«Por ti me convertí en Princesa» Fic Twc de Haruxita

Capítulo 10: Cosas de dos

Tom no podía creer lo que estaba escuchando. Bill, su díscolo Bill, el que sólo se dejaba guiar por sus propios deseos y que no permitía que nadie controlara su vida, accedía de manera casi sumisa (y con mucho dolor) a los requerimientos de Natalie.

Sus celos, pero en especial su sentido de protección se activó. No iba a permitir que -lo que fuera que la corredora tenía en mente- se concretara.

Pero debía ser cuidadoso; si lo abordaba de forma directa Bill, por orgullo, podría negarlo todo, incapaz de aceptar que se había equivocado al confiar en la rubia.

Ardía en rabia, quizás era un poquito de fiebre que había rebrotado; maldijo a Natalie por haber puesto sus ojos en Mina (ya se encargaría él de que se quedara sólo en eso) y se maldijo a si mismo por haber expuesto a su hermano a todo ello.

El grito de «¡Los spaguettis!» seguido de un pequeño alboroto en la cocina lo trajo de regreso al presente. Corrió escaleras arriba, no podía permitir que Bill se enterara que él había escuchado. Debía pensar cuidadosamente como actuaría. Por lo pronto le provocaba encerrarlo en casa bajo llave y arreglar cuentas él solito con Natalie.

Al poco rato su hermano subió cargando una bandeja con un almuerzo tardío. Aparentemente se había mojado el rostro: tenía gotitas en la mejilla y en los mechones de la frente, intentando ocultar las evidencias de su llanto, pero aún sus ojos permanecían un tanto inflamados. Quiso besar su coronilla y decirle que todo estaría bien, como cuando eran niños, pero ya no lo eran. Debía encontrar otra forma de resolver el predicamento en que su hermanito se encontraba.

—¿No vas a comer?- inquirió, al ver sólo un plato en la bandeja.

—Más tarde.

—Bill…

—No tengo apetito.

Contó mentalmente hasta cien para no explotar, necesitaba mantener la calma o sólo conseguiría empeorar las cosas.

Cogió su mano, que descansaba sobre la cama y la apretó con suavidad.

—Sabes que siempre puedes contarme lo que te sucede, lo que sea.

Bill sonrió, más bien estiró sus labios en una pantomima de sonrisa.

—¿Y tú luego iras y le darás una paliza al tipo malo? – dijo, en un intento de broma, que a su hermano no le hizo el menor chiste-. Gracias, Tomi. Pero no me sucede nada, ha de ser un poquito de resaca.

Aquello no dio resultado. Iba a tener que pensar en otra alternativa, y rápido. Por lo pronto tenía otros flancos que atacar. Enrolló un bocado considerable de spaguettis y lo acercó a la boca de su hermano.

—Tomi, no tengo…

—Si tú no comes, yo tampoco.

El moreno se encogió de hombros y, con un suspiro, se dejó alimentar.

&

La habitación estaba agradablemente fresca, aunque el zumbido del ventilador era un poco molesto. Entre los dos habían dado cuenta del plato de pasta y ahora reposaban juntos en su cama. Bill, recostado sobre su pecho, trazaba con el dedo líneas aleatorias en su antebrazo. La caricia era muy relajante, tanto que él había cerrado los ojos y estaba a punto de dormirse, con los dedos hundidos en el cabello de su hermano.

La vida valdría la pena si sólo existieran ellos dos en el mundo, si pudieran estar siempre así de tranquilos, sin necesidad de decir media palabra. Sólo disfrutando del hecho de estar juntos.

—Tomi…

—¿Humm?

—Te quiero.

Sonrió, enternecido. Si bien no era necesario que Bill se lo dijera, porque se lo demostraba a diario, escucharlo siempre se sentía genial.

—Lo sé, yo también.

Lo oyó suspirar y luego incorporarse. Abrió los ojos, asustado, recordando la conversación telefónica. Afortunadamente se trató sólo de una falsa alarma, Bill continuaba junto a él, tenía una mano apoyada a cada lado de su cabeza y le sonreía a un par de centímetros de su rostro.

Tom le retiró una mancha de salsa de la mejilla, su hermano cerró los ojos y él tomó ese gesto como una invitación a acariciarlo.

Cuando Bill volvió a abrir los ojos estos tenían un brillo especial. El chico se mordió el labio antes de agregar, inusualmente serio.

—Te quiero mucho.

—Lo sé.

—Yo… -pareció titubear un momento, luego emitió un gruñido de frustración y lo besó.

La voz de su conciencia volvió a incordiar. Pero recordó las palabras de Bill, eran sólo mimos y caricias fraternales, no había nada de malo en ello.

En cuanto su zona septentrional comenzó a despertar, intentó alejar a su hermano hacía un lado, con suavidad, pero este volvió a buscar su cercanía.

—Bill, espera. Estoy… se me está…

—No me molesta.

—¡Pero a mí sí!

Se pateó mentalmente, quizá había reaccionado de manera un poco brusca, porque el chico lo miró con sus ojitos almendrados desmesuradamente abiertos.

—Lo que quiero decir es que…

—Hey, no tienes que explicarte. Soy tu Bill, ¿recuerdas?

—Si lo que intentas decir es que eres capaz de adivinar lo que pienso, voy a terminar deseando que el motor me hubiera golpeado más fuerte.

—Entonces no agregaré nada. -dijo, con un guiño, bajándose de la cama.

Cuando Bill se marchó, de regreso a la cocina con la charola, hizo ejercicios de respiración pero su erección se negó a marcharse y tuvo que recurrir al método directo.

Desde que había rescatado el masturbador de su exilio en el fondo del closet, unos días atrás, el artilugio había tenido bastante trabajo. Y aunque se sentía el peor de los pervertidos al pensar alternativamente en Mina o en Bill cuando lo usaba, el acto de estirar la mano hacia el cajón de su mesita y cogerlo se estaba tornando cada vez más automático.

&

Si de Tom hubiera dependido ellos no hubieran salido esa noche, ni la siguiente, ni la posterior a esa. De poder hacerlo habría tomado a Bill, cogido el Nova y conducido muy lejos, adonde nadie los conociera. Pero no importaba donde fueran, Bill seguiría siendo Bill, y siempre habría alguien dispuesto a pasarse de listo (o lista).

De modo que, haciendo lo posible porque su cabreo no fuera excesivamente evidente, pasó por su novia a la habitación de su madre.

La escena con la que se encontró al abrir la puerta lo tomó tan de sorpresa que no alcanzó a contener un jadeo. Cada día le resultaba más difícil controlarse; por fortuna usaba pantalones holgados, pero de todas maneras tendría que hacer una nueva visita al baño antes de partir.

—¡Tomi! -gritó la chica al verlo, deteniendo su gateo por la alfombra-. ¡No te muevas!

—Nena, para jugar a las estatuas musicales hay que estar de pie y tener música.

La chica rodó sus delineados ojos.

—Perdí un zarcillo, tonto. No quiero que lo pises.

—¿Te ayudo? -ofreció, quitándose raudamente las zapatillas.

—Está bien, pero ten mucho cuidado.

—¿Cómo se supone que es?

—Igual a este.

Cuando la chica le mostró el compañero del arete perdido, comprendió el motivo del alboroto.

—¿Esos no son los que la abuela le regaló a mamá para su boda?

La morena asintió con un puchero de culpabilidad.

Se tuvo que tragar su diatriba sobre responsabilidad, el zarcillo continuaría perdido y para colmos tendría una novia con ataque de nervios.

Peinó cada centímetro de alfombra en tanto la chica aguardaba impaciente sentada en la cama.

—¿Quieres dejar de hacer eso? Me pone nervioso.

—¿Que cosa?

—Tamborilear los dedos.

—Lo siento.

No supo cómo el condenado arete acabó dentro de una pantufla, pero al menos pudieron respirar aliviados.

—Gracias, Tomi. Eres mi ángel –.dijo la chica con entusiasmo, cogiendo la joya de sus manos y colocándosela.

—¿Vas a usarlo de todas maneras?

—Por supuesto, después de tantas molestias sería un despropósito no hacerlo –dijo, haciendo ese fugaz gesto; una mirada de soslayo, seguida de una pequeña sacudida de su cabeza que le agitaba el cabello y que Tom reconocía como uno de sus coqueteos más característicos-. ¿Cómo me veo?

—Preciosa.

Por primera vez durante toda la tarde Tom obtuvo una sonrisa auténtica, de esas que achinaban los ojitos marrones de la chica y a él le hacían poner cara de idiota.

—Eres tan hermosa. -agregó, casi sin pensar, tomándola de la barbilla.

Lo que inició como un simple roce de labios fue ganando intensidad rápidamente. Quizá fue el jaloncito que Mina le dio en su labio inferior con los dientes, quizá la ligera excitación que él aun traía a cuestas o la manera en que la chica gemía su nombre, tan quedo que si no estuvieran fundidos sería incapaz de oírlo. O tal vez un poco de todo, lo que consiguió acallar la voz de su conciencia.

La chica le quitó la bandana y hundió los dedos entre sus rastas, Tom no se había dado cuenta cuán sensual podía ser aquel gesto hasta que las uñas postizas rasguñaron suavemente su cuero cabelludo, enviando un placentero escalofrío por todo su cuerpo.

En un movimiento fluido Mina enlazó firmemente su cintura con sus piernas, impulso que él aprovechó para recostarla en la cama. Ella continuaba repitiendo su nombre, entre jadeos, repartiendo besos y mordidas por su cuello,  mandíbula y oreja.

La premura, sumada a su inexperiencia, le jugó una mala pasada al maniobrar la cremallera del pantalón, tuvo que quitar la mano con que sujetaba el muslo de la chica para desabrochar el cinturón con ambas.

Fue ese preciso momento, en que se incorporó y vio a la chica tendida en la cama, completamente entregada, que la realidad lo golpeó con toda su crudeza, espantando su calentura y dejándolo atónito por lo que estaba a punto de hacer.

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Necesitaba emborracharse, no le importaban las recomendaciones del médico ni que al día siguiente debía reintegrarse al trabajo. Le urgía beber lo suficiente como para borrarse. Tal vez de esa manera conseguiría dejar de ver a Mina con el labial corrido, el cabello hecho un desastre y las pupilas dilatas por el deseo, cada vez que cerraba los ojos.

            Tenía que poner un alto a los “mimos”, como le llamaba eufemísticamente su hermano, que esa tarde se habían terminado por salir de control.

            Para su desgracia, esa noche en casa de Andreas se habían reunido sólo los miembros del equipo, por lo que la ausencia de Mina fue notada de inmediato. No estaba de ánimos para responder interrogatorios por lo que zanjó el asunto con un seco “la dejé en casa, no quiero lastres esta noche”. Los tres hombres del grupo intercambiaron miradas extrañadas y se encogieron de hombros. La mirada que le dio la corredora en tanto fue glacial.

Natalie dejó su cerveza con un golpe seco sobre la mesa y se marchó sin decir ni media palabra. Tom supuso que estaba molesta por ver frustrados sus planes de seguir rondando a su novia, al menos algo positivo había salido de todo aquello.

Era imperativo que Mina desapareciera de su vida, debía encontrar la manera de que su rompimiento con la chica pareciera creíble y no lo dejara mal parado. En algún momento debía volver a dar la cara ante su hermano, pero esa noche no tenía presencia de ánimo siquiera para pensar en ello. Cogió la que sería la primera de innumerables cervezas y se la bebió hasta ver el fondo.

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Regresaba del baño, valiéndose de la pared como soporte para no caer, no tenía idea de la hora pero los pájaros ya habían comenzado a cantar, bien podían ser las tres como las siete, lo mismo le daba. Se metió a la primera habitación que encontró a su paso, pero no estaba desocupada. Natalie se encontraba en ella y no sola precisamente.

Mina se le había aparecido durante toda la noche, creyó verla en la sombra de una cortina e incluso oír su risa. Pero aún en medio de su embriaguez pudo reconocer a la real, a su Mina, siendo abrazada por la corredora y apoyando la cabeza en su hombro, como lo hizo con él tantas veces.

En su estado la única conclusión que pudo sacar fue que, mientras él se procuraba la cogorza de su vida, Natalie había aprovechado para ir hasta su casa y tomar lo que deseaba, y que él estúpidamente le había entregado en bandeja. Carecía de la lucidez suficiente para cuestionarse el porqué, si la corredora finalmente había conseguido seducir a Mina, había regresado con ella a casa de Andreas.

No tuvo mucho tiempo para reaccionar antes de que la rubia se percatara de su presencia y, luego de dejar un beso en la melena oscura, lo pusiera en evidencia con un: «Princesa, tu sapo ha venido por ti».

Mina fue a su encuentro con algo de inseguridad, tenía los ojos hinchados y un poco enrojecidos. Lo abrazó cariñosamente como si nada hubiese sucedido, cómo si él no hubiera salido huyendo, abandonándola en la cama en la que estuvo a punto de follarla, balbuceando “mierda… mierda…”. Cómo si no la hubiera pescado en los brazos de la mujer que, por dos semanas, no había hecho otra cosa que intentar llevársela al huerto.

—Mina nos…

—Sí, Tomi… a casa.

El chico de rastas se dio cuenta que ahí estaba sucediendo algo que se le escapaba, más aun cuando su novia se volteó hacia la rubia e hizo el gesto universal de «te llamo».

Natalie parecía demasiado alegre y eso le dio mala espina.

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            Tom tenía mejor talante que su hermano y siempre acababa cediendo ante los caprichos de cualquiera de sus dos tormentos, pero ebrio era un caso completamente distinto. Se entercó y no hubo manera de que le pasara las llaves a la chica.

            Pero bajo la engañosa cubierta de dulzura de Mina subyacía el temperamento volcánico de su Bill. Fue así como, luego de un tenso tira y afloja y en medio de los murmullos reprobatorios del chofer, consiguió subirlo a un taxi.

Por mucho que él intentó sacarle información de camino, ella se limitaba a responder crípticamente «en casa hablamos».

No bien franquearon la puerta principal no pudo seguir conteniéndose.

—¿Me quieres explicar que mierda pasa contigo?

La chica suspiró profundamente antes de responder, con dulzura y una sonrisa que habría desarmado a cualquiera.

—Pasa que tú nunca te enteras.

—¿De qué?

—De que tú también me gustas, Tomi. Y no lo digo como tu novia, lo digo como Bill.

Bien, una cosa si debía concederle, eso sí que no se lo esperaba.

Boqueó, sin tener idea de cómo responder a ello. Para él, enterarse de su enamoramiento por su hermano fue la mayor de las catástrofes. En cambio el moreno parecía tomárselo como un paseo por el parque.

—Bill -era tan extraño dirigirse a su hermano mientras estaba convertido en Mina- lo que ha estado pasando entre nosotros es un error. Estás confundiendo las cosas

—¿Confundiendo las cosas? –repitió, con una nota de amargura-. Cuando tú me confesaste que estabas enamorado de mi yo te creí. ¿Y ahora vienes y me dices que yo estoy confundiendo las cosas?

Tragó duro, le dolía lo que estaba a punto de decir pero era lo mejor para ambos.

—Es normal que estés confundido, los dos hemos pasado demasiado tiempo juntos las últimas semanas y no has tenido tiempo para…

—Tomi, no te atrevas a insinuar que esto es sólo calentura.

—¡Aunque no lo fuera! Eso no cambia el hecho de que entre nosotros no puede pasar nada, ¿qué no lo entiendes?

—Al contrario, Tomi, entiendo muy bien. Comprendo que estés asustado. Pero nada ha cambiado entre nosotros, nos hemos amado y cuidado mutuamente todos estos años.

—¡Por supuesto que todo ha cambiado! No se supone que nosotros…

—¿Nos gustemos? ¿Nos deseemos? -El estremecimiento de Tom esta vez fue de pánico- No es justo. ¿Por qué lo correcto es que yo tenga que compartirte con un extraño, o extraña, que jamás te amará siquiera la mitad de lo que yo lo hago? ¿Por qué, si tú eres perfecto para mí, yo debo soportar a un idiota que sólo quiere averiguar si en verdad soy tan guarro como escuchó a alguien decir en los camarines? ¿Por qué estamos obligados a conformarnos con gente que no nos satisface, ni complementa, sólo por qué alguien determinó que ciertos tipos de amor están bien y otros no? Tomi, lo hermoso del amor y del sexo, es que es un asunto de dos. A los únicos que debe importarles es a ti y a mí

—La vida no es justa, Bill. Ya es hora que te vayas haciendo la idea.

—Sólo porque así lo que quieres, Tomi. Te es más cómodo dejar que tus miedos controlen tu vida a luchar por lo que realmente deseas.

—No me gusta, pero no puede ser de otra manera ¡Entiéndelo de una vez!

            Bill no solía darse por vencido tan fácilmente, debió tener eso en cuenta cuando su hermano dio media vuelta y subió las escaleras dejándolo con la última palabra. 

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Pese a la fuerte resaca Tom partió al trabajo más temprano de lo acostumbrado ese día.

Por la tarde se empecinó en hacer horas extras, con la excusa de que durante su ausencia se había atrasado con el DKW. Ni las burlas de sus compañeros, recordándole que el viejo coupé había pasado casi medio siglo olvidado en un granero y que un par de días más de abandono no empeorarían su calamitoso estado, lograron disuadirlo.

Incluso estuvo tentado de caerle de sorpresa a Geo y pedirle alojamiento, al menos por una noche. Si al final no lo concretó fue únicamente porque conocía a su amigo y sabía que se exponía a enfrentar demasiadas preguntas, preguntas para las que no tenía respuesta. No hace mucho sentido que alguien que tiene a su novia de visita (novia que no ha visto en largo tiempo) y con la casa a su disposición para ellos dos solos –o casi– pase la noche fuera sin un motivo de peso.

Eran cerca de las diez cuando Ernst se pudo pesado y lo envió a casa, advirtiéndole que no quería otro accidente como el del lunes pasado.

De todos los escenarios posibles que pasaron por su cabeza, mientras conducía de regreso, ninguno incluía a Mina probándose lencería ante el espejo de pie de Simone.

A ojos de Tom eso no era más que una descarada provocación. Desde el incidente del “candado chino” Mina se vestía a puertas cerradas y con el cartelito siempre visible, sin embargo la puerta de la habitación esa noche estaba abierta de par en par. Empero, luego del susto del día anterior, él ya no estaba dispuesto a participar en ese juego.

Para asegurarse de no ceder ante la tentación, cortaría por lo sano, evitando todo tipo de contacto físico tanto con Bill como con Mina.

Se fue directo a su habitación, intentando no hacer ruido para no delatar su presencia, pero no tuvo tanta suerte.

—¡Tom, necesito tu ayuda!

Esa llamada le dio una idea somera de cómo estaban las cosas entre ellos. En sus casi 18 años su hermano sólo empleaba el “Tom” a secas cuando estaba enojado con él.

Se asomó al umbral, maldiciendo mentalmente. Ella, aun en ropa interior, sostenía dos vestidos. Dos vestidos que nunca le había visto y que distaban bastante del estilo naif que solía usar.

—¿El rojo o el negro? 

—Ninguno. Esta noche no iremos a ningún lado

—Lo sé.

—¿Entonces?

Nosotros no saldremos.

—¿Mina, adónde vas? – escupió, cansándose de ese jueguito.

La chica dejó los vestidos sobre la cama y volteó a verlo con una mirada desafiante. Tan posesionado estaba Bill de su personaje, que no tuvo problemas para cruzar sus brazos sin que el busto falso le estorbara.

—Tengo una cita.

—¿“Una cita”? – bufó con desdén, pero con un aguijonazo de preocupación.

—No sabía que en este cuarto había eco.

—Bill no te hagas el idiota ¿Con quién vas a salir?

—Bill no saldrá con nadie.

—Déjate de mierdas, sabes a que me refiero.

—Lo siento Tom, es un secreto.

Tom sintió un escalofrío en su espalda. De pronto todo se volvió rojo y en su cabeza solo pudo ver una imagen con claridad: Natalie, coqueteando con Mina y ésta respondiendo con encanto a sus atenciones.

Natalie, que había acosado insistentemente a su novia y conseguido quebrar a su Bill. Pasados los efectos de la borrachera pudo razonar con más claridad, se preguntó qué tan lejos habían llegado ambas chicas la pasada noche antes que él las descubriera.

—No.

—¿No, qué?

—No puedes salir, te lo prohíbo.

—Tom, desde que cumplí cinco años nadie puede prohibirme nada. Me invitaron a salir y es lo que haré. Si te molesta es tu problema, no el mío.

La imagen en la cabeza de Tom se volvió borrosa, solo podía ver una figura ¿O eran dos que se habían unido al punto de confundirse?

—He dicho que no vas a salir. Eres mi novia y…

—Y lo seguiré siendo cuando regrese, sólo saldré a divertirme un poco. Hay algo más en la vida que motores y gasolina.

—Bill, cuando esta farsa termine puedes acostarte con quien quieras, son sólo unas cuantas semanas antes que regrese mamá ¿Crees poder contenerte? Una novia puta no me sirve de nada.

Mina sonrió un instante, para luego en un rápido movimiento cogerlo del antebrazo y torcérselo a la espalda, aplastándolo contra la puerta con el peso de su cuerpo.

—No te confundas, Tom. Ser una “chica buena” no significa que esté obligada a soportar maltratos. Si me vuelves a llamar «puta» una sola vez, olvidaré que soy una princesa y te patearé las bolas tan fuerte que no querrás volver a sentarte hasta navidad.

Ante semejante amenaza no quedó nada más por agregar.

Tuvo que soportar verla partir sola, vestida como buscando asunto y, por si eso no bastara, la oyó gritar desde la escalera que no la esperara despierta porque no regresaría a dormir.

&

Para cuando Tom despertó a la mañana siguiente la cama del moreno aún estaba intacta.

Un regusto a hiel se instaló en su pecho.

Había pasado pésima noche, era difícil conciliar el sueño si cada vez que cerraba los ojos su cerebro lo bombardeaba con variopintas imágenes, ora de su novia, ora de su hermano, follando salvajemente con Natalie (a quien en teoría no le iban los hombres). Pero, aparentemente, Bill estaba por sobre cualquier consideración de género. Era capaz de seducir a hombres y mujeres por igual, con poco más que un guiño y una sonrisa de malas intenciones.

Pero lo que realmente le dolía, más aún que aquella fuera la primera ocasión en que Bill pasaba la noche completa con uno de sus ligues, era que no hacía ni dos días que su hermano había asegurado con vehemencia que correspondía sus sentimientos ¿A qué demonios jugaba?

Mina apareció a la hora del desayuno, tarareando alegremente una melodía que él no conocía.

Aparentemente el juego del día era pasar de él, porque no lo saludó al llegar, pese a que le robó la rebanada de pizza de las manos y la devoró en tres bocados antes de asaltar el refrigerador. Tom no dijo palabra, aunque se moría por tapizarla a reproches. En cambio se dedicó a observarla y sacar conclusiones.

El vestido arrugado, la ausencia de maquillaje, pero fundamentalmente el pelo húmedo aún, le dijeron todo lo que necesitaba (aunque no deseaba) saber. Por si quedaba alguna remota duda, el descomunal apetito de la chica acabó de confirmar sus sospechas.

Pudo haberle recriminado su comportamiento, por las repercusiones negativas que ello acarrearía en su farsa, pero en ese momento su reputación no podía importarle menos. Ni siquiera le preocupaba cómo la chica se las había arreglado para que su “pequeño secreto” no saliera a la luz.

&

De la noche a la mañana la idílica convivencia con su hermano se convirtió en un infierno. No volvieron a hablarse desde que tuvieron aquella discusión. Procuraban evitarse y cuando, por casualidad, coincidían en la misma habitación el recién llegado se las componía para salir lo más pronto posible. Ni siquiera se veían a la hora de dormir porque Bill, cuando no se quedaba donde la pelirroja, pernoctaba en el dormitorio de su madre.

Ni hablar de Mina, esa hermosa sonrisa espontánea que tanto le gustaba fue reemplazada por una mueca mecánica, que conseguía engañar al resto pero que a él le revolvía el estómago. No tuvo que esforzarse en su propósito de obviar el menor roce con ella, la misma chica le evitaba la molestia. Fue así como descubrió que en realidad ella nunca tuvo problemas para vestirse sin ayuda, todo ese tiempo había recurrido a él sólo como un capricho de niña mimada.

Se sintió estúpido por echar de menos esas pequeñas tonterías que daba por sentadas y que en su tiempo no supo valorar. Las cosquillas que le hacía antes de calzarla, el besito en su nuca luego de ajustar el broche de la cremallera. Hasta se rehusó a lavar su chaqueta para que no perdiera el aroma de la chica, que había acabado mezclándose con el propio en la prenda.

Había pasado casi una semana desde la pelea, ignoraba cuánto tiempo más sería capaz de aguantar esa situación, dudaba que mucho.

La gota que derramó el vaso sucedió el martes siguiente. Se habían acabado las cervezas y le tocó en suertes ir a la licorería. Cuando regresó estaban todos reunidos en la terraza, sentados en círculo. Mina le comía la boca a Andreas mientras los demás vitoreaban.

La sangre se le subió a la cabeza, dejó los packs de Coronas en el suelo, cogió a la chica de un brazo bruscamente y se marchó con ella sin atender razones.

&

—¿Dónde quedó aquello de “esta chica no es ese tipo de chica”? ¿O eso sólo contaba para mí? –espetó mordazmente no bien subieron al auto, sin poder aguantarse.

—Pensé que ya no me hablabas.

—Pues no parece haberte afectado mucho. Te costó bastante poco encontrar con quien reemplazarme, aunque todo este tiempo pensé que quien te interesaba era Natalie.

—¡Jugábamos a la botella, por un demonio! Y Naty es sólo una amiga, una buena amiga.

—¿Del tipo de amiga con la que follas?

Ella volteó a verlo con los ojos chispeando de rabia, pero Tom iba con la vista al frente, por lo que no se dio cuenta que ella apretó la mandíbula al responder secamente.

—Sí, del tipo de amiga con la que follas.

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            Deseó no haber preguntado, ser capaz de regresar el tiempo atrás, que le diera amnesia. Hacer algo, lo que fuera, con tal de recomponer los pedazos de su alma que se rompieron en el auto, cuando escuchó la confirmación de labios de la propia Mina.

            Ya en casa se dirigieron a sus respectivas habitaciones en silencio. La suya se le antojaba demasiado grande y silenciosa sin su Bill.

Supuso que ya no regresaría, cada día notaba que faltaban más cosas y era sólo cuestión de tiempo para que se mudara a la habitación de alojados. Cuarto que en rigor era del moreno, pero que se negó a usar porque “quedaba demasiado lejos” de él.

Por eso, cuando lo vio en la puerta -ya sin el disfraz – pensó que iba por un pijama y pasó de él, para darle espacio.

—No es verdad. – dijo, como no obtuvo respuesta se sentó en el borde de su cama y lo picó en el hombro con un dedo. – Tomi, sé que no estás dormido, nunca duermes mirando hacia la pared.

            El chico de rastas se sentó en la cama, maldiciendo a su hermano por conocerlo tan bien.

—¿Él qué no es verdad? ¿Qué te gusto? – se preguntó cómo era posible que aquél asunto doliera un poco más cada vez.

—¿Sigues sin creerme?

—Te liaste con Natalie al día siguiente, Bill. ¡Y me lo restregaste en la cara!

—De acuerdo, eso fue estúpido. Estaba tan enojado que…

—Que no se te ocurrió nada mejor que correr a sus brazos.

—Las cosas no son como piensas. Sí, salí con Naty, pero no pasó nada. Al menos no conmigo. – aquello último lo dijo muy bajito, pero de todas maneras Tom alcanzó a oírlo.

—¿A qué te refieres con “no conmigo”?

—No fue una cita en el sentido que tienes en mente – Bill tomó un respiro y se restregó los ojos que comenzaban a ponerse acuosos. –, Nat y Hildy intentaron subirme el ánimo y planearon una “noche de chicas”…

—Espera. ¿Cómo es que ese par se conoce?

—Otro día te explico, ¿sí? Sólo escúchame, por favor. – A esas alturas del relato creyó que ya nada le sorprendería, asintió y lo alentó a proseguir. – Se me ocurrió la estúpida idea de vestirme como si fuera de ligue, para que te pusieras celoso. ¡Hasta aprendí a usar ese jodido ligero, porque planeaba hacer la broma de “Tomi, estas son las medias”! Pero para variar las cosas no salieron como planeaba, no sé cómo fue que todo se acabó complicando tanto.

            Las lágrimas ahora fluían libremente por las mejillas de su hermano, Tom no podía soportar verlo llorar sin acunarlo en sus brazos y precisamente eso fue lo que hizo. Bill no paraba de hablar, entre hipidos.

—Tomi, yo no quería contarte, sabía que reaccionarías de esa manera… pero ellas insistieron tanto. Dijeron que no tenía sentido seguir ocultándolo si tú ya te habías atrevido a asumir tus sentimientos.

—¡¿Les contaste sobre nosotros?! – preguntó, con verdadero terror a lo que ello podría significar.

—¿Cómo crees? Hildy tenía sus sospechas desde hace tiempo, Naty se dio cuenta apenas me conoció, hablamos mucho esa noche en la terraza.

——Lo recuerdo.

—Pero no de lo que piensas. Estaba gratamente sorprendida de que un “cro-magnon machista y descerebrado” como tú, tuviera sentimientos. Dijo que se notaba a leguas que estabas loco por mí y que yo te correspondía completamente.

El llanto había cesado y Bill lucía más calmado. Tom se acomodó de forma que su hermano quedara recostado sobre su pecho.

—Y aun así no pierde ocasión de flirtear contigo.

—Le divierte provocarte, porque tú siempre caes. Si pasaras de ella te dejaría en paz. –el moreno guardó silencio por un momento, que a Tom se le antojo eterno. Luego de un profundo suspiro, agregó con evidente pena.– Tomi, hagamos borrón y cuenta nueva.

—¿A qué te refieres? – preguntó, aun sabiendo hacia donde se dirigía la conversación. Bill alzó su rostro para verlo a los ojos, lucía mortalmente serio

—Finjamos que nada de esto ha sucedido.

—¿Eso es lo que quieres?        

—Te amo, Tomi. Pero si esto va a acabar separándonos prefiero que todo vuelva a ser como antes.

—¿Y no se mencionará nunca más el tema? -Su hermano asintió con la cabeza, haciendo que su cabello ondeara.- ¿Y aceptarás a mi nueva novia?

—¿Novia? ¿Cuál novia?

—Mina debe irse, y yo estoy cansado de dármelas de mujeriego, necesito una novia oficial.

—¿Oficial? ¿Quieres decir, como Erika?

—No, Bill. No una barba, una novia de verdad, con todo lo que ello implica.

            El semblante del moreno se ensombreció violentamente y desvió la mirada, sin embargo asintió.

Tom lo abrazó de nuevo y expulsó el aire que estaba conteniendo. Pensando que tal vez se le había pasado un poquito la mano con su infantil venganza.

—Esta semana ha sido una pesadilla, creo que pasará mucho tiempo antes de que se me quiten las ganas de golpear a Andreas.

—Ya no pienses en eso, quedamos en dar vuelta la página.

—Lo sé. Pero antes necesito que me escuches. Quiero sepas que no soporto que alguien más te toque. Me vuelve loco pensar que un día te vas a enamorar de otro y ese sujeto te apartará de mi lado para siempre. Sé que este amor es enfermizo, porque eres mi hermanito y debería estar cuidando de ti, en lugar de pensar todo el día en lo mucho que deseo besarte, y… – dejó la frase en el aire, con un jadeo, incapaz de terminarla.

—¿Follarme? –el chico de rastas se estremeció al oírlo pero aun así sonrió.

—Sí, follarte. Pero ese día dijiste algo que no me he podido sacar de la cabeza,  que tanto el amor como el sexo son asunto de dos.

—¿Porque me dices esto ahora? ¿Qué sentido tiene?

            Tom por fin había puesto sus ideas en orden, el problema ahora era que no conseguía encontrar las palabras apropiadas para exteriorizarlas.

—Bill, te amo. De todas las formas posibles, incluso aquellas que me aterran. Y créeme, sé de temores, una vez me acusaste de dejarme controlar por ellos ¿recuerdas? Lo que no sabes es que el mayor de todos es perderte.

—Siempre estaré contigo, Tomi. Siempre seré tu hermanito.

—No es eso lo que yo quiero.

—¿Qué?

—Mierda, Bill. Quiero que estemos juntos como hermanos… y más que eso.

            El otro chico se incorporó, inopinadamente.

—Tomi. ¿Qué quieres decir?

—Lo sabes muy bien, siempre sabes lo que estoy pensando aun antes que yo me dé cuenta.

—Pero no entiendo. ¿Por qué entonces aceptaste dar vuelta la página? ¿Y que fue eso de la novia oficial?

—¿Acaso eres el único que puede sacar celos?

—Estúpido… idiota… pedazo de imbécil…

            Tom nunca se tomaba muy en serio los insultos de su hermanito. Menos ahora, que eran dichos con una gran sonrisa en el rostro e intercalados con sendos besos.

Continúa…

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por Haruxita

Escritora del Fandom

Un comentario en «Princesa 10»
  1. Jajajaja… Primero que nada y como lo dije antes, si fue la culpa de Tom, segundo, alguien más aparte de mi ama a este Bill?, es tan, tan no sé cómo describirlo pero me encanta su personalidad, como dicen por ahi no porque sea gay va a comportarse como una mujer y él es la prueba de ello, sus actitudes lo dicen todo. Y por último, casi me desmayo cuando Tom dijo q tendría una novia de verdad TnT, y ya todo se arregló y están juntos, morí de ternura.

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