
«Noise» Fic Toll de Lenz Schwarz
Prólogo
—Bill, no quiero hacer esto —Cerré fuertemente mis ojos. Me encontraba completamente nervioso y asustado. Era mi primera vez y no me sentía preparado para tal emoción.
—Shhh, Tom. Todo estará bien…
—Pero…
Sentí como mis ojos comenzaban a llenarse de lágrimas. Tenía miedo, mucho miedo.
Bill me abrazó contra sí, fundiendo nuestros cuerpos calientes.
—Vamos, precioso. No llores.
Apreté aún más fuerte mis ojos, volteando mi cabeza cuando sentí su aliento chocar contra mis labios. No quería que me besara, ya no.
—Por favor…
Pude escuchar como rió brevemente y se inclinó más, rozando sus carnosos labios contra mi cuello.
—Te deseo tanto… —Suspiró contra mi piel y me estremecí. Dejé mi cuerpo totalmente flácido; ya no tenía caso resistirse. De todas formas, lo iba a hacer.
Separó mis piernas, acomodándolas a cada uno de sus costados. Arrugué los dedos de mis pies cuando sentí sus manos acariciar mi torso, bajando hasta mi ingle, rozando la orilla del bóxer mientras lo bajaba poco a poco.
—Bill, no…
No hizo caso a mis palabras y continuó con su tarea. Apartó completamente el bóxer de mi piel, y tomó mi pene entre sus manos, comenzó a masturbarme, jalando frenéticamente, consiguiendo finalmente una erección gracias a sus estimulaciones.
—Te va a encantar, enano.
Pude sentir cómo uno de sus dedos se inmiscuía en mi entrada, haciendo una ligera presión al penetrarme. Solté un jadeo, abrí los ojos y vi todo nublado a causa de las lágrimas que había comprimido. Mi hermano mayor besó mi abdomen, dejando rastros de saliva, descendió hasta los vellos de mi entrepierna y mientras metía otros dos dedos de golpe, lamió la punta de mi pene, para mezclar el dolor con el placer y encorvé mi espalda al sentir su tacto.
Lo lamió desde la punta a la base y de regreso, metiendo apenas la mitad a su boca, rozándolo con la pequeña bolita metálica que adornaba su lengua.
—Mmhh —jadeé cuando sacó sus dedos de mí. Estaba completamente húmedo.
Mi cara, mis manos, mi miembro, mi entrada, todo. Todo estaba mojado.
— ¿Te gusta, Tomy?
— ¡Aahhh! —gemí alto, con un dolor punzante y horrible dentro de mí. Bill me había penetrado a lo bestia. ¡Cómo dolía!
Me revolví en la cama, tratando de zafarme del cuerpo que me aprisionaba con ella, pero no podía, no tenía fuerzas, simplemente me resultaba imposible.
— ¿Qué? ¿Te dolió? —Escuché su risa calarme en la cabeza, entrando por mis oídos hasta situarse en el cerebro. Su maldita y estúpida risa que antes tanto me gustaba.
—Bill, por favor, ¡para ya! ¡Me está doliendo! —supliqué como un niño pequeño. Y eso es lo que era, un jodido mocoso de apenas trece años, con un pene clavado hasta el fondo.
—No quiero, enano —murmuró en mi oído. Pude sentir cómo todos los poros de mi piel sin excepción, se enchinaban, haciendo que comenzara a sudar a mares.
— ¡Por favor, Bill! ¡Basta!
Hizo oídos sordos a mis súplicas, importándole poco lo que estaba sintiendo en ese momento, aventando a la mierda mi dolor y sufrimiento. Siguió embistiendo mi cuerpo mientras aprisionaba mis manos con sus dedos arriba de mi cabeza, cortándome levemente la circulación de mis venas.
—Te gustará, Tomy. ¡Te encantará! Anda, gime mi nombre —Su respiración estaba más que acelerada, incrementaba con cada estocada que propinaba dentro de mí, hasta llegar al fondo.
Pronto, comencé a sentir como algo escurría entre mis nalgas. No era su semen, no, todavía no se había corrido. ¿Qué otra cosa podía ser?
Ya no sentía dolor, mi cuerpo estaba completamente destensado, debajo de él, podría decirse que hasta disfrutando del contacto de mi hermano mayor. Cerré mis ojos dejándome hacer, ya no sentía nada.
— ¡Aaah! —grité cuando abrió más piernas, elevándolas por sus hombros, llegando más al fondo si podía. Me había destrozado, literalmente me había partido en dos.
— ¿Te gusta, Tomy?
Esas malditas palabras no paraban de vibrar en mi cabeza, no querían alejarse de mí, sabía que las iba a tener presentes por el resto de mi vida.
—Sí.
— ¿Te gusta, Tomy?
Volví a mi realidad, con la tía que tenía la cabeza hundida entre mis piernas, metiendo y sacando mi miembro de su boca.
Por un momento me vinieron recuerdos a la cabeza de cuando Bill me llamaba así. Tomy. Nunca había dejado que nadie más lo hiciera, que nadie más me llamara así de nuevo.
—No me llames así. Soy Tom.
—Lo siento —Hizo una mueca, algo parecido a una sonrisa y se volvió a meter mi miembro en la boca, succionándolo todo, tragando cada gota de semen que salía por él, dejándome completamente seco.
Era la cuarta vez que lo hacíamos, estaba agotado. Me tiré sobre la cama, con ambos brazos apoyados detrás de mi cabeza.
No podía dejar de pensar en esa noche, esa noche en la que perdí mi virginidad. Ni si quiera estando con otras putas podía olvidarlo. ¿¡Qué demonios me había hecho!?
Bufé, tallando fuertemente mi cara. Quería borrar esa escena de mi cabeza. Por muchos años había conseguido hacerlo, olvidarme de lo que había pasado esa y muchas otras noches, cuando Bill se metía en mi cama, lamiendo, mordiendo, penetrando, haciendo lo que quisiera con mi cuerpo.
Y justamente esta jodida golfa me lo había recordado llamándome así. ¡Después de tanto tiempo!
—Tom…
—Vete. No te quiero ver.
—Pero, ¿qué hice? —preguntó sentándose a mi lado, acariciando las trenzas que caían por mis hombros.
— ¡Que te largues! —grité enfurecido.
Las lágrimas amenazaban con salir y no podía dejar que alguien me viera así, y menos la perra que se encontraba en frente de mí.
Suspiró molesta, murmuró algo que no pude escuchar con claridad y tomó sus cosas para después salir de mi recámara, azotando la puerta al cerrarla.
—Mierda —Escondí mi cara entre mis manos, sintiéndolas de repente mojadas a causa de las malditas lágrimas que salían como cascada de mis ojos—. ¡Mierda, mierda, mierda!
— ¿Y bien?
—No tengo ganas de hablar, eso es todo.
—Oh, Tom, por favor. No me digas que el ataque de ansiedad que te dio ayer fue por nada.
Andreas no cerraba la boca y yo estaba pensando seriamente en callársela para siempre. En serio, no había persona que hablara más que él. A veces llegaba a estresarme a tal punto que terminaba por arrancarme hasta los pelos de la nariz.
Los ataques de ansiedad habían regresado después de cuatro años de no tenerlos más. Esos ataques comenzaron cuando…
— ¡No fue nada! Ya estoy bien. ¿No comprendes eso?
—Si lo comprendo. Lo que no comprendo es el por qué. Tom… —Suspiró con pesar. Sabía que en el fondo yo no estaba bien, que algo había pasado para que me pusiera así— ¿Te acordaste otra vez?
Me quedé tenso en mi lugar, helado, sin poder si quiera exclamar una palabra. Andreas me conocía muy bien, era mi mejor amigo desde los nueve años y lo sabía todo. A él no podía ocultarle nada. Lo cierto es que no quería contarle, no quería escuchar ese nombre que tanto odiaba, ese nombre que había tratado de borrar de mi vida para siempre y que por alguna extraña y masoquista razón, siempre llegaba a mí, como un efecto boomerang. Siempre que buscaba lanzarlo y alejarlo lo más lejos que podía, cada vez que lo lanzaba con más fuerza, regresaba aún peor.
—Andy, por favor —Negué con la cabeza, incapaz de decir más y me desplomé sobre el asiento de mi escritorio. Andreas imitó mi acto, sentándose en frente. Me miró muy consternado, no sabiendo exactamente qué decir.
—No puedes estar huyendo siempre. Algún día vas a tener que enfrentarte a tu pasado. Recuerda que por más que escapemos de él, siempre nos alcanza.
Solté un suspiro, cerrando mis ojos. Quería desaparecer, que el mundo no existiera más, volverme polvo, tierra, cenizas, cualquier cosa que no tuviera corazón para no sentir lo que estaba sintiendo en ese preciso momento.
—Lo sé. Pero tengo miedo —dije casi inaudible, no queriendo reconocer del todo mis palabras.
Durante tanto tiempo me había hecho el fuerte, el que no le importaba, el que pasara lo que pasara, nunca se iba a desmoronar en pequeñas partículas dando pena a las demás personas.
—Todos tenemos miedo alguna vez, no hay que avergonzarse por ello.
Asentí sin saber realmente lo que esas palabras significan o lo que Andreas quería transmitirme. Sólo quería dejar el tema de lado.
Abrí mis ojos, encontrándome con sus ojos verdes pistache sobre los míos, mirándome atentamente.
—No tienes de qué preocuparte, Andy. No cometeré una locura, ¿vale?
— ¿Lo prometes?
—Te lo juro —aseguré mirándolo con el mentón levantado. Entrelazando mis dedos, acariciando el dorso de mi mano con el pulgar de la otra.
—Vale —Sonrió más tranquilo y se levantó del asiento.
Minutos más tarde, estaba solo entre esas cuatro paredes.
Sacudí mi cabeza para eliminar cualquier pensamiento que no quería tener en mi cerebro, y me dispuse a ponerme a trabajar. Era un día muy largo, tenía varias juntas de negocios con diferentes empresas y una comida con el prestigiado presidente de Glow. La segunda revista más importante de Nueva York.
La primera, por supuesto, es Noise. De donde yo, Thomas Kaulitz, soy el editor en jefe. Me había esforzando mucho para conseguir el puesto. Primero empecé como un simple ayudante de diseñador, y poco a poco, me fueron ascendiendo hasta llegar a ser el que soy ahora. Estudié diseño de modas y publicidad, resaltando mis notas en ambas carreras, cosa que me ayudó mucho en conseguir trabajo en la revista y posteriormente, ser el editor en jefe.
Tenía todo lo que había soñado: Un puesto importante en la mejor revista de Nueva York, dinero, fama, prestigio, mujeres a borbotones… Pero faltaba algo en mi vida para ser completamente feliz, algo que no sabía con claridad, pero me seguía faltando.
.
Al llegar a casa, aventé las llaves sobre la mesa del comedor y me quité la chaqueta que llevaba puesta, colgándola en el perchero de la sala. Caminé hasta mi habitación, quitándome los zapatos al llegar y me tiré boca arriba sobre la cama. Suspiré, llevando mis manos hasta mis ojos, presionándolos un poco, estaba cansado. El día había estado cansado.
Las diferentes juntas de negocios que tenía previstas, se cancelaron. Parecía como si todos se hubieran puesto de acuerdo para joderme el día. Lo único bueno fue que pude charlar calmadamente con Drake Zegers: el presidente y dueño de Glow. Fue más una charla personal que de negocios, comimos juntos y cambiamos algunos puntos de vista importantes para ambas empresas. Mi jefe: el presidente y dueño de Noise, no era muy abierto como para ponerse a platicar así con su mayor competencia, pero tampoco le agradaba portarse grosero por más que no tolerara al sujeto en cuestión, así que ahí era donde entraba yo. En realidad, me llevaba muy bien con Drake, era unos cuantos años mayor que yo y siendo maduro al igual que yo, formábamos una buena amistad.
Y de repente, sin siquiera esperarlo, volví a pensar en él. Los recuerdos llegaron sin ser bienvenidos y aún así, se metieron dentro, muy dentro de mí. Lo recordé mirándome mientras yo tocaba la guitarra, nervioso porque él estuviera ahí, sonriendo, con esos dientes tan blancos y hermosos, haciendo girar su piercing tan sensualmente que hacía que mis piernas temblaran.
Lo recordé como si todo eso lo estuviera viviendo justo en ese maldito instante. Como si lo sintiera ahí junto a mí, acariciándome, besándome, diciéndome que me amaba más que a nada en el mundo y que nunca nos íbamos separar.
Inevitablemente, las lágrimas volvieron a inundar mis ojos. Me era casi imposible contenerme y sobre todo, después de tantos años de aguantarme, de tragarme lo que me dolía, de darme de golpes contra la pared y sacarlo todo, después de tanto tiempo tratando de ocultar lo que verdaderamente sentía, finalmente el vaso enorme que se había ido llenando de emociones, de sentimientos y de rencores, se volcó, dejando escapar todo su cúmulo de odio y depresión.
Me sentía una mierda, una reverenda mierda estando ahí, tirado en mi cama, en posición fetal mientras el agua salada caía por mis pómulos y descendía por mis mejillas hasta dejar un pequeño charco de agua sobre las sábanas naranjas. Naranja, su color favorito.
— ¡Mierda! —Me levanté rápidamente de la cama, tirando de mis trenzas, haciendo que se estropearan. Tendría que ir a la estética, pero poco me importaba— ¿Por qué justo ahora, Bill? ¿¡Por quéeeee!? ¿Por qué no me dejas en paz de una jodida vez? ¿¡¡Por qué!!? —grité con todo lo que mis pulmones y cuerdas vocales pudieron. Apoyé mis manos en el tocador, mirándolas borrosas. Aventé todo lo que se encontraba a mi paso, rompiendo perfumes, espejos, desarreglando todo el cuarto, pateando todo lo que me estorbaba—. ¡Te odio! ¡Te odio, te odio, te odio, jodido maricón! —Y me tiré de rodillas en frente de la ventana, tapando mi cara llena de lágrimas. Seguía sollozando, sólo quería que todo saliera de una puta vez, quería llorar, sacarlo todo hasta quedar completamente seco, frío, y que ya no tuviera más.
Pero, ¿a quién engañaba? No podía olvidarme de todo de la noche a la mañana.
Continúa…
Gracias por la visita.