Mini-Fic de LeNa

Pretty Toy: Capítulo 2

Se despertó. Sentía el agua resbalar por su cuerpo. Estaba fría, había perdido todo el calor. Por un momento no supo dónde estaba. Abrió los ojos, encontrándose tirado en la bañera. La ducha aún soltaba agua, lo cual parecían agujas contra su piel. Le dolía la cabeza a horrores. ¿Qué había pasado? Cuando quiso levantarse, sintió un latigazo de dolor en las costillas. Se tocó la zona dolorida con la mano, estirándose como podía para poder verlo. Una mancha azulada se había dibujado en su piel, entonces, aquellas imágenes aparecieron como diapositivas en su mente, recordándole a Tom, su estado y sus actos.

Se levantó rápidamente, completamente asustado. Ni siquiera se detuvo para parar el agua de la ducha. Salió de la bañera con prisas, temiendo que su hermano pudiera volver a aparecer en cualquier momento. Encontró su ropa sobre el lavabo, y se vistió perdiendo el equilibrio en contadas ocasiones. No quiso ponerse los calzoncillos que Tom le había prestado. Cuando acabó de vestirse, cogió su chaqueta en la mano, y sobre el mármol encontró la tarjetita que creía no haber ido a recoger la noche anterior. De modo que había sido él… La cogió con prisas, y salió del cuarto de baño, asustado, acelerado, pero se detuvo en seco, cuando al abrir la puerta, se encontró con la imagen de aquel monstruo, durmiendo en la cama.

Quiso acercarse, coger el jarrón que había en el aparador y estampárselo en la cabeza, pero no podía; temía lo que fuera capaz de responderle si se atrevía a hacerlo. Sintió un nudo en la garganta, y de nuevo, las lágrimas surgieron libremente por sus ojos. En silencio, pero sin abandonar sus prisas y su miedo, salió finalmente de la habitación, cerrando la puerta tras de sí. No se dio cuenta de la sonrisa que se dibujó en los labios de Tom, una vez hubo cerrado.

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Llevaba horas encerrado en su habitación. No había bajado a comer y tampoco asistió a la cita tan importante que David, su productor, les tenía programada para aquella tarde. Dio la excusa de que se encontraba tremendamente mal, y fingió estar vomitando, mientras David lo escuchaba desde el otro lado de la puerta. Por suerte, para la banda, los demás sí fueron, compensando la ausencia de Bill. Estaba aterrado. ¿Qué le estaba pasando a Tom? ¿Por qué había hecho aquello la noche anterior? Deseaba que la borrachera le ayudara a olvidar los detalles, pero le era imposible, lo recordaba todo exactamente como sucedió; lo tenía grabado a fuego en su propia piel. Le dolía el costado, la cara y el cuello le ardía. Cuando se miró al espejo y vio la rojez de su cuello de nuevo no pudo evitar llorar, no por las marcas, no por el dolor, sino por quién se lo había hecho, y lo que no dejaba de pensar, era qué más tenía pensado hacerle…

– Ahora serás mi puta, y yo seré tu Dios…

Aquello no era el final. Esa amenaza implícita en sus palabras lo delataba, y lo atemorizaban de tal forma que todo él temblaba. Su rostro muy cerca, diciéndole esas palabras con un tono malévolo, sombrío. Su mano acariciándole las zonas más íntimas de su cuerpo… Ese no era su hermano; era un completo desconocido, un monstruo venido desde el infierno con la intención de atormentarle usando el cuerpo de la persona a la que más quería… No lo comprendía, y por mucho que intentara recapacitar sobre lo que Tom le había dicho, no llegaba a un razonamiento lógico que lo explicara…

– Estoy harto de ver que todos te consideran mejor que yo…

Lo peor de todo, era que esa tarde sería la última en la que trabajarían, antes de tomarse unas vacaciones en casa. Por desgracia, mamá estaba fuera, y no llegaría hasta pasados tres días después de ellos…
Se apoyó contra la pared del rincón más oscuro de la habitación, llorando amargamente. Se deslizó hasta quedar sentado en el suelo, con sus rodillas inclinadas, y ocultando el rostro entre ellas, mientras se abrazaba con sus brazos. Se sentía como un animalillo atrapado en su madriguera, amenazado por la bestia que esperaba en el exterior. Quería desaparecer, incluso llegar a pensar cometer alguna estupidez, pero tenía que ser fuerte, tenía que enfrentarse a él… Tenía que luchar…

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Un ruido le hizo despertarse. Levantó la cabeza de golpe, encontrándose a oscuras. Afuera había anochecido, y ni una sola luz se filtraba por las rendijas de la persiana cerrada. De nuevo otro ruido. Estaba aturdido, exhausto, confuso, y por un momento no pudo reconocer lo que era, hasta que su mente fue despertándose poco a poco. Estaban llamando a la puerta. No se levantó para abrir. No quería hablar con nadie, y permaneció en silencio, esperando a que esos golpes cesaran. Poco después lo hicieron, pero minutos más tarde, un nuevo golpe. Volvió a no contestar, entonces, otro ruido le hizo alzar la vista. Un pitido, y después el pomo. Habían abierto la puerta. La luz del pasillo iluminó el interior de la habitación a oscuras. Bill, cogiendo la cortina a su lado, se cubrió con ella sin querer aceptar que aquello no sirviera de nada. Entonces una voz, la voz, le hizo estremecerse de miedo.

– ¿Canijo? –habló Tom, y escudriñando con la mirada cada rincón de la habitación, encendió la luz.

El guardaespaldas encargado de vigilar a Bill le había dicho que no había salido. Bill se encogió más, siendo casi imposible, en su escondrijo. Comenzó a oír sus pasos, cada vez más cercanos.

– ¿Bill? ¿Dónde estás?

Parecía estar jugando al escondite, y el tono burlón de Tom le machacaba el estómago. Estaba jugando con él, estaba disfrutando asustándole. Entonces esos pasos se pararon y todo volvió a sumirse en un profundo silencio. Bill temblaba, controlando su respiración. De repente, la cortina se movió, dejándolo completamente a la vista de Tom. Se quedó petrificado viendo la figura de su hermano parada ante él. Le pareció mucho más alto y grande de lo que era. Se levantó instintivamente, empujando su espalda contra la pared.

– ¿No eres un poco mayor para jugar a esto? –preguntó en un tono más que normal.

Bill se quedó confuso, pero aún así, no quería tenerlo cerca. Se subió a la cama, y llegó al otro lado, alejándose lo máximo posible de él.

– Tom, déjame, por favor… -Suplicaba con un hilo de voz. El labio le temblaba y los sollozos comenzaban a invadirle. Tom lo miró totalmente extrañado, abriendo mucho los ojos.

– ¿Se puede saber qué te pasa?

No podía creérselo. En ese momento apareció David por la puerta, encontrándose a su cantante a un lado de la habitación, completamente asustado, y a su guitarrista al otro lado, confuso.

– ¿Qué cojones pasa? –exclamó Jost.

Miró a Bill, cuya respiración era el único sonido que quedó después de su pregunta. Miraba a Tom temeroso, controlándolo, esperando cualquier movimiento por su parte. Entonces el manager se dirigió al rapero, pidiéndole una explicación con los ojos, pero éste sólo se encogió de hombros.

– ¿Tom? –Él no contestó, y con su forma de actuar era realmente convincente de su inocencia.

– Dejadme solo… -pidió de repente Bill, en un tono casi inaudible. David y Tom lo miraron curiosos.- ¡He dicho que me dejéis solo, joder! –gritó ahora, furioso e impotente, al ver la manera de comportarse de su hermano.

Era increíble, como si nunca hubiera pasado. Se estaba burlando de él. Se estaba riendo de él en sus narices, haciéndole quedar como un loco histérico. Jost no tardó en encaminarse de nuevo hacia la puerta. Conocía lo suficiente a Bill como para saber que realmente necesitaba lo que les pedía. Con un gesto de la mano, le dijo a Tom que lo siguiera. Éste se fue hacia él, pasando muy cerca de su hermano, quien se empotró contra la pared para no sentir el más mínimo roce. Finalmente David y Tom desaparecieron, y pudo soltar un suspiro de alivio al ver que la puerta comenzaba a cerrarse. De repente volvió a abrirse, y quien menos deseaba ver, se dirigió a él, recuperando ese momento a solas. Tom fulminó a su hermano con los ojos, pero tan rápido que el pequeño apenas puedo darse cuenta de ello, y continuaba mirándole curioso, atemorizado. Era una imagen realmente patética de sí mismo.

– Ve preparando las maletas. Mañana por la mañana volvemos a casa… -y sin más se fue, dejando a un Bill atolondrado, quieto como una estatua en su habitación.

– Maldito cabrón… -susurró Bill una vez estuvo solo, apretando su puño con fuerza, llegando a hacerse sangre por la presión de sus uñas contra la palma.

No iba a conseguir confundirle. Aquello había sido real, había ocurrido de verdad, y no había sido una broma ni una pesadilla, y lo peor de todo, es que no podía contar con nadie para poder defenderse de Tom, él seguiría actuando como si nada delante de la gente, y si decidiera contárselo a alguien, nadie le creería. Tom era el perfecto mujeriego, el chico alegre que no piensa más que en el sexo y poder dar caña con su guitarra en el escenario. Si de repente apareciera con la historia de lo que su hermano le había hecho, seguramente lo tomarían por un loco que trabaja demasiado, y que necesita más tiempo libre. Aquel tipo de cosas eran irreales en el equipo, era pura ficción, totalmente surrealista. No entendía cómo había cambiado todo de la noche a la mañana, o en su caso, de la mañana a la noche. Tom era otra persona, y sin embargo, con Jost, incluso antes de que el manager apareciera, había sido el mismo chico de siempre. Bill no sabía lo que tramaba, qué ocurría por su cabeza, qué más sería capaz de hacerle… Aunque, ¿y si hubiera sido por los efectos del alcohol? Tom había bebido por seis personas aquella noche, pero aún así, nunca le había visto capaz de hacer una cosa así…

Ahora, el pensar que volverían a casa, y estaría a solas con él más tiempo del que desearía, sin ningún tipo de seguridad rodeándole, le provocaba una sensación de pánico. No podía dejarlo como estaba, tenía que hacer algo; no quería ser la puta de nadie, y menos de su hermano…

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Bill lo organizó todo para ser el primero en irse a casa. Tom, por suerte, debía quedarse hasta tarde por una entrevista que tenía concertada, y luego volvería a casa. El cantante convenció a David para que le dejara salir del estudio al que habían llegado después de su viaje en avión desde Essen. Recogió sus maletas, y le pidió a Saki un último favor; que le acompañara a un centro comercial, y después a casa, lo antes posible. El guardaespaldas había acabado su trabajo por aquellas interminables semanas; estaba ansioso por llegar a casa, abrazar a su mujer e hijos, pero el rostro de Bill era presa del miedo. No sabía lo que le pasaba, peor supo que nada bueno, y no pudo resistirse a ayudarle…

Concretamente, lo que Bill deseaba comprar eran cerrojos para las puertas. Saki no supo qué responder a eso, sólo obedeció, y lo llevó a una ferretería cercana a casa de Kaulitz. El chico bajó escopeteado del coche, dejando aún más confuso a su guardaespaldas. Se había puesto la capucha de la sudadera, cubierto su cara con unas enormes gafas de sol, y tapado las manos con unos guantes, a modo que nadie lo reconociera. Por suerte nadie lo hizo, y cuando salió de la tienda, lo hizo cargado con una bolsa llena de cerrojos, pestillos y una barra larga de hierro. Saki no pudo imaginarse para qué necesitaba todo aquello. Bill le pidió que no le hiciera preguntas, y así, en silencio, lo llevó a su casa, sin pedir explicaciones. Lo ayudó a descargar su equipaje, y una vez Saki se hubo marchado, Bill se dispuso a organizarlo todo, dejando las maletas en el jardín. Se metió en el garaje, y tras coger el berbiquí, le hizo una pequeña visita a todas las puertas de la casa, a excepción de una… La de Tom.

Esa noche dormiría tranquilo…

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Acabó agotado, pero satisfecho. Nunca había sido bueno en el bricolaje del hogar, pero parecía que el miedo y la decisión le habían ayudado a hacerlo de un modo, no perfecto, pero sí suficiente. Se preparó un sándwich y lo llevó a su habitación. No tenía hambre, pero lo hizo por si acaso ese nudo en su estómago que parecía querer hacerle vomitar todo lo que se llevara a la boca, acababa dejándole comer algo. Debía reponer fuerzas por si se diera la ocasión en la que se enfrentaría a Tom. Aquella noche le había pillado bebido, y totalmente desprevenido, esa no sería igual.

Sobre las seis de la tarde, cuando el sol comenzaba a ocultarse, estaba sentado al pie de las escaleras, a la espera de oír que llegaba. Tenía la barra de hierro en la mano, y mientras esperaba había vuelto a su vieja costumbre de morderse las uñas. Las piernas le temblaban como si tuvieran vida propia, y estaba tan atento, que cualquier ruido, por muy pequeño que fuera, le sobresaltaba. Finalmente, el ruido de un coche le hizo levantarse de golpe. Se acercó a la ventana, apartando la cortina para poder ver el Cadillac negro, parándose en la entrada del garaje. Iba a esperar, detrás de la puerta, a que entrara, y cuando lo tuviera a mano, poder desahogarse a gusto. Estaba preparado. Lo vio salir del garaje, cerrando la puerta automática con el mando negro que colgada de sus llaves. Agradeció que la puerta del garaje al interior estuviera atascada debido a la humedad. Continuó observándole acercarse a la casa, deteniéndose un momento para acariciar a Scotty que comenzó a ladrarle cariñoso. En ese instante, Tom lanzó una mirada a la casa; unos ojos amenazadores, fundiéndose en esa malvada sonrisa. El cuerpo de Bill, quien lo veía todo desde el interior de la casa, a escondidas, se tensó de golpe. No era capaz de hacerlo. No tenía el valor ni la fuerza suficiente para hacerlo. ¿Y si todo hubiera sido un error? Sería demasiado precipitado. Agarró con fuerza la barra. “Venga Bill… No dejes que vuelva a hacerte daño…”. Pero la barra le pesaba en los brazos. No podía hacerlo. Un ruido le hizo despertarse de repente, viendo ahora a Tom acercándose a la puerta, después de haberle tirado la pelota a Scotty para que fuera a buscarla. Estaba aterrado. Sin pensárselo más, corrió hacia las escaleras, y las comenzó a subir con las mismas prisas, en el momento en que la puerta se abrió.

– ¿Bill? –preguntó la voz de Tom, usando ese tono: el tono cariñoso pero amenazante que había usado aquella noche.

Todo lo del día anterior había sido una farsa. El rastas pudo ver los pies de su hermano, subiendo por las escaleras. Se rió al ver que creía poder escaparse de él.

– Cariño, ya estoy en casa… -y cerró la puerta, para dirigirse a los escalones, y desde abajo, ver la espalda de Bill, alejándose por el pasillo. Luego sonó un portazo.- Oh, vamos… Estoy demasiado cansado para jugar al ratón y al gato… -escuchó Bill desde el interior de su habitación.

Puso los cuatro cerrojos que le había agregado a la puerta, y algo más tranquilo, retrocedió unos pasos, alejándose de ella con la barra en las manos, hasta sentarse en el borde de la cama. Oyó los pasos de Tom subiendo las escaleras, y caminando por el pasillo hasta detenerse frente a su habitación. Veía la sombra de sus pies por la rendija de debajo de la puerta. El pomo se movió, pero la puerta no se abrió.

– ¿Por eso querías irte antes? –rió Tom.- ¿De verdad crees que eso va a impedir lo inevitable?

No era Tom, no, era un espectro, un monstruo sin corazón. Bill se encogió de piernas, abrazándose a sí mismo, intentando conseguir el consuelo necesario. Tom intentó abrir la puerta otra vez, ahora con más brusquedad.

– Abre la puerta, Bill… -Esperó unos segundos, y volvió a empujarla, esta vez con fuerza. El moreno se tapó los oídos para no oír el estruendo.- ¡Abre la puta puerta! –sus puños golpeaban la madera.

Estaba furioso. Daba patadas, golpes con el hombro, asustándolo más y más, haciéndole creer que aquello no era suficiente para detenerle.

– Tom, basta por favor… ¿Qué te está pasando? ¿Por qué me haces esto? –Su voz de suplica intentaba oírse por encima del ruido que el mayor estaba provocando, mientras se ahogaba en sollozos.- Por favor, para…

No se había dado cuenta de lo débil que era hasta ahora. Era su hermano, no podía hacerle nada para herirle, y que él lo estuviera haciendo, le dolía demasiado.

– Bill… -susurró la voz de Tom al otro lado de la puerta. Los golpes pararon en seco. El pequeño miraba al frente, escuchando atentamente.- No sé lo que me pasa… Yo te quiero mucho Billy…

Iba a creerle, creer que de verdad no estaba bien, pero esa muestra de cariño… Tom nunca lo hacía si no era bromeando, o para camelarse a alguien en un momento determinado.

– ¡Tú no eres mi hermano! –gritó Bill, desgarrándose la garganta por el esfuerzo. Un nuevo golpe en la puerta le hizo sobresaltarse.

– ¡Vete a la mierda! –Eran gritos de odio.- Yo no quería recurrir a esto, pero no me diste elección… Quería pedirte ayuda, pero me desprecias… Así, ¿cómo quieres que me porte bien contigo? –Lo dijo como si aquello fuera de una lógica desbordante. Bill no iba a ceder, por mucho que le tentara a hacerlo.- ¡¡¡No sabes el daño que me has hecho!!! ¡¡El daño que me estás haciendo!! –Bill suplicaba en silencio que parara.- No vas a estar ahí encerrado, siempre… -amenazó.

– Ni tú vas a estar vigilándome siempre… -se encaró definitivamente. Aunque se arrepintió de hacerlo, ante la respuesta de su hermano.

Él no había hecho nada para querer dañarle, en realidad nada que hubiera podido dañarle. Tom volvió a aporrear la puerta como si la vida le fuera en ello. Le pedía que le abriera; primero con un tono dulce y cálido, y ante la negativa de Bill, amenazas y más gritos aterradores. Prácticamente pasó una hora hasta que la voz y los puños de Tom se detuvieron, y Bill, se tiró en la cama, a llorar, hasta que, del mismo agotamiento, acabó por dormirse…

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Sintió algo acariciándole la nariz. Era un cosquilleo insistente e molesto, que aunque él agitara la cabeza, lo seguía sintiendo. No quería abrir los ojos para no desvelarse, y cuando fue a quitarlo con su mano, se dio cuenta de que no podía mover los brazos… Abrió los ojos de golpe, encontrándose con el rostro de Tom muy cerca del suyo. Nada más verlo gritó, pero Tom fue precavido, y ya estaba preparado para taparle la boca antes de que los vecinos pudieran oír nada. La voz de Bill se ahogaba en su propia boca abierta. Se agitaba y pataleaba intentándose quitar a Tom de encima, el cual, estaba sentado, desnudo, sobre su pecho. Movió mucho la cabeza, descubriendo que lo había atado al cabezal de la cama con trozos de sábana rota, y al no poder levantar demasiado los pies, se dio cuenta de que también los tenía atados, lo suficiente como para no poder llegar a alcanzarle. Estaba desnudo, completamente a su merced…

Tom, con su mano libre, comenzó a acariciar su rostro, embelesándose con su belleza. Sus rostros eran iguales, pero el de Bill tenía algo especial, algo que lo hacía realmente apetecible. El moreno no supo por dónde había entrado. La puerta seguía cerrada, era imposible que hubiera sido capaz de romper los cerrojos, había demasiados. Cuando Tom se percató de lo que buscaba su hermano con la mirada, sonrió con picardía.

– Buena idea lo de los cerrojos… -dijo, como si realmente lo fuera.- Pero, no creerás que unos trocitos de metal me impedirían llegar hasta ti, ¿verdad? Además… -Ahora esa mano que lo acariciaba, continuó su labor por el pecho desnudo de la presa.- Hay otras entradas aparte de la puerta… Y si hubieras sido lo suficiente listo, te habrías acordado de la escalera que Gordon guarda en el garaje…

Bill abrió mucho los ojos. ¿Cómo podía haberse olvidado? Se lo había puesto en bandeja, y por desafortunadas casualidades, era verano, y se había dejado las ventanas abiertas, que ahora, estaban cerradas. Posiblemente las habría cerrado él, para apagar más aún los gritos que Bill, seguramente, dejaría escapar. No quería ponérselo fácil, y en ese momento, con la distracción de Tom, le mordió la mano tan fuerte como pudo, llegando a sentir un ligero sabor metálico en su boca. El mayor apartó la mano enseguida, dejando vía libre…

– ¡¡SOCORRO!! –Se desgarró la garganta.

Por Dios que alguien le ayudara. Tom no tardó en reaccionar, y antes de que volviera a gritar, su puño cerrado fue a parar al ojo de Bill, quien calló de inmediato. De repente, los ladridos de Scotty, se hicieron presentes en el interior de la casa. Tom recordó que no le había cerrado la puerta para animales. Ahora el perro había subido al piso de arriba, y ladraba contra la puerta de la habitación de Bill.

– ¡Cabrón! –Le había hecho daño.

Se miró la mano; sólo tenía un poco de sangre, en cambio Bill sintió que le hubiera arrancado la cabeza de cuajo con aquel golpe; como si su ojo hubiera explotado. Era un dolor extremo. Sintió que no podía haber nada peor… Pero lo había, y Tom estaba dispuesto a enseñárselo…

– Así que quieres hacerme más daño… -Se levantó de encima de Bill, cogiendo lo que quedaba de la sábana para volver a romperla.- Pues vas a saber lo que es dolor… Te va a gustar… -Se inclinó hacia él, no siéndole muy difícil el amordazarle, porque debido al puñetazo, estaba prácticamente inconsciente.

Scotty seguía ladrando fuera, conocedor de que su dueño no estaba bien.

Bill no oponía resistencia. Sabía que si lo hacía sólo sería peor, pero no se esperaba la que se le avecinaba, cuando Tom se inclinó sobre él, y le hizo darse la vuelta, tumbándolo boca abajo, ahora con las manos y pies cruzados, debido a las ataduras. El moreno comenzó a despertar de aquel mundo de sombras al que le había mandado su hermano. Bill abrió mucho los ojos encontrándose de frente con la almohada. No. Eso no… Empezó a agitarse, intentándose dar media vuelta, siéndole imposible, ya que Tom se había sentado sobre sus piernas. Se lamió el dedo índice y corazón varias veces, humedeciéndolos de forma que le fueran de utilidad. Esa zona del cuerpo de Bill era un sitio inexplorado, y debido a los nervios, no sería fácil de penetrar. Pero al mismo tiempo, sonrió porque el que más sufriría, sería Bill, y ni siquiera lo sabía. Con una mano, separó las nalgas del chico, dejándole ver esa zona virgen y con sus dedos ya humedecidos, comenzó a acariciarle, de modo que Bill se movía cada vez más. Poco a poco, fue sintiendo una presión en el recto, cuando el dedo de Tom se fue adentrando en su intimidad… Lo sacaba y metía, haciéndole sufrir un poco más… Su resistencia era tal, que sólo le tentó a volver a hurgar, esta vez con dos dedos… Bill gritaba desesperado contra la mordaza, pero no podía pensar en nada… Sólo en el horror, y en el dolor que comenzaba a sobrecogerle. Tom ahora, metió un tercer dedo, y oyó la voz ahogada de su hermano, como si fuera una maravillosa música de fondo… Hacia movimientos circulares en el interior del pequeño con sus dedos, sintiendo el calor de su cuerpo. Pero Bill se movía demasiado… Con la mano libre, dio un puñetazo en cada hombro del chico, haciéndole detenerse de golpe. Le dolía todo el cuerpo. Era como si le hubiera dislocado ambos hombros, y no quería que le golpeara más. Se estuvo quieto, no aguantaba más… No más…

– Pórtate bien, sé un chico bueno… -susurró Tom a su oído, habiéndose inclinado sobre él de nuevo. Apartó el pelo de la nuca de Bill, echándolo a un lado. El rostro del chico estaba enrojecido, y en los ojos tenía el brillo de las lágrimas.- Disfruta…

Finalmente, sacó sus dedos del interior de un Bill más que asustado por sus últimas palabras. Cogió las caderas del chico, alzándolas lo suficiente para poder tenerlo en una posición que le fuera cómoda. Se arrodilló frente a esa zona, con una erección más que notable, y moviendo las caderas, tanteó la entrada de Bill con la punta… Éste prefería morir en ese preciso instante, y sintió hacerlo, cuando con una ruda embestida, Tom por fin entró en él, rompiendo esa barrera… Bill se desgarró la garganta con el grito, al mismo tiempo que sentía que su trasero también lo hacía. Tom gimió con el gusto que sintió al ver que la resistencia de Bill, le estrechaba la polla, excitándole aún más.

No empezó con suavidad, ni siquiera a una velocidad normal, sino que las embestidas fuertes, bestias y rápidas, se dieron desde el primer segundo… Tom se introducía profundamente en Bill, desgarrándole la piel, hasta sentirse completamente en su interior, llegando a chocar su pelvis con las nalgas de su víctima. Para él era una sensación sublime, algo descomunalmente placentero. No comprendía por qué no lo había probado antes, pero hasta el momento, nadie salvo Bill, le había tentado a hacerlo…

En cambio, por parte de Bill, el dolor no apaciguaba, era cada vez más alto, más punzante; era como si le estuvieran atravesando con una espada realmente afilada, mientras oía los fuertes gemidos de Tom. Sentía cristales en su interior, miles de pinchazos que le provocaron más y más gritos de desesperación, llegando a llorar desconsoladamente, histéricamente. Sentía que los ojos se le salían de las órbitas, que con cada embestida de Tom, algo en su interior se iba con él… No fue conocedor de un dolor tan atroz, hasta aquel momento… Tom continuaba agrediéndole con fuerza, sin importarle cómo lo estaría pasando él.

Llevaba un rato violando a su hermano, cuando de repente, sintiéndose por completo en su interior, le dio fuertes sacudidas, sin salírsele ni un centímetro, empujando su pelvis contra el trasero de Bill, tanteando su interior de un modo brutal. Por un momento, Tom dejó de gemir, y el silencio de la habitación ahora sólo era interrumpido por los llantos atrapados de Bill y la respiración jadeante del rubio. Lentamente, sintió que el arma de Tom fue saliendo de él, y sintió una leve sensación de alivio, que intentaba ser suficiente para apagar el dolor que aún latía en su trasero, sin saber que todavía no había acabado. De nuevo, las manos de Tom lo cogieron de la cintura, y lo hizo volverse a dar la vuelta sobre la cama, quedando ahora boca arriba, y sintiendo un latigazo de dolor en su trasero, cuando éste entró en contacto con el colchón…

Cualquiera se hubiera sentido horrorizado al ver el aspecto del pobre Bill; cualquiera se hubiera lanzado a ayudarle, viendo todo lo que estaba sufriendo, pero Tom no… Él disfrutaba con aquella imagen, aquella estampa que tanto le recordaba a sí mismo, y que ahora, podría ver en Bill… No iba a ser nada compasivo, ¿por qué debía serlo?

Se sentó de nuevo sobre el pecho de Bill, viendo éste, demasiado cerca la virilidad de su hermano, a su cara. Aún estaba erecto; Tom no había culminado. Lo miró a los ojos suplicándole que lo dejara, pidiéndole, rogándole que lo perdonara y lo dejara marchar. Pero él no contestó; su mirada estaba muerta de cualquier sentimiento que no fuera maldad, frialdad. Parecía un sádico.

Sus ojos no eran los bonitos ojos marrones que habían sido; sino que ahora eran los ojos opacos de un demente, de un completo loco. Bill intentaba hablar, pero sus palabras se distorsionaban con la tela introducida en su boca. De repente dejó de pensar, cuando en un más que rápido movimiento, Tom hizo bajar la mordaza de Bill hasta su cuello, y con un movimiento de cadera, introdujo su miembro en la boca de su hermano.

Bill casi se atragantó, y empezó a toser, sintiendo aquella bestia rozándole la lengua. Se estaba ahogando, y no podía moverse porque Tom, en un momento dado, le cogió del pelo, imposibilitándole cualquier movimiento con la cabeza. Pero no sólo lo retenía, y a la vez que comenzó a mover su cadera contra la boca de Bill, también le hacía moverse a él, dirigiéndolo con las manos enredadas con fuerza a su cabellera… Bill se sentía asqueado, no podía respirar, se estaba mareando, y Tom no hacía más que ir cada vez más deprisa.

El rubio se excitaba a cada segundo viendo como su pene desaparecía y aparecía por la boca de Bill. No le importaba que le estuviera ahogando, que se estuviera quedando sin respiración. Sentía la bolita del piercing de su hermano rozándole con fuerza, y provocándole una sensación aún más brutal. Los ladridos de Scotty habían cesado, el perro no escuchaba más gritos, ni sollozos; Bill no podía dejar escapar nada, así que sólo los gemidos de Tom inundaron la habitación por completo.

– Ah… Ni se te ocurra morder… -lo amenazó, con esa mirada que había adquirido recientemente. Esa mirada que podría incomodar al más valiente. Bill sabía que si le desobedecía, todo aquello le parecería algo insignificante…

Sin tardar demasiado, Tom fue sintiendo que esa excitación culminaría en cualquier instante. Sus movimientos fueron más acelerados, estiraba del pelo de Bill con prisas, haciéndole sentir que sería capaz de arrancarle la cabellera. Parecía querer adelantarse a la hora de eyacular, y de repente, cuando explotó, apretó la cara de Bill contra sí, descargándose completamente, en la boca del chico, sin darle tiempo a moverse, o impedir que el semen llegara a traspasar su garganta… Bill sintió una arcada. Otra más fuerte, y finalmente, no pudo contenerse, y vomitó todo lo que Tom le había dado…

– ¡¡¡JODER!!! -Tom se apartó enseguida, soltando la cabeza de Bill bruscamente, mientras se ponía de pie sobre la cama, viendo toda su virilidad manchada de algo realmente asqueroso.

Bill volvía ahogarse. No podía ponerse boca abajo para poder vomitar, y los esfuerzos por expulsarlo todo, no le dieron tiempo a inclinar la cabeza a un lado, por lo cual, su pecho fue el blanco… Cuando acabó, comenzó a toser, asqueado por el sabor que le había quedado en la boca. Era algo horrible, algo realmente macabro. No podía haber nada peor.

Tom cogió lo que quedaba de la sábana, y se limpió con fuerzas, pero aún estaba sensible, y el roce de la sábana le dolía. Miró a Bill con odio, como si lo hubiera hecho aposta. No podía perdonárselo. Cogió la barra de hierro que Bill había mantenido consigo antes de la intromisión de Tom en la habitación, y que había permanecido a un lado de la cama, cuando éste la descubrió, y volvió a acercase a él. Los ladridos de Scotty volvieron a sonar en el pasillo.

Bill no se dio cuenta de la amenaza que se le acercaba, hasta que Tom descargó toda su fuerza en la barra que fue a parar al estómago de Bill… El dolor era intenso… Le golpeó, le golpeó con el hierro como si la vida misma dependiera de ello. Brazos, piernas, todo el cuerpo, a la vez, intentando controlarse para no romperle nada… Bill sentía que todos sus huesos se resquebrajaban, y estaban explotando en miles de pedacitos, convirtiéndose en arena en el interior de su cuerpo. No podía defenderse, no podía moverse, no podía gritar; aún quedaba algo de vómito en su boca…

Cuando Tom paró, su cara era la de un psicópata… Observó a Bill llorar en la cama, y mientras él sufría, el rubio se dirigió a las ataduras, deshaciéndolo de ellas… Bill se encogió, abrazándose a sí mismo, nada más verse liberado. No iba a gritar, ahora no sería capaz.

– Te dije que conocerías el dolor… -murmuró.- ¿Te ha gustado? –Bill no contestó, y continuó llorando en silencio. Ese no era Tom, ese no era su hermano…- ¡Pues jódete! –gritó histérico, totalmente desquiciado, al ver que no le contestaba, pero que había ganado. Ahora se sentía superior a Bill…- Limpia la sábana, la has dejado perdida… -dijo, señalando el vómito y la enorme mancha de sangre que se había estado creando debajo de la zona de Bill más afectada.

Rió secamente, burlándose de la desgracia de su hermano. Como despedida, no tuvo más que escupirle, y tras abrir los cuatro cerrojos y la puerta, se fue por el pasillo, dejando entrar a Scotty, quien corrió hacia la cama. Se subió al colchón, y dando vueltas, nervioso, acabó por tumbarse al lado de su amo, y a lamerle la cara… Ojalá aquel consuelo sirviera de algo…

Continúa…

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