Pasó el resto del día limpiando la casa de arriba abajo y haciendo la cena. Gordon siempre comía en el campo y llegaba tarde a cenar. Así que Bill se pasaba todo el día solo, pero no podía abandonar la casa. Gordon podía presentarse de improvisto o llegar antes del bar, y si veía que no estaba le aguardaba una paliza a la vuelta.
Aún recordaba la primera que le dio, con solo 11 años. Al día siguiente no se podía levantar de la cama de lo que le dolía el cuerpo, pero sacó fuerzas y bajó a prepararle el desayuno antes de que le diera otra por levantarse tarde.
Llegada la noche la cena ya estaba hecha y esperaba sobre la mesa. No había plato para él, había estado picoteando de lo que el señor Listing le había regalado y sabía que solo podía comer lo que Gordon dejara y cuando él se hubiera ido a la cama.
Se sentó en el suelo de la cocina a esperarle, extrañado de verle llegar a los pocos minutos. Siempre regresaba a casa pasadas las 9 y faltaba aún casi media hora. Se levantó de un salto, sabía que algo no iba bien. Esperó conteniendo el aliento a que se abriera la puerta, arrugando la frente al escuchar la voz de otro hombre.
—No sé cómo me he dejado convencer—decía el otro hombre a Gordon.
Al momento se abrió la puerta y entraron Gordon y el hombre que Bill había escuchado. Sentía un nudo en la garganta, no le gustaba la manera en la que le estaba mirando su tío.
—Bill, él es David Jost—presentó David—Trabaja en la casa de los Kaulitz y ha accedido a llevarte con él.
—¿A llevarme con él?—repitió Bill sin entender.
—¡No me repliques!—gritó Gordon dando un paso en su dirección—Sube a por tus cosas y vete inmediatamente con él. No me hagas repetir las cosas…
Bill se movió con rapidez, le daba miedo cuando su tío se ponía así. Subió al desván y cogió la poca ropa que tenía y la lata donde guardaba la comida, dentro de la cual había también una foto de su padre. De su madre no tenía ninguna, y dudaba que su tío tuviera una. Nunca se llevaron bien y sabía que a su madre no le quedó más remedio que dejarle a su cargo por motivos de trabajo.
Bajó llevando la ropa de la mano, pues no tenía donde meterla, y se quedó al pie de las escaleras esperando que su tío hablara.
—Te irás a vivir con David una temporada—empezó a explicar Gordon—Yo iré a por ti en cuanto pueda.
El tal David miró a Gordon alzando una ceja, pero sabía que era imposible hablar con él. Carraspeó y dando un paso se acercó a Bill y le tomó con suavidad del brazo.
—Si no tienes nada más que coger nos vamos—dijo David sonriendo.
Bill negó con la cabeza y se dejó llevar fuera de la casa. No se despidió de Gordon, que nada más ver que iba se sentó a comer como si nada, gruñendo porque la cena estaba algo fría. Fuera esperaba una camioneta y se montó al lado de David, quien arrancó y se alejó de la casa donde había crecido.
—¿Dónde vamos?—se atrevió a preguntar pasados unos minutos.
—A la plantación Kaulitz, ¿la conoces?—preguntó David, viéndole negar con la cabeza—Está en las afueras de Leipzig, nos espera un largo viaje.
—¿Y…qué voy a hacer ahí?—preguntó Bill a punto de llorar.
—No te preocupes Bill—contestó David suspirando—Créeme si te digo que salir de esa cloaca es lo mejor que te puede pasar. Tu tío te ha…cedido para que me eches una mano en la plantación.
—¿Cedido?—repitió Bill alzando una ceja.
—Si bueno…vendido suena peor, ¿no crees?—dijo David resoplando.
Bill no se podía creer lo que le estaba diciendo, ¿su tío le había vendido? ¿Por qué?
—Perdió varias partidas—murmuró David como si le hubiera leído la mente—No sé cómo me dejé convencer de que pagara contigo las deudas, pero después de ver el estado de esa casa a la que llamas hogar sé que es lo mejor que he podido hacer.
—Entonces… ¿no voy a volver a casa?—susurró Bill.
—¿Te gustaría volver algún día?—indagó David.
Bill se le quedó mirando en silencio unos minutos hasta que sabiendo que llevaba mucha razón negó con la cabeza. No sabía a dónde iba ni qué le deparaba el futuro, lo único que presentía era que iba a estar mejor que viviendo bajo el mismo techo que Gordon.
—Como ya he dicho, el viaje es largo—dijo David estirando una mano—Daré la calefacción para que no tengas frío, procura dormir un poco.
Bill asintió y acomodándose mejor apoyó la cabeza contra la ventanilla y cerró los ojos. Pero no pudo conciliar el sueño, no dejaba de pensar que se había ido sin despedir…no de su tío, a quien le dio igual que se fuera. Estaban Georg y su familia, sabía que se iba a trabajar lejos y cuando pasara una semana sin verle se preocuparían. Tenía que hacer llegarles un mensaje de que se encontraba bien y darles las gracias por todo lo que habían hecho por él.
Cuando volvió a abrir los ojos tenía ante él una verja de madera que un hombre abrió tras saludar a David con la cabeza. Se acomodó mejor en el asiento observando con atención el camino que seguía. A ambos lados del mismo había una plantación tras otra que no supo distinguir al ser aún de noche. El terreno era enorme y se preguntaba si iba a tener que trabajar en el él solo.
David giró a la derecha y entonces se quedó sin habla. Ante él apareció una enorme casa de dos plantas con un porche también enorme lleno de columnas griegas. ¿Iba a vivir ahí? Pero sus ruegos no fueron escuchados, David giró una vez más a la derecha y yendo por un largo camino de arena aparcó delante de un barracón. Tampoco podía quejarse, estaba en mejor estado que donde vivía con su tío.
—Hemos llegado—dijo David parando el motor—Sígueme.
Bill asintió y se apresuró a obedecerle. Bajó del coche y le siguió hasta el barracón, donde entró conteniendo el aliento. Tenía miedo de lo que se podía encontrar…pero sus miedos eran infundados. Resultó ser un agradable hogar, a ambos lados había una serie de literas donde ajenos a su llegada dormían algunos de los trabajadores.
—Aquí cada uno tiene su propia cama, creo que hay una libre al fondo—empezó a explicar David—Son buenos chicos, ya los conocerás. Tú de momento trabajarás codo con codo conmigo, te enseñaré lo que tienes que hacer y una vez lo aprendas te encargarás de la parcela que te asigne.
Bill le escuchaba con miedo de decirle que él no tenía ni idea, que para eso fue a vivir con su tío pero en vista de lo debilucho que era le relegó a los trabajos de la casa.
—Si veo que no puedes buscaremos algo más que puedas hacer —dijo David al ver la cara que ponía—La verdad Bill es que no necesitamos contratar a nadie más, pero como tu tío te dejó a mi cargo pues…
—Trabajaré en lo que sea—cortó Bill con firmeza—Por favor, no me devuelva.
David sonrió para tranquilizarle y le señaló una de las literas.
—Trata de descansar—dijo David—Búscame cuando te despiertes, estaré en el campo número trece. Pregunta por mí, ya dejaré el aviso de que tenemos un chico nuevo y nadie te echará el alto.
Bill asintió de nuevo y se dirigió a la litera que le había indicado. Dejó a los pies de la misma la poca ropa que llevaba y se tapó con las mantas tras descalzarse. Era incluso más cómoda que el camastro donde dormía en casa de su tío y esa vez cuando cerró los ojos si se quedó profundamente dormido.
Tenía un reloj interno y a las 8 en punto ya estaba en pie. No estaba solo en el barracón, algunos trabajadores seguían dormidos y otros se levantaban como él en ese momento. Había un chico que tendría su misma edad y se le quedó mirando extrañado.
—¿Eres nuevo?—le preguntó.
Bill asintió con la cabeza y se puso en pie tras calzarse. Su estómago protestaba y abriendo la lata que se había llevado se dispuso a comer lo poco de comida que le quedaba. Pero el chico le seguía mirando y decidió ser educado, mejor llevarse bien…
—¿Quieres?—preguntó ofreciéndole un bollo.
—Gracias—dijo el chico aceptándolo—Me llamo Andreas.
—Yo Bill—se presentó a su vez Bill—Vine anoche con David y me pidió que le buscara ahora por la mañana. Dijo que estaría en el campo número trece, pero no sé donde está.
—Te acompaño pero antes vamos a desayunar—dijo Andreas para su sorpresa.
Pensaba que se tenía que ganar la comida como en casa de su tío, donde si no trabajabas te quedabas sin nada. Y de momento no había hecho nada para merecerlo.
Siguió a Andreas y salieron del barracón usando otra puerta. Había un pequeño porche que no se veía desde la gran casa y en medio de el una larga mesa. Allí había de todo y Bill sintió que su estómago le daba un vuelco al ver el banquete que le esperaba, en comparación con las migajas que su tío le daba.
—Aquí nos tratan bien—explicó Andreas al ver su expresión—La señora Webber es la cocinera de la casa pero también se encarga de nosotros. Nos deja la comida preparada en la cocina y uno de nosotros va a por ella, si alguna vez te toca a ti recuerda que no puedes pasar de la cocina. Se nos tiene prohibida la entrada, obedece las reglas y no pasará nada.
—¿Aquí…se pega?—preguntó Bill en voz baja.
—No, tranquilo—contestó Andreas sonriendo para tranquilizarlo—Tenemos privilegios, como un día libre cada dos semanas y alguno más que David te pueda dar si ves que te esfuerzas trabajando. Se nos «castiga» quitándonos ese día de descanso y si te pillan robando comida o husmeando por la casa estás despedido de inmediato. Si tienes hambre te acercas a la cocina y se lo pides a la señora Webber. Y que no te asuste su aspecto, puede parecer estricta pero nos trata como si fuéramos sus hijos.
Bill sonrió al escucharlo, le gustaría mucho que la tal señora Webber se fijara en él y quisiera darle algo de ese cariño maternal del que andaba tan escaso…
Se dieron prisa en desayunar y fueron a buscar a David. Por el camino se terminaron de comer su tercera tortita con nata mientras que Andreas le explicaba algo de la familia para la que trabajaban.
—El señor y la señora Kaulitz…un matrimonio algo raro, la verdad—empezó a decir Andreas—Ellos sí que son estrictos y cuando la señora Kaulitz te mira parece que va a salir un rayo de sus ojos para hacerte polvo.
Bill rió al escucharlo, Andreas era un poco exagerado.
—¿Tienen hijos?—preguntó Bill interesado.
—Tom…un vago de cojones—contestó Andreas resoplando—Estudia fuera o eso quiere hacer creer a sus padres. Suele venir a casa en vacaciones o así, y dedica el tiempo a irse a beber al pueblo y tirarse al primer ser humano que se le cruce por el camino. Una joya de hijo como podrás comprobar, además de un maleducado.
Siguieron andando hasta dar con David. Andreas entonces les dejó a solas y se fue a trabajar en su parte de la parcela.
—Veo que ya has conocido a Andreas—dijo David a modo de saludo—Es un buen chico, no te separes de él y pronto lo aprenderás todo.
—Si…señor—murmuró Bill carraspeando.
—Llámame David—pidió David—Sígueme.
Así lo hizo Bill. Se pasó toda la mañana tras David aprendiendo cuál sería su trabajo, tenía que controlar el riego y comprobar que las plantas crecieran rectas, y si veía alguna hoja mordida debía avisarlo de inmediato.
—Como ves el campo es grande y vas a pasarte toda la mañana de arriba abajo—comentó David sonriendo—A la 1 paramos para comer, tienes media hora y ya por la tarde te encargas con Andreas de los animales.
—¿Hay animales?—preguntó Bill mirando a su alrededor.
—En un establo alejado de la casa principal—explicó David—Debéis ponerles agua fresca y comida y limpiar los establos.
Bill asintió suspirando, se iba a pasar todo el día trabajando. Para cuando llegó la noche estaba realmente cansado, pero no le importó en absoluto. Se sentía muy bien, aparte de and reas había conocido al resto de sus compañeros y todos parecían llevarse muy bien entre ellos. Enseguida se sintió como si formara parte de esa “familia” que le habían acogido con los brazos abiertos.
Se dejó caer en la litera que se le había asignado y se dispuso a dormir, con una amplia sonrisa en los labios por primera vez en su vida…