Pretty Toy 5. FIN

Administración: Gracias a la Moonchild y su biblioteca, tenemos la posibilidad de descargar este fic. Te invito a mirar la ficha, por si estás interesad@. Y ahora, a leer el final.

Mini-Fic de LeNa

Pretty Toy: Epílogo

La calle estaba oscura y prácticamente desierta; las únicas luces provenían de las casas cuyos habitantes aún permanecían despiertos, y la única señal de vida, era la de los pocos vecinos que a esas horas, volvían a su casa después de una dura jornada de trabajo, y aparcaban sus coches en los garajes.

Le resultaba agradable volver a su barriada después de pasarse varios días fuera debido a sus negocios, que su extrañamente adquirida fama le había otorgado. Había añorado los olores, los ruidos, la imagen de la calle principal, extendiéndose hacia el horizonte como si no tuviera fin.

No estaba acostumbrada a viajar, y volver al hogar, sabiendo que sus hijos la estarían esperando, era algo que la había hecho no perder la sonrisa, desde el momento en el que se subió al avión. Ser madre de los dos chicos más famosos de Alemania, la ayudó a recibir ofertas de trabajo desde todas las cadenas de estética del país; pero a ella le encantaba su pequeño salón de belleza, cuyas clientas eran las mismas vecinas que se encontraba por la calle cuando iba a comprar el pan, y sobre las cuales se sabía prácticamente todas sus vidas de haberlas oído una y otra vez mientras las peinaba. Se había pasado varios meses a la espera de que sus hijos le hicieran una visita, y por fin cuando lo hacían, ella no estaba en casa para recibirlos; sino que ahora serían ellos los que la recibirían a ella.

Algo que le resultaba realmente irónico y gracioso. Sonrió mientras giraba la esquina con el coche. Gordon también se había pasado la última semana de viaje, intentando promocionar un poco su banda, que aunque no deseaban demasiada atención, ansiaban poder tocar en algo más que en los mismos bares a los que ellos mismos eran asiduos. Por lo tanto, Gordon tampoco habría visto a los chicos…

Finalmente llegó a su calle, y prácticamente al final, fue cuando aparcó el coche en el jardín, encontrándose el Cadillac de su hijo mayor, aparcado en el garaje cuando abrió la puerta de éste, con el mando negro. Tom… Simone recordó las noches que habló con Bill sobre él; al parecer estaba pasando por una mala racha, y eso era algo que le preocupaba ya que su hijo, por muchos problemas que tuviera, nunca se había dejado llevar por sus sentimientos, y siempre le había costado demasiado llegar a demostrarlos, incluso delante de su hermano.

Desde que Bill le dijo que lo había visto algo más apagado, no pudo evitar sentirse intranquila, inquieta, terriblemente preocupada por lo que le estuviera ocurriendo a su hijo… Sabía que debía ser algo más grave de lo que le contaba el menor de sus gemelos; notaba que algo le ocultaba, pero entendía que no quisiera decirle más, para no preocuparla más de lo que ya estaba. Para ella, sus hijos eran el mayor tesoro que la vida le hubiera podido entregar, y saber, simplemente, que algo no andaba bien en sus mentes, era algo que la desmoronaba, y siempre acababa agobiándoles con sus preocupaciones.

Esa vez sería diferente; no quería molestar a Tom, ni que Bill se sintiera abatido por ver a su hermano peleándose con ella por su insistencia. No, esta vez pasarían el tiempo que tenían juntos lo mejor posible, como una auténtica familia, y si surgía la oportunidad, ayudaría a Tom en todo lo que le fuera posible y lo que no, si él decidía por sí mismo, contarle lo que le preocupaba…

Quitó la llave del contacto. Se había quedado varios minutos mirando a su casa, pensando en todas aquellas cosas que podrían llegar a hacer, como hacían antes de que ellos se marcharan a conquistar el mundo. Las luces del salón y la del cuarto de Tom estaban encendidas, eso significaba que estaban en casa, y que no habían salido. Cogió el bolso del asiento del conductor, y tras apearse del coche y cerrarlo, se dirigió a la casa, atravesando el jardín.

El suelo aún permanecía húmedo de la fuerte lluvia del día anterior. Simone sonreía radiantemente, nada deseaba más que ver a sus pequeños en casa, pero de repente, se detuvo en seco, al ver que la puerta de la entrada estaba abierta. Se despreocupó enseguida, pensando que los chicos la habrían oído llegar, y que tal vez quisieran sorprenderla, ya que muchas otras veces, lo habían hecho. Continuó su camino, pero volvió a detenerse, esta vez, asustada. Su mirada se detuvo en la ventana junto a la puerta; estaba rota.

Llamó a los gemelos, pero nadie contestó. Estaba parada a pocos metros de la puerta, totalmente aterrada. ¿Y si había entrado alguien a robar? ¿Dónde estaban sus hijos? En ese momento, la puerta se movió ligeramente, sobresaltándola, pero cuando vio a Scotty parado en el umbral de la puerta; se llevó una mano al pecho, aliviada, aunque no del todo. ¿Por qué estaba el cristal roto? El perro la sacó de sus pensamientos, cuando lo oyó ladrar, aunque más se parecía a un aullido.

Estaba nervioso, inquieto, no era propio en él, pero Simone no quiso darle importancia; tal vez los chicos estuvieran jugando con el animal, además; no sería la primera vez que le rompieran un cristal de la casa… Respiró profundamente, y se dirigió a la puerta. Scotty, en cuanto la vio acercarse, volvió a entrar corriendo al interior. Simone, finalmente, entró, cerrando la puerta tras de sí y dejando el bolso y la fina chaqueta, colgados en el perchero de la entrada. Se acercó al cristal roto para inspeccionarlo.

El hueco era grande, y estaba a una altura considerable. Ya mandaría a que lo arreglaran por la mañana, ya que apenas se podía ver desde la oscuridad de la calle, si no fijabas bien la vista. Los ladridos de Scotty la avisarían si en algún momento, alguien intentara entrar. Fue en ese preciso instante, cuando un ladrido del animal la hizo sobresaltarse de repente. Se giró de nuevo hacia el interior de la casa; todo estaba demasiado en calma, si no llega a ser por los aullidos del perro, que provenían del piso de arriba. No prestó atención a la silla totalmente rota a un lado del salón…

– ¿¡Chicos!? –exclamó Simone, extrañándose de que sus hijos aún no hubieran saltado sobre ella para asustarla.

Caminó con sigilo hacia las escaleras; esa vez no la pillarían por sorpresa, se esperaba alguna. Subió cada peldaño con cuidado, a fin de no hacer el más mínimo ruido. No podía dejar de sonreír; estaba ansiosa por verlos, y tardar tanto a la hora de subir a sus habitaciones, se le estaba haciendo algo insoportable. Pero, finalmente, llegó a arriba.

La actitud de Scotty volvió a inquietarla. El animal estaba frente a la puerta de la habitación de Tom, rascando la madera insistentemente, mientras lloriqueaba nervioso. Sus uñas se quedaban enganchadas en el relieve tallado. Simone llamó a la puerta, extrañada, una vez estuvo a su lado; pero el silencio fue la única respuesta que obtuvo. Cuando miró a su izquierda, sus ojos se quedaron fijados en los trocitos de madera en el suelo, frente a la habitación de Bill, la cual, le extrañó que estuviera abierta; su hijo nunca dejaba la puerta de su dormitorio abierta. Dejó a Scotty rascando la madera, y se dirigió hacia la habitación contigua.

La luz estaba apagada. Tanteó en la pared hasta hallar el interruptor y pulsarlo. Ojalá no lo hubiera hecho. La habitación estaba totalmente destrozada: la cama tenía manchas de sangre, entre otras, los trozos de sábana estaban atados al cabezal, cayendo sobre el colchón descolocado en el somier, la puerta del cuarto de baño tenía la muestra de posibles golpes, todo lo colocado por encima de los muebles estaba caído en el suelo, y un desagradable olor se respiraba en el ambiente. Por un momento, pensó que en el pasillo también se sentía un fuerte y cargante olor… Se llevó la mano para cubrirse la boca, la cual había abierto sorprendiéndose por aquella imagen.

En aquel instante sintió miedo; aquello no era una simple broma. Salió corriendo de la habitación, dirigiéndose de nuevo a la de Tom. Golpeó la puerta con fuerza, e insistentemente; al parecer, estaba cerrada desde dentro. Empezó a golpearla con el hombro, gritando los nombres de sus hijos.

– ¡Chicos, abrid la puerta! ¡Por Dios, abridla! –gritaba totalmente ida, dándole fuertes patadas y empujones al único obstáculo que la separaba de sus hijos.

Scotty ladraba sin parar, entorpeciéndole el paso cuando intentaba coger algo de carrerilla para empujar con más fuerza. Todo intento era inútil. Gritaba y gritaba sin obtener respuesta. Su pequeño miedo se había convertido en desesperación, e iba empeorando a cada segundo viendo que la puerta no cedía. Se detuvo un instante, pensando en lo que podría hacer para poder abrirla. Su estado de concentración le hizo percatarse del olor, más latente contra más se acercaba a la puerta.

Era un aroma fuerte y realmente desagradable, que parecía entrar por sus fosas nasales, y se quedaba en su garganta, provocándole arcadas. Miró a ambos lados, en busca de algo con lo que poder golpear, pero nada. Dio varios pasos hacia atrás, y, apoyándose con las manos en la pared, comenzó a darle patadas al pomo, sin prestar atención al daño que estos golpes le causaban en los dedos del pie, ni en el dolor que comenzaba a castigarle el hombro.

Finalmente, el pomo se rompió, y corrió hacia la puerta, abriéndola de golpe. Un latigazo de horror le sobrecogió el cuerpo ante lo que vio… Tom estaba sentado bajo el alfeizar de la ventana, rota, con los ojos opacos mirando al infinito frente a él. Bill estaba tumbado sobre su regazo, con los ojos cerrados en una mueca de dolor. Ambos, rodeados de charcos de sangre… Un largo corte rojo se extendía por el interior de ambos brazos del mayor, y su pecho desnudo estaba totalmente manchado de sangre. Bill mostraba otros dos cortes en sus muñecas, y en su mano, aún sostenía un cristal afilado.

La garganta de Simone se desgarró, hasta dar la sensación de sangrar, en un grito que no habría pasado desapercibido para nadie en toda la urbanización. Desesperada, se dejó caer frente a ellos, con sus manos temblorosas intentando cogerles, como si con ello evitara que lo que no quisiera que sucediera, lo hiciera. Varios cristales se clavaron en sus rodillas que se hundieron en el charco de sangre que rodeaba a sus hijos.

Estiró de Tom hacia ella, apoyando su cabeza sobre su pecho, llorando desconsoladamente, totalmente histérica. Intentó hacer lo mismo con Bill, levantarlo de su posición, sentir el último resquicio de calor que quedara en su cuerpo, pero de repente, se dio cuenta de que Bill aún respiraba… Sin soltar al mayor, se inclinó sobre él, aferrando su oreja a la boca de su hijo: pudo sentir su leve aliento. No tuvo ningún miramiento por sí misma, por los cristales que había en el suelo, y se lanzó completamente a coger a Bill entre sus brazos.

– ¡Bill! –Lo sacudió ligeramente, como si tratara de despertarle de un sueño profundo.- ¡¡BILL!! –gritó, dejándose llevar por las emociones que le desgarraban el corazón, viendo a sus hijos en ese estado.

Bill abrió los ojos lentamente, pero no por completo. Simone sonrió al ver que aún podría tener esperanzas de salvarlo, rompió las mangas de su camisa, y como le fue posible, cubrió los cortes con la tela. El chico la miraba como si no la reconociera, es más, parecía no verla. Sus ojos no parecían mostrar ninguna emoción; estaban muriéndose. Simone volvió a agitarlo más bruscamente al ver que cerraba los ojos.

– ¡No cariño, por favor! ¡Abre los ojos mi vida! –insistía, acariciándole el rostro que tenía apoyado sobre su brazo, con nerviosismo, reparando en el moratón de su ojo.- ¡Por Dios…! ¿¡Qué habéis hecho!? –exclamó, viendo que la tela en las muñecas de Bill, estaba casi completamente, teñida de rojo…- ¿Por qué lo habéis hecho? –lloraba desesperadamente.

Toda ella temblaba, y miró al cielo, suplicando ayuda. Bill abrió la boca ligeramente, con la intención de hablar, sin conseguirlo. Simone volvió a acariciarlo, siseando para que no se esforzara.

– No cariño, no hables, aguanta, por favor…

Ahora la había reconocido. Había reconocido su voz; esa voz que tantas veces lo había ayudado en sus peores momentos, la dulce voz que lo había acunado cuando era niño.

– T… Tom… -dijo en un susurro apenas audible, que Simone no hubiera entendido no si lo hubiera leído en sus labios.

Miró al mayor de sus hijos… Él no tenía esperanza. El labio le tembló, y continuó llorando, con más fuerza. De repente, oyó unos fuertes golpes en la puerta de la entrada.

– ¡¡AYUDA!! ¡Por favor! –gritó totalmente histérica, abrazando a Bill con fuerza. Una voz le contestó, pero no entendió lo que le dijo. Se arrastró, estirando de su hijo, hacia la ventana, y alzándose un poco, volvió a gritar:- ¡¡Llame a una ambulancia!! –la respuesta fue satisfactoria, y volvió a sentarse, acunando a Bill sobre su regazo, como cuando tenía cinco años. No podía dejarla, él también no…- Bill… Cariño, vas a ponerte bien… ¿Vale? Te pondrás bien, por favor… -le suplicaba a él, a Dios, a nada, a todo. Aferró su rostro al de su hijo; estaba enfriándose, y su respiración, apenas audible, era ronca.

– Le… Le…

– No Bill, no digas nada, resiste por favor… Cariño, aguanta… -pero se detuvo un instante, al ver que la mueca que Bill intentaba esbozar, era una sonrisa.

– Le… Quie…ro… -Y sus ojos acabaron por cerrarse.

– ¡¡BILL!! ¡¡¡¡NOOOO!!!! ¡¡Por Dios no!! –lo agitó con brusquedad, dándole palmadas en las mejillas, intentando evitar que sus ojos se cerrasen. Llegó a empujar sus parpados con los dedos para abrirlos, encontrando la mirada perdida del chico.- ¡¡¡¡¡¡¡BILL!!!!!!!


&

Sostenía esa nota en su mano… Le parecía increíble que lo que había leído más de mil veces pudiera ser real. Desde que la encontró en el suelo, a su lado, aquel terrible día, no había dejado de pensar en lo que esas palabras decían sobre él. No podía ser cierto, ese no era su Tommy…

La volvió a leer de nuevo, y se tapó el rostro con ella, apretándola entre sus manos, como queriendo absorber cada palabra escrita y así poder saber realmente la verdad. Su hijo se había ido, ya no podría cogerlo entre sus brazos, jugar con su pelo, ni regañarle por poner los pies sobre la mesa del salón. Ya no oiría su risa, su voz, ni sus graciosos comentarios o sus riñas con su hermano. Su preciosa sonrisa ahora había muerto, pero permanecía congelada en su mente, intentando poder soportar el dolor de su perdida. Detestaba aquellas palabras por lo que decían de él, de su pequeño Tom, de su querido hijo; no podían ser verdad…

Por un momento creí odiarle, a mi hermano… Cuando me pegó, cuando me violó… Pero no puedo seguir engañándome; le quiero aún más…
No he llegado a tiempo, y ahora voy a solucionarlo, porque debemos estar juntos, porque sin mí no tendrá a su juguete con el que jugar… Yo no soy nada sin él, y, a pesar de todo lo que me ha hecho, le perdono…
Adiós,
Bill.

Lo miró, alzando el rostro de donde lo tenía, tras guardar el trozo de papel en su bolsillo. Estaba ausente, mirando a través de la ventana. Desde que entró ahí, los médicos dijeron que no había dicho ni una sola palabra con nadie, y había permanecido en su cuarto, encerrado, mirando a través de la ventana, como esperando a que alguien apareciera en el jardín. Su mirada se detuvo ahora en sus muñecas, sobre las cuales se demostraban varias cicatrices… Aquel día no fue el último en el que Simone tuvo que llamar a una ambulancia.

Desde la muerte de Tom, varios habían sido los intentos del chico para continuar lo que en su momento le interrumpieron. Su futuro se había perdido en el recuerdo, la banda se había disuelto, y no había querido volver a ver a sus amigos… Su rostro, antes bello y lleno de vida, ahora estaba demacrado y pálido. Sus hermosos ojos se oscurecían por sus ojeras, y su cuerpo era extremadamente delgado. Su larga melena negra había comenzado a perder su brillo y su color, y ahora era una mata de pelo desordenada, con la raíz de un color rubio oscuro.

No la miraba, ni siquiera la hablaba. Si no fuera porque de vez en cuando parpadeaba, cualquiera podría haber dicho que era una estatua; una estatua plantada sobre el alféizar de la ventana, con las piernas encogidas, y la cabeza apoyada contra la pared. La estancia hubiera transcurrido en un absoluto silencio, si no fuera por los gritos de los demás internos. A Simone no le gustaba ese sitio, su hijo no estaba loco, pero desde que entró allí habían sido cada vez menos frecuentes, los intentos de suicidio.

Una enfermera se quedaba con él a la hora de comer, y, por petición de Simone, se había instalado una cámara de seguridad en la habitación, para poder controlarlo y así evitar que hiciera nada de lo que después no tuviera tiempo de arrepentirse. Ella se sentía impotente, no sabía qué más hacer para que su hijo se recuperara, si ni siquiera ella lo había superado. Había sido un golpe demasiado duro, pero el estado de depresión en el que cayó no era tan importante como la salud de su hijo. Aquel día no perdió sólo a Tom, Bill también se fue con él, y ahora ya no quedaba nada de aquel chico alegre y cantarín; era un completo extraño…

Una voz la sobresaltó al otro lado de la puerta. La hora de las visitas había acabado. Simone se levantó, con el corazón en un puño. No se acostumbraba a verlo en aquel estado, y no podía evitar las ganas de llorar cada vez que entraba por la puerta, y se lo encontraba en la misma posición día tras día, sin excepción.

Se acercó lentamente, deteniéndose a su lado para mirar a la misma dirección que él. Prefería que fuera así, porque sabía que si acababa mirándola a los ojos, no podría resistirse al dolor, y se derrumbaría de nuevo. Bill había apoyado la cabeza sobre sus rodillas. Su madre le acarició la larga cabellera que tanto le gustaba acariciar, llegando a su espalda fría cubierta por la fina tela del pijama blanco que llevaba semanas sin cambiarse.

Con miedo a molestarlo, Simone depositó un corto beso sobre la cabeza de su hijo. En cuanto se separó, se encontró con esa mirada penetrante de ojos marrones, llena de absoluta tristeza. De repente todas las fuerzas que pudieran quedarle se habían desvanecido hasta haberla abandonado completamente, y se dejó llevar por las lágrimas…

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– ¡Mamá no quiero estar aquí! ¡No me hagas esto! –suplicaba Bill, siendo retenido por dos fornidos hombres de bata blanca. Simone se abrazó a su marido, viendo como se llevaban a su hijo.

– Es por tu bien, cariño… -gimió, echándose a llorar. Bill empezó a gritar y agitarse con furia.

– ¡No! ¡Te odio! ¡Zorra!
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El recuerdo del día en el que lo internó estaba grabado a fuego en su mente, al igual que las duras palabras que le dedicó. Su único hijo la odiaba, y no lo culpaba, ella también se odiaba a sí misma. Porque, ¿qué clase de madre cría a un hijo que acaba abusando de su hermano? ¿Qué clase de madre permite que sus dos hijos intenten suicidarse, uno, consiguiéndolo, y el otro, insistiendo en ello? ¿Qué clase de madre abandona a su hijo en un centro psiquiátrico donde tenían a su pequeño a base de medicamentos? ¿Qué clase de madre era, si su hijo la odiaba?

Sentía que hubiera deseado haber sido ella la que muriera en lugar de Tom… Nunca supo lo que había pasado en realidad aquellos días en los que los gemelos estuvieron solos en la casa. Sólo la nota podía aclararle algo del por qué, y las palabras del medico cuando ingresaron por primera vez a Bill, diciéndole que habían visto desgarramientos en la zona rectal, después de ver las manchas de sangre sobre la sábana blanca de la camilla… Bill no le dijo nunca nada, ni siquiera le habló hasta el día en el que lo internó. Así que, seguramente, la odiaría desde el momento en el que no estuvo aquel primer día, para poder apoyarlo y protegerlo de las presuntas agresiones de Tom…

No iba a perdonárselo; ni él lo haría, ni ella se perdonaría a sí misma. Nadie la perdonaría. Se sentía una mala madre, y a pesar de todos los esfuerzos por atender a su hijo antes que a ella, no estaba siendo lo suficientemente buena como para conseguir que Bill siguiera adelante; estaba estancado en su silencio, aislado del mundo. No quería seguir viviendo, sabiendo que el único ser que le quedaba al que quería más que a nada, y el cual era parte de ella misma, no aguantaba estar en su compañía, y la rechazaba. Tal vez fuera el momento de dejarlo todo. Tal fuera el momento de acabar con todo. No aguantaba más…

Se resistió a esa mirada, y acarició con sus ojos el rostro de Bill, como si fuera la última vez que lo vería. Tal vez lo sería. Tenía los ojos empañados en lágrimas, pero no se molestó en secárselas; él tenía que ver todo lo que estaba sufriendo su madre, pero al chico no parecía importarle. Continuó mirándola sereno, sin ninguna muestra de algún sentimiento en su gesto.

– Te quiero Bill… -susurró ella, a la espera de que le contestara.

Deseaba oír cualquier cosa, aunque fuera un insulto, un grito, algo… Pero los labios de Bill parecían estar sellados, y lo único que hizo, fue volver a dirigir la mirada al jardín… Simone dejó de tocarle súbitamente, y se cubrió la boca con las manos, derrumbándose por completo; ya no soportaba más la opresión de las lágrimas en su pecho. Salió de la habitación sin mirar atrás, totalmente abatida, totalmente ida. Aquella sería la última vez que madre e hijo, se vieran…

– ¿Qué le has dicho a tu madre? –preguntó aquel chico que había ido a visitarlo desde una semana después de que lo ingresaran en aquel centro.

Era el único con quien hablaba, ya que con él sentía que podía hablar de todo, y él siempre tenía palabras de apoyo. Se llamaba Tim. Era un chico de aspecto jovial, alegre; era todo lo que Bill había dejado de ser. Por un lado le extrañaba que estuviera allí, pero por el otro, lo agradecía, por muy solo que deseara estar, siempre ansiaba su presencia.

– La has hecho llorar… -comentó. Estaba sentado en la cama junto a la ventana mirando a Bill, quien había decidido devolverle la mirada.- Estás hecho un asco… -bromeó.

Bill asintió lentamente. Hacía varias semanas que no se miraba al espejo, ni deseaba ver su reflejo en las ventanas de la habitación, pero sabía que su aspecto no debía ser demasiado agradable a la vista.

– No quiero estar aquí… -murmuró, en un tono lleno de tristeza y miedo.

– Lo sé… Tenemos que buscar una manera de marcharnos de aquí… -comentó el chico, haciendo gestos nerviosos con las manos.- ¿Por qué no te trajinas a la enfermera y la convences de que te de las llaves?

– ¿¡Qué dices…!? –exclamó desganado, como si aquello fuera lo más absurdo que hubiera oído.

– ¿No has visto cómo te mira? Siente lástima por ti, y además se nota que le gustas por lo que una vez fuiste… -comentó, haciéndole entender que tal vez aquella chica hubiera sido fan suya; la verdad es que Bill también lo sospechaba.

– No sé si lo habrás notado, pero precisamente ahora, no tengo ganas de follarme a nadie, ¿está claro? –dijo con una mirada cínica. Tim sonrió con descaro.

– Entonces, ¿por qué ayer te pajeabas? –Bill se quedó más pálido de lo que ya estaba.

– ¿Cómo coño sabes eso?

– Te oí… Y me paré a ver qué hacías… Volviste a decir su nombre… -dijo en un tono más calmado. Bill agachó la mirada, recordando el nombre de esa persona. Era su única forma de poder pensar en él sin echarse a llorar desconsoladamente, pero aún así, las lágrimas nunca eran reprimidas. Lo echaba demasiado de menos.- Sé que es difícil olvidar a un hermano, pero debes empezar a pensar en ti… -Le parecía increíble que Tim hubiera sido tan comprensivo, y hubiera entendido toda a situación, cuando, con pocas palabras, supo lo ocurrido con Tom.- Tienes que pensar en cómo salir de aquí y hacer lo que te de la gana… -Bill lo único que deseaba por encima de todo, era volver a estar con su hermano, pero ahora él no estaba, y sólo había una forma de conseguirlo…

– ¿Qué tendría que hacer? ¿Hablo con la enfermera?

Estaba harto de estar allí encerrado, y que cada vez que intentaba escapar del mundo, le destrozaran los planes. Añoraba a Tom, e iba a hacer lo posible para volver a estar con él. Quería volver a sentirlo a su lado… Tim sonrió con picardía. En ese momento, un carraspeo, les hizo desviar la mirada a la chica que acababa de entrar con un vasito de plástico en el que estaban las pastillas de Bill. Él la miró expectante, y ella, sonriente, le devolvió una mirada curiosa, sorprendida…

– ¿Con quién hablabas…?

F I N

Como ya saben, este fic es un rescate, así que los animo a dejar su amor por la autora y su historia, aunque quieran llorar por el final tan desgarrador. Besos a todos y gracias por venir.

por administrador

Publico con autorización del autor

8 comentario en “Pretty Toy 5. FIN”
  1. Oh. Mai. Gad.
    Omg…dios..sabia que era fuerte el asunto, no espero que fuera de este calibre, me encantó mas el final, por un momento crei que verdaderamente acabarian en uno de esos finales absurdos pero viendo los ultimos 2 caps…me abofetearon en pleno rostro.
    Increible historia en solo unos cuantos capitulos me hizo tener que apartar el rostro de la pantalla para «descansar» de lo que leia, definitivamente fue un final merecido.
    Gracias por traer este fic.💗

  2. Demasiado fuerte todo. Muy triste, si digo que no llore seria una mentira. Que triste la forma en como Bill termino 🙁

    1. Cierto, la misma autora expresó su preocupación al inicio del fic y avisó que sería así de fuerte. Gracias por leer y dejar tu comentario 😉

  3. Nunca lo había leido, me lo habían recomendado, si esta fuerte aunque me lo imagine mas difícil de digerir, siento mas bien que estuvo mas triste que otra cosa

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