
«My Guitar Teacher» Fic de LadyScriptois
After Lesson 11
Esa confesión le había dejado helado, por lo que significaba, por la confianza tras sus palabras y por el cariño que le envolvía, Tom en un momento dudo de sí mismo, porque él no quería lastimar a Bill, así que ahora tenía miedo de llegar a hacerlo, pero luego, su corazón le indicó que no había porque temer, porque con amar a Bill la felicidad del menor estaba asegurada. Y Tom amaba tanto a Bill que posiblemente el pequeño Trümper sería feliz hasta la eternidad.
El juego amistoso que Tom tuvo fue un éxito, como le prometió a Claude. Aunque se suponía que este comenzaría más tardar a las cuatro de la tarde y finalizaría a las seis, sin embargo hubo una serie de contratiempos donde el juego comenzó hora y media después de lo máximo planeado, por lo que su finalización fue tardía.
Estuvo tentado a volver a casa de Bill, sin embargo el menor se sentía muy cansado y decidió ir a la cama temprano. Cuando finalizó la llamada en la que le deseaba dulce sueños a su pelinegro, este abrió la puerta de su auto dispuesto a irse a su hogar, pero fue detenido por una mano delgada, de uñas bastantes largas y de color rojo.
—Hola. – dijo Sara, con esa pose tímida, obviamente fingida, que una vez le gustó al rastudo. — ¿Te vas?
—Sí. – respondió el mayor.
—Yo me preguntaba… He venido con Loan y se ha ido.
— ¿Necesitas que te lleve? – adivinó Tom.
—Si no es molestia. – pidió, mientras mordía suavemente su labio inferior.
—Me queda de paso, no hay problema. – le aseguró.
Tom no le tenía rencor a Sara, es decir, no había un porque del que él fuera consiente. Tampoco estaba dolido porque ella lo haya engañado, él estaba totalmente consiente de que la porrista lo hacía desde siempre y además, él tampoco es que hubiese sido la persona más fiel del mundo, fidelidad que no debían tener ninguno de los dos porque nunca tuvieron algún tipo de relación exclusiva.
—Muchas gracias, Tom. – le sonrió y se encaminó al auto del futbolista.
— ¿Y cómo les fue en la subasta? – preguntó el rastudo saliendo del estacionamiento de la escuela.
—Genial. – contestó sonriente.
— ¿Cuál fue el centro de donación?
—Uhmm…– ¿Qué idea tenia ella sobre eso? Por Dios. —Una cosa de niños, ya sabes.
Tom por un momento olvidó lo superficial que era Sara, pero luego se contuvo de rodar los ojos.
—Sí, claro.
—El partido fue genial, supongo que extrañaremos estos tiempos. – comentó.
—Sí, fueron buenos años. – Tom sonrió ante el rápido recuerdo.
—Fuimos los reyes de esa jodida escuela. – sonrió con sus aires de grandeza Sara y luego agitó su cabellera. —No creo que consigan a un capitán más sexy que tú. – susurró inclinándose un poco hacia Tom y colocando su mano en el muslo del futbolista, quien agradeció el tener que detenerse en una señal de stop en ese preciso momento.
Tom aclaró su garganta y se removió incomodo, Sara soltó una risita y retiró su mano, volviendo a una posición correcta en el asiento.
— Tampoco habrá una capitana más hermosa. – dijo sin cortarse en su auto adulación. — ¿Qué crees?
—Llegamos. – Tom se detuvo ante la fachada de la casa de la porrista.
—Debes responder. – le pidió con una sonrisa juguetona.
—Sara…– dijo en tono cansado, dándole a entender que no quería responder su pregunta.
—No creo que tu noviecito se moleste si le das un cumplido a una vieja amiga.
—No es como si estuvieses falta de cumplidos.
—Tienes razón, no me hacen falta, pero si los tuyos. No puedo creer que me ignores. Voy casi desnuda a las prácticas esperando que al menos me lances una mirada, pero no, solo gano frases estúpidas de tus estúpidos amigos. – le dijo enojada.
—Sabes que estoy con Bill y…
— ¿Y qué? No me digas que deseas más a ese niño que a mí.
Sara estaba equivocada, no era solo el hecho de que Tom solo deseara a Bill, era que ese pequeño pelinegro era el dueño de su amor.
—Es mejor que entres a casa.
—No están mis padres, si quieres puedes entrar y…
—Ni lo pienses.
—Solo decía, ¿Tú lo imaginaste? – le preguntó con una sonrisa juguetona y antes de que Tom reaccionara los carnosos labios de Sara estaban pegados a los suyos.
—No…– se separó de la chica.
— ¿No? – preguntó coqueta.
Sara bajó la mirada entre sus cuerpos haciendo reaccionar a Tom, quien en un impulso de alejarla colocó sus manos en sus redondos pechos.
—Sal. – llevó sus manos a los costados de Sara y la devolvió contra el asiento. —Ahora. – le demandó.
—Claro, me encanta cuando entras en ese rol dominante, pero supongo que será para más tarde. – le guiñó un ojo. — Adiós, guapo. – y bajó.
Tom nunca pensó que las intenciones de Sara al acercarse era para molestarle, en cierta parte debió saberlo, porque si, Tom si observó algunas veces a Sara en las prácticas y es que él era hombre, y también sabía que la porrista lo hacía para él, pero eso no quería decir que fuese a involucrase con ella, no cuando su cuerpo y su corazón reaccionaban solo ante Bill.
Suspiró un poco cansado por su agotador día y tomó rumbo a su casa, deseando descansar y que el día de mañana llegara para poder ver a su adorado pelinegro.
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Nueve días pasaron rápido entre proyectos, exámenes, prácticas, una porrista que lo miraba de forma asesina e insinuante y un novio enyesado, sin embargo Tom se volvió una especie de superman y pudo con todo. Era viernes, seis de la tarde y lo que él más desearía es estar en una cama y descansar su cuerpo que sentía jodidamente invadido de agotamiento en cada célula, pero se olvidó de su cansancio, porque estaba con Bill, quien le apretaba la mano mientras esperaban en el consultorio para que le retiraran el yeso.
Los padres del menor tuvieron un problema urgente con su empresa por lo que sus presencias eran indispensables, así que, con un poco de pena y tranquilidad, aceptaron que el rubio rastudo acompañara a Bill a que le retiraran la fécula.
—Pareces que vas a la silla eléctrica. – besó su mejilla para tranquilizarlo y Bill se acurrucó contra su pecho.
— ¿Me dolerá? – preguntó con voz pequeña y Tom besó castamente sus rosados labios.
—Si duele golpearé al doctor. – le aseguró.
— ¿Lo prometes? – preguntó con sus enormes ojos avellanas.
—Lo prometo. – le regaló un guiño a Bill y en ese preciso momento entró el doctor.
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— ¡Esto es vida! – salió sonriente de la clínica.
—Eres un exagerado. – intentó seguir el rápido paso de Bill, quien sorprendentemente casi corría al auto del mayor. Tom agradeció que el estacionamiento subterráneo estuviese vacío.
—Apúrate. – le gritó cuando llegó al auto y a Tom aun le faltaban algunos metros.
No que no pudiera caminar más rápido, pero era beneficioso ir tras del menor cuando este traía esos cortos shorts de jean que el mayor extrañaría.
Antes de responder, Bill se dirigía divertido a él, y se abalanzó a Tom quien solo atinó a abrir los brazos y cargar a Bill cuando este se aferró a su cuello colgándose como un koala y envolviendo sus largas piernas en él.
—No sabía que extrañabas tanto tu movilidad. – se rio el mayor, caminando con Bill en brazos hasta su auto, mientras el pelinegro llenaba sus mejillas de castos besos. —Bien, abajo. – soltó al menor y lo dejó apoyado en la puerta del copiloto.
— ¿Quieres llevarme a algún lugar? ¿Tal vez a tomar un helado? – le preguntó colgándose a su cuello nuevamente.
—Cuando llegamos el cielo estaba gris, si aún lo está, la salida será para otro día. Ya que estas recuperado no quiero que ahora te enfermes. ¿De acuerdo? – propuso besando la pequeña y blanca naricita contraria.
—Como mandes. – aceptó y dejó que el mayor lo besara antes de entrar al auto.
Tal como sospechó el mayor, apenas salieron del estacionamiento subterráneo fueron recibidos por una fuerte lluvia, por lo que la salida quedaba pospuesta. Bill hizo un mohín de enfado, pero luego fue olvidado por que empezó a sentir mucho frío debido a la pequeña prenda que traía, así que Tom reguló la calefacción hasta que llegaron a casa de los Trümper.
Tom usualmente dejaba su Audi en el estacionamiento externo del hogar del pelinegro, pero esta vez, y a juzgar por cómo se intensificó la lluvia, el menor le propuso que dejara su auto en el garaje, el cual tenía una entrada directa a la casa.
Los padres de Bill llegaron horas después, como a las diez de la noche, hora en la que Tom aún se encontraba en casa del pelinegro, debido a que el servicio se marchó esa mañana y el menor tenía miedo de quedarse solo en la casa, mientras esa lluvia que azotaba a la ciudad solamente se intensificaba.
Tom decidió que sería prudente marcharse antes que fuera más tarde y la lluvia fuese más fuerte, si es que eso pudiese ser posible, pero la madre de Bill se lo impidió preocupada y luego se le unió el señor Trümper.
—Llamaré a tus padres. No dejaré que te marches a esta hora, es muy peligroso. – fue lo que declaró el padre de Bill.
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—Lo siento. – se disculpó el menor, mientras estaba acurrucado contra Tom en el sofá de la habitación de invitados que le asignaron al rastudo. —Has estado todos estos días pendiente de mí y ahora, cuando sé que solo quieres descansar, te quedaste atrapado aquí.
—No es tu culpa que este lloviendo, y no es como que no podré dormir, a decir verdad esa cama se ve muy cómoda. – le aseguró al menor, quien sonrió.
—Entonces, te dejaré para que te pongas cómodo. – le besó castamente la mejilla. —Cuando termines, puedes ir a mi habitación. – le propuso con sus mejillas encendidas.
El mayor asintió con un extraño revoloteó por todo su cuerpo y vio como el menor se marchaba de la habitación con una tímida sonrisita en el rostro. Tomó ropa limpia de un maletín que por suerte tenía en el auto, bueno, no por suerte, ya que Tom siempre tenía ropa limpia en su Audi debido a las prácticas.
Decidió tomar una relajante ducha y consideró prudente utilizar una camiseta aunque sea para escabullirse a la habitación de Bill.
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Al entrar, la habitación estaba en penumbras y solo la alumbraba una pequeña lamparita, supuso que el menor intentaba engañar a sus padres. Él odiaba las camisetas para dormir, así que se la quitó antes de adentrarse más a la habitación del menor.
— ¿Tus padres están durmiendo? – preguntó acercándose a la cama donde Bill se encontraba. —Tengo miedo de que tu papá me eche si me ve aquí.
—Creo que sí. – contestó, haciendo temer a Tom. —Ven aquí de todas maneras, tengo frío. – pidió haciéndole un espacio al rastudo.
—Genial, soy hombre muerto. – aseguró, pero de todas maneras se metió bajo las sabanas y el menor apagó la lamparilla para luego pegarse a Tom en la oscuridad.
—Creó que le agradas a papá. – comentó el menor.
—Yo también pienso lo mismo, pero estoy seguro que podría amenazarme con dejarme sin hijos si me ve aquí contigo.
—No estamos haciendo algo. – rio Bill, mientras Tom acariciaba, casi como una danza de dedos, en un trozo de piel desnuda de su cintura.
—No, pero podríamos. – aclaró su garganta ante eso que sonó como una insinuación inocente. —Es decir, tu papá imaginará eso.
—No te preocupes, y si no estás demasiado asustado, tal vez podrías besarme. – pidió con voz bajita el menor y, en un movimiento torpe, el mayor besó la comisura de sus labios.
—Veo absolutamente nada. – rio bajito Tom.
—Aquí. – Bill, tomó una mano del rastudo y la llevó a sus labios.
— ¿Aquí? – preguntó antes de besar el lugar donde antes estaban sus dedos y adaptando sus ojos a la oscuridad.
—Sí. – afirmó a la vez que asentía.
Tom besó al menor y sentía una extraña adrenalina que lo hacia sonreír, ya que en cualquier momento los padres de Bill podrían decidir dar una vuelta para ver si los dos chicos se encontraban en sus respectivos cuartos, separados, y no Tom con su lengua dentro de la boca de Bill, en una habitación completamente oscura, acostados en una cama, bajo las sabanas, con el menor dejando caer lentamente su espalda contra el colchón, llevando a Tom sobre él; y es que definitivamente a los Señores Trümper no les gustaría ver a su pequeño e inocente hijo de dieciséis años separando ligeramente las piernas y al rastudo haciéndose un espacio entre ellas.
De pronto Bill estaba sonrojado y con su respiración agitada, mientras el mayor intentaba recuperar el aliento perdido en el beso y con las piernas del pelinegro rodeando sus caderas. Sus narices se rozaba y sus ojos se miraban fijamente, el más pequeño dibujó en su rostro una pequeña sonrisa y eso fue una clara invitación a una segunda ronda de besos que el mayor aceptó.
El rastudo desde que era un jovencito atractivo para chicas y chicos, y descubrió los placeres del sexo, esa práctica fue constante en su vida, pero meses atrás llegó alguien llamado Bill y el mayor solamente podía pensar en él día y noche, y sin darse cuenta empezó desplazar aquello a lo que su cuerpo estaba acostumbrado, pero ahora, su anatomía le pasaba factura.
Bill no sabía lo que los besos que compartían estaban generando en su propio cuerpo, hasta que las evidencias del deseo en ambos hicieron contacto. El menor volteó su rostro para evitar emitir un gemido, mientras mordía sus labios hinchados, y Tom casi se derrumbó sobre el menor ante la electrificante sensación.
El peligro se debatía entre salir corriendo o qué, pero luego fue valiente y buscó la mirada de Tom, y juró que nunca había visto tanta temeridad, timidez y nerviosismo en los ojos del mayor, así como esa aura de torpeza que trasmitía. Bill sabía que él no estaba en mejores condiciones que Tom, así que no rompió el agarre de sus piernas en las caderas del otro y acarició su mejilla antes de besarlo castamente, dándole a entender que estaba bien si proseguían.
El mayor correspondió el beso y se aferraron al cuerpo del otro cuando sus caderas se encontraron nuevamente y la fricción empezó a ser más constante gracias a las suaves y delicadas arremetidas de Tom contra Bill.
Eso era completamente nuevo para los dos, para Bill porque nunca había sido tocado por alguien y para Tom porque para esas alturas él ya estuviese dentro de la otra persona y embistiendo hasta quedar satisfecho, sin embargo estaba disfrutando como nunca aquel grácil contacto que pasaba inocentemente la línea de lo casto.
Bill tuvo que girar su rostro para esconderlo y disimular sus gemidos contra la vena latiente del cuello del mayor, cuando Tom lo tomó con delicadeza de las caderas y las elevó sutilmente generando más cercanía, y ese acercamiento empezaba a ser demasiado para el casto Bill.
Tom podía sentir la calidez de su novio y eso lo estaba volviendo loco, pero mierda, era Bill, era la persona que amaba y no estaba dispuesto a hacer que su primera experiencia sexual fuese desenfrenada. Cuando sintió cerca el límite y las piernas del menor perder fuerza hasta dejarlas caer y solo mantenerlas flexionadas contra su cintura, lo besó casi con adoración y devoción, mientras embistió con un poco de más fuerza y ambos se dejaron ir ante el otro, acallando sus sonidos de placer contra los labios contrarios y siendo ocultados los gemidos agudos que escapaban de Bill por el sonido de la lluvia cayendo.
Decir que sus respiraciones estaban agitadas, es quedarse corto, pero estaba bien, porque para Bill, Tom era como su oxígeno y viceversa. Las mejillas de ambos ardían y sus extremidades temblaban, sus frentes, que tenían una ligerísima capa de sudor que apenas humedecía la porción de piel, hicieron contacto al igual que sus miradas, y de forma simultanea una sonrisa se dibujó en el rostro de ambos.
Sonrisas que fueron inmediatamente borradas.
—Tom Kaulitz, espero que no estés seduciendo a mi hijo. – fue lo que se escuchó de la voz del padre del menor, tras la puerta de la habitación.
—Amor, déjalos, no está mal que duerman juntos. Recuerda que Bill le tiene miedo a la lluvia. – fueron las palabras tranquilizantes de la mamá del pelinegro.
—Espero que en la mañana solo hayan rastros de que durmieron. – les advirtió el padre. — Vestidos. – enfatizó.
—Ya… Ven, vamos a dormir.
Bill y Tom se quedaron inmóviles por algunos minutos, casi conteniendo la respiración, hasta vieron que la luz del pasillo fue apagada y que los pasos de los adultos se perdieron en la lejanía.
—Creo que tu papá me advirtió tarde. – comentó al oído del menor quien rio dulcemente antes de sentir los cálidos labios de Tom sobre los suyos.
Continúa…
Gracias por leer.