«Por ti me convertí en Princesa» Fic Twc de Haruxita

Capítulo 11: Petting (grado 1)

Las noches de verano son calurosas, doblemente cuando se duerme con un cuerpo cálido junto al propio, pero ellos lo solucionaron de manera sencilla: arrojando la cubierta al piso y quedando tapados escasamente con la sábana.

Cuando Tom despertó a la mañana siguiente Bill aun dormía, abrazado firmemente a su pecho, como temiendo ser apartado de su lado. Intentó infructuosamente despegarlo; no sólo ambos estaban empapados en sudor, él tenía que trabajar, pero su hermano era igual que un gatito: mientras más trataba de desembarazarse de él, éste se agarraba con mayor determinación.

Finalmente, producto de tanto forcejeo, el moreno abrió sus ojitos somnolientos, dedicándole la más radiante de las sonrisas. Le echó los brazos al cuello y le dio los buenos días con un beso tan entusiasta, que la media erección con que había amanecido el chico de rastas acabó por desplegarse completamente.

Tom aun no conseguía quitarse de encima a su molesta consciencia, que chillaba con furia la palabra «incesto», blandiéndola como un látigo en cada beso, martirizándolo. Sin embargo, casi había perdido a su Bill por obedecerla y no estaba dispuesto a permitir que aquello sucediera. Cerró los ojos, se cubrió los oídos (metafóricamente) y tomó a su gemelo de su pequeña cintura, apegándolo más contra su cuerpo.

De forma casi inmediata, flashes de la noche anterior acudieron a su mente, conjurados por las atenciones que Bill no dejaba de prodigarle. Inopinadamente algo en ellos lo obligó a apartar al chico.

—Bill ¿Anoche tú y yo…? -dejó la pregunta en el aire, esa palabra aun lo complicaba un poco cuando se trataba de su gemelo.

—¿Follamos? -Tom vio con terror como su hermano asentía con una sonrisa de picardía, bajando suavemente una mano por su pecho. Tom quiso morirse cuando el chico agregó, en un sexy ronroneo…- Y estuvo delicioso.

Se hizo a un lado, cubriéndose el rostro con ambas manos, era peor de lo que pensaba.

No volvía a beber nunca más.

—¡Hey! Es sólo una broma, te aseguro que si te hubiera tomado te darías cuenta. Tomi… ¿de verdad no recuerdas… nada? –el tono de diversión en la voz del moreno fue rápidamente reemplazado por uno preocupado.

—Veamos… -bajó las manos y enfrentó a Bill, no quería más malos entendidos entre ellos-. Recuerdo que hicimos las paces, recuerdo que dije que te amaba y confesar que me vuelve loco que otro te toque. Recuerdo pedirte que fuéramos algo más que hermanos y que nos besamos un buen rato. Más allá de eso no recuerdo nada.

El moreno reaccionó con una risita un tanto nerviosa.

—Tranquilo, Tomi. Tu sacrosanto culito sigue tan virgen como siempre. Mierda, por un segundo temí que…

Tom no lo dejó continuar, lo tomó por sorpresa atrapándolo entre su cuerpo y el colchón. Una vez lo tuvo con sus muñecas bien asidas a ambos lados de su cabeza, respirando agitadamente, lo besó con ansias, con intención de quitarle cualquier idea peregrina que hubiera pasado por su cabecita de pájaro.

—¿Temiste qué me hubiera arrepentido? –dijo, algo jadeante, apartándose escasos centímetros de esos labios que tanto lo tentaban-. ¿Y dejarte a merced de esos coyotes cachondos que se babean por ti?

Bill parecía que iba a estallar de alegría, o largarse a llorar en cualquier momento (Más bien ambas).

—Por la cara de aterrado que pusiste yo creí…

—¡Porque no podía recordar nada de eso! Joder, Bill. Quiero que la primera vez que hagamos el amor sea perfecta. Y estar lo suficientemente sobrio para poder recordarla todos los días de mi vida, de preferencia.

El moreno se acabó de derretir de ternura ante las palabras de su… ¿pareja?

—¿Lo dices en serio? ¿Ya no piensas que es algo “asqueroso”?

—Nunca pensé realmente que fuera “asqueroso”, nada que te involucre a ti podría parecérmelo. -Una imagen mental muy concreta de su hermano y Nat apareció de pronto, sin embargo Bill no tenía por qué saberlo-. La idea de nosotros dos teniendo sexo me excitaba mucho, era por eso que me sentía un pervertido.

Bill alzó su rostro lo suficiente hasta alcanzar sus labios, ondulando sus caderas de paso, para que ambas erecciones se frotaran. Ante el contacto el de rastas saltó lejos, por acto reflejo. A su favor se podía argumentar que se veía bastante mortificado por ello.

—Pero… ¡Tomi!

—Lo siento, debo trabajar en ello, ¿ok? Tenme un poquito de paciencia, hay reacciones que aún no consigo controlar.

El moreno suspiró y gateó hacía la pared en que Tom se había parapetado, las cosquillitas en el bajo vientre de este regresaron, en especial cuando Bill le besó una rodilla con ternura.

—Trabajemos en ello, juntos.

&

—¿Yogurt?

—Noup.

—¿Algo de fruta?

—Humm… queda un brócoli y medio limón añejo.

—Entonces no hay más remedio que compartir la última porción de pasta. ¡Yay!

Tom cerró la puerta de la nevera, y se apoyó contra ella. Bill balanceaba flojamente sus piernas, sentado en la mesa. Se miraron en silencio, por un momento, antes de que una pequeña sonrisa apareciera y acabara convertida en una estruendosa risa compartida.

Ambos estaban algo mojados y pegajosos, aunque él -al estar vestido- se había llevado la peor parte, tocaba ducharse de nuevo y cambiarse de ropa.

La última semana fue tan de mierda, que ambos olvidaron hacer la compra. No que solieran cocinar mucho, pero se habían quedado hasta sin azúcar. Situación que sólo empeoró con la pequeña batalla de jugo de esa mañana, iniciada por el moreno. Aunque del magreo con que concluyó, Tom no se arrepentía en lo absoluto.

—De acuerdo, esto es lo que haremos. Saldré un poco antes del trabajo y te recogeré para que vayamos al super, por mientras desayunaremos fuera. La pasta de Geo la dejas para tu almuerzo.

—Supongo que tú invitas el desayuno, por supuesto.

—Por supuesto, es lo que hacen los… -Tom se congeló; la palabra «novios» quedó atorada en su garganta. Bill se bajó de la mesa de un salto y en dos pasos estuvo junto a él.

—Es lo que hace la gente por las personas que ama. En sexto grado me dejabas tu almuerzo cada vez que Albrecht tiraba el mío a la basura, lo que sucedía casi a diario -Lo besó con mucha ternura y acariciando sus maltrechas rastas, agregó-. Le pondremos nombre a esto cuando tú estés listo, y sólo si lo deseas.

—Me haces sentir como la chica de la relación.

—Lo que es un poco irónico, considerando que yo soy la chica de la relación.

Rió por un segundo hasta que recordó que la noche anterior no habían llegado a nada concreto sobre ese asunto.

—Y hablando de eso… ¿qué sucederá con Mina?

—Mina es tu novia, Tomi. Eso debes discutirlo con ella. -Le dio un besito en la mejilla y luego lo remolcó escaleras arriba.

Estaban apurados, más concretamente él estaba apurado. No le agradaba retrasarse en el trabajo, y si querían desayunar en la cafetería de siempre tenían el tiempo justo para una ducha rápida y vestirse. Por ello, y contra todos sus deseos, debió rehusar el ofrecimiento de bañarse juntos que hizo Bill. De sólo pensar en ambos desnudos bajo el agua y en cómo (inevitablemente) acabaría aquello, su erección matutina revivió.

Se metió al agua (fría, por supuesto) y apuntó mentalmente al principio de su lista de pendientes: “ducha compartida”.

&

Quizá no había sido tan buena idea comer fuera después de todo, no ese día al menos, en que no podía mirar a Bill a la cara sin que le acometieran unas inaguantables ganas de cubrirlo de jarabe y desayunarlo a él, en lugar de sus wafles. Aunque no podía echarle la culpa enteramente a sus hormonas, su gemelo no hacía nada por evitar los roces «casuales» por sobre la mesa.

Una vez, siendo aún pequeños, Bill tocó el cable de una licuadora en mal estado y sufrió un pequeño shock eléctrico. Él, al intentar ayudarlo, padeció la misma descarga al momento de asir su brazo. Por fortuna, su padre cortó la energía justo a tiempo. Ninguno de los dos quedó con secuelas, salvo un temor temporal a los artefactos eléctricos. Tom nunca olvidó esa sensación, dolorosa pero extrañamente placentera.

Aquello fueron sólo cosquillas comparado con lo que sintió esa mañana cada vez que su gemelo lo tocaba «accidentalmente».

Esperaba que su cuerpo se acostumbrara pronto y regresara a la «normalidad», de lo contrario acabaría con el labio inferior despedazado de tanto morderlo para evitar que se le arrancaran los jadeos.

Bill era un provocador innato. Como el mismo chico había explicado un par de semanas atrás, la mayor parte del tiempo su coquetería no estaba destinada a nadie en especial. La certeza de que, en ese momento en concreto, el moreno se lamía los dedos de una manera que rayaba en lo pornográfico sólo para incomodarlo a él lo llenó de una culposa satisfacción.

Para cuando se despidieron en la puerta de la cafetería, Tom tenía un considerable problema guardado en sus pantalones. Rogaba porque el DKW lo distrajera lo suficiente para que este desapareciera por sí solo, de lo contrario tendría que encargarse de aquello en el primer momento libre que tuviera esa mañana.

&

Luego de la probadita de la mañana estuvo a punto de cancelar e ir de compras solo, pero no podía evitar eternamente salir con su hermano en público, aunque tuviera que lidiar con los coqueteos de Bill y tratar de no mirarlo mucho, porque si no se le hacía aún más difícil aguantar las ganas de besarlo. Cuanto antes se acostumbrara a ello mejor, para ambos.

El mensaje ponía “te estoy esperando, avisa cuando vengas por mí”, lo que no especificaba era quién lo esperaba. Al llegar a casa se llevó una gran sorpresa al encontrarse con su novia.

Se quedó tan embobado mirándola que olvidó quitar el seguro, sólo reaccionó al ver que ella se inclinaba y golpeaba la ventanilla con los nudillos.

Sin duda Bill se superaba a sí mismo cada día con Mina. Tom calculó que el moreno debió emplear gran parte de la tarde en lograr ese peinado, hasta llevaba un lazo del mismo color del vestido –algo a medio camino entre azul y verde, que jamás en su vida había visto –y de las uñas postizas. Los zapatos eran rosas, al igual que las pequeñas flores bordadas en la gasa.

—¿No es un poquito elegante para ir por leche y papel higiénico? – preguntó, luego que la chica subiera al auto y lo saludara con el piquito de rigor (no se podían arriesgar a más o no llegarían al super ese día).

—La elegancia se tiene o se carece, no es algo que te quites a voluntad, Tomi.

El de rastas estuvo a punto de hacer el comentario sobre sus peculiares modales en la mesa, pero se arrepintió en último momento, no fuera que esa noche terminara durmiendo solo.

&

—Nena, no me malentiendas… – preguntó, cuando llevaban recorridos un par de pasillos en el supermercado-. Me encanta que estés aquí, pero… ¿por qué viniste tú en lugar de Bill?

La chica no pareció ofendida con la pregunta. Dejó el pack de yogurt que cargaba en sus manos en el carro y cogiéndolo suavemente de la camiseta, respondió.

—Porque Bill no puede hacer esto en pleno pasillo de lácteos.

Se habían besado en público muchas veces. Se habían besado apasionadamente en público unas cuantas, pero era la primera vez que lo hacían desde que eran… bueno, ERAN. Y la mención a su hermano, de pasada, dejando más que sentado que quien entraba en su boca de esa forma tan dominante y hacía circulitos con el pulgar en su nuca realmente era Bill, lo encendió sobremanera.

Aún era un poco confuso aquello de estar enamorado de su hermano y de Mina a la vez, porque aunque de forma racional sabía que ambos eran una misma persona, cuando estaba con Mina la chica se le hacía demasiado real.

Finalmente se apartaron cuando un par de señoras mayores pasaron junto a ellos farfullando bajito (o al menos eso debieron pensar ellas) en contra de la juventud liberal de hoy en día. Lo que provocó que a la chica le diera un pequeño ataque de risa y le susurrara al oído. «Y eso que ni siquiera te estaba metiendo mano».

—¡Mina!

—¡No lo haré! -y añadió, junto a un rápido beso sobre su piercing-. Aunque ganas no me faltan.

&

El carro estaba casi lleno, la mayor parte comida congelada, snacks y productos que Simone consideraba «poco saludables». Iban llegando a la caja cuando se percataron que habían olvidado el papel higiénico y tuvieron que regresar.

Tom no tardó ni cinco minutos en encontrar sus productos de aseo personal, usaba la misma marca por años y no era dado a probar nuevos formatos o aromas. La que tuvo problemas fue Mina.

—¿Qué sucede, nena? -inquirió, ante los gestos de limón agrio que afeaban el lindo rostro de su novia.

—Tomi. No tengo la menor idea que debo comprar.

—Eso te pasa por ser un bebe de mamá – chinchó el chico, a media voz.

—No, Tomi. No entiendes. Mina no sabe que comprar.

Tom quiso darse de cabezazos contra la pared, afortunadamente no había ninguna cerca. A veces la obsesión de su hermano por los detalles rayaba en lo ridículo y lo sacaba de quicio.

Se pasó una mano por la cara y respiró profundamente, en un desesperado afán por calmarse.

—¿Por qué no llevas un jabón de rosas? A todas las chicas les gustan las rosas.

No me refiero a eso, Tomi -la chica dejó caer sus hombros en un gesto de derrota y le indicó la góndola a sus espaldas con un pequeño movimiento de su mano. El rostro del chico palideció de forma bastante notoria al ver el tipo de productos que complicaban a la chica-. Se supone que se compran cada mes, llamaría mucho la atención si no las incluimos en la lista.

—¿Por qué?

—¡Tomi!

El de rastas abrió desmesuradamente los ojos al comprender lo que la chica intentaba darle a entender con ese largo rodeo.

Su madre podía estar de crucero pero tenía muchas amigas, amigas bastante cotillas. Con la mala suerte que se gastaban ambos no sería extraño toparse con alguna de ellas en la caja y luego dar pie a habladurías.

—¿Ya le preguntaste a Hildy?

Tom no vio venir el sorpresivo piquito que recibió luego que la chica recuperara la sonrisa y el brillo en sus ojos.

—¡Eres un genio! ¿Cómo no pensé en eso antes? –agradeció, sacando el móvil de la cartera y marcando el número de su amiga.

—¿Será porque intentas resolverlo todo por tu propia cuenta?

—Shht. Está llamando.

Cuando las chicas comenzaron a discutir sobre los pros y contras de las distintas variedades de tampones y compresas, Tom, colorado hasta las orejas, huyó al pasillo contiguo.

Un buen rato más tarde su novia le tocó el hombro. Con su seguridad restaurada Mina volvía a ser la misma de siempre.

—¿Que fue al final? –inquirió. La morena le mostró sonriente dos paquetitos ridículamente pequeños.

—¿Para eso demoraste tanto?

—No fue una decisión sencilla de tomar. Hildy me tuvo que explicar qué significaba cada término, luego analizamos que tipo de producto usaría Mina y finalmente escogimos la marca más idónea.

Tom estuvo a punto de explotar nuevamente. Casi media hora pérdida en comprar un producto que su hermano estaba fisiológicamente imposibilitado de usar.

«El amor nos pone estúpidos» -resolvió, una vez que enfrentó esa carita emocionada que hizo que su mal humor se esfumara por arte de magia, incapaz de arruinar la alegría de la chica.

—Buen trabajo, nena.

—Gracias, Tomi ¿Qué llevas ahí? -preguntó, reparando en la cajita en las manos del de rastas.

No cabía duda que el amor lo hacía actuar de forma estúpida. Estaba tan habituado a comprar condones (por presumir) cada vez que iba a la farmacia o al supermercado, que hacía mucho que había dejado de ruborizarse o ponerse nervioso. Empero, bastó que su novia alzara una ceja y sonriera con picardía para que él comenzara a tartamudear.

—Esto… son… yo… ehm.

Ella ignoró su titubeo y le arrebató la cajita de las manos, inspeccionándola con interés.

—Que sean estriados -Ordenó, regresándole la cajita. Y para que el bochorno del chico fuera completo agregó, muy bajito, sólo para sus oídos-. “creo que te van a gustar más”.

Algo le decía a Tom que, por culpa de su torpeza, le acababa de dar en bandeja a Bill otra anécdota bochornosa que le sería recordada hasta el fin de los tiempos.

&

Su primer día como pareja aun no terminaba y ya había tenido que pajearse dos veces. Esa era la tercera.

Se metió al baño a trompicones y dio gracias que Bill ahora ocupara el de su madre. Ni siquiera alcanzó a quitarse completamente la ropa, cerró la cortina de la ducha tras de sí, se afirmó en la pared de cerámica con una mano y con la otra se folló con urgencia el culo de plástico de Dolph Lambert.

Estaba cachondo desde mucho antes de salir del super, su deseo por Mina había alcanzado tales proporciones que lo sofocaba.

Con cada estocada sus gemidos iban en aumento, claramente se podía oír sus «Nena… así, joder… que rico…».

No había durado mucho, pero Tom no le dio mucha importancia, consideraba una verdadera hazaña no haberse corrido al momento de meterla en el masturbador, así de sensible lo había dejado la chica.

—Eso fue rápido.

—¡Mierda!

De la sorpresa tropezó con sus pantalones (estaban en sus tobillos) perdiendo el equilibrio. Al no tener ningún otro punto de apoyo se agarró de la cortina, desenganchándola y cayendo duramente, quedando con medio cuerpo fuera de la bañera.

—Lo siento, Tomi, no quise asustarte -se excusó el moreno, yendo a ayudarle.

Había que concederle algo de mérito a Bill, al menos se notaba que hacía ingentes esfuerzos por no reír.

—¿Qué mierda haces aquí?

—¿No es obvio?

—Er… ¿no? – Realizó vanos intentos por cubrirse con la cortina, pero su chico tenía la ventaja de que sus manos no estaban entumecidas por haber estado agarrando el chisme de plástico con desesperación-. ¡Bill, déjalo!

—¿Quieres ponerte de pie con nuestro amiguito rebotando dentro de Dolph?

—Eso te encantaría.

—Sería digno de ver -repuso el moreno, con los carrillos hinchados de la risa contenida-. ¡Tomi! ¿Dónde está tu sentido del humor?

—Tú tienes el de ambos, por lo visto -farfulló molesto, cruzándose de brazos—. ¿Qué demonios estabas haciendo?

—Espiándote, como siempre.

Era tan típico de Bill soltar ese tipo de declaraciones, sin inmutarse siquiera, que no debería sorprenderle.

A regañadientes dejó que el chico le quitara el chisme, después de todo él aún tenía el cuerpo algo adormecido (y machucado) y Bill tenía razón: no le apetecía irse a su cuarto brincando con los pantalones abajo y su polla enfundada en Dolph.

—Tomi, esto se usa con condón ¿No leíste las instrucciones?

—Estaban en inglés -masculló, intentando soslayar el hecho de que una de las manos del moreno sostenía la base de su polla, mientras la otra jalaba suavemente-. Bill, no me gusta que me vean cuando me masturbo.

—¿Por qué no? Te ves tan sexy, con tu boca de rubí entreabierta, jadeando mi nombre. Aunque a veces me pongas los cuernos con Mina.

—No me digas que aún sientes celos de ella.

Con el miembro ya libre de toda opresión, se incorporó con ayuda de Bill y se subió los pantalones. Su chico llevó al masturbador hasta el lavabo y lo aseó concienzudamente.

—Un poco -suspiró, encogiéndose de hombros. Quizás aquello último se le había escapado sin querer-. Sé que es estúpido, pero no es como si pudiera controlarlo.

—Bebé, ya lo hablamos. Mina es la única mujer de la que yo me podía haber enamorado y sabes el porqué.

—¿”Bebé”? –cuestionó Bill, dejando el juguete sobre el vanitorio y cogiendo la toalla de manos.

Tom dio un paso hacia atrás de forma inconsciente, como si con ello pudiera desdecirse. El apelativo surgió de forma espontánea, sin meditarlo.

—¿N-no te gusta?

—¡Me encanta, es muy dulce! –la radiante sonrisa de su gemelo deshizo el nudo que comenzaba a apretar su corazón. Bill se acercó, poniendo ambas manos en sus hombros y le dio un beso esquimal. Tenía esa arruguita que se le formaba en el entrecejo cuando hablaba mortalmente en serio-. Eres tan tierno, Tomi, no entiendo por qué te empeñas en que los demás te vean como un descerebrado sin sentimientos.

Tom bufó con desánimo. Llevaba tanto tiempo pretendiendo, que a veces olvidaba quien era realmente.

—Es un mero asunto de supervivencia. El mundo de las carreras es rudo, lo comprobaste con tus propios ojos. Mira a tu adorada Natalie –agregó, con retintín –, no fue para nada sencillo que la aceptaran, a pesar de lo cabrona que es.

—¿Y qué sucederá cuando dejes de correr?

—Las carreras son mi vida, Bill. No me imagino haciendo otra cosa.

Su hermano hizo un pucherito. No ese pucherito, el de niño mimado (que usaba para conseguir todos sus caprichos), sino uno genuino y lo envolvió en abrazo muy apretado.

Ambos sabían que las posibilidades de cumplir su sueño de convertirse en piloto de F1 eran poco menos que nulas, a menos que mágicamente apareciera un patrocinador dispuesto a financiarlo.

&

—Bill…

—…

—B-bebé…

—¿Humm?

—Ne… cesito aire…

Lo que comenzó como un cotidiano besito de buenas noches fue tornándose cada vez más acalorado. No se habían mimado de forma apropiada desde la mañana y se notó mucho, en especial en Bill, que lo besaba como si la vida se le fuera en ello.

Su pareja se apartó un par de centímetros, con el pecho subiendo y bajando ostensiblemente, en la medida que recobraba el aliento. Tenía los labios encendidos por el intenso faje, y el cabello tan revuelto que parecía la pelambre de un gato salvaje. A ojos de Tom, no podía verse más hermoso.

—Lo siento –Se disculpó, con una linda sonrisa-. Me contuve por tanto tiempo que, ahora que puedo besarte, es difícil no hacerlo en todo momento.

El ego de Tom se infló bastante con aquella declaración. Quiso preguntar cuanto tiempo exactamente llevaba aguantándose las ganas de besarlo, pero Bill no le dio tiempo al regresar a por sus labios, reclamándolos con sus dientes.

—Tomi… te devoraría de un sólo bocado, ¿lo sabes? -sonrió de forma extraña, tal vez un poco triste, mientras jugueteaba cariñosamente con sus rastas- Por supuesto que no, nunca te das por aludido por muy evidente que yo sea. Si de mí dependiera te tomaría esta misma noche -la polla del de rastas dio un tirón, despertando nuevamente ante semejante confesión. Sin embargo se removió algo inquieto-, sé que en el fondo tú también lo deseas y no me costaría mucho persuadirte para que accedas.

El chico se inquietó, su gemelo no parecía en control de sí mismo esa noche. Las pupilas de este, completamente dilatadas por la excitación, apenas dejaban entrever una delgada línea de color. Sin contar con la barra de hierro que se presionaba contra su entrepierna y que le provocaba placenteros escalofríos.

—Bill…-jadeó, debatiéndose entre el deseo y la certeza de que aún no estaba preparado.

—Tranquilo, amor, no lo haré. Me odiaría a mí mismo por la mañana. Además, planeo degustarte poquito a poco. Voy a enseñarte todo lo que sé, y el resto lo iremos descubriendo juntos.

Bill le hablaba con una voz espesa que le era desconocida, por el ligero temblor en ella se podía colegir qué tan cachondo se encontraba el moreno. Tom acercó torpemente una mano a la hinchada entrepierna, pero la retiró apenas está reaccionó a su toque.

—Tomiii.

—Lo siento. No puedo.

—Mi macho marica.

—No te burles.

—¡No lo hago! Bueno… un poquito. Tienes un problema, Tomi. Pero no está entre tus piernas, sino aquí -explicó, tocándole la frente con el índice-. Fuiste entrenado para pensar como hetero. Por eso has estado en permanente conflicto con tu identidad todos estos años.

—¿Vas a empezar de nuevo con la cantinela de «sal del clóset»? -inquirió, enfadándose, como cada vez que su hermano tocaba el tema.

—No, amor. No volveré a hablar sobre ello.

—¿No?

—Nop.

—¿Y eso?

—Bueno… antes insistía tanto porque veía que eras infeliz y un poco amargado.

—¿Amargado, yo?

—Un poquito. Tomi, cuando yo salí del clóset fue bastante complicado, pero experimenté un alivio y una felicidad enormes. Solo buscaba lo mismo para ti.

—No me has respondido.

—Lo dicho… con peras y manzanas -se burló, dándole un juguetón besito en la nariz- Ahora eres mío, Tomi, más de lo que fuiste nunca. Como por razones obvias no podemos decírselo a nadie, si salieras del clóset no sólo tendría a las moscardonas de siempre rondando (ahora con mayor razón, buscando «curarte») sino que encima habría que sumar al montón de babosos que harían lo imposible por llevarse a mi chico al huerto.

—Eres un jodido hipócrita –bromeó. Como la mayor parte del tiempo, los insultos entre ellos estaban cargados de cariño más que de cualquier otra cosa.

—No, amor. Soy práctico y cuido mis intereses. Te ayudaré en el proceso de asumirte, pero respecto a lo otro… vigilaré muy bien la puerta de ese clóset para que no te me escapes.

&

Tuvo un pequeño shock al caer en cuenta de que en su relación con Bill efectivamente era su hermano el que ejercía el rol dominante. Su gemelo era quién iniciaba las caricias e incluso ejercía una ligera presión para llevar sus límites siempre un poco más lejos, mientras que él era el asediado y objeto del ingente deseo de su moreno.

Aun no sabía cómo reaccionar ante eso.

No tenía parámetros realistas a los que asirse. La única relación «verdadera» en que se vio involucrado fue, paradojalmente, su noviazgo con Mina.

Mina prodigaba dulzura y encanto, despertaba en él una ternura que hasta antes de conocerla ignoraba poseer. El cada vez más incontrolable deseo de tomarla iba a la par con la necesidad de protegerla y mimarla.

Sin embargo, con Bill la situación era completamente distinta.

Tom siempre había cuidado de su hermano, pero ahora (a solas en su intimidad de pareja) era él quien se sentía indefenso, inseguro y pequeño.

La pasión que Bill le había demostrado los últimos días lo abrumaba ¿Siempre estuvo ahí y él nunca se percató? ¿Siempre le coqueteó con descaro y él no se daba cuenta? ¿O apenas ahora, con los sentimientos de ambos desnudos sobre la mesa, era que su gemelo se atrevía a mostrarse tal cual era?

Deseaba con vehemencia arrojarse a ciegas y sin pensar a ese abismo, sin embargo las trancas que arrastraba requerían de cierto tiempo para ser removidas. Bill había prometido ser paciente y acompañarlo en ese largo camino, pero su gemelo era impetuoso por naturaleza. De niño más de una vez acabó con dolor de barriga por comerse las galletas recién sacadas del horno ¿Cómo podía creerle cuando aseguraba que aguardaría hasta que se sintiera preparado para hacer el amor?

Tanta atención lo abrumaba un poquito. Era su Bill y resultaba un tanto inconcebible que se inquietara con su cercanía, pero el chico era demandante en extremo.

“No más que cualquier novio”, concluyó. Empero, aun no se acostumbraba a ese Bill magnificado.

&

Tom regresaba de un fatigoso día en el taller, rogando por una larga ducha, algo de comida y descanso. Al verlo, su pareja -que antes de su llegada veía televisión, desparramado en el sofá.- corrió a su encuentro para darle la » bienvenida».

No bien el de rastas cerró la puerta, Bill le quitó la mochila y lo apresó contra esta con brazos, piernas y labios.

—¿Cómo…? Pero si hace un momento estabas…

—Tomi.

—¿Humm?

—Si hablas no puedes besar.

Ante argumento tan rotundo no tuvo como replicar.

Estaba agotado y las atenciones de Bill demandaban hasta el último ápice de energía disponible, pero no era como si se fuera a quejar por eso. Después de todo, los labios de su pareja, sus ronroneos, incluso esas manos exploradoras (que lo ponían nervioso y cachondo a parte iguales) lo tuvieron en las nubes gran parte del día. Al punto que hasta su jefe se dio cuenta de su distracción y lo llamó aparte, sin embargo a veces las desgracias eran bendiciones disfrazadas.

No se dio cuenta en que momento fue arrojado sobre el sillón de la sala, ni como acabó con Bill sentado a horcajadas encima de él.

Por un par de fogosos minutos se olvidó hasta de su nombre, concentrado únicamente en las deliciosas sensaciones que su pareja ocasionaba en él.

Sus pensamientos poco tenían de coherentes, eran más del tipo «joder, moriría por uno de estos besos».

Se dejó llevar a tal punto por el calor del momento que sus manos habían bajado más allá de la espalda desnuda de Bill y acariciaban su trasero con gula. Según supo con posterioridad, él mismo le había quitado la camiseta, si bien no lo recordaba.

Lastimosamente, su burbujita de placer se pinchó en el instante en que su pareja hizo el ademán de cabalgarlo. Aun con (la mayoría de) su ropa puesta, sus alarmas se dispararon y su efectivo sistema de emergencia apagó raudamente su erección.

Jadeante y medio avergonzado pidió un poquito más de paciencia. Bill era su Bill y jamás se negaría a ninguna de sus peticiones, pero tampoco iba a desperdiciar una oportunidad gratuita de torturarlo, de esa sensual manera que Bill manejaba tan bien.

—No te preocupes, Tomi. Podemos ir todo lo lento que desees. –repuso, con aquel tonito que empleaba a veces y que dejaba en el aire la sensación de haber sido sentenciado a muerte.

&

Bill jugó con él el resto del día, tentándolo de forma inclemente, rosando sus labios sobre su boca entreabierta y anhelante, sin concretar el beso.

Las caricias de Bill, recién abundantes y casi excesivas, se trocaron en delicados roces con la punta del dedo, que apenas tocaban su piel, dejándola ardiente y necesitada.

—Eres un calientapollas -se quejó, con la respiración agitada y un calentón de aquellos.

Aparentemente a Bill le pareció la mar de gracioso, porque no dejó de hacerlo hasta se durmió, bien tarde esa noche, abrazado a su espalda.

El moreno lo estaba volviendo loco, literalmente.

&

Llevaba rato observando como Bill devoraba su desayuno y le dedicaba miraditas esporádicas, que a todas luces insinuaban “tú eres el siguiente”. Él, que apenas había bebido un par de sorbitos de jugo, en ese momento jugaba con el borde de la tapita de su yogurt, sin decidirse a quitarla.

Por algún motivo ignoto llevaba casi dos días bastante complicado con lo que tenía que decir. Ciertas cosas resultaban más sencillas cuando su hermano era solamente su hermano.

—Bill… ¿Recuerdas el viaje a la playa que están organizando los chicos?

—¿El que parte mañana? ¿Al que no irás porque estás casado con tu trabajo, y tampoco Mina porque temes que Naty intente seducirla? ¿Ese viaje a la playa? Nop, no lo recuerdo.

Rodó los ojos. Estaba demasiado contento como para dejar que su sarcasmo lo tocara.

—¿Y si te dijera que voy… vamos, tú y yo?

—No estoy invitado, Tomi.

—Sabes a lo que me refiero ¿Te gustaría?

El brillo en esos ojitos almendrados que tanto amaba respondió antes que el propio Bill lo hiciera.

—¿Y pasear al atardecer, agarraditos de la mano, como en las películas cursis?

—Y cantar sentados alrededor de una fogata en la arena y todos los clichés que se te ocurran.

Bill lo miró con una enorme y pícara sonrisa que chorreaba malas intenciones por todas partes. Refrendado por esa lujuriosa mordidita en el labio, como si se aprontara a asestar un gran golpe (y disfrutarlo).

—Sólo tengo un pequeño, de verdad diminuto, problemita.

El énfasis que puso en el adjetivo (pucherito manipulador incluido) envió un escalofrío por toda su espina que fue a aterrizar directamente en sus bolas. Lo que estaba por salir de esa adorable boquita no le iba a agradar en lo absoluto, pero se debía estar transformando en masoquista, porque moría por oírlo.

—¿Qué “problemita”, bebé?

—Me temo que Mina no tiene ropa adecuada. Todo su guardarropa consiste en vestidos, un par de shorts y un pantalón.

Quiso respirar aliviado, aquello era una fruslería. Pero el mal presentimiento no se había batido en retirada, algo le indicaba que no se confiara, que el “peligro” aún seguía rondando.

—No es problema, he ganado una suma considerable esta temporada en los piques, podemos tomar una pequeña rebanada de mis ahorros sin que se resientan mis planes.

Bill ronroneó de gusto y dio un par de entusiastas palmaditas.

“Y ahora es cuando viene el golpe”.

Existía un detalle en extremo curioso en la relación de los gemelos. Mientras Bill podía jactarse de conocerlo al dedillo, al punto de adivinar lo que pasaba por su cabeza. Tom, merced a la personalidad espontánea del moreno, sabía que una de las mayores certezas que podía tener respecto a su hermano, luego del incondicional amor que le profesaba y la perfecta indiferencia para con casi todos los demás mortales, era el hecho de que Bill jamás dejaría de sorprenderlo.

Por ello, cuando su gemelo lo abrazó con efusividad no le cupo duda que luego vendría un susurro en su oído, con su voz más erótica, porque cuando Bill Kaulitz lanzaba una bomba se aseguraba de hacerlo de la forma más letal posible.

Y lo fue…

—Espera… ¡¿Qué?!

—Yo no sé mucho de eso, Tomi. Les pediré a las chicas que me ayuden a escoger – replicó con un angelical (sí, cómo no) parpadeo –, a menos que desees acompañarme, por supuesto.

El de rastas ni siquiera se dio cuenta que permanecía con la boca abierta. Su cerebro demasiado ocupado procesando una sola idea:

Su hermano/pareja/novia en bikini.

Continúa…

Petting: Magreo/faje. Designa las relaciones sexuales consistentes fundamentalmente en caricias íntimas, sin ningún tipo de penetración, ni vaginal ni anal. Se identifican tres grados.

Grado I: Tomarse las manos, darse besos, abrazarse.

(Los dos siguientes se verán en los próximos dos chaps)

por Haruxita

Escritora del Fandom

Un comentario en «Princesa 11»
  1. Tom siendo tímido y Bill todo atrevido, los amo. Como sea, me dejó picada este capitulo igual que todos los fics de Haruxita… ella debería saber que la extrañamos y muuuucho. Ojalá algún día se anime a terminar todas sus historias, son hermosísimas. Amo, amo, amo su forma de escribir.
    Gracias por los capítulos de hoy!

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