«Noise» Fic Toll de Lenz Schwarz
Capítulo 29. No sería capaz de soltarlo a él
Desperté a causa de un tenue rayo de sol que entraba por una abertura de las cortinas. Revoloteé un poco mis pestañas para aclarar mi visión y estiré mis brazos por encima de mi cabeza, soltando un bostezo ahogado.
Me senté en la cama, cubriendo mi pecho con la fina sábana que descansaba sobre mí y acomodé mi cabello rubio detrás de las orejas. Miré toda la habitación, inspeccionando cada rincón. Ésta no era mi habitación…
Giré mi cabeza hacia la derecha y di un pequeño sobresalto cuando miré una melena castaña salir apenas por debajo de una ancha almohada.
¡Mierda, pero si era Georg!
Reí internamente por lo estúpida que había sido. Pero claro, si me había invitado a su casa para tener sexo y ahora aquí estaba yo, despertando a su lado, sin saber realmente qué había pasado gracias a las grandes cantidades de alcohol consumidas ayer por la noche. Brillante, Mia.
Tapé mi cara con ambas manos y seguido escuché un leve bostezo y sentí la parte derecha de la cama moverse un poco. Destapé mi cara y salí lentamente de la cama en donde todavía seguía Georg dormido. Tenía que buscar algunos indicios o pruebas en su contra para poder ayudar a Bill, pero hasta ahora se me había hecho imposible, con el castaño pegado a mí toda la noche.
Me cubrí la desnudes con su camisa de vampiro (que había utilizado para el disfraz) y descalza y todo salí de la habitación, con mucho cuidado de no hacer ruido para no despertar al bello durmiente.
Todo el lugar estaba impecable, blanco y pulcro, sin rastro de desorden. Observé un estante que relucía en la pequeña sala y me acerqué ahí, tratando de buscar folders o documentos que pudieran ayudarme. Saqué varias carpetas, pero todas parecían tener sólo apuntes de modelajes, entrevistas, direcciones, entre otras cosas, menos pruebas en su contra. Aunque claro, analizándolo mejor, yo no tendría papeles tan importantes en un lugar en el que cualquiera pudiera encontrar, así que entré en la habitación de a lado, que parecía ser una pequeña oficina. ¡Bingo!
Miré hacia adentro y descubrí una caja fuerte empotrada en la pared en una esquina de la pieza. ¡Ahí tenía que estar! Me aproximé a escasos metros de ella cuando escuché la puerta de otra habitación abrirse. ¡Mierda! Salí lentamente de la oficina, y me encontré con la mirada somnolienta y desmañada de mi compañero.
—Mia… ¿qué…, qué hacías ahí adentro?
Puse mi mejor carita de inocente y sonreí, mordiendo mi labio inferior, ensalivándolo un poco.
—Buscaba el baño, pero ya vi que no es ese. ¿Quieres tomar una ducha? ¡Muero de calor! —exclamé, comenzando a desabotonar la camisa del castaño, enseñando poco a poco los atributos que Dios me había regalado.
Como todo hombre, Georg no pudo ignorar eso y se acercó hasta mí, cuando por fin la fina tela había quedado olvidada en mis pies. Me levantó por los aires, mientras ambos reíamos y me llevó hasta la ducha, abriendo el agua luego de que los dos estuvimos dentro.
Encontrar las pruebas estaría más difícil de lo que creía… Sólo rogaba porque Gustav hubiese podido encontrar algo la noche anterior.
& Por Gustav &
—Sí, habla Gustav Schäfer. Sería tan amable de pasarme al licenciado Müller, por favor. —Esperé en la línea, tamborileando mis dedos sobre el escritorio.
—Schäfer, ¡que alegría saber de ti! ¿Cómo está tu esposa, tu hijo?
Carraspeé, mientras me acomodaba en la silla giratoria de mi despacho.
—Soy Gustav, licenciado Müller —aclaré, y él rió brevemente comprendiendo su error.
—Oh, muchacho ¡que sorpresa! Creí que era tu padre. Dime, ¿cómo estás? Supe que te mudaste a Estados Unidos. ¿Todo bien por allá?
—Es temporal; regresaré a Alemania en cuanto haya solucionado unos asuntos pendientes.
—Que bien, que bien —exclamó Müller, dejando una risa nuevamente del otro lado de la línea—. Dime, ¿qué puedo hacer por ti? Supongo que no llamaste nada más para saludar…
Fui ahora yo el que rió, tallando mis cejas un poco. Me levanté del asiento, y saqué unos papeles de mi portafolio.
—En realidad, quería pedirle un favor —mencioné, inspeccionando detalladamente el montículo que yacía sobre mis manos—. Es de extrema urgencia. ¿Cree que podría mandarle unos archivos para que usted pueda verificar su autenticidad? Se trata de un testamento. No conozco a nadie confiable por aquí y me gustaría tener resuelto esto a la brevedad posible —traté de sonar lo más convincente para que me diera una respuesta positiva y así lo hizo, después de un rato, quedamos en que yo le enviaría el testamento falso el cual Tom había firmado meses atrás para que él confirmara que efectivamente era falso. Lo siguiente sería inculpar a Cameron y Georg por la falsificación, dejando a Bill libre de todo. No sería fácil, pero con la prueba de homicidio en contra de esos dos, sería más que suficiente para deslindar a Bill y poder culpar totalmente a Cameron y Georg.
También tenía en mi poder los documentos del inspector Hummer en los que comprobaba todo lo dicho anteriormente, pero desgraciadamente Cameron se había encargado de hacerlos inválidos, justo antes de matar al mismo detective. Era demasiado listo, demasiado calculador y sabía perfectamente qué hacer para salir libre de todo esto.
Ahora solamente necesitaríamos a Mia. Ella era nuestra esperanza para poder inculparlos. Si sólo lograba que Georg confesara todo, los documentos podrían volver a ser válidos ante un juez, alegando que Cameron había amenazado al inspector para que quitara su nombre de estos. Sólo necesitábamos que Georg confesara ser cómplice y aceptara colaborar y así podríamos encerrar de por vida a Cameron y a Georg tenerlo bajo libertad condicional. Tom, Andreas y Bill recuperarían la empresa y yo por fin tendría mi deuda pagada con Simone y su familia…
Todavía recordaba ese día. Ese día en el que Simone había cambiado mi vida y yo había quedado en deuda con ella por eso.
Las luces de los faros de un coche me pegaban en el costado y parte de mi cara, haciéndome estremecer. Se supone que debería de estar solo, aquí, en el borde del puente por el cual debía saltar para acabar con todos mis problemas de una vez y para siempre. Esas malditas luces no deberían de estar aquí, ahora, justo cuando uno de mis pies estaba dispuesto a avanzar…
Mis lágrimas descendían como cascadas por mis mejillas y una dulce, pero segura voz me hablaba con armonía y serenidad.
—Por favor, no lo hagas. Ven conmigo, yo puedo ayudarte… —repetía y repetía y mi cabeza sólo quería que se callara de una puta vez.
Todo lo que podía pensar era en mi madre. ¿Qué pensaría de mí justo ahora? ¿Qué estaría platicando con mi padre sobre mí? ¿Me odiarían? ¿Odiarían a su hijo incestuoso por haberme acostado con su propia hermana en su propia casa? ¿Odiarían a Eveleen? ¿La correrían de la casa por mi culpa? ¿Me buscarían o les daría igual? ¿Llorarían por mi muerte en cuanto los forenses identificaran mi cuerpo y les dieran la noticia?
Cerré fuertemente mis ojos y comencé a llorar más, recordando sus expresiones, el rencor en sus ojos, el llanto y el dolor de mi madre, el asombro y repudio de mi padre, y sobre todo… La tristeza y vergüenza de Eveleen. No podía, no podía soportarlo más. Necesitaba dejarme llevar y terminar con todo de una vez, pero esa maldita voz seguía llamándome, las luces de los faros seguían chocando contra mi figura y las gotas de lluvia comenzaban a bajar por mi cuerpo, recordándome mis propias lágrimas.
Giré mi cabeza, hacia donde provenía esa voz y logré ver a una mujer guapa, alta, de cabellos rubios sonreírme preocupada, con una mano extendida hasta mí. Caminaba a cortos pasos, haciendo pequeños ruidos sobre el suelo mojado. La miré, la miré a los ojos y encontré una cierta similitud con los ojos de alguien… aunque no recordaba de quién exactamente.
—Vamos, cariño. No debes de temer. Todo está bien. Te prometo que todo estará bien, sólo ven conmigo —Su mano seguía extendida hasta mí y yo regresé a ver el agua que fluía debajo del puente, el agua que curaría tanto dolor…
—No puedo —dije finalmente, apretando mis manos a cada costado de mi cuerpo—. No quiero sufrir más, no puedo… —dije con un hilo de voz y entonces sentí unos brazos apretarme, brindarme calor a pesar de la lluvia que había incrementado su fuerza.
Me dejé abrazar, y aunque quería saltar de verdad, sabía que había dudado aunque fuera por un instante y ahora sería algo imposible, porque ella me sostenía, me apegaba a su cuerpo para jalarme lejos de aquel precipicio…
— ¿Ya estás mejor? —Su voz dulce volvió a entrar en mis oídos y yo sentí, envuelto en la manta, con la taza de chocolate caliente en mis manos. Le brindé un pequeño sorbo, sacándole una sonrisa a ella—. ¿Cómo te llamas? —preguntó cálida.
Alcé un poco mi mirada para volver a conectar con esos ojos marrones que tanto me recordaban a alguien…
—Gustav —dije, dándole otro sorbo a mi chocolate.
—Eres hijo de los Schäfer, ¿verdad?
Temblé al escuchar ese apellido y ella rápidamente se dio cuenta. Bajé la mirada y negué.
—Ya no pertenezco a esa familia, soy sólo Gustav…
—Yo soy Simone —dijo luego de unos segundos de silencio—. Kaulitz.
Y entonces fue cuando comprendí. ¡Pero claro! Kaulitz. Sus ojos me recordaban a Tom Kaulitz, el chico del que estuve enamorado en Secundaria. Pero ella… ¿ella era su mamá?
Volví a levantar mi vista con los ojos desmesurados y ladeé mi cabeza, tratando de comprender.
— ¿Tom Kaulitz es su hijo? —pregunté, sabiendo de sobre la respuesta. Lo que en realidad quería preguntar era: ¿En dónde está? ¿Por qué no ha vuelto al colegio? ¿Y Bill? ¿Bill también se fue? ¿Es cierto lo que todos dicen? ¿Ellos…?
Tragué saliva, esperando su respuesta, pero ella no dijo nada, parecía estar tratando de decir algo, pero simplemente no sabía cómo.
— ¿Qué pasó con tus padres? —Cuestionó, evadiendo mi pregunta, acomodándose mejor en el sillón junto a mí—. ¿Quieres contarme por qué tú…? —En realidad no quería terminar de decir la frase, pero quise responderle, tal vez así ella también respondería luego mis preguntas.
—Ellos… ya no me quieren. Soy un asco, una vergüenza, y creo que usted entiende perfectamente eso —dije finalmente. Ella arqueó ambas cejas, mirándome con la duda plasmada en su rostro—. Yo… Bueno yo… —No sabía realmente cómo decirle lo que ocurría. Es decir, sus hijos habían pasado por lo mismo hace un tiempo atrás y ella simplemente los había dejado irse…— ¿Dónde están Tom y Bill?
Mi pregunta la descolocó por completo y ahora fue ella quien bajó la mirada y apretó los labios.
—Creo que ellos tampoco me quieren y también les doy asco —contestó, mirándome nuevamente, sonriendo con tristeza.
—Eveleen y yo pasamos por lo mismo que sus hijos —comenté, esperando que en cualquier momento me quitara la taza y la colcha y me pusiera de patitas en la calle, amenazando con llamar a mis padres para convencerlos de meterme en algún tipo de clínica mental o algo parecido, pero al contrario de mis suposiciones, ella volvió a sonreí y se acercó más a mí, acariciando ligeramente mi mejilla.
—Yo cometí un error con ellos. Preferí decirles cosas horribles y dejarlos que hicieran su vida lejos el uno del otro porque pensé que era lo mejor, y no sabes cómo me arrepiento de no haberlos apoyado y así poder tenerlos aquí conmigo —susurró la última palabra. Su voz se había quebrado y el agua salada comenzaba a salir por sus orbes.
Me había sorprendido muchísimo la verdad. Ella… ¿ella me estaba apoyando? ¿No me estaba criticando ni juzgando?
—Lo siento mucho, Simone —sinceré, mirándola con tristeza. Ella negó con la cabeza, tragando pesadamente y se levantó del sofá que compartía conmigo.
— ¿Quisieras platicar un poco conmigo acerca de eso? Yo… yo quisiera entender un poco a Bill y a Tom, y tú tal vez necesites desahogarte.
Asentí. En verdad necesitaba sacar todo lo que traía dentro y estaba seguro de que ella necesitaba escucharlo.
Después de contarle todo y cómo habían sucedido las cosas, ella me apoyó mucho. Me tuvo en su casa por un tiempo mientras las cosas con mis padres se arreglaban poco a poco. Eveleen decidió mudarse. El ambiente en nuestra casa no había sido el mismo desde aquella noche y aunque nuestros padres habían decidio apoyarnos y ayudarnos, nosotros habíamos decidido olvidarnos del otro y tratar de formar una vida separados. Simone estuvo ahí siempre. Habló con nuestros padres, les contó su experiencia y los convenció de no internarnos en un psiquiátrico.
Le debía tanto a esa mujer, y aunque no pude estar en su lecho de muerte ni pude prometerle que ayudaría a sus hijos tanto o más de lo que ella me había ayudado a mí, si pude ir a su tumba y hacerle esa promesa desde ahí. Ahora estaba a nada de cumplirla. Ya les había dado la casa de Alemania y ahora solamente tenía que darles la empresa que por derecho les pertenecía. Tal vez fuera demasiado tarde para juntarlos nuevamente en un plan amoroso, pero los apoyaría en todo lo que ellos decidieran. Seguían siendo hermanos, y eso nada ni nadie se los quitaría,
& Por Tom &
Al despertar me encontré con un rico olor a waffles envolver todo el ambiente. Me desperecé en el sillón y me incorporé, quedando sentado.
—Buenos días, dormilón —saludó Andy desde la cocina, con una sonrisa de oreja a oreja.
Sonreí débilmente y me rasqué la cabeza al mismo tiempo que soltaba un bostezo. Me levanté del sofá y me acerqué poco a poco a él, tratando de sacar las palabras adecuadas para contarle todo lo que había pasado la noche anterior.
— ¿Te gustan con mucha o poca miel? —preguntó, sonriéndome de nuevo y alzó el bote de miel sobre mis narices.
—Poca —contesté, entonces él vertió el líquido extremadamente espeso sobre los waffles recién hechos—. Andy… —dije, suspirando después. Él notó mi poca emoción ante en desayuno y me miró inquisidor.
— ¿Qué sucede?
—Tenemos que hablar.
Andreas cambió completamente su expresión y suspiró, negando con la cabeza.
—Ayer estuviste con él, ¿no es cierto? Por eso llegaste tan tarde y con…
—Andy, Andy —Lo tomé por los hombros, obligándolo a callarse. Andreas me miró con los ojos acuosos y mordió sus labios por dentro.
—Lo que sea que tengas que decir sólo dilo, Tom. Por favor. No me hagas sufrir más, ¿quieres?
Un dolor se instaló en mi estómago. No quería que él sufriera. Me dolía tanto verlo así, pero tampoco podía mentirle. No después de lo que pasó anoche.
—Bill se hizo pasar por ti —dije ante su incrédula mirada. Enarcó ambas cejas y se soltó de mi agarre, agarrándose mejor de la barra de la cocina.
— ¿De qué estás…?
—Sorpresivamente llevaba el mismo disfraz que tú, y con tus locuras de querer cambiar incluso el color de ojos… Bueno, él pasó por ti a la perfección.
Su cara era un reverendo poema. ¡Pero mierda que la mandíbula se le caía hasta las rodillas!
— ¡Ese maldito hijo de puta! —estalló, aventando los waffles al piso, haciendo un verdadero desastre. La miel terminó por escurrirse desde la barra hasta el suelo y los platos de vidrio quedaron hechos añicos.
Me sorprendí bastante por su reacción, pero a decir verdad, estaba en todo derecho de ponerse así. No era difícil imaginar lo que Bill habría podido hacer conmigo haciéndose pasar por mi prometido.
—No pasó nada —aclaré antes de que se saliera totalmente de sus cabales—. Andy, escúchame —pedí, pero él me ignoró y continuó aventando cosas por toda la cocina.
— ¡Es un jodido estúpido! ¡Un maldito idiota que busca siempre interponerse y jodernos la vida a todos! ¡ES UN HIJO DE PERRA!
— ¡ANDREAS! —Lo sacudí por los hombros, haciendo que se tranquilizara a la fuerza. Sus ojos finalmente se encontraron con los míos y logró calmarse, aunque no demasiado.
—Te juro que lo mato, Tom. ¡LO MATO!
— ¡Hey! ¿Quieres calmarte, por favor? Entre él y yo no pasó nada… —dije, y él suavizó un poco su mirada, tratando de respirar con tranquilidad.
—No me vengas a decir que no pasó nada, Tom. ¡Como si no conociera ese perfecto imbécil! Ve una oportunidad para follarte y no…
—Nos detuvimos a tiempo. Andy, por favor, tienes que escucharme —supliqué, mirándolo con intensidad. Quería que se calmara y así yo podría darle lujo de detalles.
—Dime una cosa. ¿Tú sabías que era él, o en qué momento lo descubriste?
—Cuando me llamó Tomy —concluí, soltándolo, regresando a mi posición, pocos centímetros alejado de él—. No sabía qué hacer. Qué sentir. Cómo reaccionar. Andy… todo fue tan rápido. Creía estar contigo y de un segundo a otro caí en cuenta que no eras tú, sino él…
— ¿Lo paraste?
—Sí —dije. No era mentira—. Pero…
—Te gustó, ¿cierto? Disfrutaste estar con él. Besarlo… —Un pequeño sollozo emanó de su garganta y yo sentí mi corazón comenzando a quebrarse en mil piezas.
—No voy a mentirte, ¿okay? Nunca te he mentido, y ahora no lo haré —Apreté mis dientes cuando miré su rostro empapado en lágrimas.
Me odiaba a mí mismo. Andreas no merecía a alguien como yo, y en cambio ahí estaba, contándole que me había gustado besarme y magrearme con otro tipo, otro tipo que por sino fuera poco era mi hermano.
Era una mierda con él. Sabía desde un principio que él era demasiado bueno para mí, pero ahora estaba ahí yo, siendo egoísta como siempre, deseando que me perdonara y me diera esa semana para aclarar mis sentimientos, para aceptar compartir una parte de mí con otra persona.
—No habrá boda, lo sé. No tienes que decirlo, Tom… —soltó, volteándose, yendo directamente hasta su cuarto, pero uno de mis brazos lo detuvo. Lo tomé firmemente de la cintura y lo hice retroceder.
—No quiero cancelarla. Quiero sólo… posponerla.
Él me miró con extrema incredulidad. Una parte de él (estaba seguro) sólo quería irse, dejar de escucharme, pero otra parte todavía guardaba esa pequeña esperanza que había tenido siempre: Ser feliz conmigo para siempre.
— ¿Para qué? Tú y yo sabemos que vas a terminar con Bill. Deja de atarme a ti por razones equivocadas, Tom —pidió, pero mi egoísmo pudo más y lo abracé con fuerzas, depositando repetidos besos en su cabello ahora negro.
— ¿Y qué tal que no? ¿Qué tal que esta historia es diferente y termino contigo? No tiene que ser siempre igual, Andy. No puedes decir que…
Él me apartó un poco, lo suficiente para que nuestros ojos volvieran a clisarse.
— ¿Entonces qué más quieres? ¿¡Qué mierda quieres para darte cuenta!?
—Una semana —solté sin más, rogándole con la mirada que lo aceptara. Él pareció no entender en un principio, pero luego suspiró, entendiendo—. Sé que es egoísta de mi parte, pero Andy… No puedo negar que sigo sintiendo algo por Bill. Y tampoco puedo negar que siento algo por ti. No puedo… No, no quiero dejar a ninguno de los dos. Sólo, sólo te pido esa semana. Quiero aclarar mis dudas y…
— ¿No crees que ya has tenido el tiempo suficiente para aclararlo? Tom, no…
—Lo necesito. Necesito poner las cosas en una balanza. Por favor… —Mis ojos se cerraron cuando sus labios estuvieron cerca de los míos y pude sentir su aliento chocarme. Esperé un beso que nunca llegó y solamente escuché dos simples palabras que me dejaron con un sentimiento más aliviado:
—Una semana.
Llegué a Glow después de tener la pequeña plática con Andreas. Él había decidido quedarse a limpiar todo el desastre y ordenar sus pensamientos. Drake no tuvo ningún problema, porque casi todos los empleados llegarían tarde, gracias a la fiesta de la noche anterior. Casi toda la empresa estaba vacía y me sentí más cómodo así; la verdad prefería la soledad.
Me dejé caer cansinamente sobre el gran y cómodo sofá posicionado en una esquina de mi oficina e inmediatamente sentí mi móvil vibrar. ¿Quién me llamaría tan temprano? Saqué el aparato de mi bolsillo y miré un nombre relumbrar en la pantalla: Bill.
Sonreí estúpidamente y respondí, esperando escuchar su hermosa voz.
—Hola, Tomy —dijo seductoramente, cosa que hizo que mi piel se enchinara y tuviera que morder mi labio para no sacar un jadeo.
—Hola —respondí, mirando a todos lados a mí alrededor.
— ¿Estarás libre esta noche? Tengo planeado algo especial y tú estás obviamente incluido en eso —canturreó la última palabra, y pude incluso imaginármelo mordiéndose el labio también.
Reí por un momento y asentí, pero él seguía esperando (obviamente) una respuesta hablado, ya que no podía verme.
—Me encantaría, Bill —Volví a asentir, riendo por lo estúpido que todo sonaba.
Días, incluso horas atrás… ¿quién se hubiera imaginado que algo así podría pasar?
— ¡Perfecto! Entonces paso por ti a las…
—Preferiría ir yo… —interrumpí, recordando que sería demasiado incómodo estar esperando a Bill con Andreas ahí y más, abrir la puerta y encontrarme con mi hermano, teniendo a mi prometido a mis espaldas.
—Claro, el zorrillo, ¿no?
—Bill…
—Ya, ya. ¿Te mando la dirección por mensaje? No llegues tarde o voy yo mismo hasta donde estés —dictaminó y cortó la llamada. No había sonado enojado, sólo un poco resentido.
Guardé nuevamente el teléfono en su lugar y comencé a buscar algunos bocetos para empezar mi trabajo del día. Sería bueno distraerse con algo.
Recibí el mensaje con la dirección unas horas más tarde y además, una llamada de parte de Andreas diciendo que había decidido quedarse en el departamento con el consentimiento de Drake. Al parecer tenía asuntos que resolver con Gustav, y como yo no podía ir él tenía que encargarse.
Pasé la tarde prácticamente trabajando. Usualmente decidía tomarme algunos descansos, ir a comer a alguna cafetería cerca o vagar un rato por la empresa para mirar a los modelos y darles ideas, pero este día había sido diferente. No quería tener tiempo libre para pensar realmente en lo que estaba pasando en mi vida. ¿Cómo terminaría todo? ¿De verdad sería capaz de romper mi promesa con Andreas y huir con Bill? ¿De verdad sería capaz de dejarlo todo por mi hermano? ¿O simplemente decidiría quedarme con Andreas y vivir mi vida con normalidad, sin dedos apuntándome y voces criticándome?
Traté de volver a olvidar esos pensamientos cuando comenzaron a agolparse dentro de mi cabeza. Pronto anochecería y sería hora de irme a casa para prepararme para mi cita con Bill. Sonaba tan raro… Cita.
En realidad no quería llegar al departamento y no quería darle explicaciones a Andreas, así que opté por cambiarme nada más (tenía algunas cambias de ropa en mi oficina) e irme directo con Bill.
Tomé un taxi, le di la dirección del mensaje y quince minutos después estuve enfrente de un parque con un pequeño lago iluminado a la luz de la luna. Que cursi.
Reí y bajé del vehículo luego de haber pagado la cuota específica y me dirigí hasta donde se encontraba Bill. Estaba sentado en unas colchonetas —las cuales se veían realmente cómodas, por cierto— y no se había dado cuenta de mi presencia todavía. Caminé lentamente hasta sentarme a su lado, mientras él volteaba su cabeza y sonreía dulcemente. No llevaba mucho maquillaje y su cabello perfectamente acomodado brillaba a causa de la luna. Dios, era tan bello…
Bajé la mirada un poco avergonzado por mi pensamiento y él la levantó con sus finos dedos.
—No haré nada que tú no quieras, Tomy —comentó con gentileza, haciéndome sentir en las nubes.
Hacía tanto tiempo que no tenía esta oportunidad con Bill. Hacía muchísimo tiempo que las cosas entre nosotros no estaban tan bien. No recordaba la última vez en la que habíamos compartido una conversación amena por más de diez minutos, sin llegar al “Te odio” o “Te amo, pero Andreas…” Hoy no sería así, hoy sería de nosotros, y sólo para nosotros, sin nombrar a nadie más.
—Lo sé —terminé por responder, sonriéndole también. Él alejó su mano de mi piel y al segundo comencé a extrañar eso—. Bueno, ahm… —carraspeé, tratando de despejar mi mente— ¿Qué es lo que tenías planeado?
—Traté de imaginar como sería tenerte aquí, solo para mí, pero en verdad, nunca pensé que fuera tan perfecto —sinceró, relamiendo sus labios, acercándose un poco más hasta mí—. En realidad no preparé la gran velada, ni traje música, ni velas —Miró a nuestro alrededor y luego suspiró—, pero… Esperaba que pudiéramos cenar algo —Sacó unos bocadillos y una botella de vino junto con dos copas—, y platicar. Hace tanto que no lo hacemos.
Y mierda, parecía que me había leído el jodido pensamiento. ¿Cómo era que este hombre siempre podía adivinar lo que quería? ¿Tan bien me conocía para poder lograr eso o era simple conexión?
—Creo que lo necesitamos —afirmé su decisión y tomé la copa de vino que me extendía. Le di un firme sorbo y luego la dejé entre mis piernas, evitando así que se volcara.
— ¿Hablaste con…?
—Quiero que hablemos de nosotros —interrumpí antes de que nombrara a Andy—. Olvídate de todo lo demás, ¿si? —Él asintió felizmente.
—Y entonces… ¿de qué quieres hablar, hermanito?
—Hay tantas cosas que quisiera preguntarte, decirte… Pero esto se me hace tan surreal que no se me viene nada a la cabeza. ¿Es real, Bill? ¿No estoy soñando? —Recibí un pequeño pellizco en uno de mis brazos y entonces ambos nos echamos a reír.
—No, no creo que lo estés.
— ¿Qué piensas? Justo ahora, es decir. ¿Qué piensas?
—Pienso que es un sueño. Pero no de esos en los que te encuentras dormido; pienso que es un sueño que se vuelve realidad poco a poco. Estuve deseando durante mucho tiempo que algo así pasara, y ahora que te tengo aquí, libre, por tu propia decisión… Ah, Tom —Soltó un largo suspiro, negando con la cabeza, sin despegar sus hermosos ojos marrones de los míos—. Quisiera hacerte tantas cosas… Quisiera poder decirte todo lo que estoy sintiendo en este momento, pero no puedo. No encuentro las palabras. Yo… sólo sé que aquí, ahora —Tomó mi mano, acunándola contra su pecho— soy feliz.
Una lágrima traviesa descendió por mi mejilla y entonces me lancé a abrazarlo. Necesitaba tanto su calor, quería sentirlo cerca de mí.
Nos recostamos sobre las cómodas colchonetas y así nos quedamos por un largo tiempo. Observando la luna, las estrellas, todo el firmamento. Platicando de cosas sin sentido, recordando algunas cosas del pasado. Recordando los primeros días que nos veíamos como dos completos extraños, y es que… Eso en realidad éramos. Unos extraños.
—Cielo, ¿puedes llevar a tu hermanito a la escuela? No podré llevarlo yo porque tengo una junta, y Jörg tendrá que acompañarme.
— ¡No soy un niño, mamá! —gruñí. La sola idea de imaginarme a ese extraño llevándome a la escuela y que todos preguntara quién era me daba pavor. Ya era lo suficientemente grande como para poder irme solo—. Puedo tomar el autobús, pasa a solo dos calles de aquí —Me crucé de brazos encima del comedor. Simone y Bill se miraban cómplices y ¡mierda cómo odiaba eso!
—Claro que puedo, mamá —dijo, mirándome luego a mí. Sus ojos y esa mirada tan penetrante me seguía poniendo los pelos de punta (y eso que tenía rastas).
Simone sonrió, ignorando por completo mis réplicas. Lo odiaba, lo odiaba tanto…
—Eras muy berrinchudo. La verdad me agravas cuando te ponías así. Era muy tierno…
— ¿Cuándo lo decidiste? —pregunté, saliéndome totalmente de la conversación acerca de nuestros primeros días juntos.
— ¿El qué? —Enarcó una ceja, alejándose apenas unos milímetros para mirarme mejor.
—El dejar tu “venganza” —Hice comillas con mis dedos— hacia mí.
—La primera vez que te vi. Ya te lo había dicho… —Me recordó, sonriendo de lado. Plantó un dulce beso en la comisura de mis labios y no pude sentirme culpable ni mal por ello.
—Pero… es decir… ¿por qué, Bill? ¿Por qué simplemente decidiste olvidarlo?
—Creo que me cautivaste desde el primer momento. Y… aunque quería con todas mis fuerzas verte sufrir… —Suspiró— Simplemente no me hacía a la idea de que un chico tan cálido, guapo y tierno como tú lo hiciera. Eras tan inocente, tan frágil que mis únicos pensamientos eran para protegerte.
— ¿Y cuando te diste cuenta que comenzabas a quererme como algo más?
— ¿Te digo la verdad? —Negó—. No lo sé. Todo pasó tan rápido. Todo. De un momento a otro te convertiste del hermano odioso al que quería destruir, a la persona que más me importaba en la tierra, y luego…
—Volví a convertirme en el hermano odio que querías de…
—Tú sabes los motivos, yo creí…
—Lo sé —Asentí, ahora yo besando la comisura de sus labios—. Creo que yo supe que te amaba desde el primer día…
Miré una perfecta sonrisa dibujarse en su rostro y me acercó más hacia él, abrazándome con toda su fuerza. Sabía que no quería soltarme, y ahora… no sabía si yo sería capaz de soltarlo a él.
Continúa…
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