizza.− le informó.
— La pizza, la pizza.− susurró como despertando de una ensoñación. — Iré por la pizza.− se levantó rápidamente, besándolo castamente y desapareció por el umbral de la puerta.
Tenía un casi creciente problema en los pantalones y respiró profundo varias veces para que se calmara.
Bill lo volvería loco en un solo día.
Continúa…
Gracias por leer.