Mini-Fic de LeNa

Pretty Toy: Capítulo 4

Se encontraba frente al espejo, mirándose una vez más, con su mente agotada, recordando aquellos momentos como si fueran flashes en su cabeza. No comprendía qué le estaba sucediendo a Tom, no conseguía imaginárselo. Todo era demasiado extraño. Tom le quería, y al mismo tiempo que estaba disfrutando de los abusos a los que le sometía, sufría por algo que ni siquiera Bill conocía.

Le culpaba de haberle hecho daño. ¿Qué daño le había hecho? Él siempre estuvo apoyándole, incluso se esforzó porque todos volvieran a tratarle del mismo modo, después de encontrarse a Tom llorando en el sofá, gritando que ya nadie contaba con él, que no era más que un cero a la izquierda, y luego saliera corriendo del estudio. Por un extraño pensamiento que le recorrió el cuerpo, sintió que aquel fue el principio del fin del Tom que creía conocer.

A partir de aquel día la relación con su hermano fue cambiando. Él le rehuía, y muchas eran las veces en las que se lo había encontrado tirado en el suelo, con el rostro brillándole por las lágrimas, y nunca quiso decirle por qué. ¿Qué le ocurría? Debía haber una explicación lógica a todo aquello; algo que realmente excusara la terrorífica actitud que había adoptado…

Recordó la noche en la que por primera vez se decidió a atacarle. Había borrado demasiados detalles debido a su estado de embriaguez, pero aquello no lo borraría nunca de la mente, cuando vio a su hermano amenazando y gritándole a alguien en el sofá. Alguien que no existía, que no estaba ahí. Incluso vio que Tom se daba una palmada en la cara, y después se la cogía con fuerza, obligándose a sí mismo a seguir mirando a su lado.

Pensó en ir a hablar con él, pero por desgracia, otros asuntos le reclamaban. Unos asuntos más importantes, unos asuntos jodidamente especiales, como para dejar a su hermano en aquel estado… No se lo perdonaba. Quizá, si hubiera ido, todo aquello no hubiera pasado…

Miró a Tom. Estaba tumbado en la cama, durmiendo tranquilamente, como si lo ocurrido unas horas antes no hubiera sido más que una pesadilla de Bill. ¿Debería tumbarse de nuevo junto a él para que lo viera allí cuando se despertara? Debía, pero no quería. Dio un paso corto hacia la cama, temeroso porque el más mísero ruido pudiera despertarle.

De repente, un fuerte estruendo hizo que se sobresaltara. Un trueno, y casi al mismo tiempo, el ruido de miles de gotas golpeando en el cristal de la ventana. Aquello parecía un aguacero. De nuevo dirigió su vista hacia Tom; por suerte seguía sumido en un sueño profundo. Bill sintió envidia por un momento. Estaba agotado física y psíquicamente, y no podía tranquilizarse lo suficiente como para dormirse, por miedo a que volviera a acercársele de aquel modo. Ahora miró la puerta; afortunadamente estaba abierta, ya que las bisagras estaban oxidadas desde hacía tiempo, y hacían un ruido ensordecedor cuando las movían.

Con pasos sigilosos, pero rápidos, salió de la habitación, para dirigirse a la suya. No estaba dispuesto a aguantar más humillaciones y abusos, era momento de marcharse, y si todo su futuro se iba al traste por ello, no le importaba; no quería seguir sufriendo más los daños de su hermano, ni quería seguir sufriendo por lo que probablemente le estuviera pasando a él. Aún así no le queda claro el por qué…

Entró en la habitación; estaba destrozada y un fuerte olor, bastante desagradable, le inundó el sentido olfativo. Vio las marcas de sus uñas en el marco de la puerta. Se miró las manos, y hasta el momento no se había dado cuenta de que le faltaban parte de las uñas. Se tocó los dedos, y sintió un escozor. Rápidamente, pues no quería ir desnudo por la casa, cogió unos calzoncillos de su cajonera, y se los puso. Luego fue al baño, donde encontró un paquete de tiritas, y se entretuvo, no demasiado, en ponérselas en los dedos que estaban dañados, para que el contacto con la ropa no le hiciera daño. Una vez hubo acabado, de nuevo corrió hacia la habitación.

Estaba buscando entre los cajones algo que ponerse, cuando de repente, oyó como rascaban una puerta. Miró tras de sí. Allí no había nadie. Luego se detuvo en la puerta del cuarto de baño, y de nuevo rascaron. Scotty. Corrió como le fue posible, debido al dolor que le asestaba el trasero cada vez que intentaba dar un paso, y al abrir la puerta, el perro se lanzó contra él, reclamando mimos.

Bill se agachó hacia el animal y comenzó a acariciarlo nerviosamente. Lo abrazó con fuerza, susurrándole palabras que intentaran consolar al perro, y éste dejaba escapar leves gruñidos, que parecían más bien lloriqueos. Bill le hizo sentarse, pero Scotty insistió en seguir lamiendo el rostro de su dueño. Lo detuvo un instante; en aquellos momentos era el único apoyo que tenía.

– Shhh… Scotty, por favor no hagas ruido… -le pidió, obteniendo como respuesta otro lametón.- Vamos a largarnos de aquí…

Se levantó y continuó su tarea de buscar ropa. No pensaba dejar a Scotty en manos de su hermano, además, sentía necesitar compañía, y aunque la del perro no fuera el tipo de compañía que buscaba, se daba por satisfecho. Cualquier muestra de cariño, ya fuera por parte del animal, le ayudaban lo suficiente para no intentar pensar en la presente situación.

Cogió unos pantalones de chándal negros, un jersey fino de manga larga, se preparó unas deportivas, y se puso una sudadera del mismo color. Mientras estuviera aún en la casa, no quería ponerse las zapatillas, por miedo a que hicieran ruido cuando caminara. En cuanto estuvo vestido, siempre seguido por Scotty, que parecía temerle a la tormenta, se acercó a la cama, la cual aún mostraba indicios de lo ocurrido en ella.

Reunió fuerzas suficientes para poder levantarla, y con una mano, estiró hasta el somier, donde había un pequeño estuche plano. En cuanto lo tuvo, dejó caer el colchón con sigilo, y comprobó el contenido de la pequeña bolsa de tela: habían unos quinientos euros, que había ido ahorrando fuera de la cuenta corriente. Los volvió a contar, y luego los metió en su cartera, y la guardó en el bolsillo trasero de su pantalón; sujetándola a una presilla de la parte delantera del pantalón, con una cadena que colgaba de ella. Miró a su alrededor intentando pensar en algo más que llevarse.

Nada salvo el móvil; no le podía hacer eso a mamá, y cuando las cosas se suavizaran un poco en su cabeza, enseguida la llamaría. Lo metió en el bolsillo de la sudadera y se apresuró en coger las zapatillas, y en animar a Scotty para que le siguiera, dispuesto a marcharse. Pero en su camino hacia la libertad, algo lo detuvo. Se paró enfrente de la puerta de la habitación de Tom; él seguía durmiendo. Estaba quieto en el umbral, mirando a su hermano como quien está observando una obra de arte en un museo. Por un momento se quedó en estado perplejo; sin pensar en nada, con la mente en blanco y los ojos muy abiertos.

Se sentía extraño, algo le decía que no se marchara, pero al mismo tiempo, otra fuerza invisible parecía estirar de él hacia la salida de la casa. Lo quería; ¿cómo no hacerlo? Era sangre de su sangre, su hermano, su gemelo, su otra mitad. Sin él, siempre sintió que no hubiera llegado a ser nada en la vida. Le debía mucho, y al mismo tiempo, sentía odiarlo por lo que le había hecho. No iba a perdonárselo. ¿O sí? Miles de pensamientos totalmente contradictorios entre ellos, libraban una batalla atroz en su mente.

No quería abandonarlo, y al mismo tiempo ansiaba hacerlo. Le odiaba por cada cosa que le había hecho, y también lo quería por todo lo anterior a ello… Pero… ¿Lo amaba más allá de ese cariño fraternal? Por un momento dudó de su respuesta. No. A él no le gustaban los hombres, y aún menos su hermano, quien lo había violado cruelmente sin ningún motivo. Todo lo que le había hecho era inhumano; era un puñetero sádico, un loco… Quiso matarlo.

Dejó las zapatillas en el pasillo, y se acercó lentamente a la cama, con las manos por delante, a la espera de que el acercamiento le llevara a tenerlas alrededor del cuello de Tom. Finalmente las depositó ahí. Su piel estaba caliente, su rostro dormido le hacía parecer un ángel. Por un momento se dio cuenta de lo guapo que le parecía… “¡¡NO!! Lo odias, Bill… Hazlo…”, se ordenaba a sí mismo, intentando borrar lo agradable que le resultó sentir la lengua de su hermano en la zona más íntima de su cuerpo.

Nunca había experimentado nada igual; había sido algo realmente delicioso y placentero, algo sobrenatural… Apartó las manos enseguida, llevándoselas a la cabeza como intentando espantar esos pensamientos, esos fantasmas que le estaban atacando. No podía ser posible, no era lógico, no podía estar pensando en aquello. Le había hecho demasiado daño, y no sólo físico. Se dio un manotazo en la cara, intentando despertarse de su ensimismamiento, cuando se quedó paralizado mirando a Tom.

No podía quedarse; temía a lo que pudiera suceder, y no sólo por la reacción del rubio, sino por él también… Se inclinó sobre Tom, tumbado boca arriba en la cama. Podía oír el leve murmullo de su respiración, sintió el calor de su aliento contra su cara. Se estaba acercando demasiado. “Sólo esto, por favor…”, suplicó, para sí. Acarició el rostro de Tom con el reverso de su mano; era tan suave, y colocó la otra en la mejilla que aún no había recibido su contacto.

Cerró los ojos un instante, guiándose por sus impulsos, más que por su visión, hasta que sintió los labios de Tom bajo los suyos. Los besó con dulzura. En ese momento no le importaba que aquello pudiera ser correcto o no, bueno o malo. Acarició con su lengua su boca, prendándose de su sabor… Una lágrima cayó tristemente por su mejilla. No podía más; no estaba sacando nada en claro de aquello, y decidió detenerse.

Por un momento, deseó que Tom se hubiera despertado, que le hubiera visto frente a él, besándole, y no le dejara marcharse. Pero no fue así, y continuó durmiendo. No supo por qué, iba a echarlo demasiado de menos. Le dio un último beso, corto pero suave, y dejando libres esas lágrimas que no necesitaban luchar para poder salir de su prisión. Se irguió, dirigiéndose de nuevo a la puerta, donde estaba Scotty sentado, que, al parecer, le había cogido cierto miedo a la persona que allí dormía, pero esperaba expectante a cualquier movimiento.

Bill no dejó de mirar a su hermano ni un solo instante mientras se marchaba. En medio del pasillo se detuvo para coger las zapatillas que había dejado en el suelo, y de nuevo, de pie, comenzó a caminar.

– Adios, Tom… -susurró, antes de perderlo de vista, para empezar a descender las escaleras.

Scotty se fue directamente a la puerta. Parecía saber que lo iban a sacar de paseo. Pero su amo estaba intranquilo, todo lo contrario a como debería estar, pensando en que se marcharía de aquella especie de cárcel en la que su mente parecía retenerle. Debía estar ansioso por largarse de allí, por no tener que aguantar más aquella tortura, que ahora se estaba convirtiendo en otra cosa en su cabeza…

Se estaba castigando, sin saber por qué. Al menos, si no se quedaba, sentía que no podía irse sin al menos intentar ayudarlo, sin saber qué le pasaba. Algo realmente grave debía estar sucediéndole. ¿Tom estaba enamorado de él? Acabó de atarse los cordones de las deportivas, mientras pensaba en ello. Tom no podía estar enamorado de él. De repente, en la mente se le apareció la palabra exacta. Una mísera palabra que posiblemente le ayudara comprender por qué su hermano se comportaba de aquella manera.

Recordó los libros de psicología que Simone solía guardar en su estudio, ya que siempre le había gustado leer sobre esas cosas, para comprender bien la actitud de sus hijos, y poder actuar ante ello. Se levantó de un salto del último escalón en el que estaba sentado, y corrió hacia aquella sala, donde comenzó a buscar los tres enormes libros blancos sobre psicología. Cuando los encontró, los soltó sobre la mesa, y, aceleradamente pasó las paginas en busca de una palabra: incesto…

&

Abrió los ojos con lentitud, mientras se desperezaba sobre el colchón. Tras esto, dejó caer de nuevo los brazos, descubriéndose sólo en la cama. Se sentó viendo la habitación vacía, pero con las luces encendidas, al igual que la del pasillo, y por el reflejo que llegaba desde las escaleras, notó que la del salón también estaba encendida.

Bill posiblemente hubiera vuelto a su habitación. Se movió un poco, sintiendo de repente algo húmedo bajo sí. Levantó las mantas, descubriendo esa enorme mancha de sangre. Abrió mucho los ojos, y se llevó la mano a la boca, sorprendido. ¿Tanto daño le había hecho? Pero si él lo había disfrutado como nunca… Miró a su alrededor, percibiendo una presencia oculta, pero no le dio importancia. Se levantó de la cama, preocupado, se puso unos bóxers, y salió de la habitación, encaminándose hacia la de su hermano.

Cuando entró no vio a nadie, y para su sorpresa, la puerta del cuarto de baño estaba abierta. Recordó a Scotty; Bill lo habría sacado de allí. Ahora miró el colchón; también había manchas de sangre, y salpicaduras amarillentas. Aquello le horrorizó. Dio media vuelta para no verlo más, y se encontró con su propia imagen reflejada en el espejo. No se gustaba; era repugnante para sí mismo. ¿Cómo iba a quererle Bill con ese aspecto, y habiéndole hecho daño?

– Sólo tu opinión cuenta, Tommy… La suya no… -dijo la voz de Bo, apareciendo como un fantasma, de repente.

Tom se llevó las manos a la cabeza, temiendo estar volviéndose loco. Allí no había nadie, y sin embargo el ambiente estaba cargado de su presencia.

– ¡¡Cállate!! –gritó furioso.

Salió corriendo de la habitación, y a lo largo del pasillo, fue abriendo todas las puertas que encontró cerradas, e inspeccionó en el interior de todas las habitaciones. Estaba asustado.

– ¿¡Bill!? –lo llamó, pero nadie contestó.

– Se ha largado… Te ha dejado tirado porque eres un puto sádico…

– ¡¡¡¡Déjame en paz!!!! –gritó de nuevo, asestándole un fuerte puñetazo a la puerta de la habitación de su madre.

El dolor de los nudillos no era nada, comparado con la preocupación de no encontrar a Bill. Corrió hacia las escaleras, descendiendo a la planta baja. En el salón no había nadie, en la cocina tampoco. Miró en el aseo de aquella zona de la casa, pero también estaba vacío. De repente, reparó en la luz del estudio; estaba encendida. Entró allí, y sus nervios fueron aumentando al darse cuenta de que tampoco había nadie.

– Bill… -dijo en un tono que suplicaba su presencia allí.

Vio los libros abiertos sobre el escritorio. Eran los libros de Simone. Se acercó a ellos, y su mirada se detuvo en esa palabra; esa información que, por lo visto, Bill había buscado. Tom se dejó llevar por las lágrimas. Estaba totalmente ido, y la tristeza, al pensar en lo que le había hecho a Bill, no le dejaban pensar con claridad. Ahora que no lo tenía, se daba cuenta de lo que había hecho. En un instante, la voz de Bo se hizo más clara.

– Te dije que se había ido… -Tom se sobresaltó al oírle, dándose la vuelta en el mismo sitio en el que se situaba. Bo se encontraba de pie frente a él, con esa imagen tenebrosa.- ¡Eres un jodido inútil! –dijo con rudeza.

Tom sollozaba en busca de ayuda. Sólo pensaba en Bill, lamentaba haberle hecho todo lo que le había hecho. Sentía como si alguien hubiera utilizado su cuerpo.

– Tú me obligaste a hacerlo… -Bo, de repente, se situó cerca de Tom, y le dio un guantazo en la cara.

Tom se cubrió la zona agredida con la mano, sintiendo el calor que comenzaba a producírsele en la mejilla. Miró a Bo desconcertado, asustado. Nunca lo había llegado a intimidar como lo estaba haciendo ahora, y en ese momento, pensó en cómo era posible que ese hombre hubiera entrado en su casa. ¿Quién le había abierto la puerta si no había nadie?

– No me vengas con gilipolleces. Sabes perfectamente que eso no es así… ¡Lo sabes! –gritó en un gesto amenazador.- No hiciste las cosas como debías y ahora se ha marchado porque eres un completo idiota. No sabes hacer nada bien -. Tom se dejó caer al suelo, agarrándose de la chaqueta que llevaba aquel tipo, quien lo miraba con desprecio.- ¿Has pensado en las consecuencias? –Le cogió de las rastas y estiró de ellas, colocando al chico de nuevo en pie. Tom dejó escapar un fuerte gemido por el dolor que sintió en la cabeza.- ¿¡Te has parado a pensar en lo que podría pasar si Bill se va de la lengua!? ¡¡Te meterán en un centro para locos, Tommy!! No puedes dejar que nos hagan eso… -dijo más como una advertencia, que como una recomendación a que debía hacer algo para remediarlo.

Lo soltó bruscamente, dejándolo caer al suelo de nuevo. Tom estaba temblando, nunca se había sentido tan inmune ante nada. Por un momento se odió a sí mismo, y lo único que deseaba era que Bill estuviera allí para apoyarle como llevaba meses haciendo. De nuevo estaba solo, sin nadie quien lo quisiera, porque la única persona que lo había querido, aunque no fuera del modo que él deseaba, ahora se había marchado, por su culpa.

Nunca se perdonaría el daño que le hubiese hecho; se había sentido obligado a hacerlo. Era el único modo de hacerle saber a Bill lo que sentía realmente. Ahora que lo pensaba, Bill nunca había hecho nada para lastimarle; en cambio él, había abusado de su hermano menor de la peor forma posible. Era un monstruo.

– Me mentiste… -susurró entre sollozos que le dificultaban el habla.

Recordó el momento en el que se sintió débil frente a Bill. Él no había aprovechado la situación para apartarlo, sino que le había correspondido. Le había apoyado, sin asustarse de él por un momento. Había sido dulce, cariñoso, no se atrevió a rechazarle hasta que esa fuerza destructiva le incitaba a seguir maltratándole por algo que no había hecho. Bo miró a Tom, y se agachó ante él, aferrando su oreja a sus labios.

– Bill nunca me ha hecho daño… Él es el único que me ha querido de verdad, siempre…

– ¡No digas gilipolleces! –y volvió a golpearle en la cabeza con la mano abierta. Tom se cubrió como le fue posible.- Él nunca te correspondió. ¡Nunca! Te ha hecho creer que tú eras el malo de todo esto… ¡Te ha utilizado! –Tom no quería seguir escuchando. No era verdad, no podía ser verdad. Estaba harto de que le comiera la cabeza. Bill nunca había hecho algo parecido.- Te ha utilizado para sentirse mejor consigo mismo, y hacer de ti un puto esclavo, estando él en la cima de todo esto, y dejándote a ti arrastrándote en tu propia mierda…

– No es verdad… -Se apretaba las sienes, intentando evitar que todo aquello entrara en su cabeza.- ¡¡¡No es verdad!!! –gritó, desgarrándose la garganta.

– ¡¡Escúchame!! –le ordenó, gritando del mismo modo, pero Tom no quiso hacerlo, y se levantó a duras penas, para salir corriendo hacia su habitación, en busca de su móvil.

Tenía que llamar a Bill. Tenía que pedirle perdón, e intentar arreglar todo el mal que él, y las palabras de Bo habían causado. Se quedó petrificado cuando al llegar a la puerta de su dormitorio, Bo ya estaba allí, sentado en la cama. Se levantó hacia Tom, pero éste lo esquivó y empezó a buscar su teléfono entre la ropa tirada por allí. En el bolsillo de algunos pantalones debía estar. Estaba enfrascado en un montón de ropa sobre el mueble, cuando sintió los labios de Bo en su oreja. Curiosamente, eran fríos.

– Todo esto podría haber acabado de otra forma, pero no… Tú tenías que haberte enamorado del imbécil de tu hermano, ¿verdad? ¿Y sabes por qué? Porque en el fondo sabes que es mejor que tú… -Tom se detuvo de golpe. No quería que continuara humillándole a él, e insultando a su hermano.- Eres un mierda, y él es el premio inalcanzable que deseas… Debe de joderte mucho, que no quiera saber nada de ti… -dijo en un tono retante.

– ¡¡¡¡BASTA YA!!!! –Dio media vuelta en un rápido movimiento, y cogió a Bo del cuello.

Casi sin pensar en lo que estaba haciendo, estiró de él, corriendo hacia el espejo de la habitación. Bo no se asustaba; sonreía. Tom, aún con más rabia, ejerció más presión sobre el delgaducho cuello, y como si fuera un balón, le golpeó la cabeza contra el espejo del armario. De repente, sintió un mareo… Se tambaleó sobre su posición. Todo le daba vueltas, y le sorprendió ver que Bo había desaparecido. Un fuerte dolor le asestó un duro golpe en la cabeza.

Miró al cristal roto, viéndose reflejado en los cientos de trocitos crujidos por la fuerza con la que le había empujado… Pero, algo le sobresaltó. Algo, en sí mismo, reflejado en el espejo le llamó la atención. Alzó la mano hasta aquel líquido rojo que comenzó a descender lentamente por su frente. Lo tocó con los dedos, asustado, y luego los miró pensando en cómo podía ser posible. Había golpeado a Bo, no a él. ¿Qué estaba pasando?

– ¿Ahora lo entiendes, Tommy? –preguntó la voz de aquel tipo, que volvió a aparecer reflejado en el espejo, a su lado, pero físicamente, no había nadie.- Todo lo que tú no te atreves a pensar, son mis palabras… -No podía ser verdad. No podía creer lo que estaba pensando. No estaba loco. No.

– Es… Imposible… Tú eres real… -La voz le temblaba, estaba atando cabos demasiado deprisa, y eso le dificultaba a la hora de poder decir lo que pensaba.

– Sólo para ti… -rió, guiándole un ojo.- Eres un puñetero chiflado, todo ¿por qué? Porque eres jodidamente débil… Sin mí te hundirías…

– ¡¡¡¡NOOO!!!! –Se aferró con fuerza a la puerta del armario, y de nuevo sintió como los trocitos de cristal roto, chocaban contra su frente…

&

Bill caminaba a paso acelerado por la acera, con el frío de la lluvia calándole hasta los huesos. Había perdido la cuenta de cuántas horas llevaba vagando por la calle desierta. Por suerte, las pocas luces que permanecían encendidas le ayudaban a ver el camino que estaba siguiendo, el cual no tenía ningún rumbo, ni ningún destino. Andaba por andar, intentándose alejar lo máximo posible de aquella casa. Scotty iba a su lado, y apenas se había detenido a obedecer sus necesidades físicas para no perder a su amo, que caminaba rápidamente. Iba cabizbajo, con las manos en los bolsillos y con el rostro oculto en la capucha negra, intentando no pensar en todo lo ocurrido.

Pero, ¿cómo olvidarlo? Tenía una marca de fuego en el cuerpo que la llevaría de por vida, y por mucho que le hubiera encontrado una explicación a la situación por la que estaba pasando Tom, continuaba sin comprenderlo. Las palabras que había leído eran como insultos hacia su hermano. No eran verdad. Tom siempre había sido un chico alegre y divertido. ¿Qué le había impulsado a pensar todo aquello? Lo excusaba diciendo que a veces no todo es tan matemático como dicen los libros, pero de nuevo se castigaba a sí mismo.

¿Por qué lo excusaba? Él le había hecho daño, le había humillado, le había rebajado a sentirse como él quería hacerlo sentir: como una miserable puta de la que se puede abusar sin que tenga derecho a quejarse. No iba a perdonárselo, más bien, no debía, pero entonces recordó ese momento, en el que el monstruo que invadió el cuerpo de su hermano, desapareció unos instantes, mostrándole al niño frágil que Tom había dejado ver desde hacía varios meses. Puede que realmente, Tom se sintiera tal y como decían los libros, pero era algo demasiado extraño, algo demasiado insólito…

Se detuvo en seco, llevándose las manos a la cabeza y gritándole a la noche para no pensar más en todo aquello. No estaba seguro de a dónde iría, ni si tendría algún futuro, pero no podía permitirlo más. Scotty se detuvo a su lado, sentándose, y empujándole una pierna con la pata. Bill lo miró un instante. El perro estaba empapado, debía tener frío y hambre, además, no se habían parado en ningún momento para que pudiera hacer lo típico cuando lo sacaban a pasear. Se agachó, y comenzó a acariciar su cabeza mojada. Scotty movía la cola contento; era fácil hacerlo feliz.

– Lo siento chico… -se disculpó Bill, como si el animal pudiera llegar a entenderle, por mucho que lo pareciera.

Miró a su alrededor, y no muy alejada, encontró una gasolinera. Si no era por él, al menos sería para resguardarse un poco de la lluvia, y poder darle algo de comer a Scotty. De nuevo comenzó a caminar, animando al perro para que lo siguiera, el cual comenzó a correr dando pequeños botes.

Ojalá Bill se sintiera tan contento como él, ojalá pudiera sentirse tan despreocupado como lo hacía Scotty. Sin tardar mucho, llegaron a la gasolinera. Bill hizo que el perro lo esperara sentado en la puerta, la cual, por suerte, estaba bien resguardada por un techo de cemento, que cubría todos los surtidores de gasolina. El cantante hizo un esfuerzo de ocultar su rostro para que el dependiente que miraba una revista no le reconociera, ya que su cara salía en esa misma página.

Esperó un rato a que aquel chico pasara de página, mirando en las estanterías algo apropiado para darle a Scotty, ya que allí no tenían comida canina. Por suerte, no tardó mucho, y Bill se decidió por un sándwich de pollo que tenía buena pinta. Cogió dos, ya que él también debía comer algo, y no sabía cuánto tiempo llevaba Scotty sin nada que llevarse a la boca.

De la nevera cogió un refresco y un botellín de agua, y se dirigió al mostrador. El dependiente ni siquiera lo miró a la cara; estaba absorto en su lectura, y sólo le prestó atención a lo que el moreno había dejado frente a él. Por desgracia, la página seguía siendo sobre su banda, y su cara estaba reflejada en varias imágenes.

– Veamos… Son cinco por los dos sándwiches, un euro por el agua, y euro cincuenta por el refresco… -fue tecleándolo en la maquina registradora, mientras iba metiendo las cosas en una bolsa, y tras el ruido característico, dijo:- Son siete cincuenta… -Bill sacó el dinero de su cartera, y pagó con un billete de diez. El chico no tardó en darle el cambio, y fue entonces cuando reparó en quién era.- ¡Eh! –le señaló sorprendido. Bill bufó con cierto disimulo. No estaba para ese tipo de situaciones.- ¡Tú eres Bill Kaulitz, tío! –Bill asintió un poco, sin mirar al chico, mientras cogía la bolsa de plástico.- Por favor, tienes que firmarme un autógrafo… Mis amigos no se lo creerán… -El chico no debía tener ni los veinte años. Daba pequeños saltitos mientras buscaba ansioso un papel y un bolígrafo. Bill, sin decir nada, firmó una hoja que le puso delante, y se dispuso a marcharse.- Oye… -lo detuvo la voz temblorosa del chico.- Gracias, pero… ¿Qué… ¿Qué te ha pasado? –se puso serio, mirando el ojo hinchado y el color morado. Bill se tapó aún más con la capucha.

– No es nada… Me di un golpe con el mueble de la cocina… -mintió, no se le daba demasiado bien, pero la seriedad que arrastraba fue suficiente para demostrarle al chico que no siguiera preguntando.

– Si quieres puedo curártelo… Tengo un botiquín en…

– No, gracias… Estoy bien… -le interrumpió, antes de intentar irse otra vez; entonces pensó en algo.- ¿Te importa que me quede ahí afuera hasta que aminore la tormenta?

– Claro, quédate, sin problemas… -Estuvo a punto de marcharse.- Espera… -volvió a interrumpirle. Bill se giró desganado.- Oye, tengo el turno de noche, y la verdad es que no pasa mucha gente por aquí… Si quieres, puedes quedarte aquí adentro, y hablamos… -Bill agradeció la oferta con una forzada sonrisa que intentaba ser sincera. Allí se estaba muy bien, y al menos podría estar seco.

– No te preocupes… Es que, tengo a mi perro ahí afuera, y no le gusta que lo dejen solo… -Más bien, él quería estar solo sin nadie que le pudiera preguntar acerca de nada relacionado con su vida.

– Ohm… Vaya… Hombre, yo le dejaría entrar, pero el jefe… -señaló al techo,- …tiene puestas cámaras de vigilancia, y como vea al perro dentro me acribilla… -Bill intentó sonreír de nuevo, aquel chico no era tan desagradable como aparentó ser.

– No pasa nada… Gracias de todos modos… Nos iremos en cuanto deje de llover un poco… -Lo avisó, no quería ser una molestia. Se despidió del chico, pero antes de salir por la puerta, éste volvió a intervenir en su camino con sus palabras.

– Oye, ¿cómo está tu hermano? Ese tío está loco, me encanta… Es mi ídolo… -rió divertido.

A Bill se le cayó el mundo a los pies. Sí, Tom tenía ese efecto en los chicos, ya que la mayoría deseaba tener lo que él tenía, y aún así, su hermano había acabado sintiéndose inferior a él.

– Sí… Está loco… -susurró, y definitivamente salió al exterior.

Se sentó de lado en el bordillo, sintiendo un pinchazo recorriéndole el recto, junto a Scotty, quien se tumbó en la calzada. Abrió el paquete del sándwich para el perro, y se lo puso delante. No tardó en devorarlo. Bill abrió el suyo, y cogió una mitad que empezó a comer en pequeños bocados.

No tenía demasiada hambre. Abrió el refresco y le pegó un sorbo, tampoco tenía sed. Miró a Scotty, que apenas había tardado un minuto en acabarse el sándwich y ahora miraba el de Bill. El chico cogió el recipiente de plástico, de forma triangular, y lo llenó con agua para que el perro pudiera beber. Tampoco tardó demasiado en acabar con el agua. Bill decidió darle la otra mitad de su sándwich, y aún así, pensó que no tardaría en darle el cacho que quedaba en sus manos, al que apenas le había dado dos mordiscos.

En cuanto acabó, Scotty bostezó, dejando escapar un ruidito extraño, y se tumbó junto a Bill, apoyando su cabeza en el muslo de su dueño. Él sintió el calor del animal, y el apoyo que parecía procesarle, le fueron suficientes para poder sonreír sin esfuerzos, y darle lo que quedaba de su panecillo. Scotty lo comió con prisas, y volvió a su anterior posición. Bill apoyó la espalda contra la pared, intentando que su trasero permaneciera lo más alejado del suelo, posible, mientras con su mano acariciaba el pelo del perro, y con la otra cogía la lata del refresco, del que apenas bebía. Su mirada se perdía en la infinita oscuridad de la noche. Sólo veía las gotas de lluvia que brillaban por la luz del interior de la gasolinera.

No había luna, ni tampoco estrellas, y la farola más cercana estaba a casi más de cien metros de distancia. Sólo era un triángulo de luz, alumbrando una papelera llena de mierda…

No quería sumirse en los mismos pensamientos otra vez, no quería pensar en Tom, no quería pensar en la banda, no quería pensar en nada. Deseaba desaparecer durante un tiempo, y que todo lo anterior a aquel momento, se desvaneciera por completo.

De repente, el móvil en el bolsillo de la chaqueta comenzó a sonar. Se sobresaltó por la intromisión de esa melodía en el tranquilo ambiente que el ruido de la lluvia había creado. Lo sacó de su bolsillo, y su cara se descompuso en una mueca de horror, cuando vio quién le estaba llamando. Era Tom… No quería cogerlo. ¿Para qué le llamaba? ¿Para hacerle más daño? Pero, por un instante pensó… Si él no iba, Tom no podría hacerle ningún daño… Decidido, aunque sin pensarlo demasiado, descolgó, llevándose el teléfono a la oreja. Nadie hablaba, y sólo podía oír una respiración agitada.

¿Bill? –El moreno no contestó. Sólo dejó escapara un sonido de su garganta. De repente, pudo escuchar como Tom, al otro lado, comenzaba a llorar.- Lo siento… -hablaba en susurros, como si no quisiera que nadie más que él le escuchara.- Perdóname… -dijo en un tono suplicante. Bill no pudo contener el nudo que se estaba formando en su garganta, y dejó libre una lágrima que murió en su regazo.

– Tom… -no sabía qué decirle. La voz de Tom sonaba temblorosa.

No estoy… bien… -dijo entrecortadamente.- No tenía… derecho a… hacerte todo lo… q… que te he hecho… -Aquello comenzó a asustarle. No comprendía por qué estaba hablando así.- Lo… Lo siento… Por favor…

– ¿Qué ocurre? –exclamó preocupado.

Te quiero… Bill… y no sólo por…que seas… mi hermano… -Bill no se contuvo más, y se dejó llevar por las lágrimas.- Él me ha… cegado… Me decía que tú… Tú me odiabas… -Sus llantos aumentaron.- ¿Me odias, Bill? –Bill se llevó una mano a la boca y respiró hondo. No era posible que ahora fuera él quien se sintiera rastrero.

– Claro que no… No te odio… -oyó una risa seca al otro lado, pero ¿quién era él?- Te quiero mucho Tommy…

No deberías…

– ¿Quién es él? –pidió.

Bo… No es nadie… Sólo yo… -dijo dejándolo totalmente confundido, y paró de hablar un instante, para poder llorar sin interrupciones… Bill estaba sufriendo al igual que él, no importaba lo que hubiera hecho, se lo perdonaba todo. Por un momento, sintió que él tampoco lo quería sólo como un hermano.- No quie… no…

– ¿Tom? Tom, ¿qué está pasando? –se incorporó en su sitio, preocupado por esa voz entrecortada y grave.

No quiero… volv… volver a hacerte… daño… Y yo… no qui… q… quiero seguir… sufriendo más…

– No… No… -suplicó la voz llorosa de Bill, negando con un movimiento de cabeza. Cualquiera que lo viera allí, no podría evitar llorar.

Tengo que… acabar con es…to… -Bill temió lo que aquello pudiera significar, y por la mente se le pasó una idea de por qué Tom estaba hablando de aquella manera.

– ¡No! No, Tom, escúchame… Podemos arreglarlo… Podremos estar juntos… Solos tú y yo… Lo superaremos juntos…

¿Juntos? ¿Cómo… estábamos… antes?

– Sí… Como estábamos antes…

Tengo… miedo… Bill… -tartamudeaba.- Miedo de que… ya no… me quieras…

– Eso no es verdad… Yo te sigo queriendo igual…

Ese es… mi miedo… No quiero ser… un… hermano para… ti… -Bill apenas pensó en sus siguientes palabras.

– Ni yo tampoco… -Tom tosió, y pudo oír como escupía.- ¿Qué te ocurre? –sollozó.

Lo estoy… matando… Él no… volver… molestarte… -sus palabras empezaban a enredarse y a perder lógica.

– ¿Qué? ¿Quién?

Yo… -susurró, dándole a entender a Bill lo que realmente significaba aquello. Ya no necesitaba imaginárselo.

– No, Tom… Escúchame, no hagas nada… Voy hacia allí, pero por favor aguanta… -se levantó de golpe, nervioso y completamente asustado. Empezó a caminar a paso acelerado, y volvió a ser víctima de la lluvia, seguido por Scotty. El dependiente de la gasolinera se asomó a la puerta a ver qué pasaba.- Hazlo por mí… Por favor…

¿Por qué? No pued…es quererm…me…

– Claro que puedo, y ¿sabes por qué? Porque me da igual todo, Tom… Yo quiero estar contigo, pero tú no puedes abandonarme, ahora no…

Lo siento… Todo se… ido… mierda… mi… culpa…

– No, no es por tu culpa… ¿Me oyes? Yo estaba ciego, no quería verlo…

¿Qué…?

– Que… Yo también lo quería… -no estaba muy seguro de lo que estaba diciendo, pero ya le daba igual. Ahora su única prioridad era ayudar a Tom. Volvió a oír una tos.

No… es… verdad… No… -lloró, provocando que un ruido, lo más parecido a un aullido, surgiera de su garganta.- No quiero… me encierren… Y tú… tienes… ser… feliz…

– Yo sólo seré feliz si te quedas conmigo… -suplicó que no dejara que ocurriera, pero no se daba cuenta de que ya era demasiado tarde.

No… -Tom esbozó una sonrisa.- No quiero… Seguir… Sufrien…do… -y dejó caer el teléfono al suelo

– ¿Tom? ¡¡¡TOM!!! ¡¡¡Por favor contéstame!!! –empezó a correr en dirección a su casa, con sus gritos desesperados desgarrándole la garganta.- ¡¡Tom!! ¡¡¡¡TOOOOM!!!!

Texto extraído de la Enciclopedia

Las relaciones sexuales entre hermanos son el caso de incesto menos probable que existe, ya que entre hermanos, al crecer juntos, se forma una imagen del otro totalmente asexuada, sin ningún interés más allá del cariño fraternal. Sin embrago hay casos que son posibles, pero que son provocados por otras variantes psicológicas que puedan afectar a la persona.

El caso más conocido de incesto entre hermanos se da cuando uno de los dos ve al otro como la perfección a la que él desearía llegar. Ve en él todo aquello que él mismo no es, ve en él todo aquello que desea alcanzar y todo lo que querría llegar a ser en la vida. Debido a esto, el hermano o hermana, por llamarlo de alguna forma, débil, se aferra a su pariente intentando ser lo más próximo posible a él o ella, para poder parecérsele, para poder obtener de él algo que no tiene, o, en casos extremos, para humillarle y hundirle, y poder sentirse mejor consigo mismo.

La persona ve en su hermano o hermana algo imposible de alcanzar, y en algunos casos, algo que es totalmente contradictorio a lo que es él mismo, y eso le incita a desearlo aún más. La atracción sexual es tal, que puede llegar a confundirse con el romanticismo, ignorando los conceptos psicológicos que suelen provocar este tipo de pensamientos. La esquizofrenia, puede ser uno de ellos…

«Un bonito juguete con el que jugar…»

Continúa…

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