
Fic TWC/Billsack de Bethy Peña
Capítulo 5: Nostalgia
La camioneta fue estacionada a tres cuadras de la zona de Centros nocturnos. Gustav sugirió dejarla ahí debido a los conflictos que podrían ocurrir. Las tres parejas transitaron muy divertidas por la acera. Platicaban y reían de todo lo que les llegaba a la mente.
Pronto, después de pasar los cruces, llegaron al Dirty Party. El mejor antro de la ciudad, según el conocimiento de Raquel. Bill sonrió asombrado, tal asombro lo percibió Andrew al sentir el fuerte apretón que le daba su chico. Jamás había estado en un lugar así, sólo frecuentaba reuniones y fiestas. Pero nada como esto.
Caminaron para formar parte de la gran fila que esperaba con ansias su posible entrada. A medida que los encargados elegían a los privilegiados, la fila aumentaba constantemente.
Gustav estaba al tanto de cuantas personas quedaban frente a ellos. Solamente faltaban alrededor de 10 y ellos quizá podrían pasar.
Los minutos pasaban y la fila avanzaba. Pero para Georg, el tiempo se detuvo. No sabía qué hacer, no sabía cómo olvidar el pasado.
— ¿Qué tienes, amor?
— Nada –se apresuró a contestar acercando su frente con la de su novia.
Por fin, después de la larga espera. Llegaron a la entrada y fueron inspeccionados por los guardias. Bill se sintió raro ante tal situación, pero sólo es por seguridad.
— ¡Wow!… A divertirse chicos…–exclamó Corie excitada al mismo tiempo que arrastraba a Gustav hacía la barra.
El trio de enamorados festejaba como nunca lo hubiesen hecho, ocupando un cuarto privado alegaban cualquier tema que se les ocurriera. Fascinados por el lugar bailaban y bebían lo que les antojase.
Andrew procuró que Bill no bebiese más de 2 cervezas, ya que nunca antes había probado ese tipo de bebidas y puede que ocurra algo. La mano de Bill fue punto de atención para Andrew, ya que su chico estaba dispuesto a tomar el pequeño contenedor de botanas que se encontraba sobre la mesita de cristal.
— Amor, deja eso…–ordenó alejando con un ligero movimiento dicho objeto.
— ¿Por qué?—
— Esas botanas no son recomendables…–respondió serio revisando su celular.
— Ok… pero se me antojo una—
— Voy por un paquete—
— Gracias amor –sonrió alegre despidiéndose por el momento con un beso, Andrew salió.
Curioseó por el cristal como su amado se escurría entre la multitud. Giró su vista hacía sus amigos y se animó para bailar junto con Raquel y Georg. Las piezas eran muy movidas, todos disfrutaban de la música, incluso Gustav, que casi nunca se anima a bailar, decidió complacer a Corie quien prácticamente le rogaba para que bailasen juntos.
Moviéndose al ritmo de la pista, echó un vistazo por el cristal esperando ver a su chico. Y al encontrarlo sonrió pero esa sonrisa fue extinguida en un segundo.
Una chica de cabello rubio, largo y ondulado, se comía de pies a cabeza a Andrew que sin querer le tocó parte de sus glúteos. La joven siguió al castaño y tocó su hombro.
Bill no lo creía. ¿Cómo es que esa oxigenada se atrevía a molestar a su novio?
Se detuvo de golpe para reducir la distancia entre el cristal y su rostro, sólo para ver mejor la escena.
Andrew se giró para ver a la rubia, quien se le insinuaba lo mejor que podía. El varón sonrió divertido y eso hizo rabiar a Bill. Cerró su puño sobre el cristal disgustado.
Deseaba poder arrancarle las greñas. ¿Qué se creía?
Sin descaro, la joven se acercó al oído de Andrew— ¿Me invitas algo? –preguntó la rubia con tono meloso y sensual. Mordió inocente su dedo y sonrió.
— Claro, lo que quieras –ofreció sin interés alguno.
— ¿Quieres bailar un poco? –preguntó antes de dar un sorbo a su bebida. Pero al no beber con cuidado unas gotitas cayeron sobre su escote haciendo que la rubia se insinuara aún más.
Andrew alzó una ceja comprendiendo la indirecta— No creo. Estoy con MI NOVIO…–finalizó sonriendo algo divertido y se alejó de ahí.
Mientras tanto con Bill. El puño que había formado fue perdiendo fuerzas al ver la cara que lucía la oxigenada esa. Sonrió satisfecho al ver como abrió la boca y botando la bebida se fue de ahí. Haciendo un berrinche por no lograr lo que quería.
Perdió de vista a Andrew y se pegó más al cristal. ¿Dónde se había metido?
Miró hacía todos lados. Andrew no estaba.
— Aquí tienes amor…
— ¿Eh? –volteó hacia atrás encontrándose con Andrew quien le extendía un paquetito de botanas– Gracias amor… ¿Gustas bailar? –preguntó con un tono sedoso esperando excitar a su semental.
— Con gusto cariño –respondió y Bill se sintió inmensamente feliz. Únicamente él podía disfrutar de su enamorado. Nadie más.
Unieron sus manos y Andrew le acercó a su cuerpo encendido, pero al percatarse de que la música cambio drásticamente a una balada, opto por tomarlo de su cintura y moverse a como la melodía les indicara.
— No creí que bailaras este tipo de música—
— ¿Es raro?—
— Para nada –se apresuró a decir– Es sólo que… bueno, no sé cómo decirlo –dudó recargando su mentón sobre el hombro de su pareja.
— De hecho, hace años tome clases de Ballet, Tango y Vals—
— ¿Y porque hasta apenas me entero?—
— Perdón amor, es que me da pena…—
— ¡Ay Andy te como a besos! –exclamó sonriente buscando admirar sus ojos azules.
— Pero lo haces –ordenó Andrew y un poco apresurado buscó unir sus labios para fundirlos en un tierno y romántico beso.
Raquel soltó una risilla y Georg se giró para ver la causa. Pronto se encontró con aquellos novios que prácticamente se devoraban a besos. Sonrió y los demás comenzaron a reír silenciosamente. El hecho de presenciar aquel acto, les daba gracia. No porque fuera cursi o tonto, sino porque ellos son la pareja perfecta.
— Ahora vuelvo –anunció Geo separándose de Raquel, caminó hasta el sillón y le hizo sentarse.
— ¿Sanitario? —
— Si…—
Abrió la puerta y la música de la pista invadió sus oídos. Pronto salió de su pequeño escondite para enfrentarse a la multitud que le esperaba. Los sanitarios se encontraban justamente frente a él, sólo había que cruzar la gran masa de jóvenes efusivos.
Entre empujones, rasguños, latigazos de cabellos de algunas chicas, logró llegar a su destino.
Por fin al sentirse un poco mejor, se dirigió a los lavabos y recargó sus brazos en la gruesa y fría loza que decorada dichos objetos, respiró profundo perdiéndose en su mente.
Tenía tiempo que no visitaba un antro, la última vez que lo hizo fue cuando tuvo que reconocer el cuerpo de su mejor amigo y tocayo Georg Peck.
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La luz lunar se colaba por las ventanas del departamento de Georg. Descansaba muy cómodo sobre su sillón, veía un programa de comedia. Riendo a carcajadas bebió de su cerveza y tosió sin poder aguantar la risa.
Su celular sonó y le tomó sin mucho interés. La pantalla verdi-azul mostraba el nombre de su mejor amigo.
— ¿Qué paso? –preguntó sonriente.
— Buenas noches, ¿Georg Listing? –saludó una voz al otro lado de la línea.
— Sí, buenas noches. ¿Quién habla?—
— Detective Brian, le llamamos para notificarle que tiene que acudir de inmediato al centro nocturno “El recreo”—
— ¿Por qué?—
— Tenemos entendido que Georg Peck realizó una última llamada a usted. Es de total urgencia que acuda al lugar que le hemos indicado—
— ¡Wow! Espere, ¿Qué me está diciendo?—
— Pedimos de su cooperación—
— ¿Por qué?—
— Por favor…–pidió Brian fastidiado– Se trata de Georg Peck—
— Ok, en un momento llego—
Colgó su celular brincando sobre el sillón. No importó sí vestía pijama y calzaba unas sandalias. Sí se trataba de Peck, no podía darse el lujo de perder el tiempo. Sí su mejor amigo lo necesitaba, debía estar con él.
Corrió por tres minutos hasta llegar al famoso lugar. El establecimiento era custodiado por oficiales y la entrada del lugar había cintas policiacas color amarillo.
El miedo invadió su ser y continuó caminando hasta toparse con un oficial.
— Lo siento, no puede pasar—
— Me han llamado… El Detective Brian me ha llamado—
El oficial agarró su radio-comunicador y después de informar que Georg Listing se encontraba ahí, le permitieron ingresar.
El pasillo era vigilado por más oficiales, caminó topándose con varios empleados que tenían la mirada perdida.
— Buenas noches. Gracias por venir –saludó un joven de estatura alta que vestía traje. De la parte izquierda de su saco, colgaba un gafete– Detective Brian –continuó dándole la mano– Por favor, sígame—
Recorrieron otro corredor e ingresaron a una pequeña casa de acampar. Los hules color blanco le daban un aspecto desagradable.
Brian se detuvo frente a una cortina blanca.
— Le hemos contactado, para que usted reconozca el cuerpo que le mostraremos a continuación—
— ¡¿Cuerpo?! –preguntó aterrado sintiendo como sus piernas perdían fuerzas, como su espalda se estremecía y como un sudor frio, helado recorría su nuca.
— Le pedimos que se tranquilice, esto no será fácil –advirtió Brian y pronto corrió la pesada cortina.
Sobre la alfombra color beige con grandes manchas rojas, que seguramente era sangre. Yacía un bulto tapado por una sabana azul. Y lo que le extraño fue ver más “cosas” cubiertas por una tela similar.
El Detective William le permitió acercarse más. Brian se posó a su lado para agacharse y recoger parte de la sabana.
Georg cerró los ojos reprimiendo las lágrimas.
— Es él –contestó dando vuelta.
— ¿Está seguro? –El muchacho asintió– Ok, Gerald, continúe por favor –ordenó escoltando a Georg fuera de ahí.
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Reprimiendo las lágrimas que amenazaban con salir, se humedeció un poco el rostro para olvidar el pasado, se miró un minuto al espejo para ver sí no había algo que lo delatara, por fortuna no fue así.
Exhaló y decidió salir. Estando a unos cuantos centímetros de tomar la perilla de la puerta, esta se abrió repentinamente dándole la bienvenida a un joven que tenía cara de pocos amigos, al verle a los ojos algo extraño le recorrió por el cuerpo, la mirada que tenía hizo que su piel se erizara, pero al notar la acción de aquel sujeto opto por ignorarlo y salir para bailar un poco más.
Mientras tanto en dicha habitación que fue abandonada por Georg, Kaulitz se adentró a un cubículo para meditar unas cuantas cosas. Bajó la tapadera del W.C y tomó asiento.
Sonrió al recordar que en la cabaña donde su amado se alojaba encontró su diario personal entre sus pertenencias, no le dio pena alguna leer los íntimos pensamientos de Bill y lo que más le dio ternura fue leer:
“Hola T, te cuento que yo y los chicos… ¿O ‘los chicos y yo’? ¡Como sea! El chiste es que iremos a la ciudad para festejar, por lo que Gustav pudo decirme es que iremos al “Dirty Party”, suena interesante el lugar ¿No te parece? Creo que no… bueno procurare divertirme… cuando regrese te cuento como me fue.
Te amo T”
Era obvio que T era el mismo Kaulitz, él le había comprado un diario cuando Bill no podía desahogarse libremente.
Los días que Bill se encontraba melancólico eran frustrantes. No comía… no dormía… siempre estaba en silencio.
Tom al notar la seriedad de la situación meditó horas, días… para saber cómo ayudarlo; y al término de la semana obtuvo una respuesta. Así que un viernes, mientras su chico tomaba una ducha, salió temprano de compras.
Al regresar, se encontró con Bill sentado en medio de la sala cabizbajo, se acercó a él envolviendo su delgado cuerpo por la espalda, el hecho de ver así a su pequeño le destrozaba el alma.
— Sabes que te amo, ¿Verdad? –preguntó Kaulitz recargando su barbilla en el hombro de Bill.
— Sí, y yo a ti –confesó el menor con la voz entrecortada que fue apagada cuando rompió en llanto.
— ¿Bill? Mi amor ¿Qué tienes? –Preguntó alarmado Tom, puesto que esto era repentino, pero sólo consiguió una negación por parte de Bill– Puedes hablar conmigo, ¿Qué ocurre?—
— Nada…–decía entre hipidos mientras abrazaba un almohadón.
— Amor, sé que no me dirás nada… por eso –de su abrigo sacó una bolsa negra con algo en su interior– Te he comprado esto—
— ¿Qué es? –alzó la vista para curiosear.
— Un diario personal, ¿Te gustaría empezar? –Bill asintió tomando el pequeño libro en blanco. Con la palma de su mano libre borró las lágrimas y suspiró.
— ¡Muchas gracias, Tom! —
— Sabes que no me gusta verte triste…–le tomó del rostro con cuidado y le compartió un tierno beso que muy ansioso deseaba existir.
A pesar de que Bill ya no tenía aquel sentimiento por T, siguió nombrando a aquel objeto que hace años le guardó sus más íntimos secretos.
Sintiéndose completamente reconfortado, tiró de la cadena para fingir que estuvo ocupado.
Abrió la puerta asegurándose de estar solo. Caminó al tocador y se lavó estrictamente sus manos. Alzó la vista encontrándose con su reflejo, intentó sonreír pero no podía verse ni un segundo. Su rostro era un asco, pero aun así, Bill lo aceptó.
Giró sobre su eje dispuesto a salir de aquel sucio sanitario.
Continúa…
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