«Por ti me convertí en Princesa» Fic Twc de Haruxita
Capítulo 12: Petting (grado 2)
Tom iba atrasado al trabajo.
Más que atrasado de hecho, eran casi las nueve y aun no se bañaba siquiera. Ni hablar del desayuno, sus tripas llevaban rato reclamando por alimento, siendo olímpicamente ignoradas. Cosa comprensible, puesto que Tom tenía algo mejor que hacer con su boca. Algo MUCHO mejor.
Hacía tres días que dormía en el dormitorio de su madre, concretamente desde su regreso de la playa, Bill había insistido. Y por insistir nos referimos a un adorable puchero y una mano jalándolo de los bajos de su camiseta.
Tras la primera noche de compartir la cama matrimonial a Tom ya no le apeteció regresar a la suya, al menos en el tiempo que le restara de crucero a su madre.
Estrujaban cada momento de libertad en aquella casa, el hecho de que tuvieran los minutos contados para amarse sin restricciones, los volvía aún más osados y deseosos de experimentar.
Pero esa mañana la modorra pudo con él. Una semana de vacaciones en la que hizo de todo menos descansar y un par de noches bastante moviditas le estaban pasando la cuenta. Ese día sólo quería quedarse en cama, retozando con su amado.
Si, ya estaba decidido, se reportaría enfermo. Después de todo, como sus compañeros habían dicho, el viejo coupé que estaba reparando pasó una muy larga temporada de abandono, un día más no hacía gran diferencia en su calamitoso estado.
Un día al que, en cambio, él le podía sacar bastante provecho, aprendiendo los diferentes sonidos que su gemelo emitía al ser besado en el abdomen, por ejemplo.
—Humm… siiiieh… que rico –Un jadeo entrecortado le dio una pista de que lo que estaba haciendo con su lengua iba en el camino adecuado, de tener una visión más amplia hubiera visto los pies del moreno curvarse en respuesta a sus besos–. ¡Oh, joder! ¡Tomiiiii!
El chico se incorporó asustado, aun no dominaba bien la técnica y, más acostumbrado a tratar con válvulas y motores que con un cuerpo de carne y hueso, a veces ponía más fuerza de la necesaria en sus caricias.
—¿Estás bien? ¿Te lastimé?
Bill ni siquiera alzó el rostro para responder, desmadejado de placer sobre la cama.
—Humm… N-no, Tomi, todo lo contrario. Vuelve a ha-hacer eso…
—¿Con mi lengua?
—Eso también –ronroneó, en un tono espeso que Tom estaba aprendiendo a asociar a la intimidad–. Me refiero a eso… eso que hiciste con tus dedos… tras mi rodilla.
La verdad era que Tom no sabía muy bien que cosa había hecho con sus dedos para dejar a su hermano en tal estado. Sólo había seguido su consejo y se dejaba llevar por el calor del momento. De manera que retomó su posición inicial –sus labios sobre la estrella, su mano izquierda apoyada en el colchón, junto a la cadera del otro chico y la derecha posada en su pierna–, esperando que, por inercia, su cuerpo continuara con el movimiento que tanta satisfacción le trajo a su pareja.
Esta vez intentó no abstraerse completamente en la labor de dar placer al moreno (cosa no tan sencilla de conseguir) y prestar más atención a su entorno.
—¡Diossss, Tomiiiii!
“¡Eureka!”
Inadvertidamente, hasta ahora, sus dedos cordial y medio frotaban los ligamentos internos de la rodilla de su pareja y, por alguna extraña razón, ello lo excitaba sobremanera. Al punto que, con un par de movimientos más, lo tuvo contorsionando en la cama y clamando por liberación.
Sin soltar su rodilla, se incorporó como pudo –él también estaba muy excitado, su abandonada erección palpitaba dentro de sus bóxers, rogando por atención – hasta quedar de rodillas en la cama, entre las largas piernas que formaban una «M» extendida.
Bill se apoyó sobre sus antebrazos, irguiendo parcialmente la mitad superior de su cuerpo. Resultaba muy evidente el gran esfuerzo que le exigía ese movimiento, pero el moreno había prometido a su hermano guiarlo en sus «prácticas», en lo que el chico de rastas rubias adquiría la soltura y experiencia para desenvolverse sin ningún tipo de ayuda.
Con una temblorosa mano el moreno acunó su mejilla y la acarició lánguidamente. Que alguien tan mandón como Bill tuviera gestos de ternura, como aquél, podría parecerle inaudito a cualquiera que no lo conociera tan bien como Tom lo hacía.
Tom cerró los ojos y se entregó al contacto con la diestra de su amado, sin embargo se obligó prontamente a salir de aquella burbuja, o su hermosa tortura de ojos almendrados no tardaría en aflorar su cara menos amable y exigir que acabara la labor dejada a medias.
Depositó un beso contra la palma ofrecida, que al parecer era la señal que el otro chico esperaba para bajar su mano sobre la suya, acompañándola en su camino hacia su entrepierna.
Aun se ponía en extremo nervioso cuando debía masturbar a su gemelo. Empero, habían encontrado (de forma meramente providencial) la manera de quitar un poco de stress a aquél menester. El que ambos estuvieran parcialmente vestidos ayudaba bastante.
Con la mano de ambos entrelazada, pero siempre bajo el comando del moreno, se situaron sobre el miembro de este, que distendía considerablemente la tela de su ropa interior. Tom aún estaba en proceso de descubrir las diferentes dimensiones y texturas que este iba adquiriendo conforme era estimulado, suave y ligeramente curvado en principio, totalmente firme cuando se encontraba cercano al clímax, como en ese momento.
—Tomiiii… hummm… mi rodilla… porfa…vooor.
Aun sorprendido por semejante petición, retomó la peculiar «caricia». Apenas un par de bombeos más tarde su pareja se corría ruidosamente en su mano.
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Un poco frustrado se dejó caer en el colchón, junto a un plenamente satisfecho Bill. Era tiempo de sacar a Dolph, pero estaba demasiado cansado para hacerlo.
Si su hermano era demandante fuera de la cama, dentro de ella era virtualmente insaciable, o al menos para sus aun poco desarrolladas habilidades amatorias. Ni modo, esta vez dejaría declinar su erección de forma natural, estaba tan exhausto que ello no tardaría mucho en suceder.
—Dame unos minutos para reponerme amor –pidió el moreno, entreabriendo los ojos en su dirección con flojera–, y te compensaré.
—No es necesario, bebé. Mejor duérmete.
—Oh, si es necesario. Muy necesario –susurró crípticamente el moreno, con una sonrisa boba. Rodeó su cuello con sus brazos aún flojos y le dio un fogoso beso. Al menos todo lo fogoso que podía con sus menguadas energías–. Te has ganado una carita sonriente… una docena de caritas sonrientes, enormes y doradas.
—Bill. ¿Por qué siento que me he perdido de algo?
—Tomi… creo que vas camino a hacerle justicia a tu, hasta ahora inmerecida, reputación de dios del sexo.
—¿Qué? Bill, no me tomes el pelo. Ni siquiera puedo hacerte una paja por mi propia cuenta.
—Pero descubriste un punto erógeno que ni yo sabía que tenía. Ohh, Tomi, tus manos son mágicas –mientras hablaba, las cogió entre las suyas y, llevándolas hasta sus labios, las besó con fruición–.Y lo mejor es que son-todas-mías.
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Bill estuvo bastante reticente en un principio, pero acabó accediendo, cazado por sus propias palabras. Él había prometido compensarlo, sólo que nunca imaginó lo que Tom tenía en mente.
El chico de rastas rubias no era dado a los caprichos, ese era terreno exclusivo de su pareja, pero este pequeño «fetiche» era algo que lo venía obsesionando desde que vio a Mina en lencería sexy, ajustando su ligero negro.
Bill se burló por tratarse de una fantasía hetero, peor aún, el más manido de los clichés. Pero Tom se entercó en que ello era lo que deseaba en retribución por el placer obtenido (y el venidero) a consecuencia de su feliz descubrimiento y el moreno tuvo que resignarse a acatar sus deseos.
Bill sabía de sobra como manipular sus sentimientos para hacerlo sentir culpable, su chiste –»al menos pudiste invitarla a cenar»– caló hondo en el chico de rastas rubias.
No le agradaba que Mina saliera a la calle y fuera vista en público luciendo tan sexy. Le descomponía la manera en que los demás hombres la miraban y –le costaba reconocerlo– lo hacía hervir de celos. Pero la idea tras la broma del moreno (que sólo utilizaría a Mina para satisfacer su fetiche) le sentó fatal. Mina era su amor, al igual que Bill, y si debía tragarse la bilis y los celos en el restaurant, con tal de que la chica pasara una noche agradable, lo haría.
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A medida que caía la tarde y se acercaba la hora de la cita su nerviosismo aumentaba de forma exponencial, a pesar de que el encuentro no pasaría de un juego, sexo simulado con una chica simulada. Pero daba la casualidad que simulada o no, sus sentimientos por esa chica eran genuinos.
Fue tanta su ansiedad que Bill –que salía del baño en bata, a punto de caracterizarse– rodó los ojos y, tras un hondo suspiro exigiendo paciencia a los dioses, lo cogió de la mano, lo sentó sobre la cama y le dio un pequeño discurso qué intentó espantar sus temores.
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En lugar de la pasión desmedida, que siempre imperaba desde el momento en que quedaban a solas, esta vez su encuentro se vio teñido de cierta solemnidad. Quizá porque, a diferencia de Bill, Mina si era virgen y ese Tom –el Kaulitz n°1, el mujeriego–, en teoría no lo era.
“Teoría” esa era la palabra clave para comprender lo que sucedería en ese dormitorio esa anoche.
—¿Nerviosa? – preguntó, antes de abrir la puerta del cuarto de Simone.
—¿Te sentirías más seguro si dijera que si?
Tom lo meditó un poco antes de responder, Mina no era cualquier chica. Habían conseguido compenetrarse a tal punto, que en ocasiones acudía a ella silenciosamente, buscando soporte en un roce o un guiño cómplice cuando alguna situación amenazaba con superarlo.
—La verdad, creo que no.
Tom cerró la puerta del cuarto tras ellos y apoyando el cuerpo de la chica suavemente contra la hoja de madera, la besó. Mina le había cedido el control por completo, algo que él agradeció infinitamente, valorando el gran esfuerzo que le suponía a la chica contenerse de esa forma.
Se obligó a apartar todo tipo de presiones auto impuestas. En la charla previa –que más pareció aleccionamiento–, Bill se lo dejó todo muy claro. Esa era su noche, no tenía que demostrar nada, no había expectativas que llenar, ni nadie a quien intentar impresionar.
Así y todo tenía los nervios a flor de piel –pese al par de copas de vino que bebió en la cena–, y cuando la situación se fue poniendo acalorada sus manos empezaron a sudar.
Se apartó respirando trabajosamente por la boca abierta, todos sus temores regresando de golpe. Un largo listado de “¿Y qué tal si…?” atropellándose en su mente, impidiéndole pensar con claridad.
Mina –que por algo compartía cuerpo con Bill– lo abrazó con fuerza y susurró en su oído cinco palabras cargadas de significado y que consiguieron que toda su inseguridad se evaporara. –“Soy yo, Tomi, tu Princesa”.
Ella permaneció con sus brazos alrededor, la cabeza reclinada mansamente en su hombro, posición que él aprovechó para dejar besos de mariposa por toda la extensión de su cuello, haciéndola reír por alguna esporádica cosquilla no intencionada.
Pasado el momento álgido, se animó a ir más allá de lo que había probado con su novia hasta ese momento. Metió sus manos bajo el vestido y ascendió por sus muslos, despacio, disfrutando de la reacción de la chica al roce de sus dedos. Esta vez ella no lo detuvo en su camino, ni él se retractó, hasta alcanzar el primer gran objetivo.
Había acariciado el trasero de Mina por sobre sus shorts de hilo, su bikini y esos monos pantaloncillos de raso con florcitas rosas, pero las pantaletas francesas le provocan un morbo indecible. El delicado encaje, tan suave y fino al tacto que casi parecía que no había barrera que se interpusiera entre su piel y la de la morena.
El hondo quejido de la chica –“¡Oh, Tomi!”– por poco le hace perder el control. Aun restaba tanto que deseaba probar esa noche que se obligó a pensar en situaciones desagradables para enfriarse un poco, algo de verdad difícil con sus manos acariciando esa suave y redondísima curva y los labios de Mina respondiendo deliciosamente a cada uno de sus besos.
Sin otra alternativa que tranzar en un par de aspectos de su fantasía –so riesgo de acabar lastimosamente, antes de haber concretado ninguno–, alzó a la chica, que enredó rápidamente sus piernas alrededor de sus caderas, y la cargó de prisa hasta la cama.
Por la afanosa forma en que ella respiraba no resultaba difícil adivinar que también se encontraba cerca del límite, y que si no lo apresuraba era únicamente por el acuerdo tácito que rodeaba todos los aspectos de su cita de esa noche.
La besó largamente al dejarla sobre la cama, aunque aquella no era su intención. Él sólo se inclinó a darle un beso fugaz en lo que bajaba a descalzarla, pero el piquito se transformó en beso, el beso en “debo probar su lengua sólo un poquito más” y para cuando se dio cuenta tenía los pantalones abajo y casi no le quedaba aire, pero aun así se resistía a dejar sus labios.
Se quitó de prisa su bandana y ambas camisetas –Obviando, ya sin siquiera darse cuenta, un puñado más de tips de su larga lista–, y las envió a algún lado de la habitación. Había cosas a las que costaba menos renunciar que a otras, desnudar lentamente a Mina entraba en la segunda categoría.
Sacarle los zapatos a la morena no era novedad, lo hacía por ella cada vez que esta se lo pedía, lo que incluía mimos inocentes e incluso cosquillas. Pero nada cómo lo que Tom tenía en mente.
Apresuradamente se terminó de quitar sus pantalones y de paso las zapatillas, no que le estorbaran (era la ventaja de traer pantalones tan holgados) pero se le vino a la memoria Andy tildando a Geo de “loser” por haber follado con ellas puestas y esa sola idea lo hizo escarmentar.
Mina lo aguardaba con notoria impaciencia, pero sin ponerle prisas. Luego de lo sucedido en Travemünde esa actitud de la chica lo conmovía profundamente, y le despertaban unas incontenibles ganas de apresarla contra la cama y besarla sin descanso. Pero no debía desviarse de su objetivo principal o toda la preparación para su noche especial se desperdiciaría.
De rodillas ante ella, cogió su pie izquierdo por el tobillo y suavemente deslizó fuera el zapato de tacón, tras dejar un par de húmedos besos en su empeine y talón repitió el mismo procedimiento con el derecho.
Si hubiera tenido alguna neurona operativa, fuera de esa burbuja en la que todos sus pensamientos giraban en torno a su novia (lo guapa que se veía con los labios rojos por sus besos y cómo la deseaba más cada momento), se habría cuestionado cómo le hacían las chicas de las películas porno para aguantar las previas.
Si, entre el porno que Geo le obligaba a ver ocasionalmente se incluía alguna película de porno lésbico, y la parte en que la chica que fungía de activa besaba las piernas de la pasiva de turno –sus buenos diez minutos–, siempre se la saltaban.
Fetiche o no, esta vez Tom también se saltó esa parte. En otra ocasión se daría el tiempo de besar las largas piernas de la morena –mucho más largas que las de las chicas de las películas de Geo–, pero esa noche cada caricia parecía magnificada por sus sentidos y temía no ser capaz de aguantar mucho más.
Ya descalza, la cogió de la nuca, adueñándose de su boca, mientras una de sus manos se metía nuevamente bajo el vestido. Mina se hizo con sus rastas, rasguñando su cabeza con las uñas postizas en una caricia que sabía lo excitaba mucho. El dominio de la morena comenzaba a resquebrajarse vertiginosamente, el panorama que la mano de Tom halló bajo el vestido, entre sus piernas, tenía todo que ver.
Bill solo exigió una prerrogativa para acceder a ese juego, él quería acabar junto con Tom (o, al menos, que Mina pudiera hacerlo), cosa físicamente imposible con su «mini Bill» férreamente cautivo dentro de las pantaletas.
Para cumplir tal requerimiento, antes de dejar el restaurant Mina fue al servicio –de chicas, obviamente– y desarmó cuidadosamente el candado. El amplio ruedo del vestido y su bolso estratégicamente sostenido frente a su pelvis, como al descuido, completaron el efecto. Al menos el tiempo suficiente para abandonar el local y llegar hasta el automóvil.
Con los últimos resquicios de lucidez quitó el diminuto broche metálico en la espalda, bajó la cremallera y, cogiéndolo de los bajos, sacó el vestido negro por sobre su cabeza con la colaboración de la chica.
Rió tontamente, entre jadeos.
—¡Lo hice, nena, lo conseguí! ¡Y sin mirar!
—Sabía que lo harías, Tomi.-respondió la chica, acariciando su mejilla, con los ojos brillantes y dilatados de deseo.
Tragó saliva y se encaramó ágilmente en la cama. Es increíble como se adquiere fluidez de movimientos cuando acicatea la calentura. Mina a su vez se había movido hasta ocupar el centro de la cama. Y allí aguadaba por él, con una pierna flectada y su pecho subiendo y bajando vertiginosamente, logrando que el pequeño relleno del brassiere se moviera de forma engañosamente natural.
Tom gateó hasta ella, anhelante. Valiéndose de ambas manos como punto de apoyo –una junto a su cadera y la otra al lado de su cabeza–, cubrió el cuerpo de la chica con el suyo. Mina se mordió el labio, pero sus ojos almendrados le dijeron lo que ella intentaba no gritar –»¡Muévete, por lo que más quieras!»–, un único movimiento de su bajo vientre contra la pelvis de la chica los dejó jadeantes a ambos.
La erección bajo las pantaletas francesas estaba completamente desplegada y endurecida, al igual que la suya y ese primer contacto (el primero de verdad) Les dio la pauta de cuan poco tiempo les quedaba.
Acarició la entrepierna de la morena, como si en realidad encontrara unos genitales femeninos bajo el encaje, para luego expandir la caricia con su palma extendida alrededor.
Mina musitó bajito –»ahora, Tomi»–, el respondió con un ligero asentimiento.
Con un movimiento fluido, como si lo hubiera ensayado, como si muy en el fondo no estuviera aterrado de equivocarse, bajó las delicadas pantaletas francesas, al mismo tiempo que su novia se encargaba de sus bóxers, negros también.
En un extremo de osadía llevó la prenda femenina hasta las rodillas, en donde la morena se encargó del último tramo.
—Tomi, no te me quedes mirando.
—Eres tan hermosa.
—No me hagas suplicar…
—Te amo.
—Yo también te amo, Tomi. Por favor…
—Pero… ¿Qué tal si…?
—Tomi, estoy preparada, lo estoy desde que besaste mi tobillo, antes quizás. No dudes más y hazme el amor. Por favor.
Tom no requirió de más para decidirse. Atacó su boca con fiereza y, separando sus piernas con ambas manos, se hizo espacio entre ellas y frotó su erección contra la pelvis de la chica.
El primer jadeo de placer de su novia fue tan intenso que a punto estuvo de olvidarse de un importante detalle en esa farsa, simular que un pene desplegado –que en realidad permanecía acotado dentro de unos bóxers de algodón blancos– entraba en la húmeda e inexplorada vagina de la chica –la que en realidad no existía, en cuyo lugar había un erecto pene, en similares condiciones que el de su gemelo, la única diferencia radicaba en las bragas de un tenue tono de rosa que lo cubrían.
Ante ello sólo cabe agregar que Bill demostró una vez más cuán excelente actor era.
Mina lo asió firmemente, rodeando sus caderas con sus piernas. Ante cada “embestida” enterraba más profundamente sus uñas en la espalda desnuda de su pareja, única forma posible de expresar su aprobación ante las sensaciones producidas por el roce constante contra su pelvis, dado que su boca estaba ocupada respondiendo la invasión de Tom con igual o mayor brío.
El chico de rastas perdía el ritmo en ocasiones, pero la chica lo ayudaba ondulando sus caderas de forma frenética.
Tom no quería acabar, se sentía genial estar con su chica de esa manera pero el jalón en sus bolas era indicativo que les restaban apenas un minuto, dos cuando mucho.
Abrió los ojos y abandonó los labios asediados, deseaba verla antes de irse. El cabello revuelto de la morena y sus mejillas arreboladas producto de la pasión sólo la hacían más hermosa a sus ojos, infortunadamente no alcanzó a decírselo, el clímax le sobrevino antes de que pudiera hacerlo. Sin embargo sí fue testigo de cómo –un momento más tarde- apretó fuertemente los parpados y gritó a todo pulmón al correrse.
Ese fue el momento en que teoría y práctica se confundieron.
En teoría un experimentado mujeriego –rehabilitado y actualmente monógamo– desfloraba a su novia. Mientras, en la práctica, dos hermanos gemelos se masturban mutuamente por primera vez.
Y hasta allí llegaban las diferencias.
Porque tanto personajes como quienes los encarnaban amaban a su otra mitad y se entregaban a ella sin reservas.
Esa noche dos parejas hicieron el amor en esa cama, al unísono, aunque cada uno en su forma particular.
La forma en que Bill amó a su gemelo fue dejar su ego de lado, brindarle todo cuanto él deseaba para concretar su fantasía.
Tom amó a Mina a pesar de sus temores e inseguridades, poniendo su amor por encima de todos los demás inconvenientes.
Continúa…
Grado 2: Caricias sexuales sobre la ropa, que pueden incluso imitar el coito. Gracias por leer, te invitamos a dejar un comentario.