«Noise» Fic Toll de Lenz Schwarz
Capítulo 26. No saltes
—He estado pensando… —Mia soltó un ligero suspiro, seguido de unos cuantos golpecitos con sus dedos en su mentón.
— ¡Guau! ¿Tú pensando? La apocalipsis se acerca… —bromeé, haciéndola enojar.
Reímos al mismo tiempo luego de que terminé la frase y me fulminó después con la mirada, obviamente bromeando también.
—Esto es serio, Bill —regañó, aventándome un cojín en el acto.
—Bien, bien —me disculpé, sonriendo lo más amplio que mi boca me dejaba—. ¿En qué has estado pensando?
—En Georg. En cómo tengo que actuar… ¿Qué tengo que decir? Sabes, aunque no lo parezca —titubeó un poco y yo hice un movimiento con mis cejas, mostrándome interesado; dejando de lado el cubo de Rubik que tenía en mi posesión— no soy muy buena en eso de las relaciones…
Casi me atraganto con mi propia saliva.
No podía estar hablando en serio, ¿verdad? Es decir… Sólo basta mirarla para adivinar que tiene a todo el vecindario detrás de ella. ¡Pero si es bellísima! ¡Más que bellísima! Cualquier hombre estaría coladito por ella. Y ella preocupándose por Georg… Joder, si ese hombre se tiraría hasta a la secretaria de Zegers (muy desgraciada la pobre cabe mencionar).
—Mia, ¿qué es lo que te preocupa? —pregunté, sentándome a su lado, pasando uno de mis brazos por sus hombros, acariciando su hermoso cabello rubio.
—Todo Bill. Absolutamente todo. Yo… —Se mordió el labio, pensándose mejor las cosas. Me miró suplicante y luego volvió a bajar la mirada preocupada.
—Sabes que puedes decirme lo que sea —incité, palpando delicadamente su hombro desnudo. Su piel era cálida, suave, tersa…
—Soy virgen.
¿¡Qué!?
Fruncí notablemente mi ceño, apartando la atención de su hombro níveo hasta sus preciosos ojos azules.
¿Estaba de coña? ¿¡VIRGEN!? ¿Cómo carajo es eso posible?
— ¿Virgen? —interrogué con un hilo de voz. Mi cara parecía sacada de una película de terror. Literal.
— ¿Por qué te sorprende tanto? —preguntó también por lo bajo, mirándome directamente.
—Mia, por favor… ¿No te has visto acaso en un espejo?
Ella pareció procesar detenidamente en mi pregunta. En lo implícito obviamente que eso llevaba.
— ¿En verdad te parezco tan hermosa y exuberante como para no llegar a creer que soy virgen?
Su mirada era asombrada. No estaba ofendida, ni alegre, ni triste; asombrada.
—Lo que me sorprende es que tú —apunté hacia su pecho, sin llegar a tocarla realmente— no te des cuenta de lo que puedes causar en realidad en un hombre. Mierda, ¡que Tom estaba más que celoso de ti! Y eso que sabe perfectamente que yo soy ga…
— ¿¡Tom celoso de mí!? —Casi gritó, abriendo en todo su esplendor sus bellos ojos.
Asentí, mordiéndome el labio y ella rió momentáneamente.
—Guau, eso sí que no me lo esperé —Cruzó sus brazos y subió sus piernas al sofá. Giró su mirada hacia mí y sonrió apenas—. ¿Te parezco atractiva?
Su pregunta era más fuerte de lo que yo esperaba. Su voz era firme, sexy, seductora. Mia, mierda.
—Claro que sí. ¿Todavía lo dudas? —traté de sonar lo más amigable posible, sonriendo amplio y manejando mi nerviosismo.
—No me refiero a eso, Bill. Quiero decir… ¿Te… parezco sexy?
Tragué saliva, mirando como lentamente ella iba acercándose más hacia mí.
—Mia, espera —Me levanté rápidamente del sillón, con los nervios de punta y comenzando a sudar. De repente sentí que la corbata me apretaba. Y no era lo único que comenzaba a apretarme de hecho…
—Bill…
—No me atraes de la manera en que pien… —Se paró también del sofá y uno de sus dedos comenzó un recorrido por mi torso— sas —terminé la palabra, siendo silenciado por sus labios.
Sus manos acorralaron mis movimientos y su piel hizo un contacto eléctrico con la mía. Sentí su lengua querer entrar en mi boca y le di permiso. ¿Por qué? No me lo pregunten. Es sólo que se sentía tan bien…
—Lo siento… —susurró, con la respiración entrecortada chocando con la mía, la cual se encontraba de la misma forma— Bill, lo siento mucho —se disculpó, alejándose de mí, tapándose la cara, demasiado apenada para verme siquiera.
Yo estaba en shock. No sabía ni qué decir, ni qué hacer, ni qué pensar, ni cómo sentirme. ¿Era correcto lo que acababa de suceder? Es decir, ella es mi amiga, mi amiga virgen que no tiene claros sus sentimientos hacia mí. Pero… ¿yo tengo claros mis sentimientos por ella? Lo único que sé es que ese beso me gustó. Me gustó más de lo que yo podía siquiera llegar a imaginarme.
Traté de regular mi respiración y me acerqué a ella.
Mia seguía con la cara enterrada en sus manos y sus hombros caídos demostraban que estaba triste, arrepentida…
—Mia, no lo sientas… No tienes por qué —dije, acariciando sus hombros y cabello.
Ella levantó la mirada hacia mí y las lágrimas en sus ojos hicieron que mi corazón se partiera en mil pedazos. Verla triste me ponía triste a mí también.
—Hey… —Pasé un mechón rubio detrás de su oreja, tratando de sonreír para que ella también lo hiciera.
—Es sólo que… —Desconectó su mirada de la mía y sorbió su nariz, tranquilizándose un poco— No quiero acostarme con Georg. No quiero tener mi primera vez con él, Bill. ¿Entiendes? —Volvió a mirarme— No lo amo y nunca lo voy a amar. Es sólo un plan que armamos, que yo accedí a llevar a cabo y no me malentiendas —pidió, tomando mis manos—. Quiero hacerlo. En verdad quiero, porque quiero ayudarte, a ti y a tu hermano, pero… Esto es demasiado. Sé que debo de acostarme con él para convencerlo, para tenerlo en mis manos, pero… No puedo —Y volvió a llorar, ahora escondiendo su rostro en mi cuello, empapándome con el agua salada que caía por sus ojos.
—No tienes que hacerlo. Encontraremos otra forma. Ya lo verás… —Acaricié su espalda, buscando calmarla.
—No quiero que mi primera vez sea con alguien como él. Me gustaría que… Que fuera con alguien como… —dejó la frase en el aire, separándose un poco de mi figura para poder verme.
Entonces lo entendí.
—Como yo.
Mia enrojeció notablemente para después asentir, mordiendo ligeramente su labio.
Reí un poco y ella bajó la mirada.
—Sé que es estúpido. Tú amas a Tom. Jamás podrías siquiera mirarme de otra forma y yo no pienso suplantarlo, Bill. Sólo quiero… No arrepentirme de eso, de con quién lo haga en mi primera vez. No creo en el amor. No creo encontrar a alguien a quien ame con locura para hacerlo. Es por eso que nunca lo he hecho. Pero ahora aquí estás y yo… —Suspiró de nuevo y yo tomé su rostro entre mis manos, mirándole directamente a los ojos mientras sonreía.
—¿Sabes qué fue lo primero que pensé cuando te vi parada enfrente de mí, vestida tan linda mientras me sonreías y tu cabello desprendía ese hermoso aroma que siempre llevas? —Ella pareció un poco extrañada por mis palabras, y luego negó, respondiendo con esa seña a mi pregunta—. Pensé que mis instintos homosexuales podrían irse a la mierda.
Ambos reímos y ella pareció tomarse las cosas mucho más calmadas a partir de ese punto.
—Bill, no tienes que hacer esto por mí.
—Tú no deberías de arriesgarte así con Georg y sin embargo estás decidida. Es como un favor, ¿no? Bueno, entonces yo te estaré regresando el favor de la misma manera —Mantuve mi sonrisa, acariciando su mejilla.
Por alguna razón ella lograba que me sintiera bien en un momento tan fatal como en el que me encontraba. Y eso valía mucho la pena. La quería en mi vida. Siempre y para siempre.
—Aún así. Tú amas a Tom. Hacer esto… ¿no sería como traicionarlo?
—Él se acuesta con Andreas. ¿No estaría traicionándome también?
Ella entendió el punto y entonces asintió, aunque no muy convencida del todo.
—No quiero que algo cambie entre nosotros, Bill. Eres como mi mejor amigo… Y yo…
—Hey, nada de eso pasará —respondí, sonriendo lo más sincero que podía—. Confía en mí, ¿si?
Volvió a asentir y decidí que lo iba a hacer.
Mia era muy importante para mí. Se había convertido en la persona que siempre deseé tener a mi lado. No la iba a apartar ahora.
—Estoy lista —Suspiró, cerrando sus ojos y yo solté una tierna risita—. ¿De qué te ríes Bill? Vamos, no seas así, no sé como hacer este tipo de cosas… —Abrió sus ojos para mirarme completamente enojada.
La miré por un momento antes de estampar mis labios contra los de ella y luego susurré:
—Vas a tener la mejor noche de tu vida. Mia Biersack.
Por Tom.
Andreas me miró detenidamente cuando entré al departamento. Me inspeccionó tanto interna como externamente y sonrió de lado.
— ¿Te rechazó, no? Por eso la infinita tristeza —comentó, casi riéndose. Sabía perfectamente que algo no había salido bien con Bill.
— ¿Podrías ahorrarte tus comentarios sin sentido para alguien más?
—Lo siento, cariño. No fue mi intención echarle más limón a la herida —se burló, sonriendo socarronamente. Estaba comenzando a sacarme de mis casillas.
—Cállate Andreas —pedí amablemente, cerrando la puerta tras de mí. Lo miré pesado, mandándole una advertencia profunda.
— ¿O qué, Tom? ¿Vas a golpearme? ¿Vas a romperme el corazón en mil pedazos? —Preguntó con demasiado cinismo y arrogancia—. Oh no, espera… Eso ya lo hiciste —soltó serio, cambiando totalmente el tono de su voz y enfiló hasta la puerta de su cuarto, tomando severamente el pomo, sin girarlo totalmente.
—Eres un estúpido. Un verdadero estúpido. ¿Y sabes qué? Sí, deberías de pensar en realidad que hacer conmigo. ¿Por qué no me mandas a la mierda de una vez por todas y te ahorras los corazones rotos y las decepciones cada vez que hago algo mal, eh? ¿¡Por qué no simplemente te largas!? —grité, tirando las copas y algunas botellas de alcohol contra el piso, ocasionando que se partieran en mil pedazos. Como su corazón…— Termino siempre rompiendo todo, ¿no? Típico de Tom Miller. Más bien… Tom Kaulitz.
Y entonces salí pitando nuevamente del departamento.
Estaba harto. Harto de Bill. Harto de Andreas. Harto de Tom Miller. Porque Tom Miller haría las cosas correctas. Las cosas que no lastimarían a nadie. Haría lo mejor, sin pensar en él mismo. Y justo ahora yo no lo estaba haciendo; así que eso me regresaría a ser Tom Kaulitz. Ese Tom al que le importaba una mierda lo que la gente pensara en él. Ese Tom al que no le importaba acostarse con su propio hermano en la casa de sus padres. A ese Tom que no le importaba comenzar desde cero y seguir adelante para reponerse. Me estaba convirtiendo nuevamente en ese Tom. Y al parecer a Andreas le cagaba ese Tom.
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Subí a la azotea, dejando que el aire llenara mis fosas nasales y luego se instalara en mis pulmones, llenándolos también. Aire fresco. Justo lo que necesitaba.
Me asomé hacia abajo. Sería mucho más fácil para todos si saltaba.
¿Por qué no saltaba?
Debería de saltar.
Así Andreas podría hacer su vida sin sentir que el amor de su vida se le escurría entre las manos. Así Bill podría llorarme en la tumba y por fin enterrarme de por vida. Así Mia podría disfrutar de mi hermano y hacerlo encontrar una manera de vivir realmente. Así Cameron y Georg podrían quedarse de una vez y por todas con la empresa, algo que siempre quisieron. Así Sebastian podría finalmente decirme que era mi padre y los dos estaríamos bien. Así me reuniría con mi madre, con Simone, con la única persona a quien verdaderamente necesitaba en estos momentos.
Todo sería mucho más fácil para todos si yo simplemente pusiera mi pie en el borde y dejara que el viento me llevara. Todo sería tan fácil si no pudiera sentir más dolor, más decepción…
Y entonces fue ahí cuando me di cuenta que el único inconveniente, el único problema y solución a la vez en esta historia era yo. Sólo yo.
Sentía la necesidad de hacerlo. De saltar y sentir ese hermoso alivio de saber que ya no tendría que preocuparme por nada en realidad. Quería hacerlo. Quería sentirme libre.
Puse mi pie en el borde y me impulsé con el otro para lograr estar relativamente cerca del abismo. Sentía el aire frío llenarme y nada me agradaba más que eso. Cerré mis ojos, dispuesto a dejarme caer y que el destino decidiera.
—No saltes —Y entonces el destino decidió.
Abrí mis ojos ampliamente y giré mi cabeza hacia la voz que provenía de mis espaldas.
—Tom, por favor, no saltes —suplicó Andreas con la mirada llena de lágrimas. Se acercaba lentamente hacia mí, como si temiera que cada paso suyo me acercara también del precipicio.
Lo miré con una sonrisa plasmada en mi cara y entendí que el destino me ponía a Andreas enfrente de mí en este preciso momento por una razón.
—Tom, escúchame. Escúchame por favor… No puedes saltar, ¿okay? Todo está bien. Sólo tienes que bajarte y…
Y entonces me bajé.
Pude incluso escuchar como su respiración se volvía normal y su corazón dejaba de latir tan fuerte.
— ¿Por qué subiste? —Pregunté, cuando nuestros ojos estuvieron demasiado cerca que nuestras miradas penetraban con gran intensidad—. ¿Por qué…?
Sus labios contra los míos interrumpieron mi pregunta. Eran cálidos, suaves, delicados, amorosos. Ladeé mi cabeza para encajar mejor nuestras bocas y él me abrazó por el cuello, ocasionando que mis manos aprisionaran su cintura.
—Lo siento. Lo siento tanto —susurró contra mi boca sin dejar de besarme totalmente. Nuestras respiraciones comenzaban a disminuir y cuando la falta de aire se hizo presente nos separamos por un momento, mirándonos a los ojos intensamente.
—Yo lo siento más. No debí… no debí de haberte dicho todo eso Andy. Yo en realidad…
—No digas nada, ¿si? Sólo bésame.
Y así lo hice. Mis labios volvieron a pegarse con los de él. Luchando por no perder por completo la cordura.
Andreas me hacía sentir mil mariposas en el estómago. Hacía que con sus simples besos el corazón me volviera a latir. ¿Esto era amor? No lo sé, tal vez.
Pero también recordé que el beso con Bill esta tarde había sido igual de satisfactorio o incluso más. Bill era diferente. Me hacía sentir diferente.
Y todo este estúpido lío me tenía harto. ¡Mierda! ¿Por qué no podía simplemente aclarar mis sentimientos por alguien? ¿Por qué no podía averiguar qué me pasaba en el interior? Todo era tan confuso… Los amaba, sí. De eso no tenía duda. Pero… ¿a quién amaba más? ¿Por quién daría la vida sin pensarlo dos veces? ¿Por quién mataría?
Dejé de besar a Andy y nos quedamos abrazados en el tejado por unos minutos más.
—¿Estás bien? —Inquirió, acariciando mi espalda—. ¿Tuviste un arranque o algo parecido? ¿Regresaron tus…?
—Si te refieres a que estuve a punto de aventarme de una azotea de veinte pisos… —bromeé, dejando escapar una pequeña risa— Si estoy bien, Andy. Fue sólo un momento. No lo iba a hacer en realidad. Sólo… quería sentirme el rey de mi vida por un minuto.
Andreas asintió, suspirando después y tomó mi rostro entre sus manos. Dios, extrañaba ese contacto.
—Tom… No quiero volver a lo mismo de siempre —dijo, desconectando nuestras miradas—. Lo quiero todo —aseveró, mirándome directo. Sus ojos no titubeaban, estaban completamente seguros.
—¿De qué hablas, si se puede saber? —Alcé una ceja. Él me soltó el rostro y por unos cuantos segundos el silencio reinó en el espacio.
—Casémonos —pidió serio, conteniendo por un momento el aliento—. Seremos sólo tú y yo. Nadie más. No habrá terceros. Tendremos una familia. Tom, vámonos de aquí.
¿Había escuchado bien? Andreas me había pedido… ¿¡Matrimonio!?
Me lo pensé por un momento…
¿Y entonces por qué no?
Al fin y al cabo le había pedido una señal al destino y éste me la había dado. Esas fueron las palabras que el destino hizo que yo encontrara la razón de volver a querer seguir vivo: No saltes.
Continúa…
Gracias por la visita.